BARREFONDO (2010), de Félix Bruzzone

Félix Bruzzone - Barrefondo - 2010 - Mondadori - 214 págs.
Félix Bruzzone – Barrefondo – 2010 – Mondadori – 214 págs.
Más allá del 76, en Don Torcuato

Seguramente la pregunta que se planteó Féliz Bruzzone al encarar su tercer libro fue cómo desligarse de su condición de «el hijo de desaparecidos que escribe» y pasar a ser un simple «escritor». No por renegar de su pasado, sino para poder escribir sobre otras cosas. Porque si bien es cierto, como dice él, que los relatos que hablan de la última dictadura no están agotados y es un tema que no se va a —ni se debe— abandonar, también es cierto que la superproducción lo ha vuelto un tema levemente desgastado, que tiene que repensarse para ser encarado de modos diferentes. En 76 y en Los topos Bruzzone va a merodear sobre los bordes de la desaparición de personas, el terrorismo de Estado y otros acontecimientos nefastos que siempre vuelven en su vida de «nieto recuperado», pero en Barrefondo desde un principio va para otro lado: en la sexta página del libro el protagonista hace una humorada con el robo de bebés y explicita el tema para desactivarlo, para que no pueda ser leído como “relato oculto”.[1] A partir de ahí, se centra en ser piletero, la otra vida de Bruzzone.

En ese ser piletero el autor encuentra un camino acertado e inesperado, un espacio poco visto en la literatura argentina, como la profunda zona norte del conurbano bonaerense, esa zona atravesada por la Panamericana y la 197, signada por sus countries, sus barrios privados y sus quintas, con mucho pasto, mucho aire libre y muchas piletas, y, por supuesto, con todos los trabajadores que sostienen ese Edén artificial lleno de muros, casetas de vigilancia y cámaras. Y si Claudia Piñeiro había descripto de un modo interesante lo que sucedía de los muros para adentro, en su best-seller Las viudas de los jueves, Bruzzone narra el límite difuso, habla de un hombre que entra y sale de esas residencias constantemente, que lidia con gente de baja estofa pero con grandes sumas de dinero y exhibe la vulnerabilidad de esos muros que no sirven de nada a la hora de escaparse del afuera. Para colmo, está Campo de Mayo ahí nomás («de donde salían los tanques de guerra en los golpes militares», recuerda Bruzzone en una entrevista), el suegro del protagonista es un policía retirado, hay historias ocultas de pileteros anteriores muertos o exiliados voluntariamente en el Chaco…

Y en medio de todo este tufillo sospechoso, un protagonista-narrador obsesionado con el maldito sol, que hace recordar tanto a El extranjero de Camus como a Bajo este sol tremendo, de Carlos Busqued (novela que pronto reseñaremos aquí). Entre disertaciones sobre cómo reaccionar frente a las insolaciones, sobre cómo es el negocio de los pileteros, sobre su propia familia compuesta de unos padres olvidados, un suegro omnipresente, su esposa y su hijo en silla de ruedas, Tavo se ve cada vez más envuelto en una trama policial de la que no tiene ningún interés en ser parte. Y aquí hay que detenerse en la forma de narrar que tiene este piletero. Porque si bien no tiene inconvenientes con el armado de oraciones y con la claridad de lo que propone en cada uno de los «capítulos» (en realidad, simples fragmentos separados a doble espacio), sí hay algo de esa voz vacilante que hace que entre tanto juego con el lenguaje se termine perdiendo un poco la trama policial, y que los personajes queden envueltos en una maraña de formas de ser representados que no termina de ser efectiva a la hora de hacerlos «concretos», «contorneados».

Así, Barrefondo termina siendo un intento esmerado, esforzado y «tierno» (porque así es Tavo), con un buen sustento y una prosa confiada, pero que puede perderse un poco en ciertas líneas demasiado marcadas, como un lenguaje artificial (esto es claramente intencional), lleno de comparaciones y metáforas que acaban por resultar «bizarras», donde la reiteración de lo fulminante del sol como un tema demasiado remanido y la intromisión de canciones de la cultura popular (o, más bien, de «Los románticos de La 100») hacen que el relato se pierda en una exhibición demasiado subrayada de una voz diferente. A diferencia de lo que hace Aurora Venturini en Las primas, donde el lenguaje dificultoso de la narradora-protagonista está puesto en función del relato, el que usa Tavo por momentos entorpece en lugar de sumar, y puede llegar a ser apenas un hilo de voz, bien demarcada del resto, pero que no dice mucho.

 

 

Un pedacito de Barrefondo

El sol es lo peor. Se puede usar protector pantalla 40, 60, pantalla total, piel de bebé, las mejores marcas, pero es mear contra el viento. En el tractor me pasaba siempre. Porque en el medio del campo el viento es traicionero, sopla para un lado y de golpe cambia, dos, tres segundos, y terminás todo mojado. Con el sol igual, no se puede, es como agujas, llega arriba y sentís los pinchazos, finitos, es como si entrara por los pelos y los pelos fueran agujas, y después viene el ardor, que es como un fuego, y ahí no tenés dónde esconderte, estás quemado; y te podés ir a la sombra, o mojarte, pero ya está, casi que lo mejor es quedarse al sol, terminar con las piletas que faltan lo más rápido que puedas, ir a tu casa, bañarte, esperar a que el fuego se apague, porque se apaga, a la noche se apaga, y si podés, lo mejor es salir al patio y que la luz de la luna te cure, porque te cura, “la luz de las estrellas te va a curar”, porque es la noche lo que le hace bien a un piletero, a cualquier piletero, la noche y la lluvia, que son la paz, “ángel, que alivias mis heridas, no te alejes, que muero si no estás”.

(P. 15-16)

 


[1] Hago referencia a la primera descripción del hijo del narrador y el impactante crecimiento que tuvo durante unas vacaciones. A su vuelta, el abuelo pregunta, como una chanza, si no lo habían cambiado por otro, y el narrador responde: “Y no, no nos vamos a robar un bebé, menos si ya tenemos uno como este” (p.12)