Estamos unidas – Marina Mariasch – Mansalva – 2015 – 75 págs

ESTAMOS UNIDAS (2015), de Marina Mariasch

Estamos unidas – Marina Mariasch – Mansalva – 2015 – 75 págs
Estamos unidas – Marina Mariasch – Mansalva – 2015 – 75 págs

Alt Lit noventosa y de la buena

«Estamos unidas» es un juego de palabras con «Estados Unidos», país al que la hermana de la narradora se va a pasar una temporada a fines de 1989. Estados Unidos es también el lugar-faro de Argentina en la década del 90 que atravesará el libro. Además, «estamos unidas» hace alusión al lazo que une a las dos hermanas. Y también hace alusión al resto de la familia, es decir, a su madre y a su abuela. El título es, entonces, un anticipo del estilo de Marina Mariasch: en dos palabras sencillas se condensan múltiples significaciones, y sobre todo, mucho cinismo e ironía. Porque Estados Unidos no es la panacea que aparece en las películas de New York y Los Ángeles («En esta casa el queso es naranja y en fetas, parece goma eva», escribe la hermana en una carta, y suena a síntesis de lo artificial que rodea su vida inmersa en el sueño americano). Y porque el «estar unidas» es estar solas, la hermana y ella, adolescentes, hijas de un padre que no ha desaparecido en los 70 pero que se ha borrado de la mano de su secretaria años después, y de una madre que funciona como eje de una tríada en la que la protección, el interés y el cuidado por sus hijas brilla por su ausencia, demasiado amargada por el abandono del marido, demasiado preocupada por sus novios jóvenes y estacionales, por sus pastillas, por su bronceado y, sobre todo, por simular cumplir con el «deber ser», esto es, «ser una buena madre» (a los ojos de quienes la miran, incluyendo a sus propias hijas). Todo esto y más es Estamos unidas, un libelo poético sobre la familia, sobre la maternidad y la fraternidad, sobre los 90 y la cultura de la apariencia, un cross de derecha a la mandíbula, como le gustaba decir a Roberto Arlt, aunque no exista prosa más diferente a la suya que la de Mariasch, narradora de oraciones cortas e inconexas entre sí, sin necesidad de usar conectores como «porque», «después» y «por lo tanto», tan segura de que el lector será capaz de unir las esquirlas que su literatura-bomba derrocha en brevísimas 75 páginas.

Mariasch es, ante todo, poeta, y eso se nota. Estamos unidas, mucho más que una novela parece más bien un extenso poema narrativo en prosa. Tiene todas las características de la «Alt Lit» que señalamos en nuestra última reseña y también cuando leímos puntualmente un compilado de Alt Lit, pero es mucho más que eso, porque en su apatía, su desorden, su brevedad, su incoherencia y su destajo siempre está diciendo algo, y lo hace con mucha (muchísima) fuerza. Cada capítulo toma un tema de su adolescencia y lo desarrolla en narraciones breves, con un tono mordaz que esquiva la grandilocuencia pero que dice mucho más con sutiles mensajes que va desperdigando en uno y otro párrafo como minas que explotan sin que uno las haya visto antes. Por ejemplo, cuando habla de Yesi, «la chica que ayuda en casa, como decían», dice que «era buena. Robaba, pero poco». La distancia que pone entre las clases se vuelve un abismo cuando menciona entre las cosas que robaba vestidos de fiesta usados una sola vez. Cuando Yesi vuelve arrepentida, la madre «le regaló todo, no quería la ropa usada, y la perdonó» (el subrayado es nuestro). No existe ningún tipo de atenuante ni condescendencia para esa madre que tenía libros de Marx y que después los quemó para cambiar por libros chinos, que salía con hombres sólo por sexo o por status, pero que tuvo que dejar a un novio cuando cuestionó el número de desaparecidos, que dice que se muere de miedo viendo a su hija en una moto «pero que no era verdad».

Sin embargo existe cierta madurez en el relato. No hay bronca hacia la madre, porque la engloba dentro de un «clima de época», es parte de ese magma de padres «progres» que luego de la lucha armada que protagonizaron sus pares —o ellos mismos— pocos años atrás quedaron en un limbo en el que no queda tan claro qué es o qué significa «ser de izquierda»: en ese mundo parece ser perfectamente compatible leer a Marx en viajes a Estados Unidos para abrir cuentas en el extranjero o tener como horizonte de expectativas en la educación de hijas mujeres tanto que lean a los autores rusos como que sean flacas y estén bronceadas. La narradora se rodea permanentemente de los hijos de estos padres, y todos parecen estar transitando el mismo camino difuso, a punto de ingresar en un «futuro negro», como dice la narradora, sin estar enterados aún de que esto está por suceder. En el capítulo 3 organizan una fiesta con su hermana en la casa, e invitan a sus amigos, también progres. Ellos protagonizan una emulación barata de películas que vieron cuando eran niños, como The Wall o La naranja mecánica, y rompen todo, en un gesto iconoclasta y revolucionario que confunde, porque son los ricos rebelándose en una casa de ricos, como una revolución de cotillón. «La noche de la fiesta en casa tardamos en reaccionar porque no sabíamos bien de qué lado estábamos», dice la narradora, en este magma de confusión al que a las naturales dudas propias de la adolescencia debe sumarles la de sus padres y la de un país convulsionado por el  cambio cultural que está viviendo («parece alguien de otra década, una desaparecida», menciona al pasar la narradora, siempre sugerente y provocativa).

Todo el libro habla de «un cambio de época», tanto a nivel personal como dentro de la sociedad en la que está inmersa. Brasil, por ejemplo, ahora es un destino para vacaciones en verano y «para disfrutar», cuando ayer nomás ir a Brasil significaba ir en invierno a ver a los amigos exiliados de los padres. En lo personal, el cambio se da en el paso del tren fantasma y de los juegos en el Ital Park a las noches de boliche, el autoconocimiento y el sexo, que aparece en los capítulos finales, quizá un poco más esquemáticos y «esperables» que los primeros. El cruce entre el entorno y el ser interior se puede rastrear en las múltiples referencias a los trastornos alimenticios que desperdiga la narradora en distintas partes de su relato —sin tematizarlos, sin dramatizarlos; sólo «están ahí»—, y el símbolo del fin de la niñez y del fin de los 80 es el cierre definitivo del Ital Park. «¿A dónde van los esqueletos de las montañas rusas cuando los parques de diversiones cierran?» es la pregunta que da inicio a la novela, y ésta estructura todo el relato en ese misterio por saber qué pasa con los restos de lo que fue ahora que el futuro ya llegó. No vacilamos en afirmar que Estamos unidas, de Marina Mariasch, está destinada a ser un hito fundamental para comprender los 90 (al mejor estilo Miami, el disco de Babasónicos de 1999) y una obra ineludible si se quiere apreciar todo lo bueno que la Alt Lit tiene para dar.

 

 

Un pedacito de Estamos unidas:

Ese día en lo de mamá festejábamos su cumpleaños, y nos reíamos como tontas y locas. Nos acordábamos del viaje a California, cuando yo tenía aparatos fijos y mi abuela todavía no era ese ser abiótico que fue después. Era una persona, con nombre, pasaporte, y cuentas en el exterior para las que se requería su propia firma.

La abuela hablaba de plata en una lengua milenaria de Europa central que había llegado por los judíos al continente americano. O en una especie de lunfardo de esa lengua. A los dólares les decía lokshen —la pasta—, o grines, para que la señora que trabajaba en su casa no entendiera. La señora que trabajaba en su casa era una especie de alter ego de ella pero santiagueña. Tenía los huesos finos y los modales delicados de cualquier señora de avenida Alvear, después de tantos años compartidos. La señora que trabajaba entendía perfecto cuando hablaban de dólares, en cualquier idioma, sabía dónde estaban, y sobrevivió a mi abuela en el piso regio que daba a la plaza.

No entendía bien para qué viajábamos, se trataba de algo así como una transferencia de dinero. El nombre banco Hapoalim, con base en Israel, me hacía pensar en el Sapolán, una crema que nos ponían cuando el sol calcinaba. Por su mal manejo del inglés llevó a mi madre. La abuela ya era viuda y siempre había dependido de su marido para los negocios. Mi mamá nos coló a nosotras. Necesitaba que conociéramos más mundo. Era parte del horizonte básico de aspiraciones de clase. Viajes y comidas exóticas. Lectura de los rusos y más de dos idiomas. Título universitario, sensibilidad artística, conocimiento intelectual. Era una falsa ecuación, el amor asegurado venía de todas esas cosas.

Págs. 37-38

Cataratas - Hernán Vanoli - Literatura Random House - 2015 - Págs. 453

CATARATAS (2015), de Hernán Vanoli

Cataratas - Hernán Vanoli - Literatura Random House - 2015 - Págs. 453
Cataratas – Hernán Vanoli – Literatura Random House – 2015 – Págs. 453

La apuesta fuerte

Lo primero que hay que decir de Cataratas, de Hernán Vanoli, es que es un libro ambicioso. Eso ya es decir mucho en el marco de una literatura que, según venimos explorando hace ya casi 3 años, es más una narrativa del detalle y del gesto que una búsqueda total al estilo años 60 o, mucho más apropiado para esta circunstancia, al estilo Roberto Bolaño. Cataratas se compone de casi 500 páginas de una apuesta constante, tanto en lo que se narra como en el modo en que se lo hace. El primer pleno que se juega es al futuro, una especie de ciencia ficción decadente donde todo es más o menos parecido a hoy, pero exacerbado. De acuerdo a una serie de indicios que disemina el ascético narrador omnisciente (y miembro de aquel futuro), podríamos imaginarnos un tiempo circa año 2050, un mundo en el que las marcas de hoy no sólo perduran, sino que dominan el mundo, con Google Iris a la cabeza como la plataforma que permite ver esa segunda realidad que es Internet directamente a través del ojo. El mundo del futuro según Vanoli tiene de todo: una panadería para celíacos, marihuana cultivada en Marte, fernet con dulce de leche y cigarrillos frutales, un McDonald’s-burla-de-Palermo que sirve shawarma de cordero con arroz persa y chicha boliviana, y también un CONICET cada vez más enorme y burocrático en el que los académicos se reúnen en congresos inútiles a estudiar comportamientos de sociedades antiguas como la nuestra; tiene sectas como El Arte de Vivir y la relevante y terrorista Surubí, que domina el Litoral; tiene un Nordelta XXIII y también tiene villas, como las de hoy pero más grandes. No se ha solucionado el hambre ni la guerra ni la brecha entre ricos y pobres, y en cambio han surgido nuevas enfermedades y hasta un monstruoso animal: palomas con alas de mosca y hocico de gato. En medio de este mundo nuevo, extrañamente Vanoli decide que los autos sean idénticos a los de hoy, tal vez como una afrenta a la vieja ciencia ficción, obsesionada con los autos voladores y las nuevas formas de transportarse.

Pero, como toda novela futurista, Cataratas habla más del presente que del futuro. E incluso del pasado. Los personajes principales son cuatro becarios e investigadores del CONICET que viajan a Iguazú para un congreso de Sociología en el que expondrán fragmentos de sus tesis, guiados por su odiado mentor, Ignacio Rucci. Si ese nombre suena conocido, los becarios completan el cuadro «años 70»: Marcos Osatinsky, Gustavo Ramos, Alicia Eguren y Mónica Lafuente, es decir, el nombre del supuesto asesino del sindicalista José Ignacio Rucci en 1973, uno de los fundadores de Montoneros, la viuda de John William Cooke y militante desaparecida en 1977 y otra víctima más del terrorismo de Estado, en ese orden. Se trata de un juego que camina por la fina línea que divide la ironía del cinismo, en una relectura del pasado con la crudeza de una generación que ya asimiló el drama de los desaparecidos —y que no pone en duda el número de 30.000 como consigna—, pero que a la vez necesita comenzar a «faltarles el respeto» a esos niños inmaculados que fueron cruelmente torturados y asesinados (y otra vez estamos volviendo a la teoría de Drucaroff). Vanoli se mete en debates actuales del pasado por la tangente y los reversiona en un modo cool, nombrando a sus personajes sin hacer una sola referencia explícita a aquellos hechos, confiando en un lector informado o curioso y con Google. Lo mismo hace a cada paso que da, mostrando los avances de Monsanto y otras corporaciones, que si hoy se llevan el mundo por delante, en el futuro no saben qué hacer con el mundo que han dejado.

Con un comienzo estimulante y arrollador, en el que ante cada nueva oración el lector consume vorazmente cada una de las hipótesis que plantea el autor acerca de este mundo decadente, hacia la mitad del libro la trama se pone en acción, la narración pasa a ser vertiginosa y la descripción de este nuevo mundo cesa. Ya no hay más que detalles aislados del nuevo orden y, en cambio, vemos cómo los personajes efectivamente se mueven y se desarrollan ante una serie de aventuras trágicas y, a la vez, desopilantes. Unos tubos con un contenido radioactivo y misterioso llegan a las manos de nuestros (anti-)héroes académicos y un asesinato en condiciones confusas aceleran la trama para que ésta avance raudamente, durante una enorme cantidad de páginas que persiguen —uno creería— el entretenimiento del lector, pero que, a mi juicio, difícilmente lo obtienen. ¿Es porque yo, poco amigo de las «novelas de aventuras», no soy el lector ideal en el que está pensando autor? Es posible, pero también puede ser posible que el «lector ideal» de esta segunda parte fuera justamente uno que no esté dispuesto a leer esas primeras 200 páginas de descripción de un puñado de académicos narcisistas involucrados en un congreso en Cataratas con mil guiños al mundo académico. En este claro desdoblamiento del libro en dos, una primera mitad se pretende «culta» y una segunda, «popular», y la mixtura parece una apuesta desmedida, sobre todo teniendo en cuenta el resultado final, con un libro de medio millar de páginas ofrecido a un lector modelo 2015 y ss., que a duras penas si puede leer 10 páginas de corrido sin ser interrumpido por un mail, un WhatsApp, un aviso de Facebook, de Twitter, de Instagram, de Snapchat o por un deseo impulsivo e irrefrenable de consultar determinada cosa en Google, de escuchar una canción en Spotify o de ver un video en YouTube.

Más allá de esta sucesión de aventuras en la que no se hace más que ridiculizar una y otra vez la vanidad y la banalidad de cada uno de los personajes que se tienen en mucha estima a sí mismos —y tal vez en esta falta de empatía de la narración con los personajes esté la clave para comprender por qué se produce el desinterés en la historia de aventuras, donde al lector, influido por el autor, termina por darle lo mismo quién acaba vivo y quién muere—, la obra total de Vanoli resulta insoslayable en la Nueva Narrativa Argentina, no sólo como el productor de un proyecto literario que no se parece en nada a la liviandad esperable a partir de sus títulos turísticos (además de Cataratas, publicó Pinamar y Varadero y Habana maravillosa), sino también como editor de la nueva revista Crisis, que retoma a su émula revolucionaria de 1973-76 en el nombre, el formato y el estilo, con un barniz siglo XXI que en cada página y en cada oración se pregunta cómo se hace la revolución en la era actual, con el escepticismo y la ironía que sólo el pertenecer y el conocer en detalle cada rincón de la sociedad en la que se está inmerso puede dar. Cataratas, en su ambición, lo abarca todo, con plena consciencia de que se está describiendo un futuro absolutamente ficticio e improbable, pero a cada momento el autor parece hacernos una nota al pie que se pregunta: «¿Tan improbable te suena que esto pase en el futuro, visto el estado de las cosas hoy?». La única apuesta que Vanoli no toma es la de arriesgar una nueva forma de lenguaje: casi no hay diálogos en la novela, y las voces de los protagonistas son siempre referidas por el narrador, que se escuda en su «neutralidad» para que su voz no aparezca como un vaticinio más entre tantos otros. Es probable que, al fin y al cabo, el sociólogo Vanoli se anime a dibujar un futuro posible para la sociedad, pero que le tema a predecir lo que nadie —ni siquiera Anthony Burgess en La naranja mecánica— pudo del porvenir: las variantes del lenguaje con el paso del tiempo.

 

Un pedacito de Cataratas

Luego del abrazo, Gustavo Ramus se separó de Marcos Osatinsky y se lo quedó mirando. Del hombro de Gustvao Ramus colgaba un morral de arpillera con guardas simétricas de colores fosforescentes y dibujos de vicuñas. Su nariz sostenía anteojos ovalados estilo Antonio Gramsci y la parte superior de su oreja portaba dos piercings plateados, uno un poco más grande que el otro. Sonrieron, y mientras lo hacían, Marcos Osatinsky pensó que era una de las pocas veces que había registrado en los ojos de Gustavo Ramus algo similar a la humanidad. Tras haber subido por la larga rampa mecánica con el mecanismo roto, los investigadores traspasaron el filtro de reconocimiento ocular de la policía y caminaron hacia las plataformas. En las confiterías algunas personas cenaban y otras merendaban. Café con leche y medialunas atrapadas bajo luces halógenas. Sándwiches de milanesa con lechuga casi blanca y tomates con hormonas de frutilla, de bordes carmesí, surcados por rayos láser de salsa de queso Benidorm. Marco Osatinsky recordó su dieta.

Págs. 62-63

Diego Muzzio - Las esferas invisibles - 2015 - Entropía - 216 págs.

LAS ESFERAS INVISIBLES (2015), de Diego Muzzio

Diego Muzzio - Las esferas invisibles - 2015 - Entropía - 216 págs.
Diego Muzzio – Las esferas invisibles – 2015 – Entropía – 216 págs.

El mundo justo antes de que sepamos cómo es el mundo

El último tiempo estuvimos leyendo mucho en series (serie de libros perdidos de otros tiempos, serie de comentarios acerca de la Nueva Narrativa Argentina, serie sobre literatura y el cáncer, etcétera). En este caso, queremos abandonar por un momento esa obligación implícita de sistematizar, queremos recuperar la libertad de leer un libro simplemente porque alguien nos los recomendó, por el puro placer de leer (aunque es cierto que bien podríamos agrupar esta entrada con la anterior, acerca de otro «desclasado»). Todo lo que tenemos que saber sobre el autor, Diego Muzzio, es que, de acuerdo a sus publicaciones previas, podría considerarse un poeta y/o un autor de libros infantiles. Y mientras tanto, según sus propias palabras, estuvo 10 años escribiendo las tres nouvelles que componen Las esferas invisibles.

Si de clasificaciones hablábamos, la crítica que se ha ocupado del libro ya le ha puesto la etiqueta: «terror del subgénero gótico en la Buenos Aires de la fiebre amarilla, año 1871». Sinceramente estoy sorprendido del epíteto que acompaña a esta obra. Por empezar, «El intercesor» es un relato enmarcado al modo de los de Borges o Henry James, que comienza y termina con el narrador contando la historia en 1871, pero cuya narración —el eje de la nouvelle— está ambientada en un fortín bonaerense en 1838. Algo similar sucede con la tercera nouvelle, «La ruta de la mangosta», un relato que está dividido por tres momentos precisos: en el último, la historia llega hasta 1916 y atraviesa literalmente todo el mundo. Es decir que lo de «en la Buenos Aires de la fiebre amarilla, año 1871» se cumple tan sólo en la segunda historia, «El ataúd de ébano», y podría ser tomado apenas como un hilo conductor del libro, una excusa para narrar o un simple punto de partida.

¿Y es «terror del subgénero gótico» lo que se narra? Antes que nada, debo declararme incompetente en la materia, puesto que ni el terror, ni el gótico son temas ni que me interesen puntualmente, ni temas que haya estudiado a la fuerza tampoco. Pero no por eso dejo de escribir, y desde mi ignorancia, al menos quiero revalidar estas historias también como parte de un género o un modo fantástico, siguiendo a Rosemary Jackson, a quien sí estudié y de quien no diré nada más para no aburrir. Lo que aparece en forma constante en el libro de Muzzio es una vacilación y una tensión entre lo real y lo maravilloso, pero entendido esto dentro de un verosímil de la época, donde el pensamiento científico está asomando mientras la magia negra resulta perfectamente probable —aún hoy esto se da así—. No existe nada realmente increíble en lo que se cuenta en estas historias si se lo mira con los ojos de los personajes, o mejor aún, lo considerado «real» puede ser tomado por algo mucho más inverosímil que lo «maravilloso», a saber: ¿qué es más verosímil, un hechizo que enceguece a las personas o que exista una frontera entre el mundo que conocemos y un mundo del todo desconocido por la humanidad? ¿Nos puede sorprender una niña con poderes mágicos mientras vivimos en una ciudad donde los cadáveres se apilan en las esquinas esperando que alguien los recoja? ¿Qué puede ser más sorprendente entre fumar unas hierbas que alargan la vida y un aparato que a través de una lente puede grabar un momento para siempre? Es sin dudas el borde entre el mundo de las ciencias (el siglo XX) y el de lo aún inexplicable (todo el resto de la historia de la Humanidad) el que aparece retratado en Las esferas invisibles, y de ahí parece provenir la pertinencia de elegir la Buenos Aires de la fiebre amarilla —tema casi ignorado, como bien señalan aquí, por cierto— como hilo conductor para contar las historias: la fiebre amarilla aparece en el libro como un vaho en el aire, un vaho del que sólo se puede huir si no se quiere morir ahogado como en el Diluvio Universal. La palabra clave que subyace en todos los relatos es «atmósfera». Muzzio es sobre todo eso, un creador de atmósferas. Opresivas, ominosas, tenebrosas, al leer apenas unas palabras de Las esferas invisibles somos trasladados a un nuevo territorio en el que el verosímil está levemente trastocado, tiene algo de realista y mucho de fantasmagórico propio de las historias que se narran en un tiempo lejano, y sobre todo, en un tiempo pretérito al de toda ciencia establecida, a un tiempo en el que la magia era otra forma de la ciencia.

Quedan muchos temas por tratar, desde el comentario breve de cada una de las tramas —que no se hizo, pero que se encuentra aquí— hasta algún tipo de valoración con respecto a la escritura de Muzzio y a lo logrado o no de cada nouvelle, pero nos acotaremos a nuestro límite de los 4 párrafos. Sólo hay espacio para celebrar a otro desclasado, que escribe sobre un tiempo remoto, sobre unos tópicos mucho más cercanos a Bioy Casares (o incluso a Florencia Bonelli y Gloria Casañas, las superstars de la novela histórica-rosa) que a la Nueva Narrativa Argentina, y sin embargo es más actual y revulsivo que mucho de lo que se está publicando hoy día.

 

 

Un pedacito de Las esferas invisibles

 

Nunca conocí a mi padre y, desde la muerte de mi madre, viví bajo la tutela de una tía solterona. Trabajaba para un relojero que tenía su comercio a pocos pasos de la iglesia de San Ignacio. Ciertas personas, víctimas recurrentes de la adversidad, cargan con una triste mirada de excusa en los ojos, como si ellos mismos fueran responsables de sus desgracias. Era el caso de mi patrón, Caspar Lubecken, un alemán de Renania, vasto, colorado y meticuloso. Él y su mujer, Inge, concibieron tres hijos; ninguno sobrevivió más de unos pocos días. El relojero era un hombre severo, ceremonioso, que raras veces se permitía un exabrupto o una confidencia; sin embargo, bajo aquella primera capa de solemnidad, se escondía alguien en extremo sensible, y apenas un poco más abajo un buen indagador hubiese encontrado al verdadero Caspar Lubecken: una criatura que convirtió en oficio el juego de armar y desarmar minúsculos mecanismos. Muchas veces lo sorprendí leyendo una Biblia luterana con lágrimas en los ojos —entre sus páginas Lubecken guardaba las fotografías de sus hijos muertos—, y cuando Inge entraba en el comercio con la cacerola del almuerzo, el relojero dejaba lo que estuviese haciendo para recibirla con dos besos en las mejillas. Siempre me maravilló que, con aquellos burdos dedos suyos, Lubecken manejara con tanta desenvoltura las herramientas de precisión y los diminutos engranajes. Era un buen relojero, una excelente persona, y hoy me doy cuenta de que seguramente me quería tanto como a uno de sus hijos malogrados. Pero aquella ocupación no era para mí. El eterno tic tac de los relojes y la mesa repleta de agujas y rueditas dentadas me resultaban tan monótonos y asfixiantes como el aire petrificado de la casa de mi tía, consagrada a los chismes, al tejido, las siestas, las copitas de licor y la incesante recitación del rosario.

«La ruta de la mangosta», págs. 136-137.

Revista Crisis

«MILITANTES DE LA PETER PAN» (2015), Mariano Canal, Alejandro Galliano y Hernán Vanoli

LO QUE DICE OTRA GENTE SOBRE LA NUEVA NARRATIVA ARGENTINA

En esta búsqueda que estamos haciendo por la nueva narrativa argentina a veces nos tenemos que detener un poco, leer otras cosas para comprender qué estamos leyendo y cómo lo estamos haciendo. Ya comentamos un libro de entrevistas a escritores de 1995, señalándolo como precursor de lo que vendría; ya hablamos del libro de Drucaroff, que instala la noción de generación, tan central en las lecturas que estamos haciendo en NNA4, así como el concepto de la «nueva narrativa argentina»; ya leímos a Piglia, a Sasturain, a Aira (próximamente), gente grande que sigue publicando, que se hace actual; y en todo este proceso, nuestra última entrada estuvo dedicada a Que todo se detenga, de Gonzalo Unamuno, a quien destacamos como el primero en nominalizar la «generación del disfrute», pese a no tener palabras tan elogiosas para su novela. Ahora llegamos a las revistas, y qué se reflexiona en ellas sobre la nueva narrativa argentina.

Parece existir cierto consenso en que efectivamente hay una nueva escritura, y una nueva camada de escritores «jóvenes», que rondan los 30 y que trabajan como una generación, aunque no se reúnan frecuentemente en un café a discutir literatura, ni siquiera en la redacción de alguna revista. Comparten un estrato común, que no describiremos, porque para ello al final se adjunta la nota de Mariano Canal, Alejandro Galliano y Hernán Vanoli en la revista Crisis[1].

A diferencia de una nota publicada recientemente en la dominical revista Viva, de Clarín, sobre los «escritores del reviente», donde se le da la palabra y se introduce al mundo a estos jóvenes narradores, Canal, Galliano y Vanoli los leen. Los leen atentamente, con una mirada lúcida y crítica. Crisis se renovó, y es el espejo a donde nos reflejamos, la revista cultural más representativa de nuestra época, aunque esto vaya a ser verdad sólo dentro de 30 años, cuando se la estudie en retrospectiva. Esta entrada no va a ser nuestra, sino de ellos, de los autores de la nota que sintetiza un poco el panorama de la narrativa joven en Argentina, y que resume también el modo de escritura que caracteriza a Crisis: un análisis temático realizado por especialistas, casi todos jóvenes pero no tanto (nacidos entre las décadas del 70 y del 80), que escriben a consciencia, con un ideario de izquierda pero un con el cinismo de época que los aleja de cualquier tipo de militancia, excepto de la militancia de la puesta en perspectiva de todo.

La entrada es de ellos porque saben más de literatura que nosotros, y escriben mejor. Son más claros, no tienen que demostrar nada. Conocen bien la terminología, tienen más experiencia, vienen leyendo hace mucho el objeto al que nosotros recién nos estamos asomando. Y sobre todo, descubrieron en forma más precisa y más contundente un modo que es tendencia actual a la hora de hacer literatura: compartir una cultura que simula ser múltiple pero que es más homogénea que nunca, donde los consumos se diversifican y se eligen, pero son necesariamente masivos, incluso cuando se los pretende únicos hace que las escrituras se parezcan, incluso entre autores que ni se conocen. Así, libros que venden 800 ejemplares y se presentan como outcasts, como parias, son todos iguales entre sí, tienen un tono similar, son «de época», quedarán sólo como material histórico. O así parece. O así lo están leyendo sus contemporáneos Canal, Galliano y Vanoli, habitantes del mismo mundillo de “jóvenes escritores”, aunque sólo el último sea conocido como tal.

 

[1] Estamos hablando siempre de la nueva etapa, que comenzó con su número 1 en octubre-noviembre de 2010, y no de la icónica revista Crisis de los años 70, de la cual ésta es heredera.

http://www.revistacrisis.com.ar/notas/militantes-de-la-peter-pan-uno

 

Militantes de la Peter Pan (uno)

Novelas de jóvenes escritores, a veces no tan jóvenes, publicadas en 2014. Escritos que permiten trazar un panorama sobre la fiesta, el ocio y la experiencia urbana durante los años en que se forjó la ideología estatista socialdemócrata, sustentada en el consumo de tecnologías blandas, que hoy goza de un consenso casi total. Las capas medias se narran a sí mismas durante el kirchnerismo, pero: ¿qué kirchnerismo sucedió para las capas medias?

POR: MARIANO CANAL – ALEJANDRO GALLIANO – HERNÁN VANOLI

21 DE SEPTIEMBRE DE 2015

 

Occidente tiene una nutrida tradición de novelas de aprendizaje, bildungsromans. La Argentina se ha amoldado muy  bien a este género, y hasta hace algunos años no era raro leer una y otra vez historias de crecimiento y aprendizaje de jóvenes en diferentes contextos económicos y políticos; la verdad es que también era un poco aburrido. Ahora, una serie de novelas publicadas mayormente durante 2014 vienen a achicharrarse en una suerte de género fronterizo a las novelas de aprendizaje. Se trata de novelas de inmadurez. Sus personajes son tardo-adolescentes que se desempeñan como mano de obra en el sistema educativo, a veces en zonas marginales de la industria del entretenimiento; en algún caso son ricos. Al parecer, la imaginación literaria como modo de impugnación a lo existente, la construcción de tramas complejas, la irrupción de lo inesperado, la representación de instituciones como matrices de conflictos son constructos quizás demasiado farragosos, demasiado modernos, demasiado artificiosos.

Las novelas de inmadurez están escritas desde un segmento social y se dirigen a ese mismo segmento; parecen diseñadas para acumular likes en Facebook; populismo de nicho. Se ofrecen como un bálsamo ante el irrefrenable barullo mediático sobre la política; mejor volver a lo básico, la angustia de crecer. Las novelas de inmadurez nos enseñan, a su manera, a sobrevivir. La discursividad política como cable pelado en una vida cotidiana organizada en torno al consumo comienza a aparecer como un lejano espejismo.

Scalabritney, de Martín Zícari, Electrónica, de Enzo Maqueira, Los catorce cuadernos, de Juan Sklar, Merca,de “Loyds” Jorge Lebrón, Te Quiero, de J.P. Zooey y El Alud de Esteban Castromán son novelas construidas por medio de procedimientos narrativos muy diferentes, con recursos estéticos muchas veces opuestos, pero comparten un sustrato común. Hambrientas de contemporaneidad, escritas desde un realismo bastante convencional, son narraciones donde todo es lo que parece. Internet, las redes sociales, que aparecen religiosamente representadas, son el sello ISO 90001 que ratifica su actualidad. Sin embargo, es una actualidad donde es muy difícil encontrar algo así como un conflicto, ni hablar de una tragedia; tampoco valdría la pena bucear en los dispositivos complejos de poder que conforman y conforma la Internet  o losdispositivos concentrados de poder que son las corporaciones económico-financieras. La presencia del Estado, la marginalidad urbana o la violencia, una línea fundante y siempre activa en la literatura argentina, brillan también por su ausencia. Ya no son ejes narrativos sino, a lo sumo, situaciones despachadas con ligereza. La heteroglosia parece siempre controlada por la neurosis inmadura de las subjetividades que narran. Después de todo, tras el trauma generacional de 2001, de lo que se trata es de pasarla bien. Y de fracasar en el intento.

Estamos frente a un régimen de representación literaria donde algunos tropos se repiten en forma obsesiva. En ese plan, las de inmadurez son necesariamente novelas de ocio. Sea en una casa en el Tigre, tal como sucede en Los 14 cuadernos o en Scalabritney, en una isla de Brasil, como ocurre con El Alud, o sea a través de las derivas flaneurísticas por la Ciudad de Buenos Aires y sus alrededores norteños que pueden funcionar de escenario en Merca, Te Quiero Electrónica, el trabajo es siempre un ruido de fondo, algo que no merece ser narrado.

El foco se pone en una ciudad construida desde una perspectiva ambulatoria, o en una naturaleza colonizada desde los protocolos del turismo. Ambas formas suelen esquivar cuidadosamente el conflicto y la otredad; lo que si está presente es una angustia difusa, un vacío existencial propio de la adolescencia y la consiguiente imposibilidad de elegir un camino. Por eso lo que se construye es un refugio en lo gregario, el pequeño grupo de amigos como una comunidad utópica donde sin embargo los personajes principales no terminan de encajar del todo. Así se hace siempre necesario un posterior repliegue, un encuentro con el self en el magma de intimidad pública de las redes sociales, cuyo consumo es íntimo y solitario, quizás masturbatorio. ¿Lo literario como un retorno de lo reprimido durante la construcción virtual de la personalidad? Podría ser. El encuentro con los pares, con los amigos, que siempre adquiere la gramática de una catarsis, o el sinsentido extrañado de relaciones amorosas sin éxtasis ni éxito, que se despliegan en espacios semipúblicos y llenos de gente como uno conforman una utopía módica, de entrecasa, con el clima festivo y decadente a la vez de una lectura en vivo de la bohemia porteña.

Cocaína, cocaína

Según la contratapa escrita por Washington Cucurto, Electrónica, la novela de Enzo Maqueira, se emparenta con cierta tradición en la literatura argentina vinculada a prestar oídos y “captar el pulso” a los melodramas y lenguajes de las pequeñas gentes casi siempre ninguneadas por la alta literatura. Este enorme equívoco cifra las imprecisiones de la novela, y también la dificultad hermenéutica que la misma presenta. Cucurto parece creer que encadenar diálogos intrascendentes propios de una sitcom de bajo presupuesto, enumerar lo que puede verse en un zapping, describir cómo se prepara una suprema al horno o narrar el culebrón pasional entre una docente de terciario y un joven que nunca le presta atención después de haberse revolcado con ella un par de veces, ubica el pathos de Electrónica en un universo propio de Manuel Puig, y quizás del mismo Cucurto. Sin embargo, la obra de Puig se desarrollaba al calor de la masificación televisiva y de la consagración social del cine como “séptimo arte”, y en ese sentido es que su traslación literaria del aura del pop mostraba una cierta pericia y una relativa novedad. Por otro lado, las mejores obras de Puig son aquellas donde el melodrama, el velo fluctuante de la industria cultural y la política se cruzan en formas perversas o inesperadas para su época. Incluso en una propuesta como la de Cucurto, con su construcción carnavalesca de lo popular y algunas zonas de la inmigración, existía una cierta subversión. Claro que al reificar a los sujetos populares como animales sexuales y al plegarse a un delirantismo incapaz de sostener una historia todo su proyecto perdía espesor. Pero Cucurto, al menos al principio, no escribía lo que se esperaba que escribiese, e iluminaba zonas del sentimiento popular oscurecidas por el discurso progresista imperante en los medios culturales. Si Puig era pop, Cucurto era un oscuro afterpop delirante.

Pero Electrónica no tiene nada de esto; ni siquiera elabora un camp voluntarioso. Las referencias culturales son repetitivas y previsibles. El segmento social que se retrata, por su parte, no es una zona no representada, reprimida o deformada, sino que sus protagonistas son los de cualquier tira costumbrista de televisión o de cualquier publicidad de telefonía móvil. La conjunción de estos elementos convierte a la novela, de a momentos, en una larga nota para una revista femenina. Esto se revela de una manera brutal en el plano de la corrección política. La profesora tomará cocaína y declarará no haberse dado cuenta que el tapizado de su dealer estaba manchado con la sangre del narcotráfico, tendrá una aventura con un alumno no sin antes aclarar que ambos eran mayores de edad, e incluso, en un momento, “la profesora se dio cuenta de que usar la palabra puta era machista”. Los personajes desviados, capaces de iluminar zonas oscuras de la norma, se convierten en Electrónica en adoradores de la banalidad.

Sin embargo, existe en la novela de Maqueira una pericia narrativa, una gracia que funciona en el paso sutil de tercera a segunda persona, una vocación profesional expresada en el truco de taller literario del final de la novela. Electrónica consigue sumar oleadas de amor y de desprecio hacia su personaje principal, la profesora, y aunque sin salir de los estereotipos, lo exhibe en sus debilidades, en sus anhelos y en su patetismo. Esto también sucede con el Ninja, amigo gay de la protagonista. Quizás Electrónica es justamente eso: una larga e involuntaria crónica sobre la normalización de la cultura gay. Los personajes masculinos y heterosexuales presentados por el autor de Historias de putas directamente no pueden hablar, son planos: un novio ridiculizado al extremo, un Rabec que se niega a aparecer, un psicólogo sin ética profesional, un padre postrado que mira pornografía. Claro que, a diferencia de Emma Bovary, no hay tragedia en la vida de la profesora más allá del stalkeo mórbido a un alumno y de la insatisfacción profesional. Una distracción se suma a la otra, lo importante es mantener a los amigos y el estado de goce. La utopía electrónica, la pertenencia a “la generación que había aprendido el Amor Universal gracias a una pastilla que los hacía sentirse partes de un todo” se disuelve en el consumo de cocaína –la droga más presente- y la ensoñación; jamás llega a rozarse con la política por más que se mencione vaga y deliberadamente a la jubilación como una conquista de la época. La experiencia de lo común tiene los límites de un grupo de tres amigos que salen a bailar; mientras que la movida electrónica es construida con una mirada nostálgica que, al dejarla confinada al plano de la cultura juvenil y no interrogarla en tanto matriz de experiencias, no termina de contarse de otra manera que como un lamento por la juventud desperdiciada. ¿Pero había otras opciones? ¿Qué pasó en el medio? La profesora no se lo pregunta. De hecho, en varios momentos de la novela, se confiesa: “todo el tiempo tenías ideas estúpidas”. Y, quizás sólo en estos casos, no se miente.

La droga como tema ganchero y supuestamente contracultural, el ocio, la vida a la deriva y el hastío generacional no parecen ser patrimonio exclusivo de las clases medias con aspiraciones intelectuales. EnMerca, de Loyds, ese universo se traslada a las clases altas, al segmento ABC1, a los dueños de la tierra apostados entre la Recoleta y la zona norte. Johnny, el protagonista de esta novela, es una oveja descarriada y altamente drogadicta que odia a su propia clase, y principalmente a sí mismo. De hecho, cada tres minutos de lectura nos enteramos de lo que Johnny odia: básicamente todo, desde los casamientos en el Palacio Sans Souci hasta a Inglaterra; también a los limpiavidrios. Merca construye un universo que nunca podría estar informado por una mirada plenamente integrada a su sector social, ya que el uso del lenguaje sintetiza la textura acelerada del Clayton de Menos que Cero de Brett Easton Ellis con el argot de la clase media, y el retrato clasista, lleno de un desprecio y una fascinación imposibles en alguien que tenga una plena pertenencia a las clases altas, se centra más en la descripción de escenarios y de consumos culturales que en la construcción de un ethos. Johnny habla como un desclasado aunque no lo es: Loyds no se decide por una novela realista, que sería involuntariamente paródica, ni por un grotesco, que al eludir la política resultaría insustancial.

Su intermedio termina convertido en una fábula moral. Con su BMW, su padre multimillonario y su mayordomo servil, Johnny permanecerá impiadoso hacia su clase durante toda la novela; después de todo eso es lo que la adicción a la cocaína le hace a la gente. Sin embargo Johnny tiene momentos de debilidad, cifrados en sus relaciones más cercanas, y eso, en cierta medida, revela su lado humano y entrañable. La cocaína, por su parte, es el objeto sublime que habilita el tránsito de Johnny por innumerables fiestas, baby showers, asados en countries y eventos nocturnos. En medio de una construcción literaria de a momentos plana, se destaca la virtuosa materialidad de la merca, el espesor de las líneas de máxima pureza que el protagonista separa y aspira, goloso, con un billete de 50 dólares y siente como un “latigazo ácido” o como un gusano que se introduce por los orificios de su cuerpo. Es potente y material el efecto físico de la merca, el entusiasmo terriblemente autoconsciente, pero también el deterioro, la caída de pelo, la pérdida de peso y las resacas zanjadas con Alplax que permiten momentos de lirismo, como en esa mañana en que Johnny se sienta al inodoro y sólo puede ver “unas gotas de sangre que hacen efecto expansivo al caer sobre el agua transparente”.

¿Novela noventosa? Sí desde el uso del lenguaje, no tanto desde su sistema de referencias históricas. La etnografía de las clases altas desplegada en Merca posee dos núcleos. Por un lado, logra poner en juego el acierto de describir a las clases más favorecidas como un sector social imposibilitado de realizar un cierre social exitoso. Johnny, su padre, su madre, sus amigos, viven aterrorizados por la posibilidad de rozarse con arribistas provenientes de estratos sociales levemente inferiores. En caso de encontrarlos se los hacen sentir, y estas capas medias con aspiraciones de elite son el principal tema de conversación y de conflicto. Johnny parece poseer un radar natural para ubicar a las personas en sectores sociales, un sexto sentido sociológico permanentemente alerta que sólo puede explicarse en un país con una aristocracia lumpen y siempre amenazada por lo plebeyo como la argentina. El discurso de Johnny, a su pesar, es el de una clase que ya no puede narrarse a sí misma porque sabe que su lugar en el mundo social carece de legitimidad histórica y social, y puede tambalearse en cualquier momento. Pero, junto con esta debilidad histórica, la novela parece moverse bajo la premisa de que, y no sólo para las clases altas, “el kirchnerismo no ha tenido lugar”. Más allá de alguna mención coyuntural a los desaparecidos y de la insistencia con la sociabilidad en Facebook, la conciencia de la clase propietaria, las conversaciones en Tequila –el boliche descrito como una suerte deback office de los búnkeres electorales del PRO-, las especulaciones sobre los negocios, la fraudulenta revista empresarial de Johnny, todo parece transcurrir como si sucediese en 1995, como si los personajes se mantuviesen deliberada y un tanto teatralmente afuera de la coyuntura. La brecha entre la egomanía cocainómana del personaje y su entorno transmite la fantasía de un espacio sin historia y sin política. El personaje odia todo pero no habla del peronismo, su familia tiene tierras pero no hablan del conflicto del campo. La “intervención del estado en la economía”, “la politización de la esfera pública” o la inflación galopante de los últimos años en el país no parece afectarlos en lo más mínimo. Es una hipótesis plausible; quizás Loyds quiera denunciar que la concentración y la extranjerización de la economía aumentaron durante el kirchnerismo. Quizás Loyds se haya eco del blindaje de la clase propietaria global descripto por Thomas Piketty; lo cierto es que Johnny esquiva a la política de un modo algo artificioso.

CONTINUARÁ [en el próximo número de la revista Crisis; se podrá buscar entonces en www.revistacrisis.com.ar, nosotros no la publicaremos]

Que todo se detenga – Gonzalo Unamuno – 2015 – Galerna – 139 págs.

QUE TODO SE DETENGA (2015), Gonzalo Unamuno

                                               La generación del disfrute

 

Que todo se detenga – Gonzalo Unamuno – 2015 – Galerna – 139 págs.
Que todo se detenga – Gonzalo Unamuno – 2015 – Galerna – 139 págs.

Si coincidimos en que la función de la crítica es establecer cierto ordenamiento entre la maraña inabarcable de arte circulante, y si hay un acuerdo tácito de que en la literatura sucede igual, y que todo empieza por los críticos-editores, que observan especialmente la funcionalidad de un texto en términos de negocio, pero que no dejan de editar buenos materiales aunque no sean vendibles, entonces creo que vengo a decir algo que, fuera de toda falsa modestia, viene a ser importante aquí. Porque me parece que Que todo se detenga, de Gonzalo Unamuno, no es una obra excelsa, increíble ni inigualable, pero creo que el autor logra dar con una definición que debería perdurar, y que se la atribuyo a él porque la busqué en Google entre comillas y arrojó apenas cuatro resultados, ninguno de los cuales se correspondía con lo que este escritor argentino nacido en 1985 estaba diciendo. Sin embargo, tal como en el propio libro de Unamuno, lo mejor va a quedar para el final…

 

Domingo primero, sábado después, y por último, viernes. Así está estructurada la novela corta (apenas 139 páginas de letra enorme y doble espaciado, una obra que no resistiría una edición de bolsillo) Que todo se detenga. Un joven (la palabra es adrede) de 34 años, escritor frustrado, peronista frustrado, militante frustrado, apenas un periodista freelance que trabaja para pagar las cuentas y ni a eso llega. Está solo y cuenta todo lo que hace y piensa en presente, pese a que nunca se hacen referencias concretas al momento de escritura (nunca dice: «entonces me senté a escribir esto»). Durante el domingo sólo tiene un contacto casual con su vecino, y hacia el final recibe un llamado de su hermana. El sábado sí recibe a su hermana en su casa, y también se encuentra de casualidad con un ex compañero de militancia que le sacó una novia, pero al que igual le acepta unas cervezas, porque no rechaza nada que sea gratis. El viernes se va de joda con un amigo por el que dice no tener ningún aprecio, pero que conoce de toda la vida. Todo lo que sucede está regado por un promedio de un saque de cocaína cada unas 20 páginas. Germán Baraja, el protagonista-narrador en cuestión, es un ser despreciable, pero no es más que un miembro de la que a partir de ahora llamaremos «Generación del disfrute» llevado al extremo.

 

Unamuno acuña el término en un párrafo escueto, que narra sencillamente el esfuerzo de sus abuelos para transformar la casita que levantaron con sus propias manos en una importante propiedad en la provincia, la madre secuestrada y torturada durante la última dictadura, y luego llegaron la hermana y él, la generación del disfrute, que sólo tienen que preocuparse por disfrutar los logros y las batallas (ganadas y perdidas) de las generaciones anteriores. En todo lo que hace y dice Baraja hay una ansiedad de violencia permanente, un gusto por la caída, por la humillación, por el riesgo innecesario. Él, que todo lo tiene, que pudo estudiar lo que quiso, que viajó, que pudo comprar un departamento gracias a una herencia, vive en la mayor inmundicia, en un dos ambientes que, gracias a la mirada de su hermana —un modelo distinto de la generación del disfrute, una agradecida de lo que tiene, y que hizo todo para conservarlo—, descubrimos un lugar casi intencionalmente hediondo, donde el aire no circula y donde prácticamente no entra luz. «La violencia es la llave que abre todas las puertas», dice nuestro protagonista. Lo dice jugando, al pasar, como todo lo que dice, una provocación constante que proviene directamente desde el desinterés adquirido, desde cuando tuvo 26, 27 años (en el relato tiene 34, un desfasaje que hace el autor con respecto a su propia edad, probablemente para ampliar el radio de la generación del disfrute a los nacidos a partir del 80), y descubrió que nada es importante. Ése es el flagelo de Germán, y de toda la generación del disfrute que es autoconsciente de pertenecer a ella: no hay nada por qué vivir, y más importante aún, no hay nada por qué morir. La añoranza de una guerra (ver «Un pedacito de…» al final) es la necesidad de formar parte de algún relato épico que valga la pena, algo en qué creer. Mientras tanto, Germán libra su propia guerra, la de haberse constituido como un ser detrás de una coraza impermeable, un ser que vive por la droga pero no como un drogadicto, sino como alguien que busca la adrenalina que la vida de clase media no le ofrece: la adrenalina que tuvo su abuelo para hacerse a sí mismo y darle un futuro a su familia; la adrenalina que tuvo su madre, militando por un mundo mejor que creía genuinamente posible y que luego perdió un embarazo en una prisión clandestina; la que tuvieron los adolescentes que se murieron de frío y bombas en Malvinas, pero que hoy son Héroes o Ex Combatientes, son algo, fueron algo, hicieron algo. A él, en cambio, no le queda nada, todo lo recibió por herencia: sólo está su escritura, y su capacidad de consumo, escenificada no en autos, televisores y tragos, sino en el puro consumo: cocaína, esnifar dinero. Y mientras tanto su madre se muere, y él no puede siquiera visitarla, apenas escribirle una carta…

 

La generación del disfrute no es homogénea, no existe en realidad, es como todo, una mera construcción. Abarca a una porción de la sociedad argentina (¿mundial? ¿La serie Girls podría ser un paralelo idéntico en Nueva York?) que justamente acarrea esa historia: la de los abuelos o bisabuelos que llegaron en barco con una mano atrás y otra adelante y que sentaron las bases de la nueva familia, no como los migrantes de hoy, siempre dispuestos a volver a su lugar de origen, sino como se hacía entonces, mudándose de una vez y para siempre, echando raíces en el primer puerto nuevo; la de los padres, que ya con cierto capital, pudieron pelear por valores, por cambiar el mundo, y sobre todo, también pudieron engrosar el capital, adquirir alguna propiedad, m’hijo el dotor y toda la mar en coche. Los hijos que llegaron después del 80 en estas clases medias y altas no se plantearon no seguir estudios universitarios, nunca pensaron que era posible estudiar algo que no gustase, y con el título bajo el brazo, sólo les quedó el mandato: disfrutá. Disfrutá el sudor de tus antepasados, la sangre. Vos ya no tenés que luchar por nada. Vos sólo tenés que ser feliz (¿por eso el auge del autoayuda?; ¿será debido al mandato posmoderno de la búsqueda de la felicidad que hay tantos libros que se proponen resolverla?). Esta porción de la sociedad tiene una serie de opciones, ninguna demasiado interesante tal vez; de seguro, ninguna imbuida de la épica que ofrece la guerra, o forjar un nombre o una familia de la nada, atravesar el océano con un barco para no volver nunca más. ¿Las opciones? Se puede efectivamente acatar el mandato y luchar por mantener lo que los antepasados lograron, incluyendo propiedades, derecho a la educación y salud privada, mucama con cama, puestos gerenciales, cierto status de «persona para ser envidiada», etcétera. A éstos se los conoce indistintamente como gente bien, gente chic, conservadores, gorilas o simplemente grasas (claro, de acuerdo de quién los esté mirando). Se puede perseguir la épica de la solidaridad, subsanar el mundo injusto, pero esto nunca va a ser desde un cambio político con la radicalidad que se pensaba en los 60 o 70, sino con asistencialismo (ayudar a construir asentamientos de madera en el conurbano a los pobres parece ser la meca de ese asistencialismo de gente bien con culpa), con donaciones, cursando carreras como Trabajo Social, militando, enseñando matemáticas en las villas, etcétera, siempre apuntando al «cambio que cada uno puede hacer desde su lugar», rara vez dispuestos a resignar ese lugar, a intercambiar lugares con el ayudado. Otra épica: viajar. Creerse el Che o Into the Wild por ir sin rumbo durante meses o años por India, el Sudeste Asiático, América Latina, buscarse a sí mismo, conocer otras realidades. La épica que verdaderamente paga, y que no distingue clases sociales: triunfar en el deporte, la guerra después de las guerras, con gran retribución del mercado. La última, sin reconocimiento del mercado pero con buen rédito para el ego burgués que todos llevamos dentro: escribir, cantar, pintar, hacerse un nombre en las artes, poder ser el orgullo de los padres que se deslomaron para ganar dinero, para que el nene y la nena puedan hacer lo que quieran, incluso aquello que rara vez da dinero. Ésa fue la falsa épica que eligió Unamuno —es la falsa épica del 95% de los ingresantes en la carrera de Letras—. Que todo se detenga es su segunda novela, lo que hace pensar que está siendo exitoso en lo que se propuso, pese a que esté lejos de ser un destacadísimo escritor (y él lo sabe). Quizá lo único que distingue a este último grupo de los épicos anteriores es la autoconsciencia, el saber que todo es chiste, que nada importa realmente, hecho que tal vez nos resalte aún más, pues libramos nuestras batallas de mentiras incluso sabiendo de antemano que nuestras plumas no son espadas, sino que sólo sirven para jugar una guerra de tinta.

 

 

Un pedacito de Que todo se detenga:

 

Antes de salir de la cama me hice una paja de corte bélico, porque mientras pensaba en el traqueteo de un culo aúpa mío, la conclusión de que es una pena que mi generación no haya padecido un acontecimiento tan grotesco y estúpido como una guerra, tomaba consistencia. Pensé en lo bien que nos vendría algo que sacuda esta paz homogénea, algún acontecimiento que nos recubra de cierta épica, que nos inscriba violentamente en la Historia; una sucesión de cañonazos que en cuestión de meses modifique de cuajo los valores, los simbolismos, las clases sociales. Pero bueno.

(pág. 103)