CONDUCTORES SUICIDAS (2004), de Alejo García Valdearena

Alejo García Valdearena - Conductores suicidas - 2004 - Ediciones de la Flor
Alejo García Valdearena – Conductores suicidas – 2004 – Ediciones de la Flor
CUANDO LA LITERATURA LO PODÍA TODO

Los escritores de un solo libro, ¿cuentan? ¿Uno o dos libros componen una “obra”? Y los que hicieron otras cosas (cine, historietas, publicidad, periodismo, contabilidad), ¿pueden escribir literatura? Con estas preguntas y varios ejemplos de distinta índole (desde Pepe Bianco y Juan Rulfo a Carlos Busqued y Mariano Llinás), leemos Conductores suicidas (2004), de Alejo García Valdearena, un nombre que seguramente “le suene” a más de uno. Es que si usted es asiduo consumidor del Gran Diario Argentino, conocerá unos dibujos ciertamente horribles de un chico con dentadura prominente llamado Tiburcio. Bueno, Valdearena no hace esos dibujos, pero sí escribe los globitos que salen de ese niño que le habla a los niños. Y es una personalidad respetada en el mundo de las historietas, con la aparentemente épica (no estoy en condiciones de corroborarlo) 4 segundos.

Pero en la literatura no. No se lo conoce. No especialmente. Conductores suicidas circula entre amigos, sobre todo en edades de 15 a 20, entre aquéllos que tienen a Cortázar como el faro de la rebeldía, que se descubren capaces de hablar de temas relevantes, de cambiar al mundo. El libro siempre está ajado, muy usado, y es condición que guste, que encante, que permita a cada lector que lo recibe entrar en la logia de los que leyeron Conductores suicidas y estarían habilitados para juntarse un viernes a la noche a tomar unas cervezas y escribir. Escribir para pasar la vida, para cambiarla, para sobrevivir.

Se nota: hablo desde la experiencia personal. Pero me avalan tres grupos de amigos diferentes en el que el libro circuló de igual manera. Tal vez generaciones levemente más jóvenes (porque ahora cada 2 años hay una nueva generación) ya no lo tengan en cuenta, por hablar de un grupo de adolescentes que ya se los ve viejos, sin contacto con la telefonía celular, pegando carteles en la calle, con un espíritu romántico que los acerca más a una nostalgia noventosa que a un fervor dosmiloso por lo nuevo. Conductores suicidas retrata con verosimilitud una época, y eso es bueno y malo: convierte al libro en una referencia ineludible (tal vez sea exagerado el adjetivo) para observar la adolescencia de jóvenes argentinos nacidos en los 80 en el seno de la clase media; también lo ata a ello, al pintoresquismo del retrato de época.

tiburcio

Como pertinentemente señaló Martín de Ambrosio en su reseña del libro, Conductores suicidas “podría ubicarse sin problemas en un imaginario punto que intersecte las obras de Manuel Puig y Roberto Fontanarrosa”. Si esto es acertado, como también lo es lo que destaca el propio Fontanarrosa en el prólogo al libro, que Valdearena tiene “oído absoluto” para el registro oral, no queda mucho más por leer en Conductores suicidas. La historia que se desarrolla intercalando los diálogos de los amigos con las narraciones en primera persona de lo que cada uno escribe es sólida y entretenida, y puede resultar reveladora para esos adolescentes que leen a este fan de Puig, Sabina, Fontanarrosa, Cortázar y Seinfeld como un autor de culto. Si se cuenta entre las primeras lecturas, el horizonte de una vida con y por los amigos, marinando las reuniones con cerveza y literatura, parece un mundo que más de un veinteañero querrá recrear para sí. Después, claro, como en el libro, llega el final: responsabilidades, la vida adulta, la delación de Silvio Astier en El juguete rabioso de Arlt (1926) para insertarse en la sociedad, que sigue sonando más actual que este simpático, entretenido e interesante libro de un guionista de historietas.