EL AZUL DE LAS ABEJAS (2014), de Laura Alcoba

El azul de las abejas – Laura Alcoba – Edhasa – 2014 – 125 págs
El azul de las abejas – Laura Alcoba – Edhasa – 2014 – 125 págs

Literatura argentina escrita en francés

Laura Alcoba es argentina y escribe en francés. Pese a la larga tradición de escritores argentinos que residieron y residen en otras partes del mundo, no tenemos registro de un argentino resignando su lengua; es más, en muchos casos la enfatizan, como Cortázar y su histórica Rayuela, escrito en París, donde el capítulo «Del lado de acá» hablaba de Buenos Aires, como si nunca se hubiese ido. Patricio Pron —a quien ya hemos leído en este espacio— es rosarino de nacimiento y europeo por adopción: él hace una operación similar a la de Alcoba al escribir en una lengua que no es la suya propia, sino una impostada; elige el «español neutro» en lugar de su variante rioplatense, al mejor estilo de la literatura «latinoamericana» de Roberto Bolaño, en el que es imposible encontrar su origen chileno o su vida entre España y México, sino más bien una mezcla de todo eso. Pero lo que hace Alcoba es diferente, porque no adapta su lengua, sino que la cambia por otra, por la de adopción, realizando así una operación literaria que se vincula en forma directa a su historia de vida. En sus libros es imposible rastrear una oposición literatura/vida (como sucede con los últimos libros de su también compatriota, el francés Emmanuel Carrère), porque en su escritura se ve un modo y una voluntad consciente de elaborar su pasado, de restablecerlo por medio de la palabra escrita. Cada historia que narra es por un lado una pieza literaria, y por otro, una confesión obtenida a regañadientes, una liberación de su ser, o, como ella dice en el prólogo de su exitosísimo libro debut, La casa de los conejos (2008), una forma de poder olvidar («si al fin hago este esfuerzo de memoria […] no es tanto por recordar como por ver si consigo, al cabo, de una vez, olvidar un poco»). Recién en su tercer libro (difícil llamarlo «novela»), El azul de las abejas, el uso del francés como lengua literaria se explica, se justifica.

El azul comienza narrando las dificultades de una niña para aprender una lengua de pronunciación compleja, que retiene sonidos y parece no querer liberarlos; es una lengua que le cuesta, que le genera un desgaste físico a esa nena de 10 años que practica nuevas vocales en la casa de sus abuelos en La Plata. Y sin embargo no claudica, no abandona los estudios porque la lengua francesa se muestra en El azul como un medio de ingreso a una nueva vida, un reencuentro con su mamá, a quien no ve desde hace años, y que la espera en París para comenzar a vivir la vida del manual de lectura de francés, en donde los perros se llaman «Médor» y los gatos, «Minet». Los lectores de La casa de los conejos podrán reconocer en un instante a la niña que estudia francés: es Laura, la misma que durante 1975 y 1976 vivió en la clandestinidad junto con su madre en un lugar desconocido de La Plata, en una casa que de fachada criaba conejos y que, detrás, tenía la imprenta clandestina de Montoneros. La masacre ya pasó, la madre huyó a París, el padre siguió en la cárcel, y la nena espera seguir los pasos de su progenitora, pero la salida de Argentina se demora y se demora. La lengua francesa aparece como anhelo de libertad, como el comienzo de su vida de acuerdo a lo que indican los manuales escolares, por primera vez en toda su historia.

El proceso de formación de la voz narradora es complejo, porque por un lado se muestra un punto de vista infantil —el de la niña Laura—, lleno de dudas sobre su viaje, relatando sus días en París con su mirada inocente y tierna en torno a las relaciones y el aprendizaje, con referencias a un «hoy» que es el de la niñez, mientras por otro, toda la narración está plagada de palabras propias de un adulto («voz meliflua», «órbita del ojo», «mollera», «timorato», «sollozo» e incluso «madre» en lugar de «mamá»), con más de una referencia a un «hoy» de la vida adulta («Todavía hoy lo recuerdo» es una expresión que se repite). Esta mixtura de puntos de vista puede aparecer como un error —de la autora, o hasta del traductor, Leopoldo Brizuela—, pero también puede ser interpretado como un encuentro permanente entre la niña que mira y la escritora que narra, y cómo esas dos figuras están atravesadas por un francés que dominan más por la escritura que por la oralidad infantil.

Además de la centralidad de la lengua francesa como refugio para reinterpretar un pasado tortuoso, es interesante ver la nueva vida de la niña parisina y de los ex revolucionarios devenidos en clases trabajadoras y/o en refugiados europeos: poco queda del ideal libertario, y el espíritu de lucha de los años 70 se diluye apenas comienzan los 80, preocupados por ser padres, por la ropa que se viste, por detalles de decoración en la casa burguesa de clase baja. Todo el tiempo queda un resabio, una risa amarga en la literatura de Alcoba, que narra con ternura y sutileza la epopeya de esos jóvenes revolucionarios que ella, hoy, ve con cierta condescendencia, como chicos rebeldes y un poco desubicados en su tiempo y su accionar. En las cartas que se cruza con su papá, aún encerrado en la misma prisión en la que estaba en el libro anterior, se habla de literatura, o más que de literatura, de libros: leen lo mismo, él en castellano y ella en francés. En ese diálogo sordo, donde es más importante la carta como material de comunicación entre padre e hija que como contenido, se cifra la diferencia y la aceptación de la niña a un desarraigo y a un nuevo arraigo. Con su propio padre ya no leen el mismo idioma, ya no comparten la lengua materna; para ella, la lengua de la literatura es ahora la lengua francesa, y así narra, desde un punto de vista infantil pero con un lenguaje adulto, un lenguaje natural pero a la vez extranjero, que ni siquiera traduce ella misma pese a ser traductora. En francés —y para un público francés, al que hay que explicarle qué es «Boca Juniors»— Alcoba puede recordar Argentina y cómo ella misma poco a poco se fue haciendo una mujer francesa.

 

 

Un pedacito de El azul de las abejas:

Una mañana Raquel y Fernando desembarcaron en el barrio de la Voie Verte, en un auto muy blanco y lleno de regalos. Son dos amigos de mamá que se refugiaron en Suecia, argentinos también, antiguos guerrilleros, como mis padres y Amalia, que también los conoce. Han debido hacer un largo viaje para llegar hasta aquí; si hasta parece que con su auto debieron subirse a un barco… salieron de Estocolmo dos semanas atrás. Antes de llegar aquí han hecho varias escalas en casas de otros argentinos, en Alemania, en Leverkusen, y también en el norte de Francia, por el lado de Amiens. Casi un tour del exilio.

Ya los había visto en la Argentina, hacía mucho tiempo, no recuerdo muy bien dónde ni cuándo exactamente. Pero lo que he olvidado por completo son los nombres con que los conocí. Porque en aquellos tiempos de clandestinidad deben de haberse llamado de otra manera, claro. Como todos los demás, habrán llevado nombres de guerra transitorios, Paco y Rita, Pepe y Mabel, Oscar y Jimena, vaya uno a saber. Habría podido preguntarle a mi mamá, que aún debe de acordarse, cómo no, pero qué importan ya los nombres del pasado. A veces llego a pensar que no quiero acordarme; estamos al otro lado del océano, y es lógico que los nombres antiguos hayan quedado allá. En todo caso sus caras son las de siempre, y las reconocí, y también la sonrisa con que Raquel gritó mientras abría la puerta de su auto reluciente: ¡Al fin llegamos!

Ellos tampoco me habían olvidado: no bien me vio, Raquel empezó a acariciarme el pelo y a exclamar: ¡Cómo creciste! Lo que se dice siempre a los chicos. Y sí, hace tres años ya, dijo mi madre. ¡Tres años! Sí, tres años, repitieron Fernando y Raquel a su turno. ¡Dios mío! Y nadie dijo nada más; eso era suficiente, todos teníamos de pronto un nudo en la garganta.

Ya lo sabemos y ellos también. Inútil decir más. Estocolmo, Amiens, Leverkusen y la Voie Verte: todo es consecuencia de lo que pasó allá lejos. Y eso mismo nos reunía también ahí, junto a ese arenero, en el Blanc-Mesnil. Todo parecía absurdo, de repente. ¿Dérisoire? (Nota del traductor: «irrisorio»). Ésa fue la palabra que me surgió de pronto, aunque no estaba segura de saber qué significaba. Y por un instante al menos el mundo quedó atrás, la escena se congeló… de golpe todos volvimos a estar un poco allá, un poco en aquella época, como suele decirse. Angustias, miedos, imágenes diferentes deben de haber surgido en nuestras mentes, pero ninguno los mencionó. Y nadie los nombrará, nunca, aunque los sepamos diferentes pero a la vez comunes, porque así es el exilio, no hay por qué decir más. Basta y sobra quedarse un momento en silencio, junto a un arenero en el cual, aquí y allí, brillan todavía unos charquitos de escarcha. Muy pequeños ya, sí: es temprano, hace frío, pero el invierno ya se ha alejado, los canteros muy blancos parecen fuera de estación.

Págs. 76-78

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