PIQUITO DE ORO (2009), de Gustavo Ferreyra

Gustavo Ferreyra – Piquito de oro – 2009 – Seix Barral – 279 págs.
Gustavo Ferreyra – Piquito de oro – 2009 – Seix Barral – 279 págs.

Escribir y vivir desde afuera

Gustavo Ferreyra es uno de esos escritores desclasados dentro de la literatura argentina. No parece tener una vinculación directa con otros escritores que permita encasillarlo en tal o cual corriente. No lo podríamos llamar «joven» ni por su fecha de nacimiento (1963) ni por ser «nuevo» en la literatura (su primera novela es de 1994, y desde entonces ha publicado con cierta regularidad). Y sin embargo allí está, en silencio, aclamado por la crítica en casi todas sus novelas, pero sin levantar vuelo, sin generar escuela, sin escritores más jóvenes que lo reconozcan con esa odiosa palabra que se suele usar, una «influencia». Su última novela, La familia (Alfaguara, 2014), cosechó elogios a diestra y siniestra, pero eso tampoco lo volvió famoso, ni le significó fans, ni lo puso a la altura de Aira o de Fogwill, ni siquiera de un Martín Kohan o un Alan Pauls. Es fácil entender cuál es su lugar en el mundillo literario con sólo dos pinceladas cargadas de prejuicio: tiene un Blogspot sin ninguna gracia en el que se limita a acumular la información bibliográfica de sus novelas y a escanear o linkear las reseñas (todas, insisto, elogiosas) que sus libros reciben y las poquitas entrevistas que le han hecho; es sociólogo, y se gana el pan dando clases no como visitante en NYU, UCLA, París o siquiera México, sino en Sociología General, materia introductoria del CBC de la UBA, y en un secundario para adultos. Hasta aquí, una pequeña semblanza de quién es Gustavo Ferreyra, este aclamado escritor a quien nadie elogia por fuera de las reseñas que se le dedican. Para comprenderlo a él, bien vale leer su mentado blog.

Ahora sí, el libro que nos convoca: Piquito de oro, su antepenúltima publicación a la fecha. Lo abordamos persiguiendo esa pequeña línea trazada ya en algunas oportunidades en este blog, que son «los 90» (ya hablamos de ello aquí y aquí, por ejemplo). Porque Piquito de oro no tiene capítulos, sino fechas, que van del 8 de mayo al 20 de septiembre de 2002. Fechas que ciertamente dicen poco, porque el relato no está estructurado en forma de diario, y ni siquiera podríamos decir que el objetivo implícito de la novela esté cifrado en torno al análisis profundo de la inmediata postcrisis de 2001 en Argentina, sino que esto es apenas el marco en el que la voz de Piquito de oro (así, sin nombre) se desenvuelve, pero que perfectamente podríamos imaginar en enero de 2008 o en un abril de 1964. Claro, en esos tiempos tal vez Piquito no probaría con ser piquetero, o no le preocuparía tanto su falta de trabajo, pero el personaje seguiría igual de vivo, enfrentando otras circunstancias. Porque, sin ir más lejos, la gran creación de Ferreyra no es el retrato de época, sino la voz de este personaje tan particular, que tiene una vinculación directa con el famoso Ignatius Reilly, el protagonista del best y longseller de John Kennedy Toole La conjura de los necios. Piquito de oro es un sociólogo recién recibido de 33 años, desocupado, hijo único y huérfano de padre y madre que cualquiera podría calificar como un ser odioso, despreciable: un ególatra incapaz de establecer un vínculo con el resto de la sociedad, que busca permanecer como niño-dictador por siempre, y que sueña con que todo en la vida sea lo más fácil que se pueda: «La facilidad es mi dogma superior», dice Piquito, y podría funcionar como síntesis de este ser que condensa una voluntad explícita y consciente de ser eternamente infantil. Y así y todo, puede llegar a resultar querible…

En paralelo a esta clásica versión del monólogo interior que es la voz de Piquito se intercala la historia de Susana, viuda reciente luego de que su marido fuera asesinado en la puerta de la casa —en un caso que podría pensarse como un fenómeno de la llamada «inseguridad» pero que queda sin resolver—, junto con sus cuatro hijos de entre 10 y 20 años. Lo más difícil, sin dudas, es encontrar la motivación de Ferreyra para intercalar estas dos tramas que podrían ser perfectamente dos novelas independientes. Más difícil aún es comprender por qué la novela se llama Piquito de oro, cuando ese nombre corresponde únicamente a la mitad de la obra. Así presentadas las cosas, no es tarea de la crítica cuestionar las decisiones del autor, sino generar hipótesis para encontrar los puntos en común, más allá de un cruce que amaga a darse, y es que los hijos de Susana van a la escuela en la que la mujer-novia-lo-que-sea de Piquito es directora. Estas hipótesis pueden ir desde una suposición en torno a quién es el misterioso asesino de Héctor, el marido de Susana (¿podríamos pensar en Piquito?[1]) a una vinculación de caracteres, en el que encontremos en Susana rasgos de la imposibilidad de adecuación social que en Piquito están a flor de piel.

De cualquier modo, es imposible dejar de reconocer la potencia de la voz de Piquito —mezcla de desparpajo, incorrección política, ironía, sagacidad y un temor extremo a lo que el mundo tiene para ofrecerle— así como la bizarra atmósfera que se respira en la casa de Susana, que recuerda más a un teatro grotesco de Armando Discepolo que a una familia telenovelesca en llanto por la trágica muerte del pater familias. Y en la misma medida, también es imposible dejar de reconocer que el armado de estos personajes sutiles y caricaturescos a la vez puede llevar al tedio en más de una oportunidad. El énfasis en la repetición de conceptos, en la obsesión por las frases cortas y asertivas, en las múltiples observaciones sardónicas para describir a la sociedad (muchas veces, graciosas y sorpresivas; en algunos casos, obvias e irrelevantes) y en la enorme cantidad de exclamaciones y diminutivos irónicos y maliciosos ayuda a crear una personalidad maniática, un yo que se va descubriendo y describiendo a sí mismo a medida que se narra de una y mil maneras, pero esto en cierta medida funciona a costa del lector, que luego de 150 páginas de esta construcción puede imaginar que ya se va haciendo el tiempo de leer otra cosa… De cualquier modo, la capacidad de Ferreyra para escribir es digna de destacar, así como también es digno su estoicismo para mantenerse en la materia a pesar de su ajenidad a todo el mundillo literario. El escribir «desde afuera» le permite mostrar la mejor cualidad del escritor, un hombre ajeno a su propia época y al mundo que lo rodea. Lo conoce, lo vive, pero no se lo cree realmente. Por eso Piquito puede vivir en Belgrano y ser de clase media (y de la burguesía más rancia, al estilo de «Pato trabaja en una carnicería», puesto que siempre vivió a costas de los otros) y burlarse de Belgrano y de la clase media.

 

 

Un pedacito de Piquito de oro

 

«¿Y en qué frente vas a militar?», me preguntó Josefina, intuyendo tal vez que lo concreto se yergue frente a mí como una verdadera masa de concreto. «En los barrios», le dije. Y ella: «¿Acá en Belgrano?», quizás ingenua, quizás algo malevolente. «No sé», le dije, «tal vez, acá, tal vez en provincia, en los barrios alejados». Y de repente se me ocurrió: «Puedo integrarme al Polo Obrero. A los piqueteros del PO». Y ella hizo un dudoso gesto de asentimiento. Y yo después me quedé pensando que no estaría mal integrarse a los grupos piqueteros si quiero formar mi carácter, ¡¿qué mejor?! Hay que tener una paciencia de beduino para ser piquetero. Paciencia de pobre, en realidad. Horas y horas cortando caminos sin mucho para hacer. ¡Sólo al Mahatma Gandhi se le podía ocurrir luchar así! Humildes cuerpos que ponen lo único que tienen, su sola materialidad corporal en un camino, unas vías. ¡De todas maneras a la clase media argentina le parece un exabrupto! Metodologías exasperantes. ¡Y de seguro que alababan los medios pacíficos del Mahatma! Pero allá en la India. Si los cortes son bien lejos, están bien justificados. ¡Los muertos de hambre de acá no tienen derecho a nada! ¡Clasemedieros! ¡Son los canallitas más cínicos que puedan encontrarse! Comen de las migajas de los de arriba y cagan para abajo. ¡Y son un misterio de la física! Al menos en la Argentina. Porque cagan mucho más que lo que comen. ¡Habría que destripar a un clasemediero argentino para descubrir su misterio! ¡Cómo puede cagar tanto comiendo tan poco! Creo que siento por ellos cierto asquito que… En fin. No estaría mal ser piquetero y poner el cuerpito de mejillón para que trinen un poco más. Todos los biempensantes razonables culos grasosos. ¡De seguro que el sereno Carlitos reprueba la desubicación piquetera! ¡O milito o mato!

Págs. 178-179

[1] Esto es lo que se da a entender en el final de la entrevista que Ana Prieto le hizo a Gustavo Ferreyra para la revista Ñ con motivo de la publicación de Piquito de oro:

-Para terminar, tengo una duda personal. En Piquito de oro me da la impresión de que es X quien mata a X.
-Sí… A mí también me da esa impresión.

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