LAS PRIMAS (2007), de Aurora Venturini

La dulzura de una tierna viejecita

Aurora Venturini - Las primas - 2007 - Mondadori - 189 págs.
Aurora Venturini – Las primas – 2007 – Mondadori – 189 págs.

Sí, salta a la vista: Aurora es un poco nombre de vieja, ¿no? Y entonces, ¿qué hace acá, en medio de la «nueva» narrativa argentina? Lo mismo se preguntaron los jurados del Premio Nueva Novela de Página/12 (gente más o menos piola de las letras —Juan Boido, Juan Forn, Rodrigo Fresán, Alan Pauls, Guillermo Saccomanno, Juan Sasturain— y Sandra Russo) cuando en diciembre de 2007 se encontraron con que el pseudónimo de Beatriz Portinari ocultaba otro nombre igual de antiguo: Aurora Venturini, 85 años en el mundo.

Pero me resulta insoportable escribir sobre cosas que ya se escribieron, intentar decir con otras palabras lo que otros ya han dicho. Por eso, para conocer sobre este personaje tan particular, recomiendo sin más leer la extensísima crónica/entrevista de Leila Guerriero para Gatopardo o las mucho más breves pero igual de relevantes reseñas publicadas en el blog de Eterna Cadencia sobre Los Rieles (por Walter Lezcano) o sobre Las primas (por Patricio Zunino). Allí van a encontrar, entre otras cosas, lo que ya dice la solapa: amiga de Eva Perón en sus últimos años, exiliada en Francia durante la «Revolución Libertadora», vínculos directos con los popes del existencialismo, etcétera, y la locura de ser una «escritora de barrio» en La Plata, que se hace famosa recién luego de su octogésimo cumpleaños, como un relato inverosímil de tesón y fuerza de voluntad. Sin embargo, nada de cuento de hadas tiene la historia, y ni siquiera la mujer. Guerriero expone lo difícil que es abordarla, algo que queda claro en el documental que le hicieron, donde a mitad de camino, ella echa a los documentalistas, y la pieza queda trunca.

Venturini, Aurora

La pregunta, más allá de este personaje pintoresco, sigue abierta: ¿qué hay de Las primas y por qué está en esta selección? La respuesta es fácil: hay allí una nueva voz. Si hay algo a la vez hermoso y aterrador en los viejos, es que no les importa nada, que su corrección política está reducida al mínimo y que no les interesa que los demás piensen bien de ellos. Venturini pone esa forma de ver el mundo en Yuna, una narradora que con un cierto retraso madurativo (del cual sabemos poco, excepto que es bastante menor al de su hermana Betina) no tiene problemas en llamar «morochita» a la empleada doméstica o «liliputiense» a su prima que apenas sobrepasa el metro de estatura. Y lo lindo de esta voz es cómo logra desarticular un modo estandarizado de ver las cosas, donde la moral de la madre estricta rige los límites de lo que se debe pensar y mostrar, pero donde el cuerpo las lleva continuamente a otros lares, desde un odio nauseabundo a esa hermana discapacitada que se caga en la mesa, hasta las relaciones intrincadas, los abusos, las menstruaciones, los embarazos, los abortos, el sesoral, la prostitución, las infidelidades, los asesinatos, todo lo que puede llegar a suceder, pero que no se debe decir en una familia decente. Y no se trata simplemente de un gesto, de lo disruptivo, de lo rebelde. Venturini no es un joven de bellas ideas que nos viene a sacar de la pacatería de ver a la infidelidad como un delito, un bohemio de porro en mano que intentará convencernos de algo que ya sabemos, que el mundo no es como nuestros padres nos lo han contado. No. Ella suelta personajes alrededor de Yuna, y éstos circulan solos, complicándolo todo, dificultando un mundo que ya era difícil tal como se presentó desde el primer momento para la pequeña Yuna, que busca palabras en el diccionario para encontrar cómo narrarlo, cómo contar algo que parecía menos complejo de lo que en realidad era.

Que Yuna alcance el prestigio de una consagrada artista plástica no es detalle menor, entonces, en este juego de cómo se narra. Los términos consultados en el diccionario le pueden servir para avanzar en su relato, pero está claro que el mundo ella lo retrata en un lienzo, en telas y cartones, de modo más abstracto, a través de sensaciones y no tanto de racionalismos fijados en los significados definidos de las palabras. La voz que encuentra Venturini, es cierto, tiene mucho de los fluires de la conciencia de Manuel Puig, pero aquí este formato está renovado, porque quien escribe está permanentemente pensando en cómo escribe, qué dice, cómo se transmiten las ideas, las sensaciones, ese desacople entre lo que se puede mostrar y lo que es. El producto, finalmente, es una narración casi sin comas, con déficits sintácticos, léxicos y lingüísticos tan bien construidos que parece que efectivamente Yuna va a aprendiendo a contar delante nuestro, y es en ese aprendizaje del narrar donde el lector encuentra lo difícil que puede resultar el relato, incluso desde una perspectiva que se autoproclama de lo más simple. La discapacidad de Yuna, entonces, no es un obstáculo para la narración, sino una confirmación de la misma como forma de interpretar el complejo vínculo entre los dichos y los hechos.

 

 

 

Un pedacito de Las primas:

Betina sufre un mal anímico

Fue el diagnóstico de una sicóloga. No sé si lo reproduzco correctamente. Mi hermana padecía de un corcovo vertebral, de espalda y sentada semejaba un bicho jorobado de piernecitas cortas y brazos increíbles. La vieja que venía a zurcir medias opinaba que a mamá le hicieron un daño durante los embarazos, más espantoso durante el de Betina.

Pregunté a la sicóloga, señorita bigotuda y cejijunta, qué era anímico.

Ella me respondió que era algo que tenía relación con el alma, pero que yo no podía entenderlo hasta que fuera mayor. Pero adiviné que el alma sería semejante a una sábana blanca que estaba dentro del cuerpo y que cuando se manchaba las personas se volvían idiotas, mucho como Betina y un poquito como yo.

Cuando Betina daba vueltas alrededor de la mesa runruneando, empecé a observar que arrastraba una colita que salía por la abertura del espaldar y el asiento de la silla ortopédica y me dije debe ser el alma que se le va escurriendo.

Volví a interrogar a la sicóloga esta vez si el alma tenía relación con la vida y ella me dijo que sí, y aún agregó que cuando faltaba, la gente moría y el alma iba al cielo si había sido buena o al infierno si hubiera sido mala.

Rum… rum… rum seguía arrastrando el alma que cada día notaba más larga y con lamparones grises y deduje que pronto se le caería y Betina moriría. Pero a mí no me importaba porque me daba asco.

Cuando llegaba la hora de las comidas, yo tenía que darle la comida a mi hermana y a propósito erraba el orificio y metía la cuchara en un ojo, en una oreja, en la nariz antes de llegar a la bocaza. Ah… ah… ah… gemía la sucia infeliz.

Yo la agarraba de los pelos y le metía la cara en el plato y entonces callaba. Qué culpa tenía yo de los errores de mis padres. Tramé pisarle la cola de alma. El relato del infierno me contuvo.

Yo leía el catecismo de comulgar y «no matarás» se me había grabado a fuego. Pero un golpecito hoy, otro mañana, crecían la cola que los demás no veían. Sólo yo la veía y me regocijaba.

(Págs. 13-14)

LAS PRIMAS (2007), de Aurora Venturini
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