Un cementerio perfecto – Federico Falco – Eterna Cadencia – 2016 – 175 págs.

UN CEMENTERIO PERFECTO (2016), de Federico Falco

Un cementerio perfecto – Federico Falco – Eterna Cadencia – 2016 – 175 págs.
Un cementerio perfecto – Federico Falco – Eterna Cadencia – 2016 – 175 págs.

La inquietante calma del pueblo

Federico Falco fue seleccionado por la revista Granta como uno de los «22 mejores narradores jóvenes en español» en el año 2010.[1] Es conveniente sacarnos de encima rápido este comentario, porque parecería estar prohibido hablar de Falco sin mencionar este hito en su carrera, como si sus libros necesitasen de la consagración internacional para poder decir que son «buenos», como si no bastase con leerlos para descubrirlo por uno mismo. Y realmente es muy sencillo encontrar en pocas páginas una importante serie de razones para decir que Federico Falco es un buen escritor, que está haciendo un proyecto literario digno de ser reconocido y, sobre todo, leído. Oriundo de General Cabrera, Córdoba, tal vez su primer mérito dentro de la Nueva Narrativa Argentina sea ése, el haber nacido en un lugar distinto de Buenos Aires, el no haber circulado por las calles de Palermo en su juventud, el no escribir para un mundillo literario con epicentro en Puan. No es el único, claro: aquí, sin ir más lejos, hemos leído a la entrerriana Selva Almada y a los patagónicos Gonzalo Álvarez Guerrero y Florencia Werchowsky, por citar algunos ejemplos. Pero en este caso vamos a hablar de Falco como representante de un movimiento literario importante de la provincia mediterránea que funciona en paralelo al de Buenos Aires, sin sentirse «una literatura menor» y a la vez, sin medirse según la vara porteña. Entre sus representantes se cuentan el propio Falco, Luciano Lambertini, Eugenia Almeida, Natalia Ferreyra y Bob Chow, por ejemplo, y se podría incluir al chaqueño Carlos Busqued, que sitúa su ya famosa novela Bajo este sol tremendo a mitad de camino entre ambas provincias.

Un cementerio perfecto, en este caso, es un libro que reúne cinco cuentos «de provincia», y más que «de provincia», «de pueblo». Esto se descubre en la trama, con evidentes locaciones en pueblos de las sierras, pero sobre todo con el tono de la narración, a través de las voces de los personajes, de la pausa y la calma con que se describen los detalles, con las conversaciones de pocas palabras, los problemas que aquejan a quienes aparecen en cada una de las historias, que son distintos a los de las grandes ciudades. No hay costumbrismo en los relatos de Falco, ni tampoco condescendencia, sino más bien todo lo contrario: lo que sucede en las historias inquieta, estremece, aunque el tono nunca es grandilocuente, oscila entre la serenidad y la parsimonia y algunos mínimos destellos de sorpresa, como unos pequeños signos de exclamación que el lector debe ir descubriendo a medida que avanzan los relatos. Las temáticas son simples: un hombre que abandonó a su esposa y al pueblo y que vive solo, en la sierra; una púber enamorada de un mormón, a quien persigue por todo el pueblo; un ingeniero que llega a un pueblo convocado por el intendente local para construir un «cementerio perfecto» para su padre, de 104 años; un hombre que está por perder su casa y su bosque de pinos, lo que lo obliga a intentar casar a su hija; una historia japonesa con una viuda observando todo desde su casa. Lo que no es simple es la construcción de cada una de esas historias, donde proliferan los detalles, las imágenes elaboradas y pensadas, la terminología específica, el uso de sinónimos y, sobre todo, los silencios. Siempre que se habla de escribir, uno imagina un trabajo «artesanal», pero al leer a Falco uno puede comprender todas las dimensiones de ese término, se puede imaginar al autor yendo a consultar una enciclopedia de botánica para hablar del árbol o la flor correcta, se puede intuir su mirada evaluando un terreno yermo en el que podría elevarse el cementerio que dibuja con palabras.

En el medio de esa tranquilidad, de esos relatos que exudan belleza a través de la calma de la naturaleza, lo inquietante. Insistimos: estos no son relatos de provincia, esto no es costumbrismo alla Güiraldes y su Don Segundo Sombra. Ya había quedado demostrado en su nouvelle Cielos de Córdoba (ed. Nudista, 2011), donde un chico de 12 años comenzaba a experimentar su despertar sexual en todos los modos posibles, mientras su madre agonizaba y su padre perdía cualquier tipo de cordura. Casi como una continuación (¿o una perfección?) de ese relato, en Un cementerio, la nouvelle «Silvi y la noche oscura» se lleva todos los aplausos en el paso de una niña de mamá, devota de Dios, a una adolescente calenturienta, que avanza rauda y torpemente en busca de su amado Steve, otro jovencito con el que sueña realizar todo lo que el sexo promete, aunque no sepa muy bien de qué se trata, del mismo modo inocente y a la vez bestial en el que procedía el Tino de Cielos de Córdoba; dos personajes construidos con una delicadeza que los exhibe permanentemente mintiendo, buscando placeres ocultos que desconocen, intentando crecer a ciegas, sin entender muy bien cómo se hace, apañados ambos por narradores que no se meten en el relato, que felizmente no opinan y que ni siquiera introducen guiones de diálogo, no por «disruptivos», sino porque verdaderamente no hacen falta, porque las frases son siempre tan cortas y tan bien dichas que no es necesario incluir modalizadores ni comentarios acerca de la voz de los personajes.

Entre «Silvi y la noche oscura», «Un cementerio perfecto» y «La actividad forestal» hay material suficiente para elaborar un ensayo sobre lo no dicho, sobre la sutileza de la narración. Sin caer en simbolismos, Falco abre un mundo de significaciones casi sin proponérselo, porque nunca cierra las posibles lecturas, no define las situaciones ni a los personajes, sino que los deja actuar libremente, permitiendo al lector vivir la situación de lectura casi como si estuviese respirando el aire de pueblo que respiran los propios personajes. Entre tanto libro nuevo que se escribe con plena consciencia de los distintos niveles de lectura que podría tener lo narrado, Un cementerio perfecto no parece ocuparse de cuáles posibles lecturas habilita, lo que lo hace mucho más original y honesto en su relato.

 

 

Un pedacito de Un cementerio perfecto:

¿Te acordás todo lo que hacía yo allá en el pinar?, decía entonces el viejo Wutrich. Los repiques, el desramado, desmalezar en invierno, controlar los incendios en verano.

Mabel se miraba las uñas, con los dientes se mordía un pellejito.

¿Y te acordás la vez que se metieron esos cazadores cerca del arroyo y prendieron fuego?, decía el viejo Wutrich. Menos mal que vos viste el humo. Lo apagamos justo antes de que empezara a correr, sino yo no sé qué hubiera sido. ¿Y te acordás la vez que se nos perdió la cabrita morena y subimos a lo más alto a ver si la encontrábamos y nos agarró la noche cerca del filo?

Me acuerdo, yo era chica, decía Mabel.

¿Te acordás cuando íbamos a vender los zapallos al pueblo y se nos rompió la bolsa y los zapallos salieron a los saltos, justo en la bajada de Stucky, y vos corriste a juntarlos y yo te gritaba ¡atenta al precipicio, Mabel, atenta al precipicio!?

Mabel sonreía.

Mirá que hemos hecho cosas juntos nosotros dos, decía entonces el viejo Wutrich y con la mano palmeaba a Mabel en el hombro.

Mirá que hemos hecho cosas juntos, volvía a decir y se quedaba callado.

¿Fue con vos que plantamos los pinos?, preguntaba después de un rato.

No, papá.

Tirábamos un alambre y donde caía la marca, había que hacer el agujero y ahí iba un pino. Si tocaba piedra o pendiente muy pronunciada, se saltaba la marca y se seguía, siempre bien en hilera. ¿No fue con vos que lo hicimos?

No, papá. Eso fue mucho antes de que yo naciera.

El viejo Wutrich asentía y se quedaba mirando las vetas blancas en el linóleo del piso.

Cuatrocientos cincuenta mil pinos, decía. Los llevábamos de a caballo. Y después, todos estos años.

Está bien, papá, le respondía Mabel. No pienses en eso. ¿Usaste la pileta? ¿Fuiste al cine a ver alguna película por lo menos?

Fui una vez, pero no se escuchaba nada. Después fui de nuevo y habían suspendido la función.

¿Y a la pileta no te metiste?

No, todavía no.

¿Por qué?

El viejo Wutrich se encogía de hombros.

Todos esos pinos ahí arriba, decía, creciendo tan lentos que uno ni siquiera podía darse cuenta.

Págs. 140-141, «La actividad forestal»

[1] La lista incluye a otros argentinos, como Oliverio Coelho, Matías Néspolo, Andrés Neuman, Lucía Puenzo, Samantha Schweblin y los ya comentados en este espacio Patricio Pron y Pola Oloixarac. De más está decir que, como toda lista, es arbitraria, ecléctica y dispareja. Lo raro es que Falco parece ser el único que es mencionado siempre con el rótulo de ganador de este premio…

Weiwei – Agostina Luz López – Notanpüan – 2016 – Págs.: 123

WEIWEI (2016), de Agostina Luz López

Weiwei – Agostina Luz López – Notanpüan – 2016 – Págs.: 123
Weiwei – Agostina Luz López – Notanpüan – 2016 – Págs.: 123

Voces de esta generación

Millennials. Mucho se ha dicho ya acerca de esta generación nacida hace unos 30 años, sobre el fin de la Guerra Fría, niños que crecieron separados y que se globalizaron año a año, a través de la televisión, de los juguetes, de los viajes y, por fin, de Internet; jóvenes que recorrieron desde los extraños sonidos del módem conectándose a 16 kbps por minuto y silenciando la línea telefónica familiar hasta el streaming en HD de estos días. Entre Millennials, X, Z e Y, los nombres se borronean, se confunden, y no todos toman una palabra como sinónimo de tal cosa o tal otra. Las definiciones sobre esta generación (y más precisamente, cuándo empieza y cuándo termina, qué la determina) serán establecidos en un futuro que tenga la capacidad de analizar con distancia, pero nosotros tenemos la responsabilidad de dar nuestra opinión como miembros de ella, opinión de contemporáneos que será estudiada ni más ni menos que como eso, como un evento cultural más de la época. Y en ese marco se inscribe la lectura de Weiwei, de Agostina Luz López, nacida en 1987 y de profesión «escritora, actriz y directora de teatro». Al menos así rezan las primeras tres líneas de solapa, en un intento por definir una personalidad, por legitimarse, por autoconvencerse que lo que es hoy, lo será por el resto de su vida, a sabiendas de lo difícil que es cargar con cada uno de esos tres motes. En nuestra entrada anterior ya hemos hurgado un poco en el concepto de «juventud» en la escritura, de qué es ser un escritor joven, centrándonos sobre todo en los años 80. Aquí, en cambio, tenemos a una escritora joven hoy. Agostina (llamémosla así, con ese nombre tan generacional, que la representa mucho mejor que el mundano y a la vez antiguo «López») se arriesga y toma una decisión: es escritora, es actriz, es directora de teatro. No es un alma prototípica de esta generación, marcada por los cambios de trabajos, de profesión, de vocación y de vida. A sus actuales 29 años ha decidido que defenderá esas tres banderas, que en la práctica serían dos, o más bien una sola: la del arte. Es una artista. ¿Por qué? Porque ella así lo ha definido, y ésa es sin dudas la primera condición del artista: nombrarse a sí mismo como tal. De lo contrario, el mingitorio de Duchamp podría haber sido apenas una inoperancia del empleado de mantenimiento, un chiste del arquitecto que diseñó la sala, un error involuntario de alguien muy torpe.

Esta artista nacida hace 29 años publica entonces su primer libro. Una «novela taiwanesa», según el texto de contratapa del ya reconocido Iosi Havilio, perteneciente a una generación anterior, en edad (es de 1974) y en experiencia (es ya un escritor con una obra). ¿A qué se refiere por «novela taiwanesa»? Suponemos que no al boom de la telenovela romántica de origen chino que se analiza acá… ¿Entonces? Resulta difícil comprender por qué llama «novela» a este libro, que tiene capítulos, como una novela, pero que cada uno lleva un título particular y trata un tema diferente, donde lo único que se repite es la narradora en primera persona, una voz que es tan parecida a sí misma en cada ocasión que en el capítulo 4, cuando escribe en tercera persona contando la historia de María, no deja de aclarar: «[María y]a no quiere escribir en primera persona porque se siente demasiado expuesta en el taller y piensa que las demás la miran como si la conocieran, como si esos textos fueran un arma en su contra». Es difícil entender a Weiwei como una novela, al menos en el estilo narrativo decimonónico que nació con Cervantes y que se consolidó en el siglo XIX. Pero tampoco podríamos decir que son cuentos estos relatos numerados del 0 al 6, porque el único argumento que tendríamos para definir ello sería la extensión de cada uno, dejando de lado la unidad temática y estilística que los vincula entre sí.

Weiwei es simplemente un libro, un primer libro de literatura. Un ensayo, no en su acepción genérica de «escrito acerca de un tema específico que intenta interpretarlo», sino en su sentido más general: un intento de escribir, una expresión de volcar las palabras en hojas y ver qué sale, sin entender esto en forma despectiva, sino todo lo contrario: como un riesgo de arrojarse al mundo sin tener tan en claro qué es lo que se va a decir, pero teniendo muy claro que hay algo que se quiere expresar, que ya no puede esperar, que la literatura no es sólo para escribir después de los 40, cuando ya se es viejo o, por lo menos, no-joven. Sin analizar demasiado, sin detenerse en evaluaciones sobre el campo literario actual, el canon literario que a veces puede ser un yunque atado al tobillo de un nadador, sin preocuparse siquiera por escoger un género preciso, Agostina Luz López escribe. Y su escritura es tan visceral y genuina que, tal como se mostró en la cita, teme ser reconocida por ella, teme sentirse desnuda, teme estar exhibiéndose por demás. En esta breve exposición que hace, contándonos desde sus vivencias en la residencia para escritoras de un pueblito cerca de París hasta la relación que mantiene o que mantuvo con cada una de sus amigas, desde los mandatos de su madre («Mi mamá me dijo un día: “Tenés que escribir lo que le pasó a esta familia porque si no te vas a enfermar”») hasta el descubrimiento de su cuerpo y la represión a la masturbación («chuchuearse»). Los relatos son sólidos, despiertan interés, pero más interés despierta qué magma los aglutina, cuál es el eje temático y la unión entre ellos. Y detrás de ellos, está la voz narradora. Y detrás de ésta, como cada vez más en la Nueva Narrativa (en la argentina, como en el caso de Bárbara Duahu, y en la extranjera, como vimos en Alt Lit) está la primera persona, la figura del autor, que está ocupando un lugar distinto al que tuvo en los siglos anteriores (tal vez el caso más resonante de ello sea la escritura de Emmanuel Carrère, otro escritor difícil de encasillar en «géneros literarios», sobre todo en sus últimos libros).

No conocemos a Agostina Luz López, realmente no sabemos nada de ella. Y sin embargo, sospechamos que podríamos delinear algunas cosas sobre su vida, sin ni siquiera googlearla (cuenta con la fortuna del nombre común para caminar disimulando sus pasos entre las miles de Agostinas López que deben pulular en la web). La tomaremos como una de las representantes de esa generación de primeros (casi)nativos digitales, seguramente perteneciente a una clase media alta con culpa del dinero heredado y con mucha consciencia social, consumidora serial de series (antes, Friends; hoy, Girls), preocupada por la pobreza en el mundo pero consciente de su impotencia y de la imposibilidad de cambio real, cautiva de la falta de praxis revolucionaria de esta generación, que vio fracasar a revolucionarios anteriores (esto ya lo dijimos acá), que es hija, justamente, de los que no creyeron que una revolución era posible. Cultora del «pinta tu aldea», de las movidas pequeñas que apuntan a salvar el mundo de a pedacitos, sean los galgos de sus carreras, una familia pobre a la que se le construye un techo, un mendigo que recibe un billete de 100, un proyecto cool que ve aumentar en 10 dólares su cuenta en Idea.me, o una compra sustentable en el mercado del barrio. Religiosa oyente de Regina Spektor, encontró en (500) Days with Summer (500 días con ella) una comedia romántica que por fin le hablaba a ella, en la que el amor causaba alegría pero también dolor en iguales dosis, o incluso superiores. Una generación que se busca en estos detalles, en esta pequeñez, que lee Twitter con desesperación, esperando encontrar el momento oportuno para que se dé algún tipo de revolución y que está «siempre lista» para ella, muy segura de que estará del lado de los más débiles, del lado correcto de la revolución, y no entre los votantes de Trump, que sorpresivamente generan la revolución pero para el lado más impensado. Pobre Agostina, que hablo de ella sin conocerla, pero al ser coetáneo y compartir intereses, me tomo algunas atribuciones, sabiendo que al haber consumido cosas tan parecidas es muy difícil que seamos demasiado distintos, que mis apreciaciones sean del todo erradas. ¿Y si no escucha Regina Spektor? Ok, escuchará The Strokes o los Ramones, pero lo esencial seguro está, porque se ve en su escritura, en textos permeables que seguramente mezclan lo autobiográfico (insisto, no sé nada de ella, pero seguro estuvo alguna vez en un retiro de artistas, como cuenta el primer episodio, y seguro conoció a una chica parecida a Weiwei) con lo ficcional, que entiende que su vida es tan narrable como cualquier otra, que seguramente escribe para poder ver más allá de lo que le pasa, para encontrarle a esos relatos una nueva significación. En el anteúltimo episodio hace una catarsis perfecta de todo esto, de este empezar a escribir, de esta búsqueda a través de la escritura, donde no se sabe si se es o no se es escritor, si lo que se narra vale o si lo que hay que escribir es otra cosa (ver Un pedacito de… al final). Weiwei vale la pena porque es dinámico y entretenido, porque es espontáneo y encantador en su ingenuidad y sus búsquedas, pero sobre todo vale la pena como un documento de época, una marca más de esta generación que sabe que ya no importa inventar una historia demasiado original, que no es necesario contar fantasías locas o crear mundos repletos de personajes cuando en realidad sólo basta con escuchar lo que sucede a nuestro alrededor, plenamente conscientes de que todo (TODO) es relato: «yo lleno todo con mil palabras y al final no sé si estoy diciendo lo que quiero decir», confiesa María, que es el álter ego de la narradora, que es el álter ego de la autora. Y Weiwei no es más que esas palabras fluyendo, que ese ensayo. Bienvenido sea.

 

Un pedacito de Weiwei:

¿Existe una escritura prematura? Una escritura que nace de manera imprevisible, que no puede contar nada porque le falta madurar; una escritura que necesita una incubadora, que necesita entender el mensaje antes de transmitirlo, que necesita encontrar el lenguaje, un tiempo secreto, sin que nadie la vea, que existe pero todavía no puede publicarse, que existe para nunca publicarse.

¿Puede surgir una nueva forma de escribir? La escritura prematura. Sería una escritura que nace antes de tiempo, antes de que las ideas lleguen a desarrollarse, que no termina de tener una forma, que es una forma de búsqueda, el puro movimiento, un estado de tránsito, un ir hacia. Es una escritura que necesita protección, la protección del que lee. No necesita de ese otro ningún tipo de juicio, necesita una lectura nutritiva, una nutrición que haga que esa escritura se haga más fuerte con cada lectura, una escritura que necesita apoyo, gente que la ayude a ser más fuerte. Sería ir más lejos que el subtexto, que leer entre líneas, que descifrar el misterio: sería un misterio imposible de resolver. A veces pienso, ahora, entre el pánico de estos días y todo, que los escritores del futuro deben proclamar lo prematuro como modo de investigación.

Págs. 111-112, «El miedo, antes»

Daniel Mantovani - El ciudadano ilustre - Reservoir Books - 2016 - 187 págs.

EL CIUDADANO ILUSTRE (2016), de Daniel Mantovani

Daniel Mantovani - El ciudadano ilustre - Reservoir Books - 2016 - 187 págs.
Daniel Mantovani – El ciudadano ilustre – Reservoir Books – 2016 – 187 págs. (la tapa es la original del libro, y no la cubierta con el afiche de la película utilizada con meros fines comerciales)

La obra de arte en tiempos de su reproductibilidad técnica

Tal vez éste sea el mayor homenaje posmoderno al objeto «libro». Tan denostado, tan amenazado de muerte que lo tienen con los e-books, los Kindle y demás, y sin embargo los números muestran que el libro se sostiene, que sigue vigente con cada vez más impresiones (esto, seguramente alimentado por la sociedad de consumo cada vez más exacerbada en la que vivimos), que supo mantener la proporción de 90 a 10 en las ventas contra otros formatos. Y aquí llega, de la mano de los hermanos Andrés y Gastón Duprat y de Mariano Cohn, como un objeto-arte, una ironía de 3.000 ejemplares en papel, el desprendimiento más material que una película haya tenido, un souvenir. Como pocas veces en esta sección, elegimos reseñar algo actual, un tema del que todo el mundo está hablando hoy, que es portada de diarios y revistas: El ciudadano ilustre se exhibe desde hace unas semanas en el cine, pero con el premio a Mejor Actor otorgado a Oscar Martínez en el Festival de Venecia y con la reciente candidatura como película argentina para competir en los Oscar, ya está condenada a ser un éxito. Y no sólo por eso: tanto el guión como la ejecución son brillantes, y sin dificultad el filme se impone como uno de los mejores de la producción nacional en los últimos 10, 15 años.

No es la película, sin embargo, lo que nos convoca aquí, sino el libro. La película se da por vista, pero por las dudas contamos en forma sucinta su trama: Daniel Mantovani gana el Premio Nobel de Literatura y, 5 años después, regresa a su pueblo («Salas», un nombre inventado que condensa a todos los pueblos de la provincia de Buenos Aires) luego de 40 años. La recepción del pueblo es la misma que podrían tener César Aira en Coronel Pringles (por lo «difícil» de su literatura, por su estilo cosmopolita, porque acaso sea el único escritor argentino con una mínima chance de llegar a tal premio) o la que efectivamente tuvo Manuel Puig en General Villegas, luego de haberlo retratado durante años con el ficticio nombre de Coronel Vallejos con la misma mordacidad con la que Mantovani (quien no casualmente recibía el apodo «Titi» de chico, como Puig el de «Toto») describe a Salas: algarabía y orgullo, primero; dudas y resentimiento después. En esa historia simple y de temática aparentemente regionalista —pero mucho más universal de lo que se piensa— se basa el guión, y también el libro narra aquella historia, de un modo más o menos igual. Pero lo mejor del libro no es que «explica» asuntos que en el film no están (de hecho prácticamente no lo hace) ni que cuenta pormenores de la realización del film, como se hacía en el guión publicado de Mariano Llinás para Historias Extraordinarias, que hemos comentado aquí. Lo mejor y más valioso del libro de El ciudadano ilustre es su carácter ficcional inserto en el mundo real, son sus paratextos, el comentario de la solapa acerca de los logros del autor, la contratapa que destaca a Mantovani como «nuestro más grande escritor después de Jorge Luis Borges», la leyenda arriba del título que dice «Premio Nobel de Literatura», el pequeño círculo que destaca en letras mayúsculas «EL ESPERADO REGRESO DEL GRAN AUTOR ARGENTINO». El libro comprado por quien vio la película no tiene gracia, todo lo que se incluye ahí dentro es el guión de la película en formato de novela en primera persona, con un exceso de autorreferencialidad tal vez (¿Mantovani ganó su premio con obras que lo tienen a él, escritor racional y deprimente, como protagonista?). La pregunta sobre si Mantovani volvió efectivamente a Salas o no queda flotando, no se resuelve ni siquiera como lo hace la película, y sería un vericueto más de esa historia de nunca acabar que es la ficción dentro de la ficción. Pero lo lindo, lo interesante, lo revulsivo, es pensar en unos años, o en gente distraída, o en un extranjero, en cualquier lector que tome la obra de Mantovani de un anaquel perdido y lea todas estas reseñas. Un lector a quien la cara de Oscar Martínez en la solapa no le diga nada, un lector que no tenga otras motivaciones para pensar que esa cara no vaya a ser efectivamente la de Mantovani. Podríamos imaginar perfectamente la sorpresa del lector, descubriéndose ignorante de la existencia de un Premio Nobel de Literatura argentino, tomando el libro subrepticiamente, robándolo o pagándolo en la caja con cierta vergüenza, y leyéndolo a escondidas con una única misión: desasnarse, no pasar por burro en una conversación de gente seria.

Aquí nos detenemos entonces para pensar junto a los autores qué es el arte, qué es ser un artista y sobre todo, qué significa la autoridad. En una entrevista (cuya referencia hemos extraviado), uno de los autores señalaba que lo interesante del Premio Nobel es que es un premio sumamente prestigioso, pero que es, a la vez, imposible de evaluar por la «gente común». A un deportista cualquiera puede reconocerle el mérito porque se ve que es el mejor jugador del mundo: lo dicen las estadísticas (goles, campeonatos, asistencias), lo dice su forma de jugar, que podemos apreciar porque conocemos tal deporte; un empresario es exitoso cuando gana dinero, y de cine todos hemos visto un par de cientos de películas por lo menos como para tener una vaga idea de si algo es bueno o no; pero saber qué hizo de tan maravilloso César Milstein para ganar el Nobel de Medicina seguramente sea, en la mayoría de los casos, imposible, y lo mismo vale para un Premio Nobel de Literatura, que requiere haber leído críticamente muchos (quizás demasiados) libros.

La propia obra que presenta aquí Reservoir Books con la firma de Daniel Mantovani no parece digna de un escritor tan galardonado, no parece ser una novela magnífica que amerite la distinción mayor. Y sin embargo, con cuatro o cinco pincelazos que también se observan en el film, la narración tiene ritmo, pone en cuestión la figura del prócer y el mito del pueblo, arma una serie de personajes que oscilan permanentemente entre la simpatía, el grotesco y la animalidad, retrata con una dureza extrema (y probablemente eurocentrista, irrespetuosa y exagerada, siempre recordando que es el personaje quien guía la pluma, y no necesariamente sus autores, aunque esto posiblemente sea difícil de explicar a muchos lectores y espectadores) a un pueblo de provincia y logra puntos álgidos, como el propio comienzo, con un discurso de recibimiento del premio en cuestión, o incluso las reflexiones que hace en cada una de sus tres clases abiertas en la Sociedad de Fomento, amenazadas por la merma constante en el público y por la virulencia del Doctor Romero, quien se transforma en el gran antagonista. A fin de cuentas, el gesto artístico (y comercial) superior no es en este caso el contenido del libro, sino la publicación del libro en sí, un objeto que continúa a la película para insertar a la ficción en la realidad, demostrando una vez más que los límites entre una y otra no están tan claros, y que no faltará mucho para que un joven estudiante argentino un poco vago y distraído realice una composición en su escuela recordando la figura del gran Daniel Mantovani, autor de El gigante de arena, Los fuegos artificiales y El ciudadano ilustre, el primer argentino en ganar el Premio Nobel de Literatura. Y con esta puesta en cuestión de los límites entre ficción y realidad, los Duprat y Cohn también juegan (una vez más) con la delgada línea que distingue a las artes entre sí (la literatura del cine, así como ya lo habían hecho entre la arquitectura y el cine —en El hombre de al lado (2009)— y las artes pictóricas y el cine —en El artista (2008)—) y con la barrera que cruzan a piacere desde que se hicieron conocidos con el programa «Televisión Abierta»: la de la producción artística y su vinculación con el comercio y el mercado.

 

 

Un pedacito de El ciudadano ilustre:

 

¿Qué hace que un autor sea bueno? ¿Hay un canon que debe respetar? ¿Un autor puede ser bueno y a la vez gustarle a todo el mundo? ¿Puede no gustarnos un autor y a la vez parecernos bueno? Cuando decimos que un autor nos gusta… ¿Quiere decir que es bueno? ¿O simplemente que es alguien cuya obra nos tranquiliza y ratifica nuestras creencias? Cuando premiamos a un artista, ¿queremos decir que es bueno… o que era bueno?

Dos sensaciones encontradas me invaden al recibir el Premio Nobel de Literatura. Por un lado, me siento halagado. Pero por otro lado, y esta es la amarga sensación que prevalece en mí, estoy convencido de que este tipo de aprobación unánime tiene que ver, directa e inequívocamente, con el ocaso de un artista. Este galardón revela que mi obra coincide con los gustos y necesidades de jurados, académicos, especialistas… y reyes. Evidentemente yo soy el artista más cómodo para ustedes. Y esa comodidad tiene muy poco que ver con el espíritu que debe tener un hecho artístico. El artista debe interpelar, sacudir a la gente. Por eso mi pesar por mi canonización terminal como artista.

La más persistente de las pasiones, el mero orgullo, me impulsa, hipócritamente, a agradecerles por haber dictaminado el fin de mi aventura creativa.

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