TODOS, TODAS, LA PRESIDENTA Y EL GÉNERO NEUTRO

CFK

En castellano las cuestiones de género muchas veces se tornan complicadas. El lenguaje es político: le decimos «castellano» porque el reino de Castilla impuso su idioma al resto de la región española, usamos el «vos» como herencia de un trato formal y de inferioridad con respecto a los virreyes y su séquito, y ahora usamos términos como «sale», «chat» y «mail» en consecuencia directa de una especie de invasión cultural norteamericana y tecnológica. Y así como estas cuestiones lingüísticas fueron determinadas por asuntos políticos, la respuesta a aquellos que acusan al castellano de ser machista es complemente evidente: esta lengua tiene más de 1.000 años; la liberación femenina, menos de 100. En otras lenguas quizá este machismo del lenguaje no sea tan marcado, pero también puede decirse que España se ha destacado especialmente por hacer gala de su machismo. De todas formas, no es esto lo que vamos a discutir aquí. Lo importante es la dificultad que implica pretender cambiar una lengua tan antigua en tan poco tiempo.

Aún recuerdo los dichos de Dora Barrancos, especialista en cuestiones de género, que en una charla ante alumnos de TEA en 2007 dijo (la cita no es textual): «No descansaremos hasta que se use la palabra “pilota”». En su momento no supe a qué se refería. Luego, comprendí: su pretensión era que a todas las mujeres que manejen aviones se las llame «pilotas» y no «pilotos». Suena raro, pero tendría sentido. Cuando apareció la primera mujer que conducía aviones, generó algo así como lo que en Derecho se llama un «vacío legal», y al hablante que le haya tocado mencionarla por primera vez, seguramente dijo «la piloto», haciendo de «piloto» un término neutro, pese a que la «o» final es una típica marca de género masculino (aunque no existe una relación obligatoria de «-o» = masculino, así como no la existe de «-a» = femenino).

¿Cómo hacemos para pensar la mayoría de las profesiones que, con la mujer destinada al cuidado de la casa, eran realizadas siempre por hombres? Algunas son fáciles, como doctor/doctora o, simplemente, periodista/periodista. Concejal, pese a no tener marca de género, ha sido tomado como masculino, y derivado en el (a gusto personal) horrendo «concejala», para marcar la diferencia. Así, también se inventó un nefasto término para distinguir a los hombres de las mujeres que se dedican a la poesía: «poetisa» carga una fuerte valoración negativa, de algo inferior, cuando «poeta» bien puede servir para ambos, y de hecho, es cada vez más popular hoy en día para designar a las mujeres que escriben en verso, e incluso más aceptado que el otro.

En la situación inversa, también nos encontramos con extrañezas: ¿cómo llamamos a los hombres que se encargan del cuidado de los niños, de la cocina, de la casa y de tantos otros menesteres? ¿Amos de casa? ¿Y qué de términos tan poco marcados, como «gerente» y «presidente»? Antes eran cargos destinados a hombres exclusivamente. Cuando surgieron las primeras mujeres que alcanzaron estos cargos, fueron llamadas «la gerente» y «la presidente»; hoy, Cristina Fernández de Kirchner ha logrado imponer en la población la forma «presidenta» (recordemos: empezamos hablando de cómo la política condiciona a la lengua), que al principio chocaba, pero que ahora suena perfectamente normal. La justificación de este cambio posiblemente responda más a esta idea de que el español es una lengua sexista, y de que hay que hacer hincapié en que una mujer puede alcanzar un puesto de tamaña jerarquía. Es quizá una reivindicación valedera a tantos años de disparidad entre ambos sexos. Y la masa hablante la ha asimilado bien, por lo que no parece haber inconveniente en este punto, y es posible que no se vuelva a utilizar la forma «presidente» como término neutro (podríamos plantearnos qué hubiera ocurrido si Cristina se hubiese inclinado por esta forma; nuestra hipótesis: se habría desterrado el término «presidenta» por un buen tiempo…).

Otra moda lingüística que impuso la presidenta fue el «todos y todas». Esto responde a la misma lógica de crítica a un lenguaje sexista que pone al hombre masculino como centro, al punto tal de llamar «hombre» tanto a las personas de género masculino como al colectivo que incluye también a las mujeres. Sin embargo, este cambio niega de plano el género neutro, que por más machista que pueda ser, resulta sumamente útil a los fines de la economía del lenguaje, algo que todo hablante persigue: poder comunicarse lo más eficazmente posible, utilizando siempre la versión más condensada. Así, el «todos» neutro condensa a «todos y todas» y no tiene sentido hacer una distinción de géneros, a menos que esta distinción (por ser la «forma marcada») esté significando algo. Además, separar en géneros al inicio implica que el oyente aguarde una coherencia sintáctica en la continuidad del discurso, por lo que se desearía que exista una concordancia total, con lo que se generarían aberrantes discursos interminables en donde «todos y todas los alumnos y alumnas merecen ser educados y educadas, alimentados y alimentadas y cuidados y cuidadas por sus padres y madres y sus hermanos y hermanas…».

Por otro lado, ¿qué hacemos con los «estudiantes»? ¿Inventamos también a las «estudiantas»? ¿Y por qué la mujer se adaptó tan fácilmente al término «modelo», con esa «-o» que podría leerse como marca masculina? ¿Valeria Mazza podría haber sido la primera «modela» argentina, si se lo hubiese propuesto? La respuesta es obvia, aunque muchos sean reticentes a aceptarla: sí, si hubiese tenido la voluntad de cambiar la expresión y el poder y la influencia para que una comunidad hablante suficientemente amplia acepte el término en género masculino y femenino, hoy estaríamos hablando seguramente de muchas «modelas» que brillan en la pasarela. Tal y como hablamos de la «Sra. Presidenta», que incluso oímos en boca de los más acérrimos opositores.

 

 

 

 

Anexo

Silvia Palomar, de Senderos-idiomas, nos aporta algo más sobre el tema: «Ya en 1965, el Boletín de la Academia Argentina de Letras admitía el uso de presidenta para la denominación de la mujer que ocupa ese cargo. El diccionario de María Moliner y el Panhispánico de Dudas presentan las dos formas presidente/presidenta como correctas. Creo que se usa como femenino, sin discusión, cuando se trata de mujeres que presiden una ONG, un club o una asociación. También creo que es más frecuente el femenino cuando el participio presente se usa más con valor sustantivo que con el adjetivo.» ¡Muchas gracias, Silvia!