In the name of the father

Acerca del nombre propio

Casi todo lo que saben los que poco saben sobre ortografía es que los nombres propios se escriben con mayúscula. Entonces enseguida aprenden que su nombre es «Juan Pérez» y no «juan pérez», o que viven en «Argentina» y no en «argentina» (aunque esto traiga aparejado el error de incluir la mayúscula cuando la palabra está funcionando como adjetivo gentilicio, es decir, cuando se habla de «una chica argentina» o de que «las Malvinas son argentinas», que va así, en minúscula). Desde el primario se distingue el nombre propio del nombre común o, usando la terminología escolar, el sustantivo propio del sustantivo común, de «perro» a «Bobby», de «país» a «Colombia». Bueno, como asumimos que eso ya es sabido por todos, lo que haremos aquí será comentar una serie de reflexiones en torno a lo que conocemos por «nombre propio», empezando por el de uno mismo, claro.

Lo primero que todo niño aprende cuando se acerca a la escritura es su propio nombre. Uno pensaría que un «Juan» la tiene más fácil que un «Brian», por ejemplo, ya que su nombre suena igual que como se escribe, pero resulta mucho más probable que los niños comiencen escribiendo no por fonética sino por imitación: primero escriben su nombre tal como copiarían cualquier otro dibujo (es decir, hacen el dibujo letra a letra) y recién en un estadio posterior comprenden el significado de cada carácter. Lo central es que es lo primero que define a cualquier persona, incluso antes de nacer, es lo primero que aprenden a escribir, y es lo que todos, si la suerte nos acompaña, dejaremos en este mundo: un pedazo de piedra donde, sin muchos más datos, figuran esas letras que nos definen para toda la vida, una vez más, nuestro nombre.

La circulación del nombre propio, lo que nos significa a cada uno la inscripción, ese «tener un nombre», «el buen nombre», la importancia del legado familiar y del linaje, etcétera, son cuestiones esenciales en cualquier ámbito de la vida. Desde el Quijote hasta Sarmiento, en clave humorística o en clave seria, todos están intentando dotar a su nombre de cualidades que le permitan ser famoso, conocido; en definitiva, conseguir que su nombre propio los sobreviva a ellos, vulgares mortales.

Para alejarnos de la literatura y acercarnos al terreno de lo cotidiano, desde hace un par de meses se está dando un hecho curioso en la prensa: el portal de noticias Infobae ha tomado la extrañísima decisión de llamar «Cristina Elisabet Kirchner» a la ex Presidenta de la Nación comúnmente conocida como Cristina Fernández de Kirchner o simplemente «CFK» para ahorrar valiosos caracteres. No fuimos los primeros en notarlo, y en uno de esos foros que tanto circulan por Internet los foristas sospechan que el motivo por el que en Infobae empezaron a nombrar así a CFK está vinculado a que ella declaró en tribunales que no le gusta ser llamada de esa forma («Elisabet» es su segundo nombre, así, con esa grafía). Si este es el motivo, nos deberíamos retrotraer a aquellos momentos en los que comenzábamos a escribir, porque la polémica tendría el nivel intelectual digno de la salita azul. Más allá de eso, es interesante destacar que se busca el agravio a través del nombre propio, tal como se hizo antes al intentar llamarla «presidente» en vez de «presidenta» (esto ya lo hemos tratado aquí: el agravio no es porque «presidenta» sea la forma correcta, sino porque ella había elegido llamarse a sí misma de ese modo, y algunos —realmente los menos, incluso entre los opositores— optaban por la forma «presidente» supuestamente obsesionados por el cuidado de una impoluta gramática, pero en realidad buscando irritarla). Del mismo modo pero en veredas opuestas, Horacio Verbitsky y otros llaman al actual Presidente de la Nación, Mauricio Macri, «Maurizio Macrì», intentando vincularlo con el partido Nazi, algún mafioso italiano o vaya uno a saber qué otra cosa (la polémica también llegó al foro Reddit y también parece digna de la salita azul).

Cristina Elisabet Kirchner - InfoBae - 1-7-16

Maurizio Macrì - Verbitsky

Estos modos de opinar a través de la ortografía, de dar a entender ciertas cosas y de tomar posición sobre otras, cuando tocan lo vinculado al nombre propio resultan aún más significativos que cualquier otro tipo de opinión directa. En el nombre se juegan muchas cosas, desde la historia personal hasta la búsqueda por la identidad[1]. La emoción suscitada por el comienzo y el final de El Padrino II, por ejemplo, no tendrían mejor explicación que esa: (spoiler alert) al inicio, el niño Vito Andolini es anotado como «Vito Corleone» porque el oficial de migraciones que lo recibe en Nueva York lee el nombre del pueblo del que proviene cuando lo anota; al final, Vito Corleone regresa a su pueblo en Sicilia y le abre la panza con un puñal a quien había asesinado a toda su familia, no sin antes decirle el nombre de su padre, «Antonio Andolini». Así, una palabra (el nombre propio familiar, dejado de lado en su llegada a Estados Unidos) vale por un justificativo suficiente para asesinar, es un sintagma repleto de sentidos.

En línea con esto, y siguiendo también la noción de circulación del nombre, podemos decir que muchos nombres propios tienen una carga enorme, están asociados a miles de cosas, mientras que otros nos significan tan poco… En Letras, por ejemplo, hay un concepto que se usa para burlarse de alguien que gusta de aparentar grandes conocimientos mencionando distintos nombres: «name dropping», «dejar caer nombres». Si decimos «Borges», probablemente muchos puedan llenar ese significante con algunas características: el más destacado escritor argentino, autor de Ficciones y de El Aleph, amigo de Bioy Casares, escritor de cuentos, ensayos breves y poesías, etcétera. En cambio «César Aira» no es un nombre propio al que cualquiera le pueda asignar características, y mucho más «de nicho» es «Héctor Libertella», por ejemplo. No sucede sólo en Letras: en Medicina son montones las enfermedades que llevan un nombre propio en honor a quien la descubrió, describió o padeció por primera vez. Y en realidad el name dropping está presente en la más pura cotidianeidad: notemos que cuando se encuentra a alguien desconocido pero con algún vínculo en común, la primera charla obvia es: «Ah, ¿ibas al club Obras? ¿Conocés a Mauro Rodríguez y a Gonzalo Gómez?»

Los nombres propios encierran el misterio de definirnos desde el principio hasta el fin de nuestra existencia, y es mucho lo que se dice a través de ellos. Con una acción indebida uno puede «manchar el nombre familiar» para siempre y con una vida recta, enarbolarlo y colocarlo en lo más alto de la estima popular (siempre es más fácil y rápido romper que construir). Por eso también se vuelve esencial respetar la escritura de los nombres, su grafía, incluso su pronunciación. Muchos dirán que no existe tal cosa como «la ortografía para los nombres propios», algo que es absolutamente falso: todos los nombres traen su historia, y la grafía, tanto como su pronunciación, debería ser la que cada individuo utiliza como propia, porque en última instancia es a él a quien se designa.

Puesto que hablamos de nombre propio, es justo que abandone la primera persona plural y que pase a la singular, con una breve historia personal (en este momento el buen lector sabrá abandonar el texto; los curiosos podrán seguir con la lectura).

Mi nombre es Nicolás Scheines, y desde que nombro mi apellido, digo inmediatamente después de pronunciarlo: «Ese, ce, hache», para que lo puedan escribir. Lo pronuncio /ʝ̞éines/ («yeines») sin más motivación que la pronunciación heredada de mi familia. El origen no es claro, pero sería ruso o yiddish. En cualquier caso, judío de Europa del Este. Mi nombre, «Nicolás», desde que lo aprendí a escribir, lo pongo con tilde en la «a» final, de acuerdo a las reglas de acentuación del idioma español. Proviene del griego, de las palabras νικη (niké) = victoria y λαος (laos) = pueblo, es decir, «La victoria del pueblo». Tiene variaciones en los más diversos idiomas, pero sólo en español se escribe «Nicolás».

El hecho concreto es que durante la tramitación de mi título como Licenciado en Letras me enviaron un correo electrónico para corroborar que mis datos fuesen los correctos. De lo contrario, tendría que asistir a solicitar el cambio en la tan temida sede de trámites burocráticos de la UBA, en Uriburu 950. Reviso: apellido, ok; DNI, ok; fecha de nacimiento, ok; nombre del título, ok; fecha de última materia rendida, ok. Y «Nicolas», escrito así, sin tilde. Pienso: ¿debo perder mi hora de almuerzo en ir a hacer un trámite para incluir un manchoncito de tinta sobre la hoja? Pienso: ¿debo resignarme a ver mi nombre mal escrito cada vez que vea mi título por no hacer un trámite de un par de horas? Resuelvo ir. El trámite no era por una ventanilla luego de una enorme fila, sino en una oficina, donde yo era el primer y único interesado. El empleado público me atiende, me pide el número de turno que yo había solicitado por Internet, abre mi expediente guardado en un folio, adentro de una carpeta adentro de un fichero adentro de un mueble y me pregunta cuál es el cambio a realizar:

—Mi nombre está sin tilde, me gustaría agregarla. Me llamo Nicolás, y la «a» está sin tilde.

—A ver, ¿trajiste tu DNI?

—Sí, acá está —le digo mientras extiendo la tarjetita.

—Claro, lo pusimos bien: está sin tilde porque en tu DNI está sin tilde.

—Sí, ya sé que está sin tilde pero ningún DNI tiene tilde.

—¿De dónde sacaste eso? —me pregunta, curioso.

—Bah, tal vez algunos tengan, pero el mío no lo tiene…

—¿Y por qué no reclamaste cuando te hicieron el DNI sin la tilde?

—Es que no me importó tanto porque asumí que no la pusieron porque está todo el nombre escrito en mayúsculas.

—¿Y eso qué tiene que ver? Las mayúsculas llevan tilde —me interrumpió el culto empleado estatal.

—Sí, claro, yo lo sé eso, me dedico a enseñarlo, pero bueno, sé que hay mucha gente que no lo sabe, e históricamente los documentos públicos impresos no llevaron tildes en sus mayúsculas por problemas de moldería, como muchos carteles de calles por ejemplo.

—Sí, pero eso es un error: las mayúsculas llevan tilde.

—Coincido en un 100%, del mismo modo en que seguramente vas a coincidir vos conmigo en que «Nicolás» también lleva tilde, esté o no esté con mayúscula.

Se frena. Detiene el diálogo y al ratito me pregunta, como a punto de revelar una verdad:

—¿Partida de nacimiento trajiste?

—No.

—¿Y cuando empezaste el trámite?

—La verdad que no me acuerdo, lo empecé hace más de un año…

—¡Acá está! —dice victorioso, sacando una fotocopia de mi partido de nacimiento del folio, muy seguro de su inminente niké (victoria). Investiga un segundo, luego la da vuelta, señala con el dedo y completa:— ¿Ves? Acá está, «Nicolas» sin tilde. Tu nombre no lleva tilde.

Veo la hoja: en tinta de fotocopia se reproduce un documento completado a mano que dice «Nicolas Scheines». Analizo un momento en silencio la situación. Luego hablo.

—¿O sea que mi nombre no responde a mi voluntad y a las reglas de ortografía del español en un país hispanoparlante que en 1988 exigía usar nombres aceptados por el idioma castellano, sino a que el hombre o la mujer que me anotó en el registro civil sepa o no esas reglas ortográficas y las recuerde al momento de escribir en mi partida de nacimiento? ¿Me estás diciendo que me vine hasta acá para poner una manchita arriba de una letra en mi título y que no lo voy a poder hacer?

—Es que te tendrías que haber quejado cuando te hicieron el DNI, para que después modifiquen tu partida de nacimiento. Yo te tengo que hacer el título con el mismo nombre que figura en el DNI.

–¿Es decir que mi nombre nunca fue «Nicolás Scheines», sino «Nicolas Scheines», y recién ahora me vengo a enterar?

Sólo me quedaba firmar una declaración en la que aseguraba que los datos eran correctos, incluyendo el «Nicolas». No sólo eso: como al lado de mi firma aclaré, como siempre y a toda velocidad, «Nicolás Scheines», con tilde, el empleado me exigió hacer una llamada al lado de la aclaración de mi firma, diciendo «no corresponde la tilde» y firmando al lado. Tengo para mí que él gozó plenamente en ese momento.

De todos modos todo esto lo cuento sin rencor hacia él, con quien discutimos en los mejores términos, sino con el azoramiento de venir a enterarme de que mi nombre había cambiado. Mínimamente, pero había cambiado. Así y todo, yo me seguiré llamando Nicolás, con tilde, y seguiré firme en mi cruzada de dar a los nombres propios la relevancia que se merecen.

[1] En este artículo todo el tiempo resuena la lucha por la identidad de los hijos de desaparecidos durante la última dictadura argentina. En este caso elegimos eludir un tema tan sensible y apelamos a otros que no tengan una carga tan significativa.

 

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EL ERROR DE ORTOGRAFÍA Y SUS MATICES

En la última gira de Roger Waters por Argentina, en medio de un show impactante por la temática y por la puesta en escena, un chancho gigante sale volando del escenario, repleto de inscripciones. La principal decía, justo en el centro de la panza del cerdo: «¿Debería confiar en el govierno?». Esa «v» de «govierno» tiene una explicación lógica, y es que «gobierno», en inglés, es «government», con «v». Sin embargo, el error choca e impacta.

«¿Cómo, en un show en el que todo sale perfecto, donde sonido e imagen son tan cuidados, puede pasarse un error así de burdo? ¿Está mal escrito “gobierno” o me parece a mí? ¿Quiso decir otra cosa en realidad? ¿Por qué, con lo que cuesta la entrada, no son capaces de pagarle a un corrector de español para que les escriba los carteles?» En medio de esta hipotética (y exagerada) sarta de preguntas, el espectador está perdiéndose una parte del show: deja de prestarle atención al contenido, pues se ha distraído, y el error ha despertado en él cierta desconfianza.

El ejemplo, por supuesto, está un tanto sobredimensionado, pero si esto sucede en un recital, imaginen cuán a menudo podrá pasar en un escrito. Muchas veces no se valora la ortografía correcta de un texto porque viene dada. Pero cuando aparece un error, éste se destaca y genera una mezcla de burla y desconfianza que no es fácil remontar para el autor.

El error ortográfico desnuda y ridiculiza a quien lo comete, pues lo muestra incompetente en la mismísima tarea que está realizando. Es como cuando un presidente argentino quiso mostrar sus conocimientos de literatura y filosofía y reveló que había leído todas las novelas de Borges y aseguró, asimismo, haber leído muchos libros de Sócrates[1]. No se espera necesariamente que el presidente de la Nación sepa de literatura o de filosofía, así como no se espera que cualquiera sepa cómo se escribe «escisión», pero si uno decide adentrarse en la materia (ufanarse de ciertos conocimientos el Presidente, hacer uso de la palabra «escisión» aquel que la escribe), debe hacerlo con conocimiento de causa.

Es cierto: un Presidente no es «bueno» o «malo» por sus conocimientos literarios, así como la calidad de un texto no se mide por su «buena» o «mala» ortografía, pero, en cierta medida, levantan una sospecha: ¿por qué esta persona se está metiendo en un terreno en el que no sabe? ¿Sólo de esto opina y no sabe, o hay otras cosas de las que no nos estamos dando cuenta? La sospecha puede ser consciente o inconsciente, pero el error de ortografía, ante quien lo detecta, no pasa indiferente.

De todas formas es central una noción: la del matiz. Hay errores y errores, desde los discutibles hasta los famosos «horrores ortográficos». Escribir «Arjentina» en nuestro propio país es una bestialidad. Sin embargo, si un filipino[2] escribe «Arjentina» estaríamos ante un error grave, pero seguramente sería mucho menos aberrante, casi como escribir «Ejipto» en lugar de «Egipto». Retomando el caso de «govierno», teniendo en cuenta que se trata de una banda de origen británico, y que en inglés, el término se escribe con «v», el error, en definitiva, no es tan alarmante. Además, es importante considerar el contexto: la equivocación tuvo lugar en un recital, y no en una gacetilla de la Real Academia Española.

En este marco de los matices hay que pensar siempre en qué indicaría la lógica del hablante común, cuál es la situación de escritura y cómo lo puede tomar el lector. No podemos alarmarnos ante la falta de una tilde en el contexto de un chat, así como tampoco podemos exigir una perfección impoluta ni siquiera a quienes nos dedicamos a corregir textos.

 

APÉNDICE: Nombres propios

En los trabajos académicos, el error en los nombres de los autores suele ser algo frecuente, que, sin embargo, no parece preocupar demasiado a quienes lo cometen. Sin embargo, confundirse en la escritura de un nombre, por más difícil que éste sea, puede ser un signo de poco compromiso con las ideas de este autor. ¿Cuánto habremos de confiar en un psicoanalista que nos desarrolla con lujo de detalles la interpretación de los sueños, si luego cita a un tal «Froid», en lugar de a «Freud»? Por otro lado, dentro de un ámbito institucional, puede resultar ofensivo para un autor encontrarse citado en el texto de otro, pero con su propio nombre mal escrito.

Y esto no es válido sólo a los nombres de las personas, sino que también se extiende a los nombres de los libros y artículos que se está citando. La incorrecta transcripción de un título puede significar una incomprensión total del texto o la tergiversación de ciertas ideas. Es importante tener en cuenta que, en castellano (y no en otros idiomas, como el inglés o el alemán), los títulos llevan la primera letra en mayúscula y las demás, en minúscula, a menos que se trate de un nombre propio. Así, por citar un ejemplo alevoso, quien se refiera a la obra de Gabriel García Márquez como «Cien Años de Soledad» estará creando una confusión innecesaria, brindando la posibilidad de que la novela trate de una mujer llamada Soledad, que ha vivido 100 años.


[1] No pecaremos de arrogantes, y aclararemos, para quienes no lo sepan, que Jorge Luis Borges no escribió ninguna novela (toda su obra consta de poemas, cuentos y escritos críticos) y que Sócrates no dejó ningún legado escrito, aunque es la figura central de los diálogos de Platón y el maestro de éste.

[2] En algunas regiones de las Filipinas, archipiélago de Oceanía, aún se habla español como lengua materna.

 

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HAY PALABRAS Y PALABRAS

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«Pupo». Ésa es la palabra que más odio yo. Me parece un sonido repulsivo. Prefiero decir toda la vida “ombligo”, incluso si tengo que caer en la repetición. Pero esta entrada no se trata de mis gustos simplemente, sino de una generalización: todos tenemos palabras preferidas, palabras odiadas, palabras que nos son indiferentes. Aunque el idioma nos parezca lo más utilitario del mundo, nunca dejamos de tender lazos afectivos con él. Y esto no lo decimos sólo desde «De la ortografía y otros demonios»: buscando en la web, encontramos un sitio destinado exclusivamente a que la gente ponga sus 10 palabras favoritas del español: diezpalabras.blogspot.com. El sitio aclara que, si bien cualquier palabra es admisible, «no se buscan palabras que señalen conceptos nobles o inspiradores, como “madre”, “amistad” o “justicia”, sino palabras que por su sonido y reverberación resulten sugestivas y reconfortantes para el gusto artístico». Por ejemplo, el decálogo de palabras favoritas de Borges es (en orden alfabético):

Ámbar

Anhelar

Arena

Cristal

Hexámetro

Jacarandá

Penumbra

Runa

Sándalo

Sombra

Ni «laberinto», ni «tigre» ni «espada», para sorpresa de muchos. Es que la significación de las palabras no consta sólo del significado semántico, no depende nada más que de las acepciones del diccionario. Enrique Santos Discépolo explica muy bien cómo elegía las palabras a la hora de componer un tango:

 «Uso el argot por la sencillísima razón de que es más completo en la pintura. Hay estados o tipos o lugares para los cuales el símil académico es impropio por lo desusado. No entiendo por qué es más propio “robar” que “afanar”. ¿Por hábito? Bah… lo que sucede es que hay palabras feas y palabras lindas… Tanto la Academia, como el argot, tienen un sinnúmero de palabras que me desagradan. Utilizo de ambas las que me gustan por su sabor rotundo o pictórico o dulce. Las hay amplias, curvas, melosas, dolientes. Y las hay en todos los idiomas. Y si mi país, cosmopolita y babilónico, manoseándolas a diario, las entiende y yo las preciso, las enlazo lleno de alegría. Nuestro lunfardo tiene aciertos de fonética estupendos. Quieren matarlo. Hacen reír. Me hacen gracia esos que creen que los idiomas los han hecho los sabios. Si la necesidad de un pueblo es capaz de crear un genio ¿cómo pretenden que se detenga en la creación de una palabra que le hace falta? Y el lunfardo, en su casi totalidad, se distingue por eso.»[1]

Hoy en día el lunfardo original (el lunfardo del que habla Discépolo) entró en desuso, aunque muchas de sus palabras ingresaron en el lenguaje coloquial o informal, como «laburo» por «trabajo» y «cana» por «policía», entre muchísimas otras. Sin embargo, pese a no tener ya un nombre concreto («lunfardo») ni una circulación específica (las milongas y demás), los hablantes seguimos creando nuestros lenguajes propios constantemente. Hemos señalado en otra oportunidad la necesidad de crear códigos específicos al interior de los grupos, para afianzar el sentido de pertenencia; podemos pensar ahora en el vínculo afectivo que desarrollamos en torno a esas palabras. Un amigo dice con frecuencia «vamos a tomarnos unos materiales». Hace poco escuché que un obrero le decía al otro: «todavía no podemos empezar la pared; faltan algunos mates». Las deformaciones personales que cada hablante le hace al lenguaje le permiten asirlo, hacerlo propio, crear un lenguaje personal, y a la vez poder compartirlo, siempre y cuando no dificulte la comunicación.

Para esto último, dejamos uno de los tantos hilarantes diálogos que tienen don Quijote y su ladero, Sancho Panza, acerca de este tema.

 «Dijo Sancho a su amo:

—Señor, ya yo tengo relucida a mi mujer a que me deje ir con vuestra merced a donde quisiere llevarme.

Reducida[2] has de decir, Sancho —dijo don Quijote—; que no relucida.

—Una o dos veces —respondió Sancho—, si mal no me acuerdo, he suplicado a vuestra merced que no me emiende[3] los vocablos, si es que entiende lo que quiero decir en ellos, y que cuando no los entienda, diga: “Sancho, o diablo, no te entiendo”; y si yo no me declarare, entonces podrá emendarme; que yo soy tan fócil…

—No te entiendo, Sancho —dijo luego don Quijote—, pues no sé qué quiere decir soy tan fócil.

Tan fócil quiere decir —respondió Sancho— soy tan así.

—Menos te entiendo agora —replicó don Quijote.

—Pues si no me puede entender —respondió Sancho—, no sé cómo lo diga; no sé más, y Dios sea conmigo.

—Ya, ya caigo —respondió don Quijote— en ello: tú quieres decir que eres tan dócil, blando y mañero, que tomarás lo que yo te dijere, y pasarás por lo que te enseñare.

—Apostaré yo —dijo Sancho— que desde el emprincipio me caló y me entendió; sino que quiso turbarme, por oírme decir otras docientas patochadas.»[4]


[1] Enrique Santos Discépolo en el capítulo “Por qué y cómo escribo mis tangos” de Galasso, Norberto, Escritos inéditos de Enrique Santos Discépolo, Ediciones del Pensamiento Nacional, Argentina, s/f, págs. 24-25.

[2] Reducida, convencida. (Nota del Anotador)

[3] Para los que aún no han leído El Quijote (y que, esperamos, puedan leerlo pronto), aclaramos que está escrito en el castellano de 1615 (la segunda parte; la primera es de 1605), donde la ortografía no estaba asentada y términos como «emendar» por «enmendar» o «agora» por «ahora» eran del todo comunes; la transcripción que ofrecemos es la literal de la versión citada.

[4] Cervantes, Miguel de, 2000, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, edición de Martín de Riquer, España, Ed. Planeta en edición especial para La Nación. Tomo II, capítulo 7, pág. 607.

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DE RAYAS Y GUIONES

La computadora nos ha brindado miles de soluciones a quienes escribimos y a quienes corregimos. Sin embargo, no queda claro por qué es que tanto los inventores del Word como los del teclado nos han negado la posibilidad de disponer de la raya en un lugar más accesible.

Tal vez para sorpresa de muchos, el guión que aparece en la mayoría de los teclados entre el Shift derecho y el punto no es el famoso guión de diálogo que tanto vemos en las novelas, ni tampoco es el símbolo que se usa para introducir un inciso similar al paréntesis, pero con mayor grado de conexión con el resto del texto —un inciso como éste—. Estas rayas que acaban de aparecer se llaman así, “rayas”, y se escriben en el teclado en la compleja forma de “Ctrl” + “Alt” + “-”, que es el guión que aparece en el NumPad (a la derecha del teclado), y no el que está al lado del punto. También se pueden hacer con “Alt” + “0151” del NumPad, o, en Mac, con “Alt” + “Shift” + “-”. Y para las PC portátiles es aún más complicado, porque no hay NumPad, así que hay que combinar con la opción “Fn” (Función).

 

¿Cuál es la diferencia entre la raya y el guión?

 

Son dos: su grafía y su uso. La raya es mucho más larga que el guión (aunque depende también de qué tipografía se trate), y es incluso más larga que el guión bajo o el guión automático que a veces genera el Word. Y en cuanto al uso, como decíamos, sirve para introducir incisos que tienen una relación más estrecha con el texto que la que existe en el paréntesis, pero que sin embargo, puede funcionar con una sintaxis propia, además de funcionar como guiones de diálogo y para realizar listados. El guión, por su parte, sirve para unir palabras (como “teórico-práctico”, por ejemplo) y para separarlas al final de los renglones. Esta diferenciación es importante, pues le permite al lector distinguir qué es lo que sucede cuando aparece una línea media al final de un renglón: es decir, si es larga, se tratará de una aclaración, y si es corta, de una unión o división de palabras, de acuerdo con cada caso.

 

Sin embargo, al estar la raya tan escondida en el teclado, es sumamente común ver al guión siendo utilizado en el lugar de la raya sin mayores inconvenientes. Podría decirse que es una manía que existe entre correctores y editores, pero que es un error ampliamente aceptado entre otro tipo de comunidades.

 

 

Sobre la raya y los diálogos

 

En algunas editoriales se usa incluso un tercer símbolo, que es el guión de diálogo propiamente dicho, más corto que la raya y más largo que el guión. De todas formas, se puede usar la raya perfectamente para introducir diálogos. Lo interesante es tener en cuenta cómo funciona ésta al encontrarse frente a otros signos de puntuación.

 

—¿Querés verlo?

—Claro —dijo él.

—Tomá —le dijo—. Esto es para vos.

(Piglia, Ricardo, La ciudad ausente, Anagrama, Buenos Aires, 2008 [1992], p.92)

 

En este ejemplo podemos ver cómo funciona la raya en un diálogo: por un lado, sirve para marcar que es algo que dice alguien, sin necesidad de aclarar con un verbo declarativo, como en el primer caso. En esta situación, no se debe cerrar con otra raya. Además, es importante notar que el texto va inmediatamente después de la raya, sin espacio (más allá de que el Word lo marque como un error cuando se lo pone al lado de un signo interrogativo o exclamativo). En cambio, la raya que cierra, como se ve en las dos líneas siguientes, va pegada a la aclaración, y no a lo que se dice. Es decir, en realidad el único guión de diálogo es el primero. Lo que viene después son aclaraciones de quién dijo, cómo lo dijo, qué hizo al momento de decirlo o después, etcétera. Es por eso que la puntuación que se añade debe ir luego del inciso y no antes, tal como se ve en la tercera línea. El punto (lo mismo ocurriría si fuese una coma o cualquier otro símbolo) no va luego de “Tomá”, sino que sigue a “—le dijo—”, porque éste está aclarando a “Tomá”, por lo que sigue tratándose de la misma oración.

Diccionario

UNA APROXIMACIÓN AL DICCIONARIO

—Joder —dijo admirativamente Oliveira. Pensó que también joder podía servir como punto de arranque, pero lo decepcionó descubrir que no figuraba en el cementerio; en cambio en el jonuco estaban jonjobando dos jobs, ansiosos por joparse; lo malo era que el jorbín los había jomado, jitándolos como jocós apestados.

«Es realmente la necrópolis», pensó. «No entiendo cómo a esta porquería le dura la encuadernación.»

Cortázar, Julio, Rayuela, Alfaguara, Buenos Aires, 2006 [1963], capítulo 41, p.263

Lo que hace Oliveira en el epígrafe es “jugar en el cementerio”. O al menos, así lo llama él; es lo que hacen con la Maga cuando están aburridos en París, en la novela emblemática argentina, Rayuela, de Julio Cortázar. ¿En qué consisten los juegos en el cementerio? Se trata de ir al diccionario (el cementerio de palabras) y tomar términos que parecieran no ser parte del español, para formar oraciones con sentido.

La asociación de diccionario y cementerio no es inocente: allí es donde las palabras van a morir, porque dejan de tener significados y de ser articuladas en función de la comunicación, para pasar a ser una sucesión de definiciones. Cualquiera que haya tenido algún contacto con el campo científico entenderá la dificultad de definir un concepto y cómo se realizan innumerables debates en torno a una palabra, que seguramente acabará por no contentar a muchos. Entonces, ¿qué se le puede pedir a un libro que tiene que definir “revolución”, “literatura” o “política” en 10 palabras?

Esta entrada no persigue ir contra el mandato escolar de “chicos, consulten el diccionario”, pero sí tener en cuenta la relatividad de su uso y utilidad. Podría decirse que el diccionario es una herramienta de consulta básica y, sobre todo, una formalidad de la lengua. Porque toda lengua, para considerarse tal, debe tener un sistema legal que la ampare, y esto incluye una Academia y un diccionario.

Pero la lengua justamente no es la que encontramos en esos tomos inmensos de páginas finas y letra chica, sino lo que hablamos y escribimos regularmente, el material que usamos para comunicarnos. Por eso sería equivocado pensar que si escribimos una palabra y el Word o Internet la subrayan con rojo, debemos quitarla. No hay dudas que ante esa situación hay que revisar la palabra escrita (y, en especial, su ortografía) y ver también qué nos sugiere el corrector. Pero si estamos convencidos de que se trata de un término usado y aceptado por el marco de personas a las que les estamos escribiendo, entonces no debería haber inconvenientes en violar al diccionario y poner estas palabras en uso, como lo hacemos todos los días. Así, como hemos señalado en otros artículos, si estamos escribiendo un mail a un amigo y decidimos poner “q haces? tdo bn?”, mientras él nos entienda, no estaremos incurriendo en ningún error, tal como si estamos escribiendo un artículo sobre literatura y hablamos del “borramiento del autor”, pese a que “borramiento” no sea una palabra aceptada por el corrector.

Los correctores se basan en los diccionarios, y los diccionarios se actualizan al menos cada 10 años. Pero lo cierto es que no dan abasto y no pueden poner en juego todas las expresiones del lenguaje (y mucho menos en español, que implica muchos millones de hablantes de más de 30 países distintos), quitando las viejas y sumando las nuevas. En definitiva, sirven como fuente de consulta, pero no tienen “la verdad”, ni son necesariamente “mataburros”, como en algún momento se decía.

Por de pronto, tal vez Cortázar se ponga contento de saber que “joder” está actualmente en el Diccionario de la Real Academia Española con 3 acepciones del verbo y una como interjección.

 

NOTA: luego de publicada esta entrada tuvimos el agrado de cruzarnos con una excelente conferencia de Ricardo Soca, que ahonda mucho más seria y prolijamente en el tema del uso del diccionario en el español. Afortunadamente, la encontramos digitalizada gracias al siempre interesante sitio de ElCastellano.org. Para ver la conferencia hagan clic aquí.

Coma

SOBRE EL USO DE LAS COMAS

Nada fácil es poner una coma, o saber cuándo omitirla. Sólo basta con ver esta oración recién escrita: esa coma antes de la “o”, ¿es correcta o incorrecta? Y, por suerte, en apenas dos líneas, hemos llegado al meollo de la cuestión: sí, hay una reglamentación sobre el uso de comas y sí, es importante seguirla, pero, a la vez, también hay muchísimas comas que son perfectamente “debatibles” u “opinables”, sin que exista una resolución que sea más verdadera que la otra. Podríamos decir, entonces, que la primera oración de este texto podría haber tenido coma, tanto como podría no haberla tenido.

Pero entonces, ¿en qué hay que basarse para tomar una decisión fundada? Para empezar, y siguiendo con la línea de pensamiento de este sitio, la escritura representa de algún modo a la oralidad, y la coma no es más que la representación de una pausa breve en el discurso (la pausa más breve de todas, si se quiere, seguido por el punto y coma, el punto y seguido y el punto y aparte). Pero, además, existe una serie un tanto extensa de reglas, que dicen que antes de una proposición adversativa —pero, sino, aunque— o consecutiva —porque, pues—, “debe” ir una coma; que cualquier aposición explicativa debe estar entre comas; que los vocativos deben ir entre comas y un gran etcétera que no repasaremos aquí, pero que está explicado correctamente en el libro mater de los correctores, el Manual de Ortografía de la Real Academia Española (que se puede descargar en PDF —la edición de 1999 y no la última y polémica de 2010— haciendo click aquí, y que es ampliamente recomendable como material de consulta para cualquiera que escriba en español).

Por lo tanto, están las reglas, pero también está la oralidad. Para escribir confiado de que la mayoría de las comas que se están poniendo (u omitiendo) son “correctas” (o quizás sería mejor decir “aceptables”) hay que conocer bien estas reglas, pero también hay que ser capaz de leer el texto de corrido, sin inconvenientes, siguiendo las marcas de puntuación que existen en él, y no la cadencia sugerida por recordar lo pensado al momento de escribirlo. Es decir, el texto se tiene que poder leer normalmente en voz alta, sin que este lector logre récords de lectura sin respirar, pero también evitando que tenga que detener su discurso en cada palabra que pronuncia.

Si en una oración de tres renglones no hay ninguna coma o marca de puntuación, permítanse dudar de ella, y revísenla y reléanla en voz alta hasta encontrar las pausas necesarias que se harán inconscientemente a lo largo del discurso. Si, por el contrario, en esa oración habitan tantas comas que la idea se vuelve ilegible, revean lo que se está queriendo decir, considerando la posibilidad de separar las ideas en más de una oración, o de incluir otros elementos de la puntuación más disruptivos, como pueden ser los dos puntos, el punto y coma, los paréntesis, las rayas o incluso las notas al pie.

El tema de la puntuación no es tan sencillo como parece, e incluso las reglas generales pueden ser desmentidas en casos particulares. Por ejemplo, en el Manual, la RAE sugiere el uso de la coma cuando se invierte el orden regular de las partes del enunciado y también en algunas construcciones adverbiales. Sin embargo, para ejemplificar las aposiciones explicativas, usa la siguiente oración: “En ese momento Adrián, el marido de mi hermana, dijo que nos ayudaría.” Bien podría considerarse que “en ese momento” no está en su posición regular, pues es parte del predicado y está ubicado antes del sujeto, y, además, se trata de una construcción adverbial, ambos, motivos suficientes para justificar una coma entre “momento” y “Adrián”. Aparte, una lectura oral con esa pausa lo avalaría.

¿Qué se intenta demostrar aquí? No que la RAE cometió un error, ni que sus reglas están equivocadas, sino, justamente, la flexibilidad de las mismas, y la posibilidad de las dos lecturas. Sin dudas, esta oración es perfectamente correcta, tanto con coma como sin ella. Ubicada dentro de su contexto, recién ahí se tendrán armas suficientes para justificar, desde un punto de vista más estilístico, si conviene, o no, ubicar una coma allí.

Por último, y para demostrar las dificultades en la lectura que representa el uso efectivamente incorrecto de las comas, dejamos aquí unas oraciones del cuento “Tinieblas”[1], de Elías Castelnuovo, representante del grupo de Boedo en la Buenos Aires de los años 20, un hombre con ideas revolucionarias desde el punto de vista social y cultural, pero con escasa formación y serios problemas a la hora de redactar. Para esta entrada hemos seleccionado sólo cuatro errores ejemplificadores, pero el texto tiene muchísimos más.

  • Su boca, estaba recortada con finura (…)”, (p.32. Uso incorrecto de la coma, separando al sujeto del predicado).
  • Con el dinero que le di adquirió, un vestido chillón, unas zapatillas celestes y un pañuelo de seda blanca con el cual ciñe el haz de sus cabellos negros.” (p.34. En este caso la coma se usa incorrectamente para separar el verbo del objeto directo; si bien se podría pensar en una eventual pausa entre “adquirió” y “un vestido chillón”, esta pausa debería estar marcada por los dos puntos, pues significa un detenimiento brusco e inesperado, que destaca la enumeración de objetos directos que le siguen al verbo).
  • A la hora de cenar, lo hacemos juntos en silencio como dos cartujos que se propusieran alcanzar la gloria del paraíso recluyéndose en el monasterio de una barraca podrida y solitaria.” (p.35. En esta oración hay una acumulación de elementos que exigen necesariamente algunas comas para distinguir funciones y permitir la respiración. Por ejemplo, “en silencio” podría ir entre comas).
  • Me trajo el desayuno a la cama cosa que nunca había hecho.” (p.37. La coma ausente entre “cama” y “cosa” tiene una justificación desde la normativa, pero es mucho más evidente desde la oralidad: esta oración no puede ser leída sino con una pausa necesaria entre esas dos palabras).

La puntuación puede resultar un poco inabarcable para explicar en entradas de blog. Sin embargo, con la base del Manual de Ortografía, artículos previos y entregas posteriores que iremos haciendo, se puede llegar a armar un conocimiento básico en el que la puntuación, si bien nunca perfecta, al menos pueda llegar a ser pensada conscientemente.


[1] CASTELNUOVO, Elías. “Tinieblas” en Tinieblas, Librería Histórica, Buenos Aires, 2003 [1923]. Todas las citas fueron tomadas de este texto.

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EL VIAJE DE LAS IDEAS: De la cabeza hasta el papel. Consejos para la producción de textos escritos

Adli: “¡No uses epígrafes porque matarían el misterio de la escritura!”

Cartas a un joven periodista, M. Balamir

Epígrafe al capítulo 1 de El libro negro, Orhan Pamuk

Como es bien sabido por los psicólogos, la gente tiene muchas cosas en la cabeza. A menudo éstas se exhiben sin quererlo siquiera, pero otras veces, pese a querer mostrar sus ideas al mundo, el pensador —en el sentido literal de la palabra— se enfrenta a serias dificultades. Además del conocido “temor/terror a la página en blanco”, existen varios escollos a la hora de escribir: desde lo más básico (como ortografía, puntuación y sintaxis), hasta lo más complejo (como los modos de interesar al lector o de escribir un texto con una estructura adecuada), los problemas que representa la producción escrita de un texto plantean desafíos muchas veces inesperados para nuestro pensador.

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ELEGIR EL REGISTRO: una tarea compleja/complicada/difícil/jodida

En «De la ortografía y otros demonios» somos partidarios de la multiescuchada frase (al menos en nuestro ámbito) “los sinónimos no existen”. No criticamos el uso o el significado de la palabra “sinónimo”, pero en realidad lo que buscamos es repensar el uso de cada vocablo que escribimos y tratar de entender, en la medida de lo posible, todas sus significaciones y sus connotaciones en los distintos ámbitos.

La concepción del sinónimo nace a partir de la necesidad de los hablantes y escritores de evitar la repetición. Por eso, por ejemplo, en el párrafo anterior, dice “vocablo” en lugar de “palabra”. Pero ese término (otro “sinónimo”) fue analizado y evaluado antes de ser escrito. ¿Cumple en este caso “vocablo” la misma función que queremos representar al decir “palabra”? ¿Es apropiado el término “vocablo” en el ámbito en el que estamos escribiendo (un blog sobre corrección de estilo, pensado especialmente para gente que no se dedica a la materia)? ¿Será de común conocimiento con nuestro público el significado de la palabra “vocablo”?

Luego de hacernos todos estos cuestionamientos (en forma abreviada, por supuesto) es que resolvimos que, en este caso —y sólo en este caso—, “vocablo” sirve para explicar lo que buscábamos decir exactamente igual que “palabra”. Pero si estuviésemos en situación de una clase de escuela primaria, explicándole a un niño que “andó” no es una palabra, no podríamos nunca decir, como si de sinónimos se tratase: “Pedrito, ‘andó’ no es un vocablo existente en nuestra lengua.”

¿Qué falla en este caso? El registro. La constante búsqueda de los hablantes por evitar el uso de repeticiones puede llevar a estos errores. Y no son problemas menores, sino que son errores importantes, pues, al fallar en el registro, el mensaje enviado puede no ser comprendido, volviéndolo inútil. Así, el término “vocablo” en el ejemplo anterior implica una comunicación fallida, ya que es muy probable que el pequeño Pedrito no haya entendido al maestro y vuelva a decir “andó” en el futuro.

Muchas veces se busca un registro altamente sofisticado, que demuestre los amplios conocimientos del escritor o hablante. Esto puede acarrear el mismo problema que el mencionado anteriormente en la escuela, o incluso un problema de falta de ubicuidad en el ámbito en el que uno se está expresando. Puede que uno sea entendido al decir en una reunión de amigos “Carla tenía un rostro color marfil”, pero será mucho más claro y normal (y, por supuesto, menos poético) “Carla era medio blanquita de cara”.

En definitiva, la elección del registro parece algo sumamente sencillo, pero en realidad no lo es. Lo importante es tomar efectivamente una decisión sobre el mismo, y que no sea mera consecuencia del azar. Ser capaz de determinar el registro propio que se utilizará en un texto le permite al escritor hacerse dueño conciente del mismo y empezar a forjar un estilo (incluso si no se trata del más esperado de todos).

Aunque con una gama muchísimo mayor de opciones y, por ende, con una mayor complejidad, la elección del registro es muy parecida a la elección del tratamiento al interlocutor (y, de hecho, este tratamiento forma parte de la elección del registro). Tratar de usted a alguien no es lo mismo que vosearlo o tutearlo. Si uno se encuentra con el Presidente, es sumamente esperable que se lo trate de usted, y hacerlo de otro modo sería probablemente una falta de respeto. Lo mismo sucedería si a un amigo cercano no se lo vosea (o tutea, según el país). Pero existen puntos intermedios donde el tratamiento no está definido. Por ejemplo, no muchos años atrás, vosear al médico era impensado. Hoy, si uno se encuentra con un médico joven, la duda aparece: ¿se sentirá menospreciado si lo voseo, lo creerá muy intimista?, ¿se sentirá viejo si lo trato de usted, lo creerá muy distante? Sea cual sea la decisión, lo importante es tomarla a conciencia y mantener el mismo registro a lo largo de la charla (del texto), pues sonaría ridículo decir “Doctor, ha sido un placer charlar con usted. ¿Puedo pasar a verte la semana que viene?”

Qué

QUEÍSMO Y DEQUEÍSMO

—Estoy pensando de que mañana por ahí no voy a la reunión.

—Desconfío que lo vayas a hacer.

¿Cuál es el problema en este breve diálogo? ¿Por qué ambas expresiones parecen tan cotidianas, pero, sin embargo, nos quedan resonando, como si algo anduviese mal? Se trata del famoso dequeísmo, y del no tan famoso pero igualmente frecuente queísmo. Generalmente, uno no piensa de algo, sino que pensamos algo o, a lo sumo, en algo. Del mismo modo, uno no desconfía una cosa, sino que desconfía de una cosa. De todos modos, mientras ambas oraciones contienen errores normativos y son sintácticamente incorrectas, en la oralidad —e incluso, muchas veces, en la escritura— las aceptamos sin mayores miramientos, y entendemos perfectamente de qué se está hablando al escucharlas.

¿Por qué se producen estos fenómenos? Es algo que muchos lingüistas estudian, pero que no está del todo claro. Una hipótesis para explicar el dequeísmo habla de una distanciación inconsciente que produce el hablante entre el sujeto de la oración y el predicado. ¿Qué significa esto? Que el hablante busca ponerse lo más lejos posible de lo que está diciendo, quiere distanciarse de la afirmación que hace y por eso introduce un «de» entre el verbo y el predicado. Así, el yo de nuestra oración (que está marcado por la desinencia del verbo) busca alejarse lo más posible de la afirmación de que quizá no asista a la reunión. Ésta, por supuesto, es nada más que una hipótesis, que no resulta tan sencillo sostener y que tiene más de un contraejemplo, pero se podría pensar como una posible explicación de la tendencia de este fenómeno.

Más certera parece ser la explicación social que subyace al fenómeno del queísmo. En Argentina, el dequeísmo es generalmente reconocido como error por las clases media y alta cultas, y busca ser evitado a toda costa, para no ser confundidas con las clases sociales bajas. Así, al evitar juntar las palabras «de» y «que», que conllevan el riesgo de usar un dequeísmo, estas personas incurren en el queísmo, una falta a la normativa de igual trascendencia que el dequeísmo, pero que pasa más desapercibida para el oyente normal. El error normativo en el queísmo es evitar la preposición en situaciones en que ésta completa a la idea del verbo, como «hablar de», «pensar en», «depender de», etcétera.

En esta teoría se contemplan estigmatizaciones que indican que es más frecuente escuchar dequeísmos entre las clases sociales bajas o sin educación —el fenómeno se observa a menudo en jugadores de fútbol, por ejemplo—, mientras que el queísmo es típico de la clase media con cierto nivel cultural, pero con temor a pasar como una persona de clase baja. Sin embargo, esto no se trata más que de una burda generalización, pues ambos fenómenos están tan arraigados a nuestra habla cotidiana que a menudo resulta difícil discernir a simple oído cuándo se incurre en una falta a la normativa. Y, por otro lado, dequeísmo y queísmo son dos incorrecciones normativas —es decir, del código que regula a la lengua—, pero de ningún modo implica que exista una forma de hablar correcta e incorrecta. No hablamos ni «bien» ni «mal»; todos hablamos, todos nos comunicamos, y, entre todos, hacemos y modificamos a la lengua. A lo sumo, algunos hablarán mal o bien de acuerdo a lo que indica la norma general.

Olé

CITAS TEXTUALES: cómo y cuándo usarlas

«Ramón Díaz dice que su Ciclón no cambió de nombre, aunque “le estamos haciendo el motor”».

 

«Para eso, el DT sabe que “ahora tenemos que reafirmar el avance”».

 

«Prósperi banca su corte nuevo porque “ahora ya no me dicen Gentiletti”».

¿No suenan raras todas estas oraciones? ¿No parecen mal construidas, imposibles de ser comprendidas oralmente? Todas pertenecen al diario deportivo Olé de la edición electrónica del día 15 de marzo de 2011. Sí, en un solo día, a vuelo de pájaro se encuentra en tres notas distintas el mismo error, que muchos ni siquiera consideran tal, como se puede ver.

Para no arrogarnos la autoridad de discutir con quienes consideren correcta esta forma de citar, vamos a dejar que el Diccionario Panhispánico de Dudas de la RAE hable por sí solo:

La inclusión, a través de las comillas, de un texto literal dentro de un enunciado en estilo indirecto es aceptable siempre y cuando no se incumpla alguna de las condiciones impuestas por el estilo indirecto, como, por ejemplo, la correlación de tiempos verbales o los cambios en determinados pronombres o adverbios. No sería aceptable, por tanto, un enunciado como el siguiente: Mi madre nos recomendó que «no salgáis a la calle sin abrigo».

Citar adecuadamente puede resultar más difícil de lo que parece. El uso de la voz de otro en un texto propio se puede incluir a través del estilo directo, del indirecto, del híbrido o del narrativizado (los nombres son lo de menos y pueden cambiar las categorías según el método de enseñanza usado; lo que importa es la teoría). Sin entrar en demasiados detalles, daremos ejemplos que simplifiquen la explicación:

Estilo directo:

María les dijo[1]: “¡No salten en la cama!”

Estilo indirecto:

María les dijo que no saltasen en la cama.

Estilo mixto o híbrido:

María les dijo que no saltasen en la cama porque, si lo seguían haciendo, alguno se iba a lastimar “muy feo”.

Es claro, cada ejemplo ilustra cada estilo. Lo que importa no son los nombres, sino saber para qué sirve cada estilo. En el directo lo que se busca es poner a hablar al actor, darle el mayor protagonismo posible, y se usan las comillas para decir: “esto que pongo que dice María, efectivamente lo dijo María en esta misma forma”. Cuando se trata de una cita textual oral el texto puede ser ligeramente modificado para lograr una coherencia con el resto del texto. Si se trata de una cita de suma importancia o de una cita de un texto escrito, lo que se escribe entre comillas debe ser idéntico al original. Si se necesita saltear una parte, se pueden agregar tres puntos suspensivos entre corchetes (“[…]”) o, si hay que cambiar un verbo o agregar un nombre para lograr una concordancia o para recuperar un agente perdido, también se lo puede hacer por medio de los corchetes.

En el estilo indirecto se busca repetir la idea que plantea el actor, pero sin la necesidad de reproducirlo textualmente, dando lugar a reformulaciones y formas más sencillas o correctas en la escritura.

El híbrido persigue lo mismo, con la diferencia de que se busca rescatar algún fragmento del que, como autores, no nos queremos hacer cargo, y sí queremos señalar que así fue como el actor lo dijo. Por eso, expresiones coloquiales, juicios de valor o frases muy contundentes buscan ser entrecomilladas, con el fin de destacar las palabras utilizadas por la persona o el texto citado. Es especialmente en este estilo en el que no hay que olvidar lo dicho anteriormente por la RAE; así, lo que se incluya entre comillas siempre deberá respetar la coherencia y la sintaxis de la oración en la que se inscribe, cuidando el uso de pronombres, de adverbios y de tiempos verbales.

Cuando el texto a citar es mucho, y se vuelve innecesaria la presencia del actor —debido a que no cambia en nada quién lo haya dicho o porque es completamente evidente quién fue el que lo dijo—, se puede usar el estilo narrativizado, que consiste simplemente en la elisión de cualquier mención al actor, y se asume lo que se dice como propio. Por ejemplo: un paciente cuenta su historia y dice: “Mi papá es médico y mi mamá comerciante. Mi hermano tiene 27 años. Está estudiando Veterinaria”. En un informe psicológico no aporta en nada citar textualmente estas palabras, pues no hay ninguna marca relevante, más allá de la “información dura”. Además, es obvio que la información fue obtenida a través del paciente, pues es él quien cuenta su vida. Así, el informe simplemente puede narrar los datos, sin uso de comillas ni mención al verdadero creador de las palabras. Por ejemplo: J. es hijo de un médico y de una comerciante. Tiene un hermano de 27 que estudia Veterinaria.


[1] “Decir” es el verbo por antonomasia en las citas textuales, así como también, el más genérico y menos explicativo. Según cada ocasión particular, puede ser conveniente cambiar por “advertir”, “subrayar”, “asegurar” y un larguísimo etcétera que abarca a todos los verbos declarativos e, incluso, a algunos que no lo son tanto.