Cataratas - Hernán Vanoli - Literatura Random House - 2015 - Págs. 453

CATARATAS (2015), de Hernán Vanoli

Cataratas - Hernán Vanoli - Literatura Random House - 2015 - Págs. 453
Cataratas – Hernán Vanoli – Literatura Random House – 2015 – Págs. 453

La apuesta fuerte

Lo primero que hay que decir de Cataratas, de Hernán Vanoli, es que es un libro ambicioso. Eso ya es decir mucho en el marco de una literatura que, según venimos explorando hace ya casi 3 años, es más una narrativa del detalle y del gesto que una búsqueda total al estilo años 60 o, mucho más apropiado para esta circunstancia, al estilo Roberto Bolaño. Cataratas se compone de casi 500 páginas de una apuesta constante, tanto en lo que se narra como en el modo en que se lo hace. El primer pleno que se juega es al futuro, una especie de ciencia ficción decadente donde todo es más o menos parecido a hoy, pero exacerbado. De acuerdo a una serie de indicios que disemina el ascético narrador omnisciente (y miembro de aquel futuro), podríamos imaginarnos un tiempo circa año 2050, un mundo en el que las marcas de hoy no sólo perduran, sino que dominan el mundo, con Google Iris a la cabeza como la plataforma que permite ver esa segunda realidad que es Internet directamente a través del ojo. El mundo del futuro según Vanoli tiene de todo: una panadería para celíacos, marihuana cultivada en Marte, fernet con dulce de leche y cigarrillos frutales, un McDonald’s-burla-de-Palermo que sirve shawarma de cordero con arroz persa y chicha boliviana, y también un CONICET cada vez más enorme y burocrático en el que los académicos se reúnen en congresos inútiles a estudiar comportamientos de sociedades antiguas como la nuestra; tiene sectas como El Arte de Vivir y la relevante y terrorista Surubí, que domina el Litoral; tiene un Nordelta XXIII y también tiene villas, como las de hoy pero más grandes. No se ha solucionado el hambre ni la guerra ni la brecha entre ricos y pobres, y en cambio han surgido nuevas enfermedades y hasta un monstruoso animal: palomas con alas de mosca y hocico de gato. En medio de este mundo nuevo, extrañamente Vanoli decide que los autos sean idénticos a los de hoy, tal vez como una afrenta a la vieja ciencia ficción, obsesionada con los autos voladores y las nuevas formas de transportarse.

Pero, como toda novela futurista, Cataratas habla más del presente que del futuro. E incluso del pasado. Los personajes principales son cuatro becarios e investigadores del CONICET que viajan a Iguazú para un congreso de Sociología en el que expondrán fragmentos de sus tesis, guiados por su odiado mentor, Ignacio Rucci. Si ese nombre suena conocido, los becarios completan el cuadro «años 70»: Marcos Osatinsky, Gustavo Ramos, Alicia Eguren y Mónica Lafuente, es decir, el nombre del supuesto asesino del sindicalista José Ignacio Rucci en 1973, uno de los fundadores de Montoneros, la viuda de John William Cooke y militante desaparecida en 1977 y otra víctima más del terrorismo de Estado, en ese orden. Se trata de un juego que camina por la fina línea que divide la ironía del cinismo, en una relectura del pasado con la crudeza de una generación que ya asimiló el drama de los desaparecidos —y que no pone en duda el número de 30.000 como consigna—, pero que a la vez necesita comenzar a «faltarles el respeto» a esos niños inmaculados que fueron cruelmente torturados y asesinados (y otra vez estamos volviendo a la teoría de Drucaroff). Vanoli se mete en debates actuales del pasado por la tangente y los reversiona en un modo cool, nombrando a sus personajes sin hacer una sola referencia explícita a aquellos hechos, confiando en un lector informado o curioso y con Google. Lo mismo hace a cada paso que da, mostrando los avances de Monsanto y otras corporaciones, que si hoy se llevan el mundo por delante, en el futuro no saben qué hacer con el mundo que han dejado.

Con un comienzo estimulante y arrollador, en el que ante cada nueva oración el lector consume vorazmente cada una de las hipótesis que plantea el autor acerca de este mundo decadente, hacia la mitad del libro la trama se pone en acción, la narración pasa a ser vertiginosa y la descripción de este nuevo mundo cesa. Ya no hay más que detalles aislados del nuevo orden y, en cambio, vemos cómo los personajes efectivamente se mueven y se desarrollan ante una serie de aventuras trágicas y, a la vez, desopilantes. Unos tubos con un contenido radioactivo y misterioso llegan a las manos de nuestros (anti-)héroes académicos y un asesinato en condiciones confusas aceleran la trama para que ésta avance raudamente, durante una enorme cantidad de páginas que persiguen —uno creería— el entretenimiento del lector, pero que, a mi juicio, difícilmente lo obtienen. ¿Es porque yo, poco amigo de las «novelas de aventuras», no soy el lector ideal en el que está pensando autor? Es posible, pero también puede ser posible que el «lector ideal» de esta segunda parte fuera justamente uno que no esté dispuesto a leer esas primeras 200 páginas de descripción de un puñado de académicos narcisistas involucrados en un congreso en Cataratas con mil guiños al mundo académico. En este claro desdoblamiento del libro en dos, una primera mitad se pretende «culta» y una segunda, «popular», y la mixtura parece una apuesta desmedida, sobre todo teniendo en cuenta el resultado final, con un libro de medio millar de páginas ofrecido a un lector modelo 2015 y ss., que a duras penas si puede leer 10 páginas de corrido sin ser interrumpido por un mail, un WhatsApp, un aviso de Facebook, de Twitter, de Instagram, de Snapchat o por un deseo impulsivo e irrefrenable de consultar determinada cosa en Google, de escuchar una canción en Spotify o de ver un video en YouTube.

Más allá de esta sucesión de aventuras en la que no se hace más que ridiculizar una y otra vez la vanidad y la banalidad de cada uno de los personajes que se tienen en mucha estima a sí mismos —y tal vez en esta falta de empatía de la narración con los personajes esté la clave para comprender por qué se produce el desinterés en la historia de aventuras, donde al lector, influido por el autor, termina por darle lo mismo quién acaba vivo y quién muere—, la obra total de Vanoli resulta insoslayable en la Nueva Narrativa Argentina, no sólo como el productor de un proyecto literario que no se parece en nada a la liviandad esperable a partir de sus títulos turísticos (además de Cataratas, publicó Pinamar y Varadero y Habana maravillosa), sino también como editor de la nueva revista Crisis, que retoma a su émula revolucionaria de 1973-76 en el nombre, el formato y el estilo, con un barniz siglo XXI que en cada página y en cada oración se pregunta cómo se hace la revolución en la era actual, con el escepticismo y la ironía que sólo el pertenecer y el conocer en detalle cada rincón de la sociedad en la que se está inmerso puede dar. Cataratas, en su ambición, lo abarca todo, con plena consciencia de que se está describiendo un futuro absolutamente ficticio e improbable, pero a cada momento el autor parece hacernos una nota al pie que se pregunta: «¿Tan improbable te suena que esto pase en el futuro, visto el estado de las cosas hoy?». La única apuesta que Vanoli no toma es la de arriesgar una nueva forma de lenguaje: casi no hay diálogos en la novela, y las voces de los protagonistas son siempre referidas por el narrador, que se escuda en su «neutralidad» para que su voz no aparezca como un vaticinio más entre tantos otros. Es probable que, al fin y al cabo, el sociólogo Vanoli se anime a dibujar un futuro posible para la sociedad, pero que le tema a predecir lo que nadie —ni siquiera Anthony Burgess en La naranja mecánica— pudo del porvenir: las variantes del lenguaje con el paso del tiempo.

 

Un pedacito de Cataratas

Luego del abrazo, Gustavo Ramus se separó de Marcos Osatinsky y se lo quedó mirando. Del hombro de Gustvao Ramus colgaba un morral de arpillera con guardas simétricas de colores fosforescentes y dibujos de vicuñas. Su nariz sostenía anteojos ovalados estilo Antonio Gramsci y la parte superior de su oreja portaba dos piercings plateados, uno un poco más grande que el otro. Sonrieron, y mientras lo hacían, Marcos Osatinsky pensó que era una de las pocas veces que había registrado en los ojos de Gustavo Ramus algo similar a la humanidad. Tras haber subido por la larga rampa mecánica con el mecanismo roto, los investigadores traspasaron el filtro de reconocimiento ocular de la policía y caminaron hacia las plataformas. En las confiterías algunas personas cenaban y otras merendaban. Café con leche y medialunas atrapadas bajo luces halógenas. Sándwiches de milanesa con lechuga casi blanca y tomates con hormonas de frutilla, de bordes carmesí, surcados por rayos láser de salsa de queso Benidorm. Marco Osatinsky recordó su dieta.

Págs. 62-63

Revista Crisis

«MILITANTES DE LA PETER PAN» (2015), Mariano Canal, Alejandro Galliano y Hernán Vanoli

LO QUE DICE OTRA GENTE SOBRE LA NUEVA NARRATIVA ARGENTINA

En esta búsqueda que estamos haciendo por la nueva narrativa argentina a veces nos tenemos que detener un poco, leer otras cosas para comprender qué estamos leyendo y cómo lo estamos haciendo. Ya comentamos un libro de entrevistas a escritores de 1995, señalándolo como precursor de lo que vendría; ya hablamos del libro de Drucaroff, que instala la noción de generación, tan central en las lecturas que estamos haciendo en NNA4, así como el concepto de la «nueva narrativa argentina»; ya leímos a Piglia, a Sasturain, a Aira (próximamente), gente grande que sigue publicando, que se hace actual; y en todo este proceso, nuestra última entrada estuvo dedicada a Que todo se detenga, de Gonzalo Unamuno, a quien destacamos como el primero en nominalizar la «generación del disfrute», pese a no tener palabras tan elogiosas para su novela. Ahora llegamos a las revistas, y qué se reflexiona en ellas sobre la nueva narrativa argentina.

Parece existir cierto consenso en que efectivamente hay una nueva escritura, y una nueva camada de escritores «jóvenes», que rondan los 30 y que trabajan como una generación, aunque no se reúnan frecuentemente en un café a discutir literatura, ni siquiera en la redacción de alguna revista. Comparten un estrato común, que no describiremos, porque para ello al final se adjunta la nota de Mariano Canal, Alejandro Galliano y Hernán Vanoli en la revista Crisis[1].

A diferencia de una nota publicada recientemente en la dominical revista Viva, de Clarín, sobre los «escritores del reviente», donde se le da la palabra y se introduce al mundo a estos jóvenes narradores, Canal, Galliano y Vanoli los leen. Los leen atentamente, con una mirada lúcida y crítica. Crisis se renovó, y es el espejo a donde nos reflejamos, la revista cultural más representativa de nuestra época, aunque esto vaya a ser verdad sólo dentro de 30 años, cuando se la estudie en retrospectiva. Esta entrada no va a ser nuestra, sino de ellos, de los autores de la nota que sintetiza un poco el panorama de la narrativa joven en Argentina, y que resume también el modo de escritura que caracteriza a Crisis: un análisis temático realizado por especialistas, casi todos jóvenes pero no tanto (nacidos entre las décadas del 70 y del 80), que escriben a consciencia, con un ideario de izquierda pero un con el cinismo de época que los aleja de cualquier tipo de militancia, excepto de la militancia de la puesta en perspectiva de todo.

La entrada es de ellos porque saben más de literatura que nosotros, y escriben mejor. Son más claros, no tienen que demostrar nada. Conocen bien la terminología, tienen más experiencia, vienen leyendo hace mucho el objeto al que nosotros recién nos estamos asomando. Y sobre todo, descubrieron en forma más precisa y más contundente un modo que es tendencia actual a la hora de hacer literatura: compartir una cultura que simula ser múltiple pero que es más homogénea que nunca, donde los consumos se diversifican y se eligen, pero son necesariamente masivos, incluso cuando se los pretende únicos hace que las escrituras se parezcan, incluso entre autores que ni se conocen. Así, libros que venden 800 ejemplares y se presentan como outcasts, como parias, son todos iguales entre sí, tienen un tono similar, son «de época», quedarán sólo como material histórico. O así parece. O así lo están leyendo sus contemporáneos Canal, Galliano y Vanoli, habitantes del mismo mundillo de “jóvenes escritores”, aunque sólo el último sea conocido como tal.

 

[1] Estamos hablando siempre de la nueva etapa, que comenzó con su número 1 en octubre-noviembre de 2010, y no de la icónica revista Crisis de los años 70, de la cual ésta es heredera.

http://www.revistacrisis.com.ar/notas/militantes-de-la-peter-pan-uno

 

Militantes de la Peter Pan (uno)

Novelas de jóvenes escritores, a veces no tan jóvenes, publicadas en 2014. Escritos que permiten trazar un panorama sobre la fiesta, el ocio y la experiencia urbana durante los años en que se forjó la ideología estatista socialdemócrata, sustentada en el consumo de tecnologías blandas, que hoy goza de un consenso casi total. Las capas medias se narran a sí mismas durante el kirchnerismo, pero: ¿qué kirchnerismo sucedió para las capas medias?

POR: MARIANO CANAL – ALEJANDRO GALLIANO – HERNÁN VANOLI

21 DE SEPTIEMBRE DE 2015

 

Occidente tiene una nutrida tradición de novelas de aprendizaje, bildungsromans. La Argentina se ha amoldado muy  bien a este género, y hasta hace algunos años no era raro leer una y otra vez historias de crecimiento y aprendizaje de jóvenes en diferentes contextos económicos y políticos; la verdad es que también era un poco aburrido. Ahora, una serie de novelas publicadas mayormente durante 2014 vienen a achicharrarse en una suerte de género fronterizo a las novelas de aprendizaje. Se trata de novelas de inmadurez. Sus personajes son tardo-adolescentes que se desempeñan como mano de obra en el sistema educativo, a veces en zonas marginales de la industria del entretenimiento; en algún caso son ricos. Al parecer, la imaginación literaria como modo de impugnación a lo existente, la construcción de tramas complejas, la irrupción de lo inesperado, la representación de instituciones como matrices de conflictos son constructos quizás demasiado farragosos, demasiado modernos, demasiado artificiosos.

Las novelas de inmadurez están escritas desde un segmento social y se dirigen a ese mismo segmento; parecen diseñadas para acumular likes en Facebook; populismo de nicho. Se ofrecen como un bálsamo ante el irrefrenable barullo mediático sobre la política; mejor volver a lo básico, la angustia de crecer. Las novelas de inmadurez nos enseñan, a su manera, a sobrevivir. La discursividad política como cable pelado en una vida cotidiana organizada en torno al consumo comienza a aparecer como un lejano espejismo.

Scalabritney, de Martín Zícari, Electrónica, de Enzo Maqueira, Los catorce cuadernos, de Juan Sklar, Merca,de “Loyds” Jorge Lebrón, Te Quiero, de J.P. Zooey y El Alud de Esteban Castromán son novelas construidas por medio de procedimientos narrativos muy diferentes, con recursos estéticos muchas veces opuestos, pero comparten un sustrato común. Hambrientas de contemporaneidad, escritas desde un realismo bastante convencional, son narraciones donde todo es lo que parece. Internet, las redes sociales, que aparecen religiosamente representadas, son el sello ISO 90001 que ratifica su actualidad. Sin embargo, es una actualidad donde es muy difícil encontrar algo así como un conflicto, ni hablar de una tragedia; tampoco valdría la pena bucear en los dispositivos complejos de poder que conforman y conforma la Internet  o losdispositivos concentrados de poder que son las corporaciones económico-financieras. La presencia del Estado, la marginalidad urbana o la violencia, una línea fundante y siempre activa en la literatura argentina, brillan también por su ausencia. Ya no son ejes narrativos sino, a lo sumo, situaciones despachadas con ligereza. La heteroglosia parece siempre controlada por la neurosis inmadura de las subjetividades que narran. Después de todo, tras el trauma generacional de 2001, de lo que se trata es de pasarla bien. Y de fracasar en el intento.

Estamos frente a un régimen de representación literaria donde algunos tropos se repiten en forma obsesiva. En ese plan, las de inmadurez son necesariamente novelas de ocio. Sea en una casa en el Tigre, tal como sucede en Los 14 cuadernos o en Scalabritney, en una isla de Brasil, como ocurre con El Alud, o sea a través de las derivas flaneurísticas por la Ciudad de Buenos Aires y sus alrededores norteños que pueden funcionar de escenario en Merca, Te Quiero Electrónica, el trabajo es siempre un ruido de fondo, algo que no merece ser narrado.

El foco se pone en una ciudad construida desde una perspectiva ambulatoria, o en una naturaleza colonizada desde los protocolos del turismo. Ambas formas suelen esquivar cuidadosamente el conflicto y la otredad; lo que si está presente es una angustia difusa, un vacío existencial propio de la adolescencia y la consiguiente imposibilidad de elegir un camino. Por eso lo que se construye es un refugio en lo gregario, el pequeño grupo de amigos como una comunidad utópica donde sin embargo los personajes principales no terminan de encajar del todo. Así se hace siempre necesario un posterior repliegue, un encuentro con el self en el magma de intimidad pública de las redes sociales, cuyo consumo es íntimo y solitario, quizás masturbatorio. ¿Lo literario como un retorno de lo reprimido durante la construcción virtual de la personalidad? Podría ser. El encuentro con los pares, con los amigos, que siempre adquiere la gramática de una catarsis, o el sinsentido extrañado de relaciones amorosas sin éxtasis ni éxito, que se despliegan en espacios semipúblicos y llenos de gente como uno conforman una utopía módica, de entrecasa, con el clima festivo y decadente a la vez de una lectura en vivo de la bohemia porteña.

Cocaína, cocaína

Según la contratapa escrita por Washington Cucurto, Electrónica, la novela de Enzo Maqueira, se emparenta con cierta tradición en la literatura argentina vinculada a prestar oídos y “captar el pulso” a los melodramas y lenguajes de las pequeñas gentes casi siempre ninguneadas por la alta literatura. Este enorme equívoco cifra las imprecisiones de la novela, y también la dificultad hermenéutica que la misma presenta. Cucurto parece creer que encadenar diálogos intrascendentes propios de una sitcom de bajo presupuesto, enumerar lo que puede verse en un zapping, describir cómo se prepara una suprema al horno o narrar el culebrón pasional entre una docente de terciario y un joven que nunca le presta atención después de haberse revolcado con ella un par de veces, ubica el pathos de Electrónica en un universo propio de Manuel Puig, y quizás del mismo Cucurto. Sin embargo, la obra de Puig se desarrollaba al calor de la masificación televisiva y de la consagración social del cine como “séptimo arte”, y en ese sentido es que su traslación literaria del aura del pop mostraba una cierta pericia y una relativa novedad. Por otro lado, las mejores obras de Puig son aquellas donde el melodrama, el velo fluctuante de la industria cultural y la política se cruzan en formas perversas o inesperadas para su época. Incluso en una propuesta como la de Cucurto, con su construcción carnavalesca de lo popular y algunas zonas de la inmigración, existía una cierta subversión. Claro que al reificar a los sujetos populares como animales sexuales y al plegarse a un delirantismo incapaz de sostener una historia todo su proyecto perdía espesor. Pero Cucurto, al menos al principio, no escribía lo que se esperaba que escribiese, e iluminaba zonas del sentimiento popular oscurecidas por el discurso progresista imperante en los medios culturales. Si Puig era pop, Cucurto era un oscuro afterpop delirante.

Pero Electrónica no tiene nada de esto; ni siquiera elabora un camp voluntarioso. Las referencias culturales son repetitivas y previsibles. El segmento social que se retrata, por su parte, no es una zona no representada, reprimida o deformada, sino que sus protagonistas son los de cualquier tira costumbrista de televisión o de cualquier publicidad de telefonía móvil. La conjunción de estos elementos convierte a la novela, de a momentos, en una larga nota para una revista femenina. Esto se revela de una manera brutal en el plano de la corrección política. La profesora tomará cocaína y declarará no haberse dado cuenta que el tapizado de su dealer estaba manchado con la sangre del narcotráfico, tendrá una aventura con un alumno no sin antes aclarar que ambos eran mayores de edad, e incluso, en un momento, “la profesora se dio cuenta de que usar la palabra puta era machista”. Los personajes desviados, capaces de iluminar zonas oscuras de la norma, se convierten en Electrónica en adoradores de la banalidad.

Sin embargo, existe en la novela de Maqueira una pericia narrativa, una gracia que funciona en el paso sutil de tercera a segunda persona, una vocación profesional expresada en el truco de taller literario del final de la novela. Electrónica consigue sumar oleadas de amor y de desprecio hacia su personaje principal, la profesora, y aunque sin salir de los estereotipos, lo exhibe en sus debilidades, en sus anhelos y en su patetismo. Esto también sucede con el Ninja, amigo gay de la protagonista. Quizás Electrónica es justamente eso: una larga e involuntaria crónica sobre la normalización de la cultura gay. Los personajes masculinos y heterosexuales presentados por el autor de Historias de putas directamente no pueden hablar, son planos: un novio ridiculizado al extremo, un Rabec que se niega a aparecer, un psicólogo sin ética profesional, un padre postrado que mira pornografía. Claro que, a diferencia de Emma Bovary, no hay tragedia en la vida de la profesora más allá del stalkeo mórbido a un alumno y de la insatisfacción profesional. Una distracción se suma a la otra, lo importante es mantener a los amigos y el estado de goce. La utopía electrónica, la pertenencia a “la generación que había aprendido el Amor Universal gracias a una pastilla que los hacía sentirse partes de un todo” se disuelve en el consumo de cocaína –la droga más presente- y la ensoñación; jamás llega a rozarse con la política por más que se mencione vaga y deliberadamente a la jubilación como una conquista de la época. La experiencia de lo común tiene los límites de un grupo de tres amigos que salen a bailar; mientras que la movida electrónica es construida con una mirada nostálgica que, al dejarla confinada al plano de la cultura juvenil y no interrogarla en tanto matriz de experiencias, no termina de contarse de otra manera que como un lamento por la juventud desperdiciada. ¿Pero había otras opciones? ¿Qué pasó en el medio? La profesora no se lo pregunta. De hecho, en varios momentos de la novela, se confiesa: “todo el tiempo tenías ideas estúpidas”. Y, quizás sólo en estos casos, no se miente.

La droga como tema ganchero y supuestamente contracultural, el ocio, la vida a la deriva y el hastío generacional no parecen ser patrimonio exclusivo de las clases medias con aspiraciones intelectuales. EnMerca, de Loyds, ese universo se traslada a las clases altas, al segmento ABC1, a los dueños de la tierra apostados entre la Recoleta y la zona norte. Johnny, el protagonista de esta novela, es una oveja descarriada y altamente drogadicta que odia a su propia clase, y principalmente a sí mismo. De hecho, cada tres minutos de lectura nos enteramos de lo que Johnny odia: básicamente todo, desde los casamientos en el Palacio Sans Souci hasta a Inglaterra; también a los limpiavidrios. Merca construye un universo que nunca podría estar informado por una mirada plenamente integrada a su sector social, ya que el uso del lenguaje sintetiza la textura acelerada del Clayton de Menos que Cero de Brett Easton Ellis con el argot de la clase media, y el retrato clasista, lleno de un desprecio y una fascinación imposibles en alguien que tenga una plena pertenencia a las clases altas, se centra más en la descripción de escenarios y de consumos culturales que en la construcción de un ethos. Johnny habla como un desclasado aunque no lo es: Loyds no se decide por una novela realista, que sería involuntariamente paródica, ni por un grotesco, que al eludir la política resultaría insustancial.

Su intermedio termina convertido en una fábula moral. Con su BMW, su padre multimillonario y su mayordomo servil, Johnny permanecerá impiadoso hacia su clase durante toda la novela; después de todo eso es lo que la adicción a la cocaína le hace a la gente. Sin embargo Johnny tiene momentos de debilidad, cifrados en sus relaciones más cercanas, y eso, en cierta medida, revela su lado humano y entrañable. La cocaína, por su parte, es el objeto sublime que habilita el tránsito de Johnny por innumerables fiestas, baby showers, asados en countries y eventos nocturnos. En medio de una construcción literaria de a momentos plana, se destaca la virtuosa materialidad de la merca, el espesor de las líneas de máxima pureza que el protagonista separa y aspira, goloso, con un billete de 50 dólares y siente como un “latigazo ácido” o como un gusano que se introduce por los orificios de su cuerpo. Es potente y material el efecto físico de la merca, el entusiasmo terriblemente autoconsciente, pero también el deterioro, la caída de pelo, la pérdida de peso y las resacas zanjadas con Alplax que permiten momentos de lirismo, como en esa mañana en que Johnny se sienta al inodoro y sólo puede ver “unas gotas de sangre que hacen efecto expansivo al caer sobre el agua transparente”.

¿Novela noventosa? Sí desde el uso del lenguaje, no tanto desde su sistema de referencias históricas. La etnografía de las clases altas desplegada en Merca posee dos núcleos. Por un lado, logra poner en juego el acierto de describir a las clases más favorecidas como un sector social imposibilitado de realizar un cierre social exitoso. Johnny, su padre, su madre, sus amigos, viven aterrorizados por la posibilidad de rozarse con arribistas provenientes de estratos sociales levemente inferiores. En caso de encontrarlos se los hacen sentir, y estas capas medias con aspiraciones de elite son el principal tema de conversación y de conflicto. Johnny parece poseer un radar natural para ubicar a las personas en sectores sociales, un sexto sentido sociológico permanentemente alerta que sólo puede explicarse en un país con una aristocracia lumpen y siempre amenazada por lo plebeyo como la argentina. El discurso de Johnny, a su pesar, es el de una clase que ya no puede narrarse a sí misma porque sabe que su lugar en el mundo social carece de legitimidad histórica y social, y puede tambalearse en cualquier momento. Pero, junto con esta debilidad histórica, la novela parece moverse bajo la premisa de que, y no sólo para las clases altas, “el kirchnerismo no ha tenido lugar”. Más allá de alguna mención coyuntural a los desaparecidos y de la insistencia con la sociabilidad en Facebook, la conciencia de la clase propietaria, las conversaciones en Tequila –el boliche descrito como una suerte deback office de los búnkeres electorales del PRO-, las especulaciones sobre los negocios, la fraudulenta revista empresarial de Johnny, todo parece transcurrir como si sucediese en 1995, como si los personajes se mantuviesen deliberada y un tanto teatralmente afuera de la coyuntura. La brecha entre la egomanía cocainómana del personaje y su entorno transmite la fantasía de un espacio sin historia y sin política. El personaje odia todo pero no habla del peronismo, su familia tiene tierras pero no hablan del conflicto del campo. La “intervención del estado en la economía”, “la politización de la esfera pública” o la inflación galopante de los últimos años en el país no parece afectarlos en lo más mínimo. Es una hipótesis plausible; quizás Loyds quiera denunciar que la concentración y la extranjerización de la economía aumentaron durante el kirchnerismo. Quizás Loyds se haya eco del blindaje de la clase propietaria global descripto por Thomas Piketty; lo cierto es que Johnny esquiva a la política de un modo algo artificioso.

CONTINUARÁ [en el próximo número de la revista Crisis; se podrá buscar entonces en www.revistacrisis.com.ar, nosotros no la publicaremos]

Vanoli-Copacabana-Alt-Lit

ALT LIT. Literatura norteamericana actual (2014), de Lolita Copacabana y Hernán Vanoli (compiladores)

Lolita Copacabana y Hernán Vanoli (comps.) - ALT LIT. Literatura norteamericana actual - Interzona - 186 págs
Lolita Copacabana y Hernán Vanoli (comps.) – ALT LIT. Literatura norteamericana actual – Interzona – 186 págs

Un libro argentino sobre cuentos de una literatura extranjera

Claro, la parte de «norteamericana» choca un poco con la parte de «argentina» en nuestro proyecto «Nueva Narrativa Argentina en 4 párrafos». Y ni que hablar ese «(compiladores)», que aleja a esos sujetos (el inverosímil nombre «Lolita Copacabana» y el mundano «Hernán Vanoli») de la figura de «autor» con la que solemos relacionarnos. Sin embargo, todo se vuelve explicable a partir de pensar a la literatura como escritura, pero también como una selección. Si seguimos la máxima (en cierta medida, humorística, pero igual de útil) de que un sujeto se hace escritor no por escribir, sino por publicar, entonces podemos entender que esta pieza editada por Interzona es una creación de los argentinos Vanoli y Copacabana, y que este libro, pese a contener relatos exclusivamente escritos en Estados Unidos (y en inglés), es un libro argentino. Es más, es sumamente argentino, porque dialoga con la narrativa local actual mucho más que otros autores gauchos como los que más, pero que no son leídos por naides en estas tierras.

Dicho esto, corresponde pensar cuáles son las operaciones literarias que entran en juego en el libro Alt lit. Literatura norteamericana actual, compilado por Vanoli y Copacabana. Decíamos, justamente, selección (compilación), pero también la traducción íntegra de todos los relatos, y la escritura de un prólogo breve pero claro. En él se inscriben de un modo muy oportuno las bases de lo que es la «Alt lit» en Estados Unidos (ver «Un pedacito de Alt lit» al final). Además de caracterizar a la Alt lit de acuerdo a lo que se encuentra en Google sobre ella, los autores destacan especialmente a esta nueva forma de literatura no tanto por lo que dice, sino por cómo se produce, cómo se distribuye, cómo circula y cómo se consume. Por fuera de la institución «Literatura», los jóvenes autores (casi ninguno de los escritores compilados tiene más de 30 años) recurren a la web para publicar: blogs, e-books, pagos o gratuitos, lo que sea. También conforman su mundo el Twitter (las cuentas de todos, incluyendo las de Vanoli y Copacabana, aparecen consignadas), Facebook, Tumblr, Youtube y cuanta red social uno se imagine. Así, los autores se leen entre ellos y conforman su propio público —abierto, por supuesto, a otros curiosos—, y todos son tanto productores como consumidores, siempre por fuera del mercado dominado por las grandes empresas. Es algo así como un mercado hipster para comprar tomates de la huerta, pero de relatos. Esto tiene la desventaja de no pasar por un proceso de edición que seleccione y ordene (es decir, que responda a un criterio crítico), pero es cierto que permite escaparle a las reglas de las falsas canonizaciones y una obsesión cada vez mayor por las ventas. En la edición argentina esto tiene un plus porque, como bien señalan los compiladores en el prólogo, Anagrama ha formado una especie de monopolio canónico de la nueva literatura norteamericana, con autores que están vigentes desde los 70 y 80, y que no son necesariamente «lo nuevo». Además, las traducciones españolizantes convierten a libros que hacen especial hincapié en los modos de hablar, en engorrosos relatos poblados de «coños» y «pollas» y de «vosotros» y de leísmos. Sin embargo, no puedo dejar de aclarar que la traducción argentina que intentaron Vanoli y Copacabana, poblada de argentinismos, suena rara. Creo que ya hemos adoptado el idioma «español neutro» (no «español de España» ni «castellano de Argentina») como nuestra lengua oficial de traducción. Pero ése es otro cantar…

Para no seguir divagando con temas generales, conviene ir a lo concreto, los cuentos. Son 20, 2 por autor. Casi todos obtenidos de la web, a través de un contacto directo con los autores. Casi todos responden a las características que da Google de la Alt lit. Casi todos están en primera persona, tienden a la depresión y son breves. Y casi todos son malísimos. Pero no por ello vamos a dejar de rescatar alguno para elogiar, y otro para criticar, aunque la sensación que dejen sea que la selección apuntó más a una diversidad de nombres que a una de estilos (esto que se entienda literalmente: ya no se trata de nombres ingleses, irlandeses y escoceses, y ni siquiera italianos o afrodescendientes, sino combinaciones como «Heiko Julién» y «Jordan Castro», o el andrógino «xTx»). Para elogiar, entre unos pocos más, se destaca «Exactamente lo que quiero», de Tao Lin, porque exhibe un mundo de puro deseo banal, un retrato de una generación de jóvenes que lo tuvo todo desde siempre, pero no tanto por el beneficio económico (que también), sino por haber nacido con tele, radio, Internet, celular, lavarropas, heladera, etc., en un mundo donde todo es, además de posible, dado por hecho, esencial. Nosotros, primera generación con necesidades básicas y no básicas absolutamente satisfechas, e hijos de padres que por primera vez creen que la crianza personal y el cuidado hasta el detalle de sus niños es todo en la vida, le exigimos todo a la vida. Tao Lin lleva al absurdo ese deseo, haciéndose Amo y Señor de su destino hasta en las más burdas nimiedades (se puede leer al final, en «Otro pedacito de Alt Lit»). De todos modos, es menester aclarar: el tono hallado es el indicado, la narración es precisa, pero el cuento es un puro gesto de ruptura, que pierde potencia porque el que le sigue en la colección es igual. Más aún, la narración en primera persona, signada por la apatía, el absurdo y la violencia, son constantes en el libro: «Pettibone», de Jordan Castro, es un ejemplo más de esto. El cuento parece más una sucesión de tweets que otra cosa, buscando golpes de efecto que no llevan a nada, y nos hacen preguntar si este chico realmente sabe escribir, o si simplemente tuvo la suerte de parecer disruptivo (también se puede leer al final: «Último pedacito de Alt Lit»).

En esencia, esta pregunta por el valor real (con todas las comillas del caso) de los cuentos aparece prácticamente en todo el libro, y nos despierta otra, que es: ¿por qué introducirlos a la literatura argentina? Copacabana y Vanoli traen del mundo de la web, importan y traducen para que esté accesible al público una porción mínima de lo que circula en ese ciberespacio. Sin dudas es una forma de producción —una muy costosa en términos de tiempo y compromiso con lo que se está haciendo—, pero el resultado termina siendo una especie de contracara del movimiento originario. Si esta literatura está pensada para consumo casi de secta entre los propios autores, en un país ajeno, en un idioma que tampoco es el propio, y sin una legitimización mucho mayor que la de ellos mismos, los compiladores argentinos cambian la instancia de consumo en forma radical, al realizar una edición impresa, traducida y cuidada, para un público extranjero, otorgándole así a esta Alt Lit un lugar que nunca aspiró tener (ni, creo yo, merece tener). De algún modo podríamos pensarlo en línea con las vanguardias, porque eso es lo que es la Alt Lit: una vanguardia más, donde se saluda y se celebra el gesto rupturista, que será estudiado desde la historia de la literatura, pero que en términos de elaboración literaria no parece digno de mención. Salvando las distancias, es como el mingitorio de Duchamp, que fue épico en su primera exhibición, pero que luego se institucionalizó. En literatura argentina, podríamos pensar en el cambio en la instancia de la distribución de 20 poemas para ser leídos en el tranvía, de Oliverio Girondo, que una vez canonizado perdió su golpe de efecto del poema que se lee en la calle. Es decir, con Alt Lit estamos hablando de una nueva corriente sostenida por su gesto de ruptura, que no parece tener, salvo excepciones, demasiado para decir, y que a la vez, sólo parece interpelar a un ínfimo porcentaje de los potenciales lectores argentinos. Es un intento de describir a una nueva generación —así lo dice Noah Cicero en esta entrevista—. Sencillamente, nos queda aguardar que nuestra literatura no la imite.

En línea con esto, nuestras próximas dos entregas estarán centradas en compilaciones de relatos de literatura argentina actual.

 

 

 

Un pedacito de Alt Lit:

De acuerdo a las caracterizaciones que pueden surgir de una búsqueda en Google, la ‘alt lit’ es mayormente confesional, en primera persona, posee una sintaxis descuidada y espontánea que se abastece de chats de Gmail, posteos en Facebook o twitts, tiene un alto grado de infantilismo combinado con el discurso ‘emo’ y la fobia social de pibes que no se alejaron demasiado de sus PCs durante la adolescencia, muestra emociones desbocadas o una falta total de sentimientos, está constituida por un ejército de jóvenes blancos de clase media que imitan a Tao Lin con una poética del aburrimiento unida al artificio de la transparencia.

Fragmento de «Palabras preliminares. La fatiga del Imperio» (Lolita Copacabana y Hernán Vanoli), p. 11

Otro pedacito de Alt Lit:

Quiero tres amigos en un radio de sesenta y cuatro kilómetros; uno a ocho kilómetros, uno a dieciséis kilómetros, uno a cuarenta y ocho kilómetros, dos mujeres y uno varón. El varón debería hablar muy despacio y reírse de casi todo lo que yo diga. Quiero mandarle a una de las mujeres CDs con mezclas de canciones muy seguido y que ella me mande CDs mezclados muy seguido pero raramente verla en la vida real.

[…]

Por la noche voy a tener un montón de sueños sexuales. Voy a soñar que estoy teniendo sexo con gente. Por la noche quiero tener dos sueños sexuales, un sueño literario y un sueño que es una réplica exacta pero en forma de sueño de un cuento corto de Joy Williams. Cada viernes quiero pensar: «No puedo seguir más. Estoy jodido. Por qué estoy tan hecho mierda. Mi vida está arruinada. La vida es muy jodida y triste», y después tomarme un jugo de coco y pensar, «Me siento mejor. Está bien la vida». Eso debería pasar cada viernes a la noche sin que yo tenga ninguna conciencia de que ya sucedió la previa noche del viernes.

Fragmentos de «Exactamente lo que quiero» (Tao Lin), pp. 85 y 87

 

Último pedacito de Alt Lit:

Llego a casa del trabajo y huelo a pizza y a basura.

Nadie está en casa para saludarme porque no hay nadie en casa para saludarme.

Llamo a mi viejo.

Mi viejo dice que en la vida o bien olés como pizza y basura o no.

Apenas lo escucho.

Camino a la heladera y miro en su interior.

No hay cerveza en la heladera porque no compré cerveza para que haya adentro de la heladera.

Mi vida es una mierda.

Juego con mi bigote.

No pedí nacer.

Descuelgo el teléfono.

Pienso «¿Cuándo se van a morir todos, hijos de puta?»

Pienso «¿Qué le pasa a la gente?»

Pienso «Acabo de pensar “¿Qué le pasa a la gente?”»

Abro mi laptop y me quedo mirando cosas.

Siento las cosas suavemente, como a través de una puerta o de una nube de humo.

Pizza y basura, me digo.

Me saco la ropa.

Me tiro en el sofá y me siento un saco de mierda,

Esta es mi vida.

Me quedo mirando mi pija floja.

Pienso «La puta madre».

Pienso «La puta madre que los parió a todos».

Fragmento de «Pettibone» (Jordan Castro), pp. 97-98