LAS ISLAS (2012 [1998]), de Carlos Gamerro

Las Islas – Carlos Gamerro – Edición «definitiva»: 2012 – Edhasa – 614 págs.
Las Islas – Carlos Gamerro – Edición «definitiva»: 2012 – Edhasa – 614 págs.

Una obra magistral, un tono precursor

Editado por primera vez en 1998, Las Islas, de Carlos Gamerro, no entraría en nuestro corte aleatorio que hicimos en el año 2000 para hablar de «Nueva Narrativa Argentina», pero vamos a hacer una excepción, con el vulgar argumento de que la novela fue reeditada con modificaciones en el año 2012, y es en realidad ésta la versión que leímos nosotros. Ésa sería la justificación desde lo numérico. Ahora, desde lo literario, hay sobrados motivos para pensar que Las Islas pertenece, como antecesor, a una nueva oleada narrativa, o al menos, que podría figurar como una precursora al modo que funcionan literaturas como las de Fogwill, de Aira, de Piglia y de Hebe Uhart, por señalar estilos literarios que fueron replicados con modificaciones durante estos últimos años, mucho más que los «pesados» clásicos argentinos como Borges, Sabato, Bioy y Cortázar. Gamerro está a caballo entre lo viejo y lo nuevo: es parte de esa famosa generación de «escritores jóvenes argentinos» que cuenta con medio centenar de velitas en su torta, pero que aún no es considerado «clásico», sino «joven». De hecho Las Islas es su primera novela, y la mayor parte de su producción literaria fue publicada en los últimos 15 años. Si bien no faltan las ganas, no vamos a engañar a nadie: no leímos (aún) todo lo posterior a Las Islas, pero sólo con este libro, es justo y merecido ubicar a Carlos Gamerro entre los grandes de la literatura argentina contemporánea.

La novela en cuestión es un libraco de 600 páginas, muy poco amigable con las nuevas generaciones de lo instantáneo y lo fugaz, pero que tiene en su tono la clave para comprender por qué puede resultar tan actual a casi 20 años de su publicación (a diferencia, por ejemplo, de lo que dijimos sobre el libro que Anne Kazumi Stahl publicó en el año 2002). Mordaz, irónico, cínico, hilarante, oscuro y a la vez, querible, el ex combatiente y actual hacker Felipe Félix narra con una prosa cargada sus peripecias por la ciudad de Buenos Aires de 1992, sin poder huir del pasado que lo acecha, cuando tiritaba de frío en las Malvinas 10 años atrás. Como en una buena novela negra, se mueve por el mundo como un ajedrecista, anticipando jugadas y siendo emboscado una y otra vez por distintos personajes que casi siempre son enviados por el malvado villano Tamerlán, rey de la corporación que lidera. Él es quien convoca a Félix en primera instancia para poder encontrar a los testigos de un asesinato que cometió su hijo. Félix visita al señor Tamerlán sin muchas opciones de decir que no, y con ese clásico puntapié la rueda empieza a girar.

Como decíamos, no es en las formas ni en la temática adonde se encuentra el cruce posible con otras obras de narrativa argentina contemporánea, pero sí en el tono. Los relatos intimistas característicos de esta nueva época muchas veces traen una buena dosis de sanguíneo enciclopedismo corrosivo, un «saberlo todo» que no sirve para nada, sin falsas ilusiones y sin eufemismos (sin el encanto cortazariano, podríamos decir, sin sueños de salvar el mundo). Este tono se puede identificar claramente en algunos de los autores que hemos leído aquí, como Patricio Pron, Gonzalo Unamuno o Marina Mariasch. Más parecido aun es un autor que leímos pero que no hemos comentado: Carlos Busqued y su Bajo este sol tremendo, con sus personajes abúlicos y drogo-dependientes, carentes de cualquier tipo de ética y moral. Las Islas podría ser tomado como un precursor de esta literatura dentro del canon argentina, con Vivir afuera (Fogwill, 1996) como el otro gran hito de la roadmovie porteña de baja estofa (y ambos, desde ya, herederos del mejor Roberto Arlt). Más aún, la maldad que exudan los personajes que circulan en Las Islas y que con tanta divertida malicia retrata Gamerro en la voz de Félix, tiene mucho del tonito irónico que inunda la red social Twitter y que se plasma en algunos relatos nuevos de la televisión local, como Historia de un Clan, El Marginal o hasta el más reciente Un gallo para Esculapio (todos, producidos por Sebastián Ortega). De hecho, los villanos de cada serie (el «Arquímedes Puccio» que compone Alejandro Awada, el «Mario Borges» de Claudio Rissi y el director del penal personificado por Gerardo Romano en El Marginal y el «Chelo Esculapio» de Luis Brandoni) producen la misma fascinación y el mismo rechazo que el que puede generar Fausto Tamerlán. Es un malvado casi impensado en nuestra literatura, porque es el «malo malo», y sin embargo tiene una profundidad y un nivel de detalle en su maldad —exhibida en constantes monólogos llenos de verdades, grandilocuencias y locuras— que supera con creces al Astrólogo de Los siete locos.

Las Islas es, en una palabra, un gran policial negro. Tiene todo para serlo: un buen misterio por resolver, un soberbio narrador, un investigador astuto y bien identificable, un malvado a quien vencer (aunque sea quien encarga la tarea); y además de eso, el libro tiene dinámica, tiene potencia, tiene un relato bien construido, lleno de complejidades bien resueltas y de personajes secundarios hilarantes, tiene muy buenas resoluciones técnicas en cuanto al uso de las palabras, los diálogos, la descripción de escenarios y la ejecución de los párrafos y los capítulos y cuenta con excelentes descripciones. Pero no es sólo un cúmulo de destrezas de un autor con sobradas capacidades para desarrollar una literatura de género a la perfección. Las Islas es, además de eso, un libro con un tema, y una serie de disparadores o reflexiones sobre ese tema que, a 35 años de la Guerra de las Malvinas, siguen teniendo vigencia. Cuando apenas habían pasado 15, Gamerro (clase 62, un dato no menor) ya esbozaba algunas de las ideas que se iban despejando sobre cómo afecta transversalmente a un ser humano la experiencia de la guerra, sobre cómo fue volver después de ello, sin miradas condescendientes, sin palabras vagas llenas de elogios para héroes que nadie reivindica, sin falsos tapujos. Lo que se ve en Las Islas —lo que se deja ver en Las Islas— es un montón de ex combatientes que 10 años después siguen encerrados en ese montoncito de tierra perdido en el mar, en un comienzo de los 90 que intenta borrar con el codo lo que había pasado ayer nomás, con represores y ex militantes de izquierda conviviendo en un mundo que hoy tiene que ser hermanado pero que ayer era irreconciliable. Se exhibe, en definitiva, la importancia de la historia, aun cuando no hay ningún tipo de interés en evocar esa historia. Una historia con rugosidades, con matices, sin verdades únicas, y donde en la mayoría de los casos, el maridaje entre los opuestos se da con más asiduidad de lo que uno pensaría. «El espíritu [del pasado] sigue subiendo en la lluvia», diría quizá algún narrador de la nueva generación.

Las Islas – Carlos Gamerro – 1ª edición: 1998 – Simurg.
Las Islas – Carlos Gamerro – 1ª edición: 1998 – Simurg.

 

Un pedacito de Las Islas:

 

En uno de [los] extremos [de la habitación] se desplegaba una pequeña ciudad de monitores y pantallas de video, terminales de computadoras, centrales telefónicas y de fax, impresoras que cada tanto consumían murallas de papel continuo con cantos de cigarra. La otra mitad del gran arco estaba destinada a objetos más personales: un rebenque exquisitamente incrustado en plata labrada al estilo criollo; una bandeja de piedra negra llena de arena blanca rastrillada en formas sinuosas y armónicas alrededor de tres pequeñas rocas grises; un bonsái de ombú muy bien logrado, excepto por las hojas, que eran casi de tamaño natural —todos los bonsáis de ombú fallan en eso—, asentado sobre una réplica asombrosamente fiel de la pampa sin alambrados. Lo que más me llamó la atención fue un prisma de acrílico del tamaño de un lingote de oro, con un objeto largo y opaco en su interior. Debía tener unos treinta centímetros de largo y el grosor de mi muñeca, era algo romo en un extremo —con un relieve de cantos rodados— y levemente puntiagudo, con una colita, por el otro; de color uniformemente café y aspecto rugoso. Lo levanté a la luz, rotándolo entre mis dedos para poder apreciar mejor su cambiante brillo irisado. Qué curioso, pensé, viéndolo así cualquiera diría que se trata de…

—Un sorete.

Me di vuelta sin sobresaltarme, todavía sosteniéndolo en la mano. Efectivamente, tenía razón. Lo contemplé admirado. Un trabajo realmente impecable. Ni una burbuja, ni una rebarba que interrumpiera el engarce perfecto entre el medio cristalino y el opaco. Se lo alcancé sonriente al señor Tamerlán.

—Una pieza admirable.

—Y útil —me contestó—. El que lo deja sobre el escritorio con asco cuando se da cuenta habrá hecho poco para merecer mi estima. Es un detector. Aunque lo sepan de antemano y vengan preparados, algo los traiciona. Yo leo el lenguaje del cuerpo, y la mano que sostiene el sorete nunca miente.

Págs. 21-22

LAS ISLAS (2012 [1998]), de Carlos Gamerro
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