In the name of the father

Acerca del nombre propio

Casi todo lo que saben los que poco saben sobre ortografía es que los nombres propios se escriben con mayúscula. Entonces enseguida aprenden que su nombre es «Juan Pérez» y no «juan pérez», o que viven en «Argentina» y no en «argentina» (aunque esto traiga aparejado el error de incluir la mayúscula cuando la palabra está funcionando como adjetivo gentilicio, es decir, cuando se habla de «una chica argentina» o de que «las Malvinas son argentinas», que va así, en minúscula). Desde el primario se distingue el nombre propio del nombre común o, usando la terminología escolar, el sustantivo propio del sustantivo común, de «perro» a «Bobby», de «país» a «Colombia». Bueno, como asumimos que eso ya es sabido por todos, lo que haremos aquí será comentar una serie de reflexiones en torno a lo que conocemos por «nombre propio», empezando por el de uno mismo, claro.

Lo primero que todo niño aprende cuando se acerca a la escritura es su propio nombre. Uno pensaría que un «Juan» la tiene más fácil que un «Brian», por ejemplo, ya que su nombre suena igual que como se escribe, pero resulta mucho más probable que los niños comiencen escribiendo no por fonética sino por imitación: primero escriben su nombre tal como copiarían cualquier otro dibujo (es decir, hacen el dibujo letra a letra) y recién en un estadio posterior comprenden el significado de cada carácter. Lo central es que es lo primero que define a cualquier persona, incluso antes de nacer, es lo primero que aprenden a escribir, y es lo que todos, si la suerte nos acompaña, dejaremos en este mundo: un pedazo de piedra donde, sin muchos más datos, figuran esas letras que nos definen para toda la vida, una vez más, nuestro nombre.

La circulación del nombre propio, lo que nos significa a cada uno la inscripción, ese «tener un nombre», «el buen nombre», la importancia del legado familiar y del linaje, etcétera, son cuestiones esenciales en cualquier ámbito de la vida. Desde el Quijote hasta Sarmiento, en clave humorística o en clave seria, todos están intentando dotar a su nombre de cualidades que le permitan ser famoso, conocido; en definitiva, conseguir que su nombre propio los sobreviva a ellos, vulgares mortales.

Para alejarnos de la literatura y acercarnos al terreno de lo cotidiano, desde hace un par de meses se está dando un hecho curioso en la prensa: el portal de noticias Infobae ha tomado la extrañísima decisión de llamar «Cristina Elisabet Kirchner» a la ex Presidenta de la Nación comúnmente conocida como Cristina Fernández de Kirchner o simplemente «CFK» para ahorrar valiosos caracteres. No fuimos los primeros en notarlo, y en uno de esos foros que tanto circulan por Internet los foristas sospechan que el motivo por el que en Infobae empezaron a nombrar así a CFK está vinculado a que ella declaró en tribunales que no le gusta ser llamada de esa forma («Elisabet» es su segundo nombre, así, con esa grafía). Si este es el motivo, nos deberíamos retrotraer a aquellos momentos en los que comenzábamos a escribir, porque la polémica tendría el nivel intelectual digno de la salita azul. Más allá de eso, es interesante destacar que se busca el agravio a través del nombre propio, tal como se hizo antes al intentar llamarla «presidente» en vez de «presidenta» (esto ya lo hemos tratado aquí: el agravio no es porque «presidenta» sea la forma correcta, sino porque ella había elegido llamarse a sí misma de ese modo, y algunos —realmente los menos, incluso entre los opositores— optaban por la forma «presidente» supuestamente obsesionados por el cuidado de una impoluta gramática, pero en realidad buscando irritarla). Del mismo modo pero en veredas opuestas, Horacio Verbitsky y otros llaman al actual Presidente de la Nación, Mauricio Macri, «Maurizio Macrì», intentando vincularlo con el partido Nazi, algún mafioso italiano o vaya uno a saber qué otra cosa (la polémica también llegó al foro Reddit y también parece digna de la salita azul).

Cristina Elisabet Kirchner - InfoBae - 1-7-16

Maurizio Macrì - Verbitsky

Estos modos de opinar a través de la ortografía, de dar a entender ciertas cosas y de tomar posición sobre otras, cuando tocan lo vinculado al nombre propio resultan aún más significativos que cualquier otro tipo de opinión directa. En el nombre se juegan muchas cosas, desde la historia personal hasta la búsqueda por la identidad[1]. La emoción suscitada por el comienzo y el final de El Padrino II, por ejemplo, no tendrían mejor explicación que esa: (spoiler alert) al inicio, el niño Vito Andolini es anotado como «Vito Corleone» porque el oficial de migraciones que lo recibe en Nueva York lee el nombre del pueblo del que proviene cuando lo anota; al final, Vito Corleone regresa a su pueblo en Sicilia y le abre la panza con un puñal a quien había asesinado a toda su familia, no sin antes decirle el nombre de su padre, «Antonio Andolini». Así, una palabra (el nombre propio familiar, dejado de lado en su llegada a Estados Unidos) vale por un justificativo suficiente para asesinar, es un sintagma repleto de sentidos.

En línea con esto, y siguiendo también la noción de circulación del nombre, podemos decir que muchos nombres propios tienen una carga enorme, están asociados a miles de cosas, mientras que otros nos significan tan poco… En Letras, por ejemplo, hay un concepto que se usa para burlarse de alguien que gusta de aparentar grandes conocimientos mencionando distintos nombres: «name dropping», «dejar caer nombres». Si decimos «Borges», probablemente muchos puedan llenar ese significante con algunas características: el más destacado escritor argentino, autor de Ficciones y de El Aleph, amigo de Bioy Casares, escritor de cuentos, ensayos breves y poesías, etcétera. En cambio «César Aira» no es un nombre propio al que cualquiera le pueda asignar características, y mucho más «de nicho» es «Héctor Libertella», por ejemplo. No sucede sólo en Letras: en Medicina son montones las enfermedades que llevan un nombre propio en honor a quien la descubrió, describió o padeció por primera vez. Y en realidad el name dropping está presente en la más pura cotidianeidad: notemos que cuando se encuentra a alguien desconocido pero con algún vínculo en común, la primera charla obvia es: «Ah, ¿ibas al club Obras? ¿Conocés a Mauro Rodríguez y a Gonzalo Gómez?»

Los nombres propios encierran el misterio de definirnos desde el principio hasta el fin de nuestra existencia, y es mucho lo que se dice a través de ellos. Con una acción indebida uno puede «manchar el nombre familiar» para siempre y con una vida recta, enarbolarlo y colocarlo en lo más alto de la estima popular (siempre es más fácil y rápido romper que construir). Por eso también se vuelve esencial respetar la escritura de los nombres, su grafía, incluso su pronunciación. Muchos dirán que no existe tal cosa como «la ortografía para los nombres propios», algo que es absolutamente falso: todos los nombres traen su historia, y la grafía, tanto como su pronunciación, debería ser la que cada individuo utiliza como propia, porque en última instancia es a él a quien se designa.

Puesto que hablamos de nombre propio, es justo que abandone la primera persona plural y que pase a la singular, con una breve historia personal (en este momento el buen lector sabrá abandonar el texto; los curiosos podrán seguir con la lectura).

Mi nombre es Nicolás Scheines, y desde que nombro mi apellido, digo inmediatamente después de pronunciarlo: «Ese, ce, hache», para que lo puedan escribir. Lo pronuncio /ʝ̞éines/ («yeines») sin más motivación que la pronunciación heredada de mi familia. El origen no es claro, pero sería ruso o yiddish. En cualquier caso, judío de Europa del Este. Mi nombre, «Nicolás», desde que lo aprendí a escribir, lo pongo con tilde en la «a» final, de acuerdo a las reglas de acentuación del idioma español. Proviene del griego, de las palabras νικη (niké) = victoria y λαος (laos) = pueblo, es decir, «La victoria del pueblo». Tiene variaciones en los más diversos idiomas, pero sólo en español se escribe «Nicolás».

El hecho concreto es que durante la tramitación de mi título como Licenciado en Letras me enviaron un correo electrónico para corroborar que mis datos fuesen los correctos. De lo contrario, tendría que asistir a solicitar el cambio en la tan temida sede de trámites burocráticos de la UBA, en Uriburu 950. Reviso: apellido, ok; DNI, ok; fecha de nacimiento, ok; nombre del título, ok; fecha de última materia rendida, ok. Y «Nicolas», escrito así, sin tilde. Pienso: ¿debo perder mi hora de almuerzo en ir a hacer un trámite para incluir un manchoncito de tinta sobre la hoja? Pienso: ¿debo resignarme a ver mi nombre mal escrito cada vez que vea mi título por no hacer un trámite de un par de horas? Resuelvo ir. El trámite no era por una ventanilla luego de una enorme fila, sino en una oficina, donde yo era el primer y único interesado. El empleado público me atiende, me pide el número de turno que yo había solicitado por Internet, abre mi expediente guardado en un folio, adentro de una carpeta adentro de un fichero adentro de un mueble y me pregunta cuál es el cambio a realizar:

—Mi nombre está sin tilde, me gustaría agregarla. Me llamo Nicolás, y la «a» está sin tilde.

—A ver, ¿trajiste tu DNI?

—Sí, acá está —le digo mientras extiendo la tarjetita.

—Claro, lo pusimos bien: está sin tilde porque en tu DNI está sin tilde.

—Sí, ya sé que está sin tilde pero ningún DNI tiene tilde.

—¿De dónde sacaste eso? —me pregunta, curioso.

—Bah, tal vez algunos tengan, pero el mío no lo tiene…

—¿Y por qué no reclamaste cuando te hicieron el DNI sin la tilde?

—Es que no me importó tanto porque asumí que no la pusieron porque está todo el nombre escrito en mayúsculas.

—¿Y eso qué tiene que ver? Las mayúsculas llevan tilde —me interrumpió el culto empleado estatal.

—Sí, claro, yo lo sé eso, me dedico a enseñarlo, pero bueno, sé que hay mucha gente que no lo sabe, e históricamente los documentos públicos impresos no llevaron tildes en sus mayúsculas por problemas de moldería, como muchos carteles de calles por ejemplo.

—Sí, pero eso es un error: las mayúsculas llevan tilde.

—Coincido en un 100%, del mismo modo en que seguramente vas a coincidir vos conmigo en que «Nicolás» también lleva tilde, esté o no esté con mayúscula.

Se frena. Detiene el diálogo y al ratito me pregunta, como a punto de revelar una verdad:

—¿Partida de nacimiento trajiste?

—No.

—¿Y cuando empezaste el trámite?

—La verdad que no me acuerdo, lo empecé hace más de un año…

—¡Acá está! —dice victorioso, sacando una fotocopia de mi partido de nacimiento del folio, muy seguro de su inminente niké (victoria). Investiga un segundo, luego la da vuelta, señala con el dedo y completa:— ¿Ves? Acá está, «Nicolas» sin tilde. Tu nombre no lleva tilde.

Veo la hoja: en tinta de fotocopia se reproduce un documento completado a mano que dice «Nicolas Scheines». Analizo un momento en silencio la situación. Luego hablo.

—¿O sea que mi nombre no responde a mi voluntad y a las reglas de ortografía del español en un país hispanoparlante que en 1988 exigía usar nombres aceptados por el idioma castellano, sino a que el hombre o la mujer que me anotó en el registro civil sepa o no esas reglas ortográficas y las recuerde al momento de escribir en mi partida de nacimiento? ¿Me estás diciendo que me vine hasta acá para poner una manchita arriba de una letra en mi título y que no lo voy a poder hacer?

—Es que te tendrías que haber quejado cuando te hicieron el DNI, para que después modifiquen tu partida de nacimiento. Yo te tengo que hacer el título con el mismo nombre que figura en el DNI.

–¿Es decir que mi nombre nunca fue «Nicolás Scheines», sino «Nicolas Scheines», y recién ahora me vengo a enterar?

Sólo me quedaba firmar una declaración en la que aseguraba que los datos eran correctos, incluyendo el «Nicolas». No sólo eso: como al lado de mi firma aclaré, como siempre y a toda velocidad, «Nicolás Scheines», con tilde, el empleado me exigió hacer una llamada al lado de la aclaración de mi firma, diciendo «no corresponde la tilde» y firmando al lado. Tengo para mí que él gozó plenamente en ese momento.

De todos modos todo esto lo cuento sin rencor hacia él, con quien discutimos en los mejores términos, sino con el azoramiento de venir a enterarme de que mi nombre había cambiado. Mínimamente, pero había cambiado. Así y todo, yo me seguiré llamando Nicolás, con tilde, y seguiré firme en mi cruzada de dar a los nombres propios la relevancia que se merecen.

[1] En este artículo todo el tiempo resuena la lucha por la identidad de los hijos de desaparecidos durante la última dictadura argentina. En este caso elegimos eludir un tema tan sensible y apelamos a otros que no tengan una carga tan significativa.

 

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DOS PALABRITAS ALEMANAS PARA DARLE UNA MANO A LA COHERENCIA TEXTUAL

Nueve reinasCon un «gancho» hay que empezar los textos en periodismo (a menos que se trate meramente de una nota informativa, claro). Algo que atraiga al lector, que le llame la atención, que lo intrigue. Y si ese gancho puede durar, si ese gancho se puede extender por toda la nota, e incluso ser retomado en el cierre, mucho mejor. Porque ése será el hilo de la historia, la guía que llevará al relato por una serie de postas, donde el lector nunca se olvidará que lo que lee en el tercer párrafo está íntimamente ligado con lo que leyó en el primero.

El problema es cómo fabricamos esa guía, ese «cross a la mandíbula del lector» que tanto les gusta citar a los amantes de Roberto Arlt. Todo recurso literario es útil para crear una coherencia textual que permita entender la relación que existe entre uno y otro punto del texto. Luego, batimos las claras a punto nieve y reservamos. Por ejemplo, la oración previa a esta es perfectamente gramatical, no tiene ni un error ortográfico, ni una coma mal puesta, nada. Y sin embargo, allí está, fuera de contexto, alterando todo lo que decía sobre la coherencia, volviendo este texto incoherente, obligándome a narrar este par de líneas para justificarla. Ya sucedió: el lector se distrajo del tópico central. Pero claro, nadie usaría esa oración en un texto que no fuese una receta de cocina.

Las soluciones al problema de dar continuidad a un texto son infinitas, pero dependerán de la creatividad del escritor frente a cada caso en particular. Hay una serie de sugerencias, pero no existen fórmulas para lograr atrapar al lector. Un recurso muy usado para lograr la coherencia textual nos viene del alemán (o, al menos, así quedó establecido el término), y se trata del Leitmotiv, un tópico que atraviese el texto. Para variar un poco, tomaremos un par de casos del cine en lugar de la literatura:

«¿Por casualidad alguno se acuerda un tema de Rita Pavone, “Il ballo del mattone”…?»

La pregunta la hace «Juan», el personaje de Gastón Pauls en la película Nueve Reinas (Fabián Bielinsky, 2000), minutos después de conocer a Marcos (Ricardo Darín). Luego la repite unas cinco veces durante el film, hasta que por fin todo acaba con él abriendo los ojos y diciendo a la cámara: «Me acordé», y comienzan los créditos, al ritmo de la tan mentada «Il ballo del mattone».

¿La obra de Bielinsky trata de música popular italiana de los años 60? No, nada más alejado. Pero esta pregunta recurrente es uno de los guiños que ofrece el guión para dar a entender al espectador que todo está conectado, que una escena se vincula con la otra, y en ese pequeño guiño humorístico se establece una complicidad que involucra mucho más al espectador en el relato, al punto tal de que éste llegue a sentir una satisfacción enorme cuando oye el tema de Rita Pavone, tema que muy probablemente ni siquiera conocía una hora y media antes, cuando la película no había comenzado.

Por supuesto, Nueve Reinas no se sostiene por esta curiosidad. Se trata apenas de un detalle para dar aún mayor cohesión a una sucesión de escenas que están unidas por elementos mucho más pertinentes, obvios y estables, como pueden ser las locaciones, la linealidad del relato, las vestimentas de los personajes y hasta su forma de ser, que es siempre esperable (y por ende, inesperada cuando hacen algo fuera de lo normal) dentro del relato. Todos estos elementos —y muchos más— hacen que el relato sea cohesivo, pero el Leitmotiv de la canción le aporta un plus que despierta especialmente el interés del espectador.

Y si Leitmotiv era la primera palabrita alemana, ésta se suele ligar automáticamente a una segunda, Dingsymbol. Este término hace referencia a un objeto-símbolo que hace del Leitmotiv un material concreto y presente. Siguiendo con el cine, las naranjas —y también el color naranja— en El Padrino I, II y III (Francis Ford Coppola, 1972, 1974, 1990) son un símbolo constante de la muerte: Don Corleone las tira al piso cuando recibe los disparos en el atentado y también tiene un gajo en la boca cuando muere de un infarto; Johnny Ola, el mensajero de Hyman Roth en Miami, le entrega una naranja a Michael Corleone, quien luego recibirá un atentado; en la última escena de la trilogía, Michael muere sentado solo en una silla, y de su mano rueda una naranja… Estos son apenas algunos de los casos en los que una naranja juega un rol fundamental desde el segundo plano: sólo hay que saber verla y unir los puntos.

Si bien esta decisión pudo haber sido una mera elección estética, como justifican algunos («la paleta era muy oscura, así que agregábamos naranjas para darle color», decía algún productor), o incluso un obvio símbolo de la herencia siciliana, cuna de la «naranja sanguínea», la naranja juega un papel secundario pero importante a la hora de darle una cohesión a todas las películas, funciona como un subrayado sólo para los que están atentos a los detalles, o a los que vimos el film miles de veces…

Una vez conocido este dato, descubrir naranjas a lo largo de la película se vuelve emocionante, le da un encanto particular, tanto como oír la canción de Rita Pavone en Nueve Reinas, y nos ayuda a comprender algunas líneas de interpretación que los autores dan en sus textos. Funcionan como ganchos, que pueden ser útiles para colgar la ropa, para colgar a un lector desde la etiqueta de su sweater y no dejarlo salir hasta el final del texto, o, como en el boxeo, para darle vuelta la cara y dejarlo estupefacto, contando hasta 10 para poder levantarse y dar acuse del golpe recibido…

 

H amordazada

LA «H» AMORDAZADA

H amordazada

¿Quién dijo que existe una letra muda? ¿Cómo es posible que, si está ahí, no diga nada? De los mismos creadores de la «u» que sigue a la «q» o a la «g», llega la «h» para decirnos un montón de cosas… aunque sea no más que en textos escritos.

Este artículo no pretende ser erudito, ni recopilar todos los posibles orígenes y usos de la «h» en lengua castellana. Para eso, basta sólo con consultar el Manual de Ortografía de la RAE, que provee toda esa información. En cambio, sí buscamos despertar el interés por lo que una sola letra nos puede llegar a decir de una palabra y de su historia. Por ejemplo, un entretenimiento fácil de practicar es rastrear haches que fueron efes en español antiguo. Así, nos encontramos con fierro/hierro, Hernán/Fernán, Fernando/Hernando, e incluso nos pueden surgir dudas sobre un posible origen o un posible destino: ¿«fumar», por ejemplo, estará más cerca de «humar» de lo que nosotros pensamos?

Para traer a nuestra lengua palabras de otros idiomas, la «h» nos resulta de gran utilidad. Personas que no saben inglés saben decir «hot» o «Hollywood»[1], con el sonido de la «j». Sin la hache, esa marca en la pronunciación la tendríamos que inventar; si no, terminaríamos diciendo /ót/ para hablar de algo caliente, tal como decimos /monrróe/ para hablar de la calle que originalmente se llamó /mónrrou/ (es decir, la famosa «Monroe»).

Y este sonido de la hache como una aspiración, presente en el inglés, se remonta directamente al origen de la letra: en griego antiguo se colocaba un signo sobre las palabras que comenzaban con vocal para identificar si éstas tenían «espíritu áspero» o «espíritu suave». Si tenían espíritu áspero, esa vocal debía pronunciarse como si tuviese una jota delante, tal como se pronuncia la hache inglesa.

Al español nos llegó esa misma hache, pero fue perdiendo su simbólico espíritu áspero, mientras que el inglés lo mantuvo. Así,  «Ὅμηρος» es «Homero» en griego antiguo. Pese a no comprender los signos, podrán apreciar claramente que comienza con una «O» y no con una «H». Y, en realidad, comienza con una pequeña «c» elevada, que es el signo del espíritu áspero. De ahí proviene la hache de Homero y de muchísimas palabras más, desde «helénico» hasta «hipotenusa». Esa «h» que algunos llaman «muda», pero que, con su silencio, nos remonta hasta más de 25 siglos atrás.

Por otro lado, reveamos esta supuesta «mudez» de la hache. Las interjecciones suelen llevar «h». ¿Cómo podríamos simbolizar de otro modo esa «a» prolongada, que se va perdiendo en el aire, cuando ante una reflexión inesperada decimos «bah»? O ese acento especial que ponemos en «¿eh?», y ni hablar de la sorpresa que genera un «¡oh!», comparado con una simple vocal que funciona de nexo coordinante adversativo «o».

En tren de abrirle la boca a la hache amordazada, ¿qué decir del dígrafo «ch»? Éste nos permite escribir palabras tales como «estrecho» o la propia «hache», pero además, su sonoridad tiene un cariz afectivo que sirve para infinidad de apodos y nombres cariñosos: Eduardo «Chacho» Coudet, Sergio «Checho» Batista, Mauricio «Chicho» Serna, Juan Manuel «Chocho» Llop y Sergio «Chucho» Escudero son cinco futbolistas que confirman nuestra teoría. Y, si no, pregúntenle a cualquier novia que se sonroja enamorada ante el cariñoso «chanchita» y se enfurece ante el despectivo «cerdita».

Probablemente haya sido Cortázar quien nos despabiló de que la «h» todavía existía, a diferencia de García Márquez, quien la trató de una letra «rupestre». En Rayuela, el autor argentino juega con la ortografía, se burla de norma, e inserta en sus narraciones arrebatos irreprimibles de colocación de haches superfluas, que nos obligan a detenernos dos veces ante esas palabras, que le imprimen un halo de seriedad absurda, irónica: «Hespectador hactivo. Había que hanalizar despacio el hasunto […] La mayoría de sus empresas (de sus hempresas) culminaban not with a bag but a whimper […] Heste Holivera siempre con sus hejemplos»[2]. Una «hempresa» es algo distinto de una «empresa», y está en el lector comprenderlo. En su mudez total, la hache sigue viva, nos sigue hablando.

 

[1] Dos curiosidades mediterráneas con respecto a esto: en italiano nunca pronuncian la «h», ni siquiera en palabras inglesas: así, para «Hollywood» y «Harrison Ford» dicen /ólivud/ y /árrison ford/. Mientras tanto, en España, el famosísimo Homero Simpson se llama «Homer Simpson», y lo pronuncian /jómer/. Lo pueden ver aquí.

[2] CORTÁZAR, Julio. Rayuela. Alfaguara. Buenos Aires. 2006 [1963]. Pág. 436 (Cap.84)

 

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LAS ESCRITURAS DE LA SANTA FE

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¿Contagiados por el espíritu de estas Fiestas, nos hemos vuelto religiosos? Quizás. Pero en realidad, en esta oportunidad hablaremos de la provincia de Santa Fe, no desde el punto de vista religioso ni turístico, sino desde la lingüística y la gramática, en torno a dos cuestiones esenciales, dudas eternas de cualquier argentino que se interese por «la bota»: a) Santa Fe, ¿lleva acento?; b) ¿Cómo es: «santafecino» o «santafesino»?

Para los ansiosos, que sólo quieren conocer la solución y seguir adelante con sus vidas, respuestas breves: Santa Fe se escribe así, sin tilde (recordemos que todas las palabras tienen acento, pero que sólo algunas llevan acento gráfico o tilde), y es «santafesino» y no «santafecino», aunque en algunos ámbitos, esta forma con «c» también sea aceptada.

Perfecto, la nota ya está hecha. Si gustan, pueden marcharse con un conocimiento más bajo el brazo, algo para lucirse en su grupo de amigos. Pero a partir de ahora empieza lo interesante, ya que comenzaremos a pensar en estas formas lingüísticas, y a asociarlas con la importancia del lugar de pertenencia, del nombre propio, con un ser y una geografía textual: yo soy este que está aquí escrito, y soy de una forma, y no de cualquier otra.

Desde «De la ortografía y otros demonios» abogamos por un sentido de la identidad que también está en la palabra. Es por eso que sostenemos con firmeza que el único gentilicio admisible para las personas nacidas en Santa Fe es el de «santafesino», con «s», porque es el que sus habitantes eligen y usan. En América han conocido[1] de sobra la apropiación de lugares propios a partir del lenguaje; en Santa Fe se busca una nomenclatura propia, y no una impuesta por el afuera. Es por esto que uno no dice: «es “santafesino” porque en el DRAE se dice que es la forma preferida». Es con «s» porque así lo escriben los locales (a diferencia de algunos medios nacionales, como el diario La Nación, que se obstinan en escribirlo con «c»).

De idéntico modo se debe proceder, por ejemplo, con la pronunciación de apellidos. En un lugar como España, un tema así no implicaría mayores inconvenientes, porque la mayoría de los apellidos se pronuncian según la propia región de pertenencia (castellanos, vascos, catalanes, etc.). En Argentina, en cambio, tal como sucede en muchas otras regiones de América, la variada inmigración trajo como consecuencia apellidos españoles, pero también infinidad de italianos, rusos, polacos, alemanes, franceses, ingleses y un casi inagotable etcétera. Incluso, muchos orígenes no han quedado del todo claros. ¿Y entonces, cómo pronunciamos esos apellidos? ¿Como lo marca la norma de la lengua correspondiente a cada país? En mi caso particular[2], la historia europea y la herencia familiar han vuelto imposible dilucidar la proveniencia precisa de mi apellido, «Scheines». Puede ser tanto ruso, ucraniano, alemán, yiddish, o una lengua que aún desconozco. ¿A qué regla he de atenerme entonces? La gente que sabe alemán insiste en querer pronunciarlo como /sháines/. Sin embargo, el apellido se ha transferido oralmente dentro de la familia como /shéines/. Con una tradición de al menos unos 100 años, ¿quién se cree con derecho a venir a cambiar cómo me llamo, cómo se llama mi familia? ¿Qué reglas podrían permitir algo así?[3]

Precisamente, a partir de esto es que nos interesa retomar el tema de Santa Fe. Con la misma lógica que hablamos del gentilicio «santafesino», podemos entender el apego de mucha gente (especialmente, los mayores) de escribir ese monosílabo con tilde, y llamar a su provincia (su ciudad, o incluso su propia calle, en otras provincias) «Santa Fé». La tilde de los monosílabos que no distinguen significado fue eliminada en 1959, siguiendo una lógica que no carecía de coherencia. Sin embargo, cómo explicar que el nombre de tu lugar ya no es el que era, que su escritura cambió de un día para otro. Volviendo a lo personal, si la RAE decidiese que «Nicolás» deje de tildarse, quizás los próximos Nicolases escriban sin problemas «Nicolas», pero a mí me sería imposible, porque sería un cambio en mi identidad, impuesto por agentes externos.

De este modo, ¿cuándo un corrector está habilitado, con suma ligereza, a eliminar esa tilde final en «Santa Fé»? En «De la ortografía y otros demonios» podríamos sugerirlo, incluso mencionar la norma vigente desde 1959, pero de ningún modo tachar de plano algo de lo que un local puede saber (o sentir) más. Y para entender este proceso, tal vez podamos hacer un imaginario viaje a la «Buenos Ayres» de hace algunos siglos y ver cómo tomaron los porteños la pérdida de la «y», y cuánto tiempo llevó acostumbrar a un pueblo a escribir de otra forma el nombre de su ciudad. Si no es para sorprenderse encontrar ediciones del siglo pasado que hablan de «Buenos Ayres», tampoco debemos escandalizarnos que hoy, a más de 50 años de la nueva reglamentación, muchos santafesinos sigan llamando a su ciudad, y con todo derecho, «Santa Fé».


[1] Digo «han» y no «hemos» porque sería un barbarismo incluirme entre el grupo de los colonizados, cuando, como la mayoría de los argentinos, soy descendiente de inmigrantes europeos, es decir, de los colonizadores.

[2] Y a partir de este punto ya se vuelve imposible mantener el plural mayestático que usamos (uso) para incluir a todos los que participamos del sitio web.

[3] Tomé mi caso particular porque es el que más conozco, pero podemos registrar dos ejemplos del mundo futbolístico, para ampliar el concepto. Pensemos en dos jugadores de larga trayectoria en el seleccionado argentino. Uno, Javier Mascherano, con un apellido de claro origen italiano, se ha llamado a sí mismo (o, al menos, así ha aceptado que lo llamen) /mascheráno/, cuando el dígrafo «ch» en esa lengua se pronuncia como /k/ (sería, entonces, /maskeráno/). Otro, Gabriel Heinze, se llama a sí mismo (y esto es comprobable con sólo comparar un par de entrevistas televisivas al jugador) tanto /éinse/ como /xéinse/ (la «x» en fonética representa al sonido de la jota). Cualquiera de las dos pronunciaciones puede ser correcta, dependiendo si se aplique la norma de la lengua inglesa, alemana o francesa. ¿Él sabe cuál es el origen de su apellido? Es posible que no…

Lanata

EL CORRECTOR, EN TODO

Lanata - mayores de 5 años que no terminaron la primaria

La imagen de arriba se vio en el programa Periodismo Para Todos, que conduce Jorge Lanata (aparece en el minuto 32 del siguiente link al programa emitido el 12 de agosto de 2012). Fue un informe incisivo, que pretendía denunciar la corrupción del gobierno de Gildo Insfrán en Formosa y denostar su política educativa (y por ende, la del gobierno nacional) a partir de varias pruebas contundentes. El problema fue que una de ellas señala, tal como se ve, que «el 83% de los mayores de 5 años NO terminó la primaria», y, si recordamos que la primaria suele extenderse hasta los 12,  la estadística es, cuando menos, superflua.

 

No nos interesa aquí ni el programa de Lanata ni la eterna pelea del gobierno con los medios. Nos concentraremos en otra cosa: la función del corrector, y su importancia en todos los ámbitos. Porque el corrector de estilo no es solamente un experto en poner tildes, ubicar comas y distinguir palabras bien escritas de palabras mal escritas. El corrector es un lector, ni más ni menos que el primer lector ajeno al texto (el primer lector, propiamente dicho, es el autor, pero éste siempre se enfrenta con sus escritos por segunda vez, y nunca podrá hacer una primera lectura del mismo). Y se trata de un lector atento, un especialista —ahora sí— en interpretar sentidos, los intencionales y los que no, y en captar lo que el texto está diciendo, mucho más que lo que el autor quiso decir. Y los correctores no son sólo para los libros, sino que en todos los ámbitos se están produciendo textos (¡incluso en la tele!), y estos mensajes deben siempre revisarse. En publicidad, por ejemplo, los textos son siempre breves, brevísimos, pero cuanto más cortos son, más importante resulta que el texto sea efectivo, y que diga exactamente lo que uno quiere decir.

Hace poco, una bebida deportiva empapeló las calles con el siguiente aviso:

 

GATORADE- la evolución continúa

Imaginen qué hubiese pasado si hubiesen confiado en esa máxima popular (y completamente errónea) que indica que las mayúsculas no van con tilde. «LA EVOLUCION CONTINUA», sin tilde, pone el acento —justamente— en lo que Gatorade hizo en los últimos 40 años; marca un orgullo por esa evolución constante que se vino mostrando, pero no dice nada sobre el futuro. En cambio, el slogan que eligieron los publicistas quiere hacer hincapié precisamente en ese futuro, en que, pese a tener 40 años de evolución, ellos no se quedarán en ese orgullo y seguirán evolucionando.

 

Así como no teníamos intenciones de ir contra Jorge Lanata, tampoco es nuestro propósito hacer propaganda[1] de Gatorade, sino sólo señalar el rol clave que puede cumplir un corrector en su función de primer lector, lector de pruebas, lector crítico y atento a los mensajes que se quieren enviar y a los que efectivamente se envían.

 

Así como en Gatorade se hizo lo posible por evitar la ambigüedad, y se lo logró gracias a un correcto uso de las reglas de tildación, para las placas de Periodismo Para Todos es evidente que no fue contratado un corrector, quien sin dudas se hubiese detenido en esa frase que, si bien gramatical y sintácticamente correcta, presenta un error de coherencia con la realidad que debilita tanto esa estadística como todas las otras. Este error quita credibilidad a un informe, al periodista que lo presenta, al programa que lo emite, y a la idea política que intenta enviar. Es probable que a esa placa le haya faltado un «1» delante del «5», lo que hubiese ofrecido una estadística mucho más lógica, y a la vez más contundente: «el 83% de los mayores de 15 años NO terminó la primaria». No lo podemos saber, porque una vez que salió al aire, el error quedó expuesto. El corrector debe ser el primer lector, debe leer antes de que el texto llegue al público, y no en simultáneo. Y debe leer mucho más que tildes y comas. Un buen corrector de estilo lee y analiza todo. Y ese todo implica muchas veces salirse de lo meramente textual.

 

 


[1] Un pequeño excursus: para cualquier publicista —o persona que tiene un amigo publicista— que señala, con cierto aire de conocer más, que «propaganda» se usa exclusivamente para las campañas políticas, mientras que cuando se habla de productos comerciales, el término correcto es «publicidad», rebatiremos con dos argumentos: el primero, que los diccionarios dicen lo contrario: «Acción o efecto de dar a conocer algo con el fin de atraer adeptos o compradores» es la primer acepción de «propaganda» que ofrece la RAE (la cursiva es nuestra), mientras que el de María Moliner, también en su primera acepción, dice: «Actividad desarrollada para propagar unas ideas o un producto comercial» (cursiva nuestra). Pero como los diccionarios no siempre reflejan el uso, lo interesante es ver por qué los publicistas sostienen que «propaganda» es sólo para un mensaje político, y la razón la encontramos ni más ni menos que en la invasión del inglés que nosotros mismos proponemos en nuestra lengua. Efectivamente, en inglés se habla de «propaganda» únicamente en campañas políticas, mientras que «commercial» es el término usado para promover negocios o comercios. En castellano esta distinción nunca existió, pese a que las escuelas de publicidad (los creadores del Winter/Summer sale, light, free y demás anglicismos hoy incorporados) hagan todo lo posible por instalarla.

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ESAS «PEQUEÑAS COMAS» (LAS COMILLAS)

comillas2Nuestros lectores más asiduos quizá hayan notado un pequeñísimo cambio en nuestra forma de escribir; desde hace un tiempo hemos empezado a optar por las comillas llamadas indistintamente angulares, latinas o españolas (« »), en lugar de las tan comunes inglesas (” “). Nuestra decisión se reduce casi a una cuestión estética: nos gustan más las horizontales, las vemos más «serias», pues es la que eligen la mayoría de las editoriales para publicar sus libros.

Pero esta no es la única razón para este cambio: también buscamos la unificación de criterios en todo nuestro sitio, pues esto es uno de los elementos que le da coherencia a nuestro estilo, y desde un primer momento elegimos llamar a nuestro sitio «De la ortografía y otros demonios» y no “De la ortografía y otros demonios”.

Un motivo más técnico es el siguiente: si bien tanto unas como otras comillas son correctas, al momento de poner comillas dentro de un texto ya entrecomillado, es obligatorio cambiar el tipo de comillas que se usarán. Así, si venimos trabajando con las comillas altas dobles y debemos entrecomillar algo dentro, entonces nos veremos obligados a usar las simples. Esto trae aparejado dos pequeñas dificultades: una, evidente, es cuando el final o el inicio de las comillas coinciden: el texto quedaría así: «Manuel les explicó a sus amigos, no sin cierta incredulidad, cuáles fueron las exactas palabras de su mujer al dejarlo: “Me dijo que era un ‘queso’”». Así, la última comilla simple de «queso» se suma a las dos que cierran la declaración, lo que produce una «estética editorial poco amigable».

Pero no sólo eso: con nuestro ejemplo ilustramos también otra de las razones que nos hacen inclinarnos por las comillas angulares: si hay que utilizar tres tipos distintos de comillas, las externas deberían ser siempre las angulares, luego deberían colocarse las dobles y, por último, las simples. Si bien estas construcciones son poco frecuentes, nunca se sabe cuándo uno las tendrá que usar, por lo que conviene utilizar directamente las angulares, para evitar que en la página 98 nos demos cuenta que las debimos haber usado desde el principio. (Por supuesto, se entiende que esto no es «tan» crucial en la corrección de un texto, y que se trata de un error menor usar como externas a las comillas altas y luego, al interior, las angulares; lo que de ningún modo puede suceder es usar las simples antes que otras).

 

 

EPÍLOGO

 

A estas alturas seguramente más de uno se preguntará a dónde están estas comillas angulares en nuestros benditos teclados. Y es aquí donde recae el truco de esta entrada: ¡No están! Se trata, por supuesto, de otro caso de violencia cultural (aunque, nobleza obliga, bastante leve). Los teclados, producidos por Estados Unidos —incluso los que vienen con «ñ»—, favorecen el uso de las comillas inglesas, mientras que relegan a las comillas españolas a un mero código: «Alt [izquierdo] + 174 [del teclado numérico]» para las de apertura, y «Alt + 175» las de cierre (y este código no anda en cualquier ámbito; por ejemplo, funciona en el Word, pero no en el Google Chrome).

Este caso es muy similar a lo que ocurre con la raya (—), de la que ya hemos hablado en otra oportunidad. No es casualidad que en inglés ni las rayas ni las comillas angulares se usen (en lugar de las rayas, ellos usan dos guiones medios para los incisos y comillas altas dobles para la mayoría de los diálogos). A partir de esto es que en español se ven cada vez más y más escritos presentados con guiones en lugar de rayas, y con comillas inglesas en lugar de españolas, pese a que, como demostramos, éstas son más útiles y «estéticas» que aquéllas. Y es por esto entonces que en «De la ortografía y otros demonios» decidimos hacer el esfuerzo (a partir de ahora) de usar el doble de teclas cada vez que queremos insertar un texto entrecomillado: ¡por el respeto a nuestra lengua, por una difusión de nuestras comillas angulares y por textos visualmente más agraciados! Amén.

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HAY PALABRAS Y PALABRAS

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«Pupo». Ésa es la palabra que más odio yo. Me parece un sonido repulsivo. Prefiero decir toda la vida “ombligo”, incluso si tengo que caer en la repetición. Pero esta entrada no se trata de mis gustos simplemente, sino de una generalización: todos tenemos palabras preferidas, palabras odiadas, palabras que nos son indiferentes. Aunque el idioma nos parezca lo más utilitario del mundo, nunca dejamos de tender lazos afectivos con él. Y esto no lo decimos sólo desde «De la ortografía y otros demonios»: buscando en la web, encontramos un sitio destinado exclusivamente a que la gente ponga sus 10 palabras favoritas del español: diezpalabras.blogspot.com. El sitio aclara que, si bien cualquier palabra es admisible, «no se buscan palabras que señalen conceptos nobles o inspiradores, como “madre”, “amistad” o “justicia”, sino palabras que por su sonido y reverberación resulten sugestivas y reconfortantes para el gusto artístico». Por ejemplo, el decálogo de palabras favoritas de Borges es (en orden alfabético):

Ámbar

Anhelar

Arena

Cristal

Hexámetro

Jacarandá

Penumbra

Runa

Sándalo

Sombra

Ni «laberinto», ni «tigre» ni «espada», para sorpresa de muchos. Es que la significación de las palabras no consta sólo del significado semántico, no depende nada más que de las acepciones del diccionario. Enrique Santos Discépolo explica muy bien cómo elegía las palabras a la hora de componer un tango:

 «Uso el argot por la sencillísima razón de que es más completo en la pintura. Hay estados o tipos o lugares para los cuales el símil académico es impropio por lo desusado. No entiendo por qué es más propio “robar” que “afanar”. ¿Por hábito? Bah… lo que sucede es que hay palabras feas y palabras lindas… Tanto la Academia, como el argot, tienen un sinnúmero de palabras que me desagradan. Utilizo de ambas las que me gustan por su sabor rotundo o pictórico o dulce. Las hay amplias, curvas, melosas, dolientes. Y las hay en todos los idiomas. Y si mi país, cosmopolita y babilónico, manoseándolas a diario, las entiende y yo las preciso, las enlazo lleno de alegría. Nuestro lunfardo tiene aciertos de fonética estupendos. Quieren matarlo. Hacen reír. Me hacen gracia esos que creen que los idiomas los han hecho los sabios. Si la necesidad de un pueblo es capaz de crear un genio ¿cómo pretenden que se detenga en la creación de una palabra que le hace falta? Y el lunfardo, en su casi totalidad, se distingue por eso.»[1]

Hoy en día el lunfardo original (el lunfardo del que habla Discépolo) entró en desuso, aunque muchas de sus palabras ingresaron en el lenguaje coloquial o informal, como «laburo» por «trabajo» y «cana» por «policía», entre muchísimas otras. Sin embargo, pese a no tener ya un nombre concreto («lunfardo») ni una circulación específica (las milongas y demás), los hablantes seguimos creando nuestros lenguajes propios constantemente. Hemos señalado en otra oportunidad la necesidad de crear códigos específicos al interior de los grupos, para afianzar el sentido de pertenencia; podemos pensar ahora en el vínculo afectivo que desarrollamos en torno a esas palabras. Un amigo dice con frecuencia «vamos a tomarnos unos materiales». Hace poco escuché que un obrero le decía al otro: «todavía no podemos empezar la pared; faltan algunos mates». Las deformaciones personales que cada hablante le hace al lenguaje le permiten asirlo, hacerlo propio, crear un lenguaje personal, y a la vez poder compartirlo, siempre y cuando no dificulte la comunicación.

Para esto último, dejamos uno de los tantos hilarantes diálogos que tienen don Quijote y su ladero, Sancho Panza, acerca de este tema.

 «Dijo Sancho a su amo:

—Señor, ya yo tengo relucida a mi mujer a que me deje ir con vuestra merced a donde quisiere llevarme.

Reducida[2] has de decir, Sancho —dijo don Quijote—; que no relucida.

—Una o dos veces —respondió Sancho—, si mal no me acuerdo, he suplicado a vuestra merced que no me emiende[3] los vocablos, si es que entiende lo que quiero decir en ellos, y que cuando no los entienda, diga: “Sancho, o diablo, no te entiendo”; y si yo no me declarare, entonces podrá emendarme; que yo soy tan fócil…

—No te entiendo, Sancho —dijo luego don Quijote—, pues no sé qué quiere decir soy tan fócil.

Tan fócil quiere decir —respondió Sancho— soy tan así.

—Menos te entiendo agora —replicó don Quijote.

—Pues si no me puede entender —respondió Sancho—, no sé cómo lo diga; no sé más, y Dios sea conmigo.

—Ya, ya caigo —respondió don Quijote— en ello: tú quieres decir que eres tan dócil, blando y mañero, que tomarás lo que yo te dijere, y pasarás por lo que te enseñare.

—Apostaré yo —dijo Sancho— que desde el emprincipio me caló y me entendió; sino que quiso turbarme, por oírme decir otras docientas patochadas.»[4]


[1] Enrique Santos Discépolo en el capítulo “Por qué y cómo escribo mis tangos” de Galasso, Norberto, Escritos inéditos de Enrique Santos Discépolo, Ediciones del Pensamiento Nacional, Argentina, s/f, págs. 24-25.

[2] Reducida, convencida. (Nota del Anotador)

[3] Para los que aún no han leído El Quijote (y que, esperamos, puedan leerlo pronto), aclaramos que está escrito en el castellano de 1615 (la segunda parte; la primera es de 1605), donde la ortografía no estaba asentada y términos como «emendar» por «enmendar» o «agora» por «ahora» eran del todo comunes; la transcripción que ofrecemos es la literal de la versión citada.

[4] Cervantes, Miguel de, 2000, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, edición de Martín de Riquer, España, Ed. Planeta en edición especial para La Nación. Tomo II, capítulo 7, pág. 607.

Qué

QUEÍSMO Y DEQUEÍSMO

—Estoy pensando de que mañana por ahí no voy a la reunión.

—Desconfío que lo vayas a hacer.

¿Cuál es el problema en este breve diálogo? ¿Por qué ambas expresiones parecen tan cotidianas, pero, sin embargo, nos quedan resonando, como si algo anduviese mal? Se trata del famoso dequeísmo, y del no tan famoso pero igualmente frecuente queísmo. Generalmente, uno no piensa de algo, sino que pensamos algo o, a lo sumo, en algo. Del mismo modo, uno no desconfía una cosa, sino que desconfía de una cosa. De todos modos, mientras ambas oraciones contienen errores normativos y son sintácticamente incorrectas, en la oralidad —e incluso, muchas veces, en la escritura— las aceptamos sin mayores miramientos, y entendemos perfectamente de qué se está hablando al escucharlas.

¿Por qué se producen estos fenómenos? Es algo que muchos lingüistas estudian, pero que no está del todo claro. Una hipótesis para explicar el dequeísmo habla de una distanciación inconsciente que produce el hablante entre el sujeto de la oración y el predicado. ¿Qué significa esto? Que el hablante busca ponerse lo más lejos posible de lo que está diciendo, quiere distanciarse de la afirmación que hace y por eso introduce un «de» entre el verbo y el predicado. Así, el yo de nuestra oración (que está marcado por la desinencia del verbo) busca alejarse lo más posible de la afirmación de que quizá no asista a la reunión. Ésta, por supuesto, es nada más que una hipótesis, que no resulta tan sencillo sostener y que tiene más de un contraejemplo, pero se podría pensar como una posible explicación de la tendencia de este fenómeno.

Más certera parece ser la explicación social que subyace al fenómeno del queísmo. En Argentina, el dequeísmo es generalmente reconocido como error por las clases media y alta cultas, y busca ser evitado a toda costa, para no ser confundidas con las clases sociales bajas. Así, al evitar juntar las palabras «de» y «que», que conllevan el riesgo de usar un dequeísmo, estas personas incurren en el queísmo, una falta a la normativa de igual trascendencia que el dequeísmo, pero que pasa más desapercibida para el oyente normal. El error normativo en el queísmo es evitar la preposición en situaciones en que ésta completa a la idea del verbo, como «hablar de», «pensar en», «depender de», etcétera.

En esta teoría se contemplan estigmatizaciones que indican que es más frecuente escuchar dequeísmos entre las clases sociales bajas o sin educación —el fenómeno se observa a menudo en jugadores de fútbol, por ejemplo—, mientras que el queísmo es típico de la clase media con cierto nivel cultural, pero con temor a pasar como una persona de clase baja. Sin embargo, esto no se trata más que de una burda generalización, pues ambos fenómenos están tan arraigados a nuestra habla cotidiana que a menudo resulta difícil discernir a simple oído cuándo se incurre en una falta a la normativa. Y, por otro lado, dequeísmo y queísmo son dos incorrecciones normativas —es decir, del código que regula a la lengua—, pero de ningún modo implica que exista una forma de hablar correcta e incorrecta. No hablamos ni «bien» ni «mal»; todos hablamos, todos nos comunicamos, y, entre todos, hacemos y modificamos a la lengua. A lo sumo, algunos hablarán mal o bien de acuerdo a lo que indica la norma general.

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LA TORRE DE BABEL

“El origen afectivo del lenguaje es al mismo tiempo el comienzo de su separación en diferentes y múltiples lenguajes: la adquisición de la autocomprensión en el círculo íntimo de la solidaridad familiar se paga con la pérdida de la comunicación universal entre iguales. Los pueblos se van haciendo más extraños entre sí a medida que se afirman los individuos…”

Hans Robert Jauss, Las transformaciones de lo moderno, p.32

 

La cita de Jauss, que analiza el pensamiento de Rousseau, parece dar una explicación un tanto más científica que la de la Biblia al misterio de las múltiples lenguas. Es elocuente en cuanto a su punto de vista, y desde aquí nos propusimos investigar qué sucede con la lengua española con miras a una nueva Torre de Babel en formato reducido.

Resultaría un experimento interesante poner a un español, un mexicano y un argentino en el mismo cuarto (sólo por tomar extremos del castellano: este, norte y sur). Para ser más específicos, podríamos poner en un cuarto a tres octogenarios y, en el otro, a tres adolescentes. La prueba no fue hecha (aún), pero creemos que se podrían encontrar resultados sorprendentes en cuanto a la lengua que cada uno habla.

Sin entrar en detalles científicos sobre los requisitos de la experiencia (consideración de variables, locación específica de cada uno de los hablantes, clase social, etcétera), podríamos suponer que, en un principio, todos se entenderían, pero no sin presentar ciertas complicaciones. Asimismo, es de esperar que existan menos diferencias en los idiomas que hablan los grandes con respecto al que hablan los chicos. ¿Por qué?

Como dice el epígrafe, estamos en constante búsqueda de una reafirmación como individuos y como individuos pertenecientes a un pueblo. Vosear a nuestros interlocutores nos distingue como argentinos de casi todo el resto de los hispanohablantes, y de alguna manera es un orgullo que no estamos dispuestos a negociar (todos sabríamos tutear a alguien llegado el caso, pero generalmente preferimos mantener nuestra lengua tal como la usamos). ¿Y nuestros interlocutores nos entienden? Sí, pero ellos no dejarán de tutearnos. Cada uno utilizará su idiolecto, pero todos estarán hablando el mismo idioma.

Las diferencias en los sonidos ni las tocaremos, pues son muy obvias. Sin embargo, al pensar en una lengua, generalmente pensamos en el léxico, en las palabras que usamos. Y son mucho más distintas de lo que podríamos imaginar. Por ejemplo, tres estrofas de canciones populares y actuales:

 

“Me pillaron diez quinientas

y un peluco marca Omega
con un pincho de cocina en la garganta”

Joaquín Sabina (España) – “Pacto entre caballeros”

 

“y luego miro al pesero que va medio pedo
jugando carreras con los pasajeros ”

Molotov (México) – “Hit me”

 

“No te asustes por lo que te cuento
pero en mi vecindario todo esto es cierto
todos tienen fierros, yuta tiene miedo”

Intoxicados (Argentina) – “Una vela”

 

“Pillar”, “diez quinientas”, “peluco”, “pincho”, “pesero”, “ir medio pedo”, “fierros”, “yuta”. Ocho expresiones distintas en ocho líneas distintas. Y el mismo idioma. El léxico va en franco aumento, y constantemente se buscan crear nuevos códigos para compartir con un grupo más reducido de gente. Mientras que en los distintos países de igual idioma se habla de forma diferente, al interior de las sociedades las divisiones también se hacen cada vez más notorias, con idiolectos divididos por clases, edades, grupos de trabajo y muchos otros.

Entre estudiantes de Medicina, por ejemplo, no hablan de la materia “Patología”; dicen “Pato”. Al decirlo de esa forma no sólo se ahorran 5 letras, sino que se conforman como grupo distintivo del resto, se aúnan en un sentimiento de pertenencia que no los deja solos frente al resto de la sociedad. Casos como este existen millones. Por ejemplo, el clásico lunfardo argentino y tanguero, lleno de palabras deformadas provenientes de napolitanos, gallegos y otros inmigrantes. O, para analizar un caso más específico aun, se puede pensar en la relación entre el lenguaje coloquial argentino y el campo: “sos un grasa / un mala leche / una yegua / un potro” son expresiones directamente derivadas del ámbito en el que vivimos (o en el que habitaron nuestros antepasados). Y nosotros las entendemos porque “estamos curtidos”.

En base a la idea de Jauss que planteamos al principio, sumado a los ejemplos presentados (y a los miles de ejemplos omitidos), podríamos llegar a pensar en un futuro, posiblemente muy lejano, en el que dejemos de hablar todos castellano y en el que la lengua sea “argentino”, “mexicano” o “español” según el caso. Claro, para que esto suceda habría que pensar en un cambio en la forma de crear oraciones, es decir, cambios en la sintaxis y en las estructuras generales, y no solamente en las distintas variantes semánticas, que siempre nos dan lugar a preguntar: ¿qué quiere decir “pincho”?

Y, por supuesto, desde el otro lado tendemos a la universalización del lenguaje, con la incorporación galopante de palabras inglesas y de neologismos derivados de los abruptos cambios tecnológicos. En definitiva, no hace falta hacer futurología, sino simplemente ser capaces de observar qué sucede hoy con nuestra lengua.

Sólo-Solo

LA IMPORTANCIA DE LA TILDE DIACRÍTICA

Sólo-SoloDentro de las últimas modificaciones a la ortografía de la Real Academia Española (RAE), una de las más llamativas resultó ser la eliminación de muchas tildas diacríticas (tildes usadas para discernir significados en palabras que suenan idénticas). La más sorpresiva, sin dudas, nos resultó la sugerencia de eliminar la tilde en «sólo», aduciendo que la distinción de significados se puede obtener del contexto.

Para analizar este cambio, debemos explicitar que, antes de la modificación, «sólo» funcionaba como sinónimo de «solamente», mientras que «solo» indica «sin compañía» ¿Es relevante esta distinción? La RAE sostiene que, a partir de ahora, la tilde no será incorrecta, pero tampoco será necesaria. Así, elimina la regla, pues cada vez que aparezca «solo» sin tilde, se podrá pensar tanto en uno de los significados como en el otro.

Si digo: «Me quedé toda la tarde solo», no hay dudas que la distinción es innecesaria. Si digo: «Sólo con esfuerzo se consiguen cosas», la tilde podría no estar y la oración misma nos estaría dando la pauta de qué «solo» se trata. Pero si dijese, con la nueva ortografía: «Yo voy solo al cine», ¿cómo podría el lector saber si estoy diciendo que voy al cine sin compañía o que voy al cine y nada más que al cine; es decir, nunca al teatro, nunca a la biblioteca, etc.?

La RAE habla de contexto, pero, justamente, obligar al escritor a la necesidad de un contexto implica necesariamente complejizar la comunicación, cuando la ortografía persigue lo opuesto: simplificarla, volver la comunicación lo más económica posible (sin que esto implique falta de profundidad). Es decir que la modificación está atentando directamente contra los objetivos de la ortografía y, por lo tanto, resulta contraproducente.

Otras tildes diacríticas que, según la RAE, ya no son necesarias son las de los pronombres demostrativos como «aquél, ése, éste, aquélla». Servían para distinguir la función sintáctica de la palabra en los distintos casos. No tiene la misma función decir: «Aquél no vale para nada» que decir «aquel sujeto no vale para nada». Si bien no consideramos tan crítica su utilidad, como en el caso de «solo/sólo», nos parece una forma de ayudar tanto a lector como a escritor para discernir funciones que se está eliminando.

Lo curioso es que otras tildes, que efectivamente distinguen significados inconfundibles, se mantienen: es el caso de «te» y «té» o «mi» y «mí», por ejemplo. Sonaría raro invitar a gente a nuestra casa a las 5 de la tarde para tomarse un pronombre, ¿no?

 

Anexo. Como pequeño agregado en nuestra cruzada por devolverle el uso obligatorio de la tilde diacrítica de «solo-sólo», a partir del día de la fecha (25/01/2012) transcribiremos cada caso que encontremos en el que su uso es necesario para distinguir significados, y que si no estuviese la tilde, la oración resultaría completamente ambigua (en donde ni siquiera el contexto permita discernir el significado):

1. «El Viejo para entonces ya estaba hablando solo con el tono de quien amonesta a su capataz porque la hacienda se le ha embichado y había vuelto al principio.» (Piglia, Ricardo, Blanco nocturno, Anagrama, 2010, Argentina, pág. 209).  Gracias a que Anagrama no siguió los «consejos» de la RAE, y tildó «sólo» cada vez que éste fue equivalente a «solamente», podemos saber que el Viejo estaba hablando consigo mismo, y no que estaba hablando «únicamente con el tono de quien amonesta a su capataz…».

2. «Eran las 9.20, es decir las 21.20, mi hermano aceleró y el camión sólo tocó a la rural en la culata y nos sacudió y a mí me tiró sobre el barro.» (Ibíd., pág. 250). Gracias a esta tilde podemos saber que el camión tocó a la rural nada más que en la culata, y no que «el camión solo tocó a la rural en la culata», es decir que no fue responsabilidad del conductor, sino que el camión se fue solo, sin ser guiado por nadie, contra la culata de la rural.

3. «Emilio miró el papel con las frases subrayadas y las cruces y comprendió que Croce quería que él llegara soloa las conclusiones porque entonces podía estar seguro —secretamente— de haber acertado en el blanco.» (Ibíd., 266). En esta frase el «solo» podría haber llevado tilde, significando que Croce deseaba que Emilio llegase nada más que a las conclusiones: no a una hipótesis intermedia, o a otras teorías.

Seguiremos formando un corpus de ejemplos concretos que demuestren la necesidad de la tilde diacrítica. Mientras tanto, tras leer el libro de Piglia, en donde se habla mucho de langostas, nos preguntamos si no es más útil pensar en una palabra alternativa para uno de estos dos bichos, ya que dos seres del reino animal llevan nombre idéntico, y son completamente distintos. ¿Esta nomenclatura no lleva más a la confusión que la correcta colocación de tildes?

Y, por otro lado, ¿qué hay del caso de las librerías, que algunas venden reglas y escuadras, y otras, libros interesantes y no tanto? Fea solución llamar a unas “librería comercial» y a otras, «librería “de libros”», como sucede en esta imagen obtenida de Proyecto Cartele:

 

libreria-de-libros

4. «La vida de los campos argentinos, tal como la he mostrado, no es un accidente vulgar: es un orden de cosas, un sistema de asociación característico, normal, único, a mi juicio, en el mundo, y él solo basta para explicar nuestra revolución.» (Sarmiento, Domingo F., Facundo, Ed. Altamira, 1999, Buenos Aires, pág. 54). Con este sistema de asociación que se da en la vida de los campos argentinos es suficiente para explicar la revolución; Sarmiento no dice que este sistema sirve únicamente para esto.

 

A partir de aquí, el corpus de ejemplos sigue, pero ya no haremos explícita la duda que cada texto plantea acerca del «solo/sólo» (a menos que lo creamos necesario). Ante algún desprevenido debemos aclarar que no se trata de transcribir cada situación en la que aparece un «solo/sólo», sino que seleccionamos únicamente los casos en que la presencia o ausencia de tilde diacrítica marca una distinción de significado que de otro modo sería difícil o imposible de recuperar.

Sólo resaltaremos el término, indicaremos de dónde fue tomada la cita, y si el libro sigue o no los nuevos lineamientos de la RAE que recomiendan quitar la tilde en cualquier caso.

5. «La derrota de Puente de Márquez fue para Oro una ocasión de penetrar solo en Buenos Aires y abocarse a los ministros a rogarles que se salvalsen por un tratado con López.» (Sarmiento, Domingo F., Recuerdos de provincia, Ed. Sol 90 en edición especial para La Biblioteca Argentina–Serie Clásicos —Clarín—, 2001, Barcelona, pág. 75). Edición con tildes diacríticas.

6. «Rico de erudición en las más célebres obras de los autores franceses que él solo poseía, y lleno de ideas de otro género que las limitadas que circulaban en las colonias, el orador sagrado había sabido elevarse a la altura de su asunto, apreciando en frases pomposas las medidas gubernativas que habían hecho notable el reinado del muerto rey.» (Ibíd., pág. 84). Edición con tildes diacríticas.

7. «Un señor Candiote, de Santa Fe, perdió él solo seiscientos mil pesos.» (Ibíd., pág. 92). Edición con tildes diacríticas. Este caso resulta de particular interés: al tratarse de un texto de 1850, tendríamos que tener ciertos conocimientos financieros de la época para saber si eso era mucho  o poco dinero; si bien la repetición del sujeto («él») estaría dando la pauta de que se trataría de mucho dinero (además de la abultada cantidad), perfectamente podría tratarse de un modismo lingüístico de la época que el lector desconozca, y la cantidad podría haber sido más ambivalente, como «200 pesos», por ejemplo.

8. «¡A los setenta y seis años de edad, mi madre ha atravesado la cordillera de los Andes para despedirse de su hijo, antes de descender a la tumba! Esto sólo bastaría a dar una idea de la energía moral de su carácter.» (Ibíd., pág. 108). Edición con tildes diacríticas.

9. «Estuve triste muchos días, y como Franklin, a quien sus padres dedicaban a jabonero, él que debía robar al cielo los rayos y a los tiranos el cetro, toméle desde ojeriza al camino que sólo conduce a la fortuna.» (Ibíd., pág. 139). Edición con tildes diacríticas.

10. «El doctor Aberastáin era el único que no se quería fugar. Yo lo decidí, se lo pedí y se resignó. Yo sólo entre todos conocía a Aldao de cerca. Yo sólo había sido espectador en Mendoza de las atrocidades de que habían sido víctimas doscientos infelices, veinte de entre ellos mis amigos, mis compañeros.» (Ibíd., pág. 157). Edición con tildes diacríticas.

11. «Le he oído decir candorosamente que no estaría bien la provincia sino cuando no hubiese abogados; que su compañero Ibarra vivía tranquilo y gobernaba bien, porque él solo en un dos por tres decidía las causas.» (Ibíd., pág. 159). Edición con tildes diacríticas.

12. «Rosas sólo afecta no saber que tal libro exista por miedo de despertar la atención sobre él.» (Ibíd., pág. 188). Edición con tildes diacríticas.

13. «La experiencia es la materia prima de toda creación, la cual elabora los elementos tomados de la realidad vivida. Uno solo puede imaginar a partir de lo que uno es, de lo que uno ha experimentado, en la realidad o en la aspiración.» (Gusdorf, Georges, “Condiciones y límites de la autobiografía” en Suplementos Anthropos, Nº 29, 1991, Barcelona, pág. 16). Edición con tildes diacríticas.

 14. «Katharina había reclinado su cabeza hacia atrás, y solo escuché latir a nuestros dos corazones.» (Storm, Theodor, Aquis submersus en Aquis submersus y otras novelas cortas, Gorla, 2011, Buenos Aires, pág. 102). Edición sin tildes diacríticas.

15. «A mí solo me llegó algún eco traído por el viento hará una hora.» (Ibíd., pág. 105). Edición sin tildes diacríticas.

16. «Pero Nikita [la película] solo era un ejercicio de calentamiento.» (Gilmour, David, Cineclub, Mondadori-Reservoir Books, 2009, Buenos Aires, pág. 178). Edición sin tildes diacríticas.

17. «No sé cuánto tiempo pasó; el cigarrillo se consumía solo en mis labios, y me llegaba un sollozo continuo y ahogado desde el extremo de la pieza.» (Levrero, Mario, La ciudad en La trilogía involuntaria, Debolsillo, 2008, Barcelona, pág. 149). Edición con tildes diacríticas. Es importante destacar que en los mundos enigmáticos que crea Levrero es completamente probable que un cigarrillo pueda consumirse sólo en los labios de una persona, y no en los de otra o en el cenicero. De realizarse ediciones posteriores bajo la nueva recomendación de la RAE, se estaría colocando una incertidumbre en el texto de Levrero que su autor, cuando escribió el libro, en 1970, no se había planteado. En cierta forma, se estaría modificando el texto, sin modificarlo un ápice (como Borges planteara en la historia de Pierre Menard, quien busca escribir otro Quijote, de texto idéntico al anterior, pero radicalmente distinto por su entorno y su concepción).

18. «Con su prometida no había hablado aún detalladamente sobre cómo se dispondría el futuro del padre, puesto que habían dado por sobreentendido que se quedaría solo en la casa antigua.» (Kafka, Franz, La condena en Relatos completos, tomo I, Losada, 2009, Barcelona, pág. 48). Edición con tildes diacríticas.

19. «Yo me sentí contento cuando supe que asistiría usted solo a la ejecución.» (Kafka, Franz, En la colonia penitenciaria en Relatos completos, tomo I, Losada, 2009, Barcelona, pág. 194). Edición con tildes diacríticas.

20. «Pero cuando después de cuatro noches de acecho el director Klohse apareció por fin solo hacia las once de la noche —alto y delgado, con sus pantalones a cuadros pero sin sombrero ni abrigo, porque el aire era tibio— y, viniendo del Schwarzer Weg, empezó a subir por la avenida de Baumbach, la mano del Gran Mahlke salió disparada del bolsillo y agarró el cuello de la camisa de Klohse juntamente con su corbata de paisano.» (Grass, Günter, El gato y el ratón, Planeta, colección especial «Premio Nobel», 2003, España, pág. 195). Edición con tildes diacríticas. Una tilde (o una ambiguación a partir de la inexistencia de la regla, que es lo mismo) cambiaría el significado sintáctico de la oración, y estaría poniendo el acento en que Klohse llegó tarde, «sólo/recién hacia las once de la noche», y no en que lo hizo sin compañía.

21. «Nuestro sistema telefónico es complicado. Mi padre tiene para él solo tres líneas distintas: un aparato rojo para el lignito, uno negro para la bolsa y uno privado de color blanco. Mi madre tiene dos teléfonos nada más: uno negro para el comité central de las agrupaciones para conciliar las diferencias raciales y uno blanco para las conferencias privadas.» (Böll, Heinrich, Opiniones de un payaso, Club Bruguera, 1982, Barcelona, pág. 31, cursiva nuestra). Edición con tildes diacríticas. El texto de Böll es sumamente irónico, en especial en lo que respecta a la relación que el narrador tiene con sus padres y el dinero de éstos. Es por eso que ese «solo», de no existir tilde diacrítica, podría haber tenido el mismo tono irónico que en el «nada más» de la madre. A esto se le suma un estilo de narración que incluye pocas pausas-comas (tal vez, consecuencia de la narrativa de Böll, tal vez del traductor, Lucas Casas), lo que dificultaría la eventual necesidad de una desambiguación.

22. «Dije aún que al número sobre el Consejo de Administración podría llamarle “Sesiones del Comité”, pues allí sólo se decidía aquello que ya había sido decidido con anterioridad.» (Ibíd., pág. 219). Edición con tildes diacríticas.

23.  «Pegué un brinco y abrí cancha / Diciéndoles: “Caballeros, / Dejen venir ese toro. / Solo nací… solo muero.”» (Hernández, José, El gaucho Martín Fierro en Martín Fierro, Ediciones La Pampa, 1960, Buenos Aires, canto VII, estrofa 205, pág. 36). Edición con tildes diacríticas. ¿Es Martín Fierro un nihilista, que plantea un resignación frente al valor de la vida, como una circunstancia más dentro del cosmos, en el que morir y nacer son sólo eventualidades, donde no teme a la muerte pues es «nada más que morir», tal como cuando nació, que fue «nada más que nacer»? Esta pregunta, ridícula hoy, puede llegar a plantearse un atento lector de una nueva edición, que siga las recomendaciones de la RAE; primero será sólo alguno muy perspicaz. De aquí a 40 años, quizá sea la lectura que se imponga.

24. «—¡Pero, puta! ¿Sabés que yo lo cuento y nadie me cree? Yo solo los vi.» (García Valdearena, Alejo, Conductores suicidas, Ediciones de la Flor, 2004, Buenos Aires, pág. 50). Edición con tildes diacríticas.

25. «Habían hablado, algún contacto había sido hecho, ahora un silencio sólo podía significar la voluntad de no hablar.» (Cozarinsky, Edgardo, «Vista del amanecer sobre un lago» en La novia de Odessa, Emecé, 2007, Buenos Aires, pág. 77). Edición con tildes diacríticas.

26. «Sarmiento abandonó su retiro de Yungay para establecerse en Buenos Aires en 1855. Viajó solo para explorar la situación política, y dos años después, en 1857, se le unieron doña Benita y Dominguito.» (Lanuza, José Luis, «Prólogo» a Sarmiento, Domingo F., La vida de Dominguito, Ediciones Culturales Argentinas, 1962, Buenos Aires, pág. XV). Edición con tildes diacríticas.

27. «Dieron las doce en Sankt Severin. Leonore contó rápidamente los sobres, veintitrés, los recogió, dispuesta a no soltarlos. ¿Había estado verdaderamente sólo media hora con ella? Acababa de sonar la décima de las doce campanadas previstas.» (Böll, Heinrich, Billar a las nueve y media, Seix Barral, 1970, Barcelona, pág. 23). Edición con tildes diacríticas. La novela está iniciando. Las oraciones son cortas, saltan de un tema a otro. ¿Leonore se sorprende de haber estado nada más que media hora con el padre de Fähmel, o de, finalmente, poder estar con él y sin el hijo, que estaría estorbando el posible inicio de un amorío?

28. «Algunos días esperaba sólo hasta las tres o las cuatro y me figuraba que todos estarían ya en sus casas y que yo podría cruzar rápidamente la calle, pasar junto a la cuadra de Meid, dar la vuelta al cementerio, llegar corriendo a casa y encerrarme allí.» (Ibíd., pág. 75). Edición con tildes diacríticas.

29. «—Sí, sí, hija mía, todo esto se refiere a la abadía de Sankt Anton; la cosa duró muchos años, Leonore, llega hasta el presente; reparaciones, obras de ampliación y, después de 1945, la reconstrucción según los antiguos planos; Sankt Antono solo llenará todo un estante.» (Ibíd., pág. 93, cursiva nuestra). Edición con tildes diacríticas. En este caso la ambigüedad realmente no es tal. Sin embargo, si se quita el «todo» que marcamos en cursiva, la ambiguëdad sería total, e incluso sería más esperable interpretar ese «solo» como un adverbio.

30. «Vivíamos afuera, cerca de un gran parque, y jugábamos mucho al aire libre, mi infancia transcurrió en este parque y después en la calle. Jugando solo.» (Linder, Christian, Conversaciones con Heinrich Böll. Gedisa, 1978, Barcelona, pág. 37). Edición con tildes diacríticas. Es esperable que si el «solo» estuviese cumpliendo una función de adverbio, estaría ubicado en primera posición. Sin embargo, esto es sólo «esperable», pero no es una regla fija que pueda aplicarse a cualquier hablante ni a cualquier escritor o traductor.

31. «[F]ue una infancia de mucho jugar, jugábamos realmente mucho, todavía me gusta mucho hoy. Entonces solo en el parque, después en las calles de la ciudad vieja, con el tiempo, los juegos se han transplantado a las habitaciones, pero a la larga este cambio no me pareció doloroso.» (Ibíd., págs. 37-38). Edición con tildes diacríticas.

32. «Se había perseguido con que los vecinos olieran algo y lo denunciaran a la policía, de manera que se hacía notar lo menos posible: salía sólo de noche y para sacar la basura producto del proceso de limpieza de la casa de su hermano, o para comprar pizza y agua mineral en una rotisería que había a cuatro cuadras (una pizza le duraba dos días).» (Busqued, Carlos, Bajo este sol tremendo, Anagrama, 2009, Buenos Aires, pág. 115).  Edición con tildes diacríticas.

33. «Quizá él sólo ha mencionado a una compañera de clases llamada Eva y ella ha creído entender de la forma en que él ha pronunciado su nombre que ella le gusta.» (Pron, Patricio, «La historia del cazador y el oso #4» en El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, Mondadori, 2011, Buenos Aires, pág. 146).  Edición con tildes diacríticas.

34. «Tal vez su bondad estuvo mal colocada, quizá no debió permitir que León se enfrentara solo con las fantasías de una inteligencia que —mejor admitirlo— no era demasiado vigorosa.» (Walsh, Rodolfo, «Nota al pie» en Un kilo de oro, De la flor, 2008, Buenos Aires, pág. 69).  Edición con tildes diacríticas.

35. «Es la pampa; es la tierra en que el hombre está sólo como un ser abstracto que hubiera de recomenzar la historia de la especia —o de concluirla.» (Martínez Estrada, Ezequiel, Radiografía de la pampa, Eudeba, 2011, Buenos Aires, pág. 32).  Edición con tildes diacríticas.

36. «Solo hubiera ido con la corriente y hubiera terminado como los otros, helado, o muerto de frío en una trinchera mal dibujada.» (Fogwill, Enrique, Los pichiciegos, El Ateneo, 2012, Buenos Aires, pág. 166).  Edición con tildes diacríticas.

37. «Lo reconstruí después, en mi casa, mientras el muchacho hablaba tratando de convencerme de cosas que él sólo suponía o ignoraba.» (Onetti, Juan Carlos, Para una tumba sin nombre, Punto de lectura, 2008, Montevideo, pág. 17).  Edición con tildes diacríticas.

38. «Alain Delon era el protagonista y estaba solo la mayor parte del film.» (Villoro, Juan, El testigo, Anagrama, 2007, Barcelona, pág. 49).  Edición con tildes diacríticas. De no haber sido editado con tildes diacríticas, el «solo» podría haber sido entendido como adverbio, generando un carácter irónico que la frase no tenía.

39. «Cuán maravillosa era la mirada de Nieves al ver a ese samurai tan solo en París, en ese alejamiento radical que los espectadores veían como si fisgaran por la cerradura de su buhardilla.» (Villoro, Juan, El testigo, Anagrama, 2007, Barcelona, págs. 49-50).  Edición con tildes diacríticas.

40. «Allí me aguardó una vez solo y a duras penas evitó mi ataque.» (Homero, Ilíada, Gredos, 2000, Barcelona, pág. 174, canto IX, verso 355).  Edición con tildes diacríticas.

41. «Quedose solo Ulises, insigne por su lanza; al lado ningún / argivo resistía, pues la huida se había adueñado de todos.» (Homero, Ilíada, Gredos, 2000, Barcelona, pág. 217, canto XI, versos 401-2).  Edición con tildes diacríticas.

42. «”¡Héctor! ¿Queda algún otro aqueo que no te intimide? / ¡Has huido despavorido hasta de Menelao, que siempre ha sido / un lancero sin valía! Y ahora se ha escapado de los troyanos / solo con un cadaver a cuestas y ha matado a tu leal compañero / Podete, hijo de Eetión, valioso entre los que luchan delante.”» (Homero, Ilíada, Gredos, 2000, Barcelona, pág. 358, canto XVII, versos 586-591).  Edición con tildes diacríticas.

 

Actualizado por última vez en 2013, luego de que la RAE comience a admitir su error, de acuerdo con esta nota periodística. Más allá de esto, no deja de ser interesante esta nota de enero de 2017 en la que se explica el porqué de quitarle la tilde a «sólo»: «He ido a la RAE solo para que me convenzan de que “solo” no lleva tilde nunca».