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LAS ESCRITURAS DE LA SANTA FE

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¿Contagiados por el espíritu de estas Fiestas, nos hemos vuelto religiosos? Quizás. Pero en realidad, en esta oportunidad hablaremos de la provincia de Santa Fe, no desde el punto de vista religioso ni turístico, sino desde la lingüística y la gramática, en torno a dos cuestiones esenciales, dudas eternas de cualquier argentino que se interese por «la bota»: a) Santa Fe, ¿lleva acento?; b) ¿Cómo es: «santafecino» o «santafesino»?

Para los ansiosos, que sólo quieren conocer la solución y seguir adelante con sus vidas, respuestas breves: Santa Fe se escribe así, sin tilde (recordemos que todas las palabras tienen acento, pero que sólo algunas llevan acento gráfico o tilde), y es «santafesino» y no «santafecino», aunque en algunos ámbitos, esta forma con «c» también sea aceptada.

Perfecto, la nota ya está hecha. Si gustan, pueden marcharse con un conocimiento más bajo el brazo, algo para lucirse en su grupo de amigos. Pero a partir de ahora empieza lo interesante, ya que comenzaremos a pensar en estas formas lingüísticas, y a asociarlas con la importancia del lugar de pertenencia, del nombre propio, con un ser y una geografía textual: yo soy este que está aquí escrito, y soy de una forma, y no de cualquier otra.

Desde «De la ortografía y otros demonios» abogamos por un sentido de la identidad que también está en la palabra. Es por eso que sostenemos con firmeza que el único gentilicio admisible para las personas nacidas en Santa Fe es el de «santafesino», con «s», porque es el que sus habitantes eligen y usan. En América han conocido[1] de sobra la apropiación de lugares propios a partir del lenguaje; en Santa Fe se busca una nomenclatura propia, y no una impuesta por el afuera. Es por esto que uno no dice: «es “santafesino” porque en el DRAE se dice que es la forma preferida». Es con «s» porque así lo escriben los locales (a diferencia de algunos medios nacionales, como el diario La Nación, que se obstinan en escribirlo con «c»).

De idéntico modo se debe proceder, por ejemplo, con la pronunciación de apellidos. En un lugar como España, un tema así no implicaría mayores inconvenientes, porque la mayoría de los apellidos se pronuncian según la propia región de pertenencia (castellanos, vascos, catalanes, etc.). En Argentina, en cambio, tal como sucede en muchas otras regiones de América, la variada inmigración trajo como consecuencia apellidos españoles, pero también infinidad de italianos, rusos, polacos, alemanes, franceses, ingleses y un casi inagotable etcétera. Incluso, muchos orígenes no han quedado del todo claros. ¿Y entonces, cómo pronunciamos esos apellidos? ¿Como lo marca la norma de la lengua correspondiente a cada país? En mi caso particular[2], la historia europea y la herencia familiar han vuelto imposible dilucidar la proveniencia precisa de mi apellido, «Scheines». Puede ser tanto ruso, ucraniano, alemán, yiddish, o una lengua que aún desconozco. ¿A qué regla he de atenerme entonces? La gente que sabe alemán insiste en querer pronunciarlo como /sháines/. Sin embargo, el apellido se ha transferido oralmente dentro de la familia como /shéines/. Con una tradición de al menos unos 100 años, ¿quién se cree con derecho a venir a cambiar cómo me llamo, cómo se llama mi familia? ¿Qué reglas podrían permitir algo así?[3]

Precisamente, a partir de esto es que nos interesa retomar el tema de Santa Fe. Con la misma lógica que hablamos del gentilicio «santafesino», podemos entender el apego de mucha gente (especialmente, los mayores) de escribir ese monosílabo con tilde, y llamar a su provincia (su ciudad, o incluso su propia calle, en otras provincias) «Santa Fé». La tilde de los monosílabos que no distinguen significado fue eliminada en 1959, siguiendo una lógica que no carecía de coherencia. Sin embargo, cómo explicar que el nombre de tu lugar ya no es el que era, que su escritura cambió de un día para otro. Volviendo a lo personal, si la RAE decidiese que «Nicolás» deje de tildarse, quizás los próximos Nicolases escriban sin problemas «Nicolas», pero a mí me sería imposible, porque sería un cambio en mi identidad, impuesto por agentes externos.

De este modo, ¿cuándo un corrector está habilitado, con suma ligereza, a eliminar esa tilde final en «Santa Fé»? En «De la ortografía y otros demonios» podríamos sugerirlo, incluso mencionar la norma vigente desde 1959, pero de ningún modo tachar de plano algo de lo que un local puede saber (o sentir) más. Y para entender este proceso, tal vez podamos hacer un imaginario viaje a la «Buenos Ayres» de hace algunos siglos y ver cómo tomaron los porteños la pérdida de la «y», y cuánto tiempo llevó acostumbrar a un pueblo a escribir de otra forma el nombre de su ciudad. Si no es para sorprenderse encontrar ediciones del siglo pasado que hablan de «Buenos Ayres», tampoco debemos escandalizarnos que hoy, a más de 50 años de la nueva reglamentación, muchos santafesinos sigan llamando a su ciudad, y con todo derecho, «Santa Fé».


[1] Digo «han» y no «hemos» porque sería un barbarismo incluirme entre el grupo de los colonizados, cuando, como la mayoría de los argentinos, soy descendiente de inmigrantes europeos, es decir, de los colonizadores.

[2] Y a partir de este punto ya se vuelve imposible mantener el plural mayestático que usamos (uso) para incluir a todos los que participamos del sitio web.

[3] Tomé mi caso particular porque es el que más conozco, pero podemos registrar dos ejemplos del mundo futbolístico, para ampliar el concepto. Pensemos en dos jugadores de larga trayectoria en el seleccionado argentino. Uno, Javier Mascherano, con un apellido de claro origen italiano, se ha llamado a sí mismo (o, al menos, así ha aceptado que lo llamen) /mascheráno/, cuando el dígrafo «ch» en esa lengua se pronuncia como /k/ (sería, entonces, /maskeráno/). Otro, Gabriel Heinze, se llama a sí mismo (y esto es comprobable con sólo comparar un par de entrevistas televisivas al jugador) tanto /éinse/ como /xéinse/ (la «x» en fonética representa al sonido de la jota). Cualquiera de las dos pronunciaciones puede ser correcta, dependiendo si se aplique la norma de la lengua inglesa, alemana o francesa. ¿Él sabe cuál es el origen de su apellido? Es posible que no…

Lanata

EL CORRECTOR, EN TODO

Lanata - mayores de 5 años que no terminaron la primaria

La imagen de arriba se vio en el programa Periodismo Para Todos, que conduce Jorge Lanata (aparece en el minuto 32 del siguiente link al programa emitido el 12 de agosto de 2012). Fue un informe incisivo, que pretendía denunciar la corrupción del gobierno de Gildo Insfrán en Formosa y denostar su política educativa (y por ende, la del gobierno nacional) a partir de varias pruebas contundentes. El problema fue que una de ellas señala, tal como se ve, que «el 83% de los mayores de 5 años NO terminó la primaria», y, si recordamos que la primaria suele extenderse hasta los 12,  la estadística es, cuando menos, superflua.

 

No nos interesa aquí ni el programa de Lanata ni la eterna pelea del gobierno con los medios. Nos concentraremos en otra cosa: la función del corrector, y su importancia en todos los ámbitos. Porque el corrector de estilo no es solamente un experto en poner tildes, ubicar comas y distinguir palabras bien escritas de palabras mal escritas. El corrector es un lector, ni más ni menos que el primer lector ajeno al texto (el primer lector, propiamente dicho, es el autor, pero éste siempre se enfrenta con sus escritos por segunda vez, y nunca podrá hacer una primera lectura del mismo). Y se trata de un lector atento, un especialista —ahora sí— en interpretar sentidos, los intencionales y los que no, y en captar lo que el texto está diciendo, mucho más que lo que el autor quiso decir. Y los correctores no son sólo para los libros, sino que en todos los ámbitos se están produciendo textos (¡incluso en la tele!), y estos mensajes deben siempre revisarse. En publicidad, por ejemplo, los textos son siempre breves, brevísimos, pero cuanto más cortos son, más importante resulta que el texto sea efectivo, y que diga exactamente lo que uno quiere decir.

Hace poco, una bebida deportiva empapeló las calles con el siguiente aviso:

 

GATORADE- la evolución continúa

Imaginen qué hubiese pasado si hubiesen confiado en esa máxima popular (y completamente errónea) que indica que las mayúsculas no van con tilde. «LA EVOLUCION CONTINUA», sin tilde, pone el acento —justamente— en lo que Gatorade hizo en los últimos 40 años; marca un orgullo por esa evolución constante que se vino mostrando, pero no dice nada sobre el futuro. En cambio, el slogan que eligieron los publicistas quiere hacer hincapié precisamente en ese futuro, en que, pese a tener 40 años de evolución, ellos no se quedarán en ese orgullo y seguirán evolucionando.

 

Así como no teníamos intenciones de ir contra Jorge Lanata, tampoco es nuestro propósito hacer propaganda[1] de Gatorade, sino sólo señalar el rol clave que puede cumplir un corrector en su función de primer lector, lector de pruebas, lector crítico y atento a los mensajes que se quieren enviar y a los que efectivamente se envían.

 

Así como en Gatorade se hizo lo posible por evitar la ambigüedad, y se lo logró gracias a un correcto uso de las reglas de tildación, para las placas de Periodismo Para Todos es evidente que no fue contratado un corrector, quien sin dudas se hubiese detenido en esa frase que, si bien gramatical y sintácticamente correcta, presenta un error de coherencia con la realidad que debilita tanto esa estadística como todas las otras. Este error quita credibilidad a un informe, al periodista que lo presenta, al programa que lo emite, y a la idea política que intenta enviar. Es probable que a esa placa le haya faltado un «1» delante del «5», lo que hubiese ofrecido una estadística mucho más lógica, y a la vez más contundente: «el 83% de los mayores de 15 años NO terminó la primaria». No lo podemos saber, porque una vez que salió al aire, el error quedó expuesto. El corrector debe ser el primer lector, debe leer antes de que el texto llegue al público, y no en simultáneo. Y debe leer mucho más que tildes y comas. Un buen corrector de estilo lee y analiza todo. Y ese todo implica muchas veces salirse de lo meramente textual.

 

 


[1] Un pequeño excursus: para cualquier publicista —o persona que tiene un amigo publicista— que señala, con cierto aire de conocer más, que «propaganda» se usa exclusivamente para las campañas políticas, mientras que cuando se habla de productos comerciales, el término correcto es «publicidad», rebatiremos con dos argumentos: el primero, que los diccionarios dicen lo contrario: «Acción o efecto de dar a conocer algo con el fin de atraer adeptos o compradores» es la primer acepción de «propaganda» que ofrece la RAE (la cursiva es nuestra), mientras que el de María Moliner, también en su primera acepción, dice: «Actividad desarrollada para propagar unas ideas o un producto comercial» (cursiva nuestra). Pero como los diccionarios no siempre reflejan el uso, lo interesante es ver por qué los publicistas sostienen que «propaganda» es sólo para un mensaje político, y la razón la encontramos ni más ni menos que en la invasión del inglés que nosotros mismos proponemos en nuestra lengua. Efectivamente, en inglés se habla de «propaganda» únicamente en campañas políticas, mientras que «commercial» es el término usado para promover negocios o comercios. En castellano esta distinción nunca existió, pese a que las escuelas de publicidad (los creadores del Winter/Summer sale, light, free y demás anglicismos hoy incorporados) hagan todo lo posible por instalarla.

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EL ERROR DE ORTOGRAFÍA Y SUS MATICES

En la última gira de Roger Waters por Argentina, en medio de un show impactante por la temática y por la puesta en escena, un chancho gigante sale volando del escenario, repleto de inscripciones. La principal decía, justo en el centro de la panza del cerdo: «¿Debería confiar en el govierno?». Esa «v» de «govierno» tiene una explicación lógica, y es que «gobierno», en inglés, es «government», con «v». Sin embargo, el error choca e impacta.

«¿Cómo, en un show en el que todo sale perfecto, donde sonido e imagen son tan cuidados, puede pasarse un error así de burdo? ¿Está mal escrito “gobierno” o me parece a mí? ¿Quiso decir otra cosa en realidad? ¿Por qué, con lo que cuesta la entrada, no son capaces de pagarle a un corrector de español para que les escriba los carteles?» En medio de esta hipotética (y exagerada) sarta de preguntas, el espectador está perdiéndose una parte del show: deja de prestarle atención al contenido, pues se ha distraído, y el error ha despertado en él cierta desconfianza.

El ejemplo, por supuesto, está un tanto sobredimensionado, pero si esto sucede en un recital, imaginen cuán a menudo podrá pasar en un escrito. Muchas veces no se valora la ortografía correcta de un texto porque viene dada. Pero cuando aparece un error, éste se destaca y genera una mezcla de burla y desconfianza que no es fácil remontar para el autor.

El error ortográfico desnuda y ridiculiza a quien lo comete, pues lo muestra incompetente en la mismísima tarea que está realizando. Es como cuando un presidente argentino quiso mostrar sus conocimientos de literatura y filosofía y reveló que había leído todas las novelas de Borges y aseguró, asimismo, haber leído muchos libros de Sócrates[1]. No se espera necesariamente que el presidente de la Nación sepa de literatura o de filosofía, así como no se espera que cualquiera sepa cómo se escribe «escisión», pero si uno decide adentrarse en la materia (ufanarse de ciertos conocimientos el Presidente, hacer uso de la palabra «escisión» aquel que la escribe), debe hacerlo con conocimiento de causa.

Es cierto: un Presidente no es «bueno» o «malo» por sus conocimientos literarios, así como la calidad de un texto no se mide por su «buena» o «mala» ortografía, pero, en cierta medida, levantan una sospecha: ¿por qué esta persona se está metiendo en un terreno en el que no sabe? ¿Sólo de esto opina y no sabe, o hay otras cosas de las que no nos estamos dando cuenta? La sospecha puede ser consciente o inconsciente, pero el error de ortografía, ante quien lo detecta, no pasa indiferente.

De todas formas es central una noción: la del matiz. Hay errores y errores, desde los discutibles hasta los famosos «horrores ortográficos». Escribir «Arjentina» en nuestro propio país es una bestialidad. Sin embargo, si un filipino[2] escribe «Arjentina» estaríamos ante un error grave, pero seguramente sería mucho menos aberrante, casi como escribir «Ejipto» en lugar de «Egipto». Retomando el caso de «govierno», teniendo en cuenta que se trata de una banda de origen británico, y que en inglés, el término se escribe con «v», el error, en definitiva, no es tan alarmante. Además, es importante considerar el contexto: la equivocación tuvo lugar en un recital, y no en una gacetilla de la Real Academia Española.

En este marco de los matices hay que pensar siempre en qué indicaría la lógica del hablante común, cuál es la situación de escritura y cómo lo puede tomar el lector. No podemos alarmarnos ante la falta de una tilde en el contexto de un chat, así como tampoco podemos exigir una perfección impoluta ni siquiera a quienes nos dedicamos a corregir textos.

 

APÉNDICE: Nombres propios

En los trabajos académicos, el error en los nombres de los autores suele ser algo frecuente, que, sin embargo, no parece preocupar demasiado a quienes lo cometen. Sin embargo, confundirse en la escritura de un nombre, por más difícil que éste sea, puede ser un signo de poco compromiso con las ideas de este autor. ¿Cuánto habremos de confiar en un psicoanalista que nos desarrolla con lujo de detalles la interpretación de los sueños, si luego cita a un tal «Froid», en lugar de a «Freud»? Por otro lado, dentro de un ámbito institucional, puede resultar ofensivo para un autor encontrarse citado en el texto de otro, pero con su propio nombre mal escrito.

Y esto no es válido sólo a los nombres de las personas, sino que también se extiende a los nombres de los libros y artículos que se está citando. La incorrecta transcripción de un título puede significar una incomprensión total del texto o la tergiversación de ciertas ideas. Es importante tener en cuenta que, en castellano (y no en otros idiomas, como el inglés o el alemán), los títulos llevan la primera letra en mayúscula y las demás, en minúscula, a menos que se trate de un nombre propio. Así, por citar un ejemplo alevoso, quien se refiera a la obra de Gabriel García Márquez como «Cien Años de Soledad» estará creando una confusión innecesaria, brindando la posibilidad de que la novela trate de una mujer llamada Soledad, que ha vivido 100 años.


[1] No pecaremos de arrogantes, y aclararemos, para quienes no lo sepan, que Jorge Luis Borges no escribió ninguna novela (toda su obra consta de poemas, cuentos y escritos críticos) y que Sócrates no dejó ningún legado escrito, aunque es la figura central de los diálogos de Platón y el maestro de éste.

[2] En algunas regiones de las Filipinas, archipiélago de Oceanía, aún se habla español como lengua materna.

 

Sintaxis

NORMAS, LENGUAJE Y UN POCO DE SENTIDO COMÚN

Sintaxis

«En diez años desapareció la mitad de las estaciones de servicio»

(Copete de tapa de la nota «Cargar nafta en la Capital es cada vez más difícil», del diario La Nación del 5 de febrero de 2012)

 

«75% de las piezas de un auto fabricado en la Argentina es de origen extranjero»

(En infografía de la nota «Enredados en las importaciones» de la sección «Economía & Negocios» del diario La Nación del 5 de febrero de 2012)

 

 

¿Qué pasa con estas oraciones? ¿Suenan normales? ¿Qué problema tienen?

Si no estamos equivocados, a la gran mayoría de los hablantes del idioma castellano, estas dos expresiones les sonarán, como mínimo, extrañas. Y sin embargo, tenemos amplias sospechas de que no se trata de un error, pues ambas fueron tomadas del mismo diario (de los pocos diarios que aún se corrigen en Argentina), el mismo día, y no en los cuerpos de las notas, sino en espacios completamente visibles.

¿Cuál es el que nosotros consideramos un error, mientras que los correctores de La Nación consideraron una aplicación de la gramática? Se trata de la conjugación del verbo en singular. Nosotros (y no sólo en «De la ortografía y otros demonios», sino un «nosotros» que incluye a la mayoría de los hispanohablantes «comunes» —no correctores—) hubiésemos dicho: «En diez años desaparecieron la mitad de las estaciones de servicio» y «75% de las piezas de un auto fabricado en la Argentina son de origen extranjero». ¿Por qué? Sencillo: porque aplicamos el sentido común, y no las reglas sintácticas impuestas por la vieja escuela.

Según la sintaxis tradicional, el núcleo del sujeto «la mitad de las estaciones de servicio» es «mitad», así como el núcleo del sujeto «[el] 75% de las piezas de un auto fabricado en la Argentina» es «75%»; por ser ambos singulares (la mitad, el 75%), se respeta la concordancia de sujeto y verbo, y éste debe conjugarse, por ende, en su forma singular.

Sin embargo, existen nuevas corrientes de estudio que respetan la lógica de los hablantes y piensan primero en el habla, y basándose en ella es que intentan describir una sintaxis. Así, podemos ver que la tendencia en ambas oraciones hubiese sido la de conjugar los verbos en plural. ¿Por qué? Porque está absolutamente claro que el núcleo de los sujetos es el sustantivo principal, y no lo que, desde la gramática cognitiva se llama «basamento cuantificador». Así, lo lógico sería pensar que se está hablando de «estaciones de servicios» y no de «mitades», así como que se habla de «piezas de un auto»y no de porcentajes. De esta forma, «la mitad de» estaría funcionando como un simple modificador del núcleo del sujeto, como si dijese «tres estaciones de servicios», o el número exacto que corresponde a esa mitad, y lo mismo sucedería con las piezas del auto.

Con esta breve entrada pretendemos demostrar cuán importante es el análisis sintáctico en la escritura, pero, sobre todo, cuán importante es que este análisis sea pensado y razonado, y no simplemente aplicado mecánicamente; la idea es que el estudio de la lengua comprenda cómo ésta funciona dentro de una comunidad hablante, y no que pretenda que la comunidad se adapte a ella, formulando oraciones poco esperables, con el único fin de atenerse a la norma.

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DE RAYAS Y GUIONES

La computadora nos ha brindado miles de soluciones a quienes escribimos y a quienes corregimos. Sin embargo, no queda claro por qué es que tanto los inventores del Word como los del teclado nos han negado la posibilidad de disponer de la raya en un lugar más accesible.

Tal vez para sorpresa de muchos, el guión que aparece en la mayoría de los teclados entre el Shift derecho y el punto no es el famoso guión de diálogo que tanto vemos en las novelas, ni tampoco es el símbolo que se usa para introducir un inciso similar al paréntesis, pero con mayor grado de conexión con el resto del texto —un inciso como éste—. Estas rayas que acaban de aparecer se llaman así, “rayas”, y se escriben en el teclado en la compleja forma de “Ctrl” + “Alt” + “-”, que es el guión que aparece en el NumPad (a la derecha del teclado), y no el que está al lado del punto. También se pueden hacer con “Alt” + “0151” del NumPad, o, en Mac, con “Alt” + “Shift” + “-”. Y para las PC portátiles es aún más complicado, porque no hay NumPad, así que hay que combinar con la opción “Fn” (Función).

 

¿Cuál es la diferencia entre la raya y el guión?

 

Son dos: su grafía y su uso. La raya es mucho más larga que el guión (aunque depende también de qué tipografía se trate), y es incluso más larga que el guión bajo o el guión automático que a veces genera el Word. Y en cuanto al uso, como decíamos, sirve para introducir incisos que tienen una relación más estrecha con el texto que la que existe en el paréntesis, pero que sin embargo, puede funcionar con una sintaxis propia, además de funcionar como guiones de diálogo y para realizar listados. El guión, por su parte, sirve para unir palabras (como “teórico-práctico”, por ejemplo) y para separarlas al final de los renglones. Esta diferenciación es importante, pues le permite al lector distinguir qué es lo que sucede cuando aparece una línea media al final de un renglón: es decir, si es larga, se tratará de una aclaración, y si es corta, de una unión o división de palabras, de acuerdo con cada caso.

 

Sin embargo, al estar la raya tan escondida en el teclado, es sumamente común ver al guión siendo utilizado en el lugar de la raya sin mayores inconvenientes. Podría decirse que es una manía que existe entre correctores y editores, pero que es un error ampliamente aceptado entre otro tipo de comunidades.

 

 

Sobre la raya y los diálogos

 

En algunas editoriales se usa incluso un tercer símbolo, que es el guión de diálogo propiamente dicho, más corto que la raya y más largo que el guión. De todas formas, se puede usar la raya perfectamente para introducir diálogos. Lo interesante es tener en cuenta cómo funciona ésta al encontrarse frente a otros signos de puntuación.

 

—¿Querés verlo?

—Claro —dijo él.

—Tomá —le dijo—. Esto es para vos.

(Piglia, Ricardo, La ciudad ausente, Anagrama, Buenos Aires, 2008 [1992], p.92)

 

En este ejemplo podemos ver cómo funciona la raya en un diálogo: por un lado, sirve para marcar que es algo que dice alguien, sin necesidad de aclarar con un verbo declarativo, como en el primer caso. En esta situación, no se debe cerrar con otra raya. Además, es importante notar que el texto va inmediatamente después de la raya, sin espacio (más allá de que el Word lo marque como un error cuando se lo pone al lado de un signo interrogativo o exclamativo). En cambio, la raya que cierra, como se ve en las dos líneas siguientes, va pegada a la aclaración, y no a lo que se dice. Es decir, en realidad el único guión de diálogo es el primero. Lo que viene después son aclaraciones de quién dijo, cómo lo dijo, qué hizo al momento de decirlo o después, etcétera. Es por eso que la puntuación que se añade debe ir luego del inciso y no antes, tal como se ve en la tercera línea. El punto (lo mismo ocurriría si fuese una coma o cualquier otro símbolo) no va luego de “Tomá”, sino que sigue a “—le dijo—”, porque éste está aclarando a “Tomá”, por lo que sigue tratándose de la misma oración.

Mayúscula tilde

LAS MAYÚSCULAS, ¿LLEVAN TILDE?

4.10. Acentuación de letras mayúsculas

Las mayúsculas llevan tilde si les corresponde según las reglas dadas. Ejemplos: África, PERÚ, Órgiva, BOGOTÁ. La Academia nunca ha establecido una norma en sentido contrario.

En «Capítulo IV: Acentuación», Ortografía de la lengua española, Real Academia Española, s/d, 1999, página 31.

 

 

Nuestro ejemplificador título es elocuente para dar una respuesta a la misma pregunta que formula, y la Real Academia Española no deja dudas al respecto. Sin embargo, la tildación de mayúsculas es quizá una de las dudas más frecuentes de la «gente común» (léase, de aquella gente no tan obsesionada como nosotros por las letras), y lleva incluso muchas veces a cuestionar al propio corrector.

¿De dónde sale este mito tan arraigado que requiere de la aclaración de que la RAE «nunca ha establecido una norma en sentido contrario»? Mucho tiene que ver nuestro amigable hermano Gutenberg y su invención llamada imprenta. En épocas en que los procesos tipográficos eran manuales y mecánicos, y no digitales, la tildación de mayúsculas resultaba imposible por un problema de espacios: en los diarios y los libros, entonces, las mayúsculas no llevaban acento gráfico. Y si en los mayores promotores de la lengua escrita la regla no se cumple, ¿cómo explicar que esa regla existe? Así, el principal caballito de batalla de cualquier porteño para sostener que las mayúsculas no llevan tilde es presentar la tapa de uno de los diarios nacionales más respetables desde sus formas (esto no implica una posición sobre su contenido): el diario LA NACION, tal como figura en la tapa de cada matutino, se escribe en mayúsculas y sin tilde, pues tiene más de un siglo de antigüedad.

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Sin embargo, esto responde nada más que al suceso antes mencionado de la imposibilidad de imprimir los caracteres en letra capital con tilde. Para ponernos más frívolos, responderemos con otro ejemplo provisto por medios argentinos:

 

Tildes en mayúsculas

Para quienes no puedan ver la imagen, se trata de la tapa de la revista Caras del día 14 de junio de 2011, y dice: «FORLAN: “LE PEDI UN TIEMPO Y NO ME LO PERDONO”».

¿Qué dijo nuestro querido Diego Forlán? ¿Acaso su ex, Zaira Nara, no le perdonó el tiempo que él le pidió, o es tal vez que él mismo no se perdona (es decir, se arrepiente) el haberle pedido el tiempo? Parece un tema trivial, pero se trata ni más ni menos que de la tapa de una de las revistas más vendidas del país. Y por no usar tildes en las mayúsculas (como en «Forlán», «pedí» o en «perdonó») uno no puede dirimir cuál es la noticia que está presentando. Es decir, está fallando la comunicación, no están pudiendo entregar bien el mensaje. El error hubiese sido más leve incluso si cometían un furcio tal como poner «FORLAM» en lugar de «FORLAN», porque en ese caso el lector habría podido entender el mensaje a partir del contexto.

En base a este, y otros muchos casos de la vida diaria que no vale la pena repasar, podemos entonces asegurar que, si bien ha tenido su justificación práctica el uso de mayúsculas sin tildes, hoy en día no hay motivo alguno para no usarlas, y no sólo la normativa así lo indica, sino que también lo hacen los fines prácticos: no nos olvidemos que la más de las veces (al menos en la lengua), la normativa no está sólo para molestar, sino más bien para ayudar a que escribir (y leer) sea más fácil y sencillo para todos.

 

EPÍLOGO: ¿POR QUÉ HABLAMOS DE «TILDE» Y NO DE «ACENTO»?

Tal vez decir «la tilde» retrotraiga a muchos a sus aulas de escuela, donde «acento» era palabra prohibida. La única razón es que, para hablar de «acento», hay que distinguir entre el acento fónico y el acento gráfico. Todas las palabras tienen acento fónico, mientras que el acento gráfico (la famosa tilde) se coloca sólo en aquellas que así lo requieren según las reglas: palabras con acento fónico en la última sílaba finalizadas en «n», «s» o vocal; palabras con acento fónico en la penúltima sílaba que no terminen en «n», «s» o vocal, y todas las palabras en las que el acento recaiga en sílabas anteriores. A estas reglas básicas se les suman todas las excepciones, que en este caso no recordaremos, pero que siempre pueden consultar en el Manual de Ortografía de la RAE.

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SOBRE EL USO DE LAS COMAS

Nada fácil es poner una coma, o saber cuándo omitirla. Sólo basta con ver esta oración recién escrita: esa coma antes de la “o”, ¿es correcta o incorrecta? Y, por suerte, en apenas dos líneas, hemos llegado al meollo de la cuestión: sí, hay una reglamentación sobre el uso de comas y sí, es importante seguirla, pero, a la vez, también hay muchísimas comas que son perfectamente “debatibles” u “opinables”, sin que exista una resolución que sea más verdadera que la otra. Podríamos decir, entonces, que la primera oración de este texto podría haber tenido coma, tanto como podría no haberla tenido.

Pero entonces, ¿en qué hay que basarse para tomar una decisión fundada? Para empezar, y siguiendo con la línea de pensamiento de este sitio, la escritura representa de algún modo a la oralidad, y la coma no es más que la representación de una pausa breve en el discurso (la pausa más breve de todas, si se quiere, seguido por el punto y coma, el punto y seguido y el punto y aparte). Pero, además, existe una serie un tanto extensa de reglas, que dicen que antes de una proposición adversativa —pero, sino, aunque— o consecutiva —porque, pues—, “debe” ir una coma; que cualquier aposición explicativa debe estar entre comas; que los vocativos deben ir entre comas y un gran etcétera que no repasaremos aquí, pero que está explicado correctamente en el libro mater de los correctores, el Manual de Ortografía de la Real Academia Española (que se puede descargar en PDF —la edición de 1999 y no la última y polémica de 2010— haciendo click aquí, y que es ampliamente recomendable como material de consulta para cualquiera que escriba en español).

Por lo tanto, están las reglas, pero también está la oralidad. Para escribir confiado de que la mayoría de las comas que se están poniendo (u omitiendo) son “correctas” (o quizás sería mejor decir “aceptables”) hay que conocer bien estas reglas, pero también hay que ser capaz de leer el texto de corrido, sin inconvenientes, siguiendo las marcas de puntuación que existen en él, y no la cadencia sugerida por recordar lo pensado al momento de escribirlo. Es decir, el texto se tiene que poder leer normalmente en voz alta, sin que este lector logre récords de lectura sin respirar, pero también evitando que tenga que detener su discurso en cada palabra que pronuncia.

Si en una oración de tres renglones no hay ninguna coma o marca de puntuación, permítanse dudar de ella, y revísenla y reléanla en voz alta hasta encontrar las pausas necesarias que se harán inconscientemente a lo largo del discurso. Si, por el contrario, en esa oración habitan tantas comas que la idea se vuelve ilegible, revean lo que se está queriendo decir, considerando la posibilidad de separar las ideas en más de una oración, o de incluir otros elementos de la puntuación más disruptivos, como pueden ser los dos puntos, el punto y coma, los paréntesis, las rayas o incluso las notas al pie.

El tema de la puntuación no es tan sencillo como parece, e incluso las reglas generales pueden ser desmentidas en casos particulares. Por ejemplo, en el Manual, la RAE sugiere el uso de la coma cuando se invierte el orden regular de las partes del enunciado y también en algunas construcciones adverbiales. Sin embargo, para ejemplificar las aposiciones explicativas, usa la siguiente oración: “En ese momento Adrián, el marido de mi hermana, dijo que nos ayudaría.” Bien podría considerarse que “en ese momento” no está en su posición regular, pues es parte del predicado y está ubicado antes del sujeto, y, además, se trata de una construcción adverbial, ambos, motivos suficientes para justificar una coma entre “momento” y “Adrián”. Aparte, una lectura oral con esa pausa lo avalaría.

¿Qué se intenta demostrar aquí? No que la RAE cometió un error, ni que sus reglas están equivocadas, sino, justamente, la flexibilidad de las mismas, y la posibilidad de las dos lecturas. Sin dudas, esta oración es perfectamente correcta, tanto con coma como sin ella. Ubicada dentro de su contexto, recién ahí se tendrán armas suficientes para justificar, desde un punto de vista más estilístico, si conviene, o no, ubicar una coma allí.

Por último, y para demostrar las dificultades en la lectura que representa el uso efectivamente incorrecto de las comas, dejamos aquí unas oraciones del cuento “Tinieblas”[1], de Elías Castelnuovo, representante del grupo de Boedo en la Buenos Aires de los años 20, un hombre con ideas revolucionarias desde el punto de vista social y cultural, pero con escasa formación y serios problemas a la hora de redactar. Para esta entrada hemos seleccionado sólo cuatro errores ejemplificadores, pero el texto tiene muchísimos más.

  • Su boca, estaba recortada con finura (…)”, (p.32. Uso incorrecto de la coma, separando al sujeto del predicado).
  • Con el dinero que le di adquirió, un vestido chillón, unas zapatillas celestes y un pañuelo de seda blanca con el cual ciñe el haz de sus cabellos negros.” (p.34. En este caso la coma se usa incorrectamente para separar el verbo del objeto directo; si bien se podría pensar en una eventual pausa entre “adquirió” y “un vestido chillón”, esta pausa debería estar marcada por los dos puntos, pues significa un detenimiento brusco e inesperado, que destaca la enumeración de objetos directos que le siguen al verbo).
  • A la hora de cenar, lo hacemos juntos en silencio como dos cartujos que se propusieran alcanzar la gloria del paraíso recluyéndose en el monasterio de una barraca podrida y solitaria.” (p.35. En esta oración hay una acumulación de elementos que exigen necesariamente algunas comas para distinguir funciones y permitir la respiración. Por ejemplo, “en silencio” podría ir entre comas).
  • Me trajo el desayuno a la cama cosa que nunca había hecho.” (p.37. La coma ausente entre “cama” y “cosa” tiene una justificación desde la normativa, pero es mucho más evidente desde la oralidad: esta oración no puede ser leída sino con una pausa necesaria entre esas dos palabras).

La puntuación puede resultar un poco inabarcable para explicar en entradas de blog. Sin embargo, con la base del Manual de Ortografía, artículos previos y entregas posteriores que iremos haciendo, se puede llegar a armar un conocimiento básico en el que la puntuación, si bien nunca perfecta, al menos pueda llegar a ser pensada conscientemente.


[1] CASTELNUOVO, Elías. “Tinieblas” en Tinieblas, Librería Histórica, Buenos Aires, 2003 [1923]. Todas las citas fueron tomadas de este texto.

Diccionario

REFERENCIAS Y NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

Posiblemente el error más frecuente que se encuentra en todo tipo de trabajo científico es el uso incorrecto de las referencias y de las notas bibliográficas. Y esto responde a una razón muy sencilla: se trata de los elementos más convencionales de todos (es decir, definidos por convención, que no siguen una regla lógica intuitiva) y es muy raro que esta convención sea enseñada o aprendida.

El mejor método para aplicarla sin errores es tener una guía (como esta, por ejemplo) a la hora de detallar la bibliografía de un texto.

Lo que hay que pensar es que cada vez que se cita textualmente o se parafrasea una idea obtenida de algún otro texto que no sea el que se está escribiendo, lo ideal es mencionarlo inmediatamente, para que el lector pueda comprobar que efectivamente ese autor dijo eso y no otra cosa. A menudo se trata de meras formalidades, pues no son muchos quienes consultan detenidamente los textos referidos, pero de todas formas son completamente imprescindibles para alcanzar los requerimientos formales esperados. Si se expone la idea de un autor sin citarlo pertinentemente se corre el riesgo de caer en el plagio, un problema legal para el autor, y de credibilidad para el texto.

Para ir al punto: en un texto se cita a otro autor. A continuación se puede poner una nota al pie o un paréntesis. Si se trata de una idea, basta con poner el apellido del autor y el año del texto del que se obtuvo la idea. Si se trata de un fragmento textual, se incluye también el número de página y también se puede incluir el nombre del artículo o libro al que se está haciendo referencia. Luego, se va al índice bibliográfico y allí (y no entre paréntesis o en la nota al pie) se colocan todos los datos del libro de donde se obtuvo la cita. ¿Cuáles son todos los datos? Apellido y nombre del autor o los autores, título de la obra, editorial, año de edición [entre corchetes puede ubicarse el año de la primera publicación] y ciudad a donde fue impreso. Estos datos pueden separarse tanto por puntos como por comas.

Algunas aclaraciones:

  • El índice bibliográfico se coloca en orden alfabético, definido por el apellido de los autores. Se aconseja que los apellidos estén escritos en mayúsculas.
  • Siempre las obras van en cursiva y sin comillas, mientras que las partes de las obras van en letra común y entrecomillados. Esto es: los libros, las películas, los discos, los diarios, las revistas, etcétera, van en cursiva; los capítulos, cuentos, artículos, canciones, escenas, charlas, etcétera, van sin cursiva y entre comillas. Si se cita alguno de estos últimos, se suele poner: PÉREZ, José. “Cómo se reproducen las flores” en Flora y fauna… O, incluso, si el libro no es suyo, podría decir “en SÁNCHEZ, Pedro y otros, Flora y fauna…
  • Si no se tienen datos de la fecha de la publicación, se coloca “s/f”. Si no se tienen datos sobre cualquier otro ítem, se pone “s/d” en el lugar en el que iría ese ítem.
  • Si la ciudad en la que fue impreso presta a confusión, se puede incluir el país. Si no, no. Ejemplo: “Córdoba, España” – “Córdoba, Argentina”, pero “Ciudad de Buenos Aires” solo. (Si sólo figura el país, hay que poner solamente eso).
  • El orden de los ítems puede variar ligeramente, pero siempre se recomienda mantener primero al apellido del autor, luego el nombre y después la obra. Lo que es una condición obligatoria es mantener el mismo orden a lo largo de todo el índice.
  • Generalmente todos estos datos se encuentran en las primeras páginas de los libros. El lugar y/o el año de publicación muchas veces aparecen en la última página impresa.

 

Esta formalidad de las citas puede resultar sumamente sencilla o puede generar muchas complicaciones innecesarias. Lo ideal es tener en claro desde el primer momento de la escritura cómo se resolverán las citas, y mantener SIEMPRE el mismo formato. Ante cada nueva voz o idea de otro autor incluida, hay que poner la referencia correspondiente (en el momento) e incluir todos los datos del material utilizado en la bibliografía. Si esta tarea se deja para el final, es probable que se mezcle la información, que falten libros, o que genere una excesiva dificultad para algo que debería ser una mera formalidad, útil para el lector ávido de nuevas lecturas y para el escritor ávido de encontrarse en las listas bibliográficas (tanto para asegurarse de que no le están robando las ideas como para inflar su ego de escritor).

Sobre sitios web

En cuanto a las citas a textos obtenidos directamente desde la web, la convención todavía no es del todo clara, debido a su relativa novedad, por un lado, y a que los links pueden llevarnos un día a un lado, y al día siguiente dejar de hacerlo (es decir, sus referencias de ubicación son muy fluctuantes).

Desde aquí, podemos recomendar el siguiente formato:

SCHEINES, Nicolás, “Referencias y notas bibliográficas” en el blog del sitio web De la ortografía y otros demonios (www.ortografiaydemonios.com.ar), publicado en abril 2011. Enlace al momento de la escritura del presente trabajo: http://ortografiaydemonios.com.ar/2011/05/referencias-y-notas-bibliograficas/

Además, dejamos el modelo de un par de citas, para tener en cuenta:

DENEVI, Marco. Los asesinos de los días de fiesta. Emecé. 1972. Buenos Aires.

SARTRE, Jean Paul. “Qué es escribir” en ¿Qué es la literatura? [título original: Situations, II]. Losada. 2008 [1948]. Argentina.

formalidad

ELEGIR EL REGISTRO: una tarea compleja/complicada/difícil/jodida

En «De la ortografía y otros demonios» somos partidarios de la multiescuchada frase (al menos en nuestro ámbito) “los sinónimos no existen”. No criticamos el uso o el significado de la palabra “sinónimo”, pero en realidad lo que buscamos es repensar el uso de cada vocablo que escribimos y tratar de entender, en la medida de lo posible, todas sus significaciones y sus connotaciones en los distintos ámbitos.

La concepción del sinónimo nace a partir de la necesidad de los hablantes y escritores de evitar la repetición. Por eso, por ejemplo, en el párrafo anterior, dice “vocablo” en lugar de “palabra”. Pero ese término (otro “sinónimo”) fue analizado y evaluado antes de ser escrito. ¿Cumple en este caso “vocablo” la misma función que queremos representar al decir “palabra”? ¿Es apropiado el término “vocablo” en el ámbito en el que estamos escribiendo (un blog sobre corrección de estilo, pensado especialmente para gente que no se dedica a la materia)? ¿Será de común conocimiento con nuestro público el significado de la palabra “vocablo”?

Luego de hacernos todos estos cuestionamientos (en forma abreviada, por supuesto) es que resolvimos que, en este caso —y sólo en este caso—, “vocablo” sirve para explicar lo que buscábamos decir exactamente igual que “palabra”. Pero si estuviésemos en situación de una clase de escuela primaria, explicándole a un niño que “andó” no es una palabra, no podríamos nunca decir, como si de sinónimos se tratase: “Pedrito, ‘andó’ no es un vocablo existente en nuestra lengua.”

¿Qué falla en este caso? El registro. La constante búsqueda de los hablantes por evitar el uso de repeticiones puede llevar a estos errores. Y no son problemas menores, sino que son errores importantes, pues, al fallar en el registro, el mensaje enviado puede no ser comprendido, volviéndolo inútil. Así, el término “vocablo” en el ejemplo anterior implica una comunicación fallida, ya que es muy probable que el pequeño Pedrito no haya entendido al maestro y vuelva a decir “andó” en el futuro.

Muchas veces se busca un registro altamente sofisticado, que demuestre los amplios conocimientos del escritor o hablante. Esto puede acarrear el mismo problema que el mencionado anteriormente en la escuela, o incluso un problema de falta de ubicuidad en el ámbito en el que uno se está expresando. Puede que uno sea entendido al decir en una reunión de amigos “Carla tenía un rostro color marfil”, pero será mucho más claro y normal (y, por supuesto, menos poético) “Carla era medio blanquita de cara”.

En definitiva, la elección del registro parece algo sumamente sencillo, pero en realidad no lo es. Lo importante es tomar efectivamente una decisión sobre el mismo, y que no sea mera consecuencia del azar. Ser capaz de determinar el registro propio que se utilizará en un texto le permite al escritor hacerse dueño conciente del mismo y empezar a forjar un estilo (incluso si no se trata del más esperado de todos).

Aunque con una gama muchísimo mayor de opciones y, por ende, con una mayor complejidad, la elección del registro es muy parecida a la elección del tratamiento al interlocutor (y, de hecho, este tratamiento forma parte de la elección del registro). Tratar de usted a alguien no es lo mismo que vosearlo o tutearlo. Si uno se encuentra con el Presidente, es sumamente esperable que se lo trate de usted, y hacerlo de otro modo sería probablemente una falta de respeto. Lo mismo sucedería si a un amigo cercano no se lo vosea (o tutea, según el país). Pero existen puntos intermedios donde el tratamiento no está definido. Por ejemplo, no muchos años atrás, vosear al médico era impensado. Hoy, si uno se encuentra con un médico joven, la duda aparece: ¿se sentirá menospreciado si lo voseo, lo creerá muy intimista?, ¿se sentirá viejo si lo trato de usted, lo creerá muy distante? Sea cual sea la decisión, lo importante es tomarla a conciencia y mantener el mismo registro a lo largo de la charla (del texto), pues sonaría ridículo decir “Doctor, ha sido un placer charlar con usted. ¿Puedo pasar a verte la semana que viene?”

Qué

QUEÍSMO Y DEQUEÍSMO

—Estoy pensando de que mañana por ahí no voy a la reunión.

—Desconfío que lo vayas a hacer.

¿Cuál es el problema en este breve diálogo? ¿Por qué ambas expresiones parecen tan cotidianas, pero, sin embargo, nos quedan resonando, como si algo anduviese mal? Se trata del famoso dequeísmo, y del no tan famoso pero igualmente frecuente queísmo. Generalmente, uno no piensa de algo, sino que pensamos algo o, a lo sumo, en algo. Del mismo modo, uno no desconfía una cosa, sino que desconfía de una cosa. De todos modos, mientras ambas oraciones contienen errores normativos y son sintácticamente incorrectas, en la oralidad —e incluso, muchas veces, en la escritura— las aceptamos sin mayores miramientos, y entendemos perfectamente de qué se está hablando al escucharlas.

¿Por qué se producen estos fenómenos? Es algo que muchos lingüistas estudian, pero que no está del todo claro. Una hipótesis para explicar el dequeísmo habla de una distanciación inconsciente que produce el hablante entre el sujeto de la oración y el predicado. ¿Qué significa esto? Que el hablante busca ponerse lo más lejos posible de lo que está diciendo, quiere distanciarse de la afirmación que hace y por eso introduce un «de» entre el verbo y el predicado. Así, el yo de nuestra oración (que está marcado por la desinencia del verbo) busca alejarse lo más posible de la afirmación de que quizá no asista a la reunión. Ésta, por supuesto, es nada más que una hipótesis, que no resulta tan sencillo sostener y que tiene más de un contraejemplo, pero se podría pensar como una posible explicación de la tendencia de este fenómeno.

Más certera parece ser la explicación social que subyace al fenómeno del queísmo. En Argentina, el dequeísmo es generalmente reconocido como error por las clases media y alta cultas, y busca ser evitado a toda costa, para no ser confundidas con las clases sociales bajas. Así, al evitar juntar las palabras «de» y «que», que conllevan el riesgo de usar un dequeísmo, estas personas incurren en el queísmo, una falta a la normativa de igual trascendencia que el dequeísmo, pero que pasa más desapercibida para el oyente normal. El error normativo en el queísmo es evitar la preposición en situaciones en que ésta completa a la idea del verbo, como «hablar de», «pensar en», «depender de», etcétera.

En esta teoría se contemplan estigmatizaciones que indican que es más frecuente escuchar dequeísmos entre las clases sociales bajas o sin educación —el fenómeno se observa a menudo en jugadores de fútbol, por ejemplo—, mientras que el queísmo es típico de la clase media con cierto nivel cultural, pero con temor a pasar como una persona de clase baja. Sin embargo, esto no se trata más que de una burda generalización, pues ambos fenómenos están tan arraigados a nuestra habla cotidiana que a menudo resulta difícil discernir a simple oído cuándo se incurre en una falta a la normativa. Y, por otro lado, dequeísmo y queísmo son dos incorrecciones normativas —es decir, del código que regula a la lengua—, pero de ningún modo implica que exista una forma de hablar correcta e incorrecta. No hablamos ni «bien» ni «mal»; todos hablamos, todos nos comunicamos, y, entre todos, hacemos y modificamos a la lengua. A lo sumo, algunos hablarán mal o bien de acuerdo a lo que indica la norma general.