LADRILLEROS (2013), Selva Almada

¡Silencio! Almada cuenta una historia

Selva Almada – Ladrilleros – Mardulce – 232 págs.
Selva Almada – Ladrilleros – Mardulce – 232 págs.

Hasta el momento nunca habíamos escrito sobre un mismo autor dos veces seguidas, pero con la tendencia que inauguramos hacia fines del año pasado de leer en pequeñas series (colecciones de cuentos, primero; autores ignotos u olvidados, después), nos permitiremos seguir pensando en torno a lo que escribe Selva Almada. Para hacer esto nos basamos sobre todo en una humilde hipótesis: estamos frente a una de las mejores plumas que dio la Argentina del 2000 a esta parte. Hemos elogiado antes a Eduardo Muslip, a Patricio Pron y a otros, pero creo que ninguno llega a narrar tan bien como Almada, con tanta precisión, tan en silencio, como si no estuviese diciendo nada. En Ladrilleros, su segunda novela, confirma todo lo que amagaba con la primera, El viento que arrasa, pero es mejor. En esa ópera prima —sólo en la narrativa extensa, porque ya había publicado un par de libros de cuentos, y uno de poesía— un pastor evangelista viaja de Entre Ríos al Chaco junto con su hijo, y se detienen a arreglar el auto en una suerte de taller que es más bien un páramo, donde la lluvia y el viento están por arrasar. Todo en esa novela está ordenado, es prolijo, y la tensión se vive de silencio en silencio, marcada por el movimiento de los perros.

En Ladrilleros, en cambio, está el mismo clima de opresión pueblerina, con un cielo que apesta a calor y que está todo el tiempo por caerse, pero el relato es fragmentado y casi coral, uniendo a dos familias y sus múltiples personajes no ya en una narración lineal, sino en un constante ir y venir que desemboca en el comienzo del relato, un mundo confuso en el que Pájaro Tamai y Marciano Miranda se trenzan entre heridas, sangre y una serie de referencias a la homosexualidad que demorarán en explicarse. Desde ese barullo silenciado del baile y de la feria que aparece al inicio, hasta comprender cómo se llegó a eso, un narrador sobrio en tercera persona irá contando en forma paralela y fragmentada, con una acumulación de escenas, cómo llegaron a ese desenlace los hijos de estas dos familias de ladrilleros y vecinos.  Una vez más, la acción tiene lugar en un pueblo en el noreste argentino, el lugar que Almada mejor conoce —y que no es precisamente Entre Ríos, su lugar de nacimiento, que en el imaginario de los personajes es todo verde, «con toda esa agua», sino un lugar más parecido a Chaco, donde «todo [es] duro, seco, espinoso, lleno de polvo» de acuerdo con la visión de Miranda— .

En toda la novela sobrevuela una lucha por ser el macho Alfa, desde el padre de Celina —la mamá de Pajarito—, que guardaba a sus tres hijas para él, porque ningún pretendiente era lo suficientemente bueno, hasta los hombres de cada casa —Oscar Tamai y Elvio Miranda—, que se pelean justamente por un perro, y sobre todo los hijos de ellos, tanto de niños, cuando eran amigos, como de adolescentes, cuando ya no lo eran. Los hombres creyéndose amos y señores y las mujeres manejando todo ellas solas desde las sombras y sin pedir más que tener al hombre al lado para que les dé la familia son un retrato que se trasluce en la narración, y que vuelve ridícula la batalla por el poder entre estos hombres deseosos de respeto pero temerosos en cada paso que dan.

El miedo se cuela entre las líneas, aparece cuando estos machos sucumben ante su propia vagancia, sus propios vicios, y el punto cúlmine es cuando un macho, un verdadero macho, no puede resistir el instinto animal que lo llama a aparearse con otro de su mismo sexo, un homosexual declarado sin tantos prejuicios, de la familia rival… No son Capuletos y Montescos: Ladrilleros no es una novela romántica, ni la historia de un amor imposible. Es un relato de provincias, de violencia, de familia, de hombres y mujeres que se debaten entre esquemas culturales predefinidos y sus instintos. Es otra muestra maestra de la capacidad de Almada para oír voces diferentes y hacerlas hablar sin juzgarlas. Ladrilleros es sencillamente la mejor novela que hemos reseñado hasta aquí.

 

Un pedacito de Ladrilleros:

Al Dago lo atropelló un auto. Andaba vagando en la calle atrás de una perra. Miranda era así de displicente con todo, aun con lo que le daba algún dinero, como los galgos de carrera. Se le cortaron los tendones de la mano derecha. Miranda lo curó, pero no hubo caso: el animal andaba arrastrando la pata que se le lastimaba y se le llenaba de bichera. Alguien le aconsejó que se la amputara. Pero él dijo que no era destino para un campeón quedar lisiado, así que decidió sacrificarlo.

Una tarde lo llevó a Marciano al fondo de la casa, donde había un viejo algarrobo. Tentó una rama con su propio peso. Pasó una cuerda. Llamó al perro con alguna zalamería. Le dio unas palmaditas en las ancas y le acarició la cabeza y despacito le pasó la soga por el cogote, la ajustó y empezó a tirar con todas sus fuerzas de la punta de la cuerda. El perro gimió y pataleó en el aire con las tres patas sanas, y la pata inútil flameando como un trapo. Y ahí quedó, con los ojos amarillos fijos en la copa del árbol.

Marciano sintió un picor en la vista y se agarró la punta del pito porque sentía que iba a mearse encima. Su padre bajó al perro con cuidado y cuando estuvo en el suelo se puso en cuclillas y empezó a pasarle la mano todo a lo largo del cuerpo.

Un vecino que había visto la escena desde su patio, se acercó al tejido que separaba los terrenos.

—Si será bruto, Miranda, le hubiese pegado un tiro.

Su padre torció la cabeza para mirarlo sin dejar de acariciar al perro. A Marciano le pareció que le brillaban los ojos.

—Métase en sus cosas o el tiro se lo voy a pegar a usted —dijo y volvió a inclinarse sobre el animal.

(págs. 19-20)