FORASTERAS (2013), Bárbara Duhau

Bárbara Duhau – Forasteras – 2013 – Ediciones La Parte Maldita – 144 págs.
Bárbara Duhau – Forasteras – 2013 – Ediciones La Parte Maldita – 144 págs.

Dos extranjeras de su cuerpo

En nuestra última entrada de «Nueva Narrativa Argentina en 4 párrafos» previa al breve receso que nos tomamos habíamos hablado de la obra de Andrea Rabih, atravesada por ese tópico tan poco amigable llamado «cáncer», una palabrita más bien infrecuente en la literatura y los medios (gana por goleada la expresión «una larga enfermedad»). Y una vez más guiados por nuestro mejor consejero, que es el azar, dimos con otra joven escritora que escribe la palabra con todas las letras: cáncer. Ella es Bárbara Duhau, que a diferencia de Rabih, no vive la enfermedad en carne propia, pero en Forasteras habla de ella como si la conociese bien de cerca, con una serie de matices que escapan al lugar común, a la reflexión banal del puro temor a la enfermedad terminal. El temor está, por supuesto, pero también están las minucias del día a día, y es sobre eso donde Duhau pone el acento: un transcurrir donde el cáncer y lo cotidiano conviven, todo teñido por el rojo que anuncia el epígrafe.

Esta novela breve es narrada simpre en primera persona: en los capítulos impares, la voz narradora es la de Silvina, quien transmite —de forma ascética, límpida, precisa, sin apelar a la emoción— sus percepciones desde el momento en que se entera que ese bultito que le molesta es mucho más que una simple «bola de pelos» hasta que tiene que visitar el quirófano. Todo lo que cuenta está libre de golpes bajos, y el foco está puesto en los modos de percibir, de sentir cómo el posible fin de la vida puede ser encarado, cómo se siente en carne propia saber que la muerte ya no es una quimera, sino una realidad latente. Para contrarrestar esta mirada, los capítulos impares son narrados por su joven nuera, Cecilia, quien se toma todo mucho más a pecho, es más pasional, aunque use el mismo presente histórico del que se vale la narración de Silvina para dar a entender que todo sucede en el mismo momento en que se narra, de que no hay una evaluación o una reflexión a posteriori. Cecilia, claro, poco tiene que ver con Silvina, porque mientras una está descubriendo lo que es la muerte, la otra, con sus veintipico y su independencia recién adquirida, está dando sus primeros pasos en la vida, al menos como mujer independiente.

El balanceo que se da entre estas historias cruzadas y simétricas hace que suegra y nuera, como se revelan casi al comienzo del libro, lidien con problemas de diversa trascendencia e intensidad con, justamente, inversa intensidad: mientras para Cecilia, joven dosmilosa con todos sus vicios, todo resulta trágico, Silvina vive cada minuto de su enfermedad como una nueva curiosidad que va descubriendo, no sin pesar, pero tampoco arrastrada por la ira u otros sentimientos que podríamos llamar «esperables». En su moderación seguramente se encuentre un sentido al atinadísimo epígrafe de Desayuno en Tiffany’s que elige Duhau, en el que se habla de unos «días rojos», en los que se siente miedo y no se sabe por qué. Así, expresiones como «Me asusto de mí misma. No quiero pensar en nada. Nada me calma pero, a la vez, ninguna cosa me perturba» parecen estar ambientadas en esa luz roja que ilumina al libro entero.

En cuanto a la escritura, por supuesto, se pueden señalar algunas críticas, desde un esquema tal vez excesivamente simple para avanzar en el relato hasta una voluntad de ser actual que termina traicionando a la autora (habla del MSN y de los MP3, por ejemplo, dos elementos hoy absolutamente extintos). Pero es sumamente loable la cohesión de todo el relato, la coherencia que tiene cada voz narrativa así como el vuelo poético de más de una frase o situación, en un libro en el que las metáforas circulan por lo bajo —por ejemplo, podemos encontrar a una mujer que está esperando los resultados de sus análisis sobre cáncer y que no llega a comprar un boleto de lotería—, sin ninguna clase de subrayado, dejando todo el grato trabajo del lado del lector, tal como sucede con ese misterioso título, a mi criterio de lo más acertado para designar a dos mujeres que están en un lugar que no les pertenece (en especial el lugar de Silvina, porque nadie que no haya vivido una enfermedad así puede saber lo que se siente o puede tomarlo como natural). Todo en Forasteras cierra, excepto la última página, cuando se descubre que apenas se imprimieron 100 ejemplares de este libro, que bien merecería más atención y difusión, porque sin ser una obra maestra, es realmente bueno, está muy bien escrito, y es una de las pocas obras que se enfrenta con aquella palabra tan temida, el cáncer, y sale airosa.

 

Un pedacito de Forasteras:

Narra Silvina:

Escucho en susurros lo que me dicen. No sé dónde estoy pero no quiero estar ahí. Es doloroso. Es molesto. Quiero irme, escaparme, cualquier cosa menos sentir lo que siento. Las voces me dicen que todo salió bien, que ya está, que la operación terminó. Yo no consigo expresar lo que quiero. Estoy atada y no me gusta, quiero que me suelten. Quiero que me suelten ya. Tengo mucha sed, quiero tomar algo, quiero sacarme esto que me molesta en la nariz pero no puedo. Me pesa algo en la panza, siento como si tuviera un yunque encima. Casi no puedo abrir los ojos. No veo bien, pero puedo darme cuenta de que hay gente cerca de mí. Además de Mauro entra corriendo Cecilia. Hablo y hablo pero no sé lo que digo. A los minutos me dicen que tienen que irse. No me gusta. No quiero. No quiero que se vayan. Pero no pueden quedarse, es terapia intensiva, acá la única que se queda soy yo. Estoy sola en este viaje.

Págs. 93-94

 

Narra Cecilia:

En silencio me abrazó fuerte y me besó en el cuello. Sentí sus labios posarse levemente en mi piel. Estábamos sentados en el bar de la clínica. Él me había pedido que lo acompañara a buscar el bolso de Silvina, con todas sus cosas para que ella pudiera cambiarse cuando saliera de terapia intensiva. Me moría de ganas de besarlo, de abrazarlo, de reconfortarlo. Le veía en los ojos el miedo, el terror de que algo saliese mal y también las ganas de que yo lo cuidase.

Sin embargo, de pronto tuve ganas de estar sola. Me llegó un eco de la antigua tristeza. De repente ya no me sentí fuerte sino desamparada, sola. Él había encendido la chispa y la había vuelto a soplar. Me había besado y ahora esperaba algo a cambio. Algo que no existía. Algo que había desaparecido mucho tiempo atrás. Incluso más atrás que la separación. Ahora me parecía mejor estar sola. Estar sola de veras. Verdaderamente sola. Estar con él pero sin él era peor. Estar de nuevo pensando en la posibilidad de algo que ya no iba a suceder. O sí, pero no así. Yo había salido un poco a mirar afuera y no había nada interesante. Todo era un poco más triste, más gris, un poco más solitario. Estar juntos, incluso juntos de la manera rutinaria en la que habíamos estado, era lo más parecido a un hogar que conocía. Y ahora era como volver a la casa de tus padres cuando ya convirtieron tu ex cuarto en otra cosa. Quería abrazarlo, besarlo, amarlo como antes, lo quería, pero tenía emociones encontradas, contradictorias, que intentaba mantener bajo control.

Págs 98-99

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