FLORES DE UN SOLO DÍA (2002), de Anna Kazumi Stahl

Flores de un solo día - Anna Kazumi Stahl - Seix Barral - 2002 - 335 págs.
Flores de un solo día – Anna Kazumi Stahl – Seix Barral – 2002 – 335 págs.

Literatura importada

No hay nada más lindo que tomar un infinito, delimitarlo, y luego explorar esos límites, tensarlos, mirar un poco por encima para ver qué hay del otro lado. Lo hicimos en nuestra última entrada, leyendo a Laura Alcoba, argentina que vive en Francia desde que tiene 10 años y que escribe en francés (sobre tópicos argentinos); lo hacemos ahora, leyendo a la norteamericana hija de padre alemán y madre japonesa Anna Kazumi Stahl, considerando que su novela Flores de un solo día (2002) pertenece al corpus de literatura argentina, o al menos, a esa literatura de límites difusos, esos libros difíciles de guardar en las bibliotecas. La particularidad de Kazumi Stahl (de quien ya hemos hablado un poco aquí) es que un día de 1988 vino a la Argentina y se enamoró del país, y otro día de 1995 volvió para quedarse. Fue tan fuerte su arraigo que dos años después había publicado la colección de cuentos Catástrofes naturales para luego embarcarse en la escritura de la novela de largo aliento que nos ocupa, escritos ambos enteramente en un español rioplatense como el de cualquiera que haya nacido en Boedo, Castelar o Chivilcoy. En una proeza inimaginable para quienes no somos particularmente duchos con las lenguas extranjeras, esta mujer sin ningún tipo de vínculo ni con la cultura hispanoparlante ni con la Argentina en particular logró una escritura sin fisuras, donde sólo el nombre de la firma hace sospechar que la narración no es argentina, porque todo el resto del libro lo es (ella misma explica esta adopción del idioma aquí). O, al menos, lo es en apariencia: en su descripción de Buenos Aires, de sus casas, de sus edificios, de sus barrios y de sus calles; en sus expresiones indubitablemente porteñas; en su conocimiento de la cultura popular y de todos los sobreentendidos que subyacen… En fin, una novela argentina como cualquier otra. O no.

Desde la trama, Flores de un solo día se revela como una novela que usa la historia personal de la autora sólo en sus líneas más básicas: la protagonista es hija de una mujer japonesa, a mitad de camino entre diversas culturas, y los hechos tienen lugar primero en Buenos Aires y luego en Nueva Orleans, a la inversa del itinerario de Kazumi Stahl. La primera diferencia con las obras de la Nueva Narrativa Argentina que estamos analizando en esta sección es que la construcción de la trama ocupa un lugar preponderante, muy al estilo de la literatura norteamericana (y, sobre todo, del cine norteamericano). Flores de un solo día no se parece en nada al devenir y la reflexión permanente, a esa literatura del detalle y de los gestos que hemos mencionado en tantos libros leídos en esta sección, sino que apuesta a la complejidad de la historia, a los giros de un pasado que nunca se termina de ir y que modifica el presente tan calmo en el que todo comienza, donde Aimée está casada con el bonachón Fernando, y ambos viven en un departamento de Congreso junto a su madre japonesa, muda e híper calma, la estrella de la florería «Hanako», pues no sólo es su nombre el que está en la marquesina, sino que es ella la que hace los arreglos florales más codiciados, los ikebanas. Hasta este punto, todo es descripción pausada y minuciosa, plena de olores y colores, con una envidiable paciencia para narrar que hace que cada escena se pinte como un cuadro en la retina del lector (y con una variedad lingüística casi inverosímil para una persona que tiene al español como segunda lengua).

Luego llega una carta desde Nueva Orleans y todo se empieza a resquebrajar, incluyendo la novela. No es que la segunda parte sea peor que la primera o que tengan un tono distinto, pero Kazumi Stahl está tan pendiente de construir un relato sin fisuras, donde todo tenga una explicación racional y verosímil, que la obra muta de una novela libre de género a una suerte de thriller policial en el que hay buenos y malos y donde todo debe ser explicado con un giro en la historia, incluso cuando en algunos casos esos giros se ven venir desde 100 páginas atrás. Además, en medio de las teorías, flashbacks y explicaciones de la historia, los diálogos comienzan a tomar un rol central, y éstos no son el fuerte de la autora (siempre se dice, y es completa verdad: es mucho más difícil de lo que se piensa escribir un buen diálogo), sumado a que a medida que avanza el relato comienza a incomodar la omnisciencia y el ascetismo del narrador, capaz de meterse en la cabeza de todos los personajes al mejor estilo de la novela decimonónica del siglo XIX.

Es en este punto donde debemos hacer un alto y preguntarnos por qué Flores de un solo día no encaja con la Nueva Narrativa Argentina que venimos leyendo en este espacio; para ello, las hipótesis son dos, perfectamente combinables entre sí. Por un lado, su condición de extranjera tiene que pesar de algún modo al momento de querer inscribirla en una tradición nacional en la que ella tiene pocos años; esto se dice no en forma peyorativa, sino como un mero hecho de la realidad: Kazumi Stahl, a diferencia de los narradores actuales que estamos leyendo, no se formó a la sombra de Borges, Bioy, Cortázar, Manuel Puig, César Aira, Lugones, Sarmiento, José Hernández y otros (el canon está aquí), sino que sus lecturas principales tuvieron que haber estado en otros lares, y si aceptamos la premisa de que toda escritura es una consecuencia de todas las lecturas anteriores, la presencia de Kazumi como autora argentina es, al menos, forzada. Por otro lado, existe una realidad metodológica a estas alturas: cuando elegimos leer «Nueva» Narrativa Argentina marcamos un límite: el año 2000. Como dijimos en su momento, esta elección fue completamente azarosa. Hoy, leyendo material publicado hace unos meses y leyendo esta novela de 15 años atrás, podemos encontrar ciertas marcas que las diferencian largamente, y hasta sería lógico pensar que la literatura de Kazumi y la de, digamos, Patricio Pron o Agostina Luz López no forman parte del mismo período, y en un futuro probablemente vayan a ser estudiados como dos entidades distintas. Todavía no se habla de «los 2000» como una década (como sí decimos perfectamente «los 80» o «los 90»), como si ésta nunca hubiese terminado, como si no tuviese sus marcas específicas que la delimiten. Este tema excede lo que veníamos a decir de Flores de un solo día, pero lo dejamos planteado aquí para entender que esta novela ya es de otro tiempo, ya no podría ser llamada «Nueva», y que tan solo nos quedará encontrar dónde es que se produjo el corte entre «los 2000» y lo «Nuevo». Como todos los límites son difusos, también podríamos simplificar y decir que la novela fue publicada en 2002, pero que pertenece a «los 90», y hasta incluso, que es bien argentina, puesto que el eje temático principal circula en torno de qué es la identidad y cómo se vive con una identidad impostada, con una historia falsa. Ése es, sin dudas, el debate más rico que habilita Flores de un solo día, y ése es el camino que dejamos abierto, invitando al potencial lector a transitarlo y a explorarlo.

 

 

Un pedacito de Flores de un solo día:

La ventana del cuarto da a una vista sobre la ciudad: techos naranja y negros, cúpulas verdes, paredones revestidos de ladrillo. ya no es tan temprano, y el sol cristalino de invierno ilumina el ambiente con luz blanca. Hanako trabaja rodeada de colores. Contra las paredes y sobre la larga mesada, se resaltan los rojos y amarillos de las flores. Además el piso, en declive hacia la rejilla en el centro, es un mosaico de pequeñas cerámicas en tintes suaves, multicolor. Aimée las encontró en el mercado de pulgas años atrás. Son de las más chicas, dos por dos, y traslúcidas. Van intercaladas: las rosa, naranja, verde pistacho, celeste, lila, y limón cremoso, más las blancas y algunas que son transparentes y resultan como hielitos. Los distintos matices se mezclan con los más elementales y terrestres.

Págs. 19-20

Deja un comentario