Tute - Hugo y...

HUGO Y ESA MALDITA COSTUMBRE

Tute - Consecutio TemporumHugo es odioso. Es un imbécil, como bien dice la mujer. Hugo también es un pobre tipo. Hugo se queda siempre pensando que lo mejor es quedarse al lado de la norma, no despegarse de ella. Para él, los tiempos verbales son más importantes que los verbos. La metáfora cliché de la podredumbre no lo convence, prefiere usar la palabra adecuada, la que refleje justamente la sensación de la mujer: cansancio. Siente pena por ella, por su incapacidad de comprender que luego de la forma verbal «darse cuenta» debe ir un «de». Hugo, un típico corrector de Word, una máquina, un corrector callejero sin sentimiento. Un descorazonado.

Ya hemos hablado del queísmo y el dequeísmo. También hemos expuesto algunas ideas acerca de la sobrecorrección y de la necesidad de usar el sentido común y de tener tacto a la hora de corregir. Es decir que no venimos a exponer nada demasiado nuevo, pero sí a aunar conceptos y demostrar que estamos pensando siempre en una misma dirección, que es la contraria a la que lleva Hugo. Y lo hacemos, entre otras cosas, porque estamos cansados de los correctores desubicados (profesionales o amateurs) que no piensan en el texto, ni en el medio, ni en el autor ni en el lector. Son personas que sólo piensan en la norma, en un «escribir/hablar bien», en un mensaje puro, que no existe, porque las acciones de hablar, escribir y pensar son apasionadas, con mucho de desmedido e irracional. Aquel que piense sólo lo racional, lo esperado, no pensará nunca nada nuevo, no pensará nada en realidad. En la cabeza tienen lo que «debería ser», y se alejan de la pasión de la escritura, de la pasión del habla.

Hugo no es más que un manojo de reglas bien aprendidas. Ni se da cuenta que el amor se le va. Se concentra apenas en una parte mínima del discurso, pero no lo entiende. No entiende que es un discurso oral, que se da en un bar, que lo pronuncia su mujer, que se lo dice a él, y que transmite ni más ni menos que un estado de aburrimiento extremo, de cansancio. Hugo es un «asesino de los días de fiesta», «un corazón privado de amor», y, como los personajes de Denevi, ni se da cuenta. Un corrector que carece de este tipo de sensibilidad no hará más que estorbar, que poner palos en la rueda, porque, con todos sus prolijos conocimientos de la gramática, sigue sin entender absolutamente nada de la lengua y la comunicación.

Por suerte, Tute nos muestra a este Hugo en otra situación mucho más elocuente, más sintética. En este caso, Hugo expone todo su conocimiento sobre el romanticismo, pero no es más que una carcasa vacía, un hombre sin amor.

Tute - Hugo y...

Posdata

Este texto quizá necesite de algunos comentarios extra, porque escapa un poco de la coherencia que intentaban mantener todas las otras entradas. Sería justo indicar su motivación, que proviene de dos ramas principales: por un lado, un homenaje a Tute y su enorme, ecléctico, bizarro y brillante álter-ego Hugo; por otro, a un odio personal tal vez un tanto desmedido hacia la gente que va por la vida corrigiendo el habla de los demás, e incluso corrigiéndose a sí misma. Son personas que por cumplir con el mandato de evitar la repetición de palabras, no dicen lo que quieren decir; que leen un mensaje de texto como si fuese un mail laboral, o incluso quienes confunden un mail laboral con un simpático mensaje de texto. Personas que por desconocer a su público, envían mensajes equivocados, que no comprenden los distintos medios.

Este odio, por supuesto, no es hacia estas personas, sino hacia estas actitudes que no contribuyen en nada a las expresiones orales y escritas, y que no hacen más que poner en exhibición una erudición por demás inútil.

Por último, hemos esbozado una cita de Marco Denevi que ampliamos a continuación. Corresponde a las últimas líneas de la novela Los asesinos de los días de fiesta:

El otro día Patricio de la Escosura estaba leyendo un libro. Y de golpe exclamó:

—Oigan esto.

Después nos leyó en voz alta:

—Los corazones privados de amor se vuelven crueles, codiciosos y feroces como guerreros extranjeros en una ciudad vencida. Se entregan al pillaje y a la matanza de los demás corazones, y convierten los días de fiesta en noches de duelo.

—¿Y eso qué tiene que ver con nosotros? —gritó Iluminada.

DENEVI, Marco. Los asesinos de los días de fiesta. Emecé. Buenos Aires. 1972. Pág. 213.

 

Las imágenes de los chistes de Tute fueron obtenidas de «El blog de Tute».

 

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LAS ESCRITURAS DE LA SANTA FE

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¿Contagiados por el espíritu de estas Fiestas, nos hemos vuelto religiosos? Quizás. Pero en realidad, en esta oportunidad hablaremos de la provincia de Santa Fe, no desde el punto de vista religioso ni turístico, sino desde la lingüística y la gramática, en torno a dos cuestiones esenciales, dudas eternas de cualquier argentino que se interese por «la bota»: a) Santa Fe, ¿lleva acento?; b) ¿Cómo es: «santafecino» o «santafesino»?

Para los ansiosos, que sólo quieren conocer la solución y seguir adelante con sus vidas, respuestas breves: Santa Fe se escribe así, sin tilde (recordemos que todas las palabras tienen acento, pero que sólo algunas llevan acento gráfico o tilde), y es «santafesino» y no «santafecino», aunque en algunos ámbitos, esta forma con «c» también sea aceptada.

Perfecto, la nota ya está hecha. Si gustan, pueden marcharse con un conocimiento más bajo el brazo, algo para lucirse en su grupo de amigos. Pero a partir de ahora empieza lo interesante, ya que comenzaremos a pensar en estas formas lingüísticas, y a asociarlas con la importancia del lugar de pertenencia, del nombre propio, con un ser y una geografía textual: yo soy este que está aquí escrito, y soy de una forma, y no de cualquier otra.

Desde «De la ortografía y otros demonios» abogamos por un sentido de la identidad que también está en la palabra. Es por eso que sostenemos con firmeza que el único gentilicio admisible para las personas nacidas en Santa Fe es el de «santafesino», con «s», porque es el que sus habitantes eligen y usan. En América han conocido[1] de sobra la apropiación de lugares propios a partir del lenguaje; en Santa Fe se busca una nomenclatura propia, y no una impuesta por el afuera. Es por esto que uno no dice: «es “santafesino” porque en el DRAE se dice que es la forma preferida». Es con «s» porque así lo escriben los locales (a diferencia de algunos medios nacionales, como el diario La Nación, que se obstinan en escribirlo con «c»).

De idéntico modo se debe proceder, por ejemplo, con la pronunciación de apellidos. En un lugar como España, un tema así no implicaría mayores inconvenientes, porque la mayoría de los apellidos se pronuncian según la propia región de pertenencia (castellanos, vascos, catalanes, etc.). En Argentina, en cambio, tal como sucede en muchas otras regiones de América, la variada inmigración trajo como consecuencia apellidos españoles, pero también infinidad de italianos, rusos, polacos, alemanes, franceses, ingleses y un casi inagotable etcétera. Incluso, muchos orígenes no han quedado del todo claros. ¿Y entonces, cómo pronunciamos esos apellidos? ¿Como lo marca la norma de la lengua correspondiente a cada país? En mi caso particular[2], la historia europea y la herencia familiar han vuelto imposible dilucidar la proveniencia precisa de mi apellido, «Scheines». Puede ser tanto ruso, ucraniano, alemán, yiddish, o una lengua que aún desconozco. ¿A qué regla he de atenerme entonces? La gente que sabe alemán insiste en querer pronunciarlo como /sháines/. Sin embargo, el apellido se ha transferido oralmente dentro de la familia como /shéines/. Con una tradición de al menos unos 100 años, ¿quién se cree con derecho a venir a cambiar cómo me llamo, cómo se llama mi familia? ¿Qué reglas podrían permitir algo así?[3]

Precisamente, a partir de esto es que nos interesa retomar el tema de Santa Fe. Con la misma lógica que hablamos del gentilicio «santafesino», podemos entender el apego de mucha gente (especialmente, los mayores) de escribir ese monosílabo con tilde, y llamar a su provincia (su ciudad, o incluso su propia calle, en otras provincias) «Santa Fé». La tilde de los monosílabos que no distinguen significado fue eliminada en 1959, siguiendo una lógica que no carecía de coherencia. Sin embargo, cómo explicar que el nombre de tu lugar ya no es el que era, que su escritura cambió de un día para otro. Volviendo a lo personal, si la RAE decidiese que «Nicolás» deje de tildarse, quizás los próximos Nicolases escriban sin problemas «Nicolas», pero a mí me sería imposible, porque sería un cambio en mi identidad, impuesto por agentes externos.

De este modo, ¿cuándo un corrector está habilitado, con suma ligereza, a eliminar esa tilde final en «Santa Fé»? En «De la ortografía y otros demonios» podríamos sugerirlo, incluso mencionar la norma vigente desde 1959, pero de ningún modo tachar de plano algo de lo que un local puede saber (o sentir) más. Y para entender este proceso, tal vez podamos hacer un imaginario viaje a la «Buenos Ayres» de hace algunos siglos y ver cómo tomaron los porteños la pérdida de la «y», y cuánto tiempo llevó acostumbrar a un pueblo a escribir de otra forma el nombre de su ciudad. Si no es para sorprenderse encontrar ediciones del siglo pasado que hablan de «Buenos Ayres», tampoco debemos escandalizarnos que hoy, a más de 50 años de la nueva reglamentación, muchos santafesinos sigan llamando a su ciudad, y con todo derecho, «Santa Fé».


[1] Digo «han» y no «hemos» porque sería un barbarismo incluirme entre el grupo de los colonizados, cuando, como la mayoría de los argentinos, soy descendiente de inmigrantes europeos, es decir, de los colonizadores.

[2] Y a partir de este punto ya se vuelve imposible mantener el plural mayestático que usamos (uso) para incluir a todos los que participamos del sitio web.

[3] Tomé mi caso particular porque es el que más conozco, pero podemos registrar dos ejemplos del mundo futbolístico, para ampliar el concepto. Pensemos en dos jugadores de larga trayectoria en el seleccionado argentino. Uno, Javier Mascherano, con un apellido de claro origen italiano, se ha llamado a sí mismo (o, al menos, así ha aceptado que lo llamen) /mascheráno/, cuando el dígrafo «ch» en esa lengua se pronuncia como /k/ (sería, entonces, /maskeráno/). Otro, Gabriel Heinze, se llama a sí mismo (y esto es comprobable con sólo comparar un par de entrevistas televisivas al jugador) tanto /éinse/ como /xéinse/ (la «x» en fonética representa al sonido de la jota). Cualquiera de las dos pronunciaciones puede ser correcta, dependiendo si se aplique la norma de la lengua inglesa, alemana o francesa. ¿Él sabe cuál es el origen de su apellido? Es posible que no…

CFK

TODOS, TODAS, LA PRESIDENTA Y EL GÉNERO NEUTRO

CFK

En castellano las cuestiones de género muchas veces se tornan complicadas. El lenguaje es político: le decimos «castellano» porque el reino de Castilla impuso su idioma al resto de la región española, usamos el «vos» como herencia de un trato formal y de inferioridad con respecto a los virreyes y su séquito, y ahora usamos términos como «sale», «chat» y «mail» en consecuencia directa de una especie de invasión cultural norteamericana y tecnológica. Y así como estas cuestiones lingüísticas fueron determinadas por asuntos políticos, la respuesta a aquellos que acusan al castellano de ser machista es complemente evidente: esta lengua tiene más de 1.000 años; la liberación femenina, menos de 100. En otras lenguas quizá este machismo del lenguaje no sea tan marcado, pero también puede decirse que España se ha destacado especialmente por hacer gala de su machismo. De todas formas, no es esto lo que vamos a discutir aquí. Lo importante es la dificultad que implica pretender cambiar una lengua tan antigua en tan poco tiempo.

Aún recuerdo los dichos de Dora Barrancos, especialista en cuestiones de género, que en una charla ante alumnos de TEA en 2007 dijo (la cita no es textual): «No descansaremos hasta que se use la palabra “pilota”». En su momento no supe a qué se refería. Luego, comprendí: su pretensión era que a todas las mujeres que manejen aviones se las llame «pilotas» y no «pilotos». Suena raro, pero tendría sentido. Cuando apareció la primera mujer que conducía aviones, generó algo así como lo que en Derecho se llama un «vacío legal», y al hablante que le haya tocado mencionarla por primera vez, seguramente dijo «la piloto», haciendo de «piloto» un término neutro, pese a que la «o» final es una típica marca de género masculino (aunque no existe una relación obligatoria de «-o» = masculino, así como no la existe de «-a» = femenino).

¿Cómo hacemos para pensar la mayoría de las profesiones que, con la mujer destinada al cuidado de la casa, eran realizadas siempre por hombres? Algunas son fáciles, como doctor/doctora o, simplemente, periodista/periodista. Concejal, pese a no tener marca de género, ha sido tomado como masculino, y derivado en el (a gusto personal) horrendo «concejala», para marcar la diferencia. Así, también se inventó un nefasto término para distinguir a los hombres de las mujeres que se dedican a la poesía: «poetisa» carga una fuerte valoración negativa, de algo inferior, cuando «poeta» bien puede servir para ambos, y de hecho, es cada vez más popular hoy en día para designar a las mujeres que escriben en verso, e incluso más aceptado que el otro.

En la situación inversa, también nos encontramos con extrañezas: ¿cómo llamamos a los hombres que se encargan del cuidado de los niños, de la cocina, de la casa y de tantos otros menesteres? ¿Amos de casa? ¿Y qué de términos tan poco marcados, como «gerente» y «presidente»? Antes eran cargos destinados a hombres exclusivamente. Cuando surgieron las primeras mujeres que alcanzaron estos cargos, fueron llamadas «la gerente» y «la presidente»; hoy, Cristina Fernández de Kirchner ha logrado imponer en la población la forma «presidenta» (recordemos: empezamos hablando de cómo la política condiciona a la lengua), que al principio chocaba, pero que ahora suena perfectamente normal. La justificación de este cambio posiblemente responda más a esta idea de que el español es una lengua sexista, y de que hay que hacer hincapié en que una mujer puede alcanzar un puesto de tamaña jerarquía. Es quizá una reivindicación valedera a tantos años de disparidad entre ambos sexos. Y la masa hablante la ha asimilado bien, por lo que no parece haber inconveniente en este punto, y es posible que no se vuelva a utilizar la forma «presidente» como término neutro (podríamos plantearnos qué hubiera ocurrido si Cristina se hubiese inclinado por esta forma; nuestra hipótesis: se habría desterrado el término «presidenta» por un buen tiempo…).

Otra moda lingüística que impuso la presidenta fue el «todos y todas». Esto responde a la misma lógica de crítica a un lenguaje sexista que pone al hombre masculino como centro, al punto tal de llamar «hombre» tanto a las personas de género masculino como al colectivo que incluye también a las mujeres. Sin embargo, este cambio niega de plano el género neutro, que por más machista que pueda ser, resulta sumamente útil a los fines de la economía del lenguaje, algo que todo hablante persigue: poder comunicarse lo más eficazmente posible, utilizando siempre la versión más condensada. Así, el «todos» neutro condensa a «todos y todas» y no tiene sentido hacer una distinción de géneros, a menos que esta distinción (por ser la «forma marcada») esté significando algo. Además, separar en géneros al inicio implica que el oyente aguarde una coherencia sintáctica en la continuidad del discurso, por lo que se desearía que exista una concordancia total, con lo que se generarían aberrantes discursos interminables en donde «todos y todas los alumnos y alumnas merecen ser educados y educadas, alimentados y alimentadas y cuidados y cuidadas por sus padres y madres y sus hermanos y hermanas…».

Por otro lado, ¿qué hacemos con los «estudiantes»? ¿Inventamos también a las «estudiantas»? ¿Y por qué la mujer se adaptó tan fácilmente al término «modelo», con esa «-o» que podría leerse como marca masculina? ¿Valeria Mazza podría haber sido la primera «modela» argentina, si se lo hubiese propuesto? La respuesta es obvia, aunque muchos sean reticentes a aceptarla: sí, si hubiese tenido la voluntad de cambiar la expresión y el poder y la influencia para que una comunidad hablante suficientemente amplia acepte el término en género masculino y femenino, hoy estaríamos hablando seguramente de muchas «modelas» que brillan en la pasarela. Tal y como hablamos de la «Sra. Presidenta», que incluso oímos en boca de los más acérrimos opositores.

 

 

 

 

Anexo

Silvia Palomar, de Senderos-idiomas, nos aporta algo más sobre el tema: «Ya en 1965, el Boletín de la Academia Argentina de Letras admitía el uso de presidenta para la denominación de la mujer que ocupa ese cargo. El diccionario de María Moliner y el Panhispánico de Dudas presentan las dos formas presidente/presidenta como correctas. Creo que se usa como femenino, sin discusión, cuando se trata de mujeres que presiden una ONG, un club o una asociación. También creo que es más frecuente el femenino cuando el participio presente se usa más con valor sustantivo que con el adjetivo.» ¡Muchas gracias, Silvia!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sintaxis

NORMAS, LENGUAJE Y UN POCO DE SENTIDO COMÚN

Sintaxis

«En diez años desapareció la mitad de las estaciones de servicio»

(Copete de tapa de la nota «Cargar nafta en la Capital es cada vez más difícil», del diario La Nación del 5 de febrero de 2012)

 

«75% de las piezas de un auto fabricado en la Argentina es de origen extranjero»

(En infografía de la nota «Enredados en las importaciones» de la sección «Economía & Negocios» del diario La Nación del 5 de febrero de 2012)

 

 

¿Qué pasa con estas oraciones? ¿Suenan normales? ¿Qué problema tienen?

Si no estamos equivocados, a la gran mayoría de los hablantes del idioma castellano, estas dos expresiones les sonarán, como mínimo, extrañas. Y sin embargo, tenemos amplias sospechas de que no se trata de un error, pues ambas fueron tomadas del mismo diario (de los pocos diarios que aún se corrigen en Argentina), el mismo día, y no en los cuerpos de las notas, sino en espacios completamente visibles.

¿Cuál es el que nosotros consideramos un error, mientras que los correctores de La Nación consideraron una aplicación de la gramática? Se trata de la conjugación del verbo en singular. Nosotros (y no sólo en «De la ortografía y otros demonios», sino un «nosotros» que incluye a la mayoría de los hispanohablantes «comunes» —no correctores—) hubiésemos dicho: «En diez años desaparecieron la mitad de las estaciones de servicio» y «75% de las piezas de un auto fabricado en la Argentina son de origen extranjero». ¿Por qué? Sencillo: porque aplicamos el sentido común, y no las reglas sintácticas impuestas por la vieja escuela.

Según la sintaxis tradicional, el núcleo del sujeto «la mitad de las estaciones de servicio» es «mitad», así como el núcleo del sujeto «[el] 75% de las piezas de un auto fabricado en la Argentina» es «75%»; por ser ambos singulares (la mitad, el 75%), se respeta la concordancia de sujeto y verbo, y éste debe conjugarse, por ende, en su forma singular.

Sin embargo, existen nuevas corrientes de estudio que respetan la lógica de los hablantes y piensan primero en el habla, y basándose en ella es que intentan describir una sintaxis. Así, podemos ver que la tendencia en ambas oraciones hubiese sido la de conjugar los verbos en plural. ¿Por qué? Porque está absolutamente claro que el núcleo de los sujetos es el sustantivo principal, y no lo que, desde la gramática cognitiva se llama «basamento cuantificador». Así, lo lógico sería pensar que se está hablando de «estaciones de servicios» y no de «mitades», así como que se habla de «piezas de un auto»y no de porcentajes. De esta forma, «la mitad de» estaría funcionando como un simple modificador del núcleo del sujeto, como si dijese «tres estaciones de servicios», o el número exacto que corresponde a esa mitad, y lo mismo sucedería con las piezas del auto.

Con esta breve entrada pretendemos demostrar cuán importante es el análisis sintáctico en la escritura, pero, sobre todo, cuán importante es que este análisis sea pensado y razonado, y no simplemente aplicado mecánicamente; la idea es que el estudio de la lengua comprenda cómo ésta funciona dentro de una comunidad hablante, y no que pretenda que la comunidad se adapte a ella, formulando oraciones poco esperables, con el único fin de atenerse a la norma.

Villoro-sobrecorrección

LA SOBRECORRECCIÓN SIN ESTILO

El problema de los correctores de estilo empieza ni más ni menos que por nuestro nombre. «¿Cómo que corrigen el estilo? O sea, ¿yo tengo mi estilo y ustedes me lo van a cambiar?». No es fácil explicar ni por qué esto no es así, ni tampoco por qué es que nos llamamos correctores de estilo. Tal vez es para no llamarnos «correctores de textos» y que la gente piense que estamos dentro del Word, subrayando en verde y en rojo según nos parezca.

¿Cómo trabajamos, entonces, los correctores de estilo, sin modificar el estilo? Por poner un ejemplo vulgar y poco contrastable con la realidad, pero que resulta práctico, pensemos en un autor que nos entrega un texto con todas frases compuestas por sujeto + verbo + predicado, y en el medio aparece una que está conformada por un orden alterado. Entonces, nosotros nos preguntamos (y, eventualmente, le preguntamos) por qué está invertido el orden. Si, como es presumible, existe algo que lo justifique, lo mantendremos tal cual. Si no, encontraremos la forma de lograr que el texto mantenga su unidad y su cohesión en toda su extensión.

La idea es lograr un texto coherente, respetando el estilo del autor, pero sacándole el mayor jugo posible. La calidad de las obras dependerá siempre del escritor, pero el corrector tiene la responsabilidad de que cada autor alcance su mayor potencial. No es el mismo nivel de análisis el requerido por una obra de un autor literario consagrado, al de una monografía sobre biología. En uno se buscará hacer foco en el uso del lenguaje, desarrollo de personajes, manejo de la intriga, etcétera, mientras que en el otro se cuidarán las formas, se buscará una correcta jerarquización de títulos y temas, se comprobará que se plantee correctamente y se confirme la hipótesis, que el desarrollo justifique la conclusión, etcétera.

En base a estos lineamientos, el corrector pensará cuál será su nivel de intervención en el texto. Éste es imposible de medir, pero dependerá de una intuición que le permita discernir ante qué tipo de texto se enfrenta. Por ejemplo, si una persona escribe un cuento plagado de errores de sintaxis, ortografía y puntuación, el revisor deberá concentrarse en solucionar estos problemas, y lograr que la trama resulte eficaz. Sería una falta de tacto muy grave que, ante un texto como este, el corrector le señale al autor algo como: “Este cuento está bien, pero tiene demasiados puntos en común con ‘El Aleph’, de Borges, como para considerarlo original”.

Ahora, si el corrector recibe un cuento de un autor consagrado —seguramente con menos problemas formales—, sí será pertinente discutir sus similitudes con el cuento de Borges, y qué pretendía hacer con ello, si es recomendable modificarlo de algún modo o no, etcétera.

Las cuestiones de estilo no son sencillas de explicar, porque cada caso particular es una situación diferente, y se debe ver sobre la marcha. En cuanto a lo relativo a la ortotipografía, ámbito en el que uno esperaría más facilidades, tampoco existe unanimidad, y nunca un texto revisado por dos correctores distintos va a quedar igual. Ya vimos en este espacio la disparidad de criterios al momento de la puntuación. Pese a las normas, tampoco es sencillo determinar cierto uso de las mayúsculas, por lo general, mucho más extendido entre el público que lo que la RAE aconseja. Y, como hemos visto también, los nuevos consejos de la RAE sobre tildación y extranjerismos, especialmente, abren otro campo problemático a la hora de decidir qué hacer con ciertos términos.

Desde «De la ortografía y otros demonios» elegimos siempre respetar la elección del autor (o, eventualmente, de la editorial) ante los casos dudosos. Por ejemplo, nosotros preferimos la grafía «garage» a la recomendada por la RAE, «garaje», por el simple hecho de que en Argentina respetamos la pronunciación francesa, mientras que en España se dice literalmente «garaje», con el sonido «je» final. Sin embargo, si el texto a corregir dice «garaje», no lo cambiaríamos (a lo sumo podríamos llegar a comentarle al autor que lo tenga en cuenta, para que haga su propia elección, y no la que el Word le sugiere), pero tampoco modificaríamos (como efectivamente hacen muchos correctores que no disfrutarán leyendo estas líneas) la grafía «garage» si la encontramos en el original.

 

La sobrecorrección, tanto ortotipográfica como de estilo, es un tema que probablemente tengamos que seguir en otras entradas, porque evitarla es la piedra basal de la tarea del corrector; un revisor que se excede en la corrección de un texto es como un psicólogo diciéndole al paciente qué es lo que tiene que hacer en la vida. Se puede sugerir, discutir, pero nunca cambiar la esencia, ni de una persona ni de un texto. El cambio tiene que venir siempre desde el propio autor, apoyado en un corrector que sepa guiarlo en el camino de su propia escritura.

 

Para finalizar, un fragmento del cuento «Corrección», de Juan Villoro, en el que, con un dejo de humor ácido y corrosivo, este narrador —director de una revista— analiza los quehaceres de Germán, un brillante escritor en franco declive, devenido en corrector.

 

Estuve de acuerdo en cada cambio de Germán pero tuve que decirle que Barandal republicano ofrecía a sus colaboradores el derecho de equivocarse. No podíamos convertir a Julia [la autora del artículo corregido] en Virginia Woolf. […]

Julia llamó por teléfono hacia el fin de semana. Anticipé una nueva reprimenda, pero me saludó con voz desconocida, explicó que había estado muy nerviosa la tarde en que fue a verme («dejé de fumar y ando gruesa»), recordó que siempre la había apoyado y, como no queriendo, mencionó que había recibido muchas felicitaciones por su ensayo. […]

—No fui yo en ese ensayo. Gustó mucho pero no fui yo. Me convertiste en otra.

[…]

No soportaba los elogios inmerecidos, pero tampoco quería renunciar a ellos.

[…]

También Lola y Montse llegaron a mi oficina en estado de doble alteración: las versiones publicadas de sus textos las humillaban y les gustaban, querían ser otras y las mismas, insultarme y darme las gracias. De modo misterioso, yo disponía del picaporte de su identidad y ellas deseaban un remedio ambiguo, una puerta agradablemente mal cerrada.

Extraído del cuento «Corrección», páginas 283-286, en Villoro, Juan, La casa pierde, Alfaguara, Montevideo, 2011 [1999]

(Ver más sobre Villoro)