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LAS ESCRITURAS DE LA SANTA FE

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¿Contagiados por el espíritu de estas Fiestas, nos hemos vuelto religiosos? Quizás. Pero en realidad, en esta oportunidad hablaremos de la provincia de Santa Fe, no desde el punto de vista religioso ni turístico, sino desde la lingüística y la gramática, en torno a dos cuestiones esenciales, dudas eternas de cualquier argentino que se interese por «la bota»: a) Santa Fe, ¿lleva acento?; b) ¿Cómo es: «santafecino» o «santafesino»?

Para los ansiosos, que sólo quieren conocer la solución y seguir adelante con sus vidas, respuestas breves: Santa Fe se escribe así, sin tilde (recordemos que todas las palabras tienen acento, pero que sólo algunas llevan acento gráfico o tilde), y es «santafesino» y no «santafecino», aunque en algunos ámbitos, esta forma con «c» también sea aceptada.

Perfecto, la nota ya está hecha. Si gustan, pueden marcharse con un conocimiento más bajo el brazo, algo para lucirse en su grupo de amigos. Pero a partir de ahora empieza lo interesante, ya que comenzaremos a pensar en estas formas lingüísticas, y a asociarlas con la importancia del lugar de pertenencia, del nombre propio, con un ser y una geografía textual: yo soy este que está aquí escrito, y soy de una forma, y no de cualquier otra.

Desde «De la ortografía y otros demonios» abogamos por un sentido de la identidad que también está en la palabra. Es por eso que sostenemos con firmeza que el único gentilicio admisible para las personas nacidas en Santa Fe es el de «santafesino», con «s», porque es el que sus habitantes eligen y usan. En América han conocido[1] de sobra la apropiación de lugares propios a partir del lenguaje; en Santa Fe se busca una nomenclatura propia, y no una impuesta por el afuera. Es por esto que uno no dice: «es “santafesino” porque en el DRAE se dice que es la forma preferida». Es con «s» porque así lo escriben los locales (a diferencia de algunos medios nacionales, como el diario La Nación, que se obstinan en escribirlo con «c»).

De idéntico modo se debe proceder, por ejemplo, con la pronunciación de apellidos. En un lugar como España, un tema así no implicaría mayores inconvenientes, porque la mayoría de los apellidos se pronuncian según la propia región de pertenencia (castellanos, vascos, catalanes, etc.). En Argentina, en cambio, tal como sucede en muchas otras regiones de América, la variada inmigración trajo como consecuencia apellidos españoles, pero también infinidad de italianos, rusos, polacos, alemanes, franceses, ingleses y un casi inagotable etcétera. Incluso, muchos orígenes no han quedado del todo claros. ¿Y entonces, cómo pronunciamos esos apellidos? ¿Como lo marca la norma de la lengua correspondiente a cada país? En mi caso particular[2], la historia europea y la herencia familiar han vuelto imposible dilucidar la proveniencia precisa de mi apellido, «Scheines». Puede ser tanto ruso, ucraniano, alemán, yiddish, o una lengua que aún desconozco. ¿A qué regla he de atenerme entonces? La gente que sabe alemán insiste en querer pronunciarlo como /sháines/. Sin embargo, el apellido se ha transferido oralmente dentro de la familia como /shéines/. Con una tradición de al menos unos 100 años, ¿quién se cree con derecho a venir a cambiar cómo me llamo, cómo se llama mi familia? ¿Qué reglas podrían permitir algo así?[3]

Precisamente, a partir de esto es que nos interesa retomar el tema de Santa Fe. Con la misma lógica que hablamos del gentilicio «santafesino», podemos entender el apego de mucha gente (especialmente, los mayores) de escribir ese monosílabo con tilde, y llamar a su provincia (su ciudad, o incluso su propia calle, en otras provincias) «Santa Fé». La tilde de los monosílabos que no distinguen significado fue eliminada en 1959, siguiendo una lógica que no carecía de coherencia. Sin embargo, cómo explicar que el nombre de tu lugar ya no es el que era, que su escritura cambió de un día para otro. Volviendo a lo personal, si la RAE decidiese que «Nicolás» deje de tildarse, quizás los próximos Nicolases escriban sin problemas «Nicolas», pero a mí me sería imposible, porque sería un cambio en mi identidad, impuesto por agentes externos.

De este modo, ¿cuándo un corrector está habilitado, con suma ligereza, a eliminar esa tilde final en «Santa Fé»? En «De la ortografía y otros demonios» podríamos sugerirlo, incluso mencionar la norma vigente desde 1959, pero de ningún modo tachar de plano algo de lo que un local puede saber (o sentir) más. Y para entender este proceso, tal vez podamos hacer un imaginario viaje a la «Buenos Ayres» de hace algunos siglos y ver cómo tomaron los porteños la pérdida de la «y», y cuánto tiempo llevó acostumbrar a un pueblo a escribir de otra forma el nombre de su ciudad. Si no es para sorprenderse encontrar ediciones del siglo pasado que hablan de «Buenos Ayres», tampoco debemos escandalizarnos que hoy, a más de 50 años de la nueva reglamentación, muchos santafesinos sigan llamando a su ciudad, y con todo derecho, «Santa Fé».


[1] Digo «han» y no «hemos» porque sería un barbarismo incluirme entre el grupo de los colonizados, cuando, como la mayoría de los argentinos, soy descendiente de inmigrantes europeos, es decir, de los colonizadores.

[2] Y a partir de este punto ya se vuelve imposible mantener el plural mayestático que usamos (uso) para incluir a todos los que participamos del sitio web.

[3] Tomé mi caso particular porque es el que más conozco, pero podemos registrar dos ejemplos del mundo futbolístico, para ampliar el concepto. Pensemos en dos jugadores de larga trayectoria en el seleccionado argentino. Uno, Javier Mascherano, con un apellido de claro origen italiano, se ha llamado a sí mismo (o, al menos, así ha aceptado que lo llamen) /mascheráno/, cuando el dígrafo «ch» en esa lengua se pronuncia como /k/ (sería, entonces, /maskeráno/). Otro, Gabriel Heinze, se llama a sí mismo (y esto es comprobable con sólo comparar un par de entrevistas televisivas al jugador) tanto /éinse/ como /xéinse/ (la «x» en fonética representa al sonido de la jota). Cualquiera de las dos pronunciaciones puede ser correcta, dependiendo si se aplique la norma de la lengua inglesa, alemana o francesa. ¿Él sabe cuál es el origen de su apellido? Es posible que no…

Lanata

EL CORRECTOR, EN TODO

Lanata - mayores de 5 años que no terminaron la primaria

La imagen de arriba se vio en el programa Periodismo Para Todos, que conduce Jorge Lanata (aparece en el minuto 32 del siguiente link al programa emitido el 12 de agosto de 2012). Fue un informe incisivo, que pretendía denunciar la corrupción del gobierno de Gildo Insfrán en Formosa y denostar su política educativa (y por ende, la del gobierno nacional) a partir de varias pruebas contundentes. El problema fue que una de ellas señala, tal como se ve, que «el 83% de los mayores de 5 años NO terminó la primaria», y, si recordamos que la primaria suele extenderse hasta los 12,  la estadística es, cuando menos, superflua.

 

No nos interesa aquí ni el programa de Lanata ni la eterna pelea del gobierno con los medios. Nos concentraremos en otra cosa: la función del corrector, y su importancia en todos los ámbitos. Porque el corrector de estilo no es solamente un experto en poner tildes, ubicar comas y distinguir palabras bien escritas de palabras mal escritas. El corrector es un lector, ni más ni menos que el primer lector ajeno al texto (el primer lector, propiamente dicho, es el autor, pero éste siempre se enfrenta con sus escritos por segunda vez, y nunca podrá hacer una primera lectura del mismo). Y se trata de un lector atento, un especialista —ahora sí— en interpretar sentidos, los intencionales y los que no, y en captar lo que el texto está diciendo, mucho más que lo que el autor quiso decir. Y los correctores no son sólo para los libros, sino que en todos los ámbitos se están produciendo textos (¡incluso en la tele!), y estos mensajes deben siempre revisarse. En publicidad, por ejemplo, los textos son siempre breves, brevísimos, pero cuanto más cortos son, más importante resulta que el texto sea efectivo, y que diga exactamente lo que uno quiere decir.

Hace poco, una bebida deportiva empapeló las calles con el siguiente aviso:

 

GATORADE- la evolución continúa

Imaginen qué hubiese pasado si hubiesen confiado en esa máxima popular (y completamente errónea) que indica que las mayúsculas no van con tilde. «LA EVOLUCION CONTINUA», sin tilde, pone el acento —justamente— en lo que Gatorade hizo en los últimos 40 años; marca un orgullo por esa evolución constante que se vino mostrando, pero no dice nada sobre el futuro. En cambio, el slogan que eligieron los publicistas quiere hacer hincapié precisamente en ese futuro, en que, pese a tener 40 años de evolución, ellos no se quedarán en ese orgullo y seguirán evolucionando.

 

Así como no teníamos intenciones de ir contra Jorge Lanata, tampoco es nuestro propósito hacer propaganda[1] de Gatorade, sino sólo señalar el rol clave que puede cumplir un corrector en su función de primer lector, lector de pruebas, lector crítico y atento a los mensajes que se quieren enviar y a los que efectivamente se envían.

 

Así como en Gatorade se hizo lo posible por evitar la ambigüedad, y se lo logró gracias a un correcto uso de las reglas de tildación, para las placas de Periodismo Para Todos es evidente que no fue contratado un corrector, quien sin dudas se hubiese detenido en esa frase que, si bien gramatical y sintácticamente correcta, presenta un error de coherencia con la realidad que debilita tanto esa estadística como todas las otras. Este error quita credibilidad a un informe, al periodista que lo presenta, al programa que lo emite, y a la idea política que intenta enviar. Es probable que a esa placa le haya faltado un «1» delante del «5», lo que hubiese ofrecido una estadística mucho más lógica, y a la vez más contundente: «el 83% de los mayores de 15 años NO terminó la primaria». No lo podemos saber, porque una vez que salió al aire, el error quedó expuesto. El corrector debe ser el primer lector, debe leer antes de que el texto llegue al público, y no en simultáneo. Y debe leer mucho más que tildes y comas. Un buen corrector de estilo lee y analiza todo. Y ese todo implica muchas veces salirse de lo meramente textual.

 

 


[1] Un pequeño excursus: para cualquier publicista —o persona que tiene un amigo publicista— que señala, con cierto aire de conocer más, que «propaganda» se usa exclusivamente para las campañas políticas, mientras que cuando se habla de productos comerciales, el término correcto es «publicidad», rebatiremos con dos argumentos: el primero, que los diccionarios dicen lo contrario: «Acción o efecto de dar a conocer algo con el fin de atraer adeptos o compradores» es la primer acepción de «propaganda» que ofrece la RAE (la cursiva es nuestra), mientras que el de María Moliner, también en su primera acepción, dice: «Actividad desarrollada para propagar unas ideas o un producto comercial» (cursiva nuestra). Pero como los diccionarios no siempre reflejan el uso, lo interesante es ver por qué los publicistas sostienen que «propaganda» es sólo para un mensaje político, y la razón la encontramos ni más ni menos que en la invasión del inglés que nosotros mismos proponemos en nuestra lengua. Efectivamente, en inglés se habla de «propaganda» únicamente en campañas políticas, mientras que «commercial» es el término usado para promover negocios o comercios. En castellano esta distinción nunca existió, pese a que las escuelas de publicidad (los creadores del Winter/Summer sale, light, free y demás anglicismos hoy incorporados) hagan todo lo posible por instalarla.

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HAY PALABRAS Y PALABRAS

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«Pupo». Ésa es la palabra que más odio yo. Me parece un sonido repulsivo. Prefiero decir toda la vida “ombligo”, incluso si tengo que caer en la repetición. Pero esta entrada no se trata de mis gustos simplemente, sino de una generalización: todos tenemos palabras preferidas, palabras odiadas, palabras que nos son indiferentes. Aunque el idioma nos parezca lo más utilitario del mundo, nunca dejamos de tender lazos afectivos con él. Y esto no lo decimos sólo desde «De la ortografía y otros demonios»: buscando en la web, encontramos un sitio destinado exclusivamente a que la gente ponga sus 10 palabras favoritas del español: diezpalabras.blogspot.com. El sitio aclara que, si bien cualquier palabra es admisible, «no se buscan palabras que señalen conceptos nobles o inspiradores, como “madre”, “amistad” o “justicia”, sino palabras que por su sonido y reverberación resulten sugestivas y reconfortantes para el gusto artístico». Por ejemplo, el decálogo de palabras favoritas de Borges es (en orden alfabético):

Ámbar

Anhelar

Arena

Cristal

Hexámetro

Jacarandá

Penumbra

Runa

Sándalo

Sombra

Ni «laberinto», ni «tigre» ni «espada», para sorpresa de muchos. Es que la significación de las palabras no consta sólo del significado semántico, no depende nada más que de las acepciones del diccionario. Enrique Santos Discépolo explica muy bien cómo elegía las palabras a la hora de componer un tango:

 «Uso el argot por la sencillísima razón de que es más completo en la pintura. Hay estados o tipos o lugares para los cuales el símil académico es impropio por lo desusado. No entiendo por qué es más propio “robar” que “afanar”. ¿Por hábito? Bah… lo que sucede es que hay palabras feas y palabras lindas… Tanto la Academia, como el argot, tienen un sinnúmero de palabras que me desagradan. Utilizo de ambas las que me gustan por su sabor rotundo o pictórico o dulce. Las hay amplias, curvas, melosas, dolientes. Y las hay en todos los idiomas. Y si mi país, cosmopolita y babilónico, manoseándolas a diario, las entiende y yo las preciso, las enlazo lleno de alegría. Nuestro lunfardo tiene aciertos de fonética estupendos. Quieren matarlo. Hacen reír. Me hacen gracia esos que creen que los idiomas los han hecho los sabios. Si la necesidad de un pueblo es capaz de crear un genio ¿cómo pretenden que se detenga en la creación de una palabra que le hace falta? Y el lunfardo, en su casi totalidad, se distingue por eso.»[1]

Hoy en día el lunfardo original (el lunfardo del que habla Discépolo) entró en desuso, aunque muchas de sus palabras ingresaron en el lenguaje coloquial o informal, como «laburo» por «trabajo» y «cana» por «policía», entre muchísimas otras. Sin embargo, pese a no tener ya un nombre concreto («lunfardo») ni una circulación específica (las milongas y demás), los hablantes seguimos creando nuestros lenguajes propios constantemente. Hemos señalado en otra oportunidad la necesidad de crear códigos específicos al interior de los grupos, para afianzar el sentido de pertenencia; podemos pensar ahora en el vínculo afectivo que desarrollamos en torno a esas palabras. Un amigo dice con frecuencia «vamos a tomarnos unos materiales». Hace poco escuché que un obrero le decía al otro: «todavía no podemos empezar la pared; faltan algunos mates». Las deformaciones personales que cada hablante le hace al lenguaje le permiten asirlo, hacerlo propio, crear un lenguaje personal, y a la vez poder compartirlo, siempre y cuando no dificulte la comunicación.

Para esto último, dejamos uno de los tantos hilarantes diálogos que tienen don Quijote y su ladero, Sancho Panza, acerca de este tema.

 «Dijo Sancho a su amo:

—Señor, ya yo tengo relucida a mi mujer a que me deje ir con vuestra merced a donde quisiere llevarme.

Reducida[2] has de decir, Sancho —dijo don Quijote—; que no relucida.

—Una o dos veces —respondió Sancho—, si mal no me acuerdo, he suplicado a vuestra merced que no me emiende[3] los vocablos, si es que entiende lo que quiero decir en ellos, y que cuando no los entienda, diga: “Sancho, o diablo, no te entiendo”; y si yo no me declarare, entonces podrá emendarme; que yo soy tan fócil…

—No te entiendo, Sancho —dijo luego don Quijote—, pues no sé qué quiere decir soy tan fócil.

Tan fócil quiere decir —respondió Sancho— soy tan así.

—Menos te entiendo agora —replicó don Quijote.

—Pues si no me puede entender —respondió Sancho—, no sé cómo lo diga; no sé más, y Dios sea conmigo.

—Ya, ya caigo —respondió don Quijote— en ello: tú quieres decir que eres tan dócil, blando y mañero, que tomarás lo que yo te dijere, y pasarás por lo que te enseñare.

—Apostaré yo —dijo Sancho— que desde el emprincipio me caló y me entendió; sino que quiso turbarme, por oírme decir otras docientas patochadas.»[4]


[1] Enrique Santos Discépolo en el capítulo “Por qué y cómo escribo mis tangos” de Galasso, Norberto, Escritos inéditos de Enrique Santos Discépolo, Ediciones del Pensamiento Nacional, Argentina, s/f, págs. 24-25.

[2] Reducida, convencida. (Nota del Anotador)

[3] Para los que aún no han leído El Quijote (y que, esperamos, puedan leerlo pronto), aclaramos que está escrito en el castellano de 1615 (la segunda parte; la primera es de 1605), donde la ortografía no estaba asentada y términos como «emendar» por «enmendar» o «agora» por «ahora» eran del todo comunes; la transcripción que ofrecemos es la literal de la versión citada.

[4] Cervantes, Miguel de, 2000, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, edición de Martín de Riquer, España, Ed. Planeta en edición especial para La Nación. Tomo II, capítulo 7, pág. 607.

Diccionario

UNA APROXIMACIÓN AL DICCIONARIO

—Joder —dijo admirativamente Oliveira. Pensó que también joder podía servir como punto de arranque, pero lo decepcionó descubrir que no figuraba en el cementerio; en cambio en el jonuco estaban jonjobando dos jobs, ansiosos por joparse; lo malo era que el jorbín los había jomado, jitándolos como jocós apestados.

«Es realmente la necrópolis», pensó. «No entiendo cómo a esta porquería le dura la encuadernación.»

Cortázar, Julio, Rayuela, Alfaguara, Buenos Aires, 2006 [1963], capítulo 41, p.263

Lo que hace Oliveira en el epígrafe es “jugar en el cementerio”. O al menos, así lo llama él; es lo que hacen con la Maga cuando están aburridos en París, en la novela emblemática argentina, Rayuela, de Julio Cortázar. ¿En qué consisten los juegos en el cementerio? Se trata de ir al diccionario (el cementerio de palabras) y tomar términos que parecieran no ser parte del español, para formar oraciones con sentido.

La asociación de diccionario y cementerio no es inocente: allí es donde las palabras van a morir, porque dejan de tener significados y de ser articuladas en función de la comunicación, para pasar a ser una sucesión de definiciones. Cualquiera que haya tenido algún contacto con el campo científico entenderá la dificultad de definir un concepto y cómo se realizan innumerables debates en torno a una palabra, que seguramente acabará por no contentar a muchos. Entonces, ¿qué se le puede pedir a un libro que tiene que definir “revolución”, “literatura” o “política” en 10 palabras?

Esta entrada no persigue ir contra el mandato escolar de “chicos, consulten el diccionario”, pero sí tener en cuenta la relatividad de su uso y utilidad. Podría decirse que el diccionario es una herramienta de consulta básica y, sobre todo, una formalidad de la lengua. Porque toda lengua, para considerarse tal, debe tener un sistema legal que la ampare, y esto incluye una Academia y un diccionario.

Pero la lengua justamente no es la que encontramos en esos tomos inmensos de páginas finas y letra chica, sino lo que hablamos y escribimos regularmente, el material que usamos para comunicarnos. Por eso sería equivocado pensar que si escribimos una palabra y el Word o Internet la subrayan con rojo, debemos quitarla. No hay dudas que ante esa situación hay que revisar la palabra escrita (y, en especial, su ortografía) y ver también qué nos sugiere el corrector. Pero si estamos convencidos de que se trata de un término usado y aceptado por el marco de personas a las que les estamos escribiendo, entonces no debería haber inconvenientes en violar al diccionario y poner estas palabras en uso, como lo hacemos todos los días. Así, como hemos señalado en otros artículos, si estamos escribiendo un mail a un amigo y decidimos poner “q haces? tdo bn?”, mientras él nos entienda, no estaremos incurriendo en ningún error, tal como si estamos escribiendo un artículo sobre literatura y hablamos del “borramiento del autor”, pese a que “borramiento” no sea una palabra aceptada por el corrector.

Los correctores se basan en los diccionarios, y los diccionarios se actualizan al menos cada 10 años. Pero lo cierto es que no dan abasto y no pueden poner en juego todas las expresiones del lenguaje (y mucho menos en español, que implica muchos millones de hablantes de más de 30 países distintos), quitando las viejas y sumando las nuevas. En definitiva, sirven como fuente de consulta, pero no tienen “la verdad”, ni son necesariamente “mataburros”, como en algún momento se decía.

Por de pronto, tal vez Cortázar se ponga contento de saber que “joder” está actualmente en el Diccionario de la Real Academia Española con 3 acepciones del verbo y una como interjección.

 

NOTA: luego de publicada esta entrada tuvimos el agrado de cruzarnos con una excelente conferencia de Ricardo Soca, que ahonda mucho más seria y prolijamente en el tema del uso del diccionario en el español. Afortunadamente, la encontramos digitalizada gracias al siempre interesante sitio de ElCastellano.org. Para ver la conferencia hagan clic aquí.

RAE

NUEVA ORTOGRAFÍA DE LA RAE

Todos los medios se hicieron eco de la última gran noticia: el nuevo manual de ortografía de la Real Academia Española (RAE). Para ver algunos de los cambios, se pueden consultar en el link. Sin embargo, nosotros creemos que sería pertinente ahondar en el análisis de estas modificaciones, para no quedarnos simplemente con la sensación de que ahora, si leemos “manager” en lugar de “mánayer” estamos siendo testigos de error ortográfico.

Como decimos a menudo por aquí, la ortografía no es más que una convención (pero bastante necesaria). Como convención, necesita de un ente regulador que se haga eco de estas convenciones y que la deposite en algún lugar confiable, del que pueda decirse: aquí está la regla, esta es La Convención. En el caso del español, ese lugar simbólico lo ocupa la RAE, radicada en Madrid.

La locación de esta institución no es un dato menor: mientras que en España todos pronuncian “vídeo”, con acentuación en la “i” y “garaje”, tal como suena, casi todos los latinoamericanos decimos “video” y “garash”. España es apenas una pequeñísima porción de los hablantes de español, pero, sin embargo, el diccionario rector del idioma dice que la escritura correcta de la cámara para grabar imágenes y sonidos es con tilde (“vídeo”), mientras que la cochera se escribe con “j” (“garaje”), pese a que tanto la palabra como la pronunciación derivan del francés “garage”.

Por eso es importante resaltar que no se trata necesariamente de seguir al pie de la letra los cambios sugeridos. Desde este espacio fomentamos el uso de una ortografía que respete la idiosincrasia de cada conjunto de hablantes (de cada país, para hacerlo más sencillo) y no meramente la convención convenida por unos pocos. Así, no estamos de acuerdo con el traslado de palabras extranjeras a una españolización forzada, ya que respetamos el origen de los préstamos tomados, por más invasión cultural que representen. A menos que, con el paso del tiempo, palabras como “piercing” o “manager” estén tan incorporadas como para que naturalmente (es decir, por el paso del tiempo) se empiecen a decir “pircin” y “mánayer”, mantendremos la ortografía inglesa.

No nos olvidemos que el lenguaje, para fundarse institucionalmente como tal, necesita de una Academia, pero que, a la vez, el lenguaje lo hacemos todos y cada uno de nosotros, los hablantes, y no quienes intentan imponer desde las reglas un nuevo modo de hablar.

Huevo

LA PÉRDIDA DEL SENTIDO LITERAL DE «LITERALMENTE»

Este texto está escrito desde la nostalgia. Es inevitable que la lengua cambie, se modifique (ya nos lo enseñaron Saussure y muchos otros lingüistas). Hay formas nuevas, palabras que se dejaron de usar, palabras jóvenes que ya son parte del diccionario (y muchísimas que todavía no, pero no por ello dejan de ser parte de la lengua) y palabras que cambian su significado. Este último es el caso de “literalmente”.

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