Andrea Rabih - Obra Completa - Eduvim - 333 págs.

CERA NEGRA (2000) en OBRA COMPLETA (2013), Andrea Rabih

Entre dos mundos

Andrea Rabih - Obra Completa - Eduvim - 333 págs.
Andrea Rabih – Obra Completa – Eduvim – 333 págs.

Andrea Rabih murió de cáncer en noviembre de 2001, a los 34 años (casada, con un hijo de 2). Y mientras se moría, escribió. Al morir, su viudo halló dos carpetas de computadora que habían sido creadas y engrosadas durante sus dos años finales: «Melanoma» se llamaba una; «Todos contentos», la otra. En la primera se sucedían una serie de relatos sobre la vida con cáncer; el segundo es una nouvelle con un protagonista lector y bibliotecario, retorcido, infantil y solitario, que se muda al Barrio Chino de Belgrano y se mimetiza con los orientales al punto tal de que se rasgan sus ojos otrora occidentales. Estas dos obras inéditas fueron presentadas al público junto con su único libro editado en vida, la colección de cuentos Cera negra (2000), todos bajo el título rotundo de Obra Completa, que se aprieta en apenas 350 páginas y que llegó a los anaqueles en 2013 gracias al esfuerzo del ‘albacea literario’ y prologuista del libro, Carlos Gamerro, y al lugar que le dieron en su colección de Narradoras argentinas de la editorial de la Universidad de Villa María, María Teresa Andruetto, Juana Luján y Carolina Rossi.

El principal problema que surge aquí no es de la autora, sino del lector: ¿cómo se lee a los muertos? ¿Cuánto afecta, a nivel consciente o inconsciente, la historia del autor en el relato y la interpretación que se construye para sí cada lector? Porque estamos leyendo literatura joven, una nueva generación, imaginando a algunos autores volcados hacia sus obras futuras, y he aquí una que ya ha concluido, una escritora que ha dejado esto y no más. Leer Melanoma es como leer el Diario de Anna Frank, una obra en el que el «basado en hechos reales» se impone al efecto literario, un relato en el que la vemos siempre a Rabih que nos espía desde la tapa y pensamos en el hijo al que apenas conoció, en lo promisorio de su carrera, en los días de dolor físico inimaginables, en los días de azotamiento mental aún más terroríficos. Y en ese marco, Melanoma es abordable, pero muy duro, imposible de comentar desde la frialdad de la crítica. Lo mismo sucede con Todos contentos, evidente pulmón por donde respiraba Rabih, por donde se metía en otras vidas, narraba con detalle, se olvidaba del cáncer. Y sin embargo, ¿cómo leerlo, si también estamos buscando que su inconsciente aflore, si sospechamos que hacerse chino puede ser la corporeización de asumir que su cuerpo ya no es el que era, si creemos que cuando el personaje sueña que le arañan los ojos es a Rabih a la que se le está violentando su posibilidad de mirar? «¿Y si el destino, tantas veces amante de cobrarse compensaciones dolorosas, le ofrecía un amor verdadero a cambio de robarle la vida propia?», se plantea el narrador que sigue de cerca la vida de Eugenio, y no hay forma de que esa pregunta no repique en el lector como una desgarradora reflexión de la autora, un golpe bajo que seguro Rabih no planeó, pero que asoma inevitable por la porosidad de las palabras. En «Medusa», primer cuento de Melanoma, Marina oculta la calvicie de quimioterapia con pomposas y sexys pelucas que le permiten jugar al cambio de rol; en Todos contentos Eugenio camufla sus ojos rasgados tras anteojos oscuros, otro gesto de ocultamiento de la anomalía que, por inversión, termina rezumando coquetería. Dos caras de una misma moneda, dos libros necesarios para llenar de cuerpo a ese eufemismo que se menciona mediáticamente con la expresión cristalizada «larga enfermedad» y que aquí, en la solapa misma del libro —y en cualquier búsqueda de Google también—, se aclara rápidamente con el contundente «Murió de un melanoma el 10 de noviembre de 2001». A partir de ahí, estas dos obras quedan signadas por la muerte, y resulta casi imposible no leerlas desde allí.Rabih - Cera negra

 

Al lado de éstas, la editorial Eduvim recupera también la colección de cuentos Cera negra, editado en el 2000 por Simurg, escrito antes, cuando todos pensaban que Andrea Rabih iba a ser una joven promesa de la literatura, cuando nadie imaginaba que su obra completa iba a ser tan escueta. Este libro fue leído en su momento por Pedro Barcia Rey como un espacio para que el lector descubra, en su propio lenguaje coloquial, «el eterno ridículo de los dramas íntimos y de las contradicciones cotidianas». Dice Gamerro en el prólogo que cuentos como «El polaquito», «Claramente dormida», «Inconfesable amor», «La diferencia» y «Cera negra» «son ya inseparables de nuestra literatura». Rara aseveración para una escritora casi ignota por fuera del más reducido mundillo literario —casi cercado exclusivamente a quienes tuvieron trato directo con Rabih—. Pero hay que admitir que los cuentos son buenos, que la voz se recorta distinta a muchas otras, en especial a la época, marcando una clara diferencia entre lo que podría ser la literatura de los 90 y la que se funda en ese año 2000, con las mujeres al mando, luego de que Fogwill haya allanado el camino para hablar de marcas comerciales, de sexo inconveniente. Así, el libro se inicia con «El polaquito», un médico rubiecito y de ojos claros que va a extirparle un cáncer a la protagonista (sí, así comienza este libro publicado en el año 2000; desconozco si se trata de una maldita premonición o si Rabih ya venía batallando por su salud desde ese tiempo). Y ella se preocupa por que él la desee, por que deje de mirarle la carne enferma y le observe la parte sana: «La voz del polaquito suena clara: ¿cómo estaba, estaba tranquila? No, estaba desnuda y mojada». La tensión sexual que ella vive en el quirófano en el que le van a sacar una porción de piel cancerígena es una forma de unir la vida y la muerte, de unir al cuerpo vital con el enfermo, en un pase donde la desnudez, la exposición frente a un hombre y la posición horizontal son una camilla y una cama por partes iguales (y un féretro también). El sexo y el deseo sexual se vuelven una constante a través de los cuentos.  En su lista, Gamerro parece haber olvidado el relato «La Chacarita», una narración que recuerda al avance constante en las obras de César Aira o Martín Rejtman, donde una mujer soltera y entrando en los 40 vive distintas experiencias sexuales en una tarde, que van desde un joven-eterno estudiante-impotente a un ex compañero de colegio que disimula su identidad, pasando por un taxista de enorme miembro que intenta penetrarla en pleno cementerio de la Chacarita. Todo es alocado, todo pasa de un segundo al otro casi como una burla a cualquier tipo de verosímil realista, tomando como epítome de esa broma a la incansable historia del taxista porteño teniendo sexo con sus pasajeras. Tal vez su mancha esté en los diálogos, que en general parecen prefabricados, poco creíbles incluso dentro del registro establecido por el propio relato, pero el resultado del cuento se puede definir con dos adjetivos quizá no tan habituales en nuestra literatura: caliente y divertido. «La diferencia», por su parte, es una hermoso relato de una hermana mayor recién mudada fuera de la casa de sus padres y recibiendo por primera vez en su casa a la versión de ella misma (su hermanita) unos años más joven: un encuentro simétrico con su propia versión del instante antes de crecer (de tener su debut sexual), en un pasado difuso que la hacía creer en el amor de las películas. Y si de simetría se trata, en «Cera negra» se mantiene latente la tensión entre dos mujeres que habitan cubículos de una depiladora y escuchan historias simétricas desde puntos de vista opuestos debido a las permeables paredes. El cuento que da fin al libro también es destacable: «El círculo del silencio» avanza con el fluir de la conciencia tal cual una narración de Manuel Puig —Rabih incorpora casi ingenuamente una referencia al actor Arturo Puig simplemente para que el lector pueda establecer el evidente vínculo—, donde se mezclan la sexualidad infantil —y, para que sea aún más fuerte, la de las nenas— junto con las diferencias de clases en un relato de culpa burguesa que no por ello está menos logrado que los otros.

La Obra completa de Andrea Rabih es un testimonio del fin de una época y del inicio de otra. En términos literarios, parece haber vivido para hacer el pase del testimonio de una a otra generación, sin poder participar de ninguna de las dos, como un umbral entre los 90 y los 2000. En su léxico se nota mucho más la marca de esos años que en otro librito dedicado a aquella década espuria que hemos reseñado aquí: medicamentos que se pensaron para siempre, como el Lexotanil (página 21) que hasta ayer nomás fue el Alplax y que hoy parece dominar la marca Rivotril, o el pepsamar (98) como sinécdoque de cualquier antiácido; una referencia a «la [Raquel] Mancini, que tiene cejas oscuras, gruesas y el pelo muy rubio, largo» (25) para explicar las cejas que hoy (circa 1995) ‘se usan’ en depilación; el walkman, así, escrito en cursiva (28); el adjetivo «mersadas» (31); recordar idas al ItalPark sin tematizarlo (47); una expresión tan vieja hoy en día como «hacer régimen» (91) para referirse a una «dieta» o a «comer light o sano» hoy (sería como hablar de un producto «diet» o llamar «sacarina» al edulcorante); hablar de «apretar» (97; aunque estas expresiones cambian todos los días, van y vienen, siempre buscando algún término prohibido que se diferencia del usado por la generación anterior: «apretar», «chapar», «tranzar», «comerse a», lo mismo que «quebrar», «vomitar», «fisurar», «lanzar», «devolver», palabras típicas de la faceta nocturna de la adolescencia argentina que busca esconderse en un código de grupo). Una época condensada en una prosa ágil e íntima por partes iguales, con el desparpajo de una narradora que va a ser por siempre joven. A su salud eterna.

 

 

Un pedacito de Cera negra

A pesar de que el paso del tiempo confunde relatos con recuerdos, Javiera Alonso creía haber visto alguna vez aquel pequeño cuarto celeste. Ineludiblemente celeste, ya que todos la habían supuesto un varoncito. Los padres, que siempre fueron gente de una sola palabra, decidieron lacrar su desilusión agregando una letra al nombre planeado; una simple vocal que la condenaría para siempre a inevitables diálogos explicativos y a una compulsión febril por los rituales adivinatorios.

Tal vez por eso, cuando Javiera conoció al único hombre que supo no comentar nada sobre su nombre de pila, nunca más quiso despegarse de él. Esa cauta omisión fue decisiva: por unos instantes le había hecho olvidar que su existencia no era una triste casualidad remendada como una letrita de morondanga. De Fernando, su marido, le habían gustado, también, características tan dispares como su altura, el hecho de que jugara bien al fútbol, un aire protector y masculino, su sonrisa y la capacidad que tenía para sorprenderla con historias de personajes insólitos. En cuanto a los distintos apodos y vocativos, que él solía inventar con dedicación, dieron resultado durante la primera época. Sin embargo, desde hacía unos meses había comenzado a experimentar un raro sentimiento de inexistencia. Leve, intrascendente, como si no hubiera para ella un lugar claro en el mundo, eran las palabras que usaba para explicarle a su amiga más íntima lo que le pasaba.

Más o menos por esa época apareció el francés con todo el aplomo de su traje gris. Javiera nunca hubiera pensado que ese color pudiera ser tan luminoso y recordaba con emoción esa mañana en que su alumno, más por simple imposibilidad articulatoria que por esmero estético, hizo de su nombre un bello encadenamiento de sonidos. «Buenos días, Yavieg», pronunció el francés y su profesora de español se sintió renacer. Yavieg, comenzó a nombrarse ella en secreto, imaginándose una de esas princesas exóticas que los cuentos maravillosos encierran en altillos inaccesibles.

Del cuento «Fresias», págs.. 78-79.

López de Tejada - La culpa es del corrector

LA CULPA DEL CORRECTOR (2000), Manuel López de Tejada

Manuel López de Tejada - La culpa del corrector - 2000 - Sudamericana - 102 págs.
Manuel López de Tejada – La culpa del corrector – 2000 – Sudamericana – 102 págs.

Cuatro párrafos sobre un libro del que nada sabemos

Como decíamos en la última entrada, la literatura es una sucesión de hipervínculos, de libros que llevan a otros libros y así. En este caso, la propuesta es inversa: de los anaqueles de una librería de usados un título llamó mi atención, por obvias razones: «La culpa del corrector» debía ser leído, y más aún si vale $10, o 3x$25. La editorial es relativamente confiable (Sudamericana, antes de ser comprada por RHM) y entra con lo justo en el marco de este proyecto: narrativa argentina, editado en el 2000. A diferencia de otros casos, donde traigo algunas nociones previas («es imposible leer un libro por primera vez», dicen), en este caso todo me es ajeno (y no voy a buscar nada de información hasta no haber publicado esto). Sólo puedo poner en práctica mis prejuicios y sospechar, por ejemplo, del apellido compuesto (Manuel López de Tejada se llama el autor), de la foto de la solapa, del sueño yuppie de publicar una novela haciendo uso de uno o dos contactos, pero no más, y sé que todo esto no es más que un enorme prejuicio. Entonces, sin más que el libro en la mano, comienzo a leer. ¿Qué hay ahí, detrás de un libro que tiró 3.000 ejemplares (considerable cantidad para un autor argentino) y que hoy nadie parece recordar, que se consigue por el mismo precio que lo que cuesta un alfajor? ¿Mereció haber caído en el olvido, no acceder nunca ni al canon intelectual ni al comercial?

Ahora sí, leo el libro. Y sólo me quedan por decir algunos apuntes: está indudablemente bien escrito (honestamente, luego de leer a muchos autores nóveles, no creí esto posible ni siquiera en un corrector), con un cuidado preciso de las formas, de las palabras y de construcción de oraciones y párrafos. Tiene muchos toques de humor y una prosa sencilla que fluye sin problemas en sus breves 100 páginas. Es sin dudas muy ameno de leer y hasta logra generar intriga. La novela comienza con un lugar común, el tema del doble. Desde Sófocles y Shakespeare hasta Kafka, Rimbaud e incluso Juan Marsé, el tema del “yo soy otro” y de “la metamorfosis” ya resulta demasiado remanido, pero López de Tejada decide comenzar con un hombre que se mira en el espejo y tiene la cara de otro. El relato en primera persona avanza con esta incongruencia de un corrector que es confundido por todos con Anselmo Res, el jefe de Información General del mismo diario en el que trabaja el corrector. En el momento en el que ya no se sabe cómo va a hacer el autor para resolver esta fantasía en el terreno de lo racional, deja muy bien armado el suspenso y pasa a la sección II, con un narrador omnisciente en tercera persona.

Sin embargo, en ese movimiento aparece una traición al lector que sólo se puede interpretar como un error y no como un efecto voluntario: los siguientes capítulos se centrarán sobre todo en el corrector Martino y una serie de excentricidades de su vida personal, como recolectar vellos púbicos de sus amantes. Sin tener del narrador de la sección I más que algunos datos accesorios, como nombres de amantes, hija y demás, todo parece indicar que Martino era el narrador de aquella sección. Pues no, no lo era, sino que se trataba de Ortigala, otro corrector, que aparece como secundario en la trama. Se genera entonces una confusión que vuelve independientes a la sección I y II: si en la primera el tema central es cómo resolver el conflicto de personalidades dentro de un mismo ser, en el segundo todo gira en torno a cómo enfrentan los correctores (como grupo, como si se tratase de un protagonista plural al modo de Los asesinos de los días de fiesta, de Marco Denevi) un inminente cierre de su sector en el diario, sugerido por una consultora española que ayuda al diario a reducir personal (una marca de época, podríamos decir, últimos coletazos de las políticas neoliberales que venían siendo aplicadas en el país desde 1976 y que cobraron especial impulso en los 90).

Lo que yo llamo error, no es por tachar al autor y al libro de poseer una falla estructural en el nivel formal, sino que considero que esta falla es un reflejo de una mayor: la escasa consistencia al nivel de la trama y de la idea general. El problema está en el paso de un protagonista (en realidad, dos) muy definido(s) a un protagonista netamente indefinido sin que exista un motivo literario que lo justifique. Probablemente por esto es que la resolución del conflicto se le haya tornado al autor dificultosa, llevándolo a un lugar común que no mencionaré para que quien halle el libro lo lea por sus propios medios. El final de La culpa del corrector demuestra que una nouvelle llena de buenas intenciones y escrita por un hombre perspicaz, creativo y sumamente atento a las formas del lenguaje puede fallar. Y es probablemente por esto también que no haya tenido la trascendencia que los editores de Sudamericana sospecharon que podía tener al tirar 3.000 ejemplares. Por esto, y por todos los misterios que rodean a cómo es que un autor se instala dentro de un canon, cómo se cae, cómo hace para permanecer y cuántos cánones hay. Misterios que algún día estudiaremos con mayor profundidad de la que brindamos aquí, en este simple ejercicio de «lectura virgen» a la búsqueda de libros perdidos.

 

Un pedacito de La culpa del corrector:

Irene y Ortigala salieron del bar y caminaron mudos por calles desiertas. Los dos pensaban en Anselmo. Ella, con perplejidad y temor; él, como si le hubiera cambiado la amante por su casa. Un canje que cualquier hombre de acción no habría desaprovechado. Pero Ortigala no lo era. Cuando sentía un deseo demasiado poderoso, vinculaba su concreción con un costo altísimo. En este caso, la traición a su amigo y la ruina del vínculo con su compañera de sección.

A la vez se le presentaba otro impedimento. Ubicaba a Irene en otro género femenino, inalcanzable, superior al de Gloria, Sara y la mayoría de las mujeres, con las cuales él debía resignarse, cortarlas de un árbol y llevarlas a la boca como frutas, más o menos apetecibles, que se adaptaban a su forma de dar sin entregarse. Hasta que entraban en crisis, lo acusaban de egoísta, lo convencían de su crueldad y lo abandonaban, prácticas, tajantes.

Sin embargo, él ahora no se consideraba a sí mismo a través del desprecio ajeno. Se tenía contemplación, se preservaba del sufrimiento. Y tanto valía esta conducta para involucrarse con una mujer que no le interesaba, como para no hacerlo con otra que le importaba más que su existencia.

En la puerta del edificio donde vivía Irene se detuvieron un instante. Aunque Ortigala no aceptó subir a tomar algo, porque se le haría tarde para el viaje, barajó la posibilidad de besarla, de hacerle una caricia en el pelo. Pero después dejó las manos en los bolsillos, fiel a una escena repetida, casi concertada. En algún sentido, le parecía bien que ella se pusiera triste por otro hombre y por él. Estaba seguro de que si se quebraba ese pacto, algo moriría entre ellos. No tendrían firmeza para sostenerse juntos. Sólo podrían quererse mediante historias paralelas. Necesitaban esa distancia para especular con su amor.

(págs. 64-65)

Muslip - Examen de residencia

EXAMEN DE RESIDENCIA (2000), de Eduardo Muslip

Eduardo Muslip - Examen de residencia - 2000 - Simurg - 155 págs.
Eduardo Muslip – Examen de residencia – 2000 – Simurg – 155 págs.

Voces que no gritan

Corresponde empezar por este libro, por ser su fecha tan precisa con la temática de este blog, y por ser, además, el inspirador de la cita de Daniel Link que funciona como justificación teórica para elegir el 2000 como año de inicio de la nueva narrativa argentina. Además, porque Muslip tiene una voz distinta, una voz de época, de esta época, que se empieza a vislumbrar en Examen de residencia, que asoma mucho más clara en Plaza Irlanda (2005, Cuenco de plata) y que se confirma y se corona en Phoenix (2009, Malón). Es justamente una literatura de una voz, que irritará a los aficionados de las tramas de nudo y desenlace, e irritará por igual a aquellos que esperan una revolución en el lenguaje, una genialidad —o, al menos, una pretendida genial, una intención, un gesto—, y que encantará a lo que probablemente sea un grupo menor de lectores que esperan ser encantados, que se dejan llevar por la lectura sin intenciones de nada.

Es justo insistir en que no todo Examen de residencia logra este efecto, y que en más de un caso hay cierta intención de crear cuentos que cierren, significaciones que pueden ser reveladas a partir de lecturas atentas y tramas que dan algún giro. Sin duda, todos estos cuentos (“Power Rangers”, “Examen de residencia”) son los peores, los más mundanos, los menos interesantes. Pero hay un narrador que asoma en esta colección —y que ya había estado presente en la novela juvenil Hojas de la noche, con la cual ganó el Premio Colihue en 1995—, que se caracteriza por una voz temerosa, analítica, observadora, llena de dudas e inquietudes que comparte a cada oración, en cada salto de página, creando mundos atrapados en pequeños departamos donde el personaje encerrado sale todo el tiempo de allí a través de las palabras, del pensamiento, y el mundo visible es el de su cabeza. Se trata de una voz llena de ternura y de cierto sufrimiento, que es el que viene aparejado con al mandato cortazariano de mirar siempre por el intersticio, por la hendija de lo real y cuestionar todo el tiempo lo que nos es dado.

Así es como procede este narrador, estudiante o licenciado en Letras, según pasan los años, más o menos homosexual —también depende del paso de los años, de la liberación de ataduras—, que se enfrenta al terrible mundo moderno en el que ya no hay nada para decir, en el que sólo quedan las minucias, migajas de literatura; que se entienda: las grandes obras ya están hechas, Borges-Arlt-(Cortázar)-(Puig)-Saer-(Aira), el canon está armado, y he aquí el gesto novedoso o, al menos, característico de esta nueva narrativa post-2000: la resignación del escritor a ser uno más, a contar su mundo, a detenerse en los detalles, a ver pasar el tiempo.

Muslip es un gran escritor sin mucho que contar. No especialmente porque él no tenga nada para decir, sino porque da la sensación de que ya todo está contado, de que la Gran Novela Argentina ya se hizo (¿Rayuela?) y que los cuentos son sólo para unos pocos lectores. Y para esos pocos escribe Muslip, creando mundos íntimos, consciencias productivas y fluidas, relaciones complejas e inexactas, vacilaciones y una pequeña colección de observaciones, que nunca citaremos con el orgullo y la grandilocuencia de decir «como dice Borges», pero que nos regocijarán en ese instante de lectura, en esa charla cara a cara con el narrador, que nos cuenta algo, y que a nosotros nos interesa porque somos lectores, porque nos enfrentamos a los libros ávidos de escuchar, y sobre todo, de escuchar voces claras, con personalidad, con la potencia de la palabra, aunque ésta genere más ternura que cambios bruscos. Por eso Examen de residencia marca el ingreso de una nueva sensibilidad (que sin duda compartirá también el nuevo cine argentino, ése de los silencios marcados y los fuertes sonidos de ambiente, donde se apoya un cigarrillo y se escucha cómo se apoya un cigarrillo), enfocada en el detalle, sin pretensiones universalistas ni localistas, que crea pequeños mundos personales en medio de un mundo cultural que ya da vueltas desde hace rato, y que pocos se detienen a oír. Y ahí están entonces los cuentos de Muslip, para esa minoría que no busca extravagancias ni enseñanzas ni historias rebuscadas: sólo busca seguir leyendo.

 

 

 

Dos pedacitos de Examen de residencia:

Viviana mantuvo el silencio. El tono neutro de Mario, casi administrativo, la irritó muchísimo. Se preguntó cómo podría él conseguir dinero de un viernes para el sábado, pero no quería averiguarlo: lo que en otra época habría sido una pregunta común, en ese momento, ya separados, podía verse como una intromisión; Viviana percibió la diferencia —una señal menor, pero muy clara, de la distancia que se había producido entre ellos— y se deprimió un poco. El sentirse afectada por eso la irritó aún más; no quería reconocer en sí nada que indicara algún resto de atracción hacia él. Por otro lado, no quería recibir ninguna explicación; para eso hbaría sido necesario que él hablara, y ella había logrado llegar a detestar la voz de su marido, que en un principio le había parecido de una neutralidad que señalaba ocultas agitaciones, y que con el tiempo había dejado de señalar nada. «Es más apropiada para un empleado bancario que para un escritor», solía decir.

«Power Rangers», pp. 54-55

Aunque, como alguien alguna vez me dijo, en esta época las distancias no son enormes, los distanciamientos no son tan radicales, ahora todo es distinto, uno puede comunicarse por correo electrónico permanentemente… Eso me había disgustado un poco, sentí que, si una persona se iba, debía tener también la posibilidad de abandonarse libremente a la melancolía de incomunicarse con «su» gente, por algún tiempo.

¿Querría yo incomunicarme con «mi» gente? Veía pasar a los que atravesaban el túnel, tantos, con aspecto esforzado, laborioso… Tenían, en realidad, aspecto más esforzado que laborioso; la palabra «laborioso» me hacía pensar en una actividad sostenida y minuciosa, como la de un responsable campesino que ara hasta la última parte de su campo, esparce la semilla, está atento a las filtraciones del granero, pone trampas para las ratas… es decir, una actividad constante, productiva, de resultados acumulativos. A veces me parece que la gente que me rodea simplemente se esfuerza, se cansa, despliega una energía un poco deprimente para hacer frente a incomodidades que son siempre más o menos las mismas, los obstáculos crecen como dientes de roedores, los resultados nunca parecen acumulativos, es como si siempre se estuviera recomenzando… Estela Muscari, por ejemplo, era, sin duda, una persona esforzada.

«Estela Muscari», pp. 84-85