TRES HISTORIAS PRINGLENSES (2013), de César Aira

                            FÁBULAS EN EL SUR DE LA PROVINCIA

César Aira – Tres historias pringlenses – 2013 – Ediciones Biblioteca Nacional (Colección Jorge Álvarez) – 68 págs.
César Aira – Tres historias pringlenses – 2013 – Ediciones Biblioteca Nacional (Colección Jorge Álvarez) – 68 págs.

A diferencia de lo que sucede en general con la «gente de Letras», yo casi nunca recuerdo frases de memoria. Me es imposible citar una sola línea de La Ilíada o de algún pensamiento de Sartre o Sarmiento, y mi memoria no va más allá de recordar múltiples citas de Los Simpson, Friends, Seinfeld, El Padrino o Nueve Reinas, probablemente a fuerza de haber visto todo eso con una compulsión a la repetición. De cualquier forma, alguna vez leí una frase de César Aira que nunca más volví a ver, y que sin embargo me acuerdo: «(lo único que quiere el lector es seguir leyendo)». Si no es cien por ciento textual, es muy parecida, y no tengo dudas de que está entre paréntesis, lo que le da ese toque de algo dicho como al pasar. Detenerse durante tanto tiempo justamente en esa frase no es más que ironía, puesto que en ella se postula todo lo contrario: el no detenerse, el avance permanente. Es decir, el programa literario de Aira, la Obra Airiana. Es cierto que a muchos ha agotado esta Obra, esta idea de la publicación constante, el mito de la no corrección de sus textos sino con otros textos, toda una teoría de la literatura, de la economía, del mercado y de la vida que está presente en Aira como uno de los últimos escritores de generaciones pasadas, como el primero de los escritores de esta generación.

Sea como fuere, no haremos una lectura global de Aira como autor, porque el espacio no nos lo permite. Para quienes gusten de ello, los invitamos a pasar por estos links y libros: en la web, el postulado literario del propio Aira en pocas páginas, un brevísimo análisis de su obra y una entrevista que dio en el 2002 para El País de España; en papel, otra entrevista que le hizo Graciela Speranza en un libro de ella que hemos reseñado en este espacio, el ensayo de Sandra Contreras sobre su literatura, titulado Las vueltas de Aira o, mejor aún, lo que Aira escribió como ensayo (en realidad son una serie de ponencias que leyó) sobre Copi y sobre Alejandra Pizarnik en sus libros homónimos. Como decíamos, suficiente del autor, ahora al libro que leímos: Tres historias pringlenses.

Empezar diciendo que Tres historias pringlenses son cuatro cuentos es parte de ese chiste airiano; lo vamos a dejar pasar. «La Iglesia» es el primer relato, donde, oculto dentro de lo que parece una fábula religiosa en torno a la construcción de la primera iglesia del pueblo, se explica con simpatía el origen del crédito rural y de la deuda que se remonta a tiempos inmemorables. En «La Sombra» está el retrato de la infancia pringlense al principio, pero enseguida se torna en el relato de la vida de un gaucho que acaba en una burla literaria acerca de la ficcionalización del hombre de campo argentino. «La Gallina» empieza como un tratado sobre la Inteligencia (ver «Un pedacito de…») que antecede a otra fábula, en este caso la de la gallina que pone huevos de oro, y termina con un personaje de «calva enceguecedora», «ojos de huevo frito» y «voz chillona» (cualquier semejanza con un ex ministro de Economía argentino no parece ser coincidencia) dando clases de Economía frente a las cámaras de televisión. «El santito» es un poquito más largo, y cuenta la historia de un grupo de cuatreros, con dos figuras antagónicas y claramente delimitadas, para acabar el relato con una reflexión sobre vida y literatura que cierra en esta frase: «Había estado haciendo literatura mientras creía vivir, y eso se pagaba con una eterna melancolía».

Como se podrá observar, los cuentos de Aira hacen siempre una parábola: comienzan en un lugar completamente distinto del que van a parar. El final de cada cuento tiene que ver con el principio, se relacionan en el tono, en el narrador que se mantiene, incluso retoma los tópicos del comienzo, pero rara vez sucede lo que se espera que suceda. Eso es lo bueno de Aira, que es siempre inesperado —tiene una confianza ciega en lo inesperado—, ama unir dos temas que parecen no ir a cruzarse jamás. Pero no es sólo eso lo bueno, sino que también tiene dos o tres ideas, que sus narraciones dicen cosas, no son un mero devenir narrativo vacío. Aira escribe bien, siempre lo hizo, y una gran noticia es que no hay que ir a sus primeros libros para descubrirlo, porque constantemente está produciendo, y a veces con más suerte y otras con menos, cada pieza, por más pequeña que sea (este libro tiene 68 páginas), forma parte de ese todo, uno de los trabajos más impresionantes de la literatura argentina, que es la Obra Airiana.

 

Un pedacito de Tres historias pringlenses:

Las fábulas y moralejas de la Inteligencia estaban a la orden del día en Coronel Pringles. A los chicos nos inculcaban sus beneficios con una insistencia francamente exasperante. Había que ser inteligente, no era optativo sino necesario, imprescindible, obligatorio. A las demás virtudes que podían hacer un buen ciudadano o a un buen padre o madre de familia se las consideraba secundarias y derivadas de la Inteligencia. Sin ella la Humildad, la Compasión, la Valentía, no servían de nada, hasta podían ser contraproducentes. De ella se derivaban de modo automático e infalible la Prosperidad y la Felicidad. Reina de la Vida, reina del Mundo, vencedora del Tiempo y el Espacio, panacea universal, la divina Inteligencia se alzaba en majestad, aplastando con su sandalia de oro a la serpiente del Fracaso.

Esta figura alegórica, me temo que habría sonado artificiosa y un tanto ridícula en aquel entonces. El encomio de la Inteligencia se hacía en términos mucho más concretos. La mentalidad pringlense era eminentemente práctica, no condescendía a disfrazar la realidad para hacerla más llevadera. Quizá porque no lo necesitábamos: tierra ricas, una naturaleza complaciente y una sociedad acomodaticia aseguraban el sustento de todos y la satisfacción de cada uno. Pero justamente por este conservadurismo se hacía importante la Inteligencia, porque el paso en falso nunca era tan dañino como en un régimen establecido de antiguo. Divinidad omnipotente y universal, aun así la medían sobre el fondo estrecho del horizonte pueblerino.

Esta religión civil no carecía de ambigüedades. No quedaba claro si lo que se nos predicaba era tener la Inteligencia, o admirarla en quien la tuviera. Porque nunca se hablaba de cultivarla; habrían puesto en apuros al que le preguntaran cómo se la podía promover o desarrollar. Primaba más bien un cierto fatalismo: se nacía inteligente, y tan alto era el precio que se le daba que no había más remedio que pensar que se trataba de un don del cielo, y como tal sumamente excepcional. Se la veía de lejos, se atesoraba su eco lejano. Lo que le tocaba al ciudadano común no podía ser más que una migaja, pero preciosa. La consigna parecía ser: «con la que tengo me arreglo», confesión implícita de que no se necesitaba mucho para salir adelante en el reducido orbe agrocomercial de Pringles.

«La Gallina», p. 35