CATARATAS (2015), de Hernán Vanoli

Cataratas - Hernán Vanoli - Literatura Random House - 2015 - Págs. 453
Cataratas – Hernán Vanoli – Literatura Random House – 2015 – Págs. 453

La apuesta fuerte

Lo primero que hay que decir de Cataratas, de Hernán Vanoli, es que es un libro ambicioso. Eso ya es decir mucho en el marco de una literatura que, según venimos explorando hace ya casi 3 años, es más una narrativa del detalle y del gesto que una búsqueda total al estilo años 60 o, mucho más apropiado para esta circunstancia, al estilo Roberto Bolaño. Cataratas se compone de casi 500 páginas de una apuesta constante, tanto en lo que se narra como en el modo en que se lo hace. El primer pleno que se juega es al futuro, una especie de ciencia ficción decadente donde todo es más o menos parecido a hoy, pero exacerbado. De acuerdo a una serie de indicios que disemina el ascético narrador omnisciente (y miembro de aquel futuro), podríamos imaginarnos un tiempo circa año 2050, un mundo en el que las marcas de hoy no sólo perduran, sino que dominan el mundo, con Google Iris a la cabeza como la plataforma que permite ver esa segunda realidad que es Internet directamente a través del ojo. El mundo del futuro según Vanoli tiene de todo: una panadería para celíacos, marihuana cultivada en Marte, fernet con dulce de leche y cigarrillos frutales, un McDonald’s-burla-de-Palermo que sirve shawarma de cordero con arroz persa y chicha boliviana, y también un CONICET cada vez más enorme y burocrático en el que los académicos se reúnen en congresos inútiles a estudiar comportamientos de sociedades antiguas como la nuestra; tiene sectas como El Arte de Vivir y la relevante y terrorista Surubí, que domina el Litoral; tiene un Nordelta XXIII y también tiene villas, como las de hoy pero más grandes. No se ha solucionado el hambre ni la guerra ni la brecha entre ricos y pobres, y en cambio han surgido nuevas enfermedades y hasta un monstruoso animal: palomas con alas de mosca y hocico de gato. En medio de este mundo nuevo, extrañamente Vanoli decide que los autos sean idénticos a los de hoy, tal vez como una afrenta a la vieja ciencia ficción, obsesionada con los autos voladores y las nuevas formas de transportarse.

Pero, como toda novela futurista, Cataratas habla más del presente que del futuro. E incluso del pasado. Los personajes principales son cuatro becarios e investigadores del CONICET que viajan a Iguazú para un congreso de Sociología en el que expondrán fragmentos de sus tesis, guiados por su odiado mentor, Ignacio Rucci. Si ese nombre suena conocido, los becarios completan el cuadro «años 70»: Marcos Osatinsky, Gustavo Ramos, Alicia Eguren y Mónica Lafuente, es decir, el nombre del supuesto asesino del sindicalista José Ignacio Rucci en 1973, uno de los fundadores de Montoneros, la viuda de John William Cooke y militante desaparecida en 1977 y otra víctima más del terrorismo de Estado, en ese orden. Se trata de un juego que camina por la fina línea que divide la ironía del cinismo, en una relectura del pasado con la crudeza de una generación que ya asimiló el drama de los desaparecidos —y que no pone en duda el número de 30.000 como consigna—, pero que a la vez necesita comenzar a «faltarles el respeto» a esos niños inmaculados que fueron cruelmente torturados y asesinados (y otra vez estamos volviendo a la teoría de Drucaroff). Vanoli se mete en debates actuales del pasado por la tangente y los reversiona en un modo cool, nombrando a sus personajes sin hacer una sola referencia explícita a aquellos hechos, confiando en un lector informado o curioso y con Google. Lo mismo hace a cada paso que da, mostrando los avances de Monsanto y otras corporaciones, que si hoy se llevan el mundo por delante, en el futuro no saben qué hacer con el mundo que han dejado.

Con un comienzo estimulante y arrollador, en el que ante cada nueva oración el lector consume vorazmente cada una de las hipótesis que plantea el autor acerca de este mundo decadente, hacia la mitad del libro la trama se pone en acción, la narración pasa a ser vertiginosa y la descripción de este nuevo mundo cesa. Ya no hay más que detalles aislados del nuevo orden y, en cambio, vemos cómo los personajes efectivamente se mueven y se desarrollan ante una serie de aventuras trágicas y, a la vez, desopilantes. Unos tubos con un contenido radioactivo y misterioso llegan a las manos de nuestros (anti-)héroes académicos y un asesinato en condiciones confusas aceleran la trama para que ésta avance raudamente, durante una enorme cantidad de páginas que persiguen —uno creería— el entretenimiento del lector, pero que, a mi juicio, difícilmente lo obtienen. ¿Es porque yo, poco amigo de las «novelas de aventuras», no soy el lector ideal en el que está pensando autor? Es posible, pero también puede ser posible que el «lector ideal» de esta segunda parte fuera justamente uno que no esté dispuesto a leer esas primeras 200 páginas de descripción de un puñado de académicos narcisistas involucrados en un congreso en Cataratas con mil guiños al mundo académico. En este claro desdoblamiento del libro en dos, una primera mitad se pretende «culta» y una segunda, «popular», y la mixtura parece una apuesta desmedida, sobre todo teniendo en cuenta el resultado final, con un libro de medio millar de páginas ofrecido a un lector modelo 2015 y ss., que a duras penas si puede leer 10 páginas de corrido sin ser interrumpido por un mail, un WhatsApp, un aviso de Facebook, de Twitter, de Instagram, de Snapchat o por un deseo impulsivo e irrefrenable de consultar determinada cosa en Google, de escuchar una canción en Spotify o de ver un video en YouTube.

Más allá de esta sucesión de aventuras en la que no se hace más que ridiculizar una y otra vez la vanidad y la banalidad de cada uno de los personajes que se tienen en mucha estima a sí mismos —y tal vez en esta falta de empatía de la narración con los personajes esté la clave para comprender por qué se produce el desinterés en la historia de aventuras, donde al lector, influido por el autor, termina por darle lo mismo quién acaba vivo y quién muere—, la obra total de Vanoli resulta insoslayable en la Nueva Narrativa Argentina, no sólo como el productor de un proyecto literario que no se parece en nada a la liviandad esperable a partir de sus títulos turísticos (además de Cataratas, publicó Pinamar y Varadero y Habana maravillosa), sino también como editor de la nueva revista Crisis, que retoma a su émula revolucionaria de 1973-76 en el nombre, el formato y el estilo, con un barniz siglo XXI que en cada página y en cada oración se pregunta cómo se hace la revolución en la era actual, con el escepticismo y la ironía que sólo el pertenecer y el conocer en detalle cada rincón de la sociedad en la que se está inmerso puede dar. Cataratas, en su ambición, lo abarca todo, con plena consciencia de que se está describiendo un futuro absolutamente ficticio e improbable, pero a cada momento el autor parece hacernos una nota al pie que se pregunta: «¿Tan improbable te suena que esto pase en el futuro, visto el estado de las cosas hoy?». La única apuesta que Vanoli no toma es la de arriesgar una nueva forma de lenguaje: casi no hay diálogos en la novela, y las voces de los protagonistas son siempre referidas por el narrador, que se escuda en su «neutralidad» para que su voz no aparezca como un vaticinio más entre tantos otros. Es probable que, al fin y al cabo, el sociólogo Vanoli se anime a dibujar un futuro posible para la sociedad, pero que le tema a predecir lo que nadie —ni siquiera Anthony Burgess en La naranja mecánica— pudo del porvenir: las variantes del lenguaje con el paso del tiempo.

 

Un pedacito de Cataratas

Luego del abrazo, Gustavo Ramus se separó de Marcos Osatinsky y se lo quedó mirando. Del hombro de Gustvao Ramus colgaba un morral de arpillera con guardas simétricas de colores fosforescentes y dibujos de vicuñas. Su nariz sostenía anteojos ovalados estilo Antonio Gramsci y la parte superior de su oreja portaba dos piercings plateados, uno un poco más grande que el otro. Sonrieron, y mientras lo hacían, Marcos Osatinsky pensó que era una de las pocas veces que había registrado en los ojos de Gustavo Ramus algo similar a la humanidad. Tras haber subido por la larga rampa mecánica con el mecanismo roto, los investigadores traspasaron el filtro de reconocimiento ocular de la policía y caminaron hacia las plataformas. En las confiterías algunas personas cenaban y otras merendaban. Café con leche y medialunas atrapadas bajo luces halógenas. Sándwiches de milanesa con lechuga casi blanca y tomates con hormonas de frutilla, de bordes carmesí, surcados por rayos láser de salsa de queso Benidorm. Marco Osatinsky recordó su dieta.

Págs. 62-63

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