Dónde enterré a Fabiana Orquera – Cristian Perfumo – 2013 – Gata Pelusa (autogestión del autor) – 290 págs.

DÓNDE ENTERRÉ A FABIANA ORQUERA (2013), de Cristian Perfumo

Dónde enterré a Fabiana Orquera – Cristian Perfumo – 2013 – Gata Pelusa (autogestión del autor) – 290 págs.
Dónde enterré a Fabiana Orquera – Cristian Perfumo – 2013 – Gata Pelusa (autogestión del autor) – 290 págs.

Un patagónico que predica en el desierto

Antes de decir nada sobre la novela de Cristian Perfumo, Dónde enterré a Fabiana Orquera, nos resulta importante usar nuestro primer párrafo para decir tres palabras sobre la «autopublicación». Para los que ya conocen bien el paño, pueden pasar al siguiente. Si seguís leyendo, tal vez te estés preguntando qué es la «autopublicación»: se trata del medio por el cual la mayoría de los escritores (argentinos y del mundo) son publicados, pagando sus propias ediciones para producir 50, 100 ó 500 ejemplares, y ver a qué familiar o amigo se los pueden vender después. Es un mundo arduo, donde no hay editores ni editoriales o, en el mejor de los casos, intervienen lo mínimo indispensable (algunas como Dunken o De los cuatro vientos ofrecen un sello y un diseño de tapa, espacios para presentación, difusión, correctores externos, etcétera, pero nunca se meten con el contenido). A su vez, en el ámbito de la autopublicación tampoco existe una validación del autor a través de un proceso de selección que se realiza ya sea por nombre (un autor famoso, o un famoso que decide escribir un libro), por temática (una colección de serie negra, por ejemplo), por calidad de la obra (elegida a través de un concurso o por los lectores de cada editorial) o por un mix entre estos y otros factores. El autor que se autopublica está solo en el mundo, es el gestor de su propia obra, son ella y él y todo un planeta de lectores para convencer. Y es importante convencer a estos lectores no sólo para lograr la difusión de la obra, sino también para recuperar algo del dinero invertido, que suele ser bastante. Son la mayoría y son, a la vez, los que menos visibilidad tienen, porque pocos los reconocen como «escritores» (como casi todos en este ámbito, se dedican a otras cosas además de escribir) y no tienen lo que se llamaría una «voz autorizada» en el ámbito de la literatura. Sin embargo, muchos de ellos forman pequeñas comunidades, se leen entre sí, y ahora, con la difusión que la web 3.0 habilita, tienen una enorme circulación en sitios de lectura digital como Amazon y Kindle, blogs y booktubers, todo un mundo paralelo que funciona sin interesarse por la élite literaria, y que posiblemente tenga más seguidores que ésta (el libro que hoy nos convoca sería un caso paradigmático de esto, con un alto número de ventas en Amazon de México y España).

Podríamos escribir un artículo que hable únicamente de la autopublicación, pero mejor vamos a dejarlo ahí, para señalar que existe este mundo, que siempre existió —de hecho, muchas obras maestras de la literatura comenzaron su camino a través de la autopublicación— y que hoy tiene muchos seguidores, así como muchísimos más frustrados que no consiguen venderle un ejemplar de su libro recién editado ni a su tía (esto es literal: uno se sorprendería de lo poco predispuestas que están algunas personas en gastar dinero en libros…). A decir verdad, en la mayoría de los casos el fracaso en ventas es justificado por la calidad literaria que presentan muchos escritos: los hay con errores de ortografía, con problemas de estructura, con personajes esquemáticos, con historias trilladas y hasta existen los que directamente no se entienden nada (nosotros los conocemos bien, porque vivimos de corregirlos). Sin embargo, siempre impulsados por el azar que caracteriza las lecturas de esta sección denominada Nueva Narrativa Argentina en 4 párrafos, hace poco dimos con un libro autopublicado que, con una mínima pulida, bien podría ser incluido en las colecciones de Anagrama o de Tusquets o –para ser más realistas y locales— de Mardulce o de Entropía. Dónde enterré a Fabiana Orquera, de Cristian Perfumo, es un policial perfecto, en el sentido de aquellas historias a las que no les sobra ni una coma y todo tiene una justificación implacable, un motivo de estar allí, como en una prolija pieza de relojería. La novela tiene los condimentos del policial clásico inglés, con un misterio por resolver claramente delimitado desde la primera página: una mujer desapareció como por arte de magia de una casa en un campo de 20.000 hectáreas a 80 kilómetros de Puerto Deseado, en plena estepa patagónica. Su amante, candidato a intendente del pueblo, estaba en esa casa, pero jura no recordar nada: el casero lo encontró cubierto de sangre en el living de la casa principal, a donde nunca más se volvió a ver a Fabiana Orquera. Este relato es una historia del año 83, un caso que despertó el morbo, la curiosidad y los rumores de todo el pueblo durante décadas: Nahuel —narrador en primera persona, maestro de escuela, periodista del diario local— revive esta historia cuando se encuentra, en la misma casa en la que sucedió la desaparición, una confesión del asesino en clave de enigma para ir resolviendo. Con todos los condimentos del policial clásico, la aventura alla Dan Brown para ir desentrañando los enigmas se hace fluida y constante, casi como un juego que lleva al protagonista de uno a otro lado, viajando entre la casa de campo, el pueblo de Puerto Deseado y el pueblo salinero abandonado de Cabo Blanco.

Más allá del policial —insistimos: bien construido, con personajes sólidos y necesarios, con buenos diálogos, con interesantes resoluciones de los enigmas—, que a medida que avanza se torna más «negro» que «inglés» (incluye golpes, lesiones y nuevas muertes, abandonando por momentos la escuela de Conan Doyle para acercarse a las de Hammett y Chandler), la novela funciona sobre todo como una suerte de elogio al desierto. Es curioso pensar que en una hipotética encuesta entre argentinos (o, al menos, entre porteños), lo más probable es que la mayoría asocie la palabra «desierto» con arena, sol y camellos, como si fuésemos habitantes del Sahara o de Medio Oriente, cuando gran parte de nuestro territorio está despoblado, tanto al norte como al sur, al oeste como al centro (¡en el este sí que somos un montón!). Tal vez haya pregnado más de lo que podemos llegar a suponer la falacia de las expediciones de Rosas primero y de Roca después, que perduraron en el tiempo bajo el irrisorio nombre de «Conquista del Desierto», como si el desierto se pudiese «conquistar» (¿a quién? ¿no es que está desierto, es decir, sin gente?) y, más aún, como si efectivamente hubiésemos logrado poblar todo nuestro territorio, algo que bien sabemos, no fue así. Perfumo entonces nos desasna de esta mirada eurocentrista presentándonos un desierto bien argentino, donde la aislación es la norma y las matitas de vegetación intermitentes y el pedregullo reemplazan la arena de nuestras fantasías.

La sensación de soledad y vacío que alcanza a transmitir Perfumo en sus páginas bien valen todo el libro, de lectura ágil y llevadera, de esos «imposibles de dejar» que muy poco elogiamos acá, pero que existen y siempre se disfrutan como un buen pasatiempo y un más que válido entretenimiento. Es cierto, Dónde enterré a Fabiana Orquera probablemente no resulte revelador, una gema, un ejemplar para atesorar… pero tampoco pretende tal cosa, y eso es bueno entre tanto escritor de poca monta que deposita en su libro la confianza de que con su obra —equivalente a la de Borges— logrará salvar al mundo. Nada de eso: nuestro autor patagónico escribe, según nos cuenta aquí porque le gusta; tiene otros libros publicados que aún no hemos tenido la suerte de leer, y sus historias no traen una verdad revelada, sino el esfuerzo de alguien que se da mucha maña para las tramas ingeniosas y los personajes correctos, a quienes coloca en un marco majestuoso de pueblo y desierto que guarda en su retina de su infancia en Puerto Deseado. Sin dudas es muchísimo más de lo que uno puede pedir al preguntar por algún autor local en una tienda de souvenirs, diarios y revistas del aeropuerto de Comodoro Rivadavia…

 

Un pedacito de Dónde enterré a Fabiana Orquera:

Como cada año en esa época [las Fiestas], unos tablones apoyados sobre caballetes de madera duplicaban la longitud de la mesa de comedor. Los cuatro comensales se agrupaban en una punta. Carlucho Nievas estaba sentado en la cabecera, y a su derecha su esposa Dolores me hacía señas para que me apurara. Frente a ella, Valeria, la única hija del matrimonio, coqueteaba con su nuevo novio.

—Dale Nahuel, que se enfría —dijo Carlucho al verme aparecer en el comedor.

Me senté al lado de Dolores, justo enfrente del novio de Valeria.

—Perdón por darles de comer recalentado, pero esto no lo vamos a tirar —dijo Carlucho, señalando sobre la mesa una fuente en la que apenas cabía una paleta de cordero—. Sobró del asado que hicimos al mediodía para despedir a los últimos parientes.

—¿Qué dice, Carlos? Si me sirven esto en un restaurante y me cobran un ojo de la cara, dejo el otro de propina —dijo el novio de Valeria.

El comentario me pareció bastante pelotudo. Sin embargo, encontré normal que el pibe aprovechase cualquier oportunidad de anotarse un punto con sus futuros suegros. Después de todo, había manejado trescientos cincuenta kilómetros, sesenta de ellos de ripio, desde Comodoro Rivadavia para conocer a los padres de Valeria.

—Los piropos guardalos para mi hija —respondió Carlucho, hundiendo un cuchillo de hoja ancha en la pata de cordero.

[…]

La conversación transcurrió casi todo el tiempo en torno a las preguntas que Pablo hacía a Carlucho sobre el funcionamiento del campo. Cuántas ovejas por hectárea, cuánta lana por oveja y los silencios entre medio para las multiplicaciones pertinentes. A la hora del postre —sobras de tiramisú y lemon pie—, Pablo ya tenía suficiente información para saber que con Valeria había que estar por amor. El único interés que tendría cabida en esa relación era el que se llevaba el banco.

Capítulo 3, «Pablo». Págs. 13-14.

Gonzalo Álvarez Guerrero - Viedma - Reservoir Books - 2015

EL TELO DE PAPÁ (2013), de Florencia Werchowsky y VIEDMA (2015), de Gonzalo Álvarez Guerrero

La Patagonia cercana en dos novelas simétricas

Florencia Werchowsky - El telo de papá - Reservoir Books - 2013
Florencia Werchowsky – El telo de papá – Reservoir Books – 2013

No era nuestra intención leer dos libros a la vez, nunca lo fue. Comprimir todo lo que tenemos para decir de un libro en tan sólo 4 párrafos es difícil, pero que esos 4 párrafos alcancen para hablar de dos libros es sencillamente imposible. Bueno, acá está, tomamos el desafío, y vamos a hablar del recientemente publicado Viedma, de Gonzalo Álvarez Guerrero, y del no tan recientemente publicado (2013) El telo de papá, de Florencia Werchowsky, con una única hipótesis a defender: son el mismo libro.

Esto no es una crítica, que no se entienda mal. Es decir, es una «crítica literaria», sí, pero eso no implica que se trate de algo negativo, con el valor que se le da por fuera de la literatura a la palabra «crítica». Todo nace de la observación de una serie de rasgos comunes. El primero es obvio: la editorial es la misma (Reservoir Books, el «ala autobiográfica» o «sin clasificar» de RHM). Por su parte, los autores parecen haber llevado vidas análogas: con una diferencia de edad de unos 10 años, hicieron una carrera similar, comenzando por el periodismo y finalizando en la publicidad o «producción de contenidos», y ambos llegan a la literatura con estas novelas; además, los dos son de la Patagonia, se trasladan dentro de la Patagonia y llegan a un lugar nuevo, también en la Patagonia, con sus padres cumpliendo roles clave: gobernador y empresario que lleva el telo a la ciudad, respectivamente. Ambos se irán a estudiar a Capital y triunfarán en ella, distanciándose de los pueblos de origen, todo un mundo en sí mismos. Y esta serie de coincidencias paratextuales se potencian en el texto, puesto que en los dos libros se narran estas experiencias autobiográficas similares en modos muy parecidos.

Viedma y El telo de papá son dos ficciones bien escritas, compuestos casi enteramente de capítulos cortos que narran episodios como si fuesen escenas fílmicas, donde se tratan distintos temas que cumplen una funcionalidad para desarrollar a algún personaje, a cierta característica del protagonista o simplemente poder avanzar en la historia. En las dos novelas la narración es lineal, y se centra sobre todo en la edad escolar, aunque la linealidad del relato principal en Viedma por momentos se ve fragmentada por un ida y vuelta con el personaje principal («Gonzalo», quien sorprendentemente en la literatura argentina contemporánea, no es el narrador, aunque a veces pareciera serlo) en una edad más madura, reflexionando sobre lo que fue ese período de su vida en el que su padre fue gobernador de Río Negro mientras Alfonsín planeaba mudar la capital del país a Viedma. En El telo de papá es más persistente la evocación al pasado (incluso a un pasado en el que la narradora aún no había nacido) que las referencias al tiempo de la escritura, en el que ella abandonó sus sueños de bailarina clásica (y también sus exigencias) y se dedicó al periodismo y otras yerbas.

Gonzalo Álvarez Guerrero - Viedma - Reservoir Books - 2015
Gonzalo Álvarez Guerrero – Viedma – Reservoir Books – 2015

Todo lo que dice Gonzalo Álvarez Guerrero sobre cómo se vivió el proyecto de mudanza de la Capital Federal a Viedma es interesante, revelador, sobre todo porque está contado desde los ojos de quien vivía en la casa donde sucedían la mayoría de los tire y afloje que iban a significar uno de los cambios más importantes del país a muchos niveles. A su vez, todo lo que cuenta Florencia Werchowsky sobre el funcionamiento de un hotel alojamiento en un pueblo (y en cualquier lado, en realidad), también lo es, incluyendo los visitantes frecuentes, el personal que trabajaba allí, los rumores que circulaban, el trato con políticos… Por citar una curiosidad, en uno aparece el Presidente en ejercicio, y en otro, el que lo iba a ser tiempo después (ver «Un pedacito de…» para estas referencias). Sin embargo, el gran desafío es observar si estos periodistas-publicistas-comunicadores son también escritores, es decir, autores de una obra y no de un único libro que narra (con absoluta solvencia y un tono muy amigable y llevadero) apenas una serie de anécdotas interesantes que les tocó vivir. Lo más destacado de Viedma y de El telo de papá recae en la trama, en el morbo de ver con ojos de niño/adolescente el detrás de escena de una gobernación y de un telo. El plus a estas historias son las reconstrucciones de los años 80 y 90 de la Argentina. Más allá de esto, las dos novelas hacen foco en las relaciones interpersonales que mantienen durante este período de sus vidas, por lo que se podrían catalogar como Bildungsroman o «novelas de aprendizaje» que cualquier adolescente podría disfrutar (insisto: son buenas en serio); la pregunta que queda latente es si Werchowsky y Álvarez Guerrero podrán superar el desafío de la página en blanco para sus próximos libros, ya sin nada tan sustancial para contar. En mi discreta opinión, me da la sensación de que ya pusieron toda la carne al asador…

 

Un pedacito de El telo de papá:

 

El 17 de noviembre de 1988 fuimos todos al aeródromo del pueblo a recibir a Carlos Menem, que venía desde La Rioja piloteando su propia avioneta. Ñanco [el padre de la narradora] se jactaba de haber coincidido con él en un centro de detención durante la dictadura, donde los dos habían estado presos por peronistas. La historia había sido escuchada por tantos compañeros en el quincho de casa que la visita en el pueblo se vivía más como una corroboración que como un hecho político. ¿Lo reconocería Menem? ¿Se saludarían? Al menos esa es la sensación que me quedó. Su pre-candidatura se perfilaba unificadora en un momento de fragmentación del partido, como si con esas patillas y esas consonantes pisadas, el movimiento más grande y desprestigiado del país, al que pertenecíamos, tuviese una chance de recuperar el camino y el poder. Sus herramientas de seducción eran novedosas: cuero, pelo, motores. Era un dandy enano.

[…]

La visita iba a ser una demostración de fuerza para los hombres con más alto perfil político en el PJ local, que tendrían la oportunidad de presentarse ante el candidato y posicionarse para las elecciones internas. Para mí también era una demostración de fuerza, necesitaba que una figura nacional le diera la mano en público a mi papá y lo legitimase de una buena vez; había mucha gente que todavía lo acusaba de dueño de telo, de peronista populista, de judío. ¿Por qué era tan malo eso para ellos? Cada vez que le llegaba un comentario de esos, Ñanco decía «Qué lástima que además no soy negro».

(Págs. 137-138)

 

Un pedacito de Viedma:

El Tango 03 aterrizó en una desolada pista de General Conesa, bien lejos, para no despertar sospechas. Primero bajó Tardivo, el leal guardaespaldas. Allí los esperaba un Ford Falcon blindado, de vidrios polarizados, que había llegado de Buenos Aires tres horas antes. Hidalgo, el chofer, le abrió la puerta al Presidente y recorrió a velocidad prudencial los 160 kilómetros que los separaban de Viedma. No hizo falta preguntar: había estudiado los planos de la ciudad pormenorizadamente para dejar a su jefe en la Residencia del gobernador sin mayores contratiempos.

Carmen y Guerrero lo recibieron en la puerta. Abrazos, besos. Alfonsín tenía eso: te hacía sentir a gusto casi de inmediato, a los diez minutos te olvidabas que estabas con un presidente. Tardivo no se separó nunca de él. Hidalgo, en cambio, no aceptó la invitación para quedarse a cenar. Se disculpó: tengo que ir a registrarme al hotel.

—Yo duermo acá esta noche —sorprendió el Presidente.

(Pág. 141)