Las Islas – Carlos Gamerro – Edición «definitiva»: 2012 – Edhasa – 614 págs.

LAS ISLAS (2012 [1998]), de Carlos Gamerro

Las Islas – Carlos Gamerro – Edición «definitiva»: 2012 – Edhasa – 614 págs.
Las Islas – Carlos Gamerro – Edición «definitiva»: 2012 – Edhasa – 614 págs.

Una obra magistral, un tono precursor

Editado por primera vez en 1998, Las Islas, de Carlos Gamerro, no entraría en nuestro corte aleatorio que hicimos en el año 2000 para hablar de «Nueva Narrativa Argentina», pero vamos a hacer una excepción, con el vulgar argumento de que la novela fue reeditada con modificaciones en el año 2012, y es en realidad ésta la versión que leímos nosotros. Ésa sería la justificación desde lo numérico. Ahora, desde lo literario, hay sobrados motivos para pensar que Las Islas pertenece, como antecesor, a una nueva oleada narrativa, o al menos, que podría figurar como una precursora al modo que funcionan literaturas como las de Fogwill, de Aira, de Piglia y de Hebe Uhart, por señalar estilos literarios que fueron replicados con modificaciones durante estos últimos años, mucho más que los «pesados» clásicos argentinos como Borges, Sabato, Bioy y Cortázar. Gamerro está a caballo entre lo viejo y lo nuevo: es parte de esa famosa generación de «escritores jóvenes argentinos» que cuenta con medio centenar de velitas en su torta, pero que aún no es considerado «clásico», sino «joven». De hecho Las Islas es su primera novela, y la mayor parte de su producción literaria fue publicada en los últimos 15 años. Si bien no faltan las ganas, no vamos a engañar a nadie: no leímos (aún) todo lo posterior a Las Islas, pero sólo con este libro, es justo y merecido ubicar a Carlos Gamerro entre los grandes de la literatura argentina contemporánea.

La novela en cuestión es un libraco de 600 páginas, muy poco amigable con las nuevas generaciones de lo instantáneo y lo fugaz, pero que tiene en su tono la clave para comprender por qué puede resultar tan actual a casi 20 años de su publicación (a diferencia, por ejemplo, de lo que dijimos sobre el libro que Anne Kazumi Stahl publicó en el año 2002). Mordaz, irónico, cínico, hilarante, oscuro y a la vez, querible, el ex combatiente y actual hacker Felipe Félix narra con una prosa cargada sus peripecias por la ciudad de Buenos Aires de 1992, sin poder huir del pasado que lo acecha, cuando tiritaba de frío en las Malvinas 10 años atrás. Como en una buena novela negra, se mueve por el mundo como un ajedrecista, anticipando jugadas y siendo emboscado una y otra vez por distintos personajes que casi siempre son enviados por el malvado villano Tamerlán, rey de la corporación que lidera. Él es quien convoca a Félix en primera instancia para poder encontrar a los testigos de un asesinato que cometió su hijo. Félix visita al señor Tamerlán sin muchas opciones de decir que no, y con ese clásico puntapié la rueda empieza a girar.

Como decíamos, no es en las formas ni en la temática adonde se encuentra el cruce posible con otras obras de narrativa argentina contemporánea, pero sí en el tono. Los relatos intimistas característicos de esta nueva época muchas veces traen una buena dosis de sanguíneo enciclopedismo corrosivo, un «saberlo todo» que no sirve para nada, sin falsas ilusiones y sin eufemismos (sin el encanto cortazariano, podríamos decir, sin sueños de salvar el mundo). Este tono se puede identificar claramente en algunos de los autores que hemos leído aquí, como Patricio Pron, Gonzalo Unamuno o Marina Mariasch. Más parecido aun es un autor que leímos pero que no hemos comentado: Carlos Busqued y su Bajo este sol tremendo, con sus personajes abúlicos y drogo-dependientes, carentes de cualquier tipo de ética y moral. Las Islas podría ser tomado como un precursor de esta literatura dentro del canon argentina, con Vivir afuera (Fogwill, 1996) como el otro gran hito de la roadmovie porteña de baja estofa (y ambos, desde ya, herederos del mejor Roberto Arlt). Más aún, la maldad que exudan los personajes que circulan en Las Islas y que con tanta divertida malicia retrata Gamerro en la voz de Félix, tiene mucho del tonito irónico que inunda la red social Twitter y que se plasma en algunos relatos nuevos de la televisión local, como Historia de un Clan, El Marginal o hasta el más reciente Un gallo para Esculapio (todos, producidos por Sebastián Ortega). De hecho, los villanos de cada serie (el «Arquímedes Puccio» que compone Alejandro Awada, el «Mario Borges» de Claudio Rissi y el director del penal personificado por Gerardo Romano en El Marginal y el «Chelo Esculapio» de Luis Brandoni) producen la misma fascinación y el mismo rechazo que el que puede generar Fausto Tamerlán. Es un malvado casi impensado en nuestra literatura, porque es el «malo malo», y sin embargo tiene una profundidad y un nivel de detalle en su maldad —exhibida en constantes monólogos llenos de verdades, grandilocuencias y locuras— que supera con creces al Astrólogo de Los siete locos.

Las Islas es, en una palabra, un gran policial negro. Tiene todo para serlo: un buen misterio por resolver, un soberbio narrador, un investigador astuto y bien identificable, un malvado a quien vencer (aunque sea quien encarga la tarea); y además de eso, el libro tiene dinámica, tiene potencia, tiene un relato bien construido, lleno de complejidades bien resueltas y de personajes secundarios hilarantes, tiene muy buenas resoluciones técnicas en cuanto al uso de las palabras, los diálogos, la descripción de escenarios y la ejecución de los párrafos y los capítulos y cuenta con excelentes descripciones. Pero no es sólo un cúmulo de destrezas de un autor con sobradas capacidades para desarrollar una literatura de género a la perfección. Las Islas es, además de eso, un libro con un tema, y una serie de disparadores o reflexiones sobre ese tema que, a 35 años de la Guerra de las Malvinas, siguen teniendo vigencia. Cuando apenas habían pasado 15, Gamerro (clase 62, un dato no menor) ya esbozaba algunas de las ideas que se iban despejando sobre cómo afecta transversalmente a un ser humano la experiencia de la guerra, sobre cómo fue volver después de ello, sin miradas condescendientes, sin palabras vagas llenas de elogios para héroes que nadie reivindica, sin falsos tapujos. Lo que se ve en Las Islas —lo que se deja ver en Las Islas— es un montón de ex combatientes que 10 años después siguen encerrados en ese montoncito de tierra perdido en el mar, en un comienzo de los 90 que intenta borrar con el codo lo que había pasado ayer nomás, con represores y ex militantes de izquierda conviviendo en un mundo que hoy tiene que ser hermanado pero que ayer era irreconciliable. Se exhibe, en definitiva, la importancia de la historia, aun cuando no hay ningún tipo de interés en evocar esa historia. Una historia con rugosidades, con matices, sin verdades únicas, y donde en la mayoría de los casos, el maridaje entre los opuestos se da con más asiduidad de lo que uno pensaría. «El espíritu [del pasado] sigue subiendo en la lluvia», diría quizá algún narrador de la nueva generación.

Las Islas – Carlos Gamerro – 1ª edición: 1998 – Simurg.
Las Islas – Carlos Gamerro – 1ª edición: 1998 – Simurg.

 

Un pedacito de Las Islas:

 

En uno de [los] extremos [de la habitación] se desplegaba una pequeña ciudad de monitores y pantallas de video, terminales de computadoras, centrales telefónicas y de fax, impresoras que cada tanto consumían murallas de papel continuo con cantos de cigarra. La otra mitad del gran arco estaba destinada a objetos más personales: un rebenque exquisitamente incrustado en plata labrada al estilo criollo; una bandeja de piedra negra llena de arena blanca rastrillada en formas sinuosas y armónicas alrededor de tres pequeñas rocas grises; un bonsái de ombú muy bien logrado, excepto por las hojas, que eran casi de tamaño natural —todos los bonsáis de ombú fallan en eso—, asentado sobre una réplica asombrosamente fiel de la pampa sin alambrados. Lo que más me llamó la atención fue un prisma de acrílico del tamaño de un lingote de oro, con un objeto largo y opaco en su interior. Debía tener unos treinta centímetros de largo y el grosor de mi muñeca, era algo romo en un extremo —con un relieve de cantos rodados— y levemente puntiagudo, con una colita, por el otro; de color uniformemente café y aspecto rugoso. Lo levanté a la luz, rotándolo entre mis dedos para poder apreciar mejor su cambiante brillo irisado. Qué curioso, pensé, viéndolo así cualquiera diría que se trata de…

—Un sorete.

Me di vuelta sin sobresaltarme, todavía sosteniéndolo en la mano. Efectivamente, tenía razón. Lo contemplé admirado. Un trabajo realmente impecable. Ni una burbuja, ni una rebarba que interrumpiera el engarce perfecto entre el medio cristalino y el opaco. Se lo alcancé sonriente al señor Tamerlán.

—Una pieza admirable.

—Y útil —me contestó—. El que lo deja sobre el escritorio con asco cuando se da cuenta habrá hecho poco para merecer mi estima. Es un detector. Aunque lo sepan de antemano y vengan preparados, algo los traiciona. Yo leo el lenguaje del cuerpo, y la mano que sostiene el sorete nunca miente.

Págs. 21-22

Tres Cuentos - Martín Rejtman - Literatura Mondadori - 2012 - 286 páginas.

TRES CUENTOS (2012), de Martín Rejtman

 

Tres Cuentos - Martín Rejtman - Literatura Mondadori - 2012 - 286 páginas.
Tres Cuentos – Martín Rejtman – Literatura Mondadori – 2012 – 286 páginas.

La extrañeza de hacer lo mismo durante 20 años

La portada que eligió la editorial Mondadori para la primera edición del libro Tres cuentos, de Martín Rejtman no puede ser más precisa: es un bosque impenetrable, todo negro en el centro, con algunos vestigios de verde y de luz a los costados. Una conceptualización del oscurantismo de Rejtman, que se complementa con la contratapa, en la que se emparenta al modo de narrar del autor con el modo de narrar de Los Simpson, donde los capítulos comienzan con una historia e inevitablemente terminan en cualquier otro lugar.1 La literatura de Rejtman —así como sus películas— parecen sencillas, una trama abarcable, “una hija que busca al padre que la abandonó cuando era niña”, por ejemplo, o “un adolescente que se pega dos tiros en la cabeza y sale vivo”. Lo que no es sencillo es entender el devenir que le sigue a estos relatos, que avanzan sin mirar nunca para atrás, en un estilo vinculado al proyecto literario de César Aira, pero que tiene un asidero más vinculado con la apatía de los jóvenes post-setentistas (los jóvenes de los 90, pero también los jóvenes de estos años) que con un proyecto de escritura. Dicho de otro modo, si en Aira lo central parece ser la literatura, en Rejtman lo central está en otro lado (¿en comprender desde el arte a esta juventud? ¿En despertar, desde su apatía, a estos apáticos que se puedan sentir reflejados? ¿En la denuncia de los estereotipos de los jóvenes de clase media? ¿O dónde?). De cualquier modo, la transparencia de las cosas que simulan los relatos de Rejtman (la sencillez de un árbol) se acumulan unos sobre otros, y cuando todos los episodios de unas cuantas páginas se sucedieron, al lector no le queda claro, se enfrenta un mundo inaccesible que se despliega únicamente para aquellos a los que este tipo de escritura los traslada a la investigación (la oscuridad de un bosque).

La literatura de Rejtman funciona al modo de una mente distraída que se va por la tangente. Siempre comienza hablando de una cosa y termina hablando de otra, sin que el narrador registre ese disloque, sin que siquiera se preocupe por retomar el hilo original, como si lo que lo distrajo fuese igual de importante que lo que estaba contando antes. Esto sucede al nivel de la frase, al nivel de los párrafos, e incluso en la estructura general de los cuentos: por ejemplo, «Este-Oeste» tiene un capítulo 1 dedicado a las andanzas de Lara; al principio, uno sospecharía que se va a hablar de la relación de ella con su padre, pero al final ni siquiera trata de esto; luego de cruzarse un par de veces con Esteban, el narrador parece dispersarse tanto que finalmente comienza un nuevo capítulo, y Lara queda totalmente abandonada en su recorrido entre Buenos Aires, Chile, el sur y Mendoza, y ahora el protagonista involuntario es Esteban, en una residencia para artistas en Estados Unidos, un traslado de la trama que se da casi sin continuidad y ante la mirada sorprendida del lector, que tiene que aceptar el abandono de Lara como algo dado, una decisión inamovible del narrador, que no contará ni una palabra más de esa chica que antes le había suscitado tanta atención. Y este gesto debe ser interpretado casi como un gesto humorístico, revulsivo, aunque el propio autor reniegue de esas dos etiquetas que se le han colgado.

En Rejtman los elementos se repiten de libro a libro, de película a película, de década a década. En Tres cuentos específicamente, solamente en sus primeras páginas podemos encontrar algunas marcas típicas, como chistes sin explicar, que juegan constantemente con el absurdo («Lo encuentra en el mismo lugar en el que lo dejó todavía leyendo las páginas de cultura de Ámbito Financiero», p. 16); el deambular irreflexivo de los personajes («Del appart hotel va directo a Lodenhaus, el negocio en donde vio el abrigo que tenía su padre», p. 18); encuentros inesperados que se concatenan uno detrás del otro, como si fuese lo más normal del mundo que dos personas se encuentren accidentalmente en Buenos Aires o en cualquier parte del planeta; relaciones apáticas profusas en silencios sin significación aparente («Se quedan un rato más sin decir nada que Esteban le dice que va al baño y desaparece», p. 21); hechos que se suceden unos a otros y que reciben una valoración idéntica en el relato («Un par de meses más tarde el médico le dice que está embarazada. Sin dudarlo Lara decide tener el bebé y darlo en adopción», p.25); situaciones inverosímiles dentro de un realismo que se quiebra no en un modo fantástico, sino en uno aleatorio («Lo extraño es que nadie nunca comenta nada [de su embarazo], ni sus compañeros, ni sus profesores y ella tampoco habla con nadie del asunto, sólo Pato “sabe”. Es como si su panza fuera invisible», p. 26); gente que constantemente falla en registrar lo que los demás piensan, sienten o hacen («frente a la puerta de embarque la despide con un beso apasionado. Lara se sorprende porque en ningún momento registró que el Sueco le prestara la más mínima atención», p.39); frases que no llegan a ser dichos populares pero que son tomadas directamente del habla como si fuesen verdades sabidas por todos («Chile, donde el argentino es muy buscado», p. 49). Todos estos elementos fueron objetos de múltiples análisis e interpretaciones, y la crítica no vacila en valorarlos como modos disruptivos del narrar. Y estas narraciones tienen evidentemente su efecto en el público fiel a Rejtman, que lleva 20 años de incondicional amor hacia su obra.

En cualquier caso, lo que hay es una oposición tajante a la literatura de psicologías, al relato donde las cosas deben ser explicadas. Es un avance constante hacia la nada, irreflexivo. Muchos podrán decir que es un reflejo de época, una respuesta a la apatía noventista. El film Rapado (1992) fue rupturista y es tenido como el nacimiento del Nuevo Cine Argentino. Era una innovación: todo esto que se dijo para Tres cuentos aparece por primera vez en Rapado. El problema (o mejor: lo que nosotros vemos como un problema mientras que otros ven como una virtud) es que exactamente 20 años después sostiene una narrativa de iguales características. Lo que filma es prácticamente igual a lo que escribe, y tanto sus películas como sus libros de cuentos responden a esta estética de «realismo idiota» que describió Graciela Speranza. Algunos podrán ver esto como una virtud, como una posición poética inquebrantable, sin concesiones, que es capaz de ver en esta coherencia un plan sostenido y sistemático en el que los jóvenes de hoy son iguales a los de ayer, en el que la denuncia a la clase media aspiracional y la clase alta acomodada valen para la publicación de este tipo de cuentos, valen el esfuerzo (y el dinero, y el tiempo) de hacer una película en 2014 que es casi igual a otra de 1992, con el mínimo detalle de que cambie lo que se narra. En nuestra última entrada habíamos comentado Historias Extraordinarias, de Mariano Llinás, otra experiencia que vincula el cine y la literatura. Sus películas son parecidas entre sí (como casi todas las obras de autor, y esto vale para cine y también para literatura), pero tienen matices, tratan diversas cuestiones, y las tratan de distinto modo, no son copias de sí mismas. En el estoicismo de Rejtman de mantener un discurso la que pierde es su literatura, que se repite una y otra vez en textos planos, probando un punto ya probado, rizando el rizo en un gesto que para muchos (como nosotros) ya resulta una molestia, una exageración, pero que otros (muchos, sorpresivamente, tanto en cine como en literatura, muchísimos) elogian como un acto digno del más prestigioso arte. Dejamos que el lector juzgue a partir de dos fragmentos. Nuestra posición ya está tomada.

 

Dos pedacitos de Tres cuentos:

Leonel está melancólico:

—A veces, allá en el sur me la paso borracho todo el tiempo —dice—. Es por las bajas temperaturas, el frío me da ganas de tomar alcohol, algo tengo que hacer, no aguanto mucho la soledad, siempre rodeado de turistas, sufro de incomunicación. En el pueblo me conocen como el viejo borracho, pero tengo cincuenta años y el pelo largo, no soy tan viejo como para que me digan viejo, viejos los que no tienen dientes.

El Sueco se muestra lapidario:

—Tu comentario es una estupidez. ¿Qué es eso de la soledad, incomunicación, alienación? Las sociedades postindustriales son las que están alienadas; los países en desarrollo no. Lo tuyo es romanticismo idiota latinoamericano.

Lara y Leonel cruzan un segundo las miradas, pero enseguida las desvían, como si ninguno de los dos quisiera admitir complicidad.

Cuando Leonel tiene que volver al sur, con el Sueco aprovechan para llevarlo en auto y tomarse unos días de vacaciones. Van a reunirse con Mauro, que ya está ahí. Ahora en invierno el bar de pizzas funciona como parador al pie de la montaña, visitado por esquiadores entre ascensos y descenso o al final del día. La chimenea está siempre encendida y la gente pone los zapatos mojados por la nieve a secarse cerca al calor del fuego. La disposición del lugar es como la de un bar de película del Oeste: una escalera conduce a una serie de pasillos con habitaciones que dan sobre el salón. Afuera todo lo que antes era verde es blanco.

 

[…]

 

Lara reconoce a Esteban, aunque ya no tiene el piercing en la ceja izquierda:

—Lara.

—Hola, Lara, ¿cómo estás? Yo soy Esteban y ella es Lulú, mi novia.

Lulú está agarrada de la mano de Esteban y parece tener unos veintidós años, es alta, rubia, de tez muy blanca y bastante voluptuosa.

—Parece escandinava —dice el Sueco, sin dirigirse a nadie en particular.

—¿De dónde nos conocemos nosotros? —pregunta Esteban.

—De Buenos Aires —contesta Lara—. Él es el Sueco.

—¿Tu novio?

—Ajá.

—Creo que ya te ubico, vos estuviste en la casa de Belgrano.

—Sí.

—Esa casa no existe más. Así como me ves, yo no soy ningún concheto. Es más, mis viejos se separaron, la casa fue a remate y no quedó un peso, la familia está en la ruina. Acá vine cien por ciento invitado. La madre de Lulú en Buenos Aires se ganó una ski week para dos juntando tapitas de gaseosa y nos la regaló; lo único que hubo que pagar fueron los impuestos, ciento veinte dólares cada uno, pero bueno, le pedí un adelanto a mi galerista, Dios se lo pagará en algún momento. A mi perro hubo que mandarlo a un campo de un tío mío en Las Flores, tío postizo en realidad, es el mejor amigo de mi padre, pero siempre lo llamamos tío. Mi vida cambió, vivo boyando de casa en casa, ahora estoy en lo de un amigo que está de viaje, me la presta a cambio de regarle las plantas y cuidarle el gato, un departamento de dos ambientes en Barrio Norte, piso doce, yo que viví en casa toda la vida, con los pies sobre la tierra. Mi amigo debía todas las expensas, así que quedé fuera de la ley sin saberlo, los vecinos me miraban mal todo el tiempo y yo no sabía por qué. Para colmo me di cuenta de que soy alérgico a los gatos. Tengo sarpullido en todo el brazo, medio que no aguanto más. Ahora me salió una beca para los Estados Unidos, una residencia, me dan una suma fija y por dos meses tengo casa y comida resueltas, en un principio debería haberme ido a fin del año pasado pero era en el medio de la crisis familiar, la venta de la casa etcétera, aduje familiy emergency y pude posponer el viaje. Viajo en dos semanas. Yo creo que me voy y ya no vuelvo, para qué voy a volver, acá yo no tengo nada.

«Este-Oeste», págs. 42-43 y 45-46

Drucaroff, Elsa - Panorama Interzona Narrativas Emergentes

PANORAMA INTERZONA. NARRATIVAS EMERGENTES DE LA ARGENTINA (2012), Elsa Drucaroff (comp.)

Elsa Drucaroff - Panorama InterZona Narrativas Emergentes - 2012 - InterZona - 293 págs.
Elsa Drucaroff – Panorama InterZona Narrativas Emergentes – 2012 – InterZona – 293 págs.

Saldando deudas intelectuales, leyendo Nueva Narrativa Argentina

Elsa Drucaroff parece una ex víctima del acoso escolar (hoy conocido como “bullying”). Una de esas que se repuso, que se pavonea orgullosa frente a quienes la maltrataban, y que tiene con qué. Enemistada con cierta parte de los colegas de su generación, despotrica contra todos (con especial saña contra Alan Pauls y Graciela Speranza y la mayor Beatriz Sarlo, tal vez por alguna envidia malsana a un prestigio que bien podría haber sido para ella misma, por ahí porque ellos se prestan al juego de las grandes corporaciones mediáticas —principalmente Sarlo, «voz culta» del Grupo Clarín, pero también en cierta medida Speranza y sus colaboraciones para los medios de Clarín, o Pauls y su contrato con la gigante Turner Broadcasting por su ciclo en I.Sat—). Chismes y rencillas aparte, Los prisioneros de la torre (Emecé, 2011) es un ensayo ineludible para comprender la Nueva Narrativa Argentina, al punto tal que sin saberlo («todos nacemos originales y morimos copia») yo mismo tomé el nombre de esta sección de ese libro que leí a posteriori.

Drucaroff, con ánimos de desprenderse de su generación y de darles una cachetada a los pomposos escritores de la academia agrupados en torno a la revista Babel a principios de los 90, se plantea como la descubridora de una nueva generación de escritores, y realiza el trabajo más exhaustivo que se ha hecho hasta el momento sobre literatura argentina actual. Su corpus de estudio comienza con el inicio de la década menemista y finaliza en 2007, pero es evidente que desde entonces siguió leyendo y ocupándose de los jóvenes narradores argentinos, casi como una madrina. Parece una rebelde que, por tener espacios limitados de aceptación dentro de su propia generación (tal vez estigmatizada por haber estudiado en un profesorado, tal vez por mujer, o simplemente porque su literatura nunca logró interesar a quienes debía) y por haber quedado prácticamente excluida de los lugares que componían esa falsa disputa entre escritores «Shanghai» o babélicos (los agrupados en torno a la revista Babel: Alan Pauls, Martín Caparrós, Sergio, Bizzio, Sergio Chejfec, etcétera) y los de la colección «Biblioteca del Sur», de Planeta (dirigida por Juan Forn y representada sobre todo por él mismo y por Rodrigo Fresán), se hizo cargo de la generación siguiente. Si hasta 2007 todo es analizado en ese necesario y entretenido libro que combina la lectura atenta y erudita, la anécdota personal y el chisme, desde esa fecha hasta 2012, el trabajo que Drucaroff realiza para InterZona es cualitativamente distinto, aunque sigue por la misma senda: ya no arma un sistema de lecturas ni elabora teorías sobre el avance de las nuevas narrativas argentinas, sino que crea pequeños tópicos en los cuales descubre a nuevos autores (incluso nuevos para lo que era el canon que se había armado en torno a la «Nueva Narrativa Argentina»), y les da la voz a ellos. A partir de ahí, el Panorama InterZona de «narrativas emergentes de la Argentina» se compone de poemas, cuentos, piezas teatrales y breves ensayos de autores argentinos inéditos o relativamente desconocidos, que con variado valor literario y posibles disparidades en gustos, son todos de una probada calidad, lo que demuestra, por un lado, que Drucaroff es una hábil lectora y «buscadora de promesas literarias» y, por otro, que su tesis de que la literatura argentina no ha finalizado ni caído en un bache ni nada parecido es cierta: sigue siendo escrita, y en un buen nivel.

A diferencia de las colecciones que comentamos en las dos entradas anteriores (la de Vanoli y Copacabana sobre la Alt Lit norteamericana, y la de Grillo Trubba sobre los años 90), en este Panorama no hay una vinculación específica entre los escritores, o al menos no parece haberla de forma tan cabal como en esos casos. En la selección de la Alt Lit todos esos autores se leen y se admiran y se discuten entre sí a través de la web; casi todos los autores que escribieron sus cuentos para la colección Uno a Uno justamente fueron convocados especialmente para ese motivo, y se conocen, admiran y discuten a través de la web y también en forma personal, compartiendo no sólo otras colecciones de «nueva narrativa argentina», sino los mismos espacios en revistas, eventos literarios, etcétera. Es decir que la vinculación entre ellos (y también la contaminación) es extrema, y sus producciones, si bien muy diferentes (Washington Cucurto, el gran Distinto allí) y con estilos propios, pueden ser vistas como composiciones más bien homogéneas entre sí, algo que en este Panorama InterZona no sucede, tal vez porque quienes fueron antologados no se conocen entre sí, tal vez porque ya habían producido sus textos sin los requisitos preformateados de un cuento hecho a pedido, muy probablemente por pertenecer todos a géneros diversos. Discusiones aparte, es indudable que entre ellos la coherencia es mínima, y si el primer cuento narra una Buenos Aires futurista y macabra, donde los cadáveres se riegan por las calles y las familias se reúnen en el living para realizar autopsias (el relato más sórdido del libro es cortesía de Bruno Petroni y se titula «Cambalache»), el siguiente texto es una obrita de teatro con personajes que hasta pueden resultar queribles en su fracaso, un par de actores tan sedientos de cámara que se consuelan con actuar delante de una cámara de vigilancia en la puerta de una mansión («El casting», de Sebastián Kirszner).

El libro avanza constantemente entre uno y otro género (con predominancia del cuento, pero con buenas dosis de teatro y crítica también; no tanto de poesía) y se vuelve una maleza poblada de las más variadas especies, no tan sencillo de abordar pero muy productivo a la hora de tener un pantallazo general de algo de lo que se está escribiendo, y una certeza definitiva de que hay cosas muy buenas entre la Nueva Narrativa Argentina. Al ser tan variado en su contenido, es justo decir que muchos de los relatos que aparecen merecen un espacio de discusión propio (en especial los ensayos, por su riqueza de temáticas, y el teatro, porque en casi todos los casos son excelentes), pero muy rápidamente se pueden señalar como ineludibles —entre otros— las dos obras ya mencionadas, así como los cuentos «Los tres», de Eva del Rosario y «Autólisis», de Enzo Mosquera, y la pieza teatral «Rodeo. Monólogo en tres actos», de Agustina Gatto, de la que transcribimos el comienzo. En otros casos todo resulta un poco más incomprensible (tal vez por mis propias dificultades para leer poesía), como en el poema «Estaba meando…», de Federico Torres (que también transcribimos a continuación, a modo de ejemplo de lo que creo que justamente no es —no debería ser— lo nuevo en literatura), o en el pequeño relato «El día que salí…», de Rocío Navarro, y ni hablar de la lastimosa inclusión de un ensayo en el que se hablan maravillas de la propia Drucaroff, e incluso el autor cita palabras de la propia compiladora a la salida de un teatro al que asistieron juntos (!). Más allá de este percance, el Panorama InterZona es un buen vistazo a mucho de lo más digno que se está produciendo hoy en la narrativa argentina, y brindamos por ello.

 

 

Un pedacito de «Rodeo. Monólogo en tres actos», de Agustina Gatto…

Primer acto

                En algún pueblo de la Pampa argentina. Cody Right está en una tarima, algo parecido a un escenario. Mientras ingresa el público —la gente del pueblo— está parado, sosteniendo un pequeño banco con sus manos. Botas, camisa, pañuelo en el cuello y sombrero que remiten al lejano oeste. Un estuche de gutarra en algún lado.

                Apoya el banco y se sienta. Escruta al público con la mirada.

CODY RIGHT: Les voy a contar una historia. (Sonriente.) Porque algunos la andan contando mal. Se trata de mí, de mi familia… y de ustedes.

Empieza con mi abuelo, William Stuart Right, que era un hombre de principios, sí que lo era. Tuvo su vida, ya saben. Desposó a Mary Claire Orson y le dio tres hijos varones: Steve, el rayo; Billy, el bobo y mi padre: John Q. Mary Claire… esa sí que era una tipa graciosa, ¡lloraba todo el día! Steve le decía (Imitándolo.) «¡Oh Mary, vas a inventar un río más grande que el Mississippi si sigues berreando así!»… Las mujeres son todas unas tipas graciosas. Mi abuela era de Guanajuato, México; ustedes saben, un pequeño pueblo, lleno de colores y de gente hablando en español. Gran abuelo la consiguió allí y la llevó. (Orgulloso.) Él era de Texas (Un comentario.) Bueno, en realidad el nombre verdadero de abuela era Clemencia Llamas, pero gran abuelo la apodó Marie Claire Orson.

 

p. 131

«Estaba meando…», de Federico Torres (el poema completo…):

 

Estaba meando

En el mingitorio de al lado
cae un flaco.

Yo no creo viste
pero ahí nomás me di cuenta,
no sé si por la barba o qué
pero me di cuenta
¡era Jesús loco!

«¡Cuántas cosas tengo que preguntarte!»
le digo.
Él sonríe con una sonrisa sabia.

«Para eso estamos» me dice
y se sostiene la túnica con el mentón.

Y el sonido del meo era fuerte y claro.

Retumababa en mi cabeza
como una enorme cascada,
como todas las cascadas juntas.

No pude más
cedí a la tentación…
le miré la pija.
«Puto» me salta cuando se da cuenta
«Ustedes no entran al reino de mi padre»
me dice mientras la sacude y la guarda.

Un cabrón.

p. 112