UN AMOR PARA TODA LA VIDA (2014), de Sergio Bizzio

Sergio Bizzio - Un amor para toda la vida - 2014 - Biblioteca Nacional - 134 páginas mínimas
Sergio Bizzio – Un amor para toda la vida – 2014 – Biblioteca Nacional – 134 páginas mínimas

Sobre la experiencia de lectura

El año real de publicación de Un amor para toda la vida es el 2006. En realidad, sería sin cursiva y entre comillas: «Un amor para toda la vida», una parte de un todo dentro de la colección de cuentos de Sergio Bizzio publicada por Interzona, Chicos. Ahí «Un amor…» era la estrella. Tanto, que en 2011 tomó vida propia, se acortó el nombre y se llamó simplemente Un amor en el cine, y Un amor para toda la vida en novela o nouvelle, con edición de Mansalva. Pero el comentario en esta oportunidad es a la obra del 2014, editado por la Biblioteca Nacional en su Colección Bicentenario, en su único formato literalmente de bolsillo, con apenas 8 centímetros de largo por 5 de ancho, y tal vez medio de espesor. Una miniatura, un chiste, una burla de un libro, que no decora ningún anaquel ni puede lucirse en ninguna biblioteca. Que cuesta 5 pesos y se deforma apenas se lo abre. Que después de leído se puede prestar, tirar o regalar, y mucho más posible, perder. Es más: se obtiene sólo en la mismísima Biblioteca, accionando una vieja máquina expendedora de cigarrillos. Porque la lectura es un hábito, una costumbre, un placer, un vicio, una linda forma de avanzar hacia la muerte.

Los libros que ofrece la colección son variados, de diversas temáticas y aptos para distintos intereses. Pero esto no es una burda promoción ni de la lectura ni de esta colección en específico. Acá estamos hablando de Un amor para toda la vida, de Sergio Bizzio, en versión ultrapocket. Y la edición hace exactamente al relato, se lleva de maravillas con él. Porque la historia no peca nunca de grandilocuente, rara vez intenta deslumbrar, señalar alguna maravilla, un juego literario asombroso o darse aires esnobistas. Todo lo contrario: dos chicos, una chica, un pueblo, una historia. Lisa, desfachatada y citadina, llega al pueblo de provincia y enamora al macho alfa, Lalo, y al retraído escritor, Bruno, narrador de la historia. Y ella se enamora de ambos. Y se va. Y se reencuentran. Y así. Pero bien escrito, muy bien escrito, de esas cosas breves que no se quieren dejar de leer, que amenizan cualquier viaje, cualquier espera de 5 minutos, o incluso una larga estadía en la sala de un odontólogo, aguardando ser llamado. Y en una hora se termina, como esas buenas películas que nunca recordaremos como las mejores, pero que siempre nos dejan una sonrisa en la cara y un grato recuerdo cuando nos las volvemos a cruzar.

Si de películas hablamos, es imposible no mencionar lo que fue su trasposición cinematográfica. Porque es allí donde tuvo especial repercusión la historia de este trío adolescente, y muchos asociarán más el nombre de Bizzio con el séptimo arte que con la innumerada literatura. El prolífico escritor oriundo de Villa Ramallo es también el creador de la historia original de la reconocida y multipremiada XXY (Lucía Puenzo, 2007), así como director de otras cuatro películas, entre las que se destaca la reciente Bomba (2013). Para ser honestos, ninguna es de mi particular agrado, y Un amor (2011), reversionada por Paula Hernández y con las actuaciones de Diego Peretti, Elena Roger y Luis Ziembrowski, tampoco lo es. No lo es porque cae en la cotidianeidad del cine argentino, que intenta componer argumentos munido de silencios y miradas perdidas, sin dejarse vencer por la industria del entretenimiento, pero a la vez incapaz de crear un verdadero valor intrínseco: la historia que se cuenta en la película es idéntica a la que se narra en el libro. No hay trasposición, sino copia. Está hasta el tono parco, romántico y desanimado que tan bien le sienta a Bruno como escritor, pero que tanto aburre en el cine. Además, el verosímil de esta novelita que cabe en una mano es mucho menos exigente que el que se le puede pedir a un film, donde los personajes tienen carne, ojos y bocas, y los vínculos de hombres tan idiotas dominados por una mujer todopoderosa resultan si no poco creíbles, al menos, poco interesantes.

Por eso Un amor para toda la vida funciona tan bien en este formato de libro ínfimo. Y por eso también es un aporte novedoso a esta construcción de una nueva narrativa argentina. Porque formato e historia pocas veces estuvieron tan bien combinadas, dando lugar a un relato distinto, destinado a leerse en plena calle, en el movimiento, con ruidos que no distraen y codos que se cruzan y no molestan. Si bien ya habíamos visto juegos entre edición y obra (desde Último Round y La vuelta al día en ochenta mundos, de Cortázar, en la literatura, hasta Artaud, de Spinetta, o Momo Sampler, de Los Redondos, en la música) y también vimos otras obras que se sostienen desde su vinculación con el mundo editorial (César Aira), con la novelita de Bizzio entramos en un mundo en el que la historia misma se corresponde con el formato, y en donde frases tan simples como «Lalo era nuestro líder —era el más fuerte— y enseguida estuvo de novio con Lisa» van de la mano con un libro que se maneja con los dedos. No es un libro en serio, es una miniatura. Y no es una obra fundamental de la literatura; es una historia, una buena historia, Literatura.

 

Un pedacito de Un amor para toda la vida:

 

Lalo tenía una ideíta sobre el amor… Su padre había abandona a su madre cando Lalo tenía 5 años. Le dijo que amaba a otra mujer y que se iba a vivir con ella a la Capital pero que vendría a verlo cada quince días. Nunca volvió. Tiempo después la madre de Lalo volvió a casarse. Le dijo a Lalo que se había enamorado de ese hombre tan bueno que solía inflarle las gomas de la bicicleta. Cuando Lalo tenía 7 años, la madre abandonó a su nuevo esposo. Se fue y dejó a Lalo con el hombre bueno. El hombre era tan bueno que, para atenuar el sufrimiento de Lalo, le dijo que su madre se había enamorado de otro, cuando en realidad había enloquecido, algo que Lalo no supo hasta muchos años después. En esa ocasión creyó en lo que decía el hombre bueno: su madre se había enamorado de aquellos señores de traje verde que pasaron a buscarla en ambulancia. Así que Lalo quedó solo y al cuidado del hombre bueno, quien dos o tres meses después lo dejó para volver con su ex esposa. Lalo terminó viviendo en la casa de una tía a la que apenas había visto alguna vez, porque sus padres la odiaban. Y todo por amor.

Lo suyo, más que una idea, era un tajo. Cuando sintió (cuando supo) que estaba enamorado de Lisa, lo primero que hizo fue preguntarse a quién debería dejar él para irse con ella. Y nos dejó a nosotros.

(pp. 27-29)