Budassi - Los domingos son para dormir

LOS DOMINGOS SON PARA DORMIR (2008), Sonia Budassi

Angustia y escritura

Llegué hasta Sonia Budassi por un mero suceder de links (¿acaso no es todo el sistema literario un gran hipervínculo?), atraído por dos cosas fundamentales: un relato suyo en la colección Uno a uno, que ya comentamos en este espacio, y un nombre que no podía dejar de leer: «Los domingos son para dormir» me pareció un título fenomenal para combatir contra los espíritus alegres que se obstinan en «ponerle buena cara» a momentos en los que ciertamente no estamos disfrutando.[1] Y, efectivamente, la tristeza que rezuma el título aparece patente y contundente en cada uno de los cuentos que componen este libro, que bien se podría dividir en tres secciones muy desparejas. La primera sección podría estar compuesta por los primeros ocho cuentos, distintos escenarios en los que una misma protagonista con distintos nombres narra siempre con el mismo tono original (pero siempre el mismo) distintas situaciones: cómo es ser una latina en Nueva York en «Acto de fe», qué siente una chica al despertar en su departamento de soltera un domingo luego de la fiesta («Todo lo de anoche»), qué sucede en la convivencia de dos compañeras de vivienda («Las cosas que brillan a mi alrededor», «Roommates»). Los otros cuatro cuentos que componen este primer momento del libro tal vez no sean tan homogéneos como éstos, pero por eso mismo tal vez tampoco sean tan logrados. El modo original de narrar hace referencia a un cuidado extremo de cada palabra, una composición de imágenes cinematográficas, que pintan cuadro a cuadro una escena, dándole a cualquier situación una profundidad en el plano visual, donde un cuarto repleto de personas puede ser representado perfectamente como un cuarto repleto de personas y no como una sucesión de grupos apartados en los que nada tienen que ver unos con otros: «Los alemanes huelen el café, el vapor asciende desde las tazas frente a ellos; lo miran, lo huelen pero no lo beben, preguntan por la ucraniana a la que ellos llaman la europea (one of us). El psicópata se acerca, la imagen es él y yo juntos. Desde el baño, por detrás de lo que fue el sonido de mi voz, las débiles arcadas del sufriente pintor. Al rato lo vemos avanzar hacia el living, manos que caminan sobre la pared, mareo palidez de jazmín (amarillo cadavérico, pienso, hepatitis que consume pedacitos de bebés), ¿exagera?» («Acto de fe»: 15).

Así como lo destaco, también lo confieso: este estilo de narración puede resultar sumamente agotador y, al fin, irritante para el lector (e imagino que también para la escritora). En ciertos momentos se cae en un abuso de algunos recursos, como el libre fluir de la consciencia en una innecesaria imitación de Manuel Puig, o el de la oración unimembre para describir estados de situación. Y lo peor de esta reiteración del recurso es que se hace siempre en boca de distintas narradoras, lo que vuelve evidente que no hay casi cambio de personajes, sino apenas nombres distintos, diversos modos de ser cuando mucho. Ese modo de narrar que inicia siendo revelador y sorprendente y que acaba por resultar exasperante está justificado por la segunda parte de la fragmentación que le inventé al libro. Se trata de un cuento de apenas 5 páginas, donde el narrador es la misma voz, pero ahora en género masculino, y donde el tiempo ya no es el de la «chica posmoderna en la ciudad», ni siquiera el de la niña en un relato de tan obvio final como «Seis menos dos», sino un tiempo remoto en un lugar remoto del que no quiero adelantar mucho para que no pierda su efecto sorpresa en el lector. Si Los domingos son para dormir no le atrae, si lo «nuevo» no le interesa, no importa; no deje de leer y releer «La verdad del Lena», porque en estas breves páginas se condensa el estilo narrativo único y formidable de Budassi en una historia que da argumentos para explicar qué hace esta mujer escribiendo lo que escribe en el siglo XXI en Bahía Blanca. Una elipsis de 100 años no significa nada cuando la tristeza del título del libro tiene un origen tan verdadero, esa búsqueda de una identidad que señala Alejandro Soifer que hay en los otros cuentos aparece tan patente acá que sólo basta con leer este cuento para comprender a los otros.

Por último, la tercera parte de esta obra es la nouvelle, «Fuera de temporada», el gran trabajo del libro, porque logra extender la narración consistente de los cuentos en un texto más extenso, que nunca pierde su intensidad y que logra ser uno de esos relatos donde nada parece suceder, pero donde todo está pasando, un descubrimiento de la nimiedad de las relaciones, explotado al máximo en el vínculo entre tres amigas (sabemos que el tres siempre es conflictivo, generador de constantes y cambiantes complicidades de dos contra uno que no se dan ni en las parejas ni en los cuartetos). Allí, Gloria narra tal como lo hacen las otras narradoras en los otros cuentos, y llega a describir cómo es vacacionar «fuera de temporada» (en diciembre) en Pehuencó, un balneario menor al lado del «inmenso» Monte Hermoso. La nouvelle logra remitir directamente al título de la obra, pues las vacaciones aparecen con las mismas dificultades que los domingos: se trata de tiempos muertos, sin ninguna ocupación, que están pensados para el disfrute pero que en una gran cantidad de personas terminan siendo destinados al pensamiento, a la insoportable reflexión que durante los ocupados días de trabajo no tienen lugar. Como dice Benjamin, en el ocio aparece la angustia que lleva a la escritura, fruto de demasiado tiempo para pensar. Dentro de ese fluir de las ideas todo se tensa, y entre tres amigas se descubren hilachas, metas no cumplidas, fracasos consumados, personalidades irritantes, el desconcierto de corroborar que esas personas que están ahí nada tienen que ver con uno más allá de una cierta cantidad de tiempo compartida. Y también la certeza de que tampoco es necesario ahondar tanto en ese pensamiento, en la angustia que genera el escepticismo, ese mal que sufrimos todos los que ya sabemos que Dios no existe pero que tampoco tenemos ni la menor idea de qué es lo que nos mueve cada día. Horadar esa idea nos puede llevar a sucumbir, y por alguna extraña razón eso es algo que no deseamos. Por eso los domingos son para dormir, y los lunes, para trabajar, seguir con la rueda, hasta que un día se halle un camino en todo este campo. Dicho todo esto, resulta una obviedad agregar que el libro no es para cualquiera, que puede parecer deprimente, pero que ante todo es honesto, y que es una declaración más en contra de la idiotez de pensar que la alegría está presente en todos los momentos de nuestros vidas, cuando en realidad son apenas mínimos fragmentos, simples relámpagos de felicidad.

Un pedacito de Los domingos son para dormir (se puede combinar con las líneas de lectura que ofrece la autora de su propia obra, siguiendo este link):

El chofer dice qué linda que estás hoy como si me viera todos los días, sonrío y digo gracias, por primera vez en forma natural como me enseñó Fabiana: cuando un hombre dice algo lindo no tenés que negarlo ni ponerte colorada, tampoco tiene que parecer que no le creés; lo mirás a los ojos, sonreís y le decís gracias con seguridad, nunca te pongas nerviosa; hay que actuar como si todo el tiempo, incluso desde chiquita, te dijeran cosas así, lo más importante es convencerse a una misma de lo hermosa que está. Le doy uno de mis discos y le digo que estoy contenta, que me encanta pasear los domingos, todavía no decidí adónde ir pero por el momento voy a buscar a mi mejor amiga y después veremos; él me mira por el espejo retrovisor y me pregunta si tengo novio. Ahora no, pero antes sí tuve, digo. Qué raro una chica tan linda y sola, dice. Enciende un cigarrillo y me ofrece uno, no, gracias, no fumo, digo, como lo veo algo más grande, como con hijos, le pregunto si está casado y él dice es una pena pero no, todavía no encontré a la mujer de mi vida. Su tono es melancólico, quiero decirle cuánto lo comprendo pero no digo nada: no hay que decir ese tipo de cosas porque los hombres las creen y después piensan que estamos enamoradas de ellos, que nos queremos casar, y entonces se asustan y te abandonan, decía Fabiana pero yo no estoy segura de que todos los hombres sean así. Al llegar, me devuelve el CD, y dice son siete pesos, por ser vos, seis y cuando sonríe le dejo una propina importante porque se la ganó como se la ganan los meseros simpáticos; a los maleducados que te atienden mal nunca les dejo nada. Toco timbre y Cecilia dice que ya baja —los príncipes van a la guerra y las princesas comprenden pero lloran, tejen bellísimos tapices con los nombres del amor, pasean nostálgicas por bosques que rodean castillos dorados como el pelo de sus hombres; chicos Sedal en este mundo de autos veloces, ciudades grandes como la Capital, luz eléctrica, microondas, sin caballeros ni príncipes pero una vez un granadero me sonrió, yo la princesa, la dama patricia, no la que actuaba en el colegio (no bucles tras horas de sentir la vergüenza de ruleros bajo la redecilla) sino de verdad, mi granadero a caballo salva la patria pero muere de amor, corceles desbocados que en soledad mueren como sargento Cabral que ha luchado por el honor, primera en la fila canto solemne y triste y nadie siente la emoción que yo revivo, yo sé del honor, depositaria del valiente corazón del granadero enamorado—; no importa lo que podamos hacer hoy, me preocupa mañana, la semana que viene, cuando tenga cuarenta o cincuenta y dos años, pero hoy lo que importa es vivir o no con ella, volver o no a casa, con mamá y papá estaba mejor, ahora puedo verlo todo, soy conciente de tantas cosas, vamos a tomar algo, Ceci, creo que estoy madurando, por ahí después podamos ir a bailar o a cenar, comer kilos de helado de dulce de leche, son tantas las cosas que me pasan.

 


[1] Otro link sería una frase en una canción de Estelares que siempre anda dando vueltas por mi cabeza: «Y no hablamos las cosas que siempre quisimos los días domingo».

Sonia Budassi - Los domingos son para dormir - Entropía - 164 págs.
Sonia Budassi – Los domingos son para dormir – Entropía – 164 págs.
VVAA - Uno a Uno

UNO A UNO. Los mejores narradores de la nueva generación escriben sobre los 90 (2008), Diego Grillo Trubba (comp.)

Diego Grillo Trubba (comp.) - Uno a uno. Los mejores narradores de nueva generación escriben sobre los 90. - Reservoir Books - 278 págs.
Diego Grillo Trubba (comp.) – Uno a uno. Los mejores narradores de nueva generación escriben sobre los 90. – Reservoir Books – 278 págs.

Simbología de lo obvio

Siguiendo con la línea de nuestra última entrada, volvemos sobre otra colección de cuentos de distintos autores. Como la vez anterior, en este caso también son escritores jóvenes, pero no tanto. En su mayoría son miembros de la nueva oleada de narradores, una generación que trabaja casi en conjunto, con muchos puntos en común entre sí, aunque cada uno con su estilo propio. Casi todos vivieron su adolescencia y sus primeros años de universidad durante los 90, y eso está en el mandato que recibieron cuando Diego Grillo Trubba los convocó para que participen de este proyecto: contar algo de esos años marcados por el auge del neoliberalismo en Argentina. En la tercera de una serie de cinco libros editados bajo el sello Reservoir Books, la mega multinacional RHM apuesta por una literatura que en muchos casos va en paralelo al mercado, con autores no tan leídos por fuera de un pequeño nicho, solventados en cierta medida por los best-sellers de novelas de amor y de suspenso, autoayuda, periodismo, farándula y política que editan con otros sellos (la caída en desgracia Sudamericana principalmente), en una ironía demasiado grande para narrar los años en que estas grandes corporaciones entraron en su panacea. Así, Uno a uno nace como una ironía de sí mismo, con algunos cuentos de cierto interés y generalmente bien ejecutados, aunque con la falencia del permanente lugar común, desde el parripollo y la cancha de paddle hasta el desempleo y los grasas de Punta del Este.

El problema central que tienen todos estos cuentos no es la destreza de cada uno de los narradores —que la tienen de sobra en casi todos los casos, y que quedan demostradas en los mismos relatos—, sino la voluntad de hacer visible un tópico. Sobre los 90 se logró construir un ideario que, al menos hasta ahora (¿será por alguna particularidad específica de la época? ¿Será porque es aún demasiado reciente?), casi nunca fue discutido. Desde los mismos años 90, pero especialmente desde la crisis de diciembre de 2001, desde la devaluación del peso, desde la negativa de Menem de participar del ballotage del 2003, se creó una suerte de fantasía en la que nunca nadie fue menemista, y se erigieron una serie de símbolos de los años 90 que pregnaron fuerte en el inconsciente colectivo: los 90 son las drogas, la corrupción, la farundalización de la política, el reinado de la TV, los viajes a Miami, las vacaciones en Punta del Este, el «deme dos», los atentados contra el Presidente y toda la nación, el hambre de los chicos del interior, y muchas cosas más. También son símbolos más pequeños, como los cabarets (Spartakus), María Julia y Corach, el animal print, las luces dicroicas, Página/12, Susana, Moria y Tinelli, el PC Fútbol, los videoclubs, Todo x 2 pesos y más y más etcéteras. «Pizza con champagne» fue la fórmula que más trascendió, y quizás debamos simplemente atenernos a ella. El punto es que se generó una sucesión de símbolos aceptados por gran parte de la sociedad como propios de los 90, y el problema central de Uno a uno es que en la mayoría de los casos se busca sembrar los textos de evidentes marcas de estos símbolos para encuadrar el relato, cayendo en subrayados obvios. Los mismos cuentos dentro de una colección que no hable de los 90 podrían resultar más sutiles, más ingeniosos, llenos de pequeños guiños, pero aquí, con una tapa de una rubia con bandana, anteojos oscuros y animal print brillando frente a las luces del Ital Park, se ven las costuras por todos lados, y el resultado es una maquetación en tono literario de las cosas que ya sabíamos sobre aquella época.

Tal vez sea por esto que dentro de un libro homogéneo, en el que el nivel tiende a ser bueno pero nunca deslumbrante y donde todos los relatos son narrados en primera persona, se destaquen los textos desopilantes, los que no tratan de aleccionar ni instruir sobre los 90, sino apenas divertir en el marco de un cuadro de situación contextualizado constantemente por estos símbolos noventosos. «Paddle», de Sebastián Martínez Daniell, y «Próceres argentinos», de Diego Ariel Máteryn, son los mejores porque toman directamente símbolos por excelencia de la época y no los intentan disimular, sino que los exponen hasta el ridículo. Máteryn hace una guerra entre dos parripollos vecinos que, si genera un primer viso de desconfianza en lo obvio y remanido del tema, acaba por hacer estallar en carcajadas al lector en varios momentos del relato. Lo mismo pasa con Martínez Daniell, que esboza una crítica indirecta a la sociedad de la pura imagen, a ese «entintar el bisoñé» que le resulta el paddle, todo contado en una combinación de letras cursivas y redondas con un final en el que se descubren dos tramas superpuestas.

El resto es una mezcla de entretenimiento y nostalgia, como si fuese mirar uno de esos videos de YouTube titulados «¿Te acordás de los 90?» o la mediocre serie online Volver al uno a uno[1]. De esa llaneza se pueden destacar también los relatos de Sonia Budassi, Julia Coria y Pablo Toledo, sólo porque construyen tramas más consistentes y sus relatos son más sólidos, o Washington Cucurto, ya «viejo» para esta selección de jóvenes narradores, que compone un cuento fiel a su propio estilo y que podría decirse que poco tiene que ver con el tópico requerido. Los 90 generan todo el tiempo un ir y venir entre la nostalgia del tiempo pasado (y, en muchísimos casos, disfrutado) y la culpa de haber hecho siempre la vista gorda. Es un tema sobre el que volveremos, pero no desde este espacio, sino en el marco de escrituras más cercanas a lo académico, con el análisis de producciones de tres artes distintas producidas durante el período: el disco Miami (1999), de Babasónicos; la novela Vivir afuera (1998), de Fogwill, y el film Buenos Aires Viceversa, de Alejandro Agresti (1996).

Un pedacito de «Próceres argentinos», de Diego Ariel Máteryn:

Cuando ahora veo que alguien, sentado en el cordón de la vereda, botella de agua en mano, masticas sin ganas una milanesa reseca entre dos pedazos de pan, el corazón se me hace una frutilla arrugada. Porque antes las cosas no eran así. O al menos no fueron así en la época dorada de los pollos, la época de los parripollos, cuando en cada cuadra se podía encontrar un refugio digno para el hambre del mediodía o de la noche.

Llegaron a ser cientos, miles, una plaga. Casi todos iguales: parrilla cubierta únicamente de pollos, freidora industrial de papas, bolsas de plástico para los que se llevaban el pedido, barra bien ancha para apoyar el codo y quizá unas pocas mesas con sillas de plástico algo incómodas, porque enseguida se les vencían las patas y había que hacer equilibrio para no balancearse. Digo que eran casi todos iguales porque el de mi viejo era distinto. Y no porque le faltase algo para ser un parripollo auténtico, nada de eso, sino porque ningún otro hacía funcionar cada sábado, en los fondos del local, un tremendo pollódromo.

Uno a uno, p. 105

 

Un pedacito de «Paddle», de Sebastián Martínez Daniell:

 

Quiero que lo piense un momento. Que el deporte es una puesta en acto de la guerra es algo que cualquier memo puede entender. El deporte es la continuación de la guerra por otros medios, diría Von Clausewitz. Es decir: el deporte como intento mimético de transformar lo bélico en lúdico. Ahora visualice el juego del paddle. ¿Verdad que le es familiar? El reglamento, la red, las mismísimas pelotas. ¿Todo esto le recuadro algún otro deporte? El tenis, claro.

            El tenis como representación inofensiva de la matanza bélica. Y el paddle como mueca plagiaria del tenis. Que yo no sea capaz de pelear una guerra parece atendible. Que no pueda ganar en la contienda mínimamente auténtica de un digno deporte fundacional ya comienza a revelar visos de debilidad en mi carácter. Pero que ni siquiera sea capaz de ganar al paddle es vergonzoso. Que no pueda demostrar una mínima pericia en el terreno más deprimido de la topografía del quehacer humano… Ignominia.

Uno a uno, p. 239

 


[1] Sobre esta serie tengo bastante para decir, porque el tópico «los 90» es un tema que genera especial interés. Me limito a acotar que capítulo a capítulo se exhiben todos los símbolos de la década, a la vez que se genera la ambivalencia entre el disfrute y condenar ese disfrute que tanto trascendió en torno al recuerdo de esos años. Es, en cierto modo, una versión aún más explícita de los problemas que señalo para el libro Uno a uno.

Oloixarac - Las teorías salvajes

LAS TEORÍAS SALVAJES (2008), de Pola Oloixarac

Oloixarac - Las teorías salvajesSALVAJE COMO TIGRE DE ZOOLÓGICO

Me avergüenza decir que leí este libro dos veces. La primera, por curiosidad, y me pareció malo. La segunda, porque me daba cierto pudor hablar mal de un libro sin recordarlo mucho, hacerlo apenas a partir de una primera impresión. Pensé que si críticos prestigiosos, como Daniel Link (en la contratapa) o Beatriz Sarlo, o editoriales de tan diversos países lo habían considerado una pieza clave de la literatura actual, quizás había algo que no había entendido. Pero al fin y al cabo, me encanta corroborar lo certero de las primeras impresiones, y entonces comienzo por lo que me atrajo en primera instancia, el nombre: Pola Oloixarac. Creo que todo el engaño puede resumirse en este significante atractivo y vacío. Es pretencioso, único, complejo. O, en realidad, es una idiotez: «Pola» en lugar de «Paula», «Oloixarac» como una inversión de «Caracciolo», una «x» para decorar, y listo. Paula Caracciolo entonces es quien escribe esta fábula sin mucho brillo pero con grandes adornos, casi como una joya de bijouterie, un Rolex trucho. Toda la ficción se sostiene a partir de elementos paratextuales: el apellido misterioso (¿cuál será el origen?), los elogiosos comentarios de la crítica, la foto de una belleza poco ortodoxa en la solapa (y leyendo un libro en pose sexy), las aclaraciones de todas las traducciones que se hicieron del libro, y hasta el video en Youtube de ella cantando sensualmente la marcha peronista en portugués, al ritmo del bossa nova, y con el aval de varios escritores (también prestigiosos en algunos casos) en la audiencia.

Oloixarac, Pola

 

Eso es todo lo que hace de Las teorías salvajes un mito, algo tentador, que no se puede dejar de leer. Todo eso, hasta que uno tiene la mala suerte de comenzar con el texto que compone la novela. Allí los gestos continúan, pero no son más que eso: gestos. Porque la autora cree que es desafiante y renovador hacer el primer personaje con Síndrome de Down en la literatura argentina, pero cualquiera que lo lea podrá descubrir que eso no es un personaje, sino apenas un esbozo sin esfuerzo de la suma de un nombre y una característica. Resulta disruptivo no desde el punto de vista de lo políticamente correcto ni desde lo literario, sino desde los parámetros de la buena construcción del personaje. Y meterse con un tema sensible, haciéndolo tan mal, genera la sospecha de que este Rolex trucho no sólo no pasa la prueba del oro, sino que ni siquiera da bien la hora. Y eso, sin contar lo trabado de la prosa, la poca gracia con la que la narradora va de un tema a otro, exponiendo conocimientos, citando libros, autores, teorías, historias de bajos fondos, como nos lleva a pensar Sarlo, toda una colección de Google que está lanzada en el texto, sin más trabajo que un tono de sabelotodo, potente pero sin gracia, sin ninguna clase de empatía. Y podríamos decir que la contratapa de Link está a la altura de la novela: en un texto de menos de 25 líneas habla de comedia isabelina, roman philosophique, modernidad, sujeto universal, comedia disparatada de los años 50, Humbert-Humbert, Rousseau, Wittgenstein, Nippur de Lagash, Matrioshkas, Proust, leer à clef, filo-sofía y del barón Jacob von Uexküll. Si esto no es name-dropping, si acá no se está practicando el esnobismo de poner sobre la mesa todo lo que he leído porque en realidad no sé qué decir de bueno sobre esta novela, entonces probablemente el error haya sido mío, que no comprendí ni la contratapa de Link ni lo interesante que pueda llegar a resultar Oloixarac.

En el medio de todo ese enjambre de palabras que intentan construir una novela pos-posmoderna (¿cuántos «pos» seremos capaces de agregar que justifiquen este tipo de «obras»?), es dable reconocer que el libro tiene cierta coherencia, que su construcción no es completamente arbitraria y que Oloixarac tiene algunas destrezas en el arte de la narración e incluso más de una idea ingeniosa (me gustó la frase «A menudo se encontraban bajo la vertiginosa impresión de que toda conversación era el preludio de un nuevo prejuicio», por ejemplo). Si se la critica, es porque estamos considerando que tiene una base mínima de calidad literaria que la hace pasible de ser criticada. Sin embargo, su escritura debe estar respaldada en algo más que una sucesión de parodias a todo lo que sabe, debe tener algún sustento más firme que una simple y vulgar mirada cínica.

Por suerte para el objetivo de los cuatro párrafos, Damián Selci y Nicolás Vilela ya han escrito un texto un poco más extenso, prolijo y exhaustivo de por qué Las teorías salvajes es una obra mediocre, fácil de desarticular, ya sea desde su sintaxis, su selección de palabras, sus temas o incluso sus ridículos subrayados constantes o sus explicaciones que nos hacen pensar en qué tipo de lector estuvo pensando ella (¿cómo pensar en alguien que entiende lo que es la facultad de Filosofía y Letras de la UBA con sólo nombrar «Puan», y que, a la vez, no sabe qué es la Mansión Seré? Bueno, Oloixarac habla impunemente de «Puan», pero tiene que aclarar que la Mansión Seré fue «un centro clandestino de detención que funcionaba en la localidad de Morón»). Dejo el link al artículo, y copio el texto acá por si gustan seguir con la hipótesis de que este libro no merece ser leído. Si quieren convencerse de lo contrario, allá los links a Sarlo y Link, valga la redundancia. Para juzgarlo por su cuenta, transcribo el clásico fragmento que incluimos al final de cada comentario.

 

 

 

 

Un juicio sobre Pola Oloixarac

Análisis de Las teorías salvajes en sus niveles estilístico, cultural y político. La filosofía, el Zeitgeist y la agenda del progresismo
Por Damián Selci y Nicolás Vilela

 

1- Mis Documentos

Aunque muchos comentaristas coincidieron en que Las teorías salvajes (Entropía, 2008) es un libro “sádico”, “revulsivo”, “sin miramientos en su crítica del ambiente cultural argentino”, hay elementos para pensar que, pese a todo, tiene un final feliz. En el último capítulo la narradora se prepara para un encuentro con un profesor de la universidad, Augusto García Roxler. Leemos entonces lo siguiente: “Tengo la tentación de imprimirle la carpeta entera de ‘Mis Documentos’, mi compendio de observaciones desde el comienzo de mis lecturas adultas, la totalidad de mis intuiciones antropológicas, esbozos de las teorías nuevas sobre las que estoy trabajando, mi sociológica historia de la perversidad. Pero no. Mejor recapitular. Ordenar, enlazar, componer, volver a numerar”. Durante toda la novela García Roxler, docente universitario izquierdista, fue parodiado con saña; sin embargo, en la última escena se convierte en alguien envidiable: al parecer él, a diferencia de nosotros, se salvó de leer la novela entera de Pola Oloixarac (1977). Final feliz, entonces: para García Roxler, no para el lector. Considerando el carácter más bien inútil que marca desde el principio el contenido de este libro, se puede pensar que Las teorías salvajes es la impresión de la entera carpeta de “Mis Documentos” de una estudiante de filosofía singularmente eufórica. Sin embargo, o quizá por eso mismo, Las teorías salvajesse ganó un atisbo de novedad; esto puede ser notable o incomprensible según se mire, y para muchos, directamente irrelevante; pero el que todos los logros de Las teorías salvajes deban ser situados del lado del ruido cósmico y la venta de humo no excluye, y más bien reclama, una intervención crítica de tendencia humanista y quirúrgica. No hay que descartar que los comentaristas, en su mayoría, hayan escuchado música celestial donde no había más que un coro de bocinazos (no sería la primera vez) pero, en todo caso, a los efectos de la comprensión intelectual se torna necesario hacer un mínimo sobrevuelo por el enorme cúmulo de ideas que Oloixarac vertió en su novela y en sus entrevistas. Hay un hecho sugestivo, y es el siguiente: la pátina de “desparpajo”, de “novela ambiciosa”, de “libro necesario” que Las teorías salvajes consiguió durante el verano obstruye la percepción del carácter fundamentalmente regresivo del texto en todos los niveles de su forma: en lo sintáctico, en lo cultural, en lo político. Es lo que nos proponemos demostrar.

 

2- “La sintaxis no miente”

Empecemos con la “preocupación por el estilo” que Oloixarac manifestó en la reciente charla en Eterna Cadencia organizada con motivo de la presentación de la novela, y sumémosle a eso la cantidad de veces que aparece la palabra “sintaxis” en el texto (¿doce veces? ¿veinte veces?). Abrimos Las teorías salvajes y leemos la primera oración: “En los ritos de pasaje practicados por las comunidades Orokaiva, Nueva Guinea, los niños que van a ser iniciados, varones y niñas, son primero amenazados por adultos que se agazapan tras los arbustos”. Es una sorpresa, realmente. En términos estilísticos parece un inicio poco prometedor: tres participios rimados (“practicados”, “iniciados” y “amenazados”), un criterio extraño para la aposición de los sustantivos (“niños” es dividido, redundantemente, en “varones y niñas”) y una aliteración de tres vocales que salió indemne de la corrección (a-o-u: “adultos” y “arbustos”, las dos en el mismo período). Quizá no se pueda ser tan exquisito; los comienzos siempre son difíciles. Pero al rato nos sentimos otra vez desorientados. Descubrimos que casi no hay página que no contenga alguna palabra en itálicas: “La filosofía es el playground de Satán”; “La culminación mezclaba las lágrimas y el semen, se sentía muy terapéutico”; “la bandapunkie Dos Minutos”. Qué raro. Si en la primera frase el recurso se justifica porque se trata de una palabra extranjera, en la segunda… ¿por qué? ¿Y la tercera? ¿Qué es una banda punkie? Difícil saberlo. Existen bandas punks en nuestro país por lo menos desde 1979 (Los Violadores), momento en que la autora tenía dos años. Sin embargo, no parece que sea la falta de cultura joven lo que explique esta rareza de Oloixarac: palabras tan cercanas como puff, blog, disc-jockey, que ya tienen carta de ciudadanía por el uso, son sometidas al bastardilleo, como así también legible, efecto, post, intervalo o cualquier otra… La revista Viva no se atrevería, como Oloixarac, a ponerle cursivas a un campusuniversitario. Sin dudas es una escritora con mucho desparpajo. Pero en fin, ¿qué son unas cuantas itálicas desperdigadas por ahí? Nada. En cambio preocupan más las repeticiones de estructuras (“Caminando a zancadas, esquivando mis juicios lapidarios”), la imitación quizá voluntaria del lenguaje de traducción (“quitarle”, “más de las veces”), el recurso permanente a la prosa de monografía (“se sabe”), la abrumadora cantidad de menciones a filósofos (“el primer Wittgenstein”), la construcción de metáforas equidistantes respecto del posestructuralismo francés y la copia novata del romanticismo (“en otros pozos de sentido, otras penínsulas de rocas”), el procedimiento de “risa enlatada” (un personaje hace una observación “picante” y la narradora, para ayudarnos, aclara que otro se ríe), más aposiciones increíbles (“Porque lo que quiero decirte -lo que aúllo por comunicarte-“), más itálicas, más nombres, más, más… ¿A qué responde este sistema expresivo? ¿Inseguridad retórica? ¿Falta de autoestima estilística, tal vez? Como hipótesis se puede sugerir que Oloixarac no tiene mayor confianza en su prosa y que por eso apela al relleno, la redundancia, la gigantografía. Rara vez deja tranquilos a los sustantivos; prefiere hostigarlos con aposiciones, construcciones adjetivales, subrayados… Hacia la página 141, cuando el lector ya percibió que la narradora no tiene un buen concepto de la izquierda occidental, hay una escena donde un libro de Trotsky queda tirado en el piso: parece suficiente demérito para el marxismo soviético, pero a Oloixarac no le alcanza, y nos reasegura que lo que está ahí es su “pobre, avejentada e inútil historia de la revolución rusa”. Adjetivos, adjetivos, adjetivos: todo tiene que ser remarcado en el estilo-pánico de Oloixarac (1).

 

3- Miguel Cané con polleras

Un personaje “levanta una ceja despectiva”, otro mira con “canónica desconfianza”, la narradora se refiere a un “tono de maestrita bonaerense”: hipálages, hipérboles y diminutivos son tres de los recursos con los que la adjetivación se hace cargo de un único sentimiento: el desprecio social. El balance del breve análisis precedente arroja un resultado claro: un estilo dispuesto a perderse entre adjetivos desdeñosos, aposiciones redundantes, bastardillas que fingen distancia en palabras que no la tienen, etc., es un estilo con un afán de distinción cultural. Lo que importa a la hora de escribir no es, parece, canalizar literariamente las ideas, aspiraciones y temores de los contemporáneos, sino marcar con una cruz a los ignorantes y parodiarlos sin tregua. ¿Quiénes son los ignorantes? Adelantemos algo que vamos a retomar después: los ignorantes son los subeducados por “la cultura progresista”. ¿Quiénes son, entonces, los sobreeducados? Aunque no parezca, es por medio de esta pregunta que puede entenderse aquella extraña afirmación de Oloixarac durante la charla en Eterna Cadencia: el lector ideal deLas teorías salvajes sería, según dijo, “una persona profundamente humanista”. Considerando la vocación peyorativa de Las teorías salvajes, parece una tesis indescifrable, y sin embargo no lo es: el nombre propio que aclararía la cuestión sería el de Miguel Cané, autoproclamado humanista que con una mano escribía loas a los autores clásicos y con la otra redactaba una Ley de Residencia para expulsar a los inmigrantes que quisieran introducir ideas socialistas en la clase obrera argentina. Esta referencia no tendría que sonar desmedida: después de estudiarlos un rato, tenemos la sensación de que los “saberes” de la novela no buscan proporcionar alguna información útil sino que funcionan como vectores de estratificación social. El conocimiento aparece como una determinación acumulable que distingue entre los que “saben” y los que no. Y los que saben son los que leyeron, claro: ante todo, filosofía. Por esa razón, no resulta necesario que el saber sea verdaderamente profundo, o sea, útil en algún sentido; a los efectos de Oloixarac basta con mencionarlo. Todo sucede como si Platón, Aristóteles, Descartes, Kant, Rousseau, Hobbes, Clausewitz, Wittgenstein y Althusser pasaran, saludaran a la plebe y se metieran de nuevo en la hoja de apuntes (2). Por momentos Oloixarac entiende que tratar a los filósofos como se cantan los números de la lotería puede ser insuficiente como prueba de sofisticación, y entonces filosofa sobre: Borges, la cópula, el Aleph y los espejos; Platón, los guerreros homosexuales que son tanto más guerreros cuanto más homosexuales; Hobbes y el terror… Pero claro, no son temas inéditos, sino una doxa desmayada. Oloixarac parece decirnos que es mejor evidenciar un saber cualquiera antes que preguntarse qué hacer con él (por eso las bastardillas enfatizan una palabra de cada cuatro: para generar apariencia de concepto). La mímica argumentativa de su novela está hecha de notas al pie, citas en lengua original, referencias bibliográficas, y no de algún contenido digno de atención. Esto se vuelve particularmente claro en la charla en Eterna Cadencia, donde Oloixarac acometió con un panegírico de la escritura “pura”, argumentativamente acérrima, de Spinoza: “¡Eso es escribir historias!”, aseguró. Pero si relacionamos esa frase con lo que pasa en Las teorías salvajes queda claro que Oloixarac entiende a la literatura como un recipiente donde emitir teorías que no podrían sostenerse ni un instante en los géneros argumentativos convencionales, y a la filosofía como un barniz para disimular el descascaramiento de su prosa literaria. Por cierto esto no significa que Las teorías salvajes esté “entre” la filosofía y la literatura, sino más bien que pretende estafar a una con la otra. Es, podríamos decir, el triunfo de la parafernalia. Y la parafernalia tiene una lógica implacable. Oloixarac no se priva de escribir su propia ontología; esto le habrá demandado tiempo, seguramente, y es una pena porque nadie se lo devolverá. De cualquier manera, podríamos pensar que sí existió una recompensa: la simulación del pensamiento por parte de Oloixarac tuvo como contrapartida la simulación de la sorpresa por parte de los reseñistas. Es posible (¿por qué no?) que el simulacro haya sido tan bueno como para que los mismos actores se lo creyeran. Pero, aunque hay que respetar las creencias privadas de las personas, nuestros problemas son otros: a nivel cultural, la base del humanismo conservador de Oloixarac es una absoluta tabula rasa de información práctica.

 

4- Oloixarac y sus precursores

Nada compite en asco con el capitalismo escénico desarrollado por las izquierdas para la comercialización de sus productos. Es una forma de banalidad común a las sociologías triunfantes: el silogismo práctico según el cual la verdad está necesariamente del lado de los perseguidos y de los pobres, sólo porque halaga al ideal democrático en vigencia y otra sarta de eufemismos que no pueden ser puestos en duda. Tener una izquierda triunfante en el ámbito de la cultura tiene consecuencias peores que simplemente malas películas. (Pola Oloixarac, Las teorías salvajes, p. 188).

El pobrismo no es un mecanismo de dominación, es una visión de la sociedad, una filosofía de vida, una versión del mundo. (…) Pobrismo es hacer de la comunidad carenciada una comunidad virtuosa, del hombre caído un personaje siempre más valioso y mejor que el hombre entero y capaz de algo. (…) Pobrismo es, para un político, cortejar a la pobreza como a una novia, siendo incapaz de generar otra estrategia de poder que la de reinar en el vacío. (Alejandro Rozitchner, “Una visión pobrista”, http://www.bienvenidosami.com.ar/v2/articulos/2005_Noticias_UnaVisionPobrista.html).

El impulso básico de Las teorías salvajes se podría resumir en la siguiente fórmula: hay que terminar con la hegemonía de la izquierda progresista en el campo cultural. No hay otra manera de entender la ideología del libro. Los reseñistas han marcado el carácter “crítico, revulsivo” de Oloixarac; lo que no dijeron es que todas las críticas que hace van por derecha. La novela incluye una parodia de la pregnancia del marxismo en la universidad; una parodia de la educación sexual en los colegios; una parodia del diario íntimo de una militante maoísta; una parodia de un profesor de izquierda; una parodia de otro profesor de izquierda; una parodia de las mujeres que se anotan en la carrera de Psicología; una parodia del discurso de una psicoanalista lacaniana; una parodia de una docente bonaerense que habla marcando las zetas; una parodia del modo de vestir de los estudiantes de Puán; y otras parodias que omitimos por cansancio. Por supuesto, decir que Oloixarac es una escritora de derecha sería erróneo: no es escritora. La disyuntiva entre escribir legiblemente y emitir una opinión desaforada contra cualquier cosa que parezca izquierdista decanta, por sí sola, en la segunda opción. Si bien es probable que Michel Houellebecq sea un referente para Oloixarac (como lo es, según declaró en Eterna Cadencia, Peter Sloterdijk, un filósofo alemán muy parecido, en cuanto a lo atrevido de su inanidad mental, al escritor francés), por razones de locación Alejandro Rozitchner parece una referencia más apta. Y no solamente porque tanto Oloixarac como Rozitchner usen la filosofía de un modo que no desentonaría con la revista Brando, situándose entre una nota sobre la mejor manera de invertir 30 mil dólares y la última producción fotográfica de Pampita Ardohain. Los párrafos arriba citados muestran que además comparten un nietzscheanismo glotón y arancelado. Pero Oloixarac es más joven o (todavía) más vehemente que su colega; no solamente quiere ser de derecha, además quiere demostrar la superioridad filosófica de la derecha. En esta instancia el libro alcanza un súmum de risibilidad. En la página 87 podemos leer que el sentido de la palabra “revolución” en Copérnico, designando los trayectos fijos de los planetas, tenía un “sentido fuertemente conservador” que “sólo se vio modificado posteriormente con el quilomberismo jacobino francés”. Nosotros, lectores modernos que apoyamos el proceso contra Luis XVI, nos preguntamos: ¿y? Es triste, o inevitable, que Oloixarac se distraiga con semejante bagayeo. Pero todo derechista tiene en algún momento que hacer un excurso etimológico para refrenar el avance de la marea roja: Nietzsche buscó en la Genealogía de la moral la etimología de la palabra “bueno” para mostrar que el término original no se predicaba de los pobres y toda la lacra social judeocristiana, sino de los vikingos; Heidegger buscó la etimología del término griego aletheia para probar que Occidente se había cerrado al Ser y había caído entre las tenazas del americanismo y el sovietismo; Mariano Grondona también es famoso por buscar etimologías, y a veces hasta por encontrarlas. Para decirlo de una vez, Pola Oloixarac no es moderna. El recurso a la etimología como piedra de toque de sus críticas a la tradición de izquierda es una prueba clara de que, ante todos los fenómenos de la vida social, Oloixarac mira para atrás. Su desprecio no es una comprensión del mundo sino la secreción imparable de una melancolía agrietada, medieval. Con estas premisas, será claro para el lector que cuando Oloixarac se abone a escribir sobre la lucha de clases en la Argentina de los 70 sólo podrá exhibir una desorientación máxima. La novedad, en este punto, se limita a refritar dos veces la teoría de los dos demonios (cf. el ¡otro! excurso etimológico sobre la palabra “bestia” en la p. 193, y el videojuego Dirty War 1975 en la 213 y ss.)

 

5- TN o el Zeitgeist

La distancia que Oloixarac impone con el mundo humano, expresada en la sintaxis aterrorizada, en las descripciones con mero afán despectivo, en los muñecos inertes que hace pasar por personajes y en las escenas inverosímiles que monta con la sola voluntad de escupir contra algún lugar común progresista, es precisamente lo que le cierra el acceso a la comprensión del mundo en el que vive. Por eso estamos en condiciones de afirmar que en Las teorías salvajes no hay ideas sobre nuestra época. La entrevista en donde Oloixarac decía que lo que le interesaba era aprehender el Zeitgeist nos había entusiasmado; la novela que vino a testificarlo nos dejó un regusto a decepción. Por duro que sea, hay que asumir que la promesa de entender el presente decae hacia la perezosa ocurrencia de que el mundo de los jóvenes está hecho de drogas sintéticas, fiestas, orgías, blogs y videojuegos violentos… ¿Realmente Oloixarac cree en todo esto? Es una etnografía de noticiero, esquemática, que sólo repite el nivel de credibilidad y espesor de los columnistas de TN, siempre interesados en la sexualidad borrosa de los floggers y en “el descontrol en Villa Gesell”. Insignificancias, claro, históricamente causantes del fastidio de generaciones de artistas e intelectuales, pero que no disgustan a Oloixarac. Para abreviar, en lugar de un Zeitgeist novelado encontramos delirio de novedad, populismo informativo y fanatismo derechista: se dirá que son los riesgos de escribir con el televisor prendido, y es posible; no hay muchas maneras de explicar el escandalizado interés por los vendedores ambulantes de la facultad, ni el enfoque de suplemento informático dominical con que la novela se acerca a “temas de actualidad” como internet y los hackers; hasta hay una escena de “inseguridad” con unos ladrones tan falsos que hacen pensar en la necesidad (literaria, claro) de que Oloixarac sea asaltada más seguido. La mentalidad de movilero frívolo que organiza la perceptiva de la novela explica, también, las escenas sexuales. Ya sabemos que Oloixarac busca correr por derecha al progresismo en todas sus líneas: por ende, en Las teorías salvajes está mal vista de educación sexual en los colegios (cf. p. 38), pero bien vista una moral sexual “perversa”, que no tiene nada que ver con la de Sade o Lamborghini, pero sí con el destape católico: los personajes no se pierden a sí mismos por la vía de la violencia sexual, sino que, por el contrario, alardean un descarrío tan falto de consecuencias que sólo puede ser la antesala de un lógico matrimonio burgués. Es sabido que al poder eclesiástico no le molesta que sus representantes abusen de algunos niños, pero le fastidia que el Estado le dispute el monopolio discursivo sobre la sexualidad. Las teorías salvajes comparte esta canónica desconfianza.

 

6- De la autoestima a la autocrítica

Que las reseñas y los comentarios hayan gustado de Las teorías salvajes por su impronta “disidente” y “descarriada” no puede asombrarnos, finalmente, “la literatura debe cuestionar”, etc.; pero queda abierta la pregunta acerca de si realmente sobra progresismo en este país, es decir, si verdaderamente hay resto como para que los comentaristas del libro de todo el arco cultural celebren las invectivas de la novela de Oloixarac sin hacer mención a su carácter retardatario. Basta con hojear cualquier diario con llegada para notar que las mínimas posiciones de izquierda son todos los días desmentidas desde los títulos hasta el editorial y el chiste de la contratapa. Dada la carencia de una agenda cultural progresista, lo que encontramos en Las teorías salvajeses consenso periodístico de derecha, más que incorrección intelectual. Claro que un autor ideológicamente conservador podría tener otros méritos (Céline, León Bloy o quien sea): pero creemos haber demostrado que Las teorías salvajes no muestra nada interesante en ninguno de sus niveles. La defensa del texto, por lo tanto, es imposible de hacer, salvo desde la derecha (3). Los comentaristas, apelando a la construcción adjetival “hija descarriada de Puán”, han pretendido que Oloixarac de alguna manera compartía con ellos un éter común, el universitario, y entendieron que todas sus críticas eran, por así decir, “internas”. En este punto se impone un desagravio general de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA: ciertamente no se la puede responsabilizar de haber engendrado a Las teorías salvajes. La relación de Oloixarac con la academia es narrativa y argumentativamente tan anodina como con el resto de los temas. Hasta aquí, la única evidencia es que Las teorías salvajes no sirve para pensar. Tampoco para escribir: no contiene una sola idea literaria válida (¿parodiar profesores universitarios es el destino de la narrativa?) y su uso de la hipotaxis tiene resultados espectrales. Su desparpajo derechista no nos convoca como lectores, no le da expresión a las cosas que pensamos y encarna, en diversos niveles, el fin de la inteligencia a manos de la pereza, el amague y la vanidad. Es una novela sin amor. Con todo, el censo final sugiere la posibilidad de un acontecimiento estremecedor: una retractación pública por parte de Oloixarac. A sala llena, con brindis festivo y empanadas: ideal para el comienzo del otoño. ¿No sería estimulante?

 

 

(1) En las páginas 113-114 de la novela, la narradora transcribe un texto que había garabateado en una servilleta mientras esperaba a García Roxler. Las líneas incluyen tachaduras a modo de exposición del work in progress textual. A primera vista, resulta un gesto desconcertante para una novela tan chapuceada. Sin embargo, se explica con facilidad: en lugar de atinar a la corrección de su propia novela, Oloixarac monta una escena de corrección. Es la propia sinécdoque de toda la novela: el planteamiento de los problemas muere bajo la aplastante apariencia de problematización.

(2) El lector podría preguntarse: ¿nada hay de afecto, no hay algún vínculo a salvo del vilipendio y el desprecio pedante? Claro que sí. Existe un gato al que la narradora mima y alecciona con franqueza emocionante. Pero el gato se llama… Montaigne. El lector vuelve a la desazón. Sólo le queda recordar aquella prevención ubicable en Punctum, el poema de Martín Gambarotta: “nunca debiste confiar tanto / en alguien que le pone Heráclito a su gato.”

(3) Por eso resulta raro que Oloixarac haya participado en la Mesa Redonda del Día de la Mujer celebrada el pasado 11 de marzo en el Centro Cultural “Paco Urondo” (sito en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA) con una ponencia sobre “La belleza y la guerra en Las teorías salvajes“. Raro porque, teniendo en cuenta la manera en que las mujeres aparecen representadas, se diría que la suya es una novela falocéntrica.

 

 

Un pedacito de Las teorías salvajes:

Personalmente, al principio desprecié sus teorías. Dejaba caer una media sonrisa cuando escuchaba o leía su nombre: y si detectaba un libro suyo, hurgando el cajón de usados, lo hacía a un lado, sin mayor trámite, como se aparta a los pequeños que no pueden coordinar sus ambiciones o escribir correctamente. Cierro los ojos y lo veo avanzar por el Gran Pasillo de la Facultad, serio, con aire ausente, sobretodo gris, papeles y libros cayéndosele de los bolsillos, y me veo macando lánguidamente un chicle globo o levantando una ceja despectiva, o las dos cosas; la época salvaje de las teorías de Augustus era historia, no del tipo histórico que esparce prefacios, temor, discípulos; tenerlo entre nosotros era menos un honor que la prueba de un ecosistema gagá donde se permitía al académico gagá convivir a gusto con el deterioro institucional, como lo había hecho durante toda su vida; no se esperaba de él más que la posibilidad de una presencia (gagá) a manera de retiro en vida; gracias a estos individuos, la universidad exhibía su colección de pinturas de Dorian Gray, retratos autómatas de una universidad anquilosada que nunca conseguía estar orgullosa de sí misma. Incluso antes de que yo entrara en la facultad, la vida intelectual de Augustus estaba terminada. El debilitamiento de sus funciones superiores le confería ternura —¿pero libros? Sólo yo, por mi naturaleza omnívora, por mi devoción a la tarea del saber, había condescendido a revisar esas bibliografías espurias.

(pp.51-52)

Sasturain - Pagaría por no verte

PAGARÍA POR NO VERTE (2008), de Juan Sasturain

Juan Sasturain - Pagaría por no verte - 2008 - Sudamericana
Juan Sasturain – Pagaría por no verte – 2008 – Sudamericana
    ENTRE LAS SOMBRAS DE LA NOVELA NEGRA

Tal vez no sea ni muy novedoso ni tan original, pero es necesario de vez en cuando tener uno de esos autores que se le pueden recomendar a todo el mundo, que no fallan, que escriben bien, que saben desde el principio hacia dónde van y que arman esas novelas que son un placer leer, que no se pueden dejar. Juan Sasturain es ese autor, levemente aceptado por la crítica (pero rara vez estudiado) y con relativo éxito en el público (agota un par de ediciones, tiene sus fans que lo siguen desde el mundo de la historieta, y casi todos lo conocen vagamente de la tele). Parece tratarse de uno de esos casos en los que todos esperan que muera para llorarlo y aclamarlo, llenarlo de loas en obituarios preparados en una hora y hacer ediciones especiales después, recomendarlo como al gran autor argentino de la novela negra, como venimos a hacer aquí ahora.

Como decíamos, Sasturain no vino a inventar nada, pero hace algo que le devuelve al lector el entusiasmo: desarrolla una novela de género, que típicamente vimos ambientada en otros lares (sobre todo, Estados Unidos, pero ahora también Italia, Grecia, Cuba o Suecia), con un tono tanguero que encierra toda la trama en una Buenos Aires poblada de argentinos clásicos. Entonces aquel argentino que lo lea no se perderá ninguna referencia, recorrerá el mapa de la ciudad junto con los personajes y tendrá la certeza de saber que lo que lee —esa mixtura a mitad de camino entre el policial y el cinismo puro, entre una multitud de ironías desperdigadas en un texto con una parquedad digna de Hemingway— es tan bueno como lo que alguna vez escribieron Dashiell Hammett y Raymond Chandler (aunque, es cierto, 60 años después) y me permito decir que incluso mejor que las novelas negras de Osvaldo Soriano de los 80, porque el nivel de complejidad de la trama y los personajes es mucho mayor, y los giros resultan más inesperados; es decir, un Soriano más trabajado, mejor preparado.

Pagaría por no verte, en este caso, es una secuela del Sasturain que escribía a la par de Soriano, y retoma a Etchenike, un investigador privado que ya entra en sus años de jubilación, 20 años después de ponerle el cuerpo a sus investigaciones. Ubicada a principios de los años 80, con el gobierno militar de fondo (va y viene del fondo, pero por suerte evita ocupar un protagonismo obvio de golpes bajos y lugares comunes), la novela avanza a toda velocidad y enlaza muchísimos personajes —todos sospechosos, como debe ser—, pero logra perfectamente que el lector pueda seguir la trama con una batería de recursos mucho más elaborada que una cicatriz cruzándole la cara a un personaje: desde variedades lingüísticas hasta apodos o gustos personales hacen que el lector pueda establecer un vínculo con cada uno. Y, como corresponde al género, éstos son mucho más elaborados que una pura maldad o pura bondad: el propio Etchenike, con quien tenemos la responsabilidad de sentirnos identificados, extorsiona, secuestra, dispara a cualquier parte, golpea a mujeres, tiene amigos policías vinculados con desapariciones de personas, etcétera. Su amigo de toda la vida, la hija de éste, a quien conoce desde que nació, las difuntas esposas de cada uno, todos llevan la carga de un error del pasado que los atormenta hasta las últimas páginas, y el tema de la novela es tanto la represión militar y policial como el mundo de los empresarios y el mapa de una ciudad sitiada, pero sobre todo, los vínculos humanos y la amistad.

Si bien esta novela no va a entrar por la puerta grande de la literatura argentina, sí pertenece a la mejor tradición de un estilo un tanto subvalorado que está volviendo: la obra de género. Al enmarcarse dentro de uno, el escritor se atiene a una serie de reglas (Sasturain es bien consciente de esto, y las va desperdigando como una suerte de puesta en abismo a lo largo de la novela) y su lugar para crear es más reducido, pero eso no implica que no se puedan hacer grandes obras de género. Parafraseando alguna idea de Piglia, el inventor de la forma «soneto» es el genio, pero eso no significa que no se puedan escribir grandes sonetos. En este caso, Sasturain practica la mejor versión del género que a mí más me gusta: la novela negra; y lo hace con maestría, sabiendo desde el principio cuál será el final (esa frase tan encantadora y tanguera de Celedonio Flores, «pagaría por no verte»), se nota que se divierte cuando escribe, que lo disfruta, y eso hace que el lector también se divierta y los disfrute. Literatura de entretenimiento. De la buena.

 

 

Un pedacito de Pagaría por no verte:

—Hace buenos negocios.

—Me gusta hacer negocios —y Tony Bennett podía transmitir su convicción—. Pero lo que más me gusta son las mujeres. Las mujeres de buen culo.

—¿Y las milanesas?

—Tiene razón —dijo el otro mirándolo con admiración—: las milanesas están ahí, ahí.

Etchenike se explayó:

—La guita y las mujeres o el culo tienen más contraindicaciones que las milanesas. Haga una encuesta acá —y señaló el conjunto—. Hay todo tipo de gente: empresarios, empleados, viejos, pendejos y pendejas, garcas, milicos, algún ratón, los mozos, gatos finos… Si la gente es sincera, borra generalidades como la familia y esas boludeces, las milanesas no bajan del tercer puesto en la general.

—Espere, verificaré.

Mauro Peratta apuró el paso y se introdujo en el grupo en que el coronel de bigotes daba cátedra ante un auditorio mínimo pero dócil a los movimientos de su escarbadientes. Entró y dijo algo y todos lo miraron.

Cuando se volvió para dar cuenta del resultado de su compulsa, el veterano ya no estaba.