QUE TODO SE DETENGA (2015), Gonzalo Unamuno

                                               La generación del disfrute

 

Que todo se detenga – Gonzalo Unamuno – 2015 – Galerna – 139 págs.
Que todo se detenga – Gonzalo Unamuno – 2015 – Galerna – 139 págs.

Si coincidimos en que la función de la crítica es establecer cierto ordenamiento entre la maraña inabarcable de arte circulante, y si hay un acuerdo tácito de que en la literatura sucede igual, y que todo empieza por los críticos-editores, que observan especialmente la funcionalidad de un texto en términos de negocio, pero que no dejan de editar buenos materiales aunque no sean vendibles, entonces creo que vengo a decir algo que, fuera de toda falsa modestia, viene a ser importante aquí. Porque me parece que Que todo se detenga, de Gonzalo Unamuno, no es una obra excelsa, increíble ni inigualable, pero creo que el autor logra dar con una definición que debería perdurar, y que se la atribuyo a él porque la busqué en Google entre comillas y arrojó apenas cuatro resultados, ninguno de los cuales se correspondía con lo que este escritor argentino nacido en 1985 estaba diciendo. Sin embargo, tal como en el propio libro de Unamuno, lo mejor va a quedar para el final…

 

Domingo primero, sábado después, y por último, viernes. Así está estructurada la novela corta (apenas 139 páginas de letra enorme y doble espaciado, una obra que no resistiría una edición de bolsillo) Que todo se detenga. Un joven (la palabra es adrede) de 34 años, escritor frustrado, peronista frustrado, militante frustrado, apenas un periodista freelance que trabaja para pagar las cuentas y ni a eso llega. Está solo y cuenta todo lo que hace y piensa en presente, pese a que nunca se hacen referencias concretas al momento de escritura (nunca dice: «entonces me senté a escribir esto»). Durante el domingo sólo tiene un contacto casual con su vecino, y hacia el final recibe un llamado de su hermana. El sábado sí recibe a su hermana en su casa, y también se encuentra de casualidad con un ex compañero de militancia que le sacó una novia, pero al que igual le acepta unas cervezas, porque no rechaza nada que sea gratis. El viernes se va de joda con un amigo por el que dice no tener ningún aprecio, pero que conoce de toda la vida. Todo lo que sucede está regado por un promedio de un saque de cocaína cada unas 20 páginas. Germán Baraja, el protagonista-narrador en cuestión, es un ser despreciable, pero no es más que un miembro de la que a partir de ahora llamaremos «Generación del disfrute» llevado al extremo.

 

Unamuno acuña el término en un párrafo escueto, que narra sencillamente el esfuerzo de sus abuelos para transformar la casita que levantaron con sus propias manos en una importante propiedad en la provincia, la madre secuestrada y torturada durante la última dictadura, y luego llegaron la hermana y él, la generación del disfrute, que sólo tienen que preocuparse por disfrutar los logros y las batallas (ganadas y perdidas) de las generaciones anteriores. En todo lo que hace y dice Baraja hay una ansiedad de violencia permanente, un gusto por la caída, por la humillación, por el riesgo innecesario. Él, que todo lo tiene, que pudo estudiar lo que quiso, que viajó, que pudo comprar un departamento gracias a una herencia, vive en la mayor inmundicia, en un dos ambientes que, gracias a la mirada de su hermana —un modelo distinto de la generación del disfrute, una agradecida de lo que tiene, y que hizo todo para conservarlo—, descubrimos un lugar casi intencionalmente hediondo, donde el aire no circula y donde prácticamente no entra luz. «La violencia es la llave que abre todas las puertas», dice nuestro protagonista. Lo dice jugando, al pasar, como todo lo que dice, una provocación constante que proviene directamente desde el desinterés adquirido, desde cuando tuvo 26, 27 años (en el relato tiene 34, un desfasaje que hace el autor con respecto a su propia edad, probablemente para ampliar el radio de la generación del disfrute a los nacidos a partir del 80), y descubrió que nada es importante. Ése es el flagelo de Germán, y de toda la generación del disfrute que es autoconsciente de pertenecer a ella: no hay nada por qué vivir, y más importante aún, no hay nada por qué morir. La añoranza de una guerra (ver «Un pedacito de…» al final) es la necesidad de formar parte de algún relato épico que valga la pena, algo en qué creer. Mientras tanto, Germán libra su propia guerra, la de haberse constituido como un ser detrás de una coraza impermeable, un ser que vive por la droga pero no como un drogadicto, sino como alguien que busca la adrenalina que la vida de clase media no le ofrece: la adrenalina que tuvo su abuelo para hacerse a sí mismo y darle un futuro a su familia; la adrenalina que tuvo su madre, militando por un mundo mejor que creía genuinamente posible y que luego perdió un embarazo en una prisión clandestina; la que tuvieron los adolescentes que se murieron de frío y bombas en Malvinas, pero que hoy son Héroes o Ex Combatientes, son algo, fueron algo, hicieron algo. A él, en cambio, no le queda nada, todo lo recibió por herencia: sólo está su escritura, y su capacidad de consumo, escenificada no en autos, televisores y tragos, sino en el puro consumo: cocaína, esnifar dinero. Y mientras tanto su madre se muere, y él no puede siquiera visitarla, apenas escribirle una carta…

 

La generación del disfrute no es homogénea, no existe en realidad, es como todo, una mera construcción. Abarca a una porción de la sociedad argentina (¿mundial? ¿La serie Girls podría ser un paralelo idéntico en Nueva York?) que justamente acarrea esa historia: la de los abuelos o bisabuelos que llegaron en barco con una mano atrás y otra adelante y que sentaron las bases de la nueva familia, no como los migrantes de hoy, siempre dispuestos a volver a su lugar de origen, sino como se hacía entonces, mudándose de una vez y para siempre, echando raíces en el primer puerto nuevo; la de los padres, que ya con cierto capital, pudieron pelear por valores, por cambiar el mundo, y sobre todo, también pudieron engrosar el capital, adquirir alguna propiedad, m’hijo el dotor y toda la mar en coche. Los hijos que llegaron después del 80 en estas clases medias y altas no se plantearon no seguir estudios universitarios, nunca pensaron que era posible estudiar algo que no gustase, y con el título bajo el brazo, sólo les quedó el mandato: disfrutá. Disfrutá el sudor de tus antepasados, la sangre. Vos ya no tenés que luchar por nada. Vos sólo tenés que ser feliz (¿por eso el auge del autoayuda?; ¿será debido al mandato posmoderno de la búsqueda de la felicidad que hay tantos libros que se proponen resolverla?). Esta porción de la sociedad tiene una serie de opciones, ninguna demasiado interesante tal vez; de seguro, ninguna imbuida de la épica que ofrece la guerra, o forjar un nombre o una familia de la nada, atravesar el océano con un barco para no volver nunca más. ¿Las opciones? Se puede efectivamente acatar el mandato y luchar por mantener lo que los antepasados lograron, incluyendo propiedades, derecho a la educación y salud privada, mucama con cama, puestos gerenciales, cierto status de «persona para ser envidiada», etcétera. A éstos se los conoce indistintamente como gente bien, gente chic, conservadores, gorilas o simplemente grasas (claro, de acuerdo de quién los esté mirando). Se puede perseguir la épica de la solidaridad, subsanar el mundo injusto, pero esto nunca va a ser desde un cambio político con la radicalidad que se pensaba en los 60 o 70, sino con asistencialismo (ayudar a construir asentamientos de madera en el conurbano a los pobres parece ser la meca de ese asistencialismo de gente bien con culpa), con donaciones, cursando carreras como Trabajo Social, militando, enseñando matemáticas en las villas, etcétera, siempre apuntando al «cambio que cada uno puede hacer desde su lugar», rara vez dispuestos a resignar ese lugar, a intercambiar lugares con el ayudado. Otra épica: viajar. Creerse el Che o Into the Wild por ir sin rumbo durante meses o años por India, el Sudeste Asiático, América Latina, buscarse a sí mismo, conocer otras realidades. La épica que verdaderamente paga, y que no distingue clases sociales: triunfar en el deporte, la guerra después de las guerras, con gran retribución del mercado. La última, sin reconocimiento del mercado pero con buen rédito para el ego burgués que todos llevamos dentro: escribir, cantar, pintar, hacerse un nombre en las artes, poder ser el orgullo de los padres que se deslomaron para ganar dinero, para que el nene y la nena puedan hacer lo que quieran, incluso aquello que rara vez da dinero. Ésa fue la falsa épica que eligió Unamuno —es la falsa épica del 95% de los ingresantes en la carrera de Letras—. Que todo se detenga es su segunda novela, lo que hace pensar que está siendo exitoso en lo que se propuso, pese a que esté lejos de ser un destacadísimo escritor (y él lo sabe). Quizá lo único que distingue a este último grupo de los épicos anteriores es la autoconsciencia, el saber que todo es chiste, que nada importa realmente, hecho que tal vez nos resalte aún más, pues libramos nuestras batallas de mentiras incluso sabiendo de antemano que nuestras plumas no son espadas, sino que sólo sirven para jugar una guerra de tinta.

 

 

Un pedacito de Que todo se detenga:

 

Antes de salir de la cama me hice una paja de corte bélico, porque mientras pensaba en el traqueteo de un culo aúpa mío, la conclusión de que es una pena que mi generación no haya padecido un acontecimiento tan grotesco y estúpido como una guerra, tomaba consistencia. Pensé en lo bien que nos vendría algo que sacuda esta paz homogénea, algún acontecimiento que nos recubra de cierta épica, que nos inscriba violentamente en la Historia; una sucesión de cañonazos que en cuestión de meses modifique de cuajo los valores, los simbolismos, las clases sociales. Pero bueno.

(pág. 103)