ALT LIT. Literatura norteamericana actual (2014), de Lolita Copacabana y Hernán Vanoli (compiladores)

Lolita Copacabana y Hernán Vanoli (comps.) - ALT LIT. Literatura norteamericana actual - Interzona - 186 págs
Lolita Copacabana y Hernán Vanoli (comps.) – ALT LIT. Literatura norteamericana actual – Interzona – 186 págs

Un libro argentino sobre cuentos de una literatura extranjera

Claro, la parte de «norteamericana» choca un poco con la parte de «argentina» en nuestro proyecto «Nueva Narrativa Argentina en 4 párrafos». Y ni que hablar ese «(compiladores)», que aleja a esos sujetos (el inverosímil nombre «Lolita Copacabana» y el mundano «Hernán Vanoli») de la figura de «autor» con la que solemos relacionarnos. Sin embargo, todo se vuelve explicable a partir de pensar a la literatura como escritura, pero también como una selección. Si seguimos la máxima (en cierta medida, humorística, pero igual de útil) de que un sujeto se hace escritor no por escribir, sino por publicar, entonces podemos entender que esta pieza editada por Interzona es una creación de los argentinos Vanoli y Copacabana, y que este libro, pese a contener relatos exclusivamente escritos en Estados Unidos (y en inglés), es un libro argentino. Es más, es sumamente argentino, porque dialoga con la narrativa local actual mucho más que otros autores gauchos como los que más, pero que no son leídos por naides en estas tierras.

Dicho esto, corresponde pensar cuáles son las operaciones literarias que entran en juego en el libro Alt lit. Literatura norteamericana actual, compilado por Vanoli y Copacabana. Decíamos, justamente, selección (compilación), pero también la traducción íntegra de todos los relatos, y la escritura de un prólogo breve pero claro. En él se inscriben de un modo muy oportuno las bases de lo que es la «Alt lit» en Estados Unidos (ver «Un pedacito de Alt lit» al final). Además de caracterizar a la Alt lit de acuerdo a lo que se encuentra en Google sobre ella, los autores destacan especialmente a esta nueva forma de literatura no tanto por lo que dice, sino por cómo se produce, cómo se distribuye, cómo circula y cómo se consume. Por fuera de la institución «Literatura», los jóvenes autores (casi ninguno de los escritores compilados tiene más de 30 años) recurren a la web para publicar: blogs, e-books, pagos o gratuitos, lo que sea. También conforman su mundo el Twitter (las cuentas de todos, incluyendo las de Vanoli y Copacabana, aparecen consignadas), Facebook, Tumblr, Youtube y cuanta red social uno se imagine. Así, los autores se leen entre ellos y conforman su propio público —abierto, por supuesto, a otros curiosos—, y todos son tanto productores como consumidores, siempre por fuera del mercado dominado por las grandes empresas. Es algo así como un mercado hipster para comprar tomates de la huerta, pero de relatos. Esto tiene la desventaja de no pasar por un proceso de edición que seleccione y ordene (es decir, que responda a un criterio crítico), pero es cierto que permite escaparle a las reglas de las falsas canonizaciones y una obsesión cada vez mayor por las ventas. En la edición argentina esto tiene un plus porque, como bien señalan los compiladores en el prólogo, Anagrama ha formado una especie de monopolio canónico de la nueva literatura norteamericana, con autores que están vigentes desde los 70 y 80, y que no son necesariamente «lo nuevo». Además, las traducciones españolizantes convierten a libros que hacen especial hincapié en los modos de hablar, en engorrosos relatos poblados de «coños» y «pollas» y de «vosotros» y de leísmos. Sin embargo, no puedo dejar de aclarar que la traducción argentina que intentaron Vanoli y Copacabana, poblada de argentinismos, suena rara. Creo que ya hemos adoptado el idioma «español neutro» (no «español de España» ni «castellano de Argentina») como nuestra lengua oficial de traducción. Pero ése es otro cantar…

Para no seguir divagando con temas generales, conviene ir a lo concreto, los cuentos. Son 20, 2 por autor. Casi todos obtenidos de la web, a través de un contacto directo con los autores. Casi todos responden a las características que da Google de la Alt lit. Casi todos están en primera persona, tienden a la depresión y son breves. Y casi todos son malísimos. Pero no por ello vamos a dejar de rescatar alguno para elogiar, y otro para criticar, aunque la sensación que dejen sea que la selección apuntó más a una diversidad de nombres que a una de estilos (esto que se entienda literalmente: ya no se trata de nombres ingleses, irlandeses y escoceses, y ni siquiera italianos o afrodescendientes, sino combinaciones como «Heiko Julién» y «Jordan Castro», o el andrógino «xTx»). Para elogiar, entre unos pocos más, se destaca «Exactamente lo que quiero», de Tao Lin, porque exhibe un mundo de puro deseo banal, un retrato de una generación de jóvenes que lo tuvo todo desde siempre, pero no tanto por el beneficio económico (que también), sino por haber nacido con tele, radio, Internet, celular, lavarropas, heladera, etc., en un mundo donde todo es, además de posible, dado por hecho, esencial. Nosotros, primera generación con necesidades básicas y no básicas absolutamente satisfechas, e hijos de padres que por primera vez creen que la crianza personal y el cuidado hasta el detalle de sus niños es todo en la vida, le exigimos todo a la vida. Tao Lin lleva al absurdo ese deseo, haciéndose Amo y Señor de su destino hasta en las más burdas nimiedades (se puede leer al final, en «Otro pedacito de Alt Lit»). De todos modos, es menester aclarar: el tono hallado es el indicado, la narración es precisa, pero el cuento es un puro gesto de ruptura, que pierde potencia porque el que le sigue en la colección es igual. Más aún, la narración en primera persona, signada por la apatía, el absurdo y la violencia, son constantes en el libro: «Pettibone», de Jordan Castro, es un ejemplo más de esto. El cuento parece más una sucesión de tweets que otra cosa, buscando golpes de efecto que no llevan a nada, y nos hacen preguntar si este chico realmente sabe escribir, o si simplemente tuvo la suerte de parecer disruptivo (también se puede leer al final: «Último pedacito de Alt Lit»).

En esencia, esta pregunta por el valor real (con todas las comillas del caso) de los cuentos aparece prácticamente en todo el libro, y nos despierta otra, que es: ¿por qué introducirlos a la literatura argentina? Copacabana y Vanoli traen del mundo de la web, importan y traducen para que esté accesible al público una porción mínima de lo que circula en ese ciberespacio. Sin dudas es una forma de producción —una muy costosa en términos de tiempo y compromiso con lo que se está haciendo—, pero el resultado termina siendo una especie de contracara del movimiento originario. Si esta literatura está pensada para consumo casi de secta entre los propios autores, en un país ajeno, en un idioma que tampoco es el propio, y sin una legitimización mucho mayor que la de ellos mismos, los compiladores argentinos cambian la instancia de consumo en forma radical, al realizar una edición impresa, traducida y cuidada, para un público extranjero, otorgándole así a esta Alt Lit un lugar que nunca aspiró tener (ni, creo yo, merece tener). De algún modo podríamos pensarlo en línea con las vanguardias, porque eso es lo que es la Alt Lit: una vanguardia más, donde se saluda y se celebra el gesto rupturista, que será estudiado desde la historia de la literatura, pero que en términos de elaboración literaria no parece digno de mención. Salvando las distancias, es como el mingitorio de Duchamp, que fue épico en su primera exhibición, pero que luego se institucionalizó. En literatura argentina, podríamos pensar en el cambio en la instancia de la distribución de 20 poemas para ser leídos en el tranvía, de Oliverio Girondo, que una vez canonizado perdió su golpe de efecto del poema que se lee en la calle. Es decir, con Alt Lit estamos hablando de una nueva corriente sostenida por su gesto de ruptura, que no parece tener, salvo excepciones, demasiado para decir, y que a la vez, sólo parece interpelar a un ínfimo porcentaje de los potenciales lectores argentinos. Es un intento de describir a una nueva generación —así lo dice Noah Cicero en esta entrevista—. Sencillamente, nos queda aguardar que nuestra literatura no la imite.

En línea con esto, nuestras próximas dos entregas estarán centradas en compilaciones de relatos de literatura argentina actual.

 

 

 

Un pedacito de Alt Lit:

De acuerdo a las caracterizaciones que pueden surgir de una búsqueda en Google, la ‘alt lit’ es mayormente confesional, en primera persona, posee una sintaxis descuidada y espontánea que se abastece de chats de Gmail, posteos en Facebook o twitts, tiene un alto grado de infantilismo combinado con el discurso ‘emo’ y la fobia social de pibes que no se alejaron demasiado de sus PCs durante la adolescencia, muestra emociones desbocadas o una falta total de sentimientos, está constituida por un ejército de jóvenes blancos de clase media que imitan a Tao Lin con una poética del aburrimiento unida al artificio de la transparencia.

Fragmento de «Palabras preliminares. La fatiga del Imperio» (Lolita Copacabana y Hernán Vanoli), p. 11

Otro pedacito de Alt Lit:

Quiero tres amigos en un radio de sesenta y cuatro kilómetros; uno a ocho kilómetros, uno a dieciséis kilómetros, uno a cuarenta y ocho kilómetros, dos mujeres y uno varón. El varón debería hablar muy despacio y reírse de casi todo lo que yo diga. Quiero mandarle a una de las mujeres CDs con mezclas de canciones muy seguido y que ella me mande CDs mezclados muy seguido pero raramente verla en la vida real.

[…]

Por la noche voy a tener un montón de sueños sexuales. Voy a soñar que estoy teniendo sexo con gente. Por la noche quiero tener dos sueños sexuales, un sueño literario y un sueño que es una réplica exacta pero en forma de sueño de un cuento corto de Joy Williams. Cada viernes quiero pensar: «No puedo seguir más. Estoy jodido. Por qué estoy tan hecho mierda. Mi vida está arruinada. La vida es muy jodida y triste», y después tomarme un jugo de coco y pensar, «Me siento mejor. Está bien la vida». Eso debería pasar cada viernes a la noche sin que yo tenga ninguna conciencia de que ya sucedió la previa noche del viernes.

Fragmentos de «Exactamente lo que quiero» (Tao Lin), pp. 85 y 87

 

Último pedacito de Alt Lit:

Llego a casa del trabajo y huelo a pizza y a basura.

Nadie está en casa para saludarme porque no hay nadie en casa para saludarme.

Llamo a mi viejo.

Mi viejo dice que en la vida o bien olés como pizza y basura o no.

Apenas lo escucho.

Camino a la heladera y miro en su interior.

No hay cerveza en la heladera porque no compré cerveza para que haya adentro de la heladera.

Mi vida es una mierda.

Juego con mi bigote.

No pedí nacer.

Descuelgo el teléfono.

Pienso «¿Cuándo se van a morir todos, hijos de puta?»

Pienso «¿Qué le pasa a la gente?»

Pienso «Acabo de pensar “¿Qué le pasa a la gente?”»

Abro mi laptop y me quedo mirando cosas.

Siento las cosas suavemente, como a través de una puerta o de una nube de humo.

Pizza y basura, me digo.

Me saco la ropa.

Me tiro en el sofá y me siento un saco de mierda,

Esta es mi vida.

Me quedo mirando mi pija floja.

Pienso «La puta madre».

Pienso «La puta madre que los parió a todos».

Fragmento de «Pettibone» (Jordan Castro), pp. 97-98

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