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LOS QUE AMAN, ODIAN

Este texto fue escrito para publicar en otro medio, pero aprovechando el lanzamiento de la película en breve, lo agregamos aquí como «servicio a la comunidad»:

Los que aman, odian, de Silvina y Bioy

portada_los-que-aman-odian_Policial clásico, made in Argentina

 

“Otra vuelta de tuerca” prometía el narrador de Henry James en su libro homónimo, y la pareja más glamorosa de la historia literaria argentina la dio: Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares revisitan el género del policial clásico (el de Poe, Conan Doyle y Agatha Christie), pero con un estilo bien personal.

En Los que aman, odian (Emecé, 2005 [1946]) el doctor Humberto Huberman se pone en la piel de un investigador, y narra paso a paso los pormenores de lo que sucedió un verano en el hotel Bosque de Mar, donde una huésped amaneció envenenada. La novela cumple todos los requisitos del policial clásico o “inglés”: un espacio cerrado (una siniestra tormenta de arena azota al hotel), un crimen y muchos sospechosos. Todos tienen motivos para haberla matado, pero uno solo será el culpable. El investigador buscará develar el misterio.

Es justamente allí donde recae la originalidad: el personaje de Huberman es desopilante, oculto entre su falsa modestia y sus aires de grandeza. Sus narraciones obsesivas lo exhiben practicando un culto a la discreción, sólo digno de aquellos destinados a un eterno papel secundario.

Una novela breve y prolija —con introducción, desarrollo y final—, en la que pocas páginas alcanzan para reconocer la maestría de la pluma incisiva de Bioy y el mundo casi onírico que hace única a la narrativa de Silvina.

Agosto – Romina Paula – 2009 – Entropía – 167 págs.

Agosto (2009), de Romina Paula

Agosto – Romina Paula – 2009 – Entropía – 167 págs.
Agosto – Romina Paula – 2009 – Entropía – 167 págs.

Romina Paula, la primera Millenial 

 Puede que Romina Paula sea la mejor representante de lo que hemos venido leyendo en los últimos años en esta sección intitulada «Nueva Narrativa Argentina en 4 párrafos». No porque sea «la que mejor escribe» (¿cómo saberlo?), sino porque reúne la mayor cantidad de características que aúnan a los distintos textos de escritores argentinos jóvenes en la última época y, además, porque fue pionera. Desde la disruptiva novela ¿Vos me querés a mí? del año 2005 (¡ya cumplió 12 años!) hasta hoy, la literatura de Paula (escritora, dramaturga, directora de teatro, actriz) se nutre de las voces del habla cotidiana, de los lugares comunes y de los problemas de todos los días, con las dificultades del lenguaje propias de la oralidad que proponen taras y reformulaciones en forma constante. Sus tres novelas (en algún punto, bastante distintas de sus obras teatrales[1]) remiten constantemente a una oralidad que emula la de las señoras que se juntan a coser en el primer capítulo de La traición de Rita Hayworth, de Manuel Puig, aunque en otro tiempo y otro espacio. Y —también como en Puig— el trabajo del fluir de la consciencia es constante, los pensamientos llevan al narrador en primera persona tan propio de la joven literatura de un lugar a otro, al punto en que los diálogos más intensos presentes en la literatura de Paula suelen ser más los de la narradora con ella misma que con sus interlocutores, con quienes apenas comparte retazos de lo que se están diciendo realmente, una pantomima social que oculta todo lo que en el fondo no se dice, pero se sabe que está ahí (ver Un pedacito de… al final de la página). 

En Agosto, particularmente, la novela le habla a una segunda persona que desde la primera línea está invocada y, a la vez, desmaterializada: «Algo como que quieren esparcir tus cenizas; algo como que quieren esparcirte». El otro al que le habla Emilia (la narradora, nombrada por primera vez en la página 98) es el recuerdo de su mejor amiga de la infancia, Andrea, que murió por causas no referidas y que poco importan en el relato. Lo importante es que está y no está, que es la persona a la que está dirigida cada una de las palabras de la novela al mejor estilo de las viejas novelas epistolares, pero que también es esa inmaterialidad, esas cenizas que se van a esparcir hasta no ser nada («lo de las cenizas no duró más de tres segundos, eso quiere decir, el desvanecerse no duró más que eso. Uno dos tres y ya no se veía, ya no se podía reconocer ni una sola partícula de nada, de eso, la materia, vos»). En este sentido, Agosto es sin dudas una novela sobre la muerte, sobre el peso que la muerte tiene cuando se vuelve tan real que ya ni cuerpo queda de la difunta, ni una lápida, y entonces se hace necesario escribirle para escribirla, para devolverle algo de materia a ese recuerdo. Justo antes de esparcir las cenizas de Andrea, la narradora dedica un capítulo a una familia en Inglaterra que se come a una integrante de su familia. Allí, tal como en la historia de un hámster que no se anima a matar en su departamento de Buenos Aires, la carne está presente, vuelve sucio y hediondo el relato. Su amiga, en cambio, no es más que un montoncito de cenizas, su gata que sigue en su casa como si nada hubiese pasado, su cuarto de adolescente intacto, sus recuerdos. Podríamos reformular, entonces, y decir que Agosto es una novela sobre el duelo, sobre lo que pasa después de la muerte, igual que la tercera y última novela de Paula, Acá todavía (Entropía, 2016). Sobre el duelo por la muerte de su amiga y cómo se vive después de eso, pero sobre todo, por el fin de la infancia y el ingreso (tardío) en la adultez (esto lo veremos después). 

Emilia vive en Buenos Aires y emprende el regreso a Esquel, su ciudad natal, ante el llamado de los padres de Andrea, que la invitan para esparcir las cenizas de su hija. No hay grandes novedades en la trama de «novela de viaje»: se sube al micro en Retiro, pasa por Liniers y después de un viaje intentando mirar por la ventana, llega a Esquel (luego atravesará la estepa chubutense para llegar a Trelew y a Puerto Madryn, pero el paisaje patagónico está mejor descripto en la última novela que leímos, que nada tiene que ver con esta: Dónde enterré a Fabiana Orquera, de Cristian Perfumo). En Esquel se reencuentra con los padres y la hermana de Andrea, pero sobre todo, se reencuentra con su vida de antes de partir, como una pintura que se ha quedado detenida durante 10 años. Salvo que su novio de aquel entonces hoy es padre. Y eso le mueve el piso. No porque lo ame, no porque haya sido una «historia trunca», sino porque, como buena Millenial que es, Emilia lo quiere todo, no soporta la posibilidad de no haber hecho la mejor elección posible, no quiere pagar el costo de oportunidad. En el fragmento que incluimos al final de estas palabras se puede ver claramente cómo sufre por pensar en la posibilidad muerta de haber sido la madre de los hijos de su ex. Eso también es morir un poco, eso también requiere un proceso de duelo: el saber que hay opciones que ya se han descartado para siempre, como cuando en El juego de la vida se elige «estudiar» o «trabajar» y no se pueden volver atrás los casilleros una vez pasada esa etapa. Esto parece ser algo muy propio de la juventud, del paso de la adolescencia a la adultez, pero a decir verdad, es más propio de la juventud de cierta época (ésta) y de cierta clase social (media y alta); un tiempo y un caudal de dinero que permiten experimentar una adolescencia prolongada sin responsabilidades reales y que puede derivar en caminos múltiples, pero que siempre tiene un trasfondo de angustia por estar habitando un no-lugar, un sitio poco claro dentro del sistema, con una única misión que es la del «disfrute», algo que suena espectacular pero que no siempre se vive de forma tan sencilla (esto lo hemos desarrollado en forma más completa cuando hablamos de «la generación del disfrute» al analizar Que todo se detenga, de Gonzalo Unamuno). La narradora de Paula es neurótica, lo piensa todo, lo analiza todo, no se decide y posterga constantemente la toma de decisiones, incluso en el gesto más gráfico de colocar una barra (/) entre dos adjetivos o dos conectores, como si estuviese escribiendo un borrador. 

Tal como toda esta generación de narradores herederos de Fogwill, las marcas culturales proliferan en Agosto a cada página: consumo de películas hollywoodenses berretas de los años 80 y 90, música anglo mainstream propia de la alguna vez llamada «Generación MTV», rock nacional años 90 (más Babasónicos y Soda que Los Redondos y Divididos) y un consumo hoy demasiado común, pero en ese entonces no tan habitual: series. Six Feet Under a la cabeza, pero también figuran otras, y sobre todo, resuena todo el tiempo el «aroma a sitcom», con FriendsSeinfeld y Sex and the City como mayores estandartes (y, desde ya, Los Simpsons siempre de fondo). Como sello distintivo, Paula agrega, además de estos consumos culturales, expresiones de todos los tiempos (no por nada la entrevista que le hicieron en Infobae el año pasado comienza con la siguiente declaración: «colecciono palabras»): en un par de páginas seguidas podemos encontrar «me lo llevo puesto», «chupate esa mandarina», «mandarse a mudar», «dejar en banda» y «sin pena ni gloria», por ejemplo. En esta combinación entre oralidad tan propia de otros tiempos (pero que sigue absolutamente vigente hoy, y más aún en el interior del país) y los rasgos ya detallados de un consumo globalizado, en Agosto queda construido un texto armado de restos de discursos que oímos todos los días mezclado con un fluir de la consciencia que nos hace viajar por todas las opciones que un Millenial analiza antes de inclinarse por una u otra opción (que nunca será la mejor, pues de cualquier modo estará dejando a otra opción de lado, se habrá perdido la posibilidad de hacer eso otro que abandona para siempre, que deja morir). Sólo queda, entonces, «soltar», poder dejar ir aquello que se esfuma; o, en términos un poco más psicoanalíticos, hacer el duelo. Esa palabra, que hoy es tatuaje de muchos veinte-treintañeros, Romina Paula la usó en el 2009, en el inicio del viaje y en el final del mismo: «Quiero poder soltar Buenos Aires», dice Emilia cuando parte hacia Esquel, y «Sólo se trata de soltar» asegura hacia el final, cuando por fin logra llorar a la amiga difunta (y a su infancia enterrada; o, mejor, su infancia diluida en el aire). 

Un pedacito de Agosto: 

Asume, creo, que a mí me encanta mi vida de mujer independiente en la Capital, vida que no cambiaría por nada, y estimo que es lo que yo me encargué de transmitirle desde que llegó, que es lo que le hice creer. Y cualquiera, hasta yo en un buen día, diría que es así, que no cambiaría mi simple y simpática vida en Buenos Aires por nada. Sólo que ahora ya no estoy tan segura de eso. ¿Y qué si todas mis elecciones fueron siempre las equivocadas y yo tendría que haberme quedado con Julián? Entonces/En ese caso esos hijos, esos nenes, serían míos ahora. Qué horror. Hijos con otra. Está, entonces, eternamente ligado a otra persona, lo que nos lleva nuevamente a… ¿Con quién se casó? Ah, no, que no se casó, bah, que ahora sí, ahora sí que se había casado, pero después del nacimiento del hijo, de León. León parece que se llama, qué nombre bonito, qué nombre discreto. Muy Julián, lo debe haber elegido él. Ligado a otra persona, a otra mujer para siempre, qué espanto, qué horror. No, que la chica es una piba más chica, una pendeja de Trevelin, de familia de galeses, que estaba saliendo pero no hace mucho, y que la piba tenía dieciocho, que tenía dieciocho años cuando quedó embarazada y que decidieron tenerlo. Ella quería, ella acababa de salir del colegio, Mariela, Mariela se llama. Ahora tiene veintiuno. 

Págs 42-43

 [1] Para la diferenciación entre la oralidad en el teatro y la novela, es interesante la observación que hace la autora en una entrevista: «en teatro los diálogos no son tan coloquiales, incluso así fue la tendencia: al principio eran más coloquiales, ahora son más literarios y aparatosos. Está como cruzado.» (fuente: entrevista en Infobae, disponible aquí).

La habitación alemana – Carla Maliandi – 2017 – mardulce – 187 págs.

LA HABITACIÓN ALEMANA (2017), de Carla Maliandi

La habitación alemana – Carla Maliandi – 2017 – mardulce – 187 págs.
La habitación alemana – Carla Maliandi – 2017 – mardulce – 187 págs.

Las narraciones del eterno escape hacia adelante

En esta sección somos fans del azar y de los caminos sinuosos por los que nuestras lecturas nos pueden llevar. Así fue cómo llegamos a leer a Carla Maliandi sin saber nada sobre ella, excepto lo que aseguraba la contratapa de La habitación alemana y alguna que otra reseña: que en realidad es dramaturga, que ésta es su primera novela, y sobre todo, que es de 1976, nacida en Venezuela, criada en Alemania y de nacionalidad argentina; es decir, hija de exiliados. El tema combinaba perfecto con la novela de Laura Alcoba que leímos hace unos meses, El azul de las abejas, porque también se estaba leyendo la literatura de una hija de exiliados que se crió en el exterior. La habitación alemana en principio explora ese tema —y esto también lo sabíamos antes de empezar a leer—, porque en el comienzo trata de una mujer yendo sin motivo aparente a Heidelberg, el pequeño pueblo alemán en el que vivió sus primeros 5 años. Desde la primera página habla de una casa llena de «filósofos latinoamericanos», de la ansiedad por aquel «viaje de vuelta a Argentina», en fin, de la vida de exiliados que se pudo ver en la novela de Alcoba o, en cine, en La culpa es de Fidel (La faute à Fidel!, Julie Gavras, 2006).

Sin embargo, al dar vuelta la página esa historia de exilio se ha olvidado, y todo lo domina la poderosa narrativa característica de la «Alt Lit», es decir: personajes que deambulan sin estar seguros de nada, completamente faltos de emoción; tramas que cambian en cada oración; encuentros fortuitos; casi nula consciencia o sentido moral… Es un estilo que ha cautivado a muchos a nivel internacional (tal como observamos aquí) y a tantos otros a nivel local, con la literatura y el cine de Martín Rejtman como mayor exponente, y sobre quien ya hemos escrito aquí. Para no quedarnos en la llaneza de decir simplemente que no nos gusta esta literatura —aunque es la pura verdad—, comentemos al menos qué es lo que sucede en la novela de Maliandi: una mujer de unos 35 años arriba al pueblo alemán donde vivió su más tierna infancia escapando de Buenos Aires y de su ex, aunque nunca queda del todo claro qué era lo que hacía en Buenos Aires ni por qué se separó de su ahora ex. Llega con poco dinero y sin ningún plan, y se va a vivir a una pensión para estudiantes, haciéndose pasar por uno de ellos (todos son más jóvenes que ella y estén anotados en algún curso de la universidad). La narradora (como no podía ser de otra manera por estos días, la historia está narrada en primera persona y la narradora no tiene nombre) sale a desayunar y cuando vuelve, ya hay alguien que la está esperando: Miguel Javier, un tucumano que quiere hablar con ella por el solo hecho de ser una compatriota. Luego conoce a otra chica de la residencia, una japonesa de nombre Shanice (sí, todos los nombres son inverosímiles) que parece muy extrovertida y alegre pero que no lo será tanto. Bien hacia el comienzo nos enteramos también —junto con la narradora—, que vino embarazada desde Argentina.

No queremos pecar de spoilers, como se suele decir ahora, pero la trama avanza en forma constante con nuevos personajes que van apareciendo y desapareciendo, con explicaciones que se repiten del tipo «los japoneses son misteriosos, no hay que entender» y con una extrañeza constante que, suponemos, causará gracia a alguna clase de lector (que no somos nosotros, claro está, pero sí lo son los fans de Rejtman y cía.). Lo único que permanece es la inexplicable voluntad de la narradora de quedarse en ese lugar, pese a que Miguel Javier —el miembro del CONICET que parece ser la única voz racional de la novela— le sugiere que lo más lógico sería regresar a Buenos Aires y a su vida, y acomodarse para tener a su hijo, tal vez yendo a buscar al padre. Más allá de que entendemos que no estamos ante una novela propia del «realismo», o sí, que estamos en lo que Graciela Speranza definió como «realismo idiota» (no es despectivo; llama así a un realismo desprovisto de emoción, que describe el mundo cotidiano y su banalidad), hay formas de narrar que tuvieron su valía al menos por su originalidad, pero a más de 20 años de la literatura de Rejtman —y con más de 100 libros publicados por César Aira, más allá de que creamos que él hace algo distinto—, repetir la fórmula no parece ser una salida muy eficiente para contar la banalidad del mundo.

Es por ello que forzaremos la lectura para atarnos al tema que nos interesó en un primer momento y ver qué nos cuenta Maliandi en La habitación alemana sobre la cuestión, aunque más no sea por omisión. La narradora viaja hacia el mundo que vivieron sus padres recién escapados de la Argentina, cuando su edad era menor incluso a la que hoy tiene la narradora y su madre estaba embarazada como ella. Luego aparece Mario, un ex compañero de exilio, que se convierte en personaje central. Es decir, el exilio no aparece «oculto», e incluso se habla explícitamente de él: «Luego, siempre, recordaría esos años en Alemania como uno de los más felices en su vida», dice sobre su madre Sin embargo, en el relato se evita dar demasiadas vueltas sobre eso, no hay reflexiones sobre el recuerdo o el olvido, sobre el tiempo pasado allí, sobre la vida de sus padres, sólo un puñado de comentarios aislados. La incertidumbre de su presencia allí, de su futuro, de su historia personal, la narradora lo escamotea. Nadie sabe que está en Alemania, en ese no-lugar, y ella se pregunta cuánto tiempo más puede pasar así, «desaparecida» de todo el resto. Vivir en la pensión es «como no estar en ningún lado, como estar sola pero con mucha gente» describe la narradora, y entendemos que lo que está haciendo va un poco más allá de la práctica Millenial de «dejarlo todo y viajar». Puede que su mirada sobre el mundo sea «idiota» en el sentido de que lo observa desde su más llana simplicidad, sin significaciones ulteriores, pero no deja de resonar en toda la novela ese escape hacia el pasado emulando la historia de sus padres, y en especial, de su madre, que también estuvo en ese pueblo al que no pertenecía, detenida en el tiempo y sin saber qué hacer, con la única certeza de que el tiempo avanzaba porque su panza crecía. La mirada que Maliandi ofrece sobre el conflicto es lateral, centrada sobre todo en lo no dicho, en lo insinuado permanentemente por el espacio que envuelve a la protagonista y esa sensación de amargura tras haber desaparecido de Buenos Aires sin más, de un día para el otro, con miedo a abrir sus correos para enterarse de cosas que no se quiere enterar. La habitación alemana lejos está de ser una fábula o una alegoría, pero entre tanto avance de trama sin destino, entre tanto supuesto humor amargo, a algunos más nos vale buscar algún tipo de raciocinio que le dé espesor a este relato que si no, sería apenas una copia de cualquier otra obra de Rejtman.

 

Un pedacito de La habitación alemana:

Cuando termina su clasificación la señora Takahashi está exhausta pero su rostro ha cambiado, se la ve más joven y vital. Hemos puesto todo en cajas y ahora se supone que debo llevar todo eso a mi habitación. Ella dice que irá a su hotel a descansar un rato y que me pasará a buscar a la tarde para tomar el té. No sé cómo agradecer este enorme regalo, me siento rara, un poco incómoda. La señora Takahashi sonríe y me dice que lo que no quiera guardar lo regale o lo tire y se va dando pasos cortitos y apurados. Golpeo la puerta del tucumano para pedirle que me ayude a cargar las cajas. Me abre con un libro en la mano y un lápiz en la boca, sigue vestido con el traje pero está descalzo. Me dice que lo espere, que ahora viene. Unos minutos después sale de la habitación con el pelo mojado peinado hacia atrás, se puso zapatillas y se lo ve contento. Corre por el pasillo delante de mí como un chico que va a buscar los regalos que dejaron los reyes magos cuando todos dormíamos.

Pág. 55