Villoro-sobrecorrección

LA SOBRECORRECCIÓN SIN ESTILO

El problema de los correctores de estilo empieza ni más ni menos que por nuestro nombre. «¿Cómo que corrigen el estilo? O sea, ¿yo tengo mi estilo y ustedes me lo van a cambiar?». No es fácil explicar ni por qué esto no es así, ni tampoco por qué es que nos llamamos correctores de estilo. Tal vez es para no llamarnos «correctores de textos» y que la gente piense que estamos dentro del Word, subrayando en verde y en rojo según nos parezca.

¿Cómo trabajamos, entonces, los correctores de estilo, sin modificar el estilo? Por poner un ejemplo vulgar y poco contrastable con la realidad, pero que resulta práctico, pensemos en un autor que nos entrega un texto con todas frases compuestas por sujeto + verbo + predicado, y en el medio aparece una que está conformada por un orden alterado. Entonces, nosotros nos preguntamos (y, eventualmente, le preguntamos) por qué está invertido el orden. Si, como es presumible, existe algo que lo justifique, lo mantendremos tal cual. Si no, encontraremos la forma de lograr que el texto mantenga su unidad y su cohesión en toda su extensión.

La idea es lograr un texto coherente, respetando el estilo del autor, pero sacándole el mayor jugo posible. La calidad de las obras dependerá siempre del escritor, pero el corrector tiene la responsabilidad de que cada autor alcance su mayor potencial. No es el mismo nivel de análisis el requerido por una obra de un autor literario consagrado, al de una monografía sobre biología. En uno se buscará hacer foco en el uso del lenguaje, desarrollo de personajes, manejo de la intriga, etcétera, mientras que en el otro se cuidarán las formas, se buscará una correcta jerarquización de títulos y temas, se comprobará que se plantee correctamente y se confirme la hipótesis, que el desarrollo justifique la conclusión, etcétera.

En base a estos lineamientos, el corrector pensará cuál será su nivel de intervención en el texto. Éste es imposible de medir, pero dependerá de una intuición que le permita discernir ante qué tipo de texto se enfrenta. Por ejemplo, si una persona escribe un cuento plagado de errores de sintaxis, ortografía y puntuación, el revisor deberá concentrarse en solucionar estos problemas, y lograr que la trama resulte eficaz. Sería una falta de tacto muy grave que, ante un texto como este, el corrector le señale al autor algo como: “Este cuento está bien, pero tiene demasiados puntos en común con ‘El Aleph’, de Borges, como para considerarlo original”.

Ahora, si el corrector recibe un cuento de un autor consagrado —seguramente con menos problemas formales—, sí será pertinente discutir sus similitudes con el cuento de Borges, y qué pretendía hacer con ello, si es recomendable modificarlo de algún modo o no, etcétera.

Las cuestiones de estilo no son sencillas de explicar, porque cada caso particular es una situación diferente, y se debe ver sobre la marcha. En cuanto a lo relativo a la ortotipografía, ámbito en el que uno esperaría más facilidades, tampoco existe unanimidad, y nunca un texto revisado por dos correctores distintos va a quedar igual. Ya vimos en este espacio la disparidad de criterios al momento de la puntuación. Pese a las normas, tampoco es sencillo determinar cierto uso de las mayúsculas, por lo general, mucho más extendido entre el público que lo que la RAE aconseja. Y, como hemos visto también, los nuevos consejos de la RAE sobre tildación y extranjerismos, especialmente, abren otro campo problemático a la hora de decidir qué hacer con ciertos términos.

Desde «De la ortografía y otros demonios» elegimos siempre respetar la elección del autor (o, eventualmente, de la editorial) ante los casos dudosos. Por ejemplo, nosotros preferimos la grafía «garage» a la recomendada por la RAE, «garaje», por el simple hecho de que en Argentina respetamos la pronunciación francesa, mientras que en España se dice literalmente «garaje», con el sonido «je» final. Sin embargo, si el texto a corregir dice «garaje», no lo cambiaríamos (a lo sumo podríamos llegar a comentarle al autor que lo tenga en cuenta, para que haga su propia elección, y no la que el Word le sugiere), pero tampoco modificaríamos (como efectivamente hacen muchos correctores que no disfrutarán leyendo estas líneas) la grafía «garage» si la encontramos en el original.

 

La sobrecorrección, tanto ortotipográfica como de estilo, es un tema que probablemente tengamos que seguir en otras entradas, porque evitarla es la piedra basal de la tarea del corrector; un revisor que se excede en la corrección de un texto es como un psicólogo diciéndole al paciente qué es lo que tiene que hacer en la vida. Se puede sugerir, discutir, pero nunca cambiar la esencia, ni de una persona ni de un texto. El cambio tiene que venir siempre desde el propio autor, apoyado en un corrector que sepa guiarlo en el camino de su propia escritura.

 

Para finalizar, un fragmento del cuento «Corrección», de Juan Villoro, en el que, con un dejo de humor ácido y corrosivo, este narrador —director de una revista— analiza los quehaceres de Germán, un brillante escritor en franco declive, devenido en corrector.

 

Estuve de acuerdo en cada cambio de Germán pero tuve que decirle que Barandal republicano ofrecía a sus colaboradores el derecho de equivocarse. No podíamos convertir a Julia [la autora del artículo corregido] en Virginia Woolf. […]

Julia llamó por teléfono hacia el fin de semana. Anticipé una nueva reprimenda, pero me saludó con voz desconocida, explicó que había estado muy nerviosa la tarde en que fue a verme («dejé de fumar y ando gruesa»), recordó que siempre la había apoyado y, como no queriendo, mencionó que había recibido muchas felicitaciones por su ensayo. […]

—No fui yo en ese ensayo. Gustó mucho pero no fui yo. Me convertiste en otra.

[…]

No soportaba los elogios inmerecidos, pero tampoco quería renunciar a ellos.

[…]

También Lola y Montse llegaron a mi oficina en estado de doble alteración: las versiones publicadas de sus textos las humillaban y les gustaban, querían ser otras y las mismas, insultarme y darme las gracias. De modo misterioso, yo disponía del picaporte de su identidad y ellas deseaban un remedio ambiguo, una puerta agradablemente mal cerrada.

Extraído del cuento «Corrección», páginas 283-286, en Villoro, Juan, La casa pierde, Alfaguara, Montevideo, 2011 [1999]

(Ver más sobre Villoro)

Mayúscula tilde

LAS MAYÚSCULAS, ¿LLEVAN TILDE?

4.10. Acentuación de letras mayúsculas

Las mayúsculas llevan tilde si les corresponde según las reglas dadas. Ejemplos: África, PERÚ, Órgiva, BOGOTÁ. La Academia nunca ha establecido una norma en sentido contrario.

En «Capítulo IV: Acentuación», Ortografía de la lengua española, Real Academia Española, s/d, 1999, página 31.

 

 

Nuestro ejemplificador título es elocuente para dar una respuesta a la misma pregunta que formula, y la Real Academia Española no deja dudas al respecto. Sin embargo, la tildación de mayúsculas es quizá una de las dudas más frecuentes de la «gente común» (léase, de aquella gente no tan obsesionada como nosotros por las letras), y lleva incluso muchas veces a cuestionar al propio corrector.

¿De dónde sale este mito tan arraigado que requiere de la aclaración de que la RAE «nunca ha establecido una norma en sentido contrario»? Mucho tiene que ver nuestro amigable hermano Gutenberg y su invención llamada imprenta. En épocas en que los procesos tipográficos eran manuales y mecánicos, y no digitales, la tildación de mayúsculas resultaba imposible por un problema de espacios: en los diarios y los libros, entonces, las mayúsculas no llevaban acento gráfico. Y si en los mayores promotores de la lengua escrita la regla no se cumple, ¿cómo explicar que esa regla existe? Así, el principal caballito de batalla de cualquier porteño para sostener que las mayúsculas no llevan tilde es presentar la tapa de uno de los diarios nacionales más respetables desde sus formas (esto no implica una posición sobre su contenido): el diario LA NACION, tal como figura en la tapa de cada matutino, se escribe en mayúsculas y sin tilde, pues tiene más de un siglo de antigüedad.

lanacionlogo

 

Sin embargo, esto responde nada más que al suceso antes mencionado de la imposibilidad de imprimir los caracteres en letra capital con tilde. Para ponernos más frívolos, responderemos con otro ejemplo provisto por medios argentinos:

 

Tildes en mayúsculas

Para quienes no puedan ver la imagen, se trata de la tapa de la revista Caras del día 14 de junio de 2011, y dice: «FORLAN: “LE PEDI UN TIEMPO Y NO ME LO PERDONO”».

¿Qué dijo nuestro querido Diego Forlán? ¿Acaso su ex, Zaira Nara, no le perdonó el tiempo que él le pidió, o es tal vez que él mismo no se perdona (es decir, se arrepiente) el haberle pedido el tiempo? Parece un tema trivial, pero se trata ni más ni menos que de la tapa de una de las revistas más vendidas del país. Y por no usar tildes en las mayúsculas (como en «Forlán», «pedí» o en «perdonó») uno no puede dirimir cuál es la noticia que está presentando. Es decir, está fallando la comunicación, no están pudiendo entregar bien el mensaje. El error hubiese sido más leve incluso si cometían un furcio tal como poner «FORLAM» en lugar de «FORLAN», porque en ese caso el lector habría podido entender el mensaje a partir del contexto.

En base a este, y otros muchos casos de la vida diaria que no vale la pena repasar, podemos entonces asegurar que, si bien ha tenido su justificación práctica el uso de mayúsculas sin tildes, hoy en día no hay motivo alguno para no usarlas, y no sólo la normativa así lo indica, sino que también lo hacen los fines prácticos: no nos olvidemos que la más de las veces (al menos en la lengua), la normativa no está sólo para molestar, sino más bien para ayudar a que escribir (y leer) sea más fácil y sencillo para todos.

 

EPÍLOGO: ¿POR QUÉ HABLAMOS DE «TILDE» Y NO DE «ACENTO»?

Tal vez decir «la tilde» retrotraiga a muchos a sus aulas de escuela, donde «acento» era palabra prohibida. La única razón es que, para hablar de «acento», hay que distinguir entre el acento fónico y el acento gráfico. Todas las palabras tienen acento fónico, mientras que el acento gráfico (la famosa tilde) se coloca sólo en aquellas que así lo requieren según las reglas: palabras con acento fónico en la última sílaba finalizadas en «n», «s» o vocal; palabras con acento fónico en la penúltima sílaba que no terminen en «n», «s» o vocal, y todas las palabras en las que el acento recaiga en sílabas anteriores. A estas reglas básicas se les suman todas las excepciones, que en este caso no recordaremos, pero que siempre pueden consultar en el Manual de Ortografía de la RAE.

Diccionario

UNA APROXIMACIÓN AL DICCIONARIO

—Joder —dijo admirativamente Oliveira. Pensó que también joder podía servir como punto de arranque, pero lo decepcionó descubrir que no figuraba en el cementerio; en cambio en el jonuco estaban jonjobando dos jobs, ansiosos por joparse; lo malo era que el jorbín los había jomado, jitándolos como jocós apestados.

«Es realmente la necrópolis», pensó. «No entiendo cómo a esta porquería le dura la encuadernación.»

Cortázar, Julio, Rayuela, Alfaguara, Buenos Aires, 2006 [1963], capítulo 41, p.263

Lo que hace Oliveira en el epígrafe es “jugar en el cementerio”. O al menos, así lo llama él; es lo que hacen con la Maga cuando están aburridos en París, en la novela emblemática argentina, Rayuela, de Julio Cortázar. ¿En qué consisten los juegos en el cementerio? Se trata de ir al diccionario (el cementerio de palabras) y tomar términos que parecieran no ser parte del español, para formar oraciones con sentido.

La asociación de diccionario y cementerio no es inocente: allí es donde las palabras van a morir, porque dejan de tener significados y de ser articuladas en función de la comunicación, para pasar a ser una sucesión de definiciones. Cualquiera que haya tenido algún contacto con el campo científico entenderá la dificultad de definir un concepto y cómo se realizan innumerables debates en torno a una palabra, que seguramente acabará por no contentar a muchos. Entonces, ¿qué se le puede pedir a un libro que tiene que definir “revolución”, “literatura” o “política” en 10 palabras?

Esta entrada no persigue ir contra el mandato escolar de “chicos, consulten el diccionario”, pero sí tener en cuenta la relatividad de su uso y utilidad. Podría decirse que el diccionario es una herramienta de consulta básica y, sobre todo, una formalidad de la lengua. Porque toda lengua, para considerarse tal, debe tener un sistema legal que la ampare, y esto incluye una Academia y un diccionario.

Pero la lengua justamente no es la que encontramos en esos tomos inmensos de páginas finas y letra chica, sino lo que hablamos y escribimos regularmente, el material que usamos para comunicarnos. Por eso sería equivocado pensar que si escribimos una palabra y el Word o Internet la subrayan con rojo, debemos quitarla. No hay dudas que ante esa situación hay que revisar la palabra escrita (y, en especial, su ortografía) y ver también qué nos sugiere el corrector. Pero si estamos convencidos de que se trata de un término usado y aceptado por el marco de personas a las que les estamos escribiendo, entonces no debería haber inconvenientes en violar al diccionario y poner estas palabras en uso, como lo hacemos todos los días. Así, como hemos señalado en otros artículos, si estamos escribiendo un mail a un amigo y decidimos poner “q haces? tdo bn?”, mientras él nos entienda, no estaremos incurriendo en ningún error, tal como si estamos escribiendo un artículo sobre literatura y hablamos del “borramiento del autor”, pese a que “borramiento” no sea una palabra aceptada por el corrector.

Los correctores se basan en los diccionarios, y los diccionarios se actualizan al menos cada 10 años. Pero lo cierto es que no dan abasto y no pueden poner en juego todas las expresiones del lenguaje (y mucho menos en español, que implica muchos millones de hablantes de más de 30 países distintos), quitando las viejas y sumando las nuevas. En definitiva, sirven como fuente de consulta, pero no tienen “la verdad”, ni son necesariamente “mataburros”, como en algún momento se decía.

Por de pronto, tal vez Cortázar se ponga contento de saber que “joder” está actualmente en el Diccionario de la Real Academia Española con 3 acepciones del verbo y una como interjección.

 

NOTA: luego de publicada esta entrada tuvimos el agrado de cruzarnos con una excelente conferencia de Ricardo Soca, que ahonda mucho más seria y prolijamente en el tema del uso del diccionario en el español. Afortunadamente, la encontramos digitalizada gracias al siempre interesante sitio de ElCastellano.org. Para ver la conferencia hagan clic aquí.

Coma

SOBRE EL USO DE LAS COMAS

Nada fácil es poner una coma, o saber cuándo omitirla. Sólo basta con ver esta oración recién escrita: esa coma antes de la “o”, ¿es correcta o incorrecta? Y, por suerte, en apenas dos líneas, hemos llegado al meollo de la cuestión: sí, hay una reglamentación sobre el uso de comas y sí, es importante seguirla, pero, a la vez, también hay muchísimas comas que son perfectamente “debatibles” u “opinables”, sin que exista una resolución que sea más verdadera que la otra. Podríamos decir, entonces, que la primera oración de este texto podría haber tenido coma, tanto como podría no haberla tenido.

Pero entonces, ¿en qué hay que basarse para tomar una decisión fundada? Para empezar, y siguiendo con la línea de pensamiento de este sitio, la escritura representa de algún modo a la oralidad, y la coma no es más que la representación de una pausa breve en el discurso (la pausa más breve de todas, si se quiere, seguido por el punto y coma, el punto y seguido y el punto y aparte). Pero, además, existe una serie un tanto extensa de reglas, que dicen que antes de una proposición adversativa —pero, sino, aunque— o consecutiva —porque, pues—, “debe” ir una coma; que cualquier aposición explicativa debe estar entre comas; que los vocativos deben ir entre comas y un gran etcétera que no repasaremos aquí, pero que está explicado correctamente en el libro mater de los correctores, el Manual de Ortografía de la Real Academia Española (que se puede descargar en PDF —la edición de 1999 y no la última y polémica de 2010— haciendo click aquí, y que es ampliamente recomendable como material de consulta para cualquiera que escriba en español).

Por lo tanto, están las reglas, pero también está la oralidad. Para escribir confiado de que la mayoría de las comas que se están poniendo (u omitiendo) son “correctas” (o quizás sería mejor decir “aceptables”) hay que conocer bien estas reglas, pero también hay que ser capaz de leer el texto de corrido, sin inconvenientes, siguiendo las marcas de puntuación que existen en él, y no la cadencia sugerida por recordar lo pensado al momento de escribirlo. Es decir, el texto se tiene que poder leer normalmente en voz alta, sin que este lector logre récords de lectura sin respirar, pero también evitando que tenga que detener su discurso en cada palabra que pronuncia.

Si en una oración de tres renglones no hay ninguna coma o marca de puntuación, permítanse dudar de ella, y revísenla y reléanla en voz alta hasta encontrar las pausas necesarias que se harán inconscientemente a lo largo del discurso. Si, por el contrario, en esa oración habitan tantas comas que la idea se vuelve ilegible, revean lo que se está queriendo decir, considerando la posibilidad de separar las ideas en más de una oración, o de incluir otros elementos de la puntuación más disruptivos, como pueden ser los dos puntos, el punto y coma, los paréntesis, las rayas o incluso las notas al pie.

El tema de la puntuación no es tan sencillo como parece, e incluso las reglas generales pueden ser desmentidas en casos particulares. Por ejemplo, en el Manual, la RAE sugiere el uso de la coma cuando se invierte el orden regular de las partes del enunciado y también en algunas construcciones adverbiales. Sin embargo, para ejemplificar las aposiciones explicativas, usa la siguiente oración: “En ese momento Adrián, el marido de mi hermana, dijo que nos ayudaría.” Bien podría considerarse que “en ese momento” no está en su posición regular, pues es parte del predicado y está ubicado antes del sujeto, y, además, se trata de una construcción adverbial, ambos, motivos suficientes para justificar una coma entre “momento” y “Adrián”. Aparte, una lectura oral con esa pausa lo avalaría.

¿Qué se intenta demostrar aquí? No que la RAE cometió un error, ni que sus reglas están equivocadas, sino, justamente, la flexibilidad de las mismas, y la posibilidad de las dos lecturas. Sin dudas, esta oración es perfectamente correcta, tanto con coma como sin ella. Ubicada dentro de su contexto, recién ahí se tendrán armas suficientes para justificar, desde un punto de vista más estilístico, si conviene, o no, ubicar una coma allí.

Por último, y para demostrar las dificultades en la lectura que representa el uso efectivamente incorrecto de las comas, dejamos aquí unas oraciones del cuento “Tinieblas”[1], de Elías Castelnuovo, representante del grupo de Boedo en la Buenos Aires de los años 20, un hombre con ideas revolucionarias desde el punto de vista social y cultural, pero con escasa formación y serios problemas a la hora de redactar. Para esta entrada hemos seleccionado sólo cuatro errores ejemplificadores, pero el texto tiene muchísimos más.

  • Su boca, estaba recortada con finura (…)”, (p.32. Uso incorrecto de la coma, separando al sujeto del predicado).
  • Con el dinero que le di adquirió, un vestido chillón, unas zapatillas celestes y un pañuelo de seda blanca con el cual ciñe el haz de sus cabellos negros.” (p.34. En este caso la coma se usa incorrectamente para separar el verbo del objeto directo; si bien se podría pensar en una eventual pausa entre “adquirió” y “un vestido chillón”, esta pausa debería estar marcada por los dos puntos, pues significa un detenimiento brusco e inesperado, que destaca la enumeración de objetos directos que le siguen al verbo).
  • A la hora de cenar, lo hacemos juntos en silencio como dos cartujos que se propusieran alcanzar la gloria del paraíso recluyéndose en el monasterio de una barraca podrida y solitaria.” (p.35. En esta oración hay una acumulación de elementos que exigen necesariamente algunas comas para distinguir funciones y permitir la respiración. Por ejemplo, “en silencio” podría ir entre comas).
  • Me trajo el desayuno a la cama cosa que nunca había hecho.” (p.37. La coma ausente entre “cama” y “cosa” tiene una justificación desde la normativa, pero es mucho más evidente desde la oralidad: esta oración no puede ser leída sino con una pausa necesaria entre esas dos palabras).

La puntuación puede resultar un poco inabarcable para explicar en entradas de blog. Sin embargo, con la base del Manual de Ortografía, artículos previos y entregas posteriores que iremos haciendo, se puede llegar a armar un conocimiento básico en el que la puntuación, si bien nunca perfecta, al menos pueda llegar a ser pensada conscientemente.


[1] CASTELNUOVO, Elías. “Tinieblas” en Tinieblas, Librería Histórica, Buenos Aires, 2003 [1923]. Todas las citas fueron tomadas de este texto.

Olé

CITAS TEXTUALES: cómo y cuándo usarlas

«Ramón Díaz dice que su Ciclón no cambió de nombre, aunque “le estamos haciendo el motor”».

 

«Para eso, el DT sabe que “ahora tenemos que reafirmar el avance”».

 

«Prósperi banca su corte nuevo porque “ahora ya no me dicen Gentiletti”».

¿No suenan raras todas estas oraciones? ¿No parecen mal construidas, imposibles de ser comprendidas oralmente? Todas pertenecen al diario deportivo Olé de la edición electrónica del día 15 de marzo de 2011. Sí, en un solo día, a vuelo de pájaro se encuentra en tres notas distintas el mismo error, que muchos ni siquiera consideran tal, como se puede ver.

Para no arrogarnos la autoridad de discutir con quienes consideren correcta esta forma de citar, vamos a dejar que el Diccionario Panhispánico de Dudas de la RAE hable por sí solo:

La inclusión, a través de las comillas, de un texto literal dentro de un enunciado en estilo indirecto es aceptable siempre y cuando no se incumpla alguna de las condiciones impuestas por el estilo indirecto, como, por ejemplo, la correlación de tiempos verbales o los cambios en determinados pronombres o adverbios. No sería aceptable, por tanto, un enunciado como el siguiente: Mi madre nos recomendó que «no salgáis a la calle sin abrigo».

Citar adecuadamente puede resultar más difícil de lo que parece. El uso de la voz de otro en un texto propio se puede incluir a través del estilo directo, del indirecto, del híbrido o del narrativizado (los nombres son lo de menos y pueden cambiar las categorías según el método de enseñanza usado; lo que importa es la teoría). Sin entrar en demasiados detalles, daremos ejemplos que simplifiquen la explicación:

Estilo directo:

María les dijo[1]: “¡No salten en la cama!”

Estilo indirecto:

María les dijo que no saltasen en la cama.

Estilo mixto o híbrido:

María les dijo que no saltasen en la cama porque, si lo seguían haciendo, alguno se iba a lastimar “muy feo”.

Es claro, cada ejemplo ilustra cada estilo. Lo que importa no son los nombres, sino saber para qué sirve cada estilo. En el directo lo que se busca es poner a hablar al actor, darle el mayor protagonismo posible, y se usan las comillas para decir: “esto que pongo que dice María, efectivamente lo dijo María en esta misma forma”. Cuando se trata de una cita textual oral el texto puede ser ligeramente modificado para lograr una coherencia con el resto del texto. Si se trata de una cita de suma importancia o de una cita de un texto escrito, lo que se escribe entre comillas debe ser idéntico al original. Si se necesita saltear una parte, se pueden agregar tres puntos suspensivos entre corchetes (“[…]”) o, si hay que cambiar un verbo o agregar un nombre para lograr una concordancia o para recuperar un agente perdido, también se lo puede hacer por medio de los corchetes.

En el estilo indirecto se busca repetir la idea que plantea el actor, pero sin la necesidad de reproducirlo textualmente, dando lugar a reformulaciones y formas más sencillas o correctas en la escritura.

El híbrido persigue lo mismo, con la diferencia de que se busca rescatar algún fragmento del que, como autores, no nos queremos hacer cargo, y sí queremos señalar que así fue como el actor lo dijo. Por eso, expresiones coloquiales, juicios de valor o frases muy contundentes buscan ser entrecomilladas, con el fin de destacar las palabras utilizadas por la persona o el texto citado. Es especialmente en este estilo en el que no hay que olvidar lo dicho anteriormente por la RAE; así, lo que se incluya entre comillas siempre deberá respetar la coherencia y la sintaxis de la oración en la que se inscribe, cuidando el uso de pronombres, de adverbios y de tiempos verbales.

Cuando el texto a citar es mucho, y se vuelve innecesaria la presencia del actor —debido a que no cambia en nada quién lo haya dicho o porque es completamente evidente quién fue el que lo dijo—, se puede usar el estilo narrativizado, que consiste simplemente en la elisión de cualquier mención al actor, y se asume lo que se dice como propio. Por ejemplo: un paciente cuenta su historia y dice: “Mi papá es médico y mi mamá comerciante. Mi hermano tiene 27 años. Está estudiando Veterinaria”. En un informe psicológico no aporta en nada citar textualmente estas palabras, pues no hay ninguna marca relevante, más allá de la “información dura”. Además, es obvio que la información fue obtenida a través del paciente, pues es él quien cuenta su vida. Así, el informe simplemente puede narrar los datos, sin uso de comillas ni mención al verdadero creador de las palabras. Por ejemplo: J. es hijo de un médico y de una comerciante. Tiene un hermano de 27 que estudia Veterinaria.


[1] “Decir” es el verbo por antonomasia en las citas textuales, así como también, el más genérico y menos explicativo. Según cada ocasión particular, puede ser conveniente cambiar por “advertir”, “subrayar”, “asegurar” y un larguísimo etcétera que abarca a todos los verbos declarativos e, incluso, a algunos que no lo son tanto.

Sólo-Solo

LA IMPORTANCIA DE LA TILDE DIACRÍTICA

Sólo-SoloDentro de las últimas modificaciones a la ortografía de la Real Academia Española (RAE), una de las más llamativas resultó ser la eliminación de muchas tildas diacríticas (tildes usadas para discernir significados en palabras que suenan idénticas). La más sorpresiva, sin dudas, nos resultó la sugerencia de eliminar la tilde en «sólo», aduciendo que la distinción de significados se puede obtener del contexto.

Para analizar este cambio, debemos explicitar que, antes de la modificación, «sólo» funcionaba como sinónimo de «solamente», mientras que «solo» indica «sin compañía» ¿Es relevante esta distinción? La RAE sostiene que, a partir de ahora, la tilde no será incorrecta, pero tampoco será necesaria. Así, elimina la regla, pues cada vez que aparezca «solo» sin tilde, se podrá pensar tanto en uno de los significados como en el otro.

Si digo: «Me quedé toda la tarde solo», no hay dudas que la distinción es innecesaria. Si digo: «Sólo con esfuerzo se consiguen cosas», la tilde podría no estar y la oración misma nos estaría dando la pauta de qué «solo» se trata. Pero si dijese, con la nueva ortografía: «Yo voy solo al cine», ¿cómo podría el lector saber si estoy diciendo que voy al cine sin compañía o que voy al cine y nada más que al cine; es decir, nunca al teatro, nunca a la biblioteca, etc.?

La RAE habla de contexto, pero, justamente, obligar al escritor a la necesidad de un contexto implica necesariamente complejizar la comunicación, cuando la ortografía persigue lo opuesto: simplificarla, volver la comunicación lo más económica posible (sin que esto implique falta de profundidad). Es decir que la modificación está atentando directamente contra los objetivos de la ortografía y, por lo tanto, resulta contraproducente.

Otras tildes diacríticas que, según la RAE, ya no son necesarias son las de los pronombres demostrativos como «aquél, ése, éste, aquélla». Servían para distinguir la función sintáctica de la palabra en los distintos casos. No tiene la misma función decir: «Aquél no vale para nada» que decir «aquel sujeto no vale para nada». Si bien no consideramos tan crítica su utilidad, como en el caso de «solo/sólo», nos parece una forma de ayudar tanto a lector como a escritor para discernir funciones que se está eliminando.

Lo curioso es que otras tildes, que efectivamente distinguen significados inconfundibles, se mantienen: es el caso de «te» y «té» o «mi» y «mí», por ejemplo. Sonaría raro invitar a gente a nuestra casa a las 5 de la tarde para tomarse un pronombre, ¿no?

 

Anexo. Como pequeño agregado en nuestra cruzada por devolverle el uso obligatorio de la tilde diacrítica de «solo-sólo», a partir del día de la fecha (25/01/2012) transcribiremos cada caso que encontremos en el que su uso es necesario para distinguir significados, y que si no estuviese la tilde, la oración resultaría completamente ambigua (en donde ni siquiera el contexto permita discernir el significado):

1. «El Viejo para entonces ya estaba hablando solo con el tono de quien amonesta a su capataz porque la hacienda se le ha embichado y había vuelto al principio.» (Piglia, Ricardo, Blanco nocturno, Anagrama, 2010, Argentina, pág. 209).  Gracias a que Anagrama no siguió los «consejos» de la RAE, y tildó «sólo» cada vez que éste fue equivalente a «solamente», podemos saber que el Viejo estaba hablando consigo mismo, y no que estaba hablando «únicamente con el tono de quien amonesta a su capataz…».

2. «Eran las 9.20, es decir las 21.20, mi hermano aceleró y el camión sólo tocó a la rural en la culata y nos sacudió y a mí me tiró sobre el barro.» (Ibíd., pág. 250). Gracias a esta tilde podemos saber que el camión tocó a la rural nada más que en la culata, y no que «el camión solo tocó a la rural en la culata», es decir que no fue responsabilidad del conductor, sino que el camión se fue solo, sin ser guiado por nadie, contra la culata de la rural.

3. «Emilio miró el papel con las frases subrayadas y las cruces y comprendió que Croce quería que él llegara soloa las conclusiones porque entonces podía estar seguro —secretamente— de haber acertado en el blanco.» (Ibíd., 266). En esta frase el «solo» podría haber llevado tilde, significando que Croce deseaba que Emilio llegase nada más que a las conclusiones: no a una hipótesis intermedia, o a otras teorías.

Seguiremos formando un corpus de ejemplos concretos que demuestren la necesidad de la tilde diacrítica. Mientras tanto, tras leer el libro de Piglia, en donde se habla mucho de langostas, nos preguntamos si no es más útil pensar en una palabra alternativa para uno de estos dos bichos, ya que dos seres del reino animal llevan nombre idéntico, y son completamente distintos. ¿Esta nomenclatura no lleva más a la confusión que la correcta colocación de tildes?

Y, por otro lado, ¿qué hay del caso de las librerías, que algunas venden reglas y escuadras, y otras, libros interesantes y no tanto? Fea solución llamar a unas “librería comercial» y a otras, «librería “de libros”», como sucede en esta imagen obtenida de Proyecto Cartele:

 

libreria-de-libros

4. «La vida de los campos argentinos, tal como la he mostrado, no es un accidente vulgar: es un orden de cosas, un sistema de asociación característico, normal, único, a mi juicio, en el mundo, y él solo basta para explicar nuestra revolución.» (Sarmiento, Domingo F., Facundo, Ed. Altamira, 1999, Buenos Aires, pág. 54). Con este sistema de asociación que se da en la vida de los campos argentinos es suficiente para explicar la revolución; Sarmiento no dice que este sistema sirve únicamente para esto.

 

A partir de aquí, el corpus de ejemplos sigue, pero ya no haremos explícita la duda que cada texto plantea acerca del «solo/sólo» (a menos que lo creamos necesario). Ante algún desprevenido debemos aclarar que no se trata de transcribir cada situación en la que aparece un «solo/sólo», sino que seleccionamos únicamente los casos en que la presencia o ausencia de tilde diacrítica marca una distinción de significado que de otro modo sería difícil o imposible de recuperar.

Sólo resaltaremos el término, indicaremos de dónde fue tomada la cita, y si el libro sigue o no los nuevos lineamientos de la RAE que recomiendan quitar la tilde en cualquier caso.

5. «La derrota de Puente de Márquez fue para Oro una ocasión de penetrar solo en Buenos Aires y abocarse a los ministros a rogarles que se salvalsen por un tratado con López.» (Sarmiento, Domingo F., Recuerdos de provincia, Ed. Sol 90 en edición especial para La Biblioteca Argentina–Serie Clásicos —Clarín—, 2001, Barcelona, pág. 75). Edición con tildes diacríticas.

6. «Rico de erudición en las más célebres obras de los autores franceses que él solo poseía, y lleno de ideas de otro género que las limitadas que circulaban en las colonias, el orador sagrado había sabido elevarse a la altura de su asunto, apreciando en frases pomposas las medidas gubernativas que habían hecho notable el reinado del muerto rey.» (Ibíd., pág. 84). Edición con tildes diacríticas.

7. «Un señor Candiote, de Santa Fe, perdió él solo seiscientos mil pesos.» (Ibíd., pág. 92). Edición con tildes diacríticas. Este caso resulta de particular interés: al tratarse de un texto de 1850, tendríamos que tener ciertos conocimientos financieros de la época para saber si eso era mucho  o poco dinero; si bien la repetición del sujeto («él») estaría dando la pauta de que se trataría de mucho dinero (además de la abultada cantidad), perfectamente podría tratarse de un modismo lingüístico de la época que el lector desconozca, y la cantidad podría haber sido más ambivalente, como «200 pesos», por ejemplo.

8. «¡A los setenta y seis años de edad, mi madre ha atravesado la cordillera de los Andes para despedirse de su hijo, antes de descender a la tumba! Esto sólo bastaría a dar una idea de la energía moral de su carácter.» (Ibíd., pág. 108). Edición con tildes diacríticas.

9. «Estuve triste muchos días, y como Franklin, a quien sus padres dedicaban a jabonero, él que debía robar al cielo los rayos y a los tiranos el cetro, toméle desde ojeriza al camino que sólo conduce a la fortuna.» (Ibíd., pág. 139). Edición con tildes diacríticas.

10. «El doctor Aberastáin era el único que no se quería fugar. Yo lo decidí, se lo pedí y se resignó. Yo sólo entre todos conocía a Aldao de cerca. Yo sólo había sido espectador en Mendoza de las atrocidades de que habían sido víctimas doscientos infelices, veinte de entre ellos mis amigos, mis compañeros.» (Ibíd., pág. 157). Edición con tildes diacríticas.

11. «Le he oído decir candorosamente que no estaría bien la provincia sino cuando no hubiese abogados; que su compañero Ibarra vivía tranquilo y gobernaba bien, porque él solo en un dos por tres decidía las causas.» (Ibíd., pág. 159). Edición con tildes diacríticas.

12. «Rosas sólo afecta no saber que tal libro exista por miedo de despertar la atención sobre él.» (Ibíd., pág. 188). Edición con tildes diacríticas.

13. «La experiencia es la materia prima de toda creación, la cual elabora los elementos tomados de la realidad vivida. Uno solo puede imaginar a partir de lo que uno es, de lo que uno ha experimentado, en la realidad o en la aspiración.» (Gusdorf, Georges, “Condiciones y límites de la autobiografía” en Suplementos Anthropos, Nº 29, 1991, Barcelona, pág. 16). Edición con tildes diacríticas.

 14. «Katharina había reclinado su cabeza hacia atrás, y solo escuché latir a nuestros dos corazones.» (Storm, Theodor, Aquis submersus en Aquis submersus y otras novelas cortas, Gorla, 2011, Buenos Aires, pág. 102). Edición sin tildes diacríticas.

15. «A mí solo me llegó algún eco traído por el viento hará una hora.» (Ibíd., pág. 105). Edición sin tildes diacríticas.

16. «Pero Nikita [la película] solo era un ejercicio de calentamiento.» (Gilmour, David, Cineclub, Mondadori-Reservoir Books, 2009, Buenos Aires, pág. 178). Edición sin tildes diacríticas.

17. «No sé cuánto tiempo pasó; el cigarrillo se consumía solo en mis labios, y me llegaba un sollozo continuo y ahogado desde el extremo de la pieza.» (Levrero, Mario, La ciudad en La trilogía involuntaria, Debolsillo, 2008, Barcelona, pág. 149). Edición con tildes diacríticas. Es importante destacar que en los mundos enigmáticos que crea Levrero es completamente probable que un cigarrillo pueda consumirse sólo en los labios de una persona, y no en los de otra o en el cenicero. De realizarse ediciones posteriores bajo la nueva recomendación de la RAE, se estaría colocando una incertidumbre en el texto de Levrero que su autor, cuando escribió el libro, en 1970, no se había planteado. En cierta forma, se estaría modificando el texto, sin modificarlo un ápice (como Borges planteara en la historia de Pierre Menard, quien busca escribir otro Quijote, de texto idéntico al anterior, pero radicalmente distinto por su entorno y su concepción).

18. «Con su prometida no había hablado aún detalladamente sobre cómo se dispondría el futuro del padre, puesto que habían dado por sobreentendido que se quedaría solo en la casa antigua.» (Kafka, Franz, La condena en Relatos completos, tomo I, Losada, 2009, Barcelona, pág. 48). Edición con tildes diacríticas.

19. «Yo me sentí contento cuando supe que asistiría usted solo a la ejecución.» (Kafka, Franz, En la colonia penitenciaria en Relatos completos, tomo I, Losada, 2009, Barcelona, pág. 194). Edición con tildes diacríticas.

20. «Pero cuando después de cuatro noches de acecho el director Klohse apareció por fin solo hacia las once de la noche —alto y delgado, con sus pantalones a cuadros pero sin sombrero ni abrigo, porque el aire era tibio— y, viniendo del Schwarzer Weg, empezó a subir por la avenida de Baumbach, la mano del Gran Mahlke salió disparada del bolsillo y agarró el cuello de la camisa de Klohse juntamente con su corbata de paisano.» (Grass, Günter, El gato y el ratón, Planeta, colección especial «Premio Nobel», 2003, España, pág. 195). Edición con tildes diacríticas. Una tilde (o una ambiguación a partir de la inexistencia de la regla, que es lo mismo) cambiaría el significado sintáctico de la oración, y estaría poniendo el acento en que Klohse llegó tarde, «sólo/recién hacia las once de la noche», y no en que lo hizo sin compañía.

21. «Nuestro sistema telefónico es complicado. Mi padre tiene para él solo tres líneas distintas: un aparato rojo para el lignito, uno negro para la bolsa y uno privado de color blanco. Mi madre tiene dos teléfonos nada más: uno negro para el comité central de las agrupaciones para conciliar las diferencias raciales y uno blanco para las conferencias privadas.» (Böll, Heinrich, Opiniones de un payaso, Club Bruguera, 1982, Barcelona, pág. 31, cursiva nuestra). Edición con tildes diacríticas. El texto de Böll es sumamente irónico, en especial en lo que respecta a la relación que el narrador tiene con sus padres y el dinero de éstos. Es por eso que ese «solo», de no existir tilde diacrítica, podría haber tenido el mismo tono irónico que en el «nada más» de la madre. A esto se le suma un estilo de narración que incluye pocas pausas-comas (tal vez, consecuencia de la narrativa de Böll, tal vez del traductor, Lucas Casas), lo que dificultaría la eventual necesidad de una desambiguación.

22. «Dije aún que al número sobre el Consejo de Administración podría llamarle “Sesiones del Comité”, pues allí sólo se decidía aquello que ya había sido decidido con anterioridad.» (Ibíd., pág. 219). Edición con tildes diacríticas.

23.  «Pegué un brinco y abrí cancha / Diciéndoles: “Caballeros, / Dejen venir ese toro. / Solo nací… solo muero.”» (Hernández, José, El gaucho Martín Fierro en Martín Fierro, Ediciones La Pampa, 1960, Buenos Aires, canto VII, estrofa 205, pág. 36). Edición con tildes diacríticas. ¿Es Martín Fierro un nihilista, que plantea un resignación frente al valor de la vida, como una circunstancia más dentro del cosmos, en el que morir y nacer son sólo eventualidades, donde no teme a la muerte pues es «nada más que morir», tal como cuando nació, que fue «nada más que nacer»? Esta pregunta, ridícula hoy, puede llegar a plantearse un atento lector de una nueva edición, que siga las recomendaciones de la RAE; primero será sólo alguno muy perspicaz. De aquí a 40 años, quizá sea la lectura que se imponga.

24. «—¡Pero, puta! ¿Sabés que yo lo cuento y nadie me cree? Yo solo los vi.» (García Valdearena, Alejo, Conductores suicidas, Ediciones de la Flor, 2004, Buenos Aires, pág. 50). Edición con tildes diacríticas.

25. «Habían hablado, algún contacto había sido hecho, ahora un silencio sólo podía significar la voluntad de no hablar.» (Cozarinsky, Edgardo, «Vista del amanecer sobre un lago» en La novia de Odessa, Emecé, 2007, Buenos Aires, pág. 77). Edición con tildes diacríticas.

26. «Sarmiento abandonó su retiro de Yungay para establecerse en Buenos Aires en 1855. Viajó solo para explorar la situación política, y dos años después, en 1857, se le unieron doña Benita y Dominguito.» (Lanuza, José Luis, «Prólogo» a Sarmiento, Domingo F., La vida de Dominguito, Ediciones Culturales Argentinas, 1962, Buenos Aires, pág. XV). Edición con tildes diacríticas.

27. «Dieron las doce en Sankt Severin. Leonore contó rápidamente los sobres, veintitrés, los recogió, dispuesta a no soltarlos. ¿Había estado verdaderamente sólo media hora con ella? Acababa de sonar la décima de las doce campanadas previstas.» (Böll, Heinrich, Billar a las nueve y media, Seix Barral, 1970, Barcelona, pág. 23). Edición con tildes diacríticas. La novela está iniciando. Las oraciones son cortas, saltan de un tema a otro. ¿Leonore se sorprende de haber estado nada más que media hora con el padre de Fähmel, o de, finalmente, poder estar con él y sin el hijo, que estaría estorbando el posible inicio de un amorío?

28. «Algunos días esperaba sólo hasta las tres o las cuatro y me figuraba que todos estarían ya en sus casas y que yo podría cruzar rápidamente la calle, pasar junto a la cuadra de Meid, dar la vuelta al cementerio, llegar corriendo a casa y encerrarme allí.» (Ibíd., pág. 75). Edición con tildes diacríticas.

29. «—Sí, sí, hija mía, todo esto se refiere a la abadía de Sankt Anton; la cosa duró muchos años, Leonore, llega hasta el presente; reparaciones, obras de ampliación y, después de 1945, la reconstrucción según los antiguos planos; Sankt Antono solo llenará todo un estante.» (Ibíd., pág. 93, cursiva nuestra). Edición con tildes diacríticas. En este caso la ambigüedad realmente no es tal. Sin embargo, si se quita el «todo» que marcamos en cursiva, la ambiguëdad sería total, e incluso sería más esperable interpretar ese «solo» como un adverbio.

30. «Vivíamos afuera, cerca de un gran parque, y jugábamos mucho al aire libre, mi infancia transcurrió en este parque y después en la calle. Jugando solo.» (Linder, Christian, Conversaciones con Heinrich Böll. Gedisa, 1978, Barcelona, pág. 37). Edición con tildes diacríticas. Es esperable que si el «solo» estuviese cumpliendo una función de adverbio, estaría ubicado en primera posición. Sin embargo, esto es sólo «esperable», pero no es una regla fija que pueda aplicarse a cualquier hablante ni a cualquier escritor o traductor.

31. «[F]ue una infancia de mucho jugar, jugábamos realmente mucho, todavía me gusta mucho hoy. Entonces solo en el parque, después en las calles de la ciudad vieja, con el tiempo, los juegos se han transplantado a las habitaciones, pero a la larga este cambio no me pareció doloroso.» (Ibíd., págs. 37-38). Edición con tildes diacríticas.

32. «Se había perseguido con que los vecinos olieran algo y lo denunciaran a la policía, de manera que se hacía notar lo menos posible: salía sólo de noche y para sacar la basura producto del proceso de limpieza de la casa de su hermano, o para comprar pizza y agua mineral en una rotisería que había a cuatro cuadras (una pizza le duraba dos días).» (Busqued, Carlos, Bajo este sol tremendo, Anagrama, 2009, Buenos Aires, pág. 115).  Edición con tildes diacríticas.

33. «Quizá él sólo ha mencionado a una compañera de clases llamada Eva y ella ha creído entender de la forma en que él ha pronunciado su nombre que ella le gusta.» (Pron, Patricio, «La historia del cazador y el oso #4» en El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, Mondadori, 2011, Buenos Aires, pág. 146).  Edición con tildes diacríticas.

34. «Tal vez su bondad estuvo mal colocada, quizá no debió permitir que León se enfrentara solo con las fantasías de una inteligencia que —mejor admitirlo— no era demasiado vigorosa.» (Walsh, Rodolfo, «Nota al pie» en Un kilo de oro, De la flor, 2008, Buenos Aires, pág. 69).  Edición con tildes diacríticas.

35. «Es la pampa; es la tierra en que el hombre está sólo como un ser abstracto que hubiera de recomenzar la historia de la especia —o de concluirla.» (Martínez Estrada, Ezequiel, Radiografía de la pampa, Eudeba, 2011, Buenos Aires, pág. 32).  Edición con tildes diacríticas.

36. «Solo hubiera ido con la corriente y hubiera terminado como los otros, helado, o muerto de frío en una trinchera mal dibujada.» (Fogwill, Enrique, Los pichiciegos, El Ateneo, 2012, Buenos Aires, pág. 166).  Edición con tildes diacríticas.

37. «Lo reconstruí después, en mi casa, mientras el muchacho hablaba tratando de convencerme de cosas que él sólo suponía o ignoraba.» (Onetti, Juan Carlos, Para una tumba sin nombre, Punto de lectura, 2008, Montevideo, pág. 17).  Edición con tildes diacríticas.

38. «Alain Delon era el protagonista y estaba solo la mayor parte del film.» (Villoro, Juan, El testigo, Anagrama, 2007, Barcelona, pág. 49).  Edición con tildes diacríticas. De no haber sido editado con tildes diacríticas, el «solo» podría haber sido entendido como adverbio, generando un carácter irónico que la frase no tenía.

39. «Cuán maravillosa era la mirada de Nieves al ver a ese samurai tan solo en París, en ese alejamiento radical que los espectadores veían como si fisgaran por la cerradura de su buhardilla.» (Villoro, Juan, El testigo, Anagrama, 2007, Barcelona, págs. 49-50).  Edición con tildes diacríticas.

40. «Allí me aguardó una vez solo y a duras penas evitó mi ataque.» (Homero, Ilíada, Gredos, 2000, Barcelona, pág. 174, canto IX, verso 355).  Edición con tildes diacríticas.

41. «Quedose solo Ulises, insigne por su lanza; al lado ningún / argivo resistía, pues la huida se había adueñado de todos.» (Homero, Ilíada, Gredos, 2000, Barcelona, pág. 217, canto XI, versos 401-2).  Edición con tildes diacríticas.

42. «”¡Héctor! ¿Queda algún otro aqueo que no te intimide? / ¡Has huido despavorido hasta de Menelao, que siempre ha sido / un lancero sin valía! Y ahora se ha escapado de los troyanos / solo con un cadaver a cuestas y ha matado a tu leal compañero / Podete, hijo de Eetión, valioso entre los que luchan delante.”» (Homero, Ilíada, Gredos, 2000, Barcelona, pág. 358, canto XVII, versos 586-591).  Edición con tildes diacríticas.

 

Actualizado por última vez en 2013, luego de que la RAE comience a admitir su error, de acuerdo con esta nota periodística. Más allá de esto, no deja de ser interesante esta nota de enero de 2017 en la que se explica el porqué de quitarle la tilde a «sólo»: «He ido a la RAE solo para que me convenzan de que “solo” no lleva tilde nunca».

 

RAE

NUEVA ORTOGRAFÍA DE LA RAE

Todos los medios se hicieron eco de la última gran noticia: el nuevo manual de ortografía de la Real Academia Española (RAE). Para ver algunos de los cambios, se pueden consultar en el link. Sin embargo, nosotros creemos que sería pertinente ahondar en el análisis de estas modificaciones, para no quedarnos simplemente con la sensación de que ahora, si leemos “manager” en lugar de “mánayer” estamos siendo testigos de error ortográfico.

Como decimos a menudo por aquí, la ortografía no es más que una convención (pero bastante necesaria). Como convención, necesita de un ente regulador que se haga eco de estas convenciones y que la deposite en algún lugar confiable, del que pueda decirse: aquí está la regla, esta es La Convención. En el caso del español, ese lugar simbólico lo ocupa la RAE, radicada en Madrid.

La locación de esta institución no es un dato menor: mientras que en España todos pronuncian “vídeo”, con acentuación en la “i” y “garaje”, tal como suena, casi todos los latinoamericanos decimos “video” y “garash”. España es apenas una pequeñísima porción de los hablantes de español, pero, sin embargo, el diccionario rector del idioma dice que la escritura correcta de la cámara para grabar imágenes y sonidos es con tilde (“vídeo”), mientras que la cochera se escribe con “j” (“garaje”), pese a que tanto la palabra como la pronunciación derivan del francés “garage”.

Por eso es importante resaltar que no se trata necesariamente de seguir al pie de la letra los cambios sugeridos. Desde este espacio fomentamos el uso de una ortografía que respete la idiosincrasia de cada conjunto de hablantes (de cada país, para hacerlo más sencillo) y no meramente la convención convenida por unos pocos. Así, no estamos de acuerdo con el traslado de palabras extranjeras a una españolización forzada, ya que respetamos el origen de los préstamos tomados, por más invasión cultural que representen. A menos que, con el paso del tiempo, palabras como “piercing” o “manager” estén tan incorporadas como para que naturalmente (es decir, por el paso del tiempo) se empiecen a decir “pircin” y “mánayer”, mantendremos la ortografía inglesa.

No nos olvidemos que el lenguaje, para fundarse institucionalmente como tal, necesita de una Academia, pero que, a la vez, el lenguaje lo hacemos todos y cada uno de nosotros, los hablantes, y no quienes intentan imponer desde las reglas un nuevo modo de hablar.