ESTAMOS UNIDAS (2015), de Marina Mariasch

Estamos unidas – Marina Mariasch – Mansalva – 2015 – 75 págs
Estamos unidas – Marina Mariasch – Mansalva – 2015 – 75 págs

Alt Lit noventosa y de la buena

«Estamos unidas» es un juego de palabras con «Estados Unidos», país al que la hermana de la narradora se va a pasar una temporada a fines de 1989. Estados Unidos es también el lugar-faro de Argentina en la década del 90 que atravesará el libro. Además, «estamos unidas» hace alusión al lazo que une a las dos hermanas. Y también hace alusión al resto de la familia, es decir, a su madre y a su abuela. El título es, entonces, un anticipo del estilo de Marina Mariasch: en dos palabras sencillas se condensan múltiples significaciones, y sobre todo, mucho cinismo e ironía. Porque Estados Unidos no es la panacea que aparece en las películas de New York y Los Ángeles («En esta casa el queso es naranja y en fetas, parece goma eva», escribe la hermana en una carta, y suena a síntesis de lo artificial que rodea su vida inmersa en el sueño americano). Y porque el «estar unidas» es estar solas, la hermana y ella, adolescentes, hijas de un padre que no ha desaparecido en los 70 pero que se ha borrado de la mano de su secretaria años después, y de una madre que funciona como eje de una tríada en la que la protección, el interés y el cuidado por sus hijas brilla por su ausencia, demasiado amargada por el abandono del marido, demasiado preocupada por sus novios jóvenes y estacionales, por sus pastillas, por su bronceado y, sobre todo, por simular cumplir con el «deber ser», esto es, «ser una buena madre» (a los ojos de quienes la miran, incluyendo a sus propias hijas). Todo esto y más es Estamos unidas, un libelo poético sobre la familia, sobre la maternidad y la fraternidad, sobre los 90 y la cultura de la apariencia, un cross de derecha a la mandíbula, como le gustaba decir a Roberto Arlt, aunque no exista prosa más diferente a la suya que la de Mariasch, narradora de oraciones cortas e inconexas entre sí, sin necesidad de usar conectores como «porque», «después» y «por lo tanto», tan segura de que el lector será capaz de unir las esquirlas que su literatura-bomba derrocha en brevísimas 75 páginas.

Mariasch es, ante todo, poeta, y eso se nota. Estamos unidas, mucho más que una novela parece más bien un extenso poema narrativo en prosa. Tiene todas las características de la «Alt Lit» que señalamos en nuestra última reseña y también cuando leímos puntualmente un compilado de Alt Lit, pero es mucho más que eso, porque en su apatía, su desorden, su brevedad, su incoherencia y su destajo siempre está diciendo algo, y lo hace con mucha (muchísima) fuerza. Cada capítulo toma un tema de su adolescencia y lo desarrolla en narraciones breves, con un tono mordaz que esquiva la grandilocuencia pero que dice mucho más con sutiles mensajes que va desperdigando en uno y otro párrafo como minas que explotan sin que uno las haya visto antes. Por ejemplo, cuando habla de Yesi, «la chica que ayuda en casa, como decían», dice que «era buena. Robaba, pero poco». La distancia que pone entre las clases se vuelve un abismo cuando menciona entre las cosas que robaba vestidos de fiesta usados una sola vez. Cuando Yesi vuelve arrepentida, la madre «le regaló todo, no quería la ropa usada, y la perdonó» (el subrayado es nuestro). No existe ningún tipo de atenuante ni condescendencia para esa madre que tenía libros de Marx y que después los quemó para cambiar por libros chinos, que salía con hombres sólo por sexo o por status, pero que tuvo que dejar a un novio cuando cuestionó el número de desaparecidos, que dice que se muere de miedo viendo a su hija en una moto «pero que no era verdad».

Sin embargo existe cierta madurez en el relato. No hay bronca hacia la madre, porque la engloba dentro de un «clima de época», es parte de ese magma de padres «progres» que luego de la lucha armada que protagonizaron sus pares —o ellos mismos— pocos años atrás quedaron en un limbo en el que no queda tan claro qué es o qué significa «ser de izquierda»: en ese mundo parece ser perfectamente compatible leer a Marx en viajes a Estados Unidos para abrir cuentas en el extranjero o tener como horizonte de expectativas en la educación de hijas mujeres tanto que lean a los autores rusos como que sean flacas y estén bronceadas. La narradora se rodea permanentemente de los hijos de estos padres, y todos parecen estar transitando el mismo camino difuso, a punto de ingresar en un «futuro negro», como dice la narradora, sin estar enterados aún de que esto está por suceder. En el capítulo 3 organizan una fiesta con su hermana en la casa, e invitan a sus amigos, también progres. Ellos protagonizan una emulación barata de películas que vieron cuando eran niños, como The Wall o La naranja mecánica, y rompen todo, en un gesto iconoclasta y revolucionario que confunde, porque son los ricos rebelándose en una casa de ricos, como una revolución de cotillón. «La noche de la fiesta en casa tardamos en reaccionar porque no sabíamos bien de qué lado estábamos», dice la narradora, en este magma de confusión al que a las naturales dudas propias de la adolescencia debe sumarles la de sus padres y la de un país convulsionado por el  cambio cultural que está viviendo («parece alguien de otra década, una desaparecida», menciona al pasar la narradora, siempre sugerente y provocativa).

Todo el libro habla de «un cambio de época», tanto a nivel personal como dentro de la sociedad en la que está inmersa. Brasil, por ejemplo, ahora es un destino para vacaciones en verano y «para disfrutar», cuando ayer nomás ir a Brasil significaba ir en invierno a ver a los amigos exiliados de los padres. En lo personal, el cambio se da en el paso del tren fantasma y de los juegos en el Ital Park a las noches de boliche, el autoconocimiento y el sexo, que aparece en los capítulos finales, quizá un poco más esquemáticos y «esperables» que los primeros. El cruce entre el entorno y el ser interior se puede rastrear en las múltiples referencias a los trastornos alimenticios que desperdiga la narradora en distintas partes de su relato —sin tematizarlos, sin dramatizarlos; sólo «están ahí»—, y el símbolo del fin de la niñez y del fin de los 80 es el cierre definitivo del Ital Park. «¿A dónde van los esqueletos de las montañas rusas cuando los parques de diversiones cierran?» es la pregunta que da inicio a la novela, y ésta estructura todo el relato en ese misterio por saber qué pasa con los restos de lo que fue ahora que el futuro ya llegó. No vacilamos en afirmar que Estamos unidas, de Marina Mariasch, está destinada a ser un hito fundamental para comprender los 90 (al mejor estilo Miami, el disco de Babasónicos de 1999) y una obra ineludible si se quiere apreciar todo lo bueno que la Alt Lit tiene para dar.

 

 

Un pedacito de Estamos unidas:

Ese día en lo de mamá festejábamos su cumpleaños, y nos reíamos como tontas y locas. Nos acordábamos del viaje a California, cuando yo tenía aparatos fijos y mi abuela todavía no era ese ser abiótico que fue después. Era una persona, con nombre, pasaporte, y cuentas en el exterior para las que se requería su propia firma.

La abuela hablaba de plata en una lengua milenaria de Europa central que había llegado por los judíos al continente americano. O en una especie de lunfardo de esa lengua. A los dólares les decía lokshen —la pasta—, o grines, para que la señora que trabajaba en su casa no entendiera. La señora que trabajaba en su casa era una especie de alter ego de ella pero santiagueña. Tenía los huesos finos y los modales delicados de cualquier señora de avenida Alvear, después de tantos años compartidos. La señora que trabajaba entendía perfecto cuando hablaban de dólares, en cualquier idioma, sabía dónde estaban, y sobrevivió a mi abuela en el piso regio que daba a la plaza.

No entendía bien para qué viajábamos, se trataba de algo así como una transferencia de dinero. El nombre banco Hapoalim, con base en Israel, me hacía pensar en el Sapolán, una crema que nos ponían cuando el sol calcinaba. Por su mal manejo del inglés llevó a mi madre. La abuela ya era viuda y siempre había dependido de su marido para los negocios. Mi mamá nos coló a nosotras. Necesitaba que conociéramos más mundo. Era parte del horizonte básico de aspiraciones de clase. Viajes y comidas exóticas. Lectura de los rusos y más de dos idiomas. Título universitario, sensibilidad artística, conocimiento intelectual. Era una falsa ecuación, el amor asegurado venía de todas esas cosas.

Págs. 37-38

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