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TODOS, TODAS, LA PRESIDENTA Y EL GÉNERO NEUTRO

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En castellano las cuestiones de género muchas veces se tornan complicadas. El lenguaje es político: le decimos «castellano» porque el reino de Castilla impuso su idioma al resto de la región española, usamos el «vos» como herencia de un trato formal y de inferioridad con respecto a los virreyes y su séquito, y ahora usamos términos como «sale», «chat» y «mail» en consecuencia directa de una especie de invasión cultural norteamericana y tecnológica. Y así como estas cuestiones lingüísticas fueron determinadas por asuntos políticos, la respuesta a aquellos que acusan al castellano de ser machista es complemente evidente: esta lengua tiene más de 1.000 años; la liberación femenina, menos de 100. En otras lenguas quizá este machismo del lenguaje no sea tan marcado, pero también puede decirse que España se ha destacado especialmente por hacer gala de su machismo. De todas formas, no es esto lo que vamos a discutir aquí. Lo importante es la dificultad que implica pretender cambiar una lengua tan antigua en tan poco tiempo.

Aún recuerdo los dichos de Dora Barrancos, especialista en cuestiones de género, que en una charla ante alumnos de TEA en 2007 dijo (la cita no es textual): «No descansaremos hasta que se use la palabra “pilota”». En su momento no supe a qué se refería. Luego, comprendí: su pretensión era que a todas las mujeres que manejen aviones se las llame «pilotas» y no «pilotos». Suena raro, pero tendría sentido. Cuando apareció la primera mujer que conducía aviones, generó algo así como lo que en Derecho se llama un «vacío legal», y al hablante que le haya tocado mencionarla por primera vez, seguramente dijo «la piloto», haciendo de «piloto» un término neutro, pese a que la «o» final es una típica marca de género masculino (aunque no existe una relación obligatoria de «-o» = masculino, así como no la existe de «-a» = femenino).

¿Cómo hacemos para pensar la mayoría de las profesiones que, con la mujer destinada al cuidado de la casa, eran realizadas siempre por hombres? Algunas son fáciles, como doctor/doctora o, simplemente, periodista/periodista. Concejal, pese a no tener marca de género, ha sido tomado como masculino, y derivado en el (a gusto personal) horrendo «concejala», para marcar la diferencia. Así, también se inventó un nefasto término para distinguir a los hombres de las mujeres que se dedican a la poesía: «poetisa» carga una fuerte valoración negativa, de algo inferior, cuando «poeta» bien puede servir para ambos, y de hecho, es cada vez más popular hoy en día para designar a las mujeres que escriben en verso, e incluso más aceptado que el otro.

En la situación inversa, también nos encontramos con extrañezas: ¿cómo llamamos a los hombres que se encargan del cuidado de los niños, de la cocina, de la casa y de tantos otros menesteres? ¿Amos de casa? ¿Y qué de términos tan poco marcados, como «gerente» y «presidente»? Antes eran cargos destinados a hombres exclusivamente. Cuando surgieron las primeras mujeres que alcanzaron estos cargos, fueron llamadas «la gerente» y «la presidente»; hoy, Cristina Fernández de Kirchner ha logrado imponer en la población la forma «presidenta» (recordemos: empezamos hablando de cómo la política condiciona a la lengua), que al principio chocaba, pero que ahora suena perfectamente normal. La justificación de este cambio posiblemente responda más a esta idea de que el español es una lengua sexista, y de que hay que hacer hincapié en que una mujer puede alcanzar un puesto de tamaña jerarquía. Es quizá una reivindicación valedera a tantos años de disparidad entre ambos sexos. Y la masa hablante la ha asimilado bien, por lo que no parece haber inconveniente en este punto, y es posible que no se vuelva a utilizar la forma «presidente» como término neutro (podríamos plantearnos qué hubiera ocurrido si Cristina se hubiese inclinado por esta forma; nuestra hipótesis: se habría desterrado el término «presidenta» por un buen tiempo…).

Otra moda lingüística que impuso la presidenta fue el «todos y todas». Esto responde a la misma lógica de crítica a un lenguaje sexista que pone al hombre masculino como centro, al punto tal de llamar «hombre» tanto a las personas de género masculino como al colectivo que incluye también a las mujeres. Sin embargo, este cambio niega de plano el género neutro, que por más machista que pueda ser, resulta sumamente útil a los fines de la economía del lenguaje, algo que todo hablante persigue: poder comunicarse lo más eficazmente posible, utilizando siempre la versión más condensada. Así, el «todos» neutro condensa a «todos y todas» y no tiene sentido hacer una distinción de géneros, a menos que esta distinción (por ser la «forma marcada») esté significando algo. Además, separar en géneros al inicio implica que el oyente aguarde una coherencia sintáctica en la continuidad del discurso, por lo que se desearía que exista una concordancia total, con lo que se generarían aberrantes discursos interminables en donde «todos y todas los alumnos y alumnas merecen ser educados y educadas, alimentados y alimentadas y cuidados y cuidadas por sus padres y madres y sus hermanos y hermanas…».

Por otro lado, ¿qué hacemos con los «estudiantes»? ¿Inventamos también a las «estudiantas»? ¿Y por qué la mujer se adaptó tan fácilmente al término «modelo», con esa «-o» que podría leerse como marca masculina? ¿Valeria Mazza podría haber sido la primera «modela» argentina, si se lo hubiese propuesto? La respuesta es obvia, aunque muchos sean reticentes a aceptarla: sí, si hubiese tenido la voluntad de cambiar la expresión y el poder y la influencia para que una comunidad hablante suficientemente amplia acepte el término en género masculino y femenino, hoy estaríamos hablando seguramente de muchas «modelas» que brillan en la pasarela. Tal y como hablamos de la «Sra. Presidenta», que incluso oímos en boca de los más acérrimos opositores.

 

 

 

 

Anexo

Silvia Palomar, de Senderos-idiomas, nos aporta algo más sobre el tema: «Ya en 1965, el Boletín de la Academia Argentina de Letras admitía el uso de presidenta para la denominación de la mujer que ocupa ese cargo. El diccionario de María Moliner y el Panhispánico de Dudas presentan las dos formas presidente/presidenta como correctas. Creo que se usa como femenino, sin discusión, cuando se trata de mujeres que presiden una ONG, un club o una asociación. También creo que es más frecuente el femenino cuando el participio presente se usa más con valor sustantivo que con el adjetivo.» ¡Muchas gracias, Silvia!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ELEGIR EL REGISTRO: una tarea compleja/complicada/difícil/jodida

En «De la ortografía y otros demonios» somos partidarios de la multiescuchada frase (al menos en nuestro ámbito) “los sinónimos no existen”. No criticamos el uso o el significado de la palabra “sinónimo”, pero en realidad lo que buscamos es repensar el uso de cada vocablo que escribimos y tratar de entender, en la medida de lo posible, todas sus significaciones y sus connotaciones en los distintos ámbitos.

La concepción del sinónimo nace a partir de la necesidad de los hablantes y escritores de evitar la repetición. Por eso, por ejemplo, en el párrafo anterior, dice “vocablo” en lugar de “palabra”. Pero ese término (otro “sinónimo”) fue analizado y evaluado antes de ser escrito. ¿Cumple en este caso “vocablo” la misma función que queremos representar al decir “palabra”? ¿Es apropiado el término “vocablo” en el ámbito en el que estamos escribiendo (un blog sobre corrección de estilo, pensado especialmente para gente que no se dedica a la materia)? ¿Será de común conocimiento con nuestro público el significado de la palabra “vocablo”?

Luego de hacernos todos estos cuestionamientos (en forma abreviada, por supuesto) es que resolvimos que, en este caso —y sólo en este caso—, “vocablo” sirve para explicar lo que buscábamos decir exactamente igual que “palabra”. Pero si estuviésemos en situación de una clase de escuela primaria, explicándole a un niño que “andó” no es una palabra, no podríamos nunca decir, como si de sinónimos se tratase: “Pedrito, ‘andó’ no es un vocablo existente en nuestra lengua.”

¿Qué falla en este caso? El registro. La constante búsqueda de los hablantes por evitar el uso de repeticiones puede llevar a estos errores. Y no son problemas menores, sino que son errores importantes, pues, al fallar en el registro, el mensaje enviado puede no ser comprendido, volviéndolo inútil. Así, el término “vocablo” en el ejemplo anterior implica una comunicación fallida, ya que es muy probable que el pequeño Pedrito no haya entendido al maestro y vuelva a decir “andó” en el futuro.

Muchas veces se busca un registro altamente sofisticado, que demuestre los amplios conocimientos del escritor o hablante. Esto puede acarrear el mismo problema que el mencionado anteriormente en la escuela, o incluso un problema de falta de ubicuidad en el ámbito en el que uno se está expresando. Puede que uno sea entendido al decir en una reunión de amigos “Carla tenía un rostro color marfil”, pero será mucho más claro y normal (y, por supuesto, menos poético) “Carla era medio blanquita de cara”.

En definitiva, la elección del registro parece algo sumamente sencillo, pero en realidad no lo es. Lo importante es tomar efectivamente una decisión sobre el mismo, y que no sea mera consecuencia del azar. Ser capaz de determinar el registro propio que se utilizará en un texto le permite al escritor hacerse dueño conciente del mismo y empezar a forjar un estilo (incluso si no se trata del más esperado de todos).

Aunque con una gama muchísimo mayor de opciones y, por ende, con una mayor complejidad, la elección del registro es muy parecida a la elección del tratamiento al interlocutor (y, de hecho, este tratamiento forma parte de la elección del registro). Tratar de usted a alguien no es lo mismo que vosearlo o tutearlo. Si uno se encuentra con el Presidente, es sumamente esperable que se lo trate de usted, y hacerlo de otro modo sería probablemente una falta de respeto. Lo mismo sucedería si a un amigo cercano no se lo vosea (o tutea, según el país). Pero existen puntos intermedios donde el tratamiento no está definido. Por ejemplo, no muchos años atrás, vosear al médico era impensado. Hoy, si uno se encuentra con un médico joven, la duda aparece: ¿se sentirá menospreciado si lo voseo, lo creerá muy intimista?, ¿se sentirá viejo si lo trato de usted, lo creerá muy distante? Sea cual sea la decisión, lo importante es tomarla a conciencia y mantener el mismo registro a lo largo de la charla (del texto), pues sonaría ridículo decir “Doctor, ha sido un placer charlar con usted. ¿Puedo pasar a verte la semana que viene?”

Qué

QUEÍSMO Y DEQUEÍSMO

—Estoy pensando de que mañana por ahí no voy a la reunión.

—Desconfío que lo vayas a hacer.

¿Cuál es el problema en este breve diálogo? ¿Por qué ambas expresiones parecen tan cotidianas, pero, sin embargo, nos quedan resonando, como si algo anduviese mal? Se trata del famoso dequeísmo, y del no tan famoso pero igualmente frecuente queísmo. Generalmente, uno no piensa de algo, sino que pensamos algo o, a lo sumo, en algo. Del mismo modo, uno no desconfía una cosa, sino que desconfía de una cosa. De todos modos, mientras ambas oraciones contienen errores normativos y son sintácticamente incorrectas, en la oralidad —e incluso, muchas veces, en la escritura— las aceptamos sin mayores miramientos, y entendemos perfectamente de qué se está hablando al escucharlas.

¿Por qué se producen estos fenómenos? Es algo que muchos lingüistas estudian, pero que no está del todo claro. Una hipótesis para explicar el dequeísmo habla de una distanciación inconsciente que produce el hablante entre el sujeto de la oración y el predicado. ¿Qué significa esto? Que el hablante busca ponerse lo más lejos posible de lo que está diciendo, quiere distanciarse de la afirmación que hace y por eso introduce un «de» entre el verbo y el predicado. Así, el yo de nuestra oración (que está marcado por la desinencia del verbo) busca alejarse lo más posible de la afirmación de que quizá no asista a la reunión. Ésta, por supuesto, es nada más que una hipótesis, que no resulta tan sencillo sostener y que tiene más de un contraejemplo, pero se podría pensar como una posible explicación de la tendencia de este fenómeno.

Más certera parece ser la explicación social que subyace al fenómeno del queísmo. En Argentina, el dequeísmo es generalmente reconocido como error por las clases media y alta cultas, y busca ser evitado a toda costa, para no ser confundidas con las clases sociales bajas. Así, al evitar juntar las palabras «de» y «que», que conllevan el riesgo de usar un dequeísmo, estas personas incurren en el queísmo, una falta a la normativa de igual trascendencia que el dequeísmo, pero que pasa más desapercibida para el oyente normal. El error normativo en el queísmo es evitar la preposición en situaciones en que ésta completa a la idea del verbo, como «hablar de», «pensar en», «depender de», etcétera.

En esta teoría se contemplan estigmatizaciones que indican que es más frecuente escuchar dequeísmos entre las clases sociales bajas o sin educación —el fenómeno se observa a menudo en jugadores de fútbol, por ejemplo—, mientras que el queísmo es típico de la clase media con cierto nivel cultural, pero con temor a pasar como una persona de clase baja. Sin embargo, esto no se trata más que de una burda generalización, pues ambos fenómenos están tan arraigados a nuestra habla cotidiana que a menudo resulta difícil discernir a simple oído cuándo se incurre en una falta a la normativa. Y, por otro lado, dequeísmo y queísmo son dos incorrecciones normativas —es decir, del código que regula a la lengua—, pero de ningún modo implica que exista una forma de hablar correcta e incorrecta. No hablamos ni «bien» ni «mal»; todos hablamos, todos nos comunicamos, y, entre todos, hacemos y modificamos a la lengua. A lo sumo, algunos hablarán mal o bien de acuerdo a lo que indica la norma general.

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LA TORRE DE BABEL

“El origen afectivo del lenguaje es al mismo tiempo el comienzo de su separación en diferentes y múltiples lenguajes: la adquisición de la autocomprensión en el círculo íntimo de la solidaridad familiar se paga con la pérdida de la comunicación universal entre iguales. Los pueblos se van haciendo más extraños entre sí a medida que se afirman los individuos…”

Hans Robert Jauss, Las transformaciones de lo moderno, p.32

 

La cita de Jauss, que analiza el pensamiento de Rousseau, parece dar una explicación un tanto más científica que la de la Biblia al misterio de las múltiples lenguas. Es elocuente en cuanto a su punto de vista, y desde aquí nos propusimos investigar qué sucede con la lengua española con miras a una nueva Torre de Babel en formato reducido.

Resultaría un experimento interesante poner a un español, un mexicano y un argentino en el mismo cuarto (sólo por tomar extremos del castellano: este, norte y sur). Para ser más específicos, podríamos poner en un cuarto a tres octogenarios y, en el otro, a tres adolescentes. La prueba no fue hecha (aún), pero creemos que se podrían encontrar resultados sorprendentes en cuanto a la lengua que cada uno habla.

Sin entrar en detalles científicos sobre los requisitos de la experiencia (consideración de variables, locación específica de cada uno de los hablantes, clase social, etcétera), podríamos suponer que, en un principio, todos se entenderían, pero no sin presentar ciertas complicaciones. Asimismo, es de esperar que existan menos diferencias en los idiomas que hablan los grandes con respecto al que hablan los chicos. ¿Por qué?

Como dice el epígrafe, estamos en constante búsqueda de una reafirmación como individuos y como individuos pertenecientes a un pueblo. Vosear a nuestros interlocutores nos distingue como argentinos de casi todo el resto de los hispanohablantes, y de alguna manera es un orgullo que no estamos dispuestos a negociar (todos sabríamos tutear a alguien llegado el caso, pero generalmente preferimos mantener nuestra lengua tal como la usamos). ¿Y nuestros interlocutores nos entienden? Sí, pero ellos no dejarán de tutearnos. Cada uno utilizará su idiolecto, pero todos estarán hablando el mismo idioma.

Las diferencias en los sonidos ni las tocaremos, pues son muy obvias. Sin embargo, al pensar en una lengua, generalmente pensamos en el léxico, en las palabras que usamos. Y son mucho más distintas de lo que podríamos imaginar. Por ejemplo, tres estrofas de canciones populares y actuales:

 

“Me pillaron diez quinientas

y un peluco marca Omega
con un pincho de cocina en la garganta”

Joaquín Sabina (España) – “Pacto entre caballeros”

 

“y luego miro al pesero que va medio pedo
jugando carreras con los pasajeros ”

Molotov (México) – “Hit me”

 

“No te asustes por lo que te cuento
pero en mi vecindario todo esto es cierto
todos tienen fierros, yuta tiene miedo”

Intoxicados (Argentina) – “Una vela”

 

“Pillar”, “diez quinientas”, “peluco”, “pincho”, “pesero”, “ir medio pedo”, “fierros”, “yuta”. Ocho expresiones distintas en ocho líneas distintas. Y el mismo idioma. El léxico va en franco aumento, y constantemente se buscan crear nuevos códigos para compartir con un grupo más reducido de gente. Mientras que en los distintos países de igual idioma se habla de forma diferente, al interior de las sociedades las divisiones también se hacen cada vez más notorias, con idiolectos divididos por clases, edades, grupos de trabajo y muchos otros.

Entre estudiantes de Medicina, por ejemplo, no hablan de la materia “Patología”; dicen “Pato”. Al decirlo de esa forma no sólo se ahorran 5 letras, sino que se conforman como grupo distintivo del resto, se aúnan en un sentimiento de pertenencia que no los deja solos frente al resto de la sociedad. Casos como este existen millones. Por ejemplo, el clásico lunfardo argentino y tanguero, lleno de palabras deformadas provenientes de napolitanos, gallegos y otros inmigrantes. O, para analizar un caso más específico aun, se puede pensar en la relación entre el lenguaje coloquial argentino y el campo: “sos un grasa / un mala leche / una yegua / un potro” son expresiones directamente derivadas del ámbito en el que vivimos (o en el que habitaron nuestros antepasados). Y nosotros las entendemos porque “estamos curtidos”.

En base a la idea de Jauss que planteamos al principio, sumado a los ejemplos presentados (y a los miles de ejemplos omitidos), podríamos llegar a pensar en un futuro, posiblemente muy lejano, en el que dejemos de hablar todos castellano y en el que la lengua sea “argentino”, “mexicano” o “español” según el caso. Claro, para que esto suceda habría que pensar en un cambio en la forma de crear oraciones, es decir, cambios en la sintaxis y en las estructuras generales, y no solamente en las distintas variantes semánticas, que siempre nos dan lugar a preguntar: ¿qué quiere decir “pincho”?

Y, por supuesto, desde el otro lado tendemos a la universalización del lenguaje, con la incorporación galopante de palabras inglesas y de neologismos derivados de los abruptos cambios tecnológicos. En definitiva, no hace falta hacer futurología, sino simplemente ser capaces de observar qué sucede hoy con nuestra lengua.

Sólo-Solo

LA IMPORTANCIA DE LA TILDE DIACRÍTICA

Sólo-SoloDentro de las últimas modificaciones a la ortografía de la Real Academia Española (RAE), una de las más llamativas resultó ser la eliminación de muchas tildas diacríticas (tildes usadas para discernir significados en palabras que suenan idénticas). La más sorpresiva, sin dudas, nos resultó la sugerencia de eliminar la tilde en «sólo», aduciendo que la distinción de significados se puede obtener del contexto.

Para analizar este cambio, debemos explicitar que, antes de la modificación, «sólo» funcionaba como sinónimo de «solamente», mientras que «solo» indica «sin compañía» ¿Es relevante esta distinción? La RAE sostiene que, a partir de ahora, la tilde no será incorrecta, pero tampoco será necesaria. Así, elimina la regla, pues cada vez que aparezca «solo» sin tilde, se podrá pensar tanto en uno de los significados como en el otro.

Si digo: «Me quedé toda la tarde solo», no hay dudas que la distinción es innecesaria. Si digo: «Sólo con esfuerzo se consiguen cosas», la tilde podría no estar y la oración misma nos estaría dando la pauta de qué «solo» se trata. Pero si dijese, con la nueva ortografía: «Yo voy solo al cine», ¿cómo podría el lector saber si estoy diciendo que voy al cine sin compañía o que voy al cine y nada más que al cine; es decir, nunca al teatro, nunca a la biblioteca, etc.?

La RAE habla de contexto, pero, justamente, obligar al escritor a la necesidad de un contexto implica necesariamente complejizar la comunicación, cuando la ortografía persigue lo opuesto: simplificarla, volver la comunicación lo más económica posible (sin que esto implique falta de profundidad). Es decir que la modificación está atentando directamente contra los objetivos de la ortografía y, por lo tanto, resulta contraproducente.

Otras tildes diacríticas que, según la RAE, ya no son necesarias son las de los pronombres demostrativos como «aquél, ése, éste, aquélla». Servían para distinguir la función sintáctica de la palabra en los distintos casos. No tiene la misma función decir: «Aquél no vale para nada» que decir «aquel sujeto no vale para nada». Si bien no consideramos tan crítica su utilidad, como en el caso de «solo/sólo», nos parece una forma de ayudar tanto a lector como a escritor para discernir funciones que se está eliminando.

Lo curioso es que otras tildes, que efectivamente distinguen significados inconfundibles, se mantienen: es el caso de «te» y «té» o «mi» y «mí», por ejemplo. Sonaría raro invitar a gente a nuestra casa a las 5 de la tarde para tomarse un pronombre, ¿no?

 

Anexo. Como pequeño agregado en nuestra cruzada por devolverle el uso obligatorio de la tilde diacrítica de «solo-sólo», a partir del día de la fecha (25/01/2012) transcribiremos cada caso que encontremos en el que su uso es necesario para distinguir significados, y que si no estuviese la tilde, la oración resultaría completamente ambigua (en donde ni siquiera el contexto permita discernir el significado):

1. «El Viejo para entonces ya estaba hablando solo con el tono de quien amonesta a su capataz porque la hacienda se le ha embichado y había vuelto al principio.» (Piglia, Ricardo, Blanco nocturno, Anagrama, 2010, Argentina, pág. 209).  Gracias a que Anagrama no siguió los «consejos» de la RAE, y tildó «sólo» cada vez que éste fue equivalente a «solamente», podemos saber que el Viejo estaba hablando consigo mismo, y no que estaba hablando «únicamente con el tono de quien amonesta a su capataz…».

2. «Eran las 9.20, es decir las 21.20, mi hermano aceleró y el camión sólo tocó a la rural en la culata y nos sacudió y a mí me tiró sobre el barro.» (Ibíd., pág. 250). Gracias a esta tilde podemos saber que el camión tocó a la rural nada más que en la culata, y no que «el camión solo tocó a la rural en la culata», es decir que no fue responsabilidad del conductor, sino que el camión se fue solo, sin ser guiado por nadie, contra la culata de la rural.

3. «Emilio miró el papel con las frases subrayadas y las cruces y comprendió que Croce quería que él llegara soloa las conclusiones porque entonces podía estar seguro —secretamente— de haber acertado en el blanco.» (Ibíd., 266). En esta frase el «solo» podría haber llevado tilde, significando que Croce deseaba que Emilio llegase nada más que a las conclusiones: no a una hipótesis intermedia, o a otras teorías.

Seguiremos formando un corpus de ejemplos concretos que demuestren la necesidad de la tilde diacrítica. Mientras tanto, tras leer el libro de Piglia, en donde se habla mucho de langostas, nos preguntamos si no es más útil pensar en una palabra alternativa para uno de estos dos bichos, ya que dos seres del reino animal llevan nombre idéntico, y son completamente distintos. ¿Esta nomenclatura no lleva más a la confusión que la correcta colocación de tildes?

Y, por otro lado, ¿qué hay del caso de las librerías, que algunas venden reglas y escuadras, y otras, libros interesantes y no tanto? Fea solución llamar a unas “librería comercial» y a otras, «librería “de libros”», como sucede en esta imagen obtenida de Proyecto Cartele:

 

libreria-de-libros

4. «La vida de los campos argentinos, tal como la he mostrado, no es un accidente vulgar: es un orden de cosas, un sistema de asociación característico, normal, único, a mi juicio, en el mundo, y él solo basta para explicar nuestra revolución.» (Sarmiento, Domingo F., Facundo, Ed. Altamira, 1999, Buenos Aires, pág. 54). Con este sistema de asociación que se da en la vida de los campos argentinos es suficiente para explicar la revolución; Sarmiento no dice que este sistema sirve únicamente para esto.

 

A partir de aquí, el corpus de ejemplos sigue, pero ya no haremos explícita la duda que cada texto plantea acerca del «solo/sólo» (a menos que lo creamos necesario). Ante algún desprevenido debemos aclarar que no se trata de transcribir cada situación en la que aparece un «solo/sólo», sino que seleccionamos únicamente los casos en que la presencia o ausencia de tilde diacrítica marca una distinción de significado que de otro modo sería difícil o imposible de recuperar.

Sólo resaltaremos el término, indicaremos de dónde fue tomada la cita, y si el libro sigue o no los nuevos lineamientos de la RAE que recomiendan quitar la tilde en cualquier caso.

5. «La derrota de Puente de Márquez fue para Oro una ocasión de penetrar solo en Buenos Aires y abocarse a los ministros a rogarles que se salvalsen por un tratado con López.» (Sarmiento, Domingo F., Recuerdos de provincia, Ed. Sol 90 en edición especial para La Biblioteca Argentina–Serie Clásicos —Clarín—, 2001, Barcelona, pág. 75). Edición con tildes diacríticas.

6. «Rico de erudición en las más célebres obras de los autores franceses que él solo poseía, y lleno de ideas de otro género que las limitadas que circulaban en las colonias, el orador sagrado había sabido elevarse a la altura de su asunto, apreciando en frases pomposas las medidas gubernativas que habían hecho notable el reinado del muerto rey.» (Ibíd., pág. 84). Edición con tildes diacríticas.

7. «Un señor Candiote, de Santa Fe, perdió él solo seiscientos mil pesos.» (Ibíd., pág. 92). Edición con tildes diacríticas. Este caso resulta de particular interés: al tratarse de un texto de 1850, tendríamos que tener ciertos conocimientos financieros de la época para saber si eso era mucho  o poco dinero; si bien la repetición del sujeto («él») estaría dando la pauta de que se trataría de mucho dinero (además de la abultada cantidad), perfectamente podría tratarse de un modismo lingüístico de la época que el lector desconozca, y la cantidad podría haber sido más ambivalente, como «200 pesos», por ejemplo.

8. «¡A los setenta y seis años de edad, mi madre ha atravesado la cordillera de los Andes para despedirse de su hijo, antes de descender a la tumba! Esto sólo bastaría a dar una idea de la energía moral de su carácter.» (Ibíd., pág. 108). Edición con tildes diacríticas.

9. «Estuve triste muchos días, y como Franklin, a quien sus padres dedicaban a jabonero, él que debía robar al cielo los rayos y a los tiranos el cetro, toméle desde ojeriza al camino que sólo conduce a la fortuna.» (Ibíd., pág. 139). Edición con tildes diacríticas.

10. «El doctor Aberastáin era el único que no se quería fugar. Yo lo decidí, se lo pedí y se resignó. Yo sólo entre todos conocía a Aldao de cerca. Yo sólo había sido espectador en Mendoza de las atrocidades de que habían sido víctimas doscientos infelices, veinte de entre ellos mis amigos, mis compañeros.» (Ibíd., pág. 157). Edición con tildes diacríticas.

11. «Le he oído decir candorosamente que no estaría bien la provincia sino cuando no hubiese abogados; que su compañero Ibarra vivía tranquilo y gobernaba bien, porque él solo en un dos por tres decidía las causas.» (Ibíd., pág. 159). Edición con tildes diacríticas.

12. «Rosas sólo afecta no saber que tal libro exista por miedo de despertar la atención sobre él.» (Ibíd., pág. 188). Edición con tildes diacríticas.

13. «La experiencia es la materia prima de toda creación, la cual elabora los elementos tomados de la realidad vivida. Uno solo puede imaginar a partir de lo que uno es, de lo que uno ha experimentado, en la realidad o en la aspiración.» (Gusdorf, Georges, “Condiciones y límites de la autobiografía” en Suplementos Anthropos, Nº 29, 1991, Barcelona, pág. 16). Edición con tildes diacríticas.

 14. «Katharina había reclinado su cabeza hacia atrás, y solo escuché latir a nuestros dos corazones.» (Storm, Theodor, Aquis submersus en Aquis submersus y otras novelas cortas, Gorla, 2011, Buenos Aires, pág. 102). Edición sin tildes diacríticas.

15. «A mí solo me llegó algún eco traído por el viento hará una hora.» (Ibíd., pág. 105). Edición sin tildes diacríticas.

16. «Pero Nikita [la película] solo era un ejercicio de calentamiento.» (Gilmour, David, Cineclub, Mondadori-Reservoir Books, 2009, Buenos Aires, pág. 178). Edición sin tildes diacríticas.

17. «No sé cuánto tiempo pasó; el cigarrillo se consumía solo en mis labios, y me llegaba un sollozo continuo y ahogado desde el extremo de la pieza.» (Levrero, Mario, La ciudad en La trilogía involuntaria, Debolsillo, 2008, Barcelona, pág. 149). Edición con tildes diacríticas. Es importante destacar que en los mundos enigmáticos que crea Levrero es completamente probable que un cigarrillo pueda consumirse sólo en los labios de una persona, y no en los de otra o en el cenicero. De realizarse ediciones posteriores bajo la nueva recomendación de la RAE, se estaría colocando una incertidumbre en el texto de Levrero que su autor, cuando escribió el libro, en 1970, no se había planteado. En cierta forma, se estaría modificando el texto, sin modificarlo un ápice (como Borges planteara en la historia de Pierre Menard, quien busca escribir otro Quijote, de texto idéntico al anterior, pero radicalmente distinto por su entorno y su concepción).

18. «Con su prometida no había hablado aún detalladamente sobre cómo se dispondría el futuro del padre, puesto que habían dado por sobreentendido que se quedaría solo en la casa antigua.» (Kafka, Franz, La condena en Relatos completos, tomo I, Losada, 2009, Barcelona, pág. 48). Edición con tildes diacríticas.

19. «Yo me sentí contento cuando supe que asistiría usted solo a la ejecución.» (Kafka, Franz, En la colonia penitenciaria en Relatos completos, tomo I, Losada, 2009, Barcelona, pág. 194). Edición con tildes diacríticas.

20. «Pero cuando después de cuatro noches de acecho el director Klohse apareció por fin solo hacia las once de la noche —alto y delgado, con sus pantalones a cuadros pero sin sombrero ni abrigo, porque el aire era tibio— y, viniendo del Schwarzer Weg, empezó a subir por la avenida de Baumbach, la mano del Gran Mahlke salió disparada del bolsillo y agarró el cuello de la camisa de Klohse juntamente con su corbata de paisano.» (Grass, Günter, El gato y el ratón, Planeta, colección especial «Premio Nobel», 2003, España, pág. 195). Edición con tildes diacríticas. Una tilde (o una ambiguación a partir de la inexistencia de la regla, que es lo mismo) cambiaría el significado sintáctico de la oración, y estaría poniendo el acento en que Klohse llegó tarde, «sólo/recién hacia las once de la noche», y no en que lo hizo sin compañía.

21. «Nuestro sistema telefónico es complicado. Mi padre tiene para él solo tres líneas distintas: un aparato rojo para el lignito, uno negro para la bolsa y uno privado de color blanco. Mi madre tiene dos teléfonos nada más: uno negro para el comité central de las agrupaciones para conciliar las diferencias raciales y uno blanco para las conferencias privadas.» (Böll, Heinrich, Opiniones de un payaso, Club Bruguera, 1982, Barcelona, pág. 31, cursiva nuestra). Edición con tildes diacríticas. El texto de Böll es sumamente irónico, en especial en lo que respecta a la relación que el narrador tiene con sus padres y el dinero de éstos. Es por eso que ese «solo», de no existir tilde diacrítica, podría haber tenido el mismo tono irónico que en el «nada más» de la madre. A esto se le suma un estilo de narración que incluye pocas pausas-comas (tal vez, consecuencia de la narrativa de Böll, tal vez del traductor, Lucas Casas), lo que dificultaría la eventual necesidad de una desambiguación.

22. «Dije aún que al número sobre el Consejo de Administración podría llamarle “Sesiones del Comité”, pues allí sólo se decidía aquello que ya había sido decidido con anterioridad.» (Ibíd., pág. 219). Edición con tildes diacríticas.

23.  «Pegué un brinco y abrí cancha / Diciéndoles: “Caballeros, / Dejen venir ese toro. / Solo nací… solo muero.”» (Hernández, José, El gaucho Martín Fierro en Martín Fierro, Ediciones La Pampa, 1960, Buenos Aires, canto VII, estrofa 205, pág. 36). Edición con tildes diacríticas. ¿Es Martín Fierro un nihilista, que plantea un resignación frente al valor de la vida, como una circunstancia más dentro del cosmos, en el que morir y nacer son sólo eventualidades, donde no teme a la muerte pues es «nada más que morir», tal como cuando nació, que fue «nada más que nacer»? Esta pregunta, ridícula hoy, puede llegar a plantearse un atento lector de una nueva edición, que siga las recomendaciones de la RAE; primero será sólo alguno muy perspicaz. De aquí a 40 años, quizá sea la lectura que se imponga.

24. «—¡Pero, puta! ¿Sabés que yo lo cuento y nadie me cree? Yo solo los vi.» (García Valdearena, Alejo, Conductores suicidas, Ediciones de la Flor, 2004, Buenos Aires, pág. 50). Edición con tildes diacríticas.

25. «Habían hablado, algún contacto había sido hecho, ahora un silencio sólo podía significar la voluntad de no hablar.» (Cozarinsky, Edgardo, «Vista del amanecer sobre un lago» en La novia de Odessa, Emecé, 2007, Buenos Aires, pág. 77). Edición con tildes diacríticas.

26. «Sarmiento abandonó su retiro de Yungay para establecerse en Buenos Aires en 1855. Viajó solo para explorar la situación política, y dos años después, en 1857, se le unieron doña Benita y Dominguito.» (Lanuza, José Luis, «Prólogo» a Sarmiento, Domingo F., La vida de Dominguito, Ediciones Culturales Argentinas, 1962, Buenos Aires, pág. XV). Edición con tildes diacríticas.

27. «Dieron las doce en Sankt Severin. Leonore contó rápidamente los sobres, veintitrés, los recogió, dispuesta a no soltarlos. ¿Había estado verdaderamente sólo media hora con ella? Acababa de sonar la décima de las doce campanadas previstas.» (Böll, Heinrich, Billar a las nueve y media, Seix Barral, 1970, Barcelona, pág. 23). Edición con tildes diacríticas. La novela está iniciando. Las oraciones son cortas, saltan de un tema a otro. ¿Leonore se sorprende de haber estado nada más que media hora con el padre de Fähmel, o de, finalmente, poder estar con él y sin el hijo, que estaría estorbando el posible inicio de un amorío?

28. «Algunos días esperaba sólo hasta las tres o las cuatro y me figuraba que todos estarían ya en sus casas y que yo podría cruzar rápidamente la calle, pasar junto a la cuadra de Meid, dar la vuelta al cementerio, llegar corriendo a casa y encerrarme allí.» (Ibíd., pág. 75). Edición con tildes diacríticas.

29. «—Sí, sí, hija mía, todo esto se refiere a la abadía de Sankt Anton; la cosa duró muchos años, Leonore, llega hasta el presente; reparaciones, obras de ampliación y, después de 1945, la reconstrucción según los antiguos planos; Sankt Antono solo llenará todo un estante.» (Ibíd., pág. 93, cursiva nuestra). Edición con tildes diacríticas. En este caso la ambigüedad realmente no es tal. Sin embargo, si se quita el «todo» que marcamos en cursiva, la ambiguëdad sería total, e incluso sería más esperable interpretar ese «solo» como un adverbio.

30. «Vivíamos afuera, cerca de un gran parque, y jugábamos mucho al aire libre, mi infancia transcurrió en este parque y después en la calle. Jugando solo.» (Linder, Christian, Conversaciones con Heinrich Böll. Gedisa, 1978, Barcelona, pág. 37). Edición con tildes diacríticas. Es esperable que si el «solo» estuviese cumpliendo una función de adverbio, estaría ubicado en primera posición. Sin embargo, esto es sólo «esperable», pero no es una regla fija que pueda aplicarse a cualquier hablante ni a cualquier escritor o traductor.

31. «[F]ue una infancia de mucho jugar, jugábamos realmente mucho, todavía me gusta mucho hoy. Entonces solo en el parque, después en las calles de la ciudad vieja, con el tiempo, los juegos se han transplantado a las habitaciones, pero a la larga este cambio no me pareció doloroso.» (Ibíd., págs. 37-38). Edición con tildes diacríticas.

32. «Se había perseguido con que los vecinos olieran algo y lo denunciaran a la policía, de manera que se hacía notar lo menos posible: salía sólo de noche y para sacar la basura producto del proceso de limpieza de la casa de su hermano, o para comprar pizza y agua mineral en una rotisería que había a cuatro cuadras (una pizza le duraba dos días).» (Busqued, Carlos, Bajo este sol tremendo, Anagrama, 2009, Buenos Aires, pág. 115).  Edición con tildes diacríticas.

33. «Quizá él sólo ha mencionado a una compañera de clases llamada Eva y ella ha creído entender de la forma en que él ha pronunciado su nombre que ella le gusta.» (Pron, Patricio, «La historia del cazador y el oso #4» en El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, Mondadori, 2011, Buenos Aires, pág. 146).  Edición con tildes diacríticas.

34. «Tal vez su bondad estuvo mal colocada, quizá no debió permitir que León se enfrentara solo con las fantasías de una inteligencia que —mejor admitirlo— no era demasiado vigorosa.» (Walsh, Rodolfo, «Nota al pie» en Un kilo de oro, De la flor, 2008, Buenos Aires, pág. 69).  Edición con tildes diacríticas.

35. «Es la pampa; es la tierra en que el hombre está sólo como un ser abstracto que hubiera de recomenzar la historia de la especia —o de concluirla.» (Martínez Estrada, Ezequiel, Radiografía de la pampa, Eudeba, 2011, Buenos Aires, pág. 32).  Edición con tildes diacríticas.

36. «Solo hubiera ido con la corriente y hubiera terminado como los otros, helado, o muerto de frío en una trinchera mal dibujada.» (Fogwill, Enrique, Los pichiciegos, El Ateneo, 2012, Buenos Aires, pág. 166).  Edición con tildes diacríticas.

37. «Lo reconstruí después, en mi casa, mientras el muchacho hablaba tratando de convencerme de cosas que él sólo suponía o ignoraba.» (Onetti, Juan Carlos, Para una tumba sin nombre, Punto de lectura, 2008, Montevideo, pág. 17).  Edición con tildes diacríticas.

38. «Alain Delon era el protagonista y estaba solo la mayor parte del film.» (Villoro, Juan, El testigo, Anagrama, 2007, Barcelona, pág. 49).  Edición con tildes diacríticas. De no haber sido editado con tildes diacríticas, el «solo» podría haber sido entendido como adverbio, generando un carácter irónico que la frase no tenía.

39. «Cuán maravillosa era la mirada de Nieves al ver a ese samurai tan solo en París, en ese alejamiento radical que los espectadores veían como si fisgaran por la cerradura de su buhardilla.» (Villoro, Juan, El testigo, Anagrama, 2007, Barcelona, págs. 49-50).  Edición con tildes diacríticas.

40. «Allí me aguardó una vez solo y a duras penas evitó mi ataque.» (Homero, Ilíada, Gredos, 2000, Barcelona, pág. 174, canto IX, verso 355).  Edición con tildes diacríticas.

41. «Quedose solo Ulises, insigne por su lanza; al lado ningún / argivo resistía, pues la huida se había adueñado de todos.» (Homero, Ilíada, Gredos, 2000, Barcelona, pág. 217, canto XI, versos 401-2).  Edición con tildes diacríticas.

42. «”¡Héctor! ¿Queda algún otro aqueo que no te intimide? / ¡Has huido despavorido hasta de Menelao, que siempre ha sido / un lancero sin valía! Y ahora se ha escapado de los troyanos / solo con un cadaver a cuestas y ha matado a tu leal compañero / Podete, hijo de Eetión, valioso entre los que luchan delante.”» (Homero, Ilíada, Gredos, 2000, Barcelona, pág. 358, canto XVII, versos 586-591).  Edición con tildes diacríticas.

 

Actualizado por última vez en 2013, luego de que la RAE comience a admitir su error, de acuerdo con esta nota periodística. Más allá de esto, no deja de ser interesante esta nota de enero de 2017 en la que se explica el porqué de quitarle la tilde a «sólo»: «He ido a la RAE solo para que me convenzan de que “solo” no lleva tilde nunca».

 

Huevo

LA PÉRDIDA DEL SENTIDO LITERAL DE «LITERALMENTE»

Este texto está escrito desde la nostalgia. Es inevitable que la lengua cambie, se modifique (ya nos lo enseñaron Saussure y muchos otros lingüistas). Hay formas nuevas, palabras que se dejaron de usar, palabras jóvenes que ya son parte del diccionario (y muchísimas que todavía no, pero no por ello dejan de ser parte de la lengua) y palabras que cambian su significado. Este último es el caso de “literalmente”.

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