Romeo Santos

LOS LÍMITES DEL LENGUAJE: ¿Qué cosas se pueden decir según pasan los años?

Hay una conferencia ya demasiado conocida entre los argentinos, donde Roberto Fontanarrosa hace una espectacular diatriba en contra de la existencia de las llamadas «malas palabras», preguntándose por qué son malas si no le han hecho daño a nadie… La conferencia ya tiene más de 10 años, pero en su momento significó una pequeña revolución, porque si bien se usaban mucho, era raro escuchar en los medios a alguien defendiendo a las malas palabras, y más si era en un Congreso de la Lengua Española, espacio sacro de nuestro idioma. El encuentro se dio en su Rosario natal y tuvo el apoyo inmediato de la audiencia mediante la carcajada generalizada; el resto del país lo vio a través de los medios de comunicación en los días posteriores: todos levantaron la conferencia y la celebraron, volviéndola viral en tiempos prehistóricos donde todavía no existía ese concepto.

El evento nos sirve de puntapié para pensar en los límites del lenguaje y su relación con la sociedad. Antes, tendríamos que despejar una serie de dudas a más de 10 años de aquel evento: ¿Por qué Fontanarrosa pudo decir lo que dijo? ¿Por qué fue aceptado y reconocido por todos? ¿Qué hizo que esa conferencia se volviera tan comentada y festejada incluso en medios conservadores que aún hoy recomiendan a sus redactores escribir «m…» en lugar de «mierda»? Es claro: el lenguaje tiene sus reglas gramaticales y sintácticas, pero el lenguaje es social y se rige a partir de lo que la sociedad permite decir dentro de ciertos límites aceptables.

Para ver cómo funciona ese límite y hasta dónde se pueden tensar, la literatura tal vez sea el espacio ideal para forzarlo todo, desafiar lo políticamente correcto y lo socialmente aceptado. Sin ir demasiado profundo, vemos el éxito que está teniendo a nivel mundial la serie de libros del noruego Karl Ove Knausgård titulada «Mi lucha» (Min Kamp en el original). El título —idéntico al de la obra de Hitler— pudo ser publicado más allá de cierta controversia, y hoy es un bestseller mundial. Probablemente su publicación hubiese estado prohibida apenas finalizada la guerra; incluso lo más verosímil sería pensar que a nadie en el mundo se le hubiese ocurrido siquiera desafiar a la sociedad con un título tan violento como ése para los años inmediatamente posteriores a la guerra, así como a nadie se le ocurriría hacer un chiste sobre el cáncer en el velorio de un muerto que terminó sus días recibiendo quimioterapia (pero sí lo podría hacer 15 años después).

Y si la literatura suena siempre al mundo de lo extraño, pensemos cómo funcionan los límites al lenguaje y a la acción de acuerdo a la mirada de la comunidad. En un tiempo, por ejemplo, los niños eran educados con enormes restricciones, límites constantes e incluso violencia física. Sería ingenuo pensar que esos métodos de crianza no siguen existiendo, pero sí es un hecho que no son los métodos de crianza que circulan en los medios como «aceptables». Hoy, pegarle a un chico por desobediente sucede mucho más de lo que creemos, pero está mal visto; antes no. Lo mismo sucede con su vocabulario: antes se volvía necesario señalar cuáles eran «buenas» y cuáles eran «malas» palabras para así controlar el lenguaje adecuado de una persona dentro de la sociedad. Esto apuntaba sobre todo a ocultar lo que de ningún modo se puede señalar, esto es, el hecho que nos aleja de la cultura y nos recuerda que somos animales: sólo basta observar todo el repertorio de «malas palabras» de todos los idiomas para darnos cuenta de que siempre están asociadas con el sexo o con los excrementos, es decir, con aquellas cosas que hacemos (casi) siempre a escondidas, o dentro de un baño o tras la puerta de un dormitorio. Por definición nos ocultamos para realizar las acciones nombradas a través de las «malas palabras».

Los tiempos cambian y el lenguaje también. Las nuevas generaciones no nos asustamos tanto ante el «mal» lenguaje, probablemente porque nuestros padres tampoco lo hacían. La sociedad pequeñoburguesa en la que estamos inmersos abandona poco a poco ciertos pruritos aristocráticos, y la escandalización es menor frente a palabras como «mierda», «joder», «la puta madre» y demás, que incluso se las escuchamos decir a los niños (antes, lo recuerdo, las malas palabras eran propiedad de los adultos, sólo ellos podían decirlas). En la misma línea el tratamiento de respeto marcado por el «usted» poco a poco también cede su lugar al voseo y ya hemos visto las dificultades que esto genera al hablar con un médico, al que todavía le decimos «doctor» pero que ya rara vez tratamos de «usted», en especial si la conversación se da entre personas de una misma generación sub 40.

El lenguaje tiene su paralelo en lo socialmente aceptable. Cincuenta años atrás, tener padres divorciados era una rareza y la gente (todo el tiempo estamos hablando de la gente, que es equivalente al constructo lingüístico llamado «sentido común», es decir, lo socialmente aceptable que transmiten los medios masivos de comunicación, creadores y exhibidores de este pensamiento común) creía que los hijos de padres divorciados tendrían problemas en el colegio, serían víctimas del acoso escolar (hoy llamado bullying), etcétera. A 2015, con el divorcio tomado como algo más normal que la unión permanente, la gente se pregunta qué pasará con los hijos de parejas homosexuales. La serie Girls (HBO, Lena Dunham, 2012-?) resuelve estos preconceptos sociales de un modo magistral, valiéndose de la idea de generación que implícitamente estamos tejiendo en esta nota —y en todas nuestras notas en realidad—: mientras Hannah —chica progre neoyorquina, 26 años— cree un drama mayúsculo enterarse de que su padre es homosexual, una amiga suya de 16 años la saca de encima con el clásico Get over it! («¡supéralo!»), mientras le cuenta que un compañero suyo tiene tres mamás y dos papás y que no tiene problemas. Es decir, Hannah puede aceptar que su padre sea homosexual (no lo toma como algo natural), pero no le es fácil digerir la noticia, sigue teniendo —pese a todo lo bienpensante que es— sus pruritos con ver hombres besando hombres, y mucho más que uno de ellos sea su padre.

Los límites de lo aceptable en términos de lenguaje y en términos sociales se van modificando con el tiempo, van cediendo. No estamos aquí para hacer juicios de valor al respecto, pero daría la sensación de que, a los tumbos, esta sociedad es un poco más amena para todos de lo que era la sociedad del siglo XVIII. Por ejemplo, hace relativamente poco se instaló un tema entre la gente que antes no parecía tener suficiente prensa: la violencia de género, que ayer nomás la llamábamos «violencia doméstica» para dejar bien en claro que era algo para resolver dentro de la casa. Gracias a la circulación de este tema en los medios masivos, ya no se puede gritar en la calle con tanta soltura «¡andá a lavar los platos!» ni «¡qué buena que estás, mamita!» (obviamente, esto sigue pasando; tal vez dentro de 50 años nos parecerá tan ridículo como hoy nos parece ridículo que promediando el siglo XX las mujeres todavía no votaban…). Sin embargo, los cambios se dan muy paulatinamente, y por mucho tiempo pueden convivir dos formas igualmente aceptables. Por caso, la marcha #NiUnaMenos tuvo una adhesión masiva, pero también tiene una adhesión masiva Romeo Santos y sus letras sexistas, incluso por la misma gente que participa de manifestaciones en contra de la violencia de género. Romeo Santos, con tono pícaro, le dice a una mujer en su mundialmente conocida «Propuesta indecente»: «Si te falto el respeto / y luego culpo al alcohol / si levanto tu falda / ¿me darías el derecho / a medir tu sensatez?». No sólo eso: su canción «Eres mía» parece una confesión anticipada de un golpeador, que cree que por haberse cogido a una chica —haciendo uso de las tan mentadas malas palabras— puede disponer de ella para siempre (la letra figura transcripta al final; creo que ni hace falta análisis, se basta por sí sola).

Las tonadas pegadizas y el hecho de que la declaración de guerra a la violencia de género sea demasiado reciente hacen que Romeo Santos pueda seguir llenando estadios sin inconvenientes (sólo los dos videos aquí incluidos suman —el número es literal— mil millones de visitas). Con esto no queremos censurarlo, porque no es tarea de nadie en específico decir qué se puede y qué no se puede decir. La sociedad es la que marca esos límites. Sólo se puede aspirar a una toma de consciencia colectiva (a través de reflexiones como ésta, por ejemplo) para que la sociedad reconozca lo aberrante de afirmar que es apenas «un error» creerse el dueño de la vida de alguien y no un delito. Podríamos imaginar que en no tanto tiempo esta canción sonará ridícula no sólo a la sociedad entera, sino a los fans de Romeo Santos y al propio cantaautor, que seguramente no le desea ningún mal a las mujeres y que probablemente quiera permanecer dentro de lo que su comunidad considera pasible de ser dicho.

 

 

 

 

 

 

«Eres mía», Romeo Santos, 2014

Ya me han informado que tu novio es un insípido aburrido

Tú que eres fogata y él tan frío

Dice tu amiguita que es celoso no quiere que sea tu amigo

Sospecha que soy un pirata y robaré su oro

 

No te asombres

Si una noche

Entro a tu cuarto y nuevamente te hago mía

Bien conoces

Mis errores

El egoísmo de ser dueño de tu vida

Eres mía (mía mía)

No te hagas la loca eso muy bien ya lo sabías

 

Si tú te casas

El día de tu boda

Le digo a tu esposo con risas

Que sólo es prestada

La mujer que ama

Porque sigues siendo mía (mía)

 

You won’t forget Romeo

Ah ah

Gostoso

Dicen que un clavo saca un clavo pero eso es solo rima

No existe una herramienta que saque mi amor

 

No te asombres

Si una noche

Entro a tu cuarto y nuevamente te hago mía

Bien conoces

Mis errores

El egoísmo de ser dueño de tu vida

Eres mía (mía mía)

No te hagas la loca eso muy bien ya lo sabías

 

Si tú te casas

El día de tu boda

Le digo a tu esposo con risas

Que sólo es prestada

La mujer que ama

Porque sigues siendo mía (mía mía mía)

 

Te deseo lo mejor

Y el mejor soy yo

The King

 

You don´t you heart is mine

And you love me forever

You don´t you heart is mine

And you love me forever

Baby my heart is mine

And you love me forever

Baby my heart is mine

And you love me forever

CFK

TODOS, TODAS, LA PRESIDENTA Y EL GÉNERO NEUTRO

CFK

En castellano las cuestiones de género muchas veces se tornan complicadas. El lenguaje es político: le decimos «castellano» porque el reino de Castilla impuso su idioma al resto de la región española, usamos el «vos» como herencia de un trato formal y de inferioridad con respecto a los virreyes y su séquito, y ahora usamos términos como «sale», «chat» y «mail» en consecuencia directa de una especie de invasión cultural norteamericana y tecnológica. Y así como estas cuestiones lingüísticas fueron determinadas por asuntos políticos, la respuesta a aquellos que acusan al castellano de ser machista es complemente evidente: esta lengua tiene más de 1.000 años; la liberación femenina, menos de 100. En otras lenguas quizá este machismo del lenguaje no sea tan marcado, pero también puede decirse que España se ha destacado especialmente por hacer gala de su machismo. De todas formas, no es esto lo que vamos a discutir aquí. Lo importante es la dificultad que implica pretender cambiar una lengua tan antigua en tan poco tiempo.

Aún recuerdo los dichos de Dora Barrancos, especialista en cuestiones de género, que en una charla ante alumnos de TEA en 2007 dijo (la cita no es textual): «No descansaremos hasta que se use la palabra “pilota”». En su momento no supe a qué se refería. Luego, comprendí: su pretensión era que a todas las mujeres que manejen aviones se las llame «pilotas» y no «pilotos». Suena raro, pero tendría sentido. Cuando apareció la primera mujer que conducía aviones, generó algo así como lo que en Derecho se llama un «vacío legal», y al hablante que le haya tocado mencionarla por primera vez, seguramente dijo «la piloto», haciendo de «piloto» un término neutro, pese a que la «o» final es una típica marca de género masculino (aunque no existe una relación obligatoria de «-o» = masculino, así como no la existe de «-a» = femenino).

¿Cómo hacemos para pensar la mayoría de las profesiones que, con la mujer destinada al cuidado de la casa, eran realizadas siempre por hombres? Algunas son fáciles, como doctor/doctora o, simplemente, periodista/periodista. Concejal, pese a no tener marca de género, ha sido tomado como masculino, y derivado en el (a gusto personal) horrendo «concejala», para marcar la diferencia. Así, también se inventó un nefasto término para distinguir a los hombres de las mujeres que se dedican a la poesía: «poetisa» carga una fuerte valoración negativa, de algo inferior, cuando «poeta» bien puede servir para ambos, y de hecho, es cada vez más popular hoy en día para designar a las mujeres que escriben en verso, e incluso más aceptado que el otro.

En la situación inversa, también nos encontramos con extrañezas: ¿cómo llamamos a los hombres que se encargan del cuidado de los niños, de la cocina, de la casa y de tantos otros menesteres? ¿Amos de casa? ¿Y qué de términos tan poco marcados, como «gerente» y «presidente»? Antes eran cargos destinados a hombres exclusivamente. Cuando surgieron las primeras mujeres que alcanzaron estos cargos, fueron llamadas «la gerente» y «la presidente»; hoy, Cristina Fernández de Kirchner ha logrado imponer en la población la forma «presidenta» (recordemos: empezamos hablando de cómo la política condiciona a la lengua), que al principio chocaba, pero que ahora suena perfectamente normal. La justificación de este cambio posiblemente responda más a esta idea de que el español es una lengua sexista, y de que hay que hacer hincapié en que una mujer puede alcanzar un puesto de tamaña jerarquía. Es quizá una reivindicación valedera a tantos años de disparidad entre ambos sexos. Y la masa hablante la ha asimilado bien, por lo que no parece haber inconveniente en este punto, y es posible que no se vuelva a utilizar la forma «presidente» como término neutro (podríamos plantearnos qué hubiera ocurrido si Cristina se hubiese inclinado por esta forma; nuestra hipótesis: se habría desterrado el término «presidenta» por un buen tiempo…).

Otra moda lingüística que impuso la presidenta fue el «todos y todas». Esto responde a la misma lógica de crítica a un lenguaje sexista que pone al hombre masculino como centro, al punto tal de llamar «hombre» tanto a las personas de género masculino como al colectivo que incluye también a las mujeres. Sin embargo, este cambio niega de plano el género neutro, que por más machista que pueda ser, resulta sumamente útil a los fines de la economía del lenguaje, algo que todo hablante persigue: poder comunicarse lo más eficazmente posible, utilizando siempre la versión más condensada. Así, el «todos» neutro condensa a «todos y todas» y no tiene sentido hacer una distinción de géneros, a menos que esta distinción (por ser la «forma marcada») esté significando algo. Además, separar en géneros al inicio implica que el oyente aguarde una coherencia sintáctica en la continuidad del discurso, por lo que se desearía que exista una concordancia total, con lo que se generarían aberrantes discursos interminables en donde «todos y todas los alumnos y alumnas merecen ser educados y educadas, alimentados y alimentadas y cuidados y cuidadas por sus padres y madres y sus hermanos y hermanas…».

Por otro lado, ¿qué hacemos con los «estudiantes»? ¿Inventamos también a las «estudiantas»? ¿Y por qué la mujer se adaptó tan fácilmente al término «modelo», con esa «-o» que podría leerse como marca masculina? ¿Valeria Mazza podría haber sido la primera «modela» argentina, si se lo hubiese propuesto? La respuesta es obvia, aunque muchos sean reticentes a aceptarla: sí, si hubiese tenido la voluntad de cambiar la expresión y el poder y la influencia para que una comunidad hablante suficientemente amplia acepte el término en género masculino y femenino, hoy estaríamos hablando seguramente de muchas «modelas» que brillan en la pasarela. Tal y como hablamos de la «Sra. Presidenta», que incluso oímos en boca de los más acérrimos opositores.

 

 

 

 

Anexo

Silvia Palomar, de Senderos-idiomas, nos aporta algo más sobre el tema: «Ya en 1965, el Boletín de la Academia Argentina de Letras admitía el uso de presidenta para la denominación de la mujer que ocupa ese cargo. El diccionario de María Moliner y el Panhispánico de Dudas presentan las dos formas presidente/presidenta como correctas. Creo que se usa como femenino, sin discusión, cuando se trata de mujeres que presiden una ONG, un club o una asociación. También creo que es más frecuente el femenino cuando el participio presente se usa más con valor sustantivo que con el adjetivo.» ¡Muchas gracias, Silvia!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL ERROR DE ORTOGRAFÍA Y SUS MATICES

En la última gira de Roger Waters por Argentina, en medio de un show impactante por la temática y por la puesta en escena, un chancho gigante sale volando del escenario, repleto de inscripciones. La principal decía, justo en el centro de la panza del cerdo: «¿Debería confiar en el govierno?». Esa «v» de «govierno» tiene una explicación lógica, y es que «gobierno», en inglés, es «government», con «v». Sin embargo, el error choca e impacta.

«¿Cómo, en un show en el que todo sale perfecto, donde sonido e imagen son tan cuidados, puede pasarse un error así de burdo? ¿Está mal escrito “gobierno” o me parece a mí? ¿Quiso decir otra cosa en realidad? ¿Por qué, con lo que cuesta la entrada, no son capaces de pagarle a un corrector de español para que les escriba los carteles?» En medio de esta hipotética (y exagerada) sarta de preguntas, el espectador está perdiéndose una parte del show: deja de prestarle atención al contenido, pues se ha distraído, y el error ha despertado en él cierta desconfianza.

El ejemplo, por supuesto, está un tanto sobredimensionado, pero si esto sucede en un recital, imaginen cuán a menudo podrá pasar en un escrito. Muchas veces no se valora la ortografía correcta de un texto porque viene dada. Pero cuando aparece un error, éste se destaca y genera una mezcla de burla y desconfianza que no es fácil remontar para el autor.

El error ortográfico desnuda y ridiculiza a quien lo comete, pues lo muestra incompetente en la mismísima tarea que está realizando. Es como cuando un presidente argentino quiso mostrar sus conocimientos de literatura y filosofía y reveló que había leído todas las novelas de Borges y aseguró, asimismo, haber leído muchos libros de Sócrates[1]. No se espera necesariamente que el presidente de la Nación sepa de literatura o de filosofía, así como no se espera que cualquiera sepa cómo se escribe «escisión», pero si uno decide adentrarse en la materia (ufanarse de ciertos conocimientos el Presidente, hacer uso de la palabra «escisión» aquel que la escribe), debe hacerlo con conocimiento de causa.

Es cierto: un Presidente no es «bueno» o «malo» por sus conocimientos literarios, así como la calidad de un texto no se mide por su «buena» o «mala» ortografía, pero, en cierta medida, levantan una sospecha: ¿por qué esta persona se está metiendo en un terreno en el que no sabe? ¿Sólo de esto opina y no sabe, o hay otras cosas de las que no nos estamos dando cuenta? La sospecha puede ser consciente o inconsciente, pero el error de ortografía, ante quien lo detecta, no pasa indiferente.

De todas formas es central una noción: la del matiz. Hay errores y errores, desde los discutibles hasta los famosos «horrores ortográficos». Escribir «Arjentina» en nuestro propio país es una bestialidad. Sin embargo, si un filipino[2] escribe «Arjentina» estaríamos ante un error grave, pero seguramente sería mucho menos aberrante, casi como escribir «Ejipto» en lugar de «Egipto». Retomando el caso de «govierno», teniendo en cuenta que se trata de una banda de origen británico, y que en inglés, el término se escribe con «v», el error, en definitiva, no es tan alarmante. Además, es importante considerar el contexto: la equivocación tuvo lugar en un recital, y no en una gacetilla de la Real Academia Española.

En este marco de los matices hay que pensar siempre en qué indicaría la lógica del hablante común, cuál es la situación de escritura y cómo lo puede tomar el lector. No podemos alarmarnos ante la falta de una tilde en el contexto de un chat, así como tampoco podemos exigir una perfección impoluta ni siquiera a quienes nos dedicamos a corregir textos.

 

APÉNDICE: Nombres propios

En los trabajos académicos, el error en los nombres de los autores suele ser algo frecuente, que, sin embargo, no parece preocupar demasiado a quienes lo cometen. Sin embargo, confundirse en la escritura de un nombre, por más difícil que éste sea, puede ser un signo de poco compromiso con las ideas de este autor. ¿Cuánto habremos de confiar en un psicoanalista que nos desarrolla con lujo de detalles la interpretación de los sueños, si luego cita a un tal «Froid», en lugar de a «Freud»? Por otro lado, dentro de un ámbito institucional, puede resultar ofensivo para un autor encontrarse citado en el texto de otro, pero con su propio nombre mal escrito.

Y esto no es válido sólo a los nombres de las personas, sino que también se extiende a los nombres de los libros y artículos que se está citando. La incorrecta transcripción de un título puede significar una incomprensión total del texto o la tergiversación de ciertas ideas. Es importante tener en cuenta que, en castellano (y no en otros idiomas, como el inglés o el alemán), los títulos llevan la primera letra en mayúscula y las demás, en minúscula, a menos que se trate de un nombre propio. Así, por citar un ejemplo alevoso, quien se refiera a la obra de Gabriel García Márquez como «Cien Años de Soledad» estará creando una confusión innecesaria, brindando la posibilidad de que la novela trate de una mujer llamada Soledad, que ha vivido 100 años.


[1] No pecaremos de arrogantes, y aclararemos, para quienes no lo sepan, que Jorge Luis Borges no escribió ninguna novela (toda su obra consta de poemas, cuentos y escritos críticos) y que Sócrates no dejó ningún legado escrito, aunque es la figura central de los diálogos de Platón y el maestro de éste.

[2] En algunas regiones de las Filipinas, archipiélago de Oceanía, aún se habla español como lengua materna.

 

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HAY PALABRAS Y PALABRAS

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«Pupo». Ésa es la palabra que más odio yo. Me parece un sonido repulsivo. Prefiero decir toda la vida “ombligo”, incluso si tengo que caer en la repetición. Pero esta entrada no se trata de mis gustos simplemente, sino de una generalización: todos tenemos palabras preferidas, palabras odiadas, palabras que nos son indiferentes. Aunque el idioma nos parezca lo más utilitario del mundo, nunca dejamos de tender lazos afectivos con él. Y esto no lo decimos sólo desde «De la ortografía y otros demonios»: buscando en la web, encontramos un sitio destinado exclusivamente a que la gente ponga sus 10 palabras favoritas del español: diezpalabras.blogspot.com. El sitio aclara que, si bien cualquier palabra es admisible, «no se buscan palabras que señalen conceptos nobles o inspiradores, como “madre”, “amistad” o “justicia”, sino palabras que por su sonido y reverberación resulten sugestivas y reconfortantes para el gusto artístico». Por ejemplo, el decálogo de palabras favoritas de Borges es (en orden alfabético):

Ámbar

Anhelar

Arena

Cristal

Hexámetro

Jacarandá

Penumbra

Runa

Sándalo

Sombra

Ni «laberinto», ni «tigre» ni «espada», para sorpresa de muchos. Es que la significación de las palabras no consta sólo del significado semántico, no depende nada más que de las acepciones del diccionario. Enrique Santos Discépolo explica muy bien cómo elegía las palabras a la hora de componer un tango:

 «Uso el argot por la sencillísima razón de que es más completo en la pintura. Hay estados o tipos o lugares para los cuales el símil académico es impropio por lo desusado. No entiendo por qué es más propio “robar” que “afanar”. ¿Por hábito? Bah… lo que sucede es que hay palabras feas y palabras lindas… Tanto la Academia, como el argot, tienen un sinnúmero de palabras que me desagradan. Utilizo de ambas las que me gustan por su sabor rotundo o pictórico o dulce. Las hay amplias, curvas, melosas, dolientes. Y las hay en todos los idiomas. Y si mi país, cosmopolita y babilónico, manoseándolas a diario, las entiende y yo las preciso, las enlazo lleno de alegría. Nuestro lunfardo tiene aciertos de fonética estupendos. Quieren matarlo. Hacen reír. Me hacen gracia esos que creen que los idiomas los han hecho los sabios. Si la necesidad de un pueblo es capaz de crear un genio ¿cómo pretenden que se detenga en la creación de una palabra que le hace falta? Y el lunfardo, en su casi totalidad, se distingue por eso.»[1]

Hoy en día el lunfardo original (el lunfardo del que habla Discépolo) entró en desuso, aunque muchas de sus palabras ingresaron en el lenguaje coloquial o informal, como «laburo» por «trabajo» y «cana» por «policía», entre muchísimas otras. Sin embargo, pese a no tener ya un nombre concreto («lunfardo») ni una circulación específica (las milongas y demás), los hablantes seguimos creando nuestros lenguajes propios constantemente. Hemos señalado en otra oportunidad la necesidad de crear códigos específicos al interior de los grupos, para afianzar el sentido de pertenencia; podemos pensar ahora en el vínculo afectivo que desarrollamos en torno a esas palabras. Un amigo dice con frecuencia «vamos a tomarnos unos materiales». Hace poco escuché que un obrero le decía al otro: «todavía no podemos empezar la pared; faltan algunos mates». Las deformaciones personales que cada hablante le hace al lenguaje le permiten asirlo, hacerlo propio, crear un lenguaje personal, y a la vez poder compartirlo, siempre y cuando no dificulte la comunicación.

Para esto último, dejamos uno de los tantos hilarantes diálogos que tienen don Quijote y su ladero, Sancho Panza, acerca de este tema.

 «Dijo Sancho a su amo:

—Señor, ya yo tengo relucida a mi mujer a que me deje ir con vuestra merced a donde quisiere llevarme.

Reducida[2] has de decir, Sancho —dijo don Quijote—; que no relucida.

—Una o dos veces —respondió Sancho—, si mal no me acuerdo, he suplicado a vuestra merced que no me emiende[3] los vocablos, si es que entiende lo que quiero decir en ellos, y que cuando no los entienda, diga: “Sancho, o diablo, no te entiendo”; y si yo no me declarare, entonces podrá emendarme; que yo soy tan fócil…

—No te entiendo, Sancho —dijo luego don Quijote—, pues no sé qué quiere decir soy tan fócil.

Tan fócil quiere decir —respondió Sancho— soy tan así.

—Menos te entiendo agora —replicó don Quijote.

—Pues si no me puede entender —respondió Sancho—, no sé cómo lo diga; no sé más, y Dios sea conmigo.

—Ya, ya caigo —respondió don Quijote— en ello: tú quieres decir que eres tan dócil, blando y mañero, que tomarás lo que yo te dijere, y pasarás por lo que te enseñare.

—Apostaré yo —dijo Sancho— que desde el emprincipio me caló y me entendió; sino que quiso turbarme, por oírme decir otras docientas patochadas.»[4]


[1] Enrique Santos Discépolo en el capítulo “Por qué y cómo escribo mis tangos” de Galasso, Norberto, Escritos inéditos de Enrique Santos Discépolo, Ediciones del Pensamiento Nacional, Argentina, s/f, págs. 24-25.

[2] Reducida, convencida. (Nota del Anotador)

[3] Para los que aún no han leído El Quijote (y que, esperamos, puedan leerlo pronto), aclaramos que está escrito en el castellano de 1615 (la segunda parte; la primera es de 1605), donde la ortografía no estaba asentada y términos como «emendar» por «enmendar» o «agora» por «ahora» eran del todo comunes; la transcripción que ofrecemos es la literal de la versión citada.

[4] Cervantes, Miguel de, 2000, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, edición de Martín de Riquer, España, Ed. Planeta en edición especial para La Nación. Tomo II, capítulo 7, pág. 607.

Diccionario

UNA APROXIMACIÓN AL DICCIONARIO

—Joder —dijo admirativamente Oliveira. Pensó que también joder podía servir como punto de arranque, pero lo decepcionó descubrir que no figuraba en el cementerio; en cambio en el jonuco estaban jonjobando dos jobs, ansiosos por joparse; lo malo era que el jorbín los había jomado, jitándolos como jocós apestados.

«Es realmente la necrópolis», pensó. «No entiendo cómo a esta porquería le dura la encuadernación.»

Cortázar, Julio, Rayuela, Alfaguara, Buenos Aires, 2006 [1963], capítulo 41, p.263

Lo que hace Oliveira en el epígrafe es “jugar en el cementerio”. O al menos, así lo llama él; es lo que hacen con la Maga cuando están aburridos en París, en la novela emblemática argentina, Rayuela, de Julio Cortázar. ¿En qué consisten los juegos en el cementerio? Se trata de ir al diccionario (el cementerio de palabras) y tomar términos que parecieran no ser parte del español, para formar oraciones con sentido.

La asociación de diccionario y cementerio no es inocente: allí es donde las palabras van a morir, porque dejan de tener significados y de ser articuladas en función de la comunicación, para pasar a ser una sucesión de definiciones. Cualquiera que haya tenido algún contacto con el campo científico entenderá la dificultad de definir un concepto y cómo se realizan innumerables debates en torno a una palabra, que seguramente acabará por no contentar a muchos. Entonces, ¿qué se le puede pedir a un libro que tiene que definir “revolución”, “literatura” o “política” en 10 palabras?

Esta entrada no persigue ir contra el mandato escolar de “chicos, consulten el diccionario”, pero sí tener en cuenta la relatividad de su uso y utilidad. Podría decirse que el diccionario es una herramienta de consulta básica y, sobre todo, una formalidad de la lengua. Porque toda lengua, para considerarse tal, debe tener un sistema legal que la ampare, y esto incluye una Academia y un diccionario.

Pero la lengua justamente no es la que encontramos en esos tomos inmensos de páginas finas y letra chica, sino lo que hablamos y escribimos regularmente, el material que usamos para comunicarnos. Por eso sería equivocado pensar que si escribimos una palabra y el Word o Internet la subrayan con rojo, debemos quitarla. No hay dudas que ante esa situación hay que revisar la palabra escrita (y, en especial, su ortografía) y ver también qué nos sugiere el corrector. Pero si estamos convencidos de que se trata de un término usado y aceptado por el marco de personas a las que les estamos escribiendo, entonces no debería haber inconvenientes en violar al diccionario y poner estas palabras en uso, como lo hacemos todos los días. Así, como hemos señalado en otros artículos, si estamos escribiendo un mail a un amigo y decidimos poner “q haces? tdo bn?”, mientras él nos entienda, no estaremos incurriendo en ningún error, tal como si estamos escribiendo un artículo sobre literatura y hablamos del “borramiento del autor”, pese a que “borramiento” no sea una palabra aceptada por el corrector.

Los correctores se basan en los diccionarios, y los diccionarios se actualizan al menos cada 10 años. Pero lo cierto es que no dan abasto y no pueden poner en juego todas las expresiones del lenguaje (y mucho menos en español, que implica muchos millones de hablantes de más de 30 países distintos), quitando las viejas y sumando las nuevas. En definitiva, sirven como fuente de consulta, pero no tienen “la verdad”, ni son necesariamente “mataburros”, como en algún momento se decía.

Por de pronto, tal vez Cortázar se ponga contento de saber que “joder” está actualmente en el Diccionario de la Real Academia Española con 3 acepciones del verbo y una como interjección.

 

NOTA: luego de publicada esta entrada tuvimos el agrado de cruzarnos con una excelente conferencia de Ricardo Soca, que ahonda mucho más seria y prolijamente en el tema del uso del diccionario en el español. Afortunadamente, la encontramos digitalizada gracias al siempre interesante sitio de ElCastellano.org. Para ver la conferencia hagan clic aquí.

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LA TORRE DE BABEL

“El origen afectivo del lenguaje es al mismo tiempo el comienzo de su separación en diferentes y múltiples lenguajes: la adquisición de la autocomprensión en el círculo íntimo de la solidaridad familiar se paga con la pérdida de la comunicación universal entre iguales. Los pueblos se van haciendo más extraños entre sí a medida que se afirman los individuos…”

Hans Robert Jauss, Las transformaciones de lo moderno, p.32

 

La cita de Jauss, que analiza el pensamiento de Rousseau, parece dar una explicación un tanto más científica que la de la Biblia al misterio de las múltiples lenguas. Es elocuente en cuanto a su punto de vista, y desde aquí nos propusimos investigar qué sucede con la lengua española con miras a una nueva Torre de Babel en formato reducido.

Resultaría un experimento interesante poner a un español, un mexicano y un argentino en el mismo cuarto (sólo por tomar extremos del castellano: este, norte y sur). Para ser más específicos, podríamos poner en un cuarto a tres octogenarios y, en el otro, a tres adolescentes. La prueba no fue hecha (aún), pero creemos que se podrían encontrar resultados sorprendentes en cuanto a la lengua que cada uno habla.

Sin entrar en detalles científicos sobre los requisitos de la experiencia (consideración de variables, locación específica de cada uno de los hablantes, clase social, etcétera), podríamos suponer que, en un principio, todos se entenderían, pero no sin presentar ciertas complicaciones. Asimismo, es de esperar que existan menos diferencias en los idiomas que hablan los grandes con respecto al que hablan los chicos. ¿Por qué?

Como dice el epígrafe, estamos en constante búsqueda de una reafirmación como individuos y como individuos pertenecientes a un pueblo. Vosear a nuestros interlocutores nos distingue como argentinos de casi todo el resto de los hispanohablantes, y de alguna manera es un orgullo que no estamos dispuestos a negociar (todos sabríamos tutear a alguien llegado el caso, pero generalmente preferimos mantener nuestra lengua tal como la usamos). ¿Y nuestros interlocutores nos entienden? Sí, pero ellos no dejarán de tutearnos. Cada uno utilizará su idiolecto, pero todos estarán hablando el mismo idioma.

Las diferencias en los sonidos ni las tocaremos, pues son muy obvias. Sin embargo, al pensar en una lengua, generalmente pensamos en el léxico, en las palabras que usamos. Y son mucho más distintas de lo que podríamos imaginar. Por ejemplo, tres estrofas de canciones populares y actuales:

 

“Me pillaron diez quinientas

y un peluco marca Omega
con un pincho de cocina en la garganta”

Joaquín Sabina (España) – “Pacto entre caballeros”

 

“y luego miro al pesero que va medio pedo
jugando carreras con los pasajeros ”

Molotov (México) – “Hit me”

 

“No te asustes por lo que te cuento
pero en mi vecindario todo esto es cierto
todos tienen fierros, yuta tiene miedo”

Intoxicados (Argentina) – “Una vela”

 

“Pillar”, “diez quinientas”, “peluco”, “pincho”, “pesero”, “ir medio pedo”, “fierros”, “yuta”. Ocho expresiones distintas en ocho líneas distintas. Y el mismo idioma. El léxico va en franco aumento, y constantemente se buscan crear nuevos códigos para compartir con un grupo más reducido de gente. Mientras que en los distintos países de igual idioma se habla de forma diferente, al interior de las sociedades las divisiones también se hacen cada vez más notorias, con idiolectos divididos por clases, edades, grupos de trabajo y muchos otros.

Entre estudiantes de Medicina, por ejemplo, no hablan de la materia “Patología”; dicen “Pato”. Al decirlo de esa forma no sólo se ahorran 5 letras, sino que se conforman como grupo distintivo del resto, se aúnan en un sentimiento de pertenencia que no los deja solos frente al resto de la sociedad. Casos como este existen millones. Por ejemplo, el clásico lunfardo argentino y tanguero, lleno de palabras deformadas provenientes de napolitanos, gallegos y otros inmigrantes. O, para analizar un caso más específico aun, se puede pensar en la relación entre el lenguaje coloquial argentino y el campo: “sos un grasa / un mala leche / una yegua / un potro” son expresiones directamente derivadas del ámbito en el que vivimos (o en el que habitaron nuestros antepasados). Y nosotros las entendemos porque “estamos curtidos”.

En base a la idea de Jauss que planteamos al principio, sumado a los ejemplos presentados (y a los miles de ejemplos omitidos), podríamos llegar a pensar en un futuro, posiblemente muy lejano, en el que dejemos de hablar todos castellano y en el que la lengua sea “argentino”, “mexicano” o “español” según el caso. Claro, para que esto suceda habría que pensar en un cambio en la forma de crear oraciones, es decir, cambios en la sintaxis y en las estructuras generales, y no solamente en las distintas variantes semánticas, que siempre nos dan lugar a preguntar: ¿qué quiere decir “pincho”?

Y, por supuesto, desde el otro lado tendemos a la universalización del lenguaje, con la incorporación galopante de palabras inglesas y de neologismos derivados de los abruptos cambios tecnológicos. En definitiva, no hace falta hacer futurología, sino simplemente ser capaces de observar qué sucede hoy con nuestra lengua.