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EL ERROR DE ORTOGRAFÍA Y SUS MATICES

En la última gira de Roger Waters por Argentina, en medio de un show impactante por la temática y por la puesta en escena, un chancho gigante sale volando del escenario, repleto de inscripciones. La principal decía, justo en el centro de la panza del cerdo: «¿Debería confiar en el govierno?». Esa «v» de «govierno» tiene una explicación lógica, y es que «gobierno», en inglés, es «government», con «v». Sin embargo, el error choca e impacta.

«¿Cómo, en un show en el que todo sale perfecto, donde sonido e imagen son tan cuidados, puede pasarse un error así de burdo? ¿Está mal escrito “gobierno” o me parece a mí? ¿Quiso decir otra cosa en realidad? ¿Por qué, con lo que cuesta la entrada, no son capaces de pagarle a un corrector de español para que les escriba los carteles?» En medio de esta hipotética (y exagerada) sarta de preguntas, el espectador está perdiéndose una parte del show: deja de prestarle atención al contenido, pues se ha distraído, y el error ha despertado en él cierta desconfianza.

El ejemplo, por supuesto, está un tanto sobredimensionado, pero si esto sucede en un recital, imaginen cuán a menudo podrá pasar en un escrito. Muchas veces no se valora la ortografía correcta de un texto porque viene dada. Pero cuando aparece un error, éste se destaca y genera una mezcla de burla y desconfianza que no es fácil remontar para el autor.

El error ortográfico desnuda y ridiculiza a quien lo comete, pues lo muestra incompetente en la mismísima tarea que está realizando. Es como cuando un presidente argentino quiso mostrar sus conocimientos de literatura y filosofía y reveló que había leído todas las novelas de Borges y aseguró, asimismo, haber leído muchos libros de Sócrates[1]. No se espera necesariamente que el presidente de la Nación sepa de literatura o de filosofía, así como no se espera que cualquiera sepa cómo se escribe «escisión», pero si uno decide adentrarse en la materia (ufanarse de ciertos conocimientos el Presidente, hacer uso de la palabra «escisión» aquel que la escribe), debe hacerlo con conocimiento de causa.

Es cierto: un Presidente no es «bueno» o «malo» por sus conocimientos literarios, así como la calidad de un texto no se mide por su «buena» o «mala» ortografía, pero, en cierta medida, levantan una sospecha: ¿por qué esta persona se está metiendo en un terreno en el que no sabe? ¿Sólo de esto opina y no sabe, o hay otras cosas de las que no nos estamos dando cuenta? La sospecha puede ser consciente o inconsciente, pero el error de ortografía, ante quien lo detecta, no pasa indiferente.

De todas formas es central una noción: la del matiz. Hay errores y errores, desde los discutibles hasta los famosos «horrores ortográficos». Escribir «Arjentina» en nuestro propio país es una bestialidad. Sin embargo, si un filipino[2] escribe «Arjentina» estaríamos ante un error grave, pero seguramente sería mucho menos aberrante, casi como escribir «Ejipto» en lugar de «Egipto». Retomando el caso de «govierno», teniendo en cuenta que se trata de una banda de origen británico, y que en inglés, el término se escribe con «v», el error, en definitiva, no es tan alarmante. Además, es importante considerar el contexto: la equivocación tuvo lugar en un recital, y no en una gacetilla de la Real Academia Española.

En este marco de los matices hay que pensar siempre en qué indicaría la lógica del hablante común, cuál es la situación de escritura y cómo lo puede tomar el lector. No podemos alarmarnos ante la falta de una tilde en el contexto de un chat, así como tampoco podemos exigir una perfección impoluta ni siquiera a quienes nos dedicamos a corregir textos.

 

APÉNDICE: Nombres propios

En los trabajos académicos, el error en los nombres de los autores suele ser algo frecuente, que, sin embargo, no parece preocupar demasiado a quienes lo cometen. Sin embargo, confundirse en la escritura de un nombre, por más difícil que éste sea, puede ser un signo de poco compromiso con las ideas de este autor. ¿Cuánto habremos de confiar en un psicoanalista que nos desarrolla con lujo de detalles la interpretación de los sueños, si luego cita a un tal «Froid», en lugar de a «Freud»? Por otro lado, dentro de un ámbito institucional, puede resultar ofensivo para un autor encontrarse citado en el texto de otro, pero con su propio nombre mal escrito.

Y esto no es válido sólo a los nombres de las personas, sino que también se extiende a los nombres de los libros y artículos que se está citando. La incorrecta transcripción de un título puede significar una incomprensión total del texto o la tergiversación de ciertas ideas. Es importante tener en cuenta que, en castellano (y no en otros idiomas, como el inglés o el alemán), los títulos llevan la primera letra en mayúscula y las demás, en minúscula, a menos que se trate de un nombre propio. Así, por citar un ejemplo alevoso, quien se refiera a la obra de Gabriel García Márquez como «Cien Años de Soledad» estará creando una confusión innecesaria, brindando la posibilidad de que la novela trate de una mujer llamada Soledad, que ha vivido 100 años.


[1] No pecaremos de arrogantes, y aclararemos, para quienes no lo sepan, que Jorge Luis Borges no escribió ninguna novela (toda su obra consta de poemas, cuentos y escritos críticos) y que Sócrates no dejó ningún legado escrito, aunque es la figura central de los diálogos de Platón y el maestro de éste.

[2] En algunas regiones de las Filipinas, archipiélago de Oceanía, aún se habla español como lengua materna.

 

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DE RAYAS Y GUIONES

La computadora nos ha brindado miles de soluciones a quienes escribimos y a quienes corregimos. Sin embargo, no queda claro por qué es que tanto los inventores del Word como los del teclado nos han negado la posibilidad de disponer de la raya en un lugar más accesible.

Tal vez para sorpresa de muchos, el guión que aparece en la mayoría de los teclados entre el Shift derecho y el punto no es el famoso guión de diálogo que tanto vemos en las novelas, ni tampoco es el símbolo que se usa para introducir un inciso similar al paréntesis, pero con mayor grado de conexión con el resto del texto —un inciso como éste—. Estas rayas que acaban de aparecer se llaman así, “rayas”, y se escriben en el teclado en la compleja forma de “Ctrl” + “Alt” + “-”, que es el guión que aparece en el NumPad (a la derecha del teclado), y no el que está al lado del punto. También se pueden hacer con “Alt” + “0151” del NumPad, o, en Mac, con “Alt” + “Shift” + “-”. Y para las PC portátiles es aún más complicado, porque no hay NumPad, así que hay que combinar con la opción “Fn” (Función).

 

¿Cuál es la diferencia entre la raya y el guión?

 

Son dos: su grafía y su uso. La raya es mucho más larga que el guión (aunque depende también de qué tipografía se trate), y es incluso más larga que el guión bajo o el guión automático que a veces genera el Word. Y en cuanto al uso, como decíamos, sirve para introducir incisos que tienen una relación más estrecha con el texto que la que existe en el paréntesis, pero que sin embargo, puede funcionar con una sintaxis propia, además de funcionar como guiones de diálogo y para realizar listados. El guión, por su parte, sirve para unir palabras (como “teórico-práctico”, por ejemplo) y para separarlas al final de los renglones. Esta diferenciación es importante, pues le permite al lector distinguir qué es lo que sucede cuando aparece una línea media al final de un renglón: es decir, si es larga, se tratará de una aclaración, y si es corta, de una unión o división de palabras, de acuerdo con cada caso.

 

Sin embargo, al estar la raya tan escondida en el teclado, es sumamente común ver al guión siendo utilizado en el lugar de la raya sin mayores inconvenientes. Podría decirse que es una manía que existe entre correctores y editores, pero que es un error ampliamente aceptado entre otro tipo de comunidades.

 

 

Sobre la raya y los diálogos

 

En algunas editoriales se usa incluso un tercer símbolo, que es el guión de diálogo propiamente dicho, más corto que la raya y más largo que el guión. De todas formas, se puede usar la raya perfectamente para introducir diálogos. Lo interesante es tener en cuenta cómo funciona ésta al encontrarse frente a otros signos de puntuación.

 

—¿Querés verlo?

—Claro —dijo él.

—Tomá —le dijo—. Esto es para vos.

(Piglia, Ricardo, La ciudad ausente, Anagrama, Buenos Aires, 2008 [1992], p.92)

 

En este ejemplo podemos ver cómo funciona la raya en un diálogo: por un lado, sirve para marcar que es algo que dice alguien, sin necesidad de aclarar con un verbo declarativo, como en el primer caso. En esta situación, no se debe cerrar con otra raya. Además, es importante notar que el texto va inmediatamente después de la raya, sin espacio (más allá de que el Word lo marque como un error cuando se lo pone al lado de un signo interrogativo o exclamativo). En cambio, la raya que cierra, como se ve en las dos líneas siguientes, va pegada a la aclaración, y no a lo que se dice. Es decir, en realidad el único guión de diálogo es el primero. Lo que viene después son aclaraciones de quién dijo, cómo lo dijo, qué hizo al momento de decirlo o después, etcétera. Es por eso que la puntuación que se añade debe ir luego del inciso y no antes, tal como se ve en la tercera línea. El punto (lo mismo ocurriría si fuese una coma o cualquier otro símbolo) no va luego de “Tomá”, sino que sigue a “—le dijo—”, porque éste está aclarando a “Tomá”, por lo que sigue tratándose de la misma oración.

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LAS MAYÚSCULAS, ¿LLEVAN TILDE?

4.10. Acentuación de letras mayúsculas

Las mayúsculas llevan tilde si les corresponde según las reglas dadas. Ejemplos: África, PERÚ, Órgiva, BOGOTÁ. La Academia nunca ha establecido una norma en sentido contrario.

En «Capítulo IV: Acentuación», Ortografía de la lengua española, Real Academia Española, s/d, 1999, página 31.

 

 

Nuestro ejemplificador título es elocuente para dar una respuesta a la misma pregunta que formula, y la Real Academia Española no deja dudas al respecto. Sin embargo, la tildación de mayúsculas es quizá una de las dudas más frecuentes de la «gente común» (léase, de aquella gente no tan obsesionada como nosotros por las letras), y lleva incluso muchas veces a cuestionar al propio corrector.

¿De dónde sale este mito tan arraigado que requiere de la aclaración de que la RAE «nunca ha establecido una norma en sentido contrario»? Mucho tiene que ver nuestro amigable hermano Gutenberg y su invención llamada imprenta. En épocas en que los procesos tipográficos eran manuales y mecánicos, y no digitales, la tildación de mayúsculas resultaba imposible por un problema de espacios: en los diarios y los libros, entonces, las mayúsculas no llevaban acento gráfico. Y si en los mayores promotores de la lengua escrita la regla no se cumple, ¿cómo explicar que esa regla existe? Así, el principal caballito de batalla de cualquier porteño para sostener que las mayúsculas no llevan tilde es presentar la tapa de uno de los diarios nacionales más respetables desde sus formas (esto no implica una posición sobre su contenido): el diario LA NACION, tal como figura en la tapa de cada matutino, se escribe en mayúsculas y sin tilde, pues tiene más de un siglo de antigüedad.

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Sin embargo, esto responde nada más que al suceso antes mencionado de la imposibilidad de imprimir los caracteres en letra capital con tilde. Para ponernos más frívolos, responderemos con otro ejemplo provisto por medios argentinos:

 

Tildes en mayúsculas

Para quienes no puedan ver la imagen, se trata de la tapa de la revista Caras del día 14 de junio de 2011, y dice: «FORLAN: “LE PEDI UN TIEMPO Y NO ME LO PERDONO”».

¿Qué dijo nuestro querido Diego Forlán? ¿Acaso su ex, Zaira Nara, no le perdonó el tiempo que él le pidió, o es tal vez que él mismo no se perdona (es decir, se arrepiente) el haberle pedido el tiempo? Parece un tema trivial, pero se trata ni más ni menos que de la tapa de una de las revistas más vendidas del país. Y por no usar tildes en las mayúsculas (como en «Forlán», «pedí» o en «perdonó») uno no puede dirimir cuál es la noticia que está presentando. Es decir, está fallando la comunicación, no están pudiendo entregar bien el mensaje. El error hubiese sido más leve incluso si cometían un furcio tal como poner «FORLAM» en lugar de «FORLAN», porque en ese caso el lector habría podido entender el mensaje a partir del contexto.

En base a este, y otros muchos casos de la vida diaria que no vale la pena repasar, podemos entonces asegurar que, si bien ha tenido su justificación práctica el uso de mayúsculas sin tildes, hoy en día no hay motivo alguno para no usarlas, y no sólo la normativa así lo indica, sino que también lo hacen los fines prácticos: no nos olvidemos que la más de las veces (al menos en la lengua), la normativa no está sólo para molestar, sino más bien para ayudar a que escribir (y leer) sea más fácil y sencillo para todos.

 

EPÍLOGO: ¿POR QUÉ HABLAMOS DE «TILDE» Y NO DE «ACENTO»?

Tal vez decir «la tilde» retrotraiga a muchos a sus aulas de escuela, donde «acento» era palabra prohibida. La única razón es que, para hablar de «acento», hay que distinguir entre el acento fónico y el acento gráfico. Todas las palabras tienen acento fónico, mientras que el acento gráfico (la famosa tilde) se coloca sólo en aquellas que así lo requieren según las reglas: palabras con acento fónico en la última sílaba finalizadas en «n», «s» o vocal; palabras con acento fónico en la penúltima sílaba que no terminen en «n», «s» o vocal, y todas las palabras en las que el acento recaiga en sílabas anteriores. A estas reglas básicas se les suman todas las excepciones, que en este caso no recordaremos, pero que siempre pueden consultar en el Manual de Ortografía de la RAE.

Coma

SOBRE EL USO DE LAS COMAS

Nada fácil es poner una coma, o saber cuándo omitirla. Sólo basta con ver esta oración recién escrita: esa coma antes de la “o”, ¿es correcta o incorrecta? Y, por suerte, en apenas dos líneas, hemos llegado al meollo de la cuestión: sí, hay una reglamentación sobre el uso de comas y sí, es importante seguirla, pero, a la vez, también hay muchísimas comas que son perfectamente “debatibles” u “opinables”, sin que exista una resolución que sea más verdadera que la otra. Podríamos decir, entonces, que la primera oración de este texto podría haber tenido coma, tanto como podría no haberla tenido.

Pero entonces, ¿en qué hay que basarse para tomar una decisión fundada? Para empezar, y siguiendo con la línea de pensamiento de este sitio, la escritura representa de algún modo a la oralidad, y la coma no es más que la representación de una pausa breve en el discurso (la pausa más breve de todas, si se quiere, seguido por el punto y coma, el punto y seguido y el punto y aparte). Pero, además, existe una serie un tanto extensa de reglas, que dicen que antes de una proposición adversativa —pero, sino, aunque— o consecutiva —porque, pues—, “debe” ir una coma; que cualquier aposición explicativa debe estar entre comas; que los vocativos deben ir entre comas y un gran etcétera que no repasaremos aquí, pero que está explicado correctamente en el libro mater de los correctores, el Manual de Ortografía de la Real Academia Española (que se puede descargar en PDF —la edición de 1999 y no la última y polémica de 2010— haciendo click aquí, y que es ampliamente recomendable como material de consulta para cualquiera que escriba en español).

Por lo tanto, están las reglas, pero también está la oralidad. Para escribir confiado de que la mayoría de las comas que se están poniendo (u omitiendo) son “correctas” (o quizás sería mejor decir “aceptables”) hay que conocer bien estas reglas, pero también hay que ser capaz de leer el texto de corrido, sin inconvenientes, siguiendo las marcas de puntuación que existen en él, y no la cadencia sugerida por recordar lo pensado al momento de escribirlo. Es decir, el texto se tiene que poder leer normalmente en voz alta, sin que este lector logre récords de lectura sin respirar, pero también evitando que tenga que detener su discurso en cada palabra que pronuncia.

Si en una oración de tres renglones no hay ninguna coma o marca de puntuación, permítanse dudar de ella, y revísenla y reléanla en voz alta hasta encontrar las pausas necesarias que se harán inconscientemente a lo largo del discurso. Si, por el contrario, en esa oración habitan tantas comas que la idea se vuelve ilegible, revean lo que se está queriendo decir, considerando la posibilidad de separar las ideas en más de una oración, o de incluir otros elementos de la puntuación más disruptivos, como pueden ser los dos puntos, el punto y coma, los paréntesis, las rayas o incluso las notas al pie.

El tema de la puntuación no es tan sencillo como parece, e incluso las reglas generales pueden ser desmentidas en casos particulares. Por ejemplo, en el Manual, la RAE sugiere el uso de la coma cuando se invierte el orden regular de las partes del enunciado y también en algunas construcciones adverbiales. Sin embargo, para ejemplificar las aposiciones explicativas, usa la siguiente oración: “En ese momento Adrián, el marido de mi hermana, dijo que nos ayudaría.” Bien podría considerarse que “en ese momento” no está en su posición regular, pues es parte del predicado y está ubicado antes del sujeto, y, además, se trata de una construcción adverbial, ambos, motivos suficientes para justificar una coma entre “momento” y “Adrián”. Aparte, una lectura oral con esa pausa lo avalaría.

¿Qué se intenta demostrar aquí? No que la RAE cometió un error, ni que sus reglas están equivocadas, sino, justamente, la flexibilidad de las mismas, y la posibilidad de las dos lecturas. Sin dudas, esta oración es perfectamente correcta, tanto con coma como sin ella. Ubicada dentro de su contexto, recién ahí se tendrán armas suficientes para justificar, desde un punto de vista más estilístico, si conviene, o no, ubicar una coma allí.

Por último, y para demostrar las dificultades en la lectura que representa el uso efectivamente incorrecto de las comas, dejamos aquí unas oraciones del cuento “Tinieblas”[1], de Elías Castelnuovo, representante del grupo de Boedo en la Buenos Aires de los años 20, un hombre con ideas revolucionarias desde el punto de vista social y cultural, pero con escasa formación y serios problemas a la hora de redactar. Para esta entrada hemos seleccionado sólo cuatro errores ejemplificadores, pero el texto tiene muchísimos más.

  • Su boca, estaba recortada con finura (…)”, (p.32. Uso incorrecto de la coma, separando al sujeto del predicado).
  • Con el dinero que le di adquirió, un vestido chillón, unas zapatillas celestes y un pañuelo de seda blanca con el cual ciñe el haz de sus cabellos negros.” (p.34. En este caso la coma se usa incorrectamente para separar el verbo del objeto directo; si bien se podría pensar en una eventual pausa entre “adquirió” y “un vestido chillón”, esta pausa debería estar marcada por los dos puntos, pues significa un detenimiento brusco e inesperado, que destaca la enumeración de objetos directos que le siguen al verbo).
  • A la hora de cenar, lo hacemos juntos en silencio como dos cartujos que se propusieran alcanzar la gloria del paraíso recluyéndose en el monasterio de una barraca podrida y solitaria.” (p.35. En esta oración hay una acumulación de elementos que exigen necesariamente algunas comas para distinguir funciones y permitir la respiración. Por ejemplo, “en silencio” podría ir entre comas).
  • Me trajo el desayuno a la cama cosa que nunca había hecho.” (p.37. La coma ausente entre “cama” y “cosa” tiene una justificación desde la normativa, pero es mucho más evidente desde la oralidad: esta oración no puede ser leída sino con una pausa necesaria entre esas dos palabras).

La puntuación puede resultar un poco inabarcable para explicar en entradas de blog. Sin embargo, con la base del Manual de Ortografía, artículos previos y entregas posteriores que iremos haciendo, se puede llegar a armar un conocimiento básico en el que la puntuación, si bien nunca perfecta, al menos pueda llegar a ser pensada conscientemente.


[1] CASTELNUOVO, Elías. “Tinieblas” en Tinieblas, Librería Histórica, Buenos Aires, 2003 [1923]. Todas las citas fueron tomadas de este texto.

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EL VIAJE DE LAS IDEAS: De la cabeza hasta el papel. Consejos para la producción de textos escritos

Adli: “¡No uses epígrafes porque matarían el misterio de la escritura!”

Cartas a un joven periodista, M. Balamir

Epígrafe al capítulo 1 de El libro negro, Orhan Pamuk

Como es bien sabido por los psicólogos, la gente tiene muchas cosas en la cabeza. A menudo éstas se exhiben sin quererlo siquiera, pero otras veces, pese a querer mostrar sus ideas al mundo, el pensador —en el sentido literal de la palabra— se enfrenta a serias dificultades. Además del conocido “temor/terror a la página en blanco”, existen varios escollos a la hora de escribir: desde lo más básico (como ortografía, puntuación y sintaxis), hasta lo más complejo (como los modos de interesar al lector o de escribir un texto con una estructura adecuada), los problemas que representa la producción escrita de un texto plantean desafíos muchas veces inesperados para nuestro pensador.

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QUEÍSMO Y DEQUEÍSMO

—Estoy pensando de que mañana por ahí no voy a la reunión.

—Desconfío que lo vayas a hacer.

¿Cuál es el problema en este breve diálogo? ¿Por qué ambas expresiones parecen tan cotidianas, pero, sin embargo, nos quedan resonando, como si algo anduviese mal? Se trata del famoso dequeísmo, y del no tan famoso pero igualmente frecuente queísmo. Generalmente, uno no piensa de algo, sino que pensamos algo o, a lo sumo, en algo. Del mismo modo, uno no desconfía una cosa, sino que desconfía de una cosa. De todos modos, mientras ambas oraciones contienen errores normativos y son sintácticamente incorrectas, en la oralidad —e incluso, muchas veces, en la escritura— las aceptamos sin mayores miramientos, y entendemos perfectamente de qué se está hablando al escucharlas.

¿Por qué se producen estos fenómenos? Es algo que muchos lingüistas estudian, pero que no está del todo claro. Una hipótesis para explicar el dequeísmo habla de una distanciación inconsciente que produce el hablante entre el sujeto de la oración y el predicado. ¿Qué significa esto? Que el hablante busca ponerse lo más lejos posible de lo que está diciendo, quiere distanciarse de la afirmación que hace y por eso introduce un «de» entre el verbo y el predicado. Así, el yo de nuestra oración (que está marcado por la desinencia del verbo) busca alejarse lo más posible de la afirmación de que quizá no asista a la reunión. Ésta, por supuesto, es nada más que una hipótesis, que no resulta tan sencillo sostener y que tiene más de un contraejemplo, pero se podría pensar como una posible explicación de la tendencia de este fenómeno.

Más certera parece ser la explicación social que subyace al fenómeno del queísmo. En Argentina, el dequeísmo es generalmente reconocido como error por las clases media y alta cultas, y busca ser evitado a toda costa, para no ser confundidas con las clases sociales bajas. Así, al evitar juntar las palabras «de» y «que», que conllevan el riesgo de usar un dequeísmo, estas personas incurren en el queísmo, una falta a la normativa de igual trascendencia que el dequeísmo, pero que pasa más desapercibida para el oyente normal. El error normativo en el queísmo es evitar la preposición en situaciones en que ésta completa a la idea del verbo, como «hablar de», «pensar en», «depender de», etcétera.

En esta teoría se contemplan estigmatizaciones que indican que es más frecuente escuchar dequeísmos entre las clases sociales bajas o sin educación —el fenómeno se observa a menudo en jugadores de fútbol, por ejemplo—, mientras que el queísmo es típico de la clase media con cierto nivel cultural, pero con temor a pasar como una persona de clase baja. Sin embargo, esto no se trata más que de una burda generalización, pues ambos fenómenos están tan arraigados a nuestra habla cotidiana que a menudo resulta difícil discernir a simple oído cuándo se incurre en una falta a la normativa. Y, por otro lado, dequeísmo y queísmo son dos incorrecciones normativas —es decir, del código que regula a la lengua—, pero de ningún modo implica que exista una forma de hablar correcta e incorrecta. No hablamos ni «bien» ni «mal»; todos hablamos, todos nos comunicamos, y, entre todos, hacemos y modificamos a la lengua. A lo sumo, algunos hablarán mal o bien de acuerdo a lo que indica la norma general.

Olé

CITAS TEXTUALES: cómo y cuándo usarlas

«Ramón Díaz dice que su Ciclón no cambió de nombre, aunque “le estamos haciendo el motor”».

 

«Para eso, el DT sabe que “ahora tenemos que reafirmar el avance”».

 

«Prósperi banca su corte nuevo porque “ahora ya no me dicen Gentiletti”».

¿No suenan raras todas estas oraciones? ¿No parecen mal construidas, imposibles de ser comprendidas oralmente? Todas pertenecen al diario deportivo Olé de la edición electrónica del día 15 de marzo de 2011. Sí, en un solo día, a vuelo de pájaro se encuentra en tres notas distintas el mismo error, que muchos ni siquiera consideran tal, como se puede ver.

Para no arrogarnos la autoridad de discutir con quienes consideren correcta esta forma de citar, vamos a dejar que el Diccionario Panhispánico de Dudas de la RAE hable por sí solo:

La inclusión, a través de las comillas, de un texto literal dentro de un enunciado en estilo indirecto es aceptable siempre y cuando no se incumpla alguna de las condiciones impuestas por el estilo indirecto, como, por ejemplo, la correlación de tiempos verbales o los cambios en determinados pronombres o adverbios. No sería aceptable, por tanto, un enunciado como el siguiente: Mi madre nos recomendó que «no salgáis a la calle sin abrigo».

Citar adecuadamente puede resultar más difícil de lo que parece. El uso de la voz de otro en un texto propio se puede incluir a través del estilo directo, del indirecto, del híbrido o del narrativizado (los nombres son lo de menos y pueden cambiar las categorías según el método de enseñanza usado; lo que importa es la teoría). Sin entrar en demasiados detalles, daremos ejemplos que simplifiquen la explicación:

Estilo directo:

María les dijo[1]: “¡No salten en la cama!”

Estilo indirecto:

María les dijo que no saltasen en la cama.

Estilo mixto o híbrido:

María les dijo que no saltasen en la cama porque, si lo seguían haciendo, alguno se iba a lastimar “muy feo”.

Es claro, cada ejemplo ilustra cada estilo. Lo que importa no son los nombres, sino saber para qué sirve cada estilo. En el directo lo que se busca es poner a hablar al actor, darle el mayor protagonismo posible, y se usan las comillas para decir: “esto que pongo que dice María, efectivamente lo dijo María en esta misma forma”. Cuando se trata de una cita textual oral el texto puede ser ligeramente modificado para lograr una coherencia con el resto del texto. Si se trata de una cita de suma importancia o de una cita de un texto escrito, lo que se escribe entre comillas debe ser idéntico al original. Si se necesita saltear una parte, se pueden agregar tres puntos suspensivos entre corchetes (“[…]”) o, si hay que cambiar un verbo o agregar un nombre para lograr una concordancia o para recuperar un agente perdido, también se lo puede hacer por medio de los corchetes.

En el estilo indirecto se busca repetir la idea que plantea el actor, pero sin la necesidad de reproducirlo textualmente, dando lugar a reformulaciones y formas más sencillas o correctas en la escritura.

El híbrido persigue lo mismo, con la diferencia de que se busca rescatar algún fragmento del que, como autores, no nos queremos hacer cargo, y sí queremos señalar que así fue como el actor lo dijo. Por eso, expresiones coloquiales, juicios de valor o frases muy contundentes buscan ser entrecomilladas, con el fin de destacar las palabras utilizadas por la persona o el texto citado. Es especialmente en este estilo en el que no hay que olvidar lo dicho anteriormente por la RAE; así, lo que se incluya entre comillas siempre deberá respetar la coherencia y la sintaxis de la oración en la que se inscribe, cuidando el uso de pronombres, de adverbios y de tiempos verbales.

Cuando el texto a citar es mucho, y se vuelve innecesaria la presencia del actor —debido a que no cambia en nada quién lo haya dicho o porque es completamente evidente quién fue el que lo dijo—, se puede usar el estilo narrativizado, que consiste simplemente en la elisión de cualquier mención al actor, y se asume lo que se dice como propio. Por ejemplo: un paciente cuenta su historia y dice: “Mi papá es médico y mi mamá comerciante. Mi hermano tiene 27 años. Está estudiando Veterinaria”. En un informe psicológico no aporta en nada citar textualmente estas palabras, pues no hay ninguna marca relevante, más allá de la “información dura”. Además, es obvio que la información fue obtenida a través del paciente, pues es él quien cuenta su vida. Así, el informe simplemente puede narrar los datos, sin uso de comillas ni mención al verdadero creador de las palabras. Por ejemplo: J. es hijo de un médico y de una comerciante. Tiene un hermano de 27 que estudia Veterinaria.


[1] “Decir” es el verbo por antonomasia en las citas textuales, así como también, el más genérico y menos explicativo. Según cada ocasión particular, puede ser conveniente cambiar por “advertir”, “subrayar”, “asegurar” y un larguísimo etcétera que abarca a todos los verbos declarativos e, incluso, a algunos que no lo son tanto.

Sólo-Solo

LA IMPORTANCIA DE LA TILDE DIACRÍTICA

Sólo-SoloDentro de las últimas modificaciones a la ortografía de la Real Academia Española (RAE), una de las más llamativas resultó ser la eliminación de muchas tildas diacríticas (tildes usadas para discernir significados en palabras que suenan idénticas). La más sorpresiva, sin dudas, nos resultó la sugerencia de eliminar la tilde en «sólo», aduciendo que la distinción de significados se puede obtener del contexto.

Para analizar este cambio, debemos explicitar que, antes de la modificación, «sólo» funcionaba como sinónimo de «solamente», mientras que «solo» indica «sin compañía» ¿Es relevante esta distinción? La RAE sostiene que, a partir de ahora, la tilde no será incorrecta, pero tampoco será necesaria. Así, elimina la regla, pues cada vez que aparezca «solo» sin tilde, se podrá pensar tanto en uno de los significados como en el otro.

Si digo: «Me quedé toda la tarde solo», no hay dudas que la distinción es innecesaria. Si digo: «Sólo con esfuerzo se consiguen cosas», la tilde podría no estar y la oración misma nos estaría dando la pauta de qué «solo» se trata. Pero si dijese, con la nueva ortografía: «Yo voy solo al cine», ¿cómo podría el lector saber si estoy diciendo que voy al cine sin compañía o que voy al cine y nada más que al cine; es decir, nunca al teatro, nunca a la biblioteca, etc.?

La RAE habla de contexto, pero, justamente, obligar al escritor a la necesidad de un contexto implica necesariamente complejizar la comunicación, cuando la ortografía persigue lo opuesto: simplificarla, volver la comunicación lo más económica posible (sin que esto implique falta de profundidad). Es decir que la modificación está atentando directamente contra los objetivos de la ortografía y, por lo tanto, resulta contraproducente.

Otras tildes diacríticas que, según la RAE, ya no son necesarias son las de los pronombres demostrativos como «aquél, ése, éste, aquélla». Servían para distinguir la función sintáctica de la palabra en los distintos casos. No tiene la misma función decir: «Aquél no vale para nada» que decir «aquel sujeto no vale para nada». Si bien no consideramos tan crítica su utilidad, como en el caso de «solo/sólo», nos parece una forma de ayudar tanto a lector como a escritor para discernir funciones que se está eliminando.

Lo curioso es que otras tildes, que efectivamente distinguen significados inconfundibles, se mantienen: es el caso de «te» y «té» o «mi» y «mí», por ejemplo. Sonaría raro invitar a gente a nuestra casa a las 5 de la tarde para tomarse un pronombre, ¿no?

 

Anexo. Como pequeño agregado en nuestra cruzada por devolverle el uso obligatorio de la tilde diacrítica de «solo-sólo», a partir del día de la fecha (25/01/2012) transcribiremos cada caso que encontremos en el que su uso es necesario para distinguir significados, y que si no estuviese la tilde, la oración resultaría completamente ambigua (en donde ni siquiera el contexto permita discernir el significado):

1. «El Viejo para entonces ya estaba hablando solo con el tono de quien amonesta a su capataz porque la hacienda se le ha embichado y había vuelto al principio.» (Piglia, Ricardo, Blanco nocturno, Anagrama, 2010, Argentina, pág. 209).  Gracias a que Anagrama no siguió los «consejos» de la RAE, y tildó «sólo» cada vez que éste fue equivalente a «solamente», podemos saber que el Viejo estaba hablando consigo mismo, y no que estaba hablando «únicamente con el tono de quien amonesta a su capataz…».

2. «Eran las 9.20, es decir las 21.20, mi hermano aceleró y el camión sólo tocó a la rural en la culata y nos sacudió y a mí me tiró sobre el barro.» (Ibíd., pág. 250). Gracias a esta tilde podemos saber que el camión tocó a la rural nada más que en la culata, y no que «el camión solo tocó a la rural en la culata», es decir que no fue responsabilidad del conductor, sino que el camión se fue solo, sin ser guiado por nadie, contra la culata de la rural.

3. «Emilio miró el papel con las frases subrayadas y las cruces y comprendió que Croce quería que él llegara soloa las conclusiones porque entonces podía estar seguro —secretamente— de haber acertado en el blanco.» (Ibíd., 266). En esta frase el «solo» podría haber llevado tilde, significando que Croce deseaba que Emilio llegase nada más que a las conclusiones: no a una hipótesis intermedia, o a otras teorías.

Seguiremos formando un corpus de ejemplos concretos que demuestren la necesidad de la tilde diacrítica. Mientras tanto, tras leer el libro de Piglia, en donde se habla mucho de langostas, nos preguntamos si no es más útil pensar en una palabra alternativa para uno de estos dos bichos, ya que dos seres del reino animal llevan nombre idéntico, y son completamente distintos. ¿Esta nomenclatura no lleva más a la confusión que la correcta colocación de tildes?

Y, por otro lado, ¿qué hay del caso de las librerías, que algunas venden reglas y escuadras, y otras, libros interesantes y no tanto? Fea solución llamar a unas “librería comercial» y a otras, «librería “de libros”», como sucede en esta imagen obtenida de Proyecto Cartele:

 

libreria-de-libros

4. «La vida de los campos argentinos, tal como la he mostrado, no es un accidente vulgar: es un orden de cosas, un sistema de asociación característico, normal, único, a mi juicio, en el mundo, y él solo basta para explicar nuestra revolución.» (Sarmiento, Domingo F., Facundo, Ed. Altamira, 1999, Buenos Aires, pág. 54). Con este sistema de asociación que se da en la vida de los campos argentinos es suficiente para explicar la revolución; Sarmiento no dice que este sistema sirve únicamente para esto.

 

A partir de aquí, el corpus de ejemplos sigue, pero ya no haremos explícita la duda que cada texto plantea acerca del «solo/sólo» (a menos que lo creamos necesario). Ante algún desprevenido debemos aclarar que no se trata de transcribir cada situación en la que aparece un «solo/sólo», sino que seleccionamos únicamente los casos en que la presencia o ausencia de tilde diacrítica marca una distinción de significado que de otro modo sería difícil o imposible de recuperar.

Sólo resaltaremos el término, indicaremos de dónde fue tomada la cita, y si el libro sigue o no los nuevos lineamientos de la RAE que recomiendan quitar la tilde en cualquier caso.

5. «La derrota de Puente de Márquez fue para Oro una ocasión de penetrar solo en Buenos Aires y abocarse a los ministros a rogarles que se salvalsen por un tratado con López.» (Sarmiento, Domingo F., Recuerdos de provincia, Ed. Sol 90 en edición especial para La Biblioteca Argentina–Serie Clásicos —Clarín—, 2001, Barcelona, pág. 75). Edición con tildes diacríticas.

6. «Rico de erudición en las más célebres obras de los autores franceses que él solo poseía, y lleno de ideas de otro género que las limitadas que circulaban en las colonias, el orador sagrado había sabido elevarse a la altura de su asunto, apreciando en frases pomposas las medidas gubernativas que habían hecho notable el reinado del muerto rey.» (Ibíd., pág. 84). Edición con tildes diacríticas.

7. «Un señor Candiote, de Santa Fe, perdió él solo seiscientos mil pesos.» (Ibíd., pág. 92). Edición con tildes diacríticas. Este caso resulta de particular interés: al tratarse de un texto de 1850, tendríamos que tener ciertos conocimientos financieros de la época para saber si eso era mucho  o poco dinero; si bien la repetición del sujeto («él») estaría dando la pauta de que se trataría de mucho dinero (además de la abultada cantidad), perfectamente podría tratarse de un modismo lingüístico de la época que el lector desconozca, y la cantidad podría haber sido más ambivalente, como «200 pesos», por ejemplo.

8. «¡A los setenta y seis años de edad, mi madre ha atravesado la cordillera de los Andes para despedirse de su hijo, antes de descender a la tumba! Esto sólo bastaría a dar una idea de la energía moral de su carácter.» (Ibíd., pág. 108). Edición con tildes diacríticas.

9. «Estuve triste muchos días, y como Franklin, a quien sus padres dedicaban a jabonero, él que debía robar al cielo los rayos y a los tiranos el cetro, toméle desde ojeriza al camino que sólo conduce a la fortuna.» (Ibíd., pág. 139). Edición con tildes diacríticas.

10. «El doctor Aberastáin era el único que no se quería fugar. Yo lo decidí, se lo pedí y se resignó. Yo sólo entre todos conocía a Aldao de cerca. Yo sólo había sido espectador en Mendoza de las atrocidades de que habían sido víctimas doscientos infelices, veinte de entre ellos mis amigos, mis compañeros.» (Ibíd., pág. 157). Edición con tildes diacríticas.

11. «Le he oído decir candorosamente que no estaría bien la provincia sino cuando no hubiese abogados; que su compañero Ibarra vivía tranquilo y gobernaba bien, porque él solo en un dos por tres decidía las causas.» (Ibíd., pág. 159). Edición con tildes diacríticas.

12. «Rosas sólo afecta no saber que tal libro exista por miedo de despertar la atención sobre él.» (Ibíd., pág. 188). Edición con tildes diacríticas.

13. «La experiencia es la materia prima de toda creación, la cual elabora los elementos tomados de la realidad vivida. Uno solo puede imaginar a partir de lo que uno es, de lo que uno ha experimentado, en la realidad o en la aspiración.» (Gusdorf, Georges, “Condiciones y límites de la autobiografía” en Suplementos Anthropos, Nº 29, 1991, Barcelona, pág. 16). Edición con tildes diacríticas.

 14. «Katharina había reclinado su cabeza hacia atrás, y solo escuché latir a nuestros dos corazones.» (Storm, Theodor, Aquis submersus en Aquis submersus y otras novelas cortas, Gorla, 2011, Buenos Aires, pág. 102). Edición sin tildes diacríticas.

15. «A mí solo me llegó algún eco traído por el viento hará una hora.» (Ibíd., pág. 105). Edición sin tildes diacríticas.

16. «Pero Nikita [la película] solo era un ejercicio de calentamiento.» (Gilmour, David, Cineclub, Mondadori-Reservoir Books, 2009, Buenos Aires, pág. 178). Edición sin tildes diacríticas.

17. «No sé cuánto tiempo pasó; el cigarrillo se consumía solo en mis labios, y me llegaba un sollozo continuo y ahogado desde el extremo de la pieza.» (Levrero, Mario, La ciudad en La trilogía involuntaria, Debolsillo, 2008, Barcelona, pág. 149). Edición con tildes diacríticas. Es importante destacar que en los mundos enigmáticos que crea Levrero es completamente probable que un cigarrillo pueda consumirse sólo en los labios de una persona, y no en los de otra o en el cenicero. De realizarse ediciones posteriores bajo la nueva recomendación de la RAE, se estaría colocando una incertidumbre en el texto de Levrero que su autor, cuando escribió el libro, en 1970, no se había planteado. En cierta forma, se estaría modificando el texto, sin modificarlo un ápice (como Borges planteara en la historia de Pierre Menard, quien busca escribir otro Quijote, de texto idéntico al anterior, pero radicalmente distinto por su entorno y su concepción).

18. «Con su prometida no había hablado aún detalladamente sobre cómo se dispondría el futuro del padre, puesto que habían dado por sobreentendido que se quedaría solo en la casa antigua.» (Kafka, Franz, La condena en Relatos completos, tomo I, Losada, 2009, Barcelona, pág. 48). Edición con tildes diacríticas.

19. «Yo me sentí contento cuando supe que asistiría usted solo a la ejecución.» (Kafka, Franz, En la colonia penitenciaria en Relatos completos, tomo I, Losada, 2009, Barcelona, pág. 194). Edición con tildes diacríticas.

20. «Pero cuando después de cuatro noches de acecho el director Klohse apareció por fin solo hacia las once de la noche —alto y delgado, con sus pantalones a cuadros pero sin sombrero ni abrigo, porque el aire era tibio— y, viniendo del Schwarzer Weg, empezó a subir por la avenida de Baumbach, la mano del Gran Mahlke salió disparada del bolsillo y agarró el cuello de la camisa de Klohse juntamente con su corbata de paisano.» (Grass, Günter, El gato y el ratón, Planeta, colección especial «Premio Nobel», 2003, España, pág. 195). Edición con tildes diacríticas. Una tilde (o una ambiguación a partir de la inexistencia de la regla, que es lo mismo) cambiaría el significado sintáctico de la oración, y estaría poniendo el acento en que Klohse llegó tarde, «sólo/recién hacia las once de la noche», y no en que lo hizo sin compañía.

21. «Nuestro sistema telefónico es complicado. Mi padre tiene para él solo tres líneas distintas: un aparato rojo para el lignito, uno negro para la bolsa y uno privado de color blanco. Mi madre tiene dos teléfonos nada más: uno negro para el comité central de las agrupaciones para conciliar las diferencias raciales y uno blanco para las conferencias privadas.» (Böll, Heinrich, Opiniones de un payaso, Club Bruguera, 1982, Barcelona, pág. 31, cursiva nuestra). Edición con tildes diacríticas. El texto de Böll es sumamente irónico, en especial en lo que respecta a la relación que el narrador tiene con sus padres y el dinero de éstos. Es por eso que ese «solo», de no existir tilde diacrítica, podría haber tenido el mismo tono irónico que en el «nada más» de la madre. A esto se le suma un estilo de narración que incluye pocas pausas-comas (tal vez, consecuencia de la narrativa de Böll, tal vez del traductor, Lucas Casas), lo que dificultaría la eventual necesidad de una desambiguación.

22. «Dije aún que al número sobre el Consejo de Administración podría llamarle “Sesiones del Comité”, pues allí sólo se decidía aquello que ya había sido decidido con anterioridad.» (Ibíd., pág. 219). Edición con tildes diacríticas.

23.  «Pegué un brinco y abrí cancha / Diciéndoles: “Caballeros, / Dejen venir ese toro. / Solo nací… solo muero.”» (Hernández, José, El gaucho Martín Fierro en Martín Fierro, Ediciones La Pampa, 1960, Buenos Aires, canto VII, estrofa 205, pág. 36). Edición con tildes diacríticas. ¿Es Martín Fierro un nihilista, que plantea un resignación frente al valor de la vida, como una circunstancia más dentro del cosmos, en el que morir y nacer son sólo eventualidades, donde no teme a la muerte pues es «nada más que morir», tal como cuando nació, que fue «nada más que nacer»? Esta pregunta, ridícula hoy, puede llegar a plantearse un atento lector de una nueva edición, que siga las recomendaciones de la RAE; primero será sólo alguno muy perspicaz. De aquí a 40 años, quizá sea la lectura que se imponga.

24. «—¡Pero, puta! ¿Sabés que yo lo cuento y nadie me cree? Yo solo los vi.» (García Valdearena, Alejo, Conductores suicidas, Ediciones de la Flor, 2004, Buenos Aires, pág. 50). Edición con tildes diacríticas.

25. «Habían hablado, algún contacto había sido hecho, ahora un silencio sólo podía significar la voluntad de no hablar.» (Cozarinsky, Edgardo, «Vista del amanecer sobre un lago» en La novia de Odessa, Emecé, 2007, Buenos Aires, pág. 77). Edición con tildes diacríticas.

26. «Sarmiento abandonó su retiro de Yungay para establecerse en Buenos Aires en 1855. Viajó solo para explorar la situación política, y dos años después, en 1857, se le unieron doña Benita y Dominguito.» (Lanuza, José Luis, «Prólogo» a Sarmiento, Domingo F., La vida de Dominguito, Ediciones Culturales Argentinas, 1962, Buenos Aires, pág. XV). Edición con tildes diacríticas.

27. «Dieron las doce en Sankt Severin. Leonore contó rápidamente los sobres, veintitrés, los recogió, dispuesta a no soltarlos. ¿Había estado verdaderamente sólo media hora con ella? Acababa de sonar la décima de las doce campanadas previstas.» (Böll, Heinrich, Billar a las nueve y media, Seix Barral, 1970, Barcelona, pág. 23). Edición con tildes diacríticas. La novela está iniciando. Las oraciones son cortas, saltan de un tema a otro. ¿Leonore se sorprende de haber estado nada más que media hora con el padre de Fähmel, o de, finalmente, poder estar con él y sin el hijo, que estaría estorbando el posible inicio de un amorío?

28. «Algunos días esperaba sólo hasta las tres o las cuatro y me figuraba que todos estarían ya en sus casas y que yo podría cruzar rápidamente la calle, pasar junto a la cuadra de Meid, dar la vuelta al cementerio, llegar corriendo a casa y encerrarme allí.» (Ibíd., pág. 75). Edición con tildes diacríticas.

29. «—Sí, sí, hija mía, todo esto se refiere a la abadía de Sankt Anton; la cosa duró muchos años, Leonore, llega hasta el presente; reparaciones, obras de ampliación y, después de 1945, la reconstrucción según los antiguos planos; Sankt Antono solo llenará todo un estante.» (Ibíd., pág. 93, cursiva nuestra). Edición con tildes diacríticas. En este caso la ambigüedad realmente no es tal. Sin embargo, si se quita el «todo» que marcamos en cursiva, la ambiguëdad sería total, e incluso sería más esperable interpretar ese «solo» como un adverbio.

30. «Vivíamos afuera, cerca de un gran parque, y jugábamos mucho al aire libre, mi infancia transcurrió en este parque y después en la calle. Jugando solo.» (Linder, Christian, Conversaciones con Heinrich Böll. Gedisa, 1978, Barcelona, pág. 37). Edición con tildes diacríticas. Es esperable que si el «solo» estuviese cumpliendo una función de adverbio, estaría ubicado en primera posición. Sin embargo, esto es sólo «esperable», pero no es una regla fija que pueda aplicarse a cualquier hablante ni a cualquier escritor o traductor.

31. «[F]ue una infancia de mucho jugar, jugábamos realmente mucho, todavía me gusta mucho hoy. Entonces solo en el parque, después en las calles de la ciudad vieja, con el tiempo, los juegos se han transplantado a las habitaciones, pero a la larga este cambio no me pareció doloroso.» (Ibíd., págs. 37-38). Edición con tildes diacríticas.

32. «Se había perseguido con que los vecinos olieran algo y lo denunciaran a la policía, de manera que se hacía notar lo menos posible: salía sólo de noche y para sacar la basura producto del proceso de limpieza de la casa de su hermano, o para comprar pizza y agua mineral en una rotisería que había a cuatro cuadras (una pizza le duraba dos días).» (Busqued, Carlos, Bajo este sol tremendo, Anagrama, 2009, Buenos Aires, pág. 115).  Edición con tildes diacríticas.

33. «Quizá él sólo ha mencionado a una compañera de clases llamada Eva y ella ha creído entender de la forma en que él ha pronunciado su nombre que ella le gusta.» (Pron, Patricio, «La historia del cazador y el oso #4» en El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, Mondadori, 2011, Buenos Aires, pág. 146).  Edición con tildes diacríticas.

34. «Tal vez su bondad estuvo mal colocada, quizá no debió permitir que León se enfrentara solo con las fantasías de una inteligencia que —mejor admitirlo— no era demasiado vigorosa.» (Walsh, Rodolfo, «Nota al pie» en Un kilo de oro, De la flor, 2008, Buenos Aires, pág. 69).  Edición con tildes diacríticas.

35. «Es la pampa; es la tierra en que el hombre está sólo como un ser abstracto que hubiera de recomenzar la historia de la especia —o de concluirla.» (Martínez Estrada, Ezequiel, Radiografía de la pampa, Eudeba, 2011, Buenos Aires, pág. 32).  Edición con tildes diacríticas.

36. «Solo hubiera ido con la corriente y hubiera terminado como los otros, helado, o muerto de frío en una trinchera mal dibujada.» (Fogwill, Enrique, Los pichiciegos, El Ateneo, 2012, Buenos Aires, pág. 166).  Edición con tildes diacríticas.

37. «Lo reconstruí después, en mi casa, mientras el muchacho hablaba tratando de convencerme de cosas que él sólo suponía o ignoraba.» (Onetti, Juan Carlos, Para una tumba sin nombre, Punto de lectura, 2008, Montevideo, pág. 17).  Edición con tildes diacríticas.

38. «Alain Delon era el protagonista y estaba solo la mayor parte del film.» (Villoro, Juan, El testigo, Anagrama, 2007, Barcelona, pág. 49).  Edición con tildes diacríticas. De no haber sido editado con tildes diacríticas, el «solo» podría haber sido entendido como adverbio, generando un carácter irónico que la frase no tenía.

39. «Cuán maravillosa era la mirada de Nieves al ver a ese samurai tan solo en París, en ese alejamiento radical que los espectadores veían como si fisgaran por la cerradura de su buhardilla.» (Villoro, Juan, El testigo, Anagrama, 2007, Barcelona, págs. 49-50).  Edición con tildes diacríticas.

40. «Allí me aguardó una vez solo y a duras penas evitó mi ataque.» (Homero, Ilíada, Gredos, 2000, Barcelona, pág. 174, canto IX, verso 355).  Edición con tildes diacríticas.

41. «Quedose solo Ulises, insigne por su lanza; al lado ningún / argivo resistía, pues la huida se había adueñado de todos.» (Homero, Ilíada, Gredos, 2000, Barcelona, pág. 217, canto XI, versos 401-2).  Edición con tildes diacríticas.

42. «”¡Héctor! ¿Queda algún otro aqueo que no te intimide? / ¡Has huido despavorido hasta de Menelao, que siempre ha sido / un lancero sin valía! Y ahora se ha escapado de los troyanos / solo con un cadaver a cuestas y ha matado a tu leal compañero / Podete, hijo de Eetión, valioso entre los que luchan delante.”» (Homero, Ilíada, Gredos, 2000, Barcelona, pág. 358, canto XVII, versos 586-591).  Edición con tildes diacríticas.

 

Actualizado por última vez en 2013, luego de que la RAE comience a admitir su error, de acuerdo con esta nota periodística. Más allá de esto, no deja de ser interesante esta nota de enero de 2017 en la que se explica el porqué de quitarle la tilde a «sólo»: «He ido a la RAE solo para que me convenzan de que “solo” no lleva tilde nunca».

 

RAE

NUEVA ORTOGRAFÍA DE LA RAE

Todos los medios se hicieron eco de la última gran noticia: el nuevo manual de ortografía de la Real Academia Española (RAE). Para ver algunos de los cambios, se pueden consultar en el link. Sin embargo, nosotros creemos que sería pertinente ahondar en el análisis de estas modificaciones, para no quedarnos simplemente con la sensación de que ahora, si leemos “manager” en lugar de “mánayer” estamos siendo testigos de error ortográfico.

Como decimos a menudo por aquí, la ortografía no es más que una convención (pero bastante necesaria). Como convención, necesita de un ente regulador que se haga eco de estas convenciones y que la deposite en algún lugar confiable, del que pueda decirse: aquí está la regla, esta es La Convención. En el caso del español, ese lugar simbólico lo ocupa la RAE, radicada en Madrid.

La locación de esta institución no es un dato menor: mientras que en España todos pronuncian “vídeo”, con acentuación en la “i” y “garaje”, tal como suena, casi todos los latinoamericanos decimos “video” y “garash”. España es apenas una pequeñísima porción de los hablantes de español, pero, sin embargo, el diccionario rector del idioma dice que la escritura correcta de la cámara para grabar imágenes y sonidos es con tilde (“vídeo”), mientras que la cochera se escribe con “j” (“garaje”), pese a que tanto la palabra como la pronunciación derivan del francés “garage”.

Por eso es importante resaltar que no se trata necesariamente de seguir al pie de la letra los cambios sugeridos. Desde este espacio fomentamos el uso de una ortografía que respete la idiosincrasia de cada conjunto de hablantes (de cada país, para hacerlo más sencillo) y no meramente la convención convenida por unos pocos. Así, no estamos de acuerdo con el traslado de palabras extranjeras a una españolización forzada, ya que respetamos el origen de los préstamos tomados, por más invasión cultural que representen. A menos que, con el paso del tiempo, palabras como “piercing” o “manager” estén tan incorporadas como para que naturalmente (es decir, por el paso del tiempo) se empiecen a decir “pircin” y “mánayer”, mantendremos la ortografía inglesa.

No nos olvidemos que el lenguaje, para fundarse institucionalmente como tal, necesita de una Academia, pero que, a la vez, el lenguaje lo hacemos todos y cada uno de nosotros, los hablantes, y no quienes intentan imponer desde las reglas un nuevo modo de hablar.