Dónde enterré a Fabiana Orquera – Cristian Perfumo – 2013 – Gata Pelusa (autogestión del autor) – 290 págs.

DÓNDE ENTERRÉ A FABIANA ORQUERA (2013), de Cristian Perfumo

Dónde enterré a Fabiana Orquera – Cristian Perfumo – 2013 – Gata Pelusa (autogestión del autor) – 290 págs.
Dónde enterré a Fabiana Orquera – Cristian Perfumo – 2013 – Gata Pelusa (autogestión del autor) – 290 págs.

Un patagónico que predica en el desierto

Antes de decir nada sobre la novela de Cristian Perfumo, Dónde enterré a Fabiana Orquera, nos resulta importante usar nuestro primer párrafo para decir tres palabras sobre la «autopublicación». Para los que ya conocen bien el paño, pueden pasar al siguiente. Si seguís leyendo, tal vez te estés preguntando qué es la «autopublicación»: se trata del medio por el cual la mayoría de los escritores (argentinos y del mundo) son publicados, pagando sus propias ediciones para producir 50, 100 ó 500 ejemplares, y ver a qué familiar o amigo se los pueden vender después. Es un mundo arduo, donde no hay editores ni editoriales o, en el mejor de los casos, intervienen lo mínimo indispensable (algunas como Dunken o De los cuatro vientos ofrecen un sello y un diseño de tapa, espacios para presentación, difusión, correctores externos, etcétera, pero nunca se meten con el contenido). A su vez, en el ámbito de la autopublicación tampoco existe una validación del autor a través de un proceso de selección que se realiza ya sea por nombre (un autor famoso, o un famoso que decide escribir un libro), por temática (una colección de serie negra, por ejemplo), por calidad de la obra (elegida a través de un concurso o por los lectores de cada editorial) o por un mix entre estos y otros factores. El autor que se autopublica está solo en el mundo, es el gestor de su propia obra, son ella y él y todo un planeta de lectores para convencer. Y es importante convencer a estos lectores no sólo para lograr la difusión de la obra, sino también para recuperar algo del dinero invertido, que suele ser bastante. Son la mayoría y son, a la vez, los que menos visibilidad tienen, porque pocos los reconocen como «escritores» (como casi todos en este ámbito, se dedican a otras cosas además de escribir) y no tienen lo que se llamaría una «voz autorizada» en el ámbito de la literatura. Sin embargo, muchos de ellos forman pequeñas comunidades, se leen entre sí, y ahora, con la difusión que la web 3.0 habilita, tienen una enorme circulación en sitios de lectura digital como Amazon y Kindle, blogs y booktubers, todo un mundo paralelo que funciona sin interesarse por la élite literaria, y que posiblemente tenga más seguidores que ésta (el libro que hoy nos convoca sería un caso paradigmático de esto, con un alto número de ventas en Amazon de México y España).

Podríamos escribir un artículo que hable únicamente de la autopublicación, pero mejor vamos a dejarlo ahí, para señalar que existe este mundo, que siempre existió —de hecho, muchas obras maestras de la literatura comenzaron su camino a través de la autopublicación— y que hoy tiene muchos seguidores, así como muchísimos más frustrados que no consiguen venderle un ejemplar de su libro recién editado ni a su tía (esto es literal: uno se sorprendería de lo poco predispuestas que están algunas personas en gastar dinero en libros…). A decir verdad, en la mayoría de los casos el fracaso en ventas es justificado por la calidad literaria que presentan muchos escritos: los hay con errores de ortografía, con problemas de estructura, con personajes esquemáticos, con historias trilladas y hasta existen los que directamente no se entienden nada (nosotros los conocemos bien, porque vivimos de corregirlos). Sin embargo, siempre impulsados por el azar que caracteriza las lecturas de esta sección denominada Nueva Narrativa Argentina en 4 párrafos, hace poco dimos con un libro autopublicado que, con una mínima pulida, bien podría ser incluido en las colecciones de Anagrama o de Tusquets o –para ser más realistas y locales— de Mardulce o de Entropía. Dónde enterré a Fabiana Orquera, de Cristian Perfumo, es un policial perfecto, en el sentido de aquellas historias a las que no les sobra ni una coma y todo tiene una justificación implacable, un motivo de estar allí, como en una prolija pieza de relojería. La novela tiene los condimentos del policial clásico inglés, con un misterio por resolver claramente delimitado desde la primera página: una mujer desapareció como por arte de magia de una casa en un campo de 20.000 hectáreas a 80 kilómetros de Puerto Deseado, en plena estepa patagónica. Su amante, candidato a intendente del pueblo, estaba en esa casa, pero jura no recordar nada: el casero lo encontró cubierto de sangre en el living de la casa principal, a donde nunca más se volvió a ver a Fabiana Orquera. Este relato es una historia del año 83, un caso que despertó el morbo, la curiosidad y los rumores de todo el pueblo durante décadas: Nahuel —narrador en primera persona, maestro de escuela, periodista del diario local— revive esta historia cuando se encuentra, en la misma casa en la que sucedió la desaparición, una confesión del asesino en clave de enigma para ir resolviendo. Con todos los condimentos del policial clásico, la aventura alla Dan Brown para ir desentrañando los enigmas se hace fluida y constante, casi como un juego que lleva al protagonista de uno a otro lado, viajando entre la casa de campo, el pueblo de Puerto Deseado y el pueblo salinero abandonado de Cabo Blanco.

Más allá del policial —insistimos: bien construido, con personajes sólidos y necesarios, con buenos diálogos, con interesantes resoluciones de los enigmas—, que a medida que avanza se torna más «negro» que «inglés» (incluye golpes, lesiones y nuevas muertes, abandonando por momentos la escuela de Conan Doyle para acercarse a las de Hammett y Chandler), la novela funciona sobre todo como una suerte de elogio al desierto. Es curioso pensar que en una hipotética encuesta entre argentinos (o, al menos, entre porteños), lo más probable es que la mayoría asocie la palabra «desierto» con arena, sol y camellos, como si fuésemos habitantes del Sahara o de Medio Oriente, cuando gran parte de nuestro territorio está despoblado, tanto al norte como al sur, al oeste como al centro (¡en el este sí que somos un montón!). Tal vez haya pregnado más de lo que podemos llegar a suponer la falacia de las expediciones de Rosas primero y de Roca después, que perduraron en el tiempo bajo el irrisorio nombre de «Conquista del Desierto», como si el desierto se pudiese «conquistar» (¿a quién? ¿no es que está desierto, es decir, sin gente?) y, más aún, como si efectivamente hubiésemos logrado poblar todo nuestro territorio, algo que bien sabemos, no fue así. Perfumo entonces nos desasna de esta mirada eurocentrista presentándonos un desierto bien argentino, donde la aislación es la norma y las matitas de vegetación intermitentes y el pedregullo reemplazan la arena de nuestras fantasías.

La sensación de soledad y vacío que alcanza a transmitir Perfumo en sus páginas bien valen todo el libro, de lectura ágil y llevadera, de esos «imposibles de dejar» que muy poco elogiamos acá, pero que existen y siempre se disfrutan como un buen pasatiempo y un más que válido entretenimiento. Es cierto, Dónde enterré a Fabiana Orquera probablemente no resulte revelador, una gema, un ejemplar para atesorar… pero tampoco pretende tal cosa, y eso es bueno entre tanto escritor de poca monta que deposita en su libro la confianza de que con su obra —equivalente a la de Borges— logrará salvar al mundo. Nada de eso: nuestro autor patagónico escribe, según nos cuenta aquí porque le gusta; tiene otros libros publicados que aún no hemos tenido la suerte de leer, y sus historias no traen una verdad revelada, sino el esfuerzo de alguien que se da mucha maña para las tramas ingeniosas y los personajes correctos, a quienes coloca en un marco majestuoso de pueblo y desierto que guarda en su retina de su infancia en Puerto Deseado. Sin dudas es muchísimo más de lo que uno puede pedir al preguntar por algún autor local en una tienda de souvenirs, diarios y revistas del aeropuerto de Comodoro Rivadavia…

 

Un pedacito de Dónde enterré a Fabiana Orquera:

Como cada año en esa época [las Fiestas], unos tablones apoyados sobre caballetes de madera duplicaban la longitud de la mesa de comedor. Los cuatro comensales se agrupaban en una punta. Carlucho Nievas estaba sentado en la cabecera, y a su derecha su esposa Dolores me hacía señas para que me apurara. Frente a ella, Valeria, la única hija del matrimonio, coqueteaba con su nuevo novio.

—Dale Nahuel, que se enfría —dijo Carlucho al verme aparecer en el comedor.

Me senté al lado de Dolores, justo enfrente del novio de Valeria.

—Perdón por darles de comer recalentado, pero esto no lo vamos a tirar —dijo Carlucho, señalando sobre la mesa una fuente en la que apenas cabía una paleta de cordero—. Sobró del asado que hicimos al mediodía para despedir a los últimos parientes.

—¿Qué dice, Carlos? Si me sirven esto en un restaurante y me cobran un ojo de la cara, dejo el otro de propina —dijo el novio de Valeria.

El comentario me pareció bastante pelotudo. Sin embargo, encontré normal que el pibe aprovechase cualquier oportunidad de anotarse un punto con sus futuros suegros. Después de todo, había manejado trescientos cincuenta kilómetros, sesenta de ellos de ripio, desde Comodoro Rivadavia para conocer a los padres de Valeria.

—Los piropos guardalos para mi hija —respondió Carlucho, hundiendo un cuchillo de hoja ancha en la pata de cordero.

[…]

La conversación transcurrió casi todo el tiempo en torno a las preguntas que Pablo hacía a Carlucho sobre el funcionamiento del campo. Cuántas ovejas por hectárea, cuánta lana por oveja y los silencios entre medio para las multiplicaciones pertinentes. A la hora del postre —sobras de tiramisú y lemon pie—, Pablo ya tenía suficiente información para saber que con Valeria había que estar por amor. El único interés que tendría cabida en esa relación era el que se llevaba el banco.

Capítulo 3, «Pablo». Págs. 13-14.

Bárbara Duhau – Forasteras – 2013 – Ediciones La Parte Maldita – 144 págs.

FORASTERAS (2013), Bárbara Duhau

Bárbara Duhau – Forasteras – 2013 – Ediciones La Parte Maldita – 144 págs.
Bárbara Duhau – Forasteras – 2013 – Ediciones La Parte Maldita – 144 págs.

Dos extranjeras de su cuerpo

En nuestra última entrada de «Nueva Narrativa Argentina en 4 párrafos» previa al breve receso que nos tomamos habíamos hablado de la obra de Andrea Rabih, atravesada por ese tópico tan poco amigable llamado «cáncer», una palabrita más bien infrecuente en la literatura y los medios (gana por goleada la expresión «una larga enfermedad»). Y una vez más guiados por nuestro mejor consejero, que es el azar, dimos con otra joven escritora que escribe la palabra con todas las letras: cáncer. Ella es Bárbara Duhau, que a diferencia de Rabih, no vive la enfermedad en carne propia, pero en Forasteras habla de ella como si la conociese bien de cerca, con una serie de matices que escapan al lugar común, a la reflexión banal del puro temor a la enfermedad terminal. El temor está, por supuesto, pero también están las minucias del día a día, y es sobre eso donde Duhau pone el acento: un transcurrir donde el cáncer y lo cotidiano conviven, todo teñido por el rojo que anuncia el epígrafe.

Esta novela breve es narrada simpre en primera persona: en los capítulos impares, la voz narradora es la de Silvina, quien transmite —de forma ascética, límpida, precisa, sin apelar a la emoción— sus percepciones desde el momento en que se entera que ese bultito que le molesta es mucho más que una simple «bola de pelos» hasta que tiene que visitar el quirófano. Todo lo que cuenta está libre de golpes bajos, y el foco está puesto en los modos de percibir, de sentir cómo el posible fin de la vida puede ser encarado, cómo se siente en carne propia saber que la muerte ya no es una quimera, sino una realidad latente. Para contrarrestar esta mirada, los capítulos impares son narrados por su joven nuera, Cecilia, quien se toma todo mucho más a pecho, es más pasional, aunque use el mismo presente histórico del que se vale la narración de Silvina para dar a entender que todo sucede en el mismo momento en que se narra, de que no hay una evaluación o una reflexión a posteriori. Cecilia, claro, poco tiene que ver con Silvina, porque mientras una está descubriendo lo que es la muerte, la otra, con sus veintipico y su independencia recién adquirida, está dando sus primeros pasos en la vida, al menos como mujer independiente.

El balanceo que se da entre estas historias cruzadas y simétricas hace que suegra y nuera, como se revelan casi al comienzo del libro, lidien con problemas de diversa trascendencia e intensidad con, justamente, inversa intensidad: mientras para Cecilia, joven dosmilosa con todos sus vicios, todo resulta trágico, Silvina vive cada minuto de su enfermedad como una nueva curiosidad que va descubriendo, no sin pesar, pero tampoco arrastrada por la ira u otros sentimientos que podríamos llamar «esperables». En su moderación seguramente se encuentre un sentido al atinadísimo epígrafe de Desayuno en Tiffany’s que elige Duhau, en el que se habla de unos «días rojos», en los que se siente miedo y no se sabe por qué. Así, expresiones como «Me asusto de mí misma. No quiero pensar en nada. Nada me calma pero, a la vez, ninguna cosa me perturba» parecen estar ambientadas en esa luz roja que ilumina al libro entero.

En cuanto a la escritura, por supuesto, se pueden señalar algunas críticas, desde un esquema tal vez excesivamente simple para avanzar en el relato hasta una voluntad de ser actual que termina traicionando a la autora (habla del MSN y de los MP3, por ejemplo, dos elementos hoy absolutamente extintos). Pero es sumamente loable la cohesión de todo el relato, la coherencia que tiene cada voz narrativa así como el vuelo poético de más de una frase o situación, en un libro en el que las metáforas circulan por lo bajo —por ejemplo, podemos encontrar a una mujer que está esperando los resultados de sus análisis sobre cáncer y que no llega a comprar un boleto de lotería—, sin ninguna clase de subrayado, dejando todo el grato trabajo del lado del lector, tal como sucede con ese misterioso título, a mi criterio de lo más acertado para designar a dos mujeres que están en un lugar que no les pertenece (en especial el lugar de Silvina, porque nadie que no haya vivido una enfermedad así puede saber lo que se siente o puede tomarlo como natural). Todo en Forasteras cierra, excepto la última página, cuando se descubre que apenas se imprimieron 100 ejemplares de este libro, que bien merecería más atención y difusión, porque sin ser una obra maestra, es realmente bueno, está muy bien escrito, y es una de las pocas obras que se enfrenta con aquella palabra tan temida, el cáncer, y sale airosa.

 

Un pedacito de Forasteras:

Narra Silvina:

Escucho en susurros lo que me dicen. No sé dónde estoy pero no quiero estar ahí. Es doloroso. Es molesto. Quiero irme, escaparme, cualquier cosa menos sentir lo que siento. Las voces me dicen que todo salió bien, que ya está, que la operación terminó. Yo no consigo expresar lo que quiero. Estoy atada y no me gusta, quiero que me suelten. Quiero que me suelten ya. Tengo mucha sed, quiero tomar algo, quiero sacarme esto que me molesta en la nariz pero no puedo. Me pesa algo en la panza, siento como si tuviera un yunque encima. Casi no puedo abrir los ojos. No veo bien, pero puedo darme cuenta de que hay gente cerca de mí. Además de Mauro entra corriendo Cecilia. Hablo y hablo pero no sé lo que digo. A los minutos me dicen que tienen que irse. No me gusta. No quiero. No quiero que se vayan. Pero no pueden quedarse, es terapia intensiva, acá la única que se queda soy yo. Estoy sola en este viaje.

Págs. 93-94

 

Narra Cecilia:

En silencio me abrazó fuerte y me besó en el cuello. Sentí sus labios posarse levemente en mi piel. Estábamos sentados en el bar de la clínica. Él me había pedido que lo acompañara a buscar el bolso de Silvina, con todas sus cosas para que ella pudiera cambiarse cuando saliera de terapia intensiva. Me moría de ganas de besarlo, de abrazarlo, de reconfortarlo. Le veía en los ojos el miedo, el terror de que algo saliese mal y también las ganas de que yo lo cuidase.

Sin embargo, de pronto tuve ganas de estar sola. Me llegó un eco de la antigua tristeza. De repente ya no me sentí fuerte sino desamparada, sola. Él había encendido la chispa y la había vuelto a soplar. Me había besado y ahora esperaba algo a cambio. Algo que no existía. Algo que había desaparecido mucho tiempo atrás. Incluso más atrás que la separación. Ahora me parecía mejor estar sola. Estar sola de veras. Verdaderamente sola. Estar con él pero sin él era peor. Estar de nuevo pensando en la posibilidad de algo que ya no iba a suceder. O sí, pero no así. Yo había salido un poco a mirar afuera y no había nada interesante. Todo era un poco más triste, más gris, un poco más solitario. Estar juntos, incluso juntos de la manera rutinaria en la que habíamos estado, era lo más parecido a un hogar que conocía. Y ahora era como volver a la casa de tus padres cuando ya convirtieron tu ex cuarto en otra cosa. Quería abrazarlo, besarlo, amarlo como antes, lo quería, pero tenía emociones encontradas, contradictorias, que intentaba mantener bajo control.

Págs 98-99

Andrea Rabih - Obra Completa - Eduvim - 333 págs.

CERA NEGRA (2000) en OBRA COMPLETA (2013), Andrea Rabih

Entre dos mundos

Andrea Rabih - Obra Completa - Eduvim - 333 págs.
Andrea Rabih – Obra Completa – Eduvim – 333 págs.

Andrea Rabih murió de cáncer en noviembre de 2001, a los 34 años (casada, con un hijo de 2). Y mientras se moría, escribió. Al morir, su viudo halló dos carpetas de computadora que habían sido creadas y engrosadas durante sus dos años finales: «Melanoma» se llamaba una; «Todos contentos», la otra. En la primera se sucedían una serie de relatos sobre la vida con cáncer; el segundo es una nouvelle con un protagonista lector y bibliotecario, retorcido, infantil y solitario, que se muda al Barrio Chino de Belgrano y se mimetiza con los orientales al punto tal de que se rasgan sus ojos otrora occidentales. Estas dos obras inéditas fueron presentadas al público junto con su único libro editado en vida, la colección de cuentos Cera negra (2000), todos bajo el título rotundo de Obra Completa, que se aprieta en apenas 350 páginas y que llegó a los anaqueles en 2013 gracias al esfuerzo del ‘albacea literario’ y prologuista del libro, Carlos Gamerro, y al lugar que le dieron en su colección de Narradoras argentinas de la editorial de la Universidad de Villa María, María Teresa Andruetto, Juana Luján y Carolina Rossi.

El principal problema que surge aquí no es de la autora, sino del lector: ¿cómo se lee a los muertos? ¿Cuánto afecta, a nivel consciente o inconsciente, la historia del autor en el relato y la interpretación que se construye para sí cada lector? Porque estamos leyendo literatura joven, una nueva generación, imaginando a algunos autores volcados hacia sus obras futuras, y he aquí una que ya ha concluido, una escritora que ha dejado esto y no más. Leer Melanoma es como leer el Diario de Anna Frank, una obra en el que el «basado en hechos reales» se impone al efecto literario, un relato en el que la vemos siempre a Rabih que nos espía desde la tapa y pensamos en el hijo al que apenas conoció, en lo promisorio de su carrera, en los días de dolor físico inimaginables, en los días de azotamiento mental aún más terroríficos. Y en ese marco, Melanoma es abordable, pero muy duro, imposible de comentar desde la frialdad de la crítica. Lo mismo sucede con Todos contentos, evidente pulmón por donde respiraba Rabih, por donde se metía en otras vidas, narraba con detalle, se olvidaba del cáncer. Y sin embargo, ¿cómo leerlo, si también estamos buscando que su inconsciente aflore, si sospechamos que hacerse chino puede ser la corporeización de asumir que su cuerpo ya no es el que era, si creemos que cuando el personaje sueña que le arañan los ojos es a Rabih a la que se le está violentando su posibilidad de mirar? «¿Y si el destino, tantas veces amante de cobrarse compensaciones dolorosas, le ofrecía un amor verdadero a cambio de robarle la vida propia?», se plantea el narrador que sigue de cerca la vida de Eugenio, y no hay forma de que esa pregunta no repique en el lector como una desgarradora reflexión de la autora, un golpe bajo que seguro Rabih no planeó, pero que asoma inevitable por la porosidad de las palabras. En «Medusa», primer cuento de Melanoma, Marina oculta la calvicie de quimioterapia con pomposas y sexys pelucas que le permiten jugar al cambio de rol; en Todos contentos Eugenio camufla sus ojos rasgados tras anteojos oscuros, otro gesto de ocultamiento de la anomalía que, por inversión, termina rezumando coquetería. Dos caras de una misma moneda, dos libros necesarios para llenar de cuerpo a ese eufemismo que se menciona mediáticamente con la expresión cristalizada «larga enfermedad» y que aquí, en la solapa misma del libro —y en cualquier búsqueda de Google también—, se aclara rápidamente con el contundente «Murió de un melanoma el 10 de noviembre de 2001». A partir de ahí, estas dos obras quedan signadas por la muerte, y resulta casi imposible no leerlas desde allí.Rabih - Cera negra

 

Al lado de éstas, la editorial Eduvim recupera también la colección de cuentos Cera negra, editado en el 2000 por Simurg, escrito antes, cuando todos pensaban que Andrea Rabih iba a ser una joven promesa de la literatura, cuando nadie imaginaba que su obra completa iba a ser tan escueta. Este libro fue leído en su momento por Pedro Barcia Rey como un espacio para que el lector descubra, en su propio lenguaje coloquial, «el eterno ridículo de los dramas íntimos y de las contradicciones cotidianas». Dice Gamerro en el prólogo que cuentos como «El polaquito», «Claramente dormida», «Inconfesable amor», «La diferencia» y «Cera negra» «son ya inseparables de nuestra literatura». Rara aseveración para una escritora casi ignota por fuera del más reducido mundillo literario —casi cercado exclusivamente a quienes tuvieron trato directo con Rabih—. Pero hay que admitir que los cuentos son buenos, que la voz se recorta distinta a muchas otras, en especial a la época, marcando una clara diferencia entre lo que podría ser la literatura de los 90 y la que se funda en ese año 2000, con las mujeres al mando, luego de que Fogwill haya allanado el camino para hablar de marcas comerciales, de sexo inconveniente. Así, el libro se inicia con «El polaquito», un médico rubiecito y de ojos claros que va a extirparle un cáncer a la protagonista (sí, así comienza este libro publicado en el año 2000; desconozco si se trata de una maldita premonición o si Rabih ya venía batallando por su salud desde ese tiempo). Y ella se preocupa por que él la desee, por que deje de mirarle la carne enferma y le observe la parte sana: «La voz del polaquito suena clara: ¿cómo estaba, estaba tranquila? No, estaba desnuda y mojada». La tensión sexual que ella vive en el quirófano en el que le van a sacar una porción de piel cancerígena es una forma de unir la vida y la muerte, de unir al cuerpo vital con el enfermo, en un pase donde la desnudez, la exposición frente a un hombre y la posición horizontal son una camilla y una cama por partes iguales (y un féretro también). El sexo y el deseo sexual se vuelven una constante a través de los cuentos.  En su lista, Gamerro parece haber olvidado el relato «La Chacarita», una narración que recuerda al avance constante en las obras de César Aira o Martín Rejtman, donde una mujer soltera y entrando en los 40 vive distintas experiencias sexuales en una tarde, que van desde un joven-eterno estudiante-impotente a un ex compañero de colegio que disimula su identidad, pasando por un taxista de enorme miembro que intenta penetrarla en pleno cementerio de la Chacarita. Todo es alocado, todo pasa de un segundo al otro casi como una burla a cualquier tipo de verosímil realista, tomando como epítome de esa broma a la incansable historia del taxista porteño teniendo sexo con sus pasajeras. Tal vez su mancha esté en los diálogos, que en general parecen prefabricados, poco creíbles incluso dentro del registro establecido por el propio relato, pero el resultado del cuento se puede definir con dos adjetivos quizá no tan habituales en nuestra literatura: caliente y divertido. «La diferencia», por su parte, es una hermoso relato de una hermana mayor recién mudada fuera de la casa de sus padres y recibiendo por primera vez en su casa a la versión de ella misma (su hermanita) unos años más joven: un encuentro simétrico con su propia versión del instante antes de crecer (de tener su debut sexual), en un pasado difuso que la hacía creer en el amor de las películas. Y si de simetría se trata, en «Cera negra» se mantiene latente la tensión entre dos mujeres que habitan cubículos de una depiladora y escuchan historias simétricas desde puntos de vista opuestos debido a las permeables paredes. El cuento que da fin al libro también es destacable: «El círculo del silencio» avanza con el fluir de la conciencia tal cual una narración de Manuel Puig —Rabih incorpora casi ingenuamente una referencia al actor Arturo Puig simplemente para que el lector pueda establecer el evidente vínculo—, donde se mezclan la sexualidad infantil —y, para que sea aún más fuerte, la de las nenas— junto con las diferencias de clases en un relato de culpa burguesa que no por ello está menos logrado que los otros.

La Obra completa de Andrea Rabih es un testimonio del fin de una época y del inicio de otra. En términos literarios, parece haber vivido para hacer el pase del testimonio de una a otra generación, sin poder participar de ninguna de las dos, como un umbral entre los 90 y los 2000. En su léxico se nota mucho más la marca de esos años que en otro librito dedicado a aquella década espuria que hemos reseñado aquí: medicamentos que se pensaron para siempre, como el Lexotanil (página 21) que hasta ayer nomás fue el Alplax y que hoy parece dominar la marca Rivotril, o el pepsamar (98) como sinécdoque de cualquier antiácido; una referencia a «la [Raquel] Mancini, que tiene cejas oscuras, gruesas y el pelo muy rubio, largo» (25) para explicar las cejas que hoy (circa 1995) ‘se usan’ en depilación; el walkman, así, escrito en cursiva (28); el adjetivo «mersadas» (31); recordar idas al ItalPark sin tematizarlo (47); una expresión tan vieja hoy en día como «hacer régimen» (91) para referirse a una «dieta» o a «comer light o sano» hoy (sería como hablar de un producto «diet» o llamar «sacarina» al edulcorante); hablar de «apretar» (97; aunque estas expresiones cambian todos los días, van y vienen, siempre buscando algún término prohibido que se diferencia del usado por la generación anterior: «apretar», «chapar», «tranzar», «comerse a», lo mismo que «quebrar», «vomitar», «fisurar», «lanzar», «devolver», palabras típicas de la faceta nocturna de la adolescencia argentina que busca esconderse en un código de grupo). Una época condensada en una prosa ágil e íntima por partes iguales, con el desparpajo de una narradora que va a ser por siempre joven. A su salud eterna.

 

 

Un pedacito de Cera negra

A pesar de que el paso del tiempo confunde relatos con recuerdos, Javiera Alonso creía haber visto alguna vez aquel pequeño cuarto celeste. Ineludiblemente celeste, ya que todos la habían supuesto un varoncito. Los padres, que siempre fueron gente de una sola palabra, decidieron lacrar su desilusión agregando una letra al nombre planeado; una simple vocal que la condenaría para siempre a inevitables diálogos explicativos y a una compulsión febril por los rituales adivinatorios.

Tal vez por eso, cuando Javiera conoció al único hombre que supo no comentar nada sobre su nombre de pila, nunca más quiso despegarse de él. Esa cauta omisión fue decisiva: por unos instantes le había hecho olvidar que su existencia no era una triste casualidad remendada como una letrita de morondanga. De Fernando, su marido, le habían gustado, también, características tan dispares como su altura, el hecho de que jugara bien al fútbol, un aire protector y masculino, su sonrisa y la capacidad que tenía para sorprenderla con historias de personajes insólitos. En cuanto a los distintos apodos y vocativos, que él solía inventar con dedicación, dieron resultado durante la primera época. Sin embargo, desde hacía unos meses había comenzado a experimentar un raro sentimiento de inexistencia. Leve, intrascendente, como si no hubiera para ella un lugar claro en el mundo, eran las palabras que usaba para explicarle a su amiga más íntima lo que le pasaba.

Más o menos por esa época apareció el francés con todo el aplomo de su traje gris. Javiera nunca hubiera pensado que ese color pudiera ser tan luminoso y recordaba con emoción esa mañana en que su alumno, más por simple imposibilidad articulatoria que por esmero estético, hizo de su nombre un bello encadenamiento de sonidos. «Buenos días, Yavieg», pronunció el francés y su profesora de español se sintió renacer. Yavieg, comenzó a nombrarse ella en secreto, imaginándose una de esas princesas exóticas que los cuentos maravillosos encierran en altillos inaccesibles.

Del cuento «Fresias», págs.. 78-79.

César Aira – Tres historias pringlenses – 2013 – Ediciones Biblioteca Nacional (Colección Jorge Álvarez) – 68 págs.

TRES HISTORIAS PRINGLENSES (2013), de César Aira

                            FÁBULAS EN EL SUR DE LA PROVINCIA

César Aira – Tres historias pringlenses – 2013 – Ediciones Biblioteca Nacional (Colección Jorge Álvarez) – 68 págs.
César Aira – Tres historias pringlenses – 2013 – Ediciones Biblioteca Nacional (Colección Jorge Álvarez) – 68 págs.

A diferencia de lo que sucede en general con la «gente de Letras», yo casi nunca recuerdo frases de memoria. Me es imposible citar una sola línea de La Ilíada o de algún pensamiento de Sartre o Sarmiento, y mi memoria no va más allá de recordar múltiples citas de Los Simpson, Friends, Seinfeld, El Padrino o Nueve Reinas, probablemente a fuerza de haber visto todo eso con una compulsión a la repetición. De cualquier forma, alguna vez leí una frase de César Aira que nunca más volví a ver, y que sin embargo me acuerdo: «(lo único que quiere el lector es seguir leyendo)». Si no es cien por ciento textual, es muy parecida, y no tengo dudas de que está entre paréntesis, lo que le da ese toque de algo dicho como al pasar. Detenerse durante tanto tiempo justamente en esa frase no es más que ironía, puesto que en ella se postula todo lo contrario: el no detenerse, el avance permanente. Es decir, el programa literario de Aira, la Obra Airiana. Es cierto que a muchos ha agotado esta Obra, esta idea de la publicación constante, el mito de la no corrección de sus textos sino con otros textos, toda una teoría de la literatura, de la economía, del mercado y de la vida que está presente en Aira como uno de los últimos escritores de generaciones pasadas, como el primero de los escritores de esta generación.

Sea como fuere, no haremos una lectura global de Aira como autor, porque el espacio no nos lo permite. Para quienes gusten de ello, los invitamos a pasar por estos links y libros: en la web, el postulado literario del propio Aira en pocas páginas, un brevísimo análisis de su obra y una entrevista que dio en el 2002 para El País de España; en papel, otra entrevista que le hizo Graciela Speranza en un libro de ella que hemos reseñado en este espacio, el ensayo de Sandra Contreras sobre su literatura, titulado Las vueltas de Aira o, mejor aún, lo que Aira escribió como ensayo (en realidad son una serie de ponencias que leyó) sobre Copi y sobre Alejandra Pizarnik en sus libros homónimos. Como decíamos, suficiente del autor, ahora al libro que leímos: Tres historias pringlenses.

Empezar diciendo que Tres historias pringlenses son cuatro cuentos es parte de ese chiste airiano; lo vamos a dejar pasar. «La Iglesia» es el primer relato, donde, oculto dentro de lo que parece una fábula religiosa en torno a la construcción de la primera iglesia del pueblo, se explica con simpatía el origen del crédito rural y de la deuda que se remonta a tiempos inmemorables. En «La Sombra» está el retrato de la infancia pringlense al principio, pero enseguida se torna en el relato de la vida de un gaucho que acaba en una burla literaria acerca de la ficcionalización del hombre de campo argentino. «La Gallina» empieza como un tratado sobre la Inteligencia (ver «Un pedacito de…») que antecede a otra fábula, en este caso la de la gallina que pone huevos de oro, y termina con un personaje de «calva enceguecedora», «ojos de huevo frito» y «voz chillona» (cualquier semejanza con un ex ministro de Economía argentino no parece ser coincidencia) dando clases de Economía frente a las cámaras de televisión. «El santito» es un poquito más largo, y cuenta la historia de un grupo de cuatreros, con dos figuras antagónicas y claramente delimitadas, para acabar el relato con una reflexión sobre vida y literatura que cierra en esta frase: «Había estado haciendo literatura mientras creía vivir, y eso se pagaba con una eterna melancolía».

Como se podrá observar, los cuentos de Aira hacen siempre una parábola: comienzan en un lugar completamente distinto del que van a parar. El final de cada cuento tiene que ver con el principio, se relacionan en el tono, en el narrador que se mantiene, incluso retoma los tópicos del comienzo, pero rara vez sucede lo que se espera que suceda. Eso es lo bueno de Aira, que es siempre inesperado —tiene una confianza ciega en lo inesperado—, ama unir dos temas que parecen no ir a cruzarse jamás. Pero no es sólo eso lo bueno, sino que también tiene dos o tres ideas, que sus narraciones dicen cosas, no son un mero devenir narrativo vacío. Aira escribe bien, siempre lo hizo, y una gran noticia es que no hay que ir a sus primeros libros para descubrirlo, porque constantemente está produciendo, y a veces con más suerte y otras con menos, cada pieza, por más pequeña que sea (este libro tiene 68 páginas), forma parte de ese todo, uno de los trabajos más impresionantes de la literatura argentina, que es la Obra Airiana.

 

Un pedacito de Tres historias pringlenses:

Las fábulas y moralejas de la Inteligencia estaban a la orden del día en Coronel Pringles. A los chicos nos inculcaban sus beneficios con una insistencia francamente exasperante. Había que ser inteligente, no era optativo sino necesario, imprescindible, obligatorio. A las demás virtudes que podían hacer un buen ciudadano o a un buen padre o madre de familia se las consideraba secundarias y derivadas de la Inteligencia. Sin ella la Humildad, la Compasión, la Valentía, no servían de nada, hasta podían ser contraproducentes. De ella se derivaban de modo automático e infalible la Prosperidad y la Felicidad. Reina de la Vida, reina del Mundo, vencedora del Tiempo y el Espacio, panacea universal, la divina Inteligencia se alzaba en majestad, aplastando con su sandalia de oro a la serpiente del Fracaso.

Esta figura alegórica, me temo que habría sonado artificiosa y un tanto ridícula en aquel entonces. El encomio de la Inteligencia se hacía en términos mucho más concretos. La mentalidad pringlense era eminentemente práctica, no condescendía a disfrazar la realidad para hacerla más llevadera. Quizá porque no lo necesitábamos: tierra ricas, una naturaleza complaciente y una sociedad acomodaticia aseguraban el sustento de todos y la satisfacción de cada uno. Pero justamente por este conservadurismo se hacía importante la Inteligencia, porque el paso en falso nunca era tan dañino como en un régimen establecido de antiguo. Divinidad omnipotente y universal, aun así la medían sobre el fondo estrecho del horizonte pueblerino.

Esta religión civil no carecía de ambigüedades. No quedaba claro si lo que se nos predicaba era tener la Inteligencia, o admirarla en quien la tuviera. Porque nunca se hablaba de cultivarla; habrían puesto en apuros al que le preguntaran cómo se la podía promover o desarrollar. Primaba más bien un cierto fatalismo: se nacía inteligente, y tan alto era el precio que se le daba que no había más remedio que pensar que se trataba de un don del cielo, y como tal sumamente excepcional. Se la veía de lejos, se atesoraba su eco lejano. Lo que le tocaba al ciudadano común no podía ser más que una migaja, pero preciosa. La consigna parecía ser: «con la que tengo me arreglo», confesión implícita de que no se necesitaba mucho para salir adelante en el reducido orbe agrocomercial de Pringles.

«La Gallina», p. 35

Selva Almada – Ladrilleros – Mardulce – 232 págs.

LADRILLEROS (2013), Selva Almada

¡Silencio! Almada cuenta una historia

Selva Almada – Ladrilleros – Mardulce – 232 págs.
Selva Almada – Ladrilleros – Mardulce – 232 págs.

Hasta el momento nunca habíamos escrito sobre un mismo autor dos veces seguidas, pero con la tendencia que inauguramos hacia fines del año pasado de leer en pequeñas series (colecciones de cuentos, primero; autores ignotos u olvidados, después), nos permitiremos seguir pensando en torno a lo que escribe Selva Almada. Para hacer esto nos basamos sobre todo en una humilde hipótesis: estamos frente a una de las mejores plumas que dio la Argentina del 2000 a esta parte. Hemos elogiado antes a Eduardo Muslip, a Patricio Pron y a otros, pero creo que ninguno llega a narrar tan bien como Almada, con tanta precisión, tan en silencio, como si no estuviese diciendo nada. En Ladrilleros, su segunda novela, confirma todo lo que amagaba con la primera, El viento que arrasa, pero es mejor. En esa ópera prima —sólo en la narrativa extensa, porque ya había publicado un par de libros de cuentos, y uno de poesía— un pastor evangelista viaja de Entre Ríos al Chaco junto con su hijo, y se detienen a arreglar el auto en una suerte de taller que es más bien un páramo, donde la lluvia y el viento están por arrasar. Todo en esa novela está ordenado, es prolijo, y la tensión se vive de silencio en silencio, marcada por el movimiento de los perros.

En Ladrilleros, en cambio, está el mismo clima de opresión pueblerina, con un cielo que apesta a calor y que está todo el tiempo por caerse, pero el relato es fragmentado y casi coral, uniendo a dos familias y sus múltiples personajes no ya en una narración lineal, sino en un constante ir y venir que desemboca en el comienzo del relato, un mundo confuso en el que Pájaro Tamai y Marciano Miranda se trenzan entre heridas, sangre y una serie de referencias a la homosexualidad que demorarán en explicarse. Desde ese barullo silenciado del baile y de la feria que aparece al inicio, hasta comprender cómo se llegó a eso, un narrador sobrio en tercera persona irá contando en forma paralela y fragmentada, con una acumulación de escenas, cómo llegaron a ese desenlace los hijos de estas dos familias de ladrilleros y vecinos.  Una vez más, la acción tiene lugar en un pueblo en el noreste argentino, el lugar que Almada mejor conoce —y que no es precisamente Entre Ríos, su lugar de nacimiento, que en el imaginario de los personajes es todo verde, «con toda esa agua», sino un lugar más parecido a Chaco, donde «todo [es] duro, seco, espinoso, lleno de polvo» de acuerdo con la visión de Miranda— .

En toda la novela sobrevuela una lucha por ser el macho Alfa, desde el padre de Celina —la mamá de Pajarito—, que guardaba a sus tres hijas para él, porque ningún pretendiente era lo suficientemente bueno, hasta los hombres de cada casa —Oscar Tamai y Elvio Miranda—, que se pelean justamente por un perro, y sobre todo los hijos de ellos, tanto de niños, cuando eran amigos, como de adolescentes, cuando ya no lo eran. Los hombres creyéndose amos y señores y las mujeres manejando todo ellas solas desde las sombras y sin pedir más que tener al hombre al lado para que les dé la familia son un retrato que se trasluce en la narración, y que vuelve ridícula la batalla por el poder entre estos hombres deseosos de respeto pero temerosos en cada paso que dan.

El miedo se cuela entre las líneas, aparece cuando estos machos sucumben ante su propia vagancia, sus propios vicios, y el punto cúlmine es cuando un macho, un verdadero macho, no puede resistir el instinto animal que lo llama a aparearse con otro de su mismo sexo, un homosexual declarado sin tantos prejuicios, de la familia rival… No son Capuletos y Montescos: Ladrilleros no es una novela romántica, ni la historia de un amor imposible. Es un relato de provincias, de violencia, de familia, de hombres y mujeres que se debaten entre esquemas culturales predefinidos y sus instintos. Es otra muestra maestra de la capacidad de Almada para oír voces diferentes y hacerlas hablar sin juzgarlas. Ladrilleros es sencillamente la mejor novela que hemos reseñado hasta aquí.

 

Un pedacito de Ladrilleros:

Al Dago lo atropelló un auto. Andaba vagando en la calle atrás de una perra. Miranda era así de displicente con todo, aun con lo que le daba algún dinero, como los galgos de carrera. Se le cortaron los tendones de la mano derecha. Miranda lo curó, pero no hubo caso: el animal andaba arrastrando la pata que se le lastimaba y se le llenaba de bichera. Alguien le aconsejó que se la amputara. Pero él dijo que no era destino para un campeón quedar lisiado, así que decidió sacrificarlo.

Una tarde lo llevó a Marciano al fondo de la casa, donde había un viejo algarrobo. Tentó una rama con su propio peso. Pasó una cuerda. Llamó al perro con alguna zalamería. Le dio unas palmaditas en las ancas y le acarició la cabeza y despacito le pasó la soga por el cogote, la ajustó y empezó a tirar con todas sus fuerzas de la punta de la cuerda. El perro gimió y pataleó en el aire con las tres patas sanas, y la pata inútil flameando como un trapo. Y ahí quedó, con los ojos amarillos fijos en la copa del árbol.

Marciano sintió un picor en la vista y se agarró la punta del pito porque sentía que iba a mearse encima. Su padre bajó al perro con cuidado y cuando estuvo en el suelo se puso en cuclillas y empezó a pasarle la mano todo a lo largo del cuerpo.

Un vecino que había visto la escena desde su patio, se acercó al tejido que separaba los terrenos.

—Si será bruto, Miranda, le hubiese pegado un tiro.

Su padre torció la cabeza para mirarlo sin dejar de acariciar al perro. A Marciano le pareció que le brillaban los ojos.

—Métase en sus cosas o el tiro se lo voy a pegar a usted —dijo y volvió a inclinarse sobre el animal.

(págs. 19-20)

Maquetaci—n 1

EL CAMINO DE IDA (2013), de Ricardo Piglia

Ricardo Piglia - El camino de Ida - 2013 - Anagrama - 289 págs.
Ricardo Piglia – El camino de Ida – 2013 – Anagrama – 289 págs.
LAS FICCIONES DEL CRÍTICO

En El camino de Ida Ricardo Piglia reitera una fórmula que ya le había dado resultado en Plata quemada (1997): encuentra un caso policial del mundo real, inexplicable según los preceptos del llamado «sentido común» (que son los de la sociedad burguesa y el sistema capitalista), cambia algunos nombres, lo ficcionaliza, lo hace propio, les elimina las referencias que lo puedan vincular con el caso real (a menos que el lector, como se pretende, conozca al caso real); agrega una historia de amor —con algo de sexo sórdido—, la investigación policial, la violencia y, sobre todo, la reflexión, que es el meollo de su literatura, el porqué escribe ficción.

Piglia es un crítico literario (tal vez el mejor de la Argentina, o el más original, o el que mejor se publicita) y nunca abandona su condición. Mucho menos lo hace cuando escribe ficción. Si todo escritor, de una forma u otra, al intervenir en el campo literario se vuelve un crítico de éste, Piglia es híperconsciente de esta situación, y la explota en su beneficio: en su literatura desarrolla teorías que no estarían avaladas por la academia, por ser fantasiosas y no tener necesariamente un asidero concreto en los textos estudiados. Así, por ejemplo, el vínculo que establece entre Kafka y Hitler en Respiración artificial (1980; «su» novela, la que vale la pena leer) quizá no sea demostrable, o tal vez lo sea, pero sólo a través de una investigación minuciosa, que demande años de estudio.[1] En este aspecto Piglia es práctico, y recurre a las licencias que ofrece la ficción para exponer su teoría que no por no tener su corroboración «científica» (académica) deja de ser útil e interesante a los efectos de la crítica literaria.

 

En El camino de Ida el caso elegido es el de Unabomber. Lamentablemente esto aparece hacia la mitad de la novela, por lo que sería de buena persona sugerir a aquel lector que disfruta de sorprenderse con un libro, que no prosiga con esta lectura si aún no terminó con El camino. Para los otros (para los que ya lo leyeron y para los osados, o para quienes los libros no son más que materiales de estudio), continúo: más temprano que tarde, la investigadora y docente universitaria Ida Brown muere dentro de su auto cerca de New York, tal vez en un accidente, más probablemente producto de una carta-bomba que explotó. Ese semestre había tenido un romance con Emilio Renzi, álter ego eterno de Piglia, que nunca acaba de delinearse, y que mucho se parece a ese hombre de traje gris que le da la espalda a la cámara, quizá obnubilado por el paisaje porteño. Renzi, siempre taciturno, siempre curioso, se dedica a investigar el caso, un poco por cariño y otro poco por defensa personal, ya que es el principal sospechoso para el FBI. La respuesta, como siempre, aparece en los libros. El planteo de Unabomber (que en El camino se llama Thomas Munk) está en tal libro de Conrad. La ciencia es la única religión verdadera, y debe ser destruida en todas sus formas. Asesinar a los científicos (académicos de la Biología, la Ingeniería y hasta de las Letras) es ir al meollo del asunto, es dar un verdadero golpe al sistema.

Piglia por Alejandra López

 

Fogwill asegura que ha cometido muchos errores en su vida, pero que si de algo está orgulloso es de que ninguna de sus ex esposas se haya ido con Piglia. La fuerza de la declaración (una más de las provocaciones de Fogwill) tiene sentido para comprender cómo escribe Piglia, quién está detrás de El camino. Si Fogwill (como Girondo, como Copi, como Lamborghini, como Aira, como Pron, como tantos) está un poco loco, Piglia no lo está nada. La radicalización del pensamiento, el arrebato del artista, su ego de creador no forman parte de este trabajador de las letras oriundo de Adrogué. Piglia puede desafiar al sistema, se puede maravillar por las distintas formas del arte (matar es una de ellas, la que practica Unabomber), lo puede ver de afuera, analizarlo e interpretarlo, pero no está en su naturaleza llevarlo a cabo. Fogwill pudo escribir «Help a él» porque todo le importaba un carajo, porque hasta podía meterse dentro de la cama de su hija. Piglia, en cambio, más mesurado, más racional, es uno de esos científicos que sostienen el sistema, un «blanco» posible para Unabomber. Pero no podemos dejar de reconocer que, desde dentro, moviliza un par de cabezas, tal vez horada («le mete el dedo») al sistema, y contribuye a generar un pequeño estallido, o, al menos, nos prepara para que cuando suceda, no nos agarre tan desprevenidos. Él seguramente no lo estará.

 

Un pedacito de El camino de Ida:

El sistema capitalista había hecho suya la consigna del hombre nuevo de Ernesto Guevara y de Mao Tse-tung. Las investigaciones genéticas, los experimentos en biología molecular y ciencias cognitivas, la posibilidad de clonación y de inseminación artificial, avanzan en la línea de traspasar ese nuevo límite. Los científicos eran «ingenieros del alma» de los que hablaba Stalin: el nuevo hombre, el ciudadano ideal, es el adicto sin convicciones ni principios que sólo aspira a obtener su dosis de la mercancía anhelada. La sociedad tecnológica satisface a los sujetos: los entretiene y los ahoga en un océano de información rápida y múltiple.

No había opciones para oponerle a la corporación capitalista. El Manifiesto no postulaba una alternativa pero llamaba la atención sobre un mundo sin salida. «El capital», concluía, «ha logrado —como Dios— imponer la creencia en su omnipotencia y su eternidad; somos capaces de aceptar el fin del mundo pero nadie parece capaz de concebir el fin del capitalismo. Hemos terminado por confundir el sistema capitalista con el sistema solar. Nosotros, como Promoteo, estamos dispuestos a aceptar el desafío y asaltar el sol.»

Con esa metáfora griega terminaba el Manifiesto, del que he dado apenas una breve síntesis. No era el primero que hablaba de esa manera. Nina, que había estudiado la influencia de Tolstói en Wittgenstein, recordó la postura del autor del Tractatus: «No es absurdo creer, por ejemplo, que la era de la ciencia y de la tecnología es el principio del fin de la humanidad», había escrito. «Mi manera de pensar no es deseable en esta época, tengo que esforzarme y nadar contra la corriente. Quizá dentro de cien años la gente aceptará estas ideas.» El «por ejemplo» me parece delicioso, dijo Nina.

Págs. 160-161

[1] José Emilio Pacheco, en «El Proceso, El Castillo, las alambradas», se tomó estas molestias y realizó las investigaciones pertinentes, que confirmarían que el vínculo entre Kafka y Hitler señalado en Respiración artificial es apócrifo.