Agosto – Romina Paula – 2009 – Entropía – 167 págs.

Agosto (2009), de Romina Paula

Agosto – Romina Paula – 2009 – Entropía – 167 págs.
Agosto – Romina Paula – 2009 – Entropía – 167 págs.

Romina Paula, la primera Millenial 

 Puede que Romina Paula sea la mejor representante de lo que hemos venido leyendo en los últimos años en esta sección intitulada «Nueva Narrativa Argentina en 4 párrafos». No porque sea «la que mejor escribe» (¿cómo saberlo?), sino porque reúne la mayor cantidad de características que aúnan a los distintos textos de escritores argentinos jóvenes en la última época y, además, porque fue pionera. Desde la disruptiva novela ¿Vos me querés a mí? del año 2005 (¡ya cumplió 12 años!) hasta hoy, la literatura de Paula (escritora, dramaturga, directora de teatro, actriz) se nutre de las voces del habla cotidiana, de los lugares comunes y de los problemas de todos los días, con las dificultades del lenguaje propias de la oralidad que proponen taras y reformulaciones en forma constante. Sus tres novelas (en algún punto, bastante distintas de sus obras teatrales[1]) remiten constantemente a una oralidad que emula la de las señoras que se juntan a coser en el primer capítulo de La traición de Rita Hayworth, de Manuel Puig, aunque en otro tiempo y otro espacio. Y —también como en Puig— el trabajo del fluir de la consciencia es constante, los pensamientos llevan al narrador en primera persona tan propio de la joven literatura de un lugar a otro, al punto en que los diálogos más intensos presentes en la literatura de Paula suelen ser más los de la narradora con ella misma que con sus interlocutores, con quienes apenas comparte retazos de lo que se están diciendo realmente, una pantomima social que oculta todo lo que en el fondo no se dice, pero se sabe que está ahí (ver Un pedacito de… al final de la página). 

En Agosto, particularmente, la novela le habla a una segunda persona que desde la primera línea está invocada y, a la vez, desmaterializada: «Algo como que quieren esparcir tus cenizas; algo como que quieren esparcirte». El otro al que le habla Emilia (la narradora, nombrada por primera vez en la página 98) es el recuerdo de su mejor amiga de la infancia, Andrea, que murió por causas no referidas y que poco importan en el relato. Lo importante es que está y no está, que es la persona a la que está dirigida cada una de las palabras de la novela al mejor estilo de las viejas novelas epistolares, pero que también es esa inmaterialidad, esas cenizas que se van a esparcir hasta no ser nada («lo de las cenizas no duró más de tres segundos, eso quiere decir, el desvanecerse no duró más que eso. Uno dos tres y ya no se veía, ya no se podía reconocer ni una sola partícula de nada, de eso, la materia, vos»). En este sentido, Agosto es sin dudas una novela sobre la muerte, sobre el peso que la muerte tiene cuando se vuelve tan real que ya ni cuerpo queda de la difunta, ni una lápida, y entonces se hace necesario escribirle para escribirla, para devolverle algo de materia a ese recuerdo. Justo antes de esparcir las cenizas de Andrea, la narradora dedica un capítulo a una familia en Inglaterra que se come a una integrante de su familia. Allí, tal como en la historia de un hámster que no se anima a matar en su departamento de Buenos Aires, la carne está presente, vuelve sucio y hediondo el relato. Su amiga, en cambio, no es más que un montoncito de cenizas, su gata que sigue en su casa como si nada hubiese pasado, su cuarto de adolescente intacto, sus recuerdos. Podríamos reformular, entonces, y decir que Agosto es una novela sobre el duelo, sobre lo que pasa después de la muerte, igual que la tercera y última novela de Paula, Acá todavía (Entropía, 2016). Sobre el duelo por la muerte de su amiga y cómo se vive después de eso, pero sobre todo, por el fin de la infancia y el ingreso (tardío) en la adultez (esto lo veremos después). 

Emilia vive en Buenos Aires y emprende el regreso a Esquel, su ciudad natal, ante el llamado de los padres de Andrea, que la invitan para esparcir las cenizas de su hija. No hay grandes novedades en la trama de «novela de viaje»: se sube al micro en Retiro, pasa por Liniers y después de un viaje intentando mirar por la ventana, llega a Esquel (luego atravesará la estepa chubutense para llegar a Trelew y a Puerto Madryn, pero el paisaje patagónico está mejor descripto en la última novela que leímos, que nada tiene que ver con esta: Dónde enterré a Fabiana Orquera, de Cristian Perfumo). En Esquel se reencuentra con los padres y la hermana de Andrea, pero sobre todo, se reencuentra con su vida de antes de partir, como una pintura que se ha quedado detenida durante 10 años. Salvo que su novio de aquel entonces hoy es padre. Y eso le mueve el piso. No porque lo ame, no porque haya sido una «historia trunca», sino porque, como buena Millenial que es, Emilia lo quiere todo, no soporta la posibilidad de no haber hecho la mejor elección posible, no quiere pagar el costo de oportunidad. En el fragmento que incluimos al final de estas palabras se puede ver claramente cómo sufre por pensar en la posibilidad muerta de haber sido la madre de los hijos de su ex. Eso también es morir un poco, eso también requiere un proceso de duelo: el saber que hay opciones que ya se han descartado para siempre, como cuando en El juego de la vida se elige «estudiar» o «trabajar» y no se pueden volver atrás los casilleros una vez pasada esa etapa. Esto parece ser algo muy propio de la juventud, del paso de la adolescencia a la adultez, pero a decir verdad, es más propio de la juventud de cierta época (ésta) y de cierta clase social (media y alta); un tiempo y un caudal de dinero que permiten experimentar una adolescencia prolongada sin responsabilidades reales y que puede derivar en caminos múltiples, pero que siempre tiene un trasfondo de angustia por estar habitando un no-lugar, un sitio poco claro dentro del sistema, con una única misión que es la del «disfrute», algo que suena espectacular pero que no siempre se vive de forma tan sencilla (esto lo hemos desarrollado en forma más completa cuando hablamos de «la generación del disfrute» al analizar Que todo se detenga, de Gonzalo Unamuno). La narradora de Paula es neurótica, lo piensa todo, lo analiza todo, no se decide y posterga constantemente la toma de decisiones, incluso en el gesto más gráfico de colocar una barra (/) entre dos adjetivos o dos conectores, como si estuviese escribiendo un borrador. 

Tal como toda esta generación de narradores herederos de Fogwill, las marcas culturales proliferan en Agosto a cada página: consumo de películas hollywoodenses berretas de los años 80 y 90, música anglo mainstream propia de la alguna vez llamada «Generación MTV», rock nacional años 90 (más Babasónicos y Soda que Los Redondos y Divididos) y un consumo hoy demasiado común, pero en ese entonces no tan habitual: series. Six Feet Under a la cabeza, pero también figuran otras, y sobre todo, resuena todo el tiempo el «aroma a sitcom», con FriendsSeinfeld y Sex and the City como mayores estandartes (y, desde ya, Los Simpsons siempre de fondo). Como sello distintivo, Paula agrega, además de estos consumos culturales, expresiones de todos los tiempos (no por nada la entrevista que le hicieron en Infobae el año pasado comienza con la siguiente declaración: «colecciono palabras»): en un par de páginas seguidas podemos encontrar «me lo llevo puesto», «chupate esa mandarina», «mandarse a mudar», «dejar en banda» y «sin pena ni gloria», por ejemplo. En esta combinación entre oralidad tan propia de otros tiempos (pero que sigue absolutamente vigente hoy, y más aún en el interior del país) y los rasgos ya detallados de un consumo globalizado, en Agosto queda construido un texto armado de restos de discursos que oímos todos los días mezclado con un fluir de la consciencia que nos hace viajar por todas las opciones que un Millenial analiza antes de inclinarse por una u otra opción (que nunca será la mejor, pues de cualquier modo estará dejando a otra opción de lado, se habrá perdido la posibilidad de hacer eso otro que abandona para siempre, que deja morir). Sólo queda, entonces, «soltar», poder dejar ir aquello que se esfuma; o, en términos un poco más psicoanalíticos, hacer el duelo. Esa palabra, que hoy es tatuaje de muchos veinte-treintañeros, Romina Paula la usó en el 2009, en el inicio del viaje y en el final del mismo: «Quiero poder soltar Buenos Aires», dice Emilia cuando parte hacia Esquel, y «Sólo se trata de soltar» asegura hacia el final, cuando por fin logra llorar a la amiga difunta (y a su infancia enterrada; o, mejor, su infancia diluida en el aire). 

Un pedacito de Agosto: 

Asume, creo, que a mí me encanta mi vida de mujer independiente en la Capital, vida que no cambiaría por nada, y estimo que es lo que yo me encargué de transmitirle desde que llegó, que es lo que le hice creer. Y cualquiera, hasta yo en un buen día, diría que es así, que no cambiaría mi simple y simpática vida en Buenos Aires por nada. Sólo que ahora ya no estoy tan segura de eso. ¿Y qué si todas mis elecciones fueron siempre las equivocadas y yo tendría que haberme quedado con Julián? Entonces/En ese caso esos hijos, esos nenes, serían míos ahora. Qué horror. Hijos con otra. Está, entonces, eternamente ligado a otra persona, lo que nos lleva nuevamente a… ¿Con quién se casó? Ah, no, que no se casó, bah, que ahora sí, ahora sí que se había casado, pero después del nacimiento del hijo, de León. León parece que se llama, qué nombre bonito, qué nombre discreto. Muy Julián, lo debe haber elegido él. Ligado a otra persona, a otra mujer para siempre, qué espanto, qué horror. No, que la chica es una piba más chica, una pendeja de Trevelin, de familia de galeses, que estaba saliendo pero no hace mucho, y que la piba tenía dieciocho, que tenía dieciocho años cuando quedó embarazada y que decidieron tenerlo. Ella quería, ella acababa de salir del colegio, Mariela, Mariela se llama. Ahora tiene veintiuno. 

Págs 42-43

 [1] Para la diferenciación entre la oralidad en el teatro y la novela, es interesante la observación que hace la autora en una entrevista: «en teatro los diálogos no son tan coloquiales, incluso así fue la tendencia: al principio eran más coloquiales, ahora son más literarios y aparatosos. Está como cruzado.» (fuente: entrevista en Infobae, disponible aquí).

El Canon Literario Argentino

EN LA CANCHA SE VEN LOS PINGOS: El canon literario argentino forma así

EL CANON LITERARIO ARGENTINO EN UN EQUIPO DE FÚTBOL

A veces explicar la literatura argentina para quien no la conoce tanto no es sencillo, y más allá de los primeros tres o cuatro nombres, el argentino de pecho inflado puede llegar a fallar cuando presenta su biblioteca ante un extranjero. Aquí proponemos un cuadro sinóptico que pretende resumirlo todo, pero armado sobre una cancha de fútbol fácil de recordar, para que se diga de memoria, al modo en que los viejos rememoran esos equipos de los años 60 en un parpadeo y sin respirar.

Dos advertencias antes de presentar la formación: el texto que aparecerá a continuación está destinado únicamente a quienes dominen la terminología del idioma universal del fútbol; quienes no conozcan ese lenguaje posiblemente entiendan lo mismo que aquel que desconoce las notas musicales y se dispone a leer una partitura. La otra advertencia: este artículo, presentado como juego, trae encubierta la conformación de un canon establecido y no necesariamente de preferencias personales (aunque, hay que decirlo, un poco sí); su validez de ningún modo es absoluta, y a la vez es ciertamente deseable que se vea modificado en el tiempo.

 

Ahora sí, el equipo:

Nos atendremos a una formación tradicional, con cuatro defensores, tres volantes, un enganche y dos delanteros. Todo buen equipo de fútbol debe contar con una “columna vertebral”, usualmente compuesta por el arquero, el 2, el 5, el 10 y el 9, es decir, los jugadores que ocupan el centro de la cancha. Este equipo, por supuesto, no será la excepción.

El arco entonces lo vigila Domingo Faustino Sarmiento, el único verdadero prócer del equipo, la Experiencia con mayúscula, el hombre de las batallas ganadas munido de una pluma (y a veces también de una espada). Casi el fundador del fútbol en el país, sobre sus palabras se definieron muchas de las bases de este equipo. Justamente, hablando de bases, Sarmiento es el veterano de otro equipo, aquel del siglo XIX que tenía a Alberdi, a Moreno, a Echeverría, a Mansilla, a

Domingo Faustino Sarmiento. Principales obras: Facundo o Civilización y Barbarie, Recuerdos de provincia
Domingo Faustino Sarmiento. Principales obras: Facundo o Civilización y Barbarie, Recuerdos de provincia

Mármol; muchos de ellos podrían jugar, pero este seleccionador piensa en el próximo mundial y decide dejar a este buen team para jugar en Veteranos.

 

 

El 2, al modo en que jugó Perfumo, elegante e imponente, se erige la figura del polémico y poco aclamado Leopoldo Lugones, quien con El payador instaló una forma de ser

Leopoldo Lugones - El payador, Lunario sentimental
Leopoldo Lugones – El payador, Lunario sentimental

nacional que perdura hasta hoy, dándole al gaucho una centralidad que no tenía. Il Capitano es potente declarando, y hasta marca diferencias con el arquero al pregonar que era momento de dejar de lado la pluma, pues ya era “la hora de la espada”. Poco querido por el resto del equipo, es sin embargo tomado como faro por muchos de sus integrantes.

 

 

José Hernández - Martín Fierro, Vida del Chacho
José Hernández – Martín Fierro, Vida del Chacho

Distribuyendo y metiendo, con toques sutiles y con cruces mordaces y alevosos, José Hernández se para de 5 y es amo y señor de la mitad de la cancha, que parece que va a ser suya por siempre. Lugones lo vio en Inferiores y le sugirió al técnico que lo ponga en Primera, que iba a comandar como nadie. Y ahí, gaucho cuatrero y guitarra en mano, no se hizo problema para cantar sus coplas y cruzar a quien haga falta, aunque sea ese arquero-símbolo al que todos admiran.

 

Más adelante se para con desenfado Julio Cortázar, portando la 10 en la espalda, la más vendida

Julio Cortázar - Rayuela, Bestiario
Julio Cortázar – Rayuela, Bestiario

de todas las camisetas. Con su estilo larguirucho y su camiseta XL, recuerda a Sócrates, el gran delantero-político brasileño en su forma de jugar, siempre con una sonrisa, siempre seguro de que esto es apenas un juego, pero que por ello mismo hay que jugarlo con la mayor seriedad y responsabilidad posible. Demuestra compromiso con el equipo, aunque a veces se le critique, como a todo enganche, por ser lagunero, desaparecer durante largas temporadas y preocuparse más por los chiches que por llevar el balón a destino.

 

Jorge Luis Borges - Ficciones, El Aleph
Jorge Luis Borges – Ficciones, El Aleph

El 9 es infalible, punzante, nunca da puntada sin hilo y le bastan apenas un par de movimientos sin pelota para dejar a toda la defensa fuera de lugar y mandarla a guardar: Jorge Luis Borges es el centrodelantero con el que cualquier equipo sueña, el jugador emblema de este equipo, aunque su discreción no lo quiera (ojo: por lo bajo, es el que más llegada tiene al DT a la hora de dar consejos).

 

 

Esta columna parece inapelable y autosuficiente, pero gracias a un equipo sólido, puede apoyarse en las bandas. De especial predilección para el DT, que los promocionó a más no poder, están el 3, Roberto Arlt, y el 11, Juan José Saer, que hacen la banda izquierda. A Arlt su puesto le cuesta especialmente, porque su pierna hábil es la derecha, y ni siquiera… Lo suyo es todo esfuerzo, llegar primero e irse último de los entrenamientos, es participación, pedir la pelota en las difíciles, no achicarse nunca. No hace buenas migas con los otros y mira torcido, pero tiene una serie de hitos en su espalda que avalan su titularidad indiscutida así como las habituales ovaciones de la hinchada. Saer, en cambio, es un joven poco coreado, pero los que ven los partidos de la Tercera desde siempre saben que está al nivel de los mejores, y que, pese al excesivo firulete y las pisadas constantes que le hacen difícil llegar hasta el fondo, él sabe lo que hace, tiene la habilidad de dominar al rival.

Roberto Arlt - Los siete locos, Los Lanzallamas
Roberto Arlt – Los siete locos, Los Lanzallamas
Juan José Saer - El limonero real, Glosa
Juan José Saer – El limonero real, Glosa

 

Rodolfo Walsh - «Operación Mascare», Variaciones en rojo
Rodolfo Walsh – «Operación Mascare», Variaciones en rojo

Por derecha el tándem es más desparejo, con dos jugadores que no se entenderían nunca: Rodolfo Walsh juega a pierna cambiada en el mediocampo, para poder encarar y definir de un fierrazo desde afuera del área. Antes jugaba por su banda natural, la izquierda, para llegar hasta el fondo y tirarle centros para que Borges cabecee, pero ya no más: sus puntos de vista irreconciliables hacen que nunca más le vaya a dar un pase al 9 (a quien, por otra parte, esto poco le importa). Walsh es obstinado en la marca, colaborador, y si le dan la opción de ganar un partido colgados del travesaño o de arriesgar el resultado a fuerza de no revolear la pelota, nunca va a dudar en elegir esta última. César Aira, en cambio, es apocado, rara vez pide la

César Aira - La liebre, Cumpleaños, cualquiera...
César Aira – La liebre, Cumpleaños, cualquiera…

pelota, nunca pasa al ataque y tal vez su defensa parezca endeble. Es cierto, son pésimas características para un 4, y de hecho muchos en la tribuna lo cuestionan. Su mérito está en que tiene muy claro lo que hace, es trabajador y constante y no quita nunca el ojo de la meta, a la que llega con voluntad de hormiga, aunque salir campeón le resulte de lo más trivial e irrelevante. Los que saben dicen que con el tiempo va a ser inamovible en este equipo, aunque no son pocos los murmullos que se escuchan cuando agarra la pelota.

 

Completando la defensa aparece un jugador de fuste, el que le enseñó a Borges a cabecear, pero que él apenas lo usa para rechazar pelotazos sin hacerse mayores problemas: el segundo marcador central es Macedonio Fernández, el más querido entre sus compañeros, el que más se burla de todo esto que llaman fútbol. La tiene dominada, pero elige ocultarse en la defensa, salir jugando con elegancia, mirar el partido desde el fondo. Total que no tiene que demostrarle nada a nadie, y así todos contentos…

Macedonio Fernández - Museo de la Novela Eterna
Macedonio Fernández – Museo de la Novela Eterna
Fogwill - Los Pichiciegos, Vivir afuera
Fogwill – Los Pichiciegos, Vivir afuera

El último titular se para de 7, al lado de Borges, y no le importa en lo más mínimo su figura inmaculada. Rodolfo «Quique» Fogwill es un «pendejo» en este equipo, que se metió de prepo en las grandes ligas y nunca cambió su actitud de rebelde, de chico malo que ni al emblema del equipo respeta. Algunos pusieron en duda que pueda estar a nivel, pero la camiseta no le pesó, ni se inmutó cuando se la colocaron, y siguió corriendo para todos lados y pateando en cada oportunidad. Es más, habla pestes del DT ante los medios, y éste lo sigue incluyendo en su equipo.

 

¿Quién es el DT? Ricardo Piglia, sin dudas, el estratega que mejor sabe manejar estas piezas, el que conoce todos los nombres y la mejor forma de ensamblarlos. Por supuesto, no está solo, sino que es la cabeza de un grupo mayor, donde los principales cargos del cuerpo técnico son ocupados por mujeres.

Ricardo Piglia - Respiración artificial, Plata quemada
Ricardo Piglia – Respiración artificial, Plata quemada

Ojo que Piglia no juega sólo con 11. Sabe de la importancia del recambio, y para eso armó con cuidado el banco de suplentes: si hay que mantener un linaje y la voz de la experiencia frente a alguna lesión del ya mayor Sarmiento, el arco va a estar bien cubierto por Ezequiel Martínez Estrada, conocedor de la geografía del área, y también delicioso ejecutor de penales (aunque fueron realmente pocos los que le tocó patear). El central suplente impone respeto con sus bigotazos y su presencia. David Viñas rechaza con izquierda, con derecha, con la cabeza y si hace falta también alecciona a algún delantero rival. Es un aguerrido en las áreas. Además, es de esos que le pueden soplar algún cambio al DT. Manuel Puig es todo lo contrario: entra en caso de lesión de alguno de los laterales, pero sus modos son tan delicados que es posible que lo pasen por encima en el primer contraataque. Su lugar, sin embargo, es esencial, ya que es versátil y puede ocupar casi cualquier puesto dentro de la cancha.

Osvaldo Lamborghini es el 5 suplente, reparte juego, es mordaz y va siempre a los tobillos. Ernesto Sabato aspira a la 10, pero no convence ni al DT ni a sus compañeros; sigue siendo convocado sólo porque el público lo aclama cada vez que pisa un estadio, pero es de esperar que en próximos mundiales ya no esté en la lista. Copi, en cambio, es nuevito, una apuesta del DT (aunque, hay que decirlo, no fue una ocurrencia del DT). Es enganche, vino de Francia y tiene experiencia como profesional también en handball. Nunca se sabe qué es lo que va a hacer con la pelota, por eso es ideal para hacerlo ingresar cuando el equipo está perdiendo y ya se quemaron todas las naves.

El último suplente es el delantero. Vendría a ser como un Crespo de Batistuta, un buen jugador que va a quedar eternamente marcado por la sombra de quien tuvo adelante. Adolfo Bioy Casares nunca aspiró a usar la 9, porque sabe que Borges la lleva mejor que él; sólo aparece cuando su amigo debe abandonar el campo de juego. De todas formas, los defensores rivales no se deben confiar, porque la precisión de Bioy en la definición es siempre exquisita.

Este es el plantel de hombres que juegan para el Canon de la Literatura Nacional Argentina. Ya se dijo que algunos de los viejitos quedaron afuera, y hay muchos otros que estaban en la lista de preseleccionados pero que no pudieron pasar el corte como Oliverio Girondo, Marco Denevi, Juan L. Ortiz, Roberto Mariani, Elías Castelnuovo, Héctor Libertella, Haroldo Conti, Raúl González Tuñón, los hermanos Discepolo, Leopoldo Marechal, Atahualpa Yupanqui, Abelardo Castillo, Miguel Briante, Manuel Mujica Láinez, Osvaldo Soriano, Tomás Eloy Martínez, Roberto Fontanarrosa, Leónidas Lamborghini, Martín Kohan (en él se expresan muchos otros de su generación, que tal vez figuren en próximos mundiales), Eduardo Mallea, Jorge Asís y Marcos Aguinis (estos tres últimos fueron a pedido del público; el seleccionador ni los consideró).

Y también debe haber algo que salte a la vista: así como en el fútbol de Primera, la selección de escritores tampoco es mixta. Por supuesto que no armaremos una “platea femenina”, porque sería de mal gusto, pero más allá de mencionar a las hermanas Ocampo, Alejandra Pizarnik y Alfonsina Storni, o las más nuevas como Hebe Uhart y Diana Bellesi, hay que reconocer que difícilmente alguna de ellas se haya hecho espacio para entrar a la selección del Canon (no olvidar: no se está midiendo calidad de juego, se está midiendo el prestigio obtenido, sea válido o no). Es probable que de acá a 30 años este equipo ya pueda ser, con toda justicia, uno mixto.

También se hace saber a los lectores que se les ofreció la nacionalización a Juan Carlos Onetti y a Witold Grombrowicz, pero ambos la declinaron gentilmente, eligiendo sus selecciones uruguaya y polaca respectivamente. Horacio Quiroga sí se nacionalizó, y estuvo a un pasito nomás de superar el corte en la última preselección…

 

El Canon Literario Argentino

 

Banco de suplentes del canon

Piglia (DT)

 

Equipo titular: 1. Domingo Faustino Sarmiento; 4. César Aira, 2. Leopoldo Lugones, 6. Macedonio Fernández, 3. Roberto Arlt; 8. Rodolfo Walsh, 5. José Hernández, 11. Juan José Saer; 10. Julio Cortázar; 7. Rodolfo Fogwill, 9. Jorge Luis Borges.

Suplentes: 12. Ezequiel Martínez Estrada; 13. David Viñas, 14. Manuel Puig; 15. Osvaldo Lamborghini, 16. Ernesto Sabato, 17. Copi; 18. Adolfo Bioy Casares.

DT: Ricardo Piglia