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DOS PALABRITAS ALEMANAS PARA DARLE UNA MANO A LA COHERENCIA TEXTUAL

Nueve reinasCon un «gancho» hay que empezar los textos en periodismo (a menos que se trate meramente de una nota informativa, claro). Algo que atraiga al lector, que le llame la atención, que lo intrigue. Y si ese gancho puede durar, si ese gancho se puede extender por toda la nota, e incluso ser retomado en el cierre, mucho mejor. Porque ése será el hilo de la historia, la guía que llevará al relato por una serie de postas, donde el lector nunca se olvidará que lo que lee en el tercer párrafo está íntimamente ligado con lo que leyó en el primero.

El problema es cómo fabricamos esa guía, ese «cross a la mandíbula del lector» que tanto les gusta citar a los amantes de Roberto Arlt. Todo recurso literario es útil para crear una coherencia textual que permita entender la relación que existe entre uno y otro punto del texto. Luego, batimos las claras a punto nieve y reservamos. Por ejemplo, la oración previa a esta es perfectamente gramatical, no tiene ni un error ortográfico, ni una coma mal puesta, nada. Y sin embargo, allí está, fuera de contexto, alterando todo lo que decía sobre la coherencia, volviendo este texto incoherente, obligándome a narrar este par de líneas para justificarla. Ya sucedió: el lector se distrajo del tópico central. Pero claro, nadie usaría esa oración en un texto que no fuese una receta de cocina.

Las soluciones al problema de dar continuidad a un texto son infinitas, pero dependerán de la creatividad del escritor frente a cada caso en particular. Hay una serie de sugerencias, pero no existen fórmulas para lograr atrapar al lector. Un recurso muy usado para lograr la coherencia textual nos viene del alemán (o, al menos, así quedó establecido el término), y se trata del Leitmotiv, un tópico que atraviese el texto. Para variar un poco, tomaremos un par de casos del cine en lugar de la literatura:

«¿Por casualidad alguno se acuerda un tema de Rita Pavone, “Il ballo del mattone”…?»

La pregunta la hace «Juan», el personaje de Gastón Pauls en la película Nueve Reinas (Fabián Bielinsky, 2000), minutos después de conocer a Marcos (Ricardo Darín). Luego la repite unas cinco veces durante el film, hasta que por fin todo acaba con él abriendo los ojos y diciendo a la cámara: «Me acordé», y comienzan los créditos, al ritmo de la tan mentada «Il ballo del mattone».

¿La obra de Bielinsky trata de música popular italiana de los años 60? No, nada más alejado. Pero esta pregunta recurrente es uno de los guiños que ofrece el guión para dar a entender al espectador que todo está conectado, que una escena se vincula con la otra, y en ese pequeño guiño humorístico se establece una complicidad que involucra mucho más al espectador en el relato, al punto tal de que éste llegue a sentir una satisfacción enorme cuando oye el tema de Rita Pavone, tema que muy probablemente ni siquiera conocía una hora y media antes, cuando la película no había comenzado.

Por supuesto, Nueve Reinas no se sostiene por esta curiosidad. Se trata apenas de un detalle para dar aún mayor cohesión a una sucesión de escenas que están unidas por elementos mucho más pertinentes, obvios y estables, como pueden ser las locaciones, la linealidad del relato, las vestimentas de los personajes y hasta su forma de ser, que es siempre esperable (y por ende, inesperada cuando hacen algo fuera de lo normal) dentro del relato. Todos estos elementos —y muchos más— hacen que el relato sea cohesivo, pero el Leitmotiv de la canción le aporta un plus que despierta especialmente el interés del espectador.

Y si Leitmotiv era la primera palabrita alemana, ésta se suele ligar automáticamente a una segunda, Dingsymbol. Este término hace referencia a un objeto-símbolo que hace del Leitmotiv un material concreto y presente. Siguiendo con el cine, las naranjas —y también el color naranja— en El Padrino I, II y III (Francis Ford Coppola, 1972, 1974, 1990) son un símbolo constante de la muerte: Don Corleone las tira al piso cuando recibe los disparos en el atentado y también tiene un gajo en la boca cuando muere de un infarto; Johnny Ola, el mensajero de Hyman Roth en Miami, le entrega una naranja a Michael Corleone, quien luego recibirá un atentado; en la última escena de la trilogía, Michael muere sentado solo en una silla, y de su mano rueda una naranja… Estos son apenas algunos de los casos en los que una naranja juega un rol fundamental desde el segundo plano: sólo hay que saber verla y unir los puntos.

Si bien esta decisión pudo haber sido una mera elección estética, como justifican algunos («la paleta era muy oscura, así que agregábamos naranjas para darle color», decía algún productor), o incluso un obvio símbolo de la herencia siciliana, cuna de la «naranja sanguínea», la naranja juega un papel secundario pero importante a la hora de darle una cohesión a todas las películas, funciona como un subrayado sólo para los que están atentos a los detalles, o a los que vimos el film miles de veces…

Una vez conocido este dato, descubrir naranjas a lo largo de la película se vuelve emocionante, le da un encanto particular, tanto como oír la canción de Rita Pavone en Nueve Reinas, y nos ayuda a comprender algunas líneas de interpretación que los autores dan en sus textos. Funcionan como ganchos, que pueden ser útiles para colgar la ropa, para colgar a un lector desde la etiqueta de su sweater y no dejarlo salir hasta el final del texto, o, como en el boxeo, para darle vuelta la cara y dejarlo estupefacto, contando hasta 10 para poder levantarse y dar acuse del golpe recibido…

 

Sintaxis

NORMAS, LENGUAJE Y UN POCO DE SENTIDO COMÚN

Sintaxis

«En diez años desapareció la mitad de las estaciones de servicio»

(Copete de tapa de la nota «Cargar nafta en la Capital es cada vez más difícil», del diario La Nación del 5 de febrero de 2012)

 

«75% de las piezas de un auto fabricado en la Argentina es de origen extranjero»

(En infografía de la nota «Enredados en las importaciones» de la sección «Economía & Negocios» del diario La Nación del 5 de febrero de 2012)

 

 

¿Qué pasa con estas oraciones? ¿Suenan normales? ¿Qué problema tienen?

Si no estamos equivocados, a la gran mayoría de los hablantes del idioma castellano, estas dos expresiones les sonarán, como mínimo, extrañas. Y sin embargo, tenemos amplias sospechas de que no se trata de un error, pues ambas fueron tomadas del mismo diario (de los pocos diarios que aún se corrigen en Argentina), el mismo día, y no en los cuerpos de las notas, sino en espacios completamente visibles.

¿Cuál es el que nosotros consideramos un error, mientras que los correctores de La Nación consideraron una aplicación de la gramática? Se trata de la conjugación del verbo en singular. Nosotros (y no sólo en «De la ortografía y otros demonios», sino un «nosotros» que incluye a la mayoría de los hispanohablantes «comunes» —no correctores—) hubiésemos dicho: «En diez años desaparecieron la mitad de las estaciones de servicio» y «75% de las piezas de un auto fabricado en la Argentina son de origen extranjero». ¿Por qué? Sencillo: porque aplicamos el sentido común, y no las reglas sintácticas impuestas por la vieja escuela.

Según la sintaxis tradicional, el núcleo del sujeto «la mitad de las estaciones de servicio» es «mitad», así como el núcleo del sujeto «[el] 75% de las piezas de un auto fabricado en la Argentina» es «75%»; por ser ambos singulares (la mitad, el 75%), se respeta la concordancia de sujeto y verbo, y éste debe conjugarse, por ende, en su forma singular.

Sin embargo, existen nuevas corrientes de estudio que respetan la lógica de los hablantes y piensan primero en el habla, y basándose en ella es que intentan describir una sintaxis. Así, podemos ver que la tendencia en ambas oraciones hubiese sido la de conjugar los verbos en plural. ¿Por qué? Porque está absolutamente claro que el núcleo de los sujetos es el sustantivo principal, y no lo que, desde la gramática cognitiva se llama «basamento cuantificador». Así, lo lógico sería pensar que se está hablando de «estaciones de servicios» y no de «mitades», así como que se habla de «piezas de un auto»y no de porcentajes. De esta forma, «la mitad de» estaría funcionando como un simple modificador del núcleo del sujeto, como si dijese «tres estaciones de servicios», o el número exacto que corresponde a esa mitad, y lo mismo sucedería con las piezas del auto.

Con esta breve entrada pretendemos demostrar cuán importante es el análisis sintáctico en la escritura, pero, sobre todo, cuán importante es que este análisis sea pensado y razonado, y no simplemente aplicado mecánicamente; la idea es que el estudio de la lengua comprenda cómo ésta funciona dentro de una comunidad hablante, y no que pretenda que la comunidad se adapte a ella, formulando oraciones poco esperables, con el único fin de atenerse a la norma.

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HAY PALABRAS Y PALABRAS

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«Pupo». Ésa es la palabra que más odio yo. Me parece un sonido repulsivo. Prefiero decir toda la vida “ombligo”, incluso si tengo que caer en la repetición. Pero esta entrada no se trata de mis gustos simplemente, sino de una generalización: todos tenemos palabras preferidas, palabras odiadas, palabras que nos son indiferentes. Aunque el idioma nos parezca lo más utilitario del mundo, nunca dejamos de tender lazos afectivos con él. Y esto no lo decimos sólo desde «De la ortografía y otros demonios»: buscando en la web, encontramos un sitio destinado exclusivamente a que la gente ponga sus 10 palabras favoritas del español: diezpalabras.blogspot.com. El sitio aclara que, si bien cualquier palabra es admisible, «no se buscan palabras que señalen conceptos nobles o inspiradores, como “madre”, “amistad” o “justicia”, sino palabras que por su sonido y reverberación resulten sugestivas y reconfortantes para el gusto artístico». Por ejemplo, el decálogo de palabras favoritas de Borges es (en orden alfabético):

Ámbar

Anhelar

Arena

Cristal

Hexámetro

Jacarandá

Penumbra

Runa

Sándalo

Sombra

Ni «laberinto», ni «tigre» ni «espada», para sorpresa de muchos. Es que la significación de las palabras no consta sólo del significado semántico, no depende nada más que de las acepciones del diccionario. Enrique Santos Discépolo explica muy bien cómo elegía las palabras a la hora de componer un tango:

 «Uso el argot por la sencillísima razón de que es más completo en la pintura. Hay estados o tipos o lugares para los cuales el símil académico es impropio por lo desusado. No entiendo por qué es más propio “robar” que “afanar”. ¿Por hábito? Bah… lo que sucede es que hay palabras feas y palabras lindas… Tanto la Academia, como el argot, tienen un sinnúmero de palabras que me desagradan. Utilizo de ambas las que me gustan por su sabor rotundo o pictórico o dulce. Las hay amplias, curvas, melosas, dolientes. Y las hay en todos los idiomas. Y si mi país, cosmopolita y babilónico, manoseándolas a diario, las entiende y yo las preciso, las enlazo lleno de alegría. Nuestro lunfardo tiene aciertos de fonética estupendos. Quieren matarlo. Hacen reír. Me hacen gracia esos que creen que los idiomas los han hecho los sabios. Si la necesidad de un pueblo es capaz de crear un genio ¿cómo pretenden que se detenga en la creación de una palabra que le hace falta? Y el lunfardo, en su casi totalidad, se distingue por eso.»[1]

Hoy en día el lunfardo original (el lunfardo del que habla Discépolo) entró en desuso, aunque muchas de sus palabras ingresaron en el lenguaje coloquial o informal, como «laburo» por «trabajo» y «cana» por «policía», entre muchísimas otras. Sin embargo, pese a no tener ya un nombre concreto («lunfardo») ni una circulación específica (las milongas y demás), los hablantes seguimos creando nuestros lenguajes propios constantemente. Hemos señalado en otra oportunidad la necesidad de crear códigos específicos al interior de los grupos, para afianzar el sentido de pertenencia; podemos pensar ahora en el vínculo afectivo que desarrollamos en torno a esas palabras. Un amigo dice con frecuencia «vamos a tomarnos unos materiales». Hace poco escuché que un obrero le decía al otro: «todavía no podemos empezar la pared; faltan algunos mates». Las deformaciones personales que cada hablante le hace al lenguaje le permiten asirlo, hacerlo propio, crear un lenguaje personal, y a la vez poder compartirlo, siempre y cuando no dificulte la comunicación.

Para esto último, dejamos uno de los tantos hilarantes diálogos que tienen don Quijote y su ladero, Sancho Panza, acerca de este tema.

 «Dijo Sancho a su amo:

—Señor, ya yo tengo relucida a mi mujer a que me deje ir con vuestra merced a donde quisiere llevarme.

Reducida[2] has de decir, Sancho —dijo don Quijote—; que no relucida.

—Una o dos veces —respondió Sancho—, si mal no me acuerdo, he suplicado a vuestra merced que no me emiende[3] los vocablos, si es que entiende lo que quiero decir en ellos, y que cuando no los entienda, diga: “Sancho, o diablo, no te entiendo”; y si yo no me declarare, entonces podrá emendarme; que yo soy tan fócil…

—No te entiendo, Sancho —dijo luego don Quijote—, pues no sé qué quiere decir soy tan fócil.

Tan fócil quiere decir —respondió Sancho— soy tan así.

—Menos te entiendo agora —replicó don Quijote.

—Pues si no me puede entender —respondió Sancho—, no sé cómo lo diga; no sé más, y Dios sea conmigo.

—Ya, ya caigo —respondió don Quijote— en ello: tú quieres decir que eres tan dócil, blando y mañero, que tomarás lo que yo te dijere, y pasarás por lo que te enseñare.

—Apostaré yo —dijo Sancho— que desde el emprincipio me caló y me entendió; sino que quiso turbarme, por oírme decir otras docientas patochadas.»[4]


[1] Enrique Santos Discépolo en el capítulo “Por qué y cómo escribo mis tangos” de Galasso, Norberto, Escritos inéditos de Enrique Santos Discépolo, Ediciones del Pensamiento Nacional, Argentina, s/f, págs. 24-25.

[2] Reducida, convencida. (Nota del Anotador)

[3] Para los que aún no han leído El Quijote (y que, esperamos, puedan leerlo pronto), aclaramos que está escrito en el castellano de 1615 (la segunda parte; la primera es de 1605), donde la ortografía no estaba asentada y términos como «emendar» por «enmendar» o «agora» por «ahora» eran del todo comunes; la transcripción que ofrecemos es la literal de la versión citada.

[4] Cervantes, Miguel de, 2000, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, edición de Martín de Riquer, España, Ed. Planeta en edición especial para La Nación. Tomo II, capítulo 7, pág. 607.

Coma

SOBRE EL USO DE LAS COMAS

Nada fácil es poner una coma, o saber cuándo omitirla. Sólo basta con ver esta oración recién escrita: esa coma antes de la “o”, ¿es correcta o incorrecta? Y, por suerte, en apenas dos líneas, hemos llegado al meollo de la cuestión: sí, hay una reglamentación sobre el uso de comas y sí, es importante seguirla, pero, a la vez, también hay muchísimas comas que son perfectamente “debatibles” u “opinables”, sin que exista una resolución que sea más verdadera que la otra. Podríamos decir, entonces, que la primera oración de este texto podría haber tenido coma, tanto como podría no haberla tenido.

Pero entonces, ¿en qué hay que basarse para tomar una decisión fundada? Para empezar, y siguiendo con la línea de pensamiento de este sitio, la escritura representa de algún modo a la oralidad, y la coma no es más que la representación de una pausa breve en el discurso (la pausa más breve de todas, si se quiere, seguido por el punto y coma, el punto y seguido y el punto y aparte). Pero, además, existe una serie un tanto extensa de reglas, que dicen que antes de una proposición adversativa —pero, sino, aunque— o consecutiva —porque, pues—, “debe” ir una coma; que cualquier aposición explicativa debe estar entre comas; que los vocativos deben ir entre comas y un gran etcétera que no repasaremos aquí, pero que está explicado correctamente en el libro mater de los correctores, el Manual de Ortografía de la Real Academia Española (que se puede descargar en PDF —la edición de 1999 y no la última y polémica de 2010— haciendo click aquí, y que es ampliamente recomendable como material de consulta para cualquiera que escriba en español).

Por lo tanto, están las reglas, pero también está la oralidad. Para escribir confiado de que la mayoría de las comas que se están poniendo (u omitiendo) son “correctas” (o quizás sería mejor decir “aceptables”) hay que conocer bien estas reglas, pero también hay que ser capaz de leer el texto de corrido, sin inconvenientes, siguiendo las marcas de puntuación que existen en él, y no la cadencia sugerida por recordar lo pensado al momento de escribirlo. Es decir, el texto se tiene que poder leer normalmente en voz alta, sin que este lector logre récords de lectura sin respirar, pero también evitando que tenga que detener su discurso en cada palabra que pronuncia.

Si en una oración de tres renglones no hay ninguna coma o marca de puntuación, permítanse dudar de ella, y revísenla y reléanla en voz alta hasta encontrar las pausas necesarias que se harán inconscientemente a lo largo del discurso. Si, por el contrario, en esa oración habitan tantas comas que la idea se vuelve ilegible, revean lo que se está queriendo decir, considerando la posibilidad de separar las ideas en más de una oración, o de incluir otros elementos de la puntuación más disruptivos, como pueden ser los dos puntos, el punto y coma, los paréntesis, las rayas o incluso las notas al pie.

El tema de la puntuación no es tan sencillo como parece, e incluso las reglas generales pueden ser desmentidas en casos particulares. Por ejemplo, en el Manual, la RAE sugiere el uso de la coma cuando se invierte el orden regular de las partes del enunciado y también en algunas construcciones adverbiales. Sin embargo, para ejemplificar las aposiciones explicativas, usa la siguiente oración: “En ese momento Adrián, el marido de mi hermana, dijo que nos ayudaría.” Bien podría considerarse que “en ese momento” no está en su posición regular, pues es parte del predicado y está ubicado antes del sujeto, y, además, se trata de una construcción adverbial, ambos, motivos suficientes para justificar una coma entre “momento” y “Adrián”. Aparte, una lectura oral con esa pausa lo avalaría.

¿Qué se intenta demostrar aquí? No que la RAE cometió un error, ni que sus reglas están equivocadas, sino, justamente, la flexibilidad de las mismas, y la posibilidad de las dos lecturas. Sin dudas, esta oración es perfectamente correcta, tanto con coma como sin ella. Ubicada dentro de su contexto, recién ahí se tendrán armas suficientes para justificar, desde un punto de vista más estilístico, si conviene, o no, ubicar una coma allí.

Por último, y para demostrar las dificultades en la lectura que representa el uso efectivamente incorrecto de las comas, dejamos aquí unas oraciones del cuento “Tinieblas”[1], de Elías Castelnuovo, representante del grupo de Boedo en la Buenos Aires de los años 20, un hombre con ideas revolucionarias desde el punto de vista social y cultural, pero con escasa formación y serios problemas a la hora de redactar. Para esta entrada hemos seleccionado sólo cuatro errores ejemplificadores, pero el texto tiene muchísimos más.

  • Su boca, estaba recortada con finura (…)”, (p.32. Uso incorrecto de la coma, separando al sujeto del predicado).
  • Con el dinero que le di adquirió, un vestido chillón, unas zapatillas celestes y un pañuelo de seda blanca con el cual ciñe el haz de sus cabellos negros.” (p.34. En este caso la coma se usa incorrectamente para separar el verbo del objeto directo; si bien se podría pensar en una eventual pausa entre “adquirió” y “un vestido chillón”, esta pausa debería estar marcada por los dos puntos, pues significa un detenimiento brusco e inesperado, que destaca la enumeración de objetos directos que le siguen al verbo).
  • A la hora de cenar, lo hacemos juntos en silencio como dos cartujos que se propusieran alcanzar la gloria del paraíso recluyéndose en el monasterio de una barraca podrida y solitaria.” (p.35. En esta oración hay una acumulación de elementos que exigen necesariamente algunas comas para distinguir funciones y permitir la respiración. Por ejemplo, “en silencio” podría ir entre comas).
  • Me trajo el desayuno a la cama cosa que nunca había hecho.” (p.37. La coma ausente entre “cama” y “cosa” tiene una justificación desde la normativa, pero es mucho más evidente desde la oralidad: esta oración no puede ser leída sino con una pausa necesaria entre esas dos palabras).

La puntuación puede resultar un poco inabarcable para explicar en entradas de blog. Sin embargo, con la base del Manual de Ortografía, artículos previos y entregas posteriores que iremos haciendo, se puede llegar a armar un conocimiento básico en el que la puntuación, si bien nunca perfecta, al menos pueda llegar a ser pensada conscientemente.


[1] CASTELNUOVO, Elías. “Tinieblas” en Tinieblas, Librería Histórica, Buenos Aires, 2003 [1923]. Todas las citas fueron tomadas de este texto.