CERA NEGRA (2000) en OBRA COMPLETA (2013), Andrea Rabih

Entre dos mundos

Andrea Rabih - Obra Completa - Eduvim - 333 págs.
Andrea Rabih – Obra Completa – Eduvim – 333 págs.

Andrea Rabih murió de cáncer en noviembre de 2001, a los 34 años (casada, con un hijo de 2). Y mientras se moría, escribió. Al morir, su viudo halló dos carpetas de computadora que habían sido creadas y engrosadas durante sus dos años finales: «Melanoma» se llamaba una; «Todos contentos», la otra. En la primera se sucedían una serie de relatos sobre la vida con cáncer; el segundo es una nouvelle con un protagonista lector y bibliotecario, retorcido, infantil y solitario, que se muda al Barrio Chino de Belgrano y se mimetiza con los orientales al punto tal de que se rasgan sus ojos otrora occidentales. Estas dos obras inéditas fueron presentadas al público junto con su único libro editado en vida, la colección de cuentos Cera negra (2000), todos bajo el título rotundo de Obra Completa, que se aprieta en apenas 350 páginas y que llegó a los anaqueles en 2013 gracias al esfuerzo del ‘albacea literario’ y prologuista del libro, Carlos Gamerro, y al lugar que le dieron en su colección de Narradoras argentinas de la editorial de la Universidad de Villa María, María Teresa Andruetto, Juana Luján y Carolina Rossi.

El principal problema que surge aquí no es de la autora, sino del lector: ¿cómo se lee a los muertos? ¿Cuánto afecta, a nivel consciente o inconsciente, la historia del autor en el relato y la interpretación que se construye para sí cada lector? Porque estamos leyendo literatura joven, una nueva generación, imaginando a algunos autores volcados hacia sus obras futuras, y he aquí una que ya ha concluido, una escritora que ha dejado esto y no más. Leer Melanoma es como leer el Diario de Anna Frank, una obra en el que el «basado en hechos reales» se impone al efecto literario, un relato en el que la vemos siempre a Rabih que nos espía desde la tapa y pensamos en el hijo al que apenas conoció, en lo promisorio de su carrera, en los días de dolor físico inimaginables, en los días de azotamiento mental aún más terroríficos. Y en ese marco, Melanoma es abordable, pero muy duro, imposible de comentar desde la frialdad de la crítica. Lo mismo sucede con Todos contentos, evidente pulmón por donde respiraba Rabih, por donde se metía en otras vidas, narraba con detalle, se olvidaba del cáncer. Y sin embargo, ¿cómo leerlo, si también estamos buscando que su inconsciente aflore, si sospechamos que hacerse chino puede ser la corporeización de asumir que su cuerpo ya no es el que era, si creemos que cuando el personaje sueña que le arañan los ojos es a Rabih a la que se le está violentando su posibilidad de mirar? «¿Y si el destino, tantas veces amante de cobrarse compensaciones dolorosas, le ofrecía un amor verdadero a cambio de robarle la vida propia?», se plantea el narrador que sigue de cerca la vida de Eugenio, y no hay forma de que esa pregunta no repique en el lector como una desgarradora reflexión de la autora, un golpe bajo que seguro Rabih no planeó, pero que asoma inevitable por la porosidad de las palabras. En «Medusa», primer cuento de Melanoma, Marina oculta la calvicie de quimioterapia con pomposas y sexys pelucas que le permiten jugar al cambio de rol; en Todos contentos Eugenio camufla sus ojos rasgados tras anteojos oscuros, otro gesto de ocultamiento de la anomalía que, por inversión, termina rezumando coquetería. Dos caras de una misma moneda, dos libros necesarios para llenar de cuerpo a ese eufemismo que se menciona mediáticamente con la expresión cristalizada «larga enfermedad» y que aquí, en la solapa misma del libro —y en cualquier búsqueda de Google también—, se aclara rápidamente con el contundente «Murió de un melanoma el 10 de noviembre de 2001». A partir de ahí, estas dos obras quedan signadas por la muerte, y resulta casi imposible no leerlas desde allí.Rabih - Cera negra

 

Al lado de éstas, la editorial Eduvim recupera también la colección de cuentos Cera negra, editado en el 2000 por Simurg, escrito antes, cuando todos pensaban que Andrea Rabih iba a ser una joven promesa de la literatura, cuando nadie imaginaba que su obra completa iba a ser tan escueta. Este libro fue leído en su momento por Pedro Barcia Rey como un espacio para que el lector descubra, en su propio lenguaje coloquial, «el eterno ridículo de los dramas íntimos y de las contradicciones cotidianas». Dice Gamerro en el prólogo que cuentos como «El polaquito», «Claramente dormida», «Inconfesable amor», «La diferencia» y «Cera negra» «son ya inseparables de nuestra literatura». Rara aseveración para una escritora casi ignota por fuera del más reducido mundillo literario —casi cercado exclusivamente a quienes tuvieron trato directo con Rabih—. Pero hay que admitir que los cuentos son buenos, que la voz se recorta distinta a muchas otras, en especial a la época, marcando una clara diferencia entre lo que podría ser la literatura de los 90 y la que se funda en ese año 2000, con las mujeres al mando, luego de que Fogwill haya allanado el camino para hablar de marcas comerciales, de sexo inconveniente. Así, el libro se inicia con «El polaquito», un médico rubiecito y de ojos claros que va a extirparle un cáncer a la protagonista (sí, así comienza este libro publicado en el año 2000; desconozco si se trata de una maldita premonición o si Rabih ya venía batallando por su salud desde ese tiempo). Y ella se preocupa por que él la desee, por que deje de mirarle la carne enferma y le observe la parte sana: «La voz del polaquito suena clara: ¿cómo estaba, estaba tranquila? No, estaba desnuda y mojada». La tensión sexual que ella vive en el quirófano en el que le van a sacar una porción de piel cancerígena es una forma de unir la vida y la muerte, de unir al cuerpo vital con el enfermo, en un pase donde la desnudez, la exposición frente a un hombre y la posición horizontal son una camilla y una cama por partes iguales (y un féretro también). El sexo y el deseo sexual se vuelven una constante a través de los cuentos.  En su lista, Gamerro parece haber olvidado el relato «La Chacarita», una narración que recuerda al avance constante en las obras de César Aira o Martín Rejtman, donde una mujer soltera y entrando en los 40 vive distintas experiencias sexuales en una tarde, que van desde un joven-eterno estudiante-impotente a un ex compañero de colegio que disimula su identidad, pasando por un taxista de enorme miembro que intenta penetrarla en pleno cementerio de la Chacarita. Todo es alocado, todo pasa de un segundo al otro casi como una burla a cualquier tipo de verosímil realista, tomando como epítome de esa broma a la incansable historia del taxista porteño teniendo sexo con sus pasajeras. Tal vez su mancha esté en los diálogos, que en general parecen prefabricados, poco creíbles incluso dentro del registro establecido por el propio relato, pero el resultado del cuento se puede definir con dos adjetivos quizá no tan habituales en nuestra literatura: caliente y divertido. «La diferencia», por su parte, es una hermoso relato de una hermana mayor recién mudada fuera de la casa de sus padres y recibiendo por primera vez en su casa a la versión de ella misma (su hermanita) unos años más joven: un encuentro simétrico con su propia versión del instante antes de crecer (de tener su debut sexual), en un pasado difuso que la hacía creer en el amor de las películas. Y si de simetría se trata, en «Cera negra» se mantiene latente la tensión entre dos mujeres que habitan cubículos de una depiladora y escuchan historias simétricas desde puntos de vista opuestos debido a las permeables paredes. El cuento que da fin al libro también es destacable: «El círculo del silencio» avanza con el fluir de la conciencia tal cual una narración de Manuel Puig —Rabih incorpora casi ingenuamente una referencia al actor Arturo Puig simplemente para que el lector pueda establecer el evidente vínculo—, donde se mezclan la sexualidad infantil —y, para que sea aún más fuerte, la de las nenas— junto con las diferencias de clases en un relato de culpa burguesa que no por ello está menos logrado que los otros.

La Obra completa de Andrea Rabih es un testimonio del fin de una época y del inicio de otra. En términos literarios, parece haber vivido para hacer el pase del testimonio de una a otra generación, sin poder participar de ninguna de las dos, como un umbral entre los 90 y los 2000. En su léxico se nota mucho más la marca de esos años que en otro librito dedicado a aquella década espuria que hemos reseñado aquí: medicamentos que se pensaron para siempre, como el Lexotanil (página 21) que hasta ayer nomás fue el Alplax y que hoy parece dominar la marca Rivotril, o el pepsamar (98) como sinécdoque de cualquier antiácido; una referencia a «la [Raquel] Mancini, que tiene cejas oscuras, gruesas y el pelo muy rubio, largo» (25) para explicar las cejas que hoy (circa 1995) ‘se usan’ en depilación; el walkman, así, escrito en cursiva (28); el adjetivo «mersadas» (31); recordar idas al ItalPark sin tematizarlo (47); una expresión tan vieja hoy en día como «hacer régimen» (91) para referirse a una «dieta» o a «comer light o sano» hoy (sería como hablar de un producto «diet» o llamar «sacarina» al edulcorante); hablar de «apretar» (97; aunque estas expresiones cambian todos los días, van y vienen, siempre buscando algún término prohibido que se diferencia del usado por la generación anterior: «apretar», «chapar», «tranzar», «comerse a», lo mismo que «quebrar», «vomitar», «fisurar», «lanzar», «devolver», palabras típicas de la faceta nocturna de la adolescencia argentina que busca esconderse en un código de grupo). Una época condensada en una prosa ágil e íntima por partes iguales, con el desparpajo de una narradora que va a ser por siempre joven. A su salud eterna.

 

 

Un pedacito de Cera negra

A pesar de que el paso del tiempo confunde relatos con recuerdos, Javiera Alonso creía haber visto alguna vez aquel pequeño cuarto celeste. Ineludiblemente celeste, ya que todos la habían supuesto un varoncito. Los padres, que siempre fueron gente de una sola palabra, decidieron lacrar su desilusión agregando una letra al nombre planeado; una simple vocal que la condenaría para siempre a inevitables diálogos explicativos y a una compulsión febril por los rituales adivinatorios.

Tal vez por eso, cuando Javiera conoció al único hombre que supo no comentar nada sobre su nombre de pila, nunca más quiso despegarse de él. Esa cauta omisión fue decisiva: por unos instantes le había hecho olvidar que su existencia no era una triste casualidad remendada como una letrita de morondanga. De Fernando, su marido, le habían gustado, también, características tan dispares como su altura, el hecho de que jugara bien al fútbol, un aire protector y masculino, su sonrisa y la capacidad que tenía para sorprenderla con historias de personajes insólitos. En cuanto a los distintos apodos y vocativos, que él solía inventar con dedicación, dieron resultado durante la primera época. Sin embargo, desde hacía unos meses había comenzado a experimentar un raro sentimiento de inexistencia. Leve, intrascendente, como si no hubiera para ella un lugar claro en el mundo, eran las palabras que usaba para explicarle a su amiga más íntima lo que le pasaba.

Más o menos por esa época apareció el francés con todo el aplomo de su traje gris. Javiera nunca hubiera pensado que ese color pudiera ser tan luminoso y recordaba con emoción esa mañana en que su alumno, más por simple imposibilidad articulatoria que por esmero estético, hizo de su nombre un bello encadenamiento de sonidos. «Buenos días, Yavieg», pronunció el francés y su profesora de español se sintió renacer. Yavieg, comenzó a nombrarse ella en secreto, imaginándose una de esas princesas exóticas que los cuentos maravillosos encierran en altillos inaccesibles.

Del cuento «Fresias», págs.. 78-79.

CERA NEGRA (2000) en OBRA COMPLETA (2013), Andrea Rabih
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