PRIMERA PERSONA (1995), de Graciela Speranza

Speranza - Primera personaLO QUE ANTES ERA NUEVO

No hay motivo para que este libro sea analizado acá. Como señalamos en la introducción a esta sección, «Nueva narrativa argentina en 4 párrafos» trata de literatura argentina posterior al 2000. Primera persona, de 1995, es una recopilación de 15 entrevistas a escritores. La incongruencia, entonces, puede salvarse con una sola palabra: prehistoria. Si hablamos de una nueva literatura argentina, entonces tiene que haber habido algo viejo, anterior. Y eso anterior —eso inmediatamente anterior— está resumido en este libro, crucial para entender cómo se llega a la literatura del 2000 y ss.

Graciela Speranza charla con Héctor Tizón, Rodolfo Fogwill («Fogwill»), Osvaldo Soriano, Marcelo Cohen (según Wikipedia, fuente de sabiduría, en esta entrevista se conocieron, y luego se casaron), Vlady Kociancich, Juan Martini, Ricardo Piglia, Sylvia Molloy, Juan José Saer, Elvio Gandolfo, Andrés Rivera, Alberto Laiseca, Hebe Uhart, César Aira y David Viñas. Es eso nomás, un listado de nombres. Si alguno no dice nada, entonces sugerimos googlear al nombre-incógnita. El juego está en ver qué se podía decir de literatura a comienzos del fin de siglo, de qué hablaban los escritores, qué los preocupaba, por qué escribían, cómo, dónde, a quién habían leído. En este sentido, las preguntas de Speranza no apelan a la originalidad, sino a la repetición, a un cuestionario similar para cada escritor, para entender, para ver qué tienen para decir, para ver cómo lo dicen. El truco está en los nombres. Los nombres son un espacio vacío, son palabras huecas que no dicen nada, y sobre las que todo está por decirse. Si del significante «árbol» podemos decir que es marrón y verde, vivo, y que crece de la tierra (y muchas cosas más, ¿no?), del significante «Vlady Kociancich» tal vez no tengamos nada para decir, ni siquiera si es hombre o mujer.

Primera persona llena huecos, es global, es mucho más representativo que la obra de un autor, porque capta su voz, su tono, su forma, y lo hace en cinco momentos: 1. en la entrevista; 2. en los excelentes retratos que de cada uno de los escritores hace Alejandra López; 3. en las mini-biografías que escribe cada uno de los autores; 4. en la firma a mano alzada que cada uno de ellos deja impresa; 5. en la breve introducción a la entrevista y en el cierre, que indica tiempo y lugar. Si se me permite, creo que la entrevista es lo de menos, o mejor: lo que se dice en la entrevista es lo de menos. Resulta apenas una anécdota saber cómo hizo Laiseca para saber tanto de la cultura egipcia o qué piensa Saer sobre el realismo (mejor leer sus ensayos) o por qué a Soriano le gusta mezclar la filosofía con el fútbol. Pero lo que sí resume a cada nombre, le da cuerpo, lo materializa, son los breves retratos que imitando la concepción cubista del arte muestran diferentes caras yuxtapuestas de una misma persona: Fogwill se cruza de piernas y mira como un loco sobre una mesa de billar; Aira cuenta su vida en 4 líneas, y no olvida poner que va al gimnasio todos los días; la firma de Gandolfo son un montón de rayas que después se extienden en una simple y llana, que casi se cae de la hoja; Viñas responde siempre con una aseveración decidida; la entrevista a Saer está fechada en marzo de 1993, «Puerto de Buenos Aires».

Fogwill fotografiado por Alejandra López
Fogwill fotografiado por Alejandra López

Cada uno puede hacer su lectura de estos cabos sueltos, pero el libro funciona como una síntesis ineludible de qué decían los escritores que venían de la represión, que volvían del exilio o se quedaban en él y que querían recuperar el valor de la literatura luego de la reivindicación de la espada y del silencio que le siguió. Pero que no se malinterprete: este no es un libro que habla de la dictadura, que machaca sobre la libertad de expresión, que hace mella de los caídos. Es un libro que reúne gente y la pone a hablar. Y hablan de literatura. Y posan y se sacan fotos que los definen. Y después intentan resumir sus vidas en dos hojas. Y seleccionan lo que van a decir. Y piensan cómo decirlo. Y lo dicen como les sale. Y sus voces se destacan, a la vez que la escritura de Speranza y la cámara de López se tapan. Porque el libro no es de ellas. No quiere ser de ellas. No es una obra de un autor, sino que es un espacio de autores, un encuentro. Y si hablo tanto de «libro» es porque el encuentro se da en el objeto físico, en las páginas, en cómo se disponen, en dónde aparecen los escritores. Un libro que pueden funcionar como prehistoria, como punto de partida, como resumen de cómo se llega a esta literatura del 2000 que analizamos. Mi selección de este libro por sobre otros es tanto motivada como arbitraria, al igual que la selección de Speranza al hablar con determinados autores y no con otros. Pero qué mejor que crear una ficción para tener un piso sobre el cual pararnos. Si no, estaríamos en el aire, y con lo lindo que eso es, siempre se termina esfumando demasiado rápido.