Las Islas – Carlos Gamerro – Edición «definitiva»: 2012 – Edhasa – 614 págs.

LAS ISLAS (2012 [1998]), de Carlos Gamerro

Las Islas – Carlos Gamerro – Edición «definitiva»: 2012 – Edhasa – 614 págs.
Las Islas – Carlos Gamerro – Edición «definitiva»: 2012 – Edhasa – 614 págs.

Una obra magistral, un tono precursor

Editado por primera vez en 1998, Las Islas, de Carlos Gamerro, no entraría en nuestro corte aleatorio que hicimos en el año 2000 para hablar de «Nueva Narrativa Argentina», pero vamos a hacer una excepción, con el vulgar argumento de que la novela fue reeditada con modificaciones en el año 2012, y es en realidad ésta la versión que leímos nosotros. Ésa sería la justificación desde lo numérico. Ahora, desde lo literario, hay sobrados motivos para pensar que Las Islas pertenece, como antecesor, a una nueva oleada narrativa, o al menos, que podría figurar como una precursora al modo que funcionan literaturas como las de Fogwill, de Aira, de Piglia y de Hebe Uhart, por señalar estilos literarios que fueron replicados con modificaciones durante estos últimos años, mucho más que los «pesados» clásicos argentinos como Borges, Sabato, Bioy y Cortázar. Gamerro está a caballo entre lo viejo y lo nuevo: es parte de esa famosa generación de «escritores jóvenes argentinos» que cuenta con medio centenar de velitas en su torta, pero que aún no es considerado «clásico», sino «joven». De hecho Las Islas es su primera novela, y la mayor parte de su producción literaria fue publicada en los últimos 15 años. Si bien no faltan las ganas, no vamos a engañar a nadie: no leímos (aún) todo lo posterior a Las Islas, pero sólo con este libro, es justo y merecido ubicar a Carlos Gamerro entre los grandes de la literatura argentina contemporánea.

La novela en cuestión es un libraco de 600 páginas, muy poco amigable con las nuevas generaciones de lo instantáneo y lo fugaz, pero que tiene en su tono la clave para comprender por qué puede resultar tan actual a casi 20 años de su publicación (a diferencia, por ejemplo, de lo que dijimos sobre el libro que Anne Kazumi Stahl publicó en el año 2002). Mordaz, irónico, cínico, hilarante, oscuro y a la vez, querible, el ex combatiente y actual hacker Felipe Félix narra con una prosa cargada sus peripecias por la ciudad de Buenos Aires de 1992, sin poder huir del pasado que lo acecha, cuando tiritaba de frío en las Malvinas 10 años atrás. Como en una buena novela negra, se mueve por el mundo como un ajedrecista, anticipando jugadas y siendo emboscado una y otra vez por distintos personajes que casi siempre son enviados por el malvado villano Tamerlán, rey de la corporación que lidera. Él es quien convoca a Félix en primera instancia para poder encontrar a los testigos de un asesinato que cometió su hijo. Félix visita al señor Tamerlán sin muchas opciones de decir que no, y con ese clásico puntapié la rueda empieza a girar.

Como decíamos, no es en las formas ni en la temática adonde se encuentra el cruce posible con otras obras de narrativa argentina contemporánea, pero sí en el tono. Los relatos intimistas característicos de esta nueva época muchas veces traen una buena dosis de sanguíneo enciclopedismo corrosivo, un «saberlo todo» que no sirve para nada, sin falsas ilusiones y sin eufemismos (sin el encanto cortazariano, podríamos decir, sin sueños de salvar el mundo). Este tono se puede identificar claramente en algunos de los autores que hemos leído aquí, como Patricio Pron, Gonzalo Unamuno o Marina Mariasch. Más parecido aun es un autor que leímos pero que no hemos comentado: Carlos Busqued y su Bajo este sol tremendo, con sus personajes abúlicos y drogo-dependientes, carentes de cualquier tipo de ética y moral. Las Islas podría ser tomado como un precursor de esta literatura dentro del canon argentina, con Vivir afuera (Fogwill, 1996) como el otro gran hito de la roadmovie porteña de baja estofa (y ambos, desde ya, herederos del mejor Roberto Arlt). Más aún, la maldad que exudan los personajes que circulan en Las Islas y que con tanta divertida malicia retrata Gamerro en la voz de Félix, tiene mucho del tonito irónico que inunda la red social Twitter y que se plasma en algunos relatos nuevos de la televisión local, como Historia de un Clan, El Marginal o hasta el más reciente Un gallo para Esculapio (todos, producidos por Sebastián Ortega). De hecho, los villanos de cada serie (el «Arquímedes Puccio» que compone Alejandro Awada, el «Mario Borges» de Claudio Rissi y el director del penal personificado por Gerardo Romano en El Marginal y el «Chelo Esculapio» de Luis Brandoni) producen la misma fascinación y el mismo rechazo que el que puede generar Fausto Tamerlán. Es un malvado casi impensado en nuestra literatura, porque es el «malo malo», y sin embargo tiene una profundidad y un nivel de detalle en su maldad —exhibida en constantes monólogos llenos de verdades, grandilocuencias y locuras— que supera con creces al Astrólogo de Los siete locos.

Las Islas es, en una palabra, un gran policial negro. Tiene todo para serlo: un buen misterio por resolver, un soberbio narrador, un investigador astuto y bien identificable, un malvado a quien vencer (aunque sea quien encarga la tarea); y además de eso, el libro tiene dinámica, tiene potencia, tiene un relato bien construido, lleno de complejidades bien resueltas y de personajes secundarios hilarantes, tiene muy buenas resoluciones técnicas en cuanto al uso de las palabras, los diálogos, la descripción de escenarios y la ejecución de los párrafos y los capítulos y cuenta con excelentes descripciones. Pero no es sólo un cúmulo de destrezas de un autor con sobradas capacidades para desarrollar una literatura de género a la perfección. Las Islas es, además de eso, un libro con un tema, y una serie de disparadores o reflexiones sobre ese tema que, a 35 años de la Guerra de las Malvinas, siguen teniendo vigencia. Cuando apenas habían pasado 15, Gamerro (clase 62, un dato no menor) ya esbozaba algunas de las ideas que se iban despejando sobre cómo afecta transversalmente a un ser humano la experiencia de la guerra, sobre cómo fue volver después de ello, sin miradas condescendientes, sin palabras vagas llenas de elogios para héroes que nadie reivindica, sin falsos tapujos. Lo que se ve en Las Islas —lo que se deja ver en Las Islas— es un montón de ex combatientes que 10 años después siguen encerrados en ese montoncito de tierra perdido en el mar, en un comienzo de los 90 que intenta borrar con el codo lo que había pasado ayer nomás, con represores y ex militantes de izquierda conviviendo en un mundo que hoy tiene que ser hermanado pero que ayer era irreconciliable. Se exhibe, en definitiva, la importancia de la historia, aun cuando no hay ningún tipo de interés en evocar esa historia. Una historia con rugosidades, con matices, sin verdades únicas, y donde en la mayoría de los casos, el maridaje entre los opuestos se da con más asiduidad de lo que uno pensaría. «El espíritu [del pasado] sigue subiendo en la lluvia», diría quizá algún narrador de la nueva generación.

Las Islas – Carlos Gamerro – 1ª edición: 1998 – Simurg.
Las Islas – Carlos Gamerro – 1ª edición: 1998 – Simurg.

 

Un pedacito de Las Islas:

 

En uno de [los] extremos [de la habitación] se desplegaba una pequeña ciudad de monitores y pantallas de video, terminales de computadoras, centrales telefónicas y de fax, impresoras que cada tanto consumían murallas de papel continuo con cantos de cigarra. La otra mitad del gran arco estaba destinada a objetos más personales: un rebenque exquisitamente incrustado en plata labrada al estilo criollo; una bandeja de piedra negra llena de arena blanca rastrillada en formas sinuosas y armónicas alrededor de tres pequeñas rocas grises; un bonsái de ombú muy bien logrado, excepto por las hojas, que eran casi de tamaño natural —todos los bonsáis de ombú fallan en eso—, asentado sobre una réplica asombrosamente fiel de la pampa sin alambrados. Lo que más me llamó la atención fue un prisma de acrílico del tamaño de un lingote de oro, con un objeto largo y opaco en su interior. Debía tener unos treinta centímetros de largo y el grosor de mi muñeca, era algo romo en un extremo —con un relieve de cantos rodados— y levemente puntiagudo, con una colita, por el otro; de color uniformemente café y aspecto rugoso. Lo levanté a la luz, rotándolo entre mis dedos para poder apreciar mejor su cambiante brillo irisado. Qué curioso, pensé, viéndolo así cualquiera diría que se trata de…

—Un sorete.

Me di vuelta sin sobresaltarme, todavía sosteniéndolo en la mano. Efectivamente, tenía razón. Lo contemplé admirado. Un trabajo realmente impecable. Ni una burbuja, ni una rebarba que interrumpiera el engarce perfecto entre el medio cristalino y el opaco. Se lo alcancé sonriente al señor Tamerlán.

—Una pieza admirable.

—Y útil —me contestó—. El que lo deja sobre el escritorio con asco cuando se da cuenta habrá hecho poco para merecer mi estima. Es un detector. Aunque lo sepan de antemano y vengan preparados, algo los traiciona. Yo leo el lenguaje del cuerpo, y la mano que sostiene el sorete nunca miente.

Págs. 21-22

Flores de un solo día - Anna Kazumi Stahl - Seix Barral - 2002 - 335 págs.

FLORES DE UN SOLO DÍA (2002), de Anna Kazumi Stahl

Flores de un solo día - Anna Kazumi Stahl - Seix Barral - 2002 - 335 págs.
Flores de un solo día – Anna Kazumi Stahl – Seix Barral – 2002 – 335 págs.

Literatura importada

No hay nada más lindo que tomar un infinito, delimitarlo, y luego explorar esos límites, tensarlos, mirar un poco por encima para ver qué hay del otro lado. Lo hicimos en nuestra última entrada, leyendo a Laura Alcoba, argentina que vive en Francia desde que tiene 10 años y que escribe en francés (sobre tópicos argentinos); lo hacemos ahora, leyendo a la norteamericana hija de padre alemán y madre japonesa Anna Kazumi Stahl, considerando que su novela Flores de un solo día (2002) pertenece al corpus de literatura argentina, o al menos, a esa literatura de límites difusos, esos libros difíciles de guardar en las bibliotecas. La particularidad de Kazumi Stahl (de quien ya hemos hablado un poco aquí) es que un día de 1988 vino a la Argentina y se enamoró del país, y otro día de 1995 volvió para quedarse. Fue tan fuerte su arraigo que dos años después había publicado la colección de cuentos Catástrofes naturales para luego embarcarse en la escritura de la novela de largo aliento que nos ocupa, escritos ambos enteramente en un español rioplatense como el de cualquiera que haya nacido en Boedo, Castelar o Chivilcoy. En una proeza inimaginable para quienes no somos particularmente duchos con las lenguas extranjeras, esta mujer sin ningún tipo de vínculo ni con la cultura hispanoparlante ni con la Argentina en particular logró una escritura sin fisuras, donde sólo el nombre de la firma hace sospechar que la narración no es argentina, porque todo el resto del libro lo es (ella misma explica esta adopción del idioma aquí). O, al menos, lo es en apariencia: en su descripción de Buenos Aires, de sus casas, de sus edificios, de sus barrios y de sus calles; en sus expresiones indubitablemente porteñas; en su conocimiento de la cultura popular y de todos los sobreentendidos que subyacen… En fin, una novela argentina como cualquier otra. O no.

Desde la trama, Flores de un solo día se revela como una novela que usa la historia personal de la autora sólo en sus líneas más básicas: la protagonista es hija de una mujer japonesa, a mitad de camino entre diversas culturas, y los hechos tienen lugar primero en Buenos Aires y luego en Nueva Orleans, a la inversa del itinerario de Kazumi Stahl. La primera diferencia con las obras de la Nueva Narrativa Argentina que estamos analizando en esta sección es que la construcción de la trama ocupa un lugar preponderante, muy al estilo de la literatura norteamericana (y, sobre todo, del cine norteamericano). Flores de un solo día no se parece en nada al devenir y la reflexión permanente, a esa literatura del detalle y de los gestos que hemos mencionado en tantos libros leídos en esta sección, sino que apuesta a la complejidad de la historia, a los giros de un pasado que nunca se termina de ir y que modifica el presente tan calmo en el que todo comienza, donde Aimée está casada con el bonachón Fernando, y ambos viven en un departamento de Congreso junto a su madre japonesa, muda e híper calma, la estrella de la florería «Hanako», pues no sólo es su nombre el que está en la marquesina, sino que es ella la que hace los arreglos florales más codiciados, los ikebanas. Hasta este punto, todo es descripción pausada y minuciosa, plena de olores y colores, con una envidiable paciencia para narrar que hace que cada escena se pinte como un cuadro en la retina del lector (y con una variedad lingüística casi inverosímil para una persona que tiene al español como segunda lengua).

Luego llega una carta desde Nueva Orleans y todo se empieza a resquebrajar, incluyendo la novela. No es que la segunda parte sea peor que la primera o que tengan un tono distinto, pero Kazumi Stahl está tan pendiente de construir un relato sin fisuras, donde todo tenga una explicación racional y verosímil, que la obra muta de una novela libre de género a una suerte de thriller policial en el que hay buenos y malos y donde todo debe ser explicado con un giro en la historia, incluso cuando en algunos casos esos giros se ven venir desde 100 páginas atrás. Además, en medio de las teorías, flashbacks y explicaciones de la historia, los diálogos comienzan a tomar un rol central, y éstos no son el fuerte de la autora (siempre se dice, y es completa verdad: es mucho más difícil de lo que se piensa escribir un buen diálogo), sumado a que a medida que avanza el relato comienza a incomodar la omnisciencia y el ascetismo del narrador, capaz de meterse en la cabeza de todos los personajes al mejor estilo de la novela decimonónica del siglo XIX.

Es en este punto donde debemos hacer un alto y preguntarnos por qué Flores de un solo día no encaja con la Nueva Narrativa Argentina que venimos leyendo en este espacio; para ello, las hipótesis son dos, perfectamente combinables entre sí. Por un lado, su condición de extranjera tiene que pesar de algún modo al momento de querer inscribirla en una tradición nacional en la que ella tiene pocos años; esto se dice no en forma peyorativa, sino como un mero hecho de la realidad: Kazumi Stahl, a diferencia de los narradores actuales que estamos leyendo, no se formó a la sombra de Borges, Bioy, Cortázar, Manuel Puig, César Aira, Lugones, Sarmiento, José Hernández y otros (el canon está aquí), sino que sus lecturas principales tuvieron que haber estado en otros lares, y si aceptamos la premisa de que toda escritura es una consecuencia de todas las lecturas anteriores, la presencia de Kazumi como autora argentina es, al menos, forzada. Por otro lado, existe una realidad metodológica a estas alturas: cuando elegimos leer «Nueva» Narrativa Argentina marcamos un límite: el año 2000. Como dijimos en su momento, esta elección fue completamente azarosa. Hoy, leyendo material publicado hace unos meses y leyendo esta novela de 15 años atrás, podemos encontrar ciertas marcas que las diferencian largamente, y hasta sería lógico pensar que la literatura de Kazumi y la de, digamos, Patricio Pron o Agostina Luz López no forman parte del mismo período, y en un futuro probablemente vayan a ser estudiados como dos entidades distintas. Todavía no se habla de «los 2000» como una década (como sí decimos perfectamente «los 80» o «los 90»), como si ésta nunca hubiese terminado, como si no tuviese sus marcas específicas que la delimiten. Este tema excede lo que veníamos a decir de Flores de un solo día, pero lo dejamos planteado aquí para entender que esta novela ya es de otro tiempo, ya no podría ser llamada «Nueva», y que tan solo nos quedará encontrar dónde es que se produjo el corte entre «los 2000» y lo «Nuevo». Como todos los límites son difusos, también podríamos simplificar y decir que la novela fue publicada en 2002, pero que pertenece a «los 90», y hasta incluso, que es bien argentina, puesto que el eje temático principal circula en torno de qué es la identidad y cómo se vive con una identidad impostada, con una historia falsa. Ése es, sin dudas, el debate más rico que habilita Flores de un solo día, y ése es el camino que dejamos abierto, invitando al potencial lector a transitarlo y a explorarlo.

 

 

Un pedacito de Flores de un solo día:

La ventana del cuarto da a una vista sobre la ciudad: techos naranja y negros, cúpulas verdes, paredones revestidos de ladrillo. ya no es tan temprano, y el sol cristalino de invierno ilumina el ambiente con luz blanca. Hanako trabaja rodeada de colores. Contra las paredes y sobre la larga mesada, se resaltan los rojos y amarillos de las flores. Además el piso, en declive hacia la rejilla en el centro, es un mosaico de pequeñas cerámicas en tintes suaves, multicolor. Aimée las encontró en el mercado de pulgas años atrás. Son de las más chicas, dos por dos, y traslúcidas. Van intercaladas: las rosa, naranja, verde pistacho, celeste, lila, y limón cremoso, más las blancas y algunas que son transparentes y resultan como hielitos. Los distintos matices se mezclan con los más elementales y terrestres.

Págs. 19-20

AA.VV. – Buenos Aires, la ciudad como un plano – La Bestia Equilátera – 2010 – 243 págs.

BUENOS AIRES, LA CIUDAD COMO UN PLANO (2010), de VV.AA.

AA.VV. – Buenos Aires, la ciudad como un plano – La Bestia Equilátera – 2010 – 243 págs.
AA.VV. – Buenos Aires, la ciudad como un plano – La Bestia Equilátera – 2010 – 243 págs.

Otra caminata por la Reina del Plata

Ya hemos reseñado algunas colecciones de cuentos de autores varios (por ejemplo aquí y aquí); en general se trataba de nuevos narradores intentando insertarse en el mundo literario, que traían su nombre a cuestas y un puñado de cuentos, tal vez algún libro publicado en una editorial menor. En este caso La Bestia Equilátera trajo una propuesta distinta, carente de la figura del «compilador» y del tan habitual prólogo que tiene por función aunar temáticas, hacer una lectura mínima de cada texto e intentar unir con voligoma, plasticola o fastix los textos que en general se parecen poco y nada entre sí. Matías Serra Bradford (presumiblemente, el compilador) firma un texto rayano con lo poético, de apenas 3 páginas, donde se deslinda de cualquier tipo de responsabilidad de explicar la unidad de los relatos que le van a suceder, y plantea la única opción posible para narrar la ciudad: debe hacerse como un «retrato cubista», sin otra ley que el azar. Buenos Aires, la ciudad como un plano es una propuesta clásica, pero con un subyacente y sugerente subtítulo que marca una idea común en todos los textos, una percepción distinta de lo que podrían ser sencillas crónicas y relatos de Buenos Aires: entender a la ciudad como un plano es llevarla al papel, es ubicarla como una sucesión de coordenadas que extranjerizan la mirada y la vuelcan al mapa, donde se resigna el mito de las tres dimensiones y de «lo real», «lo mimético», y se aspira a un deambular de flâneur por una serie de construcciones, que son más culturales que arquitectónicas.

El recorrido no lo marca el compilador, sino cada uno de los narradores, que despliegan su estilo con las espaldas anchas de tener ya un nombre sólido en el mundo literario. Por eso, las historias aparecen ubicadas sin más orden que el alfabético, sin pretensión de mostrar una unidad, sino un caleidoscopio donde cada autor se apropia de la ciudad por unas páginas, explica qué le significa para él/ella, en casi todos los casos con un marcado realismo (en la mayoría, narrando historias propias en primera persona) que genera, sin embargo, el mentado efecto cubista, el crisol de experiencias que ofrece esta megalópolis que se cae del mapa. Los nombres de escritores se desperdigan en el libro con el mismo azar que los nombres de próceres se desperdigan en un plano de la ciudad, sin que digan nada, sin que exista una dirección clara (y esto también está bien planteado desde la tapa, donde los autores son calles). ¿Quiénes escriben? Arnaldo Calveyra, María Carman, Sergio Chejfec, Marcelo Cohen, Edgardo Cozarinsky, María Sonia Cristoff, Daniel Guebel, Sylvia Molloy, Dalfia Oken, Alan Pauls, Martín Rejtman, Graciela Speranza y Anna-Kazumi Stahl, en orden alfabético, tal como aparecen en el libro. Nombres más conocidos algunos, menos conocidos otros, pero con una historia literaria de peso para la ciudad de Buenos Aires, para el relato de ciudades, o para ambos.

Por supuesto que los nombres son sólo nombres, nada implica que entre ellos hagan un gran libro. Como toda antología, Buenos Aires es dispar, tiene buenas piezas y otras hechas tan sólo para cumplir con lo pedido. Mejor será hablar de lo bueno, y olvidar por un momento el recuento pobre, desinformado y plagado de corrección política y añoranzas vulgares de «Miserereplatz» que hace un Edgardo Cozarinsky ajeno ya a esta ciudad, o el relato sociológico más esperable en una crónica de domingo en el diario que en un libro impreso que hace María Carman sobre el mundo de los cartoneros y el obvio contraste que generan en la estación de Belgrano R. Tampoco logran convencer la eterna descripción de la estación Retiro de Marcelo Cohen (¿era la primera vez que estaba en Retiro? ¿No supuso que el lector ya la podía conocer?) ni el inverosímil cuento «Humo», de Daniel Guebel, que logra sostener la tensión pero que por momentos se olvida de la Buenos Aires que debía narrar. Lo bueno, decíamos. Y lo mejor ocurre con las narraciones de los recién llegados. Anna-Kazumi Stahl, por ejemplo, es una escritora norteamericana, de origen japonés, que en 1988 vino a Buenos Aires y que en 1994 se instaló en el país, adoptando el idioma, la literatura y su cultura. En el relato «Primeros días porteños» cuenta todas las sensaciones de una extranjera del Primer Mundo enamorándose del caos ordenado de esta ciudad, los pequeños descubrimientos como los taxis negros y amarillos o la inflación que avanza minuto a minuto y que se combate en falsas casas de cambio que también son joyerías. Graciela Speranza —estudiosa de la errancia en las ciudades del siglo XXI— comienza «Pasajes» por las galerías de París, para luego volver a «la París de América del Sur» y contrastarlas, en un avance por la calle Florida y el microcentro porteño con la mirada del flâneur parisino/benjaminiano. Sylvia Molloy también regresa a la ciudad y también pasea por Florida, tal como su título lo indica: «Paseás por Florida». Pero el gran arribo se da casi al comienzo del libro: Sergio Chejfec exhibe lo mejor de su producción en un recorrido absurdo por la ciudad y por la guía telefónica, donde un hombre llamado Samich llega a Buenos Aires buscando primero la casa de Cortázar y después a todos los escritores vivos de la década del 30, confeccionando así un mapa aleatorio y totalmente novedoso de una Buenos Aires que se reduce a una serie de casas de familia desperdigadas por distintos puntos de la ciudad; desnuda de todo el resto de las casas, en «El testigo» se descubren vecindades inesperadas y un mundo mítico en el que la guía telefónica era un elemento constitutivo de la vida de los porteños.

Buenos Aires resulta práctico para obtener una muestra de algunos escritores consagrados en décadas anteriores a la que leemos en esta sección, desde la absurda pericia de Chejfec para narrar recorridos de ciudades a los abúlicos personajes de Martín Rejtman y su realismo de tono monocorde, del que hemos hablado ya o a la literatura de hombre culto new age con múltiples guiños a la Academia de Alan Pauls. También sirve para descubrir (en mi caso) la bella prosa poética del más veterano de los escritores de esta colección, Arnaldo Calveyra (nacido en 1928) o la intensidad narrativa de la mucho más joven María Sonia Cristoff. Pero sobre todo, el libro funciona como un lugar de encuentro con la ciudad, un intento más de abordar lo inabarcable, de explicar la megalópolis, de tratar de entender al lugar que nos cobija y del cual formamos parte, con el agregado de que esta vez (a diferencia, por ejemplo, de la ensayística de Martínez Estrada en los años 30) no se pretende hablar de una totalidad, sino de fragmentos, dando la batalla por perdida de antemano, pero sin que eso implique dejar de afrontarla.

 

Un pedacito de Buenos Aires, la ciudad como un plano:

 

Salgo al hall principal del aeropuerto. June me ve y la veo; nos saludamos con entusiasmo, con un abrazo, y marchamos hacia la puerta de salida.

El taxi está pintado de negro con techo amarillo nos sentamos atrás y June le da indicaciones al chofer en un español fluido, magistral. El sol me irrita los ojos. Froto las manos, las junto y soplo para calentarlas. Ingresamos en una autopista transitada: unos cuantos automóviles son modelos viejos, la carrocería algo destartalada; hay camiones grandes para combustible, para leche, y otros, pequeños y enclenques, que llevan a trabajadores o herramientas, barriles y cables. De pronto, en una rampa elevada, se muestra la ciudad —es la primera vez que la veo— y es un mar de grises y plateados, turbulento y enérgico. Luego bajamos nuevamente y la vista panorámica desaparece. Creo que me duermo. June charla en español con el taxista. Tengo unos clips para el armazón de mis anteojos, un par antiguo que compré en Alemania. Busco el estuche en la mochila que llevo, y los encuentro: las fachadas, el asfalto, el fragmento de cielo visible se torna verde oscuro.

Llegamos. No a una casa, o un departamento, o una carpa, paradero o refugio de ningún tipo. Estamos en pleno centro metropolitano: tránsito, bocinas, cemento y neón. Apenas logro echar un vistazo al cartel de la intersección; parece un milagro, pero capto los nombres de las calles: Carlos Pellegrini y Corrientes. Estamos en el centro, dice June, y entonces grabo centro junto a Carlos Pellegrini y Corrientes en la memoria, pero estos términos quedan ahí sueltos como semillas disecadas en un calabacín: tengo las coordenadas pero me resultan indescifrables, imposibles de ubicar en una sintaxis mayor, una coherencia urbana. Casi le hago esta observación a June, pero lo pienso mejor y me callo. Porque temo que, si le digo esto a June, ella irá de inmediato a comprarme un mapa. Y no quiero. Preferiría, mientras pueda, seguir sin eso. Me vuelve a la mente la impresión que tuve cuando pasamos por una parte elevada de la autopista: la ciudad como mar gris, movida, por momentos resplandeciente, y de pronto opaco, pero sobre todo variable, movediza. ¿Será Buenos Aires así? ¿Podré captar esa impresión una vez que haya comprendido «el sistema urbano»? En silencio me prometí tratar de recibir la ciudad en raciones mínimas.

«Primeros días porteños», de Anna-Kazumi Stahl, pp. 211-212