LAS ESFERAS INVISIBLES (2015), de Diego Muzzio

Diego Muzzio - Las esferas invisibles - 2015 - Entropía - 216 págs.
Diego Muzzio – Las esferas invisibles – 2015 – Entropía – 216 págs.

El mundo justo antes de que sepamos cómo es el mundo

El último tiempo estuvimos leyendo mucho en series (serie de libros perdidos de otros tiempos, serie de comentarios acerca de la Nueva Narrativa Argentina, serie sobre literatura y el cáncer, etcétera). En este caso, queremos abandonar por un momento esa obligación implícita de sistematizar, queremos recuperar la libertad de leer un libro simplemente porque alguien nos los recomendó, por el puro placer de leer (aunque es cierto que bien podríamos agrupar esta entrada con la anterior, acerca de otro «desclasado»). Todo lo que tenemos que saber sobre el autor, Diego Muzzio, es que, de acuerdo a sus publicaciones previas, podría considerarse un poeta y/o un autor de libros infantiles. Y mientras tanto, según sus propias palabras, estuvo 10 años escribiendo las tres nouvelles que componen Las esferas invisibles.

Si de clasificaciones hablábamos, la crítica que se ha ocupado del libro ya le ha puesto la etiqueta: «terror del subgénero gótico en la Buenos Aires de la fiebre amarilla, año 1871». Sinceramente estoy sorprendido del epíteto que acompaña a esta obra. Por empezar, «El intercesor» es un relato enmarcado al modo de los de Borges o Henry James, que comienza y termina con el narrador contando la historia en 1871, pero cuya narración —el eje de la nouvelle— está ambientada en un fortín bonaerense en 1838. Algo similar sucede con la tercera nouvelle, «La ruta de la mangosta», un relato que está dividido por tres momentos precisos: en el último, la historia llega hasta 1916 y atraviesa literalmente todo el mundo. Es decir que lo de «en la Buenos Aires de la fiebre amarilla, año 1871» se cumple tan sólo en la segunda historia, «El ataúd de ébano», y podría ser tomado apenas como un hilo conductor del libro, una excusa para narrar o un simple punto de partida.

¿Y es «terror del subgénero gótico» lo que se narra? Antes que nada, debo declararme incompetente en la materia, puesto que ni el terror, ni el gótico son temas ni que me interesen puntualmente, ni temas que haya estudiado a la fuerza tampoco. Pero no por eso dejo de escribir, y desde mi ignorancia, al menos quiero revalidar estas historias también como parte de un género o un modo fantástico, siguiendo a Rosemary Jackson, a quien sí estudié y de quien no diré nada más para no aburrir. Lo que aparece en forma constante en el libro de Muzzio es una vacilación y una tensión entre lo real y lo maravilloso, pero entendido esto dentro de un verosímil de la época, donde el pensamiento científico está asomando mientras la magia negra resulta perfectamente probable —aún hoy esto se da así—. No existe nada realmente increíble en lo que se cuenta en estas historias si se lo mira con los ojos de los personajes, o mejor aún, lo considerado «real» puede ser tomado por algo mucho más inverosímil que lo «maravilloso», a saber: ¿qué es más verosímil, un hechizo que enceguece a las personas o que exista una frontera entre el mundo que conocemos y un mundo del todo desconocido por la humanidad? ¿Nos puede sorprender una niña con poderes mágicos mientras vivimos en una ciudad donde los cadáveres se apilan en las esquinas esperando que alguien los recoja? ¿Qué puede ser más sorprendente entre fumar unas hierbas que alargan la vida y un aparato que a través de una lente puede grabar un momento para siempre? Es sin dudas el borde entre el mundo de las ciencias (el siglo XX) y el de lo aún inexplicable (todo el resto de la historia de la Humanidad) el que aparece retratado en Las esferas invisibles, y de ahí parece provenir la pertinencia de elegir la Buenos Aires de la fiebre amarilla —tema casi ignorado, como bien señalan aquí, por cierto— como hilo conductor para contar las historias: la fiebre amarilla aparece en el libro como un vaho en el aire, un vaho del que sólo se puede huir si no se quiere morir ahogado como en el Diluvio Universal. La palabra clave que subyace en todos los relatos es «atmósfera». Muzzio es sobre todo eso, un creador de atmósferas. Opresivas, ominosas, tenebrosas, al leer apenas unas palabras de Las esferas invisibles somos trasladados a un nuevo territorio en el que el verosímil está levemente trastocado, tiene algo de realista y mucho de fantasmagórico propio de las historias que se narran en un tiempo lejano, y sobre todo, en un tiempo pretérito al de toda ciencia establecida, a un tiempo en el que la magia era otra forma de la ciencia.

Quedan muchos temas por tratar, desde el comentario breve de cada una de las tramas —que no se hizo, pero que se encuentra aquí— hasta algún tipo de valoración con respecto a la escritura de Muzzio y a lo logrado o no de cada nouvelle, pero nos acotaremos a nuestro límite de los 4 párrafos. Sólo hay espacio para celebrar a otro desclasado, que escribe sobre un tiempo remoto, sobre unos tópicos mucho más cercanos a Bioy Casares (o incluso a Florencia Bonelli y Gloria Casañas, las superstars de la novela histórica-rosa) que a la Nueva Narrativa Argentina, y sin embargo es más actual y revulsivo que mucho de lo que se está publicando hoy día.

 

 

Un pedacito de Las esferas invisibles

 

Nunca conocí a mi padre y, desde la muerte de mi madre, viví bajo la tutela de una tía solterona. Trabajaba para un relojero que tenía su comercio a pocos pasos de la iglesia de San Ignacio. Ciertas personas, víctimas recurrentes de la adversidad, cargan con una triste mirada de excusa en los ojos, como si ellos mismos fueran responsables de sus desgracias. Era el caso de mi patrón, Caspar Lubecken, un alemán de Renania, vasto, colorado y meticuloso. Él y su mujer, Inge, concibieron tres hijos; ninguno sobrevivió más de unos pocos días. El relojero era un hombre severo, ceremonioso, que raras veces se permitía un exabrupto o una confidencia; sin embargo, bajo aquella primera capa de solemnidad, se escondía alguien en extremo sensible, y apenas un poco más abajo un buen indagador hubiese encontrado al verdadero Caspar Lubecken: una criatura que convirtió en oficio el juego de armar y desarmar minúsculos mecanismos. Muchas veces lo sorprendí leyendo una Biblia luterana con lágrimas en los ojos —entre sus páginas Lubecken guardaba las fotografías de sus hijos muertos—, y cuando Inge entraba en el comercio con la cacerola del almuerzo, el relojero dejaba lo que estuviese haciendo para recibirla con dos besos en las mejillas. Siempre me maravilló que, con aquellos burdos dedos suyos, Lubecken manejara con tanta desenvoltura las herramientas de precisión y los diminutos engranajes. Era un buen relojero, una excelente persona, y hoy me doy cuenta de que seguramente me quería tanto como a uno de sus hijos malogrados. Pero aquella ocupación no era para mí. El eterno tic tac de los relojes y la mesa repleta de agujas y rueditas dentadas me resultaban tan monótonos y asfixiantes como el aire petrificado de la casa de mi tía, consagrada a los chismes, al tejido, las siestas, las copitas de licor y la incesante recitación del rosario.

«La ruta de la mangosta», págs. 136-137.

Deja un comentario