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LOS QUE AMAN, ODIAN

Este texto fue escrito para publicar en otro medio, pero aprovechando el lanzamiento de la película en breve, lo agregamos aquí como «servicio a la comunidad»:

Los que aman, odian, de Silvina y Bioy

portada_los-que-aman-odian_Policial clásico, made in Argentina

 

“Otra vuelta de tuerca” prometía el narrador de Henry James en su libro homónimo, y la pareja más glamorosa de la historia literaria argentina la dio: Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares revisitan el género del policial clásico (el de Poe, Conan Doyle y Agatha Christie), pero con un estilo bien personal.

En Los que aman, odian (Emecé, 2005 [1946]) el doctor Humberto Huberman se pone en la piel de un investigador, y narra paso a paso los pormenores de lo que sucedió un verano en el hotel Bosque de Mar, donde una huésped amaneció envenenada. La novela cumple todos los requisitos del policial clásico o “inglés”: un espacio cerrado (una siniestra tormenta de arena azota al hotel), un crimen y muchos sospechosos. Todos tienen motivos para haberla matado, pero uno solo será el culpable. El investigador buscará develar el misterio.

Es justamente allí donde recae la originalidad: el personaje de Huberman es desopilante, oculto entre su falsa modestia y sus aires de grandeza. Sus narraciones obsesivas lo exhiben practicando un culto a la discreción, sólo digno de aquellos destinados a un eterno papel secundario.

Una novela breve y prolija —con introducción, desarrollo y final—, en la que pocas páginas alcanzan para reconocer la maestría de la pluma incisiva de Bioy y el mundo casi onírico que hace única a la narrativa de Silvina.

Daniel Mantovani - El ciudadano ilustre - Reservoir Books - 2016 - 187 págs.

EL CIUDADANO ILUSTRE (2016), de Daniel Mantovani

Daniel Mantovani - El ciudadano ilustre - Reservoir Books - 2016 - 187 págs.
Daniel Mantovani – El ciudadano ilustre – Reservoir Books – 2016 – 187 págs. (la tapa es la original del libro, y no la cubierta con el afiche de la película utilizada con meros fines comerciales)

La obra de arte en tiempos de su reproductibilidad técnica

Tal vez éste sea el mayor homenaje posmoderno al objeto «libro». Tan denostado, tan amenazado de muerte que lo tienen con los e-books, los Kindle y demás, y sin embargo los números muestran que el libro se sostiene, que sigue vigente con cada vez más impresiones (esto, seguramente alimentado por la sociedad de consumo cada vez más exacerbada en la que vivimos), que supo mantener la proporción de 90 a 10 en las ventas contra otros formatos. Y aquí llega, de la mano de los hermanos Andrés y Gastón Duprat y de Mariano Cohn, como un objeto-arte, una ironía de 3.000 ejemplares en papel, el desprendimiento más material que una película haya tenido, un souvenir. Como pocas veces en esta sección, elegimos reseñar algo actual, un tema del que todo el mundo está hablando hoy, que es portada de diarios y revistas: El ciudadano ilustre se exhibe desde hace unas semanas en el cine, pero con el premio a Mejor Actor otorgado a Oscar Martínez en el Festival de Venecia y con la reciente candidatura como película argentina para competir en los Oscar, ya está condenada a ser un éxito. Y no sólo por eso: tanto el guión como la ejecución son brillantes, y sin dificultad el filme se impone como uno de los mejores de la producción nacional en los últimos 10, 15 años.

No es la película, sin embargo, lo que nos convoca aquí, sino el libro. La película se da por vista, pero por las dudas contamos en forma sucinta su trama: Daniel Mantovani gana el Premio Nobel de Literatura y, 5 años después, regresa a su pueblo («Salas», un nombre inventado que condensa a todos los pueblos de la provincia de Buenos Aires) luego de 40 años. La recepción del pueblo es la misma que podrían tener César Aira en Coronel Pringles (por lo «difícil» de su literatura, por su estilo cosmopolita, porque acaso sea el único escritor argentino con una mínima chance de llegar a tal premio) o la que efectivamente tuvo Manuel Puig en General Villegas, luego de haberlo retratado durante años con el ficticio nombre de Coronel Vallejos con la misma mordacidad con la que Mantovani (quien no casualmente recibía el apodo «Titi» de chico, como Puig el de «Toto») describe a Salas: algarabía y orgullo, primero; dudas y resentimiento después. En esa historia simple y de temática aparentemente regionalista —pero mucho más universal de lo que se piensa— se basa el guión, y también el libro narra aquella historia, de un modo más o menos igual. Pero lo mejor del libro no es que «explica» asuntos que en el film no están (de hecho prácticamente no lo hace) ni que cuenta pormenores de la realización del film, como se hacía en el guión publicado de Mariano Llinás para Historias Extraordinarias, que hemos comentado aquí. Lo mejor y más valioso del libro de El ciudadano ilustre es su carácter ficcional inserto en el mundo real, son sus paratextos, el comentario de la solapa acerca de los logros del autor, la contratapa que destaca a Mantovani como «nuestro más grande escritor después de Jorge Luis Borges», la leyenda arriba del título que dice «Premio Nobel de Literatura», el pequeño círculo que destaca en letras mayúsculas «EL ESPERADO REGRESO DEL GRAN AUTOR ARGENTINO». El libro comprado por quien vio la película no tiene gracia, todo lo que se incluye ahí dentro es el guión de la película en formato de novela en primera persona, con un exceso de autorreferencialidad tal vez (¿Mantovani ganó su premio con obras que lo tienen a él, escritor racional y deprimente, como protagonista?). La pregunta sobre si Mantovani volvió efectivamente a Salas o no queda flotando, no se resuelve ni siquiera como lo hace la película, y sería un vericueto más de esa historia de nunca acabar que es la ficción dentro de la ficción. Pero lo lindo, lo interesante, lo revulsivo, es pensar en unos años, o en gente distraída, o en un extranjero, en cualquier lector que tome la obra de Mantovani de un anaquel perdido y lea todas estas reseñas. Un lector a quien la cara de Oscar Martínez en la solapa no le diga nada, un lector que no tenga otras motivaciones para pensar que esa cara no vaya a ser efectivamente la de Mantovani. Podríamos imaginar perfectamente la sorpresa del lector, descubriéndose ignorante de la existencia de un Premio Nobel de Literatura argentino, tomando el libro subrepticiamente, robándolo o pagándolo en la caja con cierta vergüenza, y leyéndolo a escondidas con una única misión: desasnarse, no pasar por burro en una conversación de gente seria.

Aquí nos detenemos entonces para pensar junto a los autores qué es el arte, qué es ser un artista y sobre todo, qué significa la autoridad. En una entrevista (cuya referencia hemos extraviado), uno de los autores señalaba que lo interesante del Premio Nobel es que es un premio sumamente prestigioso, pero que es, a la vez, imposible de evaluar por la «gente común». A un deportista cualquiera puede reconocerle el mérito porque se ve que es el mejor jugador del mundo: lo dicen las estadísticas (goles, campeonatos, asistencias), lo dice su forma de jugar, que podemos apreciar porque conocemos tal deporte; un empresario es exitoso cuando gana dinero, y de cine todos hemos visto un par de cientos de películas por lo menos como para tener una vaga idea de si algo es bueno o no; pero saber qué hizo de tan maravilloso César Milstein para ganar el Nobel de Medicina seguramente sea, en la mayoría de los casos, imposible, y lo mismo vale para un Premio Nobel de Literatura, que requiere haber leído críticamente muchos (quizás demasiados) libros.

La propia obra que presenta aquí Reservoir Books con la firma de Daniel Mantovani no parece digna de un escritor tan galardonado, no parece ser una novela magnífica que amerite la distinción mayor. Y sin embargo, con cuatro o cinco pincelazos que también se observan en el film, la narración tiene ritmo, pone en cuestión la figura del prócer y el mito del pueblo, arma una serie de personajes que oscilan permanentemente entre la simpatía, el grotesco y la animalidad, retrata con una dureza extrema (y probablemente eurocentrista, irrespetuosa y exagerada, siempre recordando que es el personaje quien guía la pluma, y no necesariamente sus autores, aunque esto posiblemente sea difícil de explicar a muchos lectores y espectadores) a un pueblo de provincia y logra puntos álgidos, como el propio comienzo, con un discurso de recibimiento del premio en cuestión, o incluso las reflexiones que hace en cada una de sus tres clases abiertas en la Sociedad de Fomento, amenazadas por la merma constante en el público y por la virulencia del Doctor Romero, quien se transforma en el gran antagonista. A fin de cuentas, el gesto artístico (y comercial) superior no es en este caso el contenido del libro, sino la publicación del libro en sí, un objeto que continúa a la película para insertar a la ficción en la realidad, demostrando una vez más que los límites entre una y otra no están tan claros, y que no faltará mucho para que un joven estudiante argentino un poco vago y distraído realice una composición en su escuela recordando la figura del gran Daniel Mantovani, autor de El gigante de arena, Los fuegos artificiales y El ciudadano ilustre, el primer argentino en ganar el Premio Nobel de Literatura. Y con esta puesta en cuestión de los límites entre ficción y realidad, los Duprat y Cohn también juegan (una vez más) con la delgada línea que distingue a las artes entre sí (la literatura del cine, así como ya lo habían hecho entre la arquitectura y el cine —en El hombre de al lado (2009)— y las artes pictóricas y el cine —en El artista (2008)—) y con la barrera que cruzan a piacere desde que se hicieron conocidos con el programa «Televisión Abierta»: la de la producción artística y su vinculación con el comercio y el mercado.

 

 

Un pedacito de El ciudadano ilustre:

 

¿Qué hace que un autor sea bueno? ¿Hay un canon que debe respetar? ¿Un autor puede ser bueno y a la vez gustarle a todo el mundo? ¿Puede no gustarnos un autor y a la vez parecernos bueno? Cuando decimos que un autor nos gusta… ¿Quiere decir que es bueno? ¿O simplemente que es alguien cuya obra nos tranquiliza y ratifica nuestras creencias? Cuando premiamos a un artista, ¿queremos decir que es bueno… o que era bueno?

Dos sensaciones encontradas me invaden al recibir el Premio Nobel de Literatura. Por un lado, me siento halagado. Pero por otro lado, y esta es la amarga sensación que prevalece en mí, estoy convencido de que este tipo de aprobación unánime tiene que ver, directa e inequívocamente, con el ocaso de un artista. Este galardón revela que mi obra coincide con los gustos y necesidades de jurados, académicos, especialistas… y reyes. Evidentemente yo soy el artista más cómodo para ustedes. Y esa comodidad tiene muy poco que ver con el espíritu que debe tener un hecho artístico. El artista debe interpelar, sacudir a la gente. Por eso mi pesar por mi canonización terminal como artista.

La más persistente de las pasiones, el mero orgullo, me impulsa, hipócritamente, a agradecerles por haber dictaminado el fin de mi aventura creativa.

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