In the name of the father

Acerca del nombre propio

Casi todo lo que saben los que poco saben sobre ortografía es que los nombres propios se escriben con mayúscula. Entonces enseguida aprenden que su nombre es «Juan Pérez» y no «juan pérez», o que viven en «Argentina» y no en «argentina» (aunque esto traiga aparejado el error de incluir la mayúscula cuando la palabra está funcionando como adjetivo gentilicio, es decir, cuando se habla de «una chica argentina» o de que «las Malvinas son argentinas», que va así, en minúscula). Desde el primario se distingue el nombre propio del nombre común o, usando la terminología escolar, el sustantivo propio del sustantivo común, de «perro» a «Bobby», de «país» a «Colombia». Bueno, como asumimos que eso ya es sabido por todos, lo que haremos aquí será comentar una serie de reflexiones en torno a lo que conocemos por «nombre propio», empezando por el de uno mismo, claro.

Lo primero que todo niño aprende cuando se acerca a la escritura es su propio nombre. Uno pensaría que un «Juan» la tiene más fácil que un «Brian», por ejemplo, ya que su nombre suena igual que como se escribe, pero resulta mucho más probable que los niños comiencen escribiendo no por fonética sino por imitación: primero escriben su nombre tal como copiarían cualquier otro dibujo (es decir, hacen el dibujo letra a letra) y recién en un estadio posterior comprenden el significado de cada carácter. Lo central es que es lo primero que define a cualquier persona, incluso antes de nacer, es lo primero que aprenden a escribir, y es lo que todos, si la suerte nos acompaña, dejaremos en este mundo: un pedazo de piedra donde, sin muchos más datos, figuran esas letras que nos definen para toda la vida, una vez más, nuestro nombre.

La circulación del nombre propio, lo que nos significa a cada uno la inscripción, ese «tener un nombre», «el buen nombre», la importancia del legado familiar y del linaje, etcétera, son cuestiones esenciales en cualquier ámbito de la vida. Desde el Quijote hasta Sarmiento, en clave humorística o en clave seria, todos están intentando dotar a su nombre de cualidades que le permitan ser famoso, conocido; en definitiva, conseguir que su nombre propio los sobreviva a ellos, vulgares mortales.

Para alejarnos de la literatura y acercarnos al terreno de lo cotidiano, desde hace un par de meses se está dando un hecho curioso en la prensa: el portal de noticias Infobae ha tomado la extrañísima decisión de llamar «Cristina Elisabet Kirchner» a la ex Presidenta de la Nación comúnmente conocida como Cristina Fernández de Kirchner o simplemente «CFK» para ahorrar valiosos caracteres. No fuimos los primeros en notarlo, y en uno de esos foros que tanto circulan por Internet los foristas sospechan que el motivo por el que en Infobae empezaron a nombrar así a CFK está vinculado a que ella declaró en tribunales que no le gusta ser llamada de esa forma («Elisabet» es su segundo nombre, así, con esa grafía). Si este es el motivo, nos deberíamos retrotraer a aquellos momentos en los que comenzábamos a escribir, porque la polémica tendría el nivel intelectual digno de la salita azul. Más allá de eso, es interesante destacar que se busca el agravio a través del nombre propio, tal como se hizo antes al intentar llamarla «presidente» en vez de «presidenta» (esto ya lo hemos tratado aquí: el agravio no es porque «presidenta» sea la forma correcta, sino porque ella había elegido llamarse a sí misma de ese modo, y algunos —realmente los menos, incluso entre los opositores— optaban por la forma «presidente» supuestamente obsesionados por el cuidado de una impoluta gramática, pero en realidad buscando irritarla). Del mismo modo pero en veredas opuestas, Horacio Verbitsky y otros llaman al actual Presidente de la Nación, Mauricio Macri, «Maurizio Macrì», intentando vincularlo con el partido Nazi, algún mafioso italiano o vaya uno a saber qué otra cosa (la polémica también llegó al foro Reddit y también parece digna de la salita azul).

Cristina Elisabet Kirchner - InfoBae - 1-7-16

Maurizio Macrì - Verbitsky

Estos modos de opinar a través de la ortografía, de dar a entender ciertas cosas y de tomar posición sobre otras, cuando tocan lo vinculado al nombre propio resultan aún más significativos que cualquier otro tipo de opinión directa. En el nombre se juegan muchas cosas, desde la historia personal hasta la búsqueda por la identidad[1]. La emoción suscitada por el comienzo y el final de El Padrino II, por ejemplo, no tendrían mejor explicación que esa: (spoiler alert) al inicio, el niño Vito Andolini es anotado como «Vito Corleone» porque el oficial de migraciones que lo recibe en Nueva York lee el nombre del pueblo del que proviene cuando lo anota; al final, Vito Corleone regresa a su pueblo en Sicilia y le abre la panza con un puñal a quien había asesinado a toda su familia, no sin antes decirle el nombre de su padre, «Antonio Andolini». Así, una palabra (el nombre propio familiar, dejado de lado en su llegada a Estados Unidos) vale por un justificativo suficiente para asesinar, es un sintagma repleto de sentidos.

En línea con esto, y siguiendo también la noción de circulación del nombre, podemos decir que muchos nombres propios tienen una carga enorme, están asociados a miles de cosas, mientras que otros nos significan tan poco… En Letras, por ejemplo, hay un concepto que se usa para burlarse de alguien que gusta de aparentar grandes conocimientos mencionando distintos nombres: «name dropping», «dejar caer nombres». Si decimos «Borges», probablemente muchos puedan llenar ese significante con algunas características: el más destacado escritor argentino, autor de Ficciones y de El Aleph, amigo de Bioy Casares, escritor de cuentos, ensayos breves y poesías, etcétera. En cambio «César Aira» no es un nombre propio al que cualquiera le pueda asignar características, y mucho más «de nicho» es «Héctor Libertella», por ejemplo. No sucede sólo en Letras: en Medicina son montones las enfermedades que llevan un nombre propio en honor a quien la descubrió, describió o padeció por primera vez. Y en realidad el name dropping está presente en la más pura cotidianeidad: notemos que cuando se encuentra a alguien desconocido pero con algún vínculo en común, la primera charla obvia es: «Ah, ¿ibas al club Obras? ¿Conocés a Mauro Rodríguez y a Gonzalo Gómez?»

Los nombres propios encierran el misterio de definirnos desde el principio hasta el fin de nuestra existencia, y es mucho lo que se dice a través de ellos. Con una acción indebida uno puede «manchar el nombre familiar» para siempre y con una vida recta, enarbolarlo y colocarlo en lo más alto de la estima popular (siempre es más fácil y rápido romper que construir). Por eso también se vuelve esencial respetar la escritura de los nombres, su grafía, incluso su pronunciación. Muchos dirán que no existe tal cosa como «la ortografía para los nombres propios», algo que es absolutamente falso: todos los nombres traen su historia, y la grafía, tanto como su pronunciación, debería ser la que cada individuo utiliza como propia, porque en última instancia es a él a quien se designa.

Puesto que hablamos de nombre propio, es justo que abandone la primera persona plural y que pase a la singular, con una breve historia personal (en este momento el buen lector sabrá abandonar el texto; los curiosos podrán seguir con la lectura).

Mi nombre es Nicolás Scheines, y desde que nombro mi apellido, digo inmediatamente después de pronunciarlo: «Ese, ce, hache», para que lo puedan escribir. Lo pronuncio /ʝ̞éines/ («yeines») sin más motivación que la pronunciación heredada de mi familia. El origen no es claro, pero sería ruso o yiddish. En cualquier caso, judío de Europa del Este. Mi nombre, «Nicolás», desde que lo aprendí a escribir, lo pongo con tilde en la «a» final, de acuerdo a las reglas de acentuación del idioma español. Proviene del griego, de las palabras νικη (niké) = victoria y λαος (laos) = pueblo, es decir, «La victoria del pueblo». Tiene variaciones en los más diversos idiomas, pero sólo en español se escribe «Nicolás».

El hecho concreto es que durante la tramitación de mi título como Licenciado en Letras me enviaron un correo electrónico para corroborar que mis datos fuesen los correctos. De lo contrario, tendría que asistir a solicitar el cambio en la tan temida sede de trámites burocráticos de la UBA, en Uriburu 950. Reviso: apellido, ok; DNI, ok; fecha de nacimiento, ok; nombre del título, ok; fecha de última materia rendida, ok. Y «Nicolas», escrito así, sin tilde. Pienso: ¿debo perder mi hora de almuerzo en ir a hacer un trámite para incluir un manchoncito de tinta sobre la hoja? Pienso: ¿debo resignarme a ver mi nombre mal escrito cada vez que vea mi título por no hacer un trámite de un par de horas? Resuelvo ir. El trámite no era por una ventanilla luego de una enorme fila, sino en una oficina, donde yo era el primer y único interesado. El empleado público me atiende, me pide el número de turno que yo había solicitado por Internet, abre mi expediente guardado en un folio, adentro de una carpeta adentro de un fichero adentro de un mueble y me pregunta cuál es el cambio a realizar:

—Mi nombre está sin tilde, me gustaría agregarla. Me llamo Nicolás, y la «a» está sin tilde.

—A ver, ¿trajiste tu DNI?

—Sí, acá está —le digo mientras extiendo la tarjetita.

—Claro, lo pusimos bien: está sin tilde porque en tu DNI está sin tilde.

—Sí, ya sé que está sin tilde pero ningún DNI tiene tilde.

—¿De dónde sacaste eso? —me pregunta, curioso.

—Bah, tal vez algunos tengan, pero el mío no lo tiene…

—¿Y por qué no reclamaste cuando te hicieron el DNI sin la tilde?

—Es que no me importó tanto porque asumí que no la pusieron porque está todo el nombre escrito en mayúsculas.

—¿Y eso qué tiene que ver? Las mayúsculas llevan tilde —me interrumpió el culto empleado estatal.

—Sí, claro, yo lo sé eso, me dedico a enseñarlo, pero bueno, sé que hay mucha gente que no lo sabe, e históricamente los documentos públicos impresos no llevaron tildes en sus mayúsculas por problemas de moldería, como muchos carteles de calles por ejemplo.

—Sí, pero eso es un error: las mayúsculas llevan tilde.

—Coincido en un 100%, del mismo modo en que seguramente vas a coincidir vos conmigo en que «Nicolás» también lleva tilde, esté o no esté con mayúscula.

Se frena. Detiene el diálogo y al ratito me pregunta, como a punto de revelar una verdad:

—¿Partida de nacimiento trajiste?

—No.

—¿Y cuando empezaste el trámite?

—La verdad que no me acuerdo, lo empecé hace más de un año…

—¡Acá está! —dice victorioso, sacando una fotocopia de mi partido de nacimiento del folio, muy seguro de su inminente niké (victoria). Investiga un segundo, luego la da vuelta, señala con el dedo y completa:— ¿Ves? Acá está, «Nicolas» sin tilde. Tu nombre no lleva tilde.

Veo la hoja: en tinta de fotocopia se reproduce un documento completado a mano que dice «Nicolas Scheines». Analizo un momento en silencio la situación. Luego hablo.

—¿O sea que mi nombre no responde a mi voluntad y a las reglas de ortografía del español en un país hispanoparlante que en 1988 exigía usar nombres aceptados por el idioma castellano, sino a que el hombre o la mujer que me anotó en el registro civil sepa o no esas reglas ortográficas y las recuerde al momento de escribir en mi partida de nacimiento? ¿Me estás diciendo que me vine hasta acá para poner una manchita arriba de una letra en mi título y que no lo voy a poder hacer?

—Es que te tendrías que haber quejado cuando te hicieron el DNI, para que después modifiquen tu partida de nacimiento. Yo te tengo que hacer el título con el mismo nombre que figura en el DNI.

–¿Es decir que mi nombre nunca fue «Nicolás Scheines», sino «Nicolas Scheines», y recién ahora me vengo a enterar?

Sólo me quedaba firmar una declaración en la que aseguraba que los datos eran correctos, incluyendo el «Nicolas». No sólo eso: como al lado de mi firma aclaré, como siempre y a toda velocidad, «Nicolás Scheines», con tilde, el empleado me exigió hacer una llamada al lado de la aclaración de mi firma, diciendo «no corresponde la tilde» y firmando al lado. Tengo para mí que él gozó plenamente en ese momento.

De todos modos todo esto lo cuento sin rencor hacia él, con quien discutimos en los mejores términos, sino con el azoramiento de venir a enterarme de que mi nombre había cambiado. Mínimamente, pero había cambiado. Así y todo, yo me seguiré llamando Nicolás, con tilde, y seguiré firme en mi cruzada de dar a los nombres propios la relevancia que se merecen.

[1] En este artículo todo el tiempo resuena la lucha por la identidad de los hijos de desaparecidos durante la última dictadura argentina. En este caso elegimos eludir un tema tan sensible y apelamos a otros que no tengan una carga tan significativa.

 

Tute - Hugo y...

HUGO Y ESA MALDITA COSTUMBRE

Tute - Consecutio TemporumHugo es odioso. Es un imbécil, como bien dice la mujer. Hugo también es un pobre tipo. Hugo se queda siempre pensando que lo mejor es quedarse al lado de la norma, no despegarse de ella. Para él, los tiempos verbales son más importantes que los verbos. La metáfora cliché de la podredumbre no lo convence, prefiere usar la palabra adecuada, la que refleje justamente la sensación de la mujer: cansancio. Siente pena por ella, por su incapacidad de comprender que luego de la forma verbal «darse cuenta» debe ir un «de». Hugo, un típico corrector de Word, una máquina, un corrector callejero sin sentimiento. Un descorazonado.

Ya hemos hablado del queísmo y el dequeísmo. También hemos expuesto algunas ideas acerca de la sobrecorrección y de la necesidad de usar el sentido común y de tener tacto a la hora de corregir. Es decir que no venimos a exponer nada demasiado nuevo, pero sí a aunar conceptos y demostrar que estamos pensando siempre en una misma dirección, que es la contraria a la que lleva Hugo. Y lo hacemos, entre otras cosas, porque estamos cansados de los correctores desubicados (profesionales o amateurs) que no piensan en el texto, ni en el medio, ni en el autor ni en el lector. Son personas que sólo piensan en la norma, en un «escribir/hablar bien», en un mensaje puro, que no existe, porque las acciones de hablar, escribir y pensar son apasionadas, con mucho de desmedido e irracional. Aquel que piense sólo lo racional, lo esperado, no pensará nunca nada nuevo, no pensará nada en realidad. En la cabeza tienen lo que «debería ser», y se alejan de la pasión de la escritura, de la pasión del habla.

Hugo no es más que un manojo de reglas bien aprendidas. Ni se da cuenta que el amor se le va. Se concentra apenas en una parte mínima del discurso, pero no lo entiende. No entiende que es un discurso oral, que se da en un bar, que lo pronuncia su mujer, que se lo dice a él, y que transmite ni más ni menos que un estado de aburrimiento extremo, de cansancio. Hugo es un «asesino de los días de fiesta», «un corazón privado de amor», y, como los personajes de Denevi, ni se da cuenta. Un corrector que carece de este tipo de sensibilidad no hará más que estorbar, que poner palos en la rueda, porque, con todos sus prolijos conocimientos de la gramática, sigue sin entender absolutamente nada de la lengua y la comunicación.

Por suerte, Tute nos muestra a este Hugo en otra situación mucho más elocuente, más sintética. En este caso, Hugo expone todo su conocimiento sobre el romanticismo, pero no es más que una carcasa vacía, un hombre sin amor.

Tute - Hugo y...

Posdata

Este texto quizá necesite de algunos comentarios extra, porque escapa un poco de la coherencia que intentaban mantener todas las otras entradas. Sería justo indicar su motivación, que proviene de dos ramas principales: por un lado, un homenaje a Tute y su enorme, ecléctico, bizarro y brillante álter-ego Hugo; por otro, a un odio personal tal vez un tanto desmedido hacia la gente que va por la vida corrigiendo el habla de los demás, e incluso corrigiéndose a sí misma. Son personas que por cumplir con el mandato de evitar la repetición de palabras, no dicen lo que quieren decir; que leen un mensaje de texto como si fuese un mail laboral, o incluso quienes confunden un mail laboral con un simpático mensaje de texto. Personas que por desconocer a su público, envían mensajes equivocados, que no comprenden los distintos medios.

Este odio, por supuesto, no es hacia estas personas, sino hacia estas actitudes que no contribuyen en nada a las expresiones orales y escritas, y que no hacen más que poner en exhibición una erudición por demás inútil.

Por último, hemos esbozado una cita de Marco Denevi que ampliamos a continuación. Corresponde a las últimas líneas de la novela Los asesinos de los días de fiesta:

El otro día Patricio de la Escosura estaba leyendo un libro. Y de golpe exclamó:

—Oigan esto.

Después nos leyó en voz alta:

—Los corazones privados de amor se vuelven crueles, codiciosos y feroces como guerreros extranjeros en una ciudad vencida. Se entregan al pillaje y a la matanza de los demás corazones, y convierten los días de fiesta en noches de duelo.

—¿Y eso qué tiene que ver con nosotros? —gritó Iluminada.

DENEVI, Marco. Los asesinos de los días de fiesta. Emecé. Buenos Aires. 1972. Pág. 213.

 

Las imágenes de los chistes de Tute fueron obtenidas de «El blog de Tute».

 

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LAS ESCRITURAS DE LA SANTA FE

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¿Contagiados por el espíritu de estas Fiestas, nos hemos vuelto religiosos? Quizás. Pero en realidad, en esta oportunidad hablaremos de la provincia de Santa Fe, no desde el punto de vista religioso ni turístico, sino desde la lingüística y la gramática, en torno a dos cuestiones esenciales, dudas eternas de cualquier argentino que se interese por «la bota»: a) Santa Fe, ¿lleva acento?; b) ¿Cómo es: «santafecino» o «santafesino»?

Para los ansiosos, que sólo quieren conocer la solución y seguir adelante con sus vidas, respuestas breves: Santa Fe se escribe así, sin tilde (recordemos que todas las palabras tienen acento, pero que sólo algunas llevan acento gráfico o tilde), y es «santafesino» y no «santafecino», aunque en algunos ámbitos, esta forma con «c» también sea aceptada.

Perfecto, la nota ya está hecha. Si gustan, pueden marcharse con un conocimiento más bajo el brazo, algo para lucirse en su grupo de amigos. Pero a partir de ahora empieza lo interesante, ya que comenzaremos a pensar en estas formas lingüísticas, y a asociarlas con la importancia del lugar de pertenencia, del nombre propio, con un ser y una geografía textual: yo soy este que está aquí escrito, y soy de una forma, y no de cualquier otra.

Desde «De la ortografía y otros demonios» abogamos por un sentido de la identidad que también está en la palabra. Es por eso que sostenemos con firmeza que el único gentilicio admisible para las personas nacidas en Santa Fe es el de «santafesino», con «s», porque es el que sus habitantes eligen y usan. En América han conocido[1] de sobra la apropiación de lugares propios a partir del lenguaje; en Santa Fe se busca una nomenclatura propia, y no una impuesta por el afuera. Es por esto que uno no dice: «es “santafesino” porque en el DRAE se dice que es la forma preferida». Es con «s» porque así lo escriben los locales (a diferencia de algunos medios nacionales, como el diario La Nación, que se obstinan en escribirlo con «c»).

De idéntico modo se debe proceder, por ejemplo, con la pronunciación de apellidos. En un lugar como España, un tema así no implicaría mayores inconvenientes, porque la mayoría de los apellidos se pronuncian según la propia región de pertenencia (castellanos, vascos, catalanes, etc.). En Argentina, en cambio, tal como sucede en muchas otras regiones de América, la variada inmigración trajo como consecuencia apellidos españoles, pero también infinidad de italianos, rusos, polacos, alemanes, franceses, ingleses y un casi inagotable etcétera. Incluso, muchos orígenes no han quedado del todo claros. ¿Y entonces, cómo pronunciamos esos apellidos? ¿Como lo marca la norma de la lengua correspondiente a cada país? En mi caso particular[2], la historia europea y la herencia familiar han vuelto imposible dilucidar la proveniencia precisa de mi apellido, «Scheines». Puede ser tanto ruso, ucraniano, alemán, yiddish, o una lengua que aún desconozco. ¿A qué regla he de atenerme entonces? La gente que sabe alemán insiste en querer pronunciarlo como /sháines/. Sin embargo, el apellido se ha transferido oralmente dentro de la familia como /shéines/. Con una tradición de al menos unos 100 años, ¿quién se cree con derecho a venir a cambiar cómo me llamo, cómo se llama mi familia? ¿Qué reglas podrían permitir algo así?[3]

Precisamente, a partir de esto es que nos interesa retomar el tema de Santa Fe. Con la misma lógica que hablamos del gentilicio «santafesino», podemos entender el apego de mucha gente (especialmente, los mayores) de escribir ese monosílabo con tilde, y llamar a su provincia (su ciudad, o incluso su propia calle, en otras provincias) «Santa Fé». La tilde de los monosílabos que no distinguen significado fue eliminada en 1959, siguiendo una lógica que no carecía de coherencia. Sin embargo, cómo explicar que el nombre de tu lugar ya no es el que era, que su escritura cambió de un día para otro. Volviendo a lo personal, si la RAE decidiese que «Nicolás» deje de tildarse, quizás los próximos Nicolases escriban sin problemas «Nicolas», pero a mí me sería imposible, porque sería un cambio en mi identidad, impuesto por agentes externos.

De este modo, ¿cuándo un corrector está habilitado, con suma ligereza, a eliminar esa tilde final en «Santa Fé»? En «De la ortografía y otros demonios» podríamos sugerirlo, incluso mencionar la norma vigente desde 1959, pero de ningún modo tachar de plano algo de lo que un local puede saber (o sentir) más. Y para entender este proceso, tal vez podamos hacer un imaginario viaje a la «Buenos Ayres» de hace algunos siglos y ver cómo tomaron los porteños la pérdida de la «y», y cuánto tiempo llevó acostumbrar a un pueblo a escribir de otra forma el nombre de su ciudad. Si no es para sorprenderse encontrar ediciones del siglo pasado que hablan de «Buenos Ayres», tampoco debemos escandalizarnos que hoy, a más de 50 años de la nueva reglamentación, muchos santafesinos sigan llamando a su ciudad, y con todo derecho, «Santa Fé».


[1] Digo «han» y no «hemos» porque sería un barbarismo incluirme entre el grupo de los colonizados, cuando, como la mayoría de los argentinos, soy descendiente de inmigrantes europeos, es decir, de los colonizadores.

[2] Y a partir de este punto ya se vuelve imposible mantener el plural mayestático que usamos (uso) para incluir a todos los que participamos del sitio web.

[3] Tomé mi caso particular porque es el que más conozco, pero podemos registrar dos ejemplos del mundo futbolístico, para ampliar el concepto. Pensemos en dos jugadores de larga trayectoria en el seleccionado argentino. Uno, Javier Mascherano, con un apellido de claro origen italiano, se ha llamado a sí mismo (o, al menos, así ha aceptado que lo llamen) /mascheráno/, cuando el dígrafo «ch» en esa lengua se pronuncia como /k/ (sería, entonces, /maskeráno/). Otro, Gabriel Heinze, se llama a sí mismo (y esto es comprobable con sólo comparar un par de entrevistas televisivas al jugador) tanto /éinse/ como /xéinse/ (la «x» en fonética representa al sonido de la jota). Cualquiera de las dos pronunciaciones puede ser correcta, dependiendo si se aplique la norma de la lengua inglesa, alemana o francesa. ¿Él sabe cuál es el origen de su apellido? Es posible que no…

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EL ERROR DE ORTOGRAFÍA Y SUS MATICES

En la última gira de Roger Waters por Argentina, en medio de un show impactante por la temática y por la puesta en escena, un chancho gigante sale volando del escenario, repleto de inscripciones. La principal decía, justo en el centro de la panza del cerdo: «¿Debería confiar en el govierno?». Esa «v» de «govierno» tiene una explicación lógica, y es que «gobierno», en inglés, es «government», con «v». Sin embargo, el error choca e impacta.

«¿Cómo, en un show en el que todo sale perfecto, donde sonido e imagen son tan cuidados, puede pasarse un error así de burdo? ¿Está mal escrito “gobierno” o me parece a mí? ¿Quiso decir otra cosa en realidad? ¿Por qué, con lo que cuesta la entrada, no son capaces de pagarle a un corrector de español para que les escriba los carteles?» En medio de esta hipotética (y exagerada) sarta de preguntas, el espectador está perdiéndose una parte del show: deja de prestarle atención al contenido, pues se ha distraído, y el error ha despertado en él cierta desconfianza.

El ejemplo, por supuesto, está un tanto sobredimensionado, pero si esto sucede en un recital, imaginen cuán a menudo podrá pasar en un escrito. Muchas veces no se valora la ortografía correcta de un texto porque viene dada. Pero cuando aparece un error, éste se destaca y genera una mezcla de burla y desconfianza que no es fácil remontar para el autor.

El error ortográfico desnuda y ridiculiza a quien lo comete, pues lo muestra incompetente en la mismísima tarea que está realizando. Es como cuando un presidente argentino quiso mostrar sus conocimientos de literatura y filosofía y reveló que había leído todas las novelas de Borges y aseguró, asimismo, haber leído muchos libros de Sócrates[1]. No se espera necesariamente que el presidente de la Nación sepa de literatura o de filosofía, así como no se espera que cualquiera sepa cómo se escribe «escisión», pero si uno decide adentrarse en la materia (ufanarse de ciertos conocimientos el Presidente, hacer uso de la palabra «escisión» aquel que la escribe), debe hacerlo con conocimiento de causa.

Es cierto: un Presidente no es «bueno» o «malo» por sus conocimientos literarios, así como la calidad de un texto no se mide por su «buena» o «mala» ortografía, pero, en cierta medida, levantan una sospecha: ¿por qué esta persona se está metiendo en un terreno en el que no sabe? ¿Sólo de esto opina y no sabe, o hay otras cosas de las que no nos estamos dando cuenta? La sospecha puede ser consciente o inconsciente, pero el error de ortografía, ante quien lo detecta, no pasa indiferente.

De todas formas es central una noción: la del matiz. Hay errores y errores, desde los discutibles hasta los famosos «horrores ortográficos». Escribir «Arjentina» en nuestro propio país es una bestialidad. Sin embargo, si un filipino[2] escribe «Arjentina» estaríamos ante un error grave, pero seguramente sería mucho menos aberrante, casi como escribir «Ejipto» en lugar de «Egipto». Retomando el caso de «govierno», teniendo en cuenta que se trata de una banda de origen británico, y que en inglés, el término se escribe con «v», el error, en definitiva, no es tan alarmante. Además, es importante considerar el contexto: la equivocación tuvo lugar en un recital, y no en una gacetilla de la Real Academia Española.

En este marco de los matices hay que pensar siempre en qué indicaría la lógica del hablante común, cuál es la situación de escritura y cómo lo puede tomar el lector. No podemos alarmarnos ante la falta de una tilde en el contexto de un chat, así como tampoco podemos exigir una perfección impoluta ni siquiera a quienes nos dedicamos a corregir textos.

 

APÉNDICE: Nombres propios

En los trabajos académicos, el error en los nombres de los autores suele ser algo frecuente, que, sin embargo, no parece preocupar demasiado a quienes lo cometen. Sin embargo, confundirse en la escritura de un nombre, por más difícil que éste sea, puede ser un signo de poco compromiso con las ideas de este autor. ¿Cuánto habremos de confiar en un psicoanalista que nos desarrolla con lujo de detalles la interpretación de los sueños, si luego cita a un tal «Froid», en lugar de a «Freud»? Por otro lado, dentro de un ámbito institucional, puede resultar ofensivo para un autor encontrarse citado en el texto de otro, pero con su propio nombre mal escrito.

Y esto no es válido sólo a los nombres de las personas, sino que también se extiende a los nombres de los libros y artículos que se está citando. La incorrecta transcripción de un título puede significar una incomprensión total del texto o la tergiversación de ciertas ideas. Es importante tener en cuenta que, en castellano (y no en otros idiomas, como el inglés o el alemán), los títulos llevan la primera letra en mayúscula y las demás, en minúscula, a menos que se trate de un nombre propio. Así, por citar un ejemplo alevoso, quien se refiera a la obra de Gabriel García Márquez como «Cien Años de Soledad» estará creando una confusión innecesaria, brindando la posibilidad de que la novela trate de una mujer llamada Soledad, que ha vivido 100 años.


[1] No pecaremos de arrogantes, y aclararemos, para quienes no lo sepan, que Jorge Luis Borges no escribió ninguna novela (toda su obra consta de poemas, cuentos y escritos críticos) y que Sócrates no dejó ningún legado escrito, aunque es la figura central de los diálogos de Platón y el maestro de éste.

[2] En algunas regiones de las Filipinas, archipiélago de Oceanía, aún se habla español como lengua materna.

 

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ESAS «PEQUEÑAS COMAS» (LAS COMILLAS)

comillas2Nuestros lectores más asiduos quizá hayan notado un pequeñísimo cambio en nuestra forma de escribir; desde hace un tiempo hemos empezado a optar por las comillas llamadas indistintamente angulares, latinas o españolas (« »), en lugar de las tan comunes inglesas (” “). Nuestra decisión se reduce casi a una cuestión estética: nos gustan más las horizontales, las vemos más «serias», pues es la que eligen la mayoría de las editoriales para publicar sus libros.

Pero esta no es la única razón para este cambio: también buscamos la unificación de criterios en todo nuestro sitio, pues esto es uno de los elementos que le da coherencia a nuestro estilo, y desde un primer momento elegimos llamar a nuestro sitio «De la ortografía y otros demonios» y no “De la ortografía y otros demonios”.

Un motivo más técnico es el siguiente: si bien tanto unas como otras comillas son correctas, al momento de poner comillas dentro de un texto ya entrecomillado, es obligatorio cambiar el tipo de comillas que se usarán. Así, si venimos trabajando con las comillas altas dobles y debemos entrecomillar algo dentro, entonces nos veremos obligados a usar las simples. Esto trae aparejado dos pequeñas dificultades: una, evidente, es cuando el final o el inicio de las comillas coinciden: el texto quedaría así: «Manuel les explicó a sus amigos, no sin cierta incredulidad, cuáles fueron las exactas palabras de su mujer al dejarlo: “Me dijo que era un ‘queso’”». Así, la última comilla simple de «queso» se suma a las dos que cierran la declaración, lo que produce una «estética editorial poco amigable».

Pero no sólo eso: con nuestro ejemplo ilustramos también otra de las razones que nos hacen inclinarnos por las comillas angulares: si hay que utilizar tres tipos distintos de comillas, las externas deberían ser siempre las angulares, luego deberían colocarse las dobles y, por último, las simples. Si bien estas construcciones son poco frecuentes, nunca se sabe cuándo uno las tendrá que usar, por lo que conviene utilizar directamente las angulares, para evitar que en la página 98 nos demos cuenta que las debimos haber usado desde el principio. (Por supuesto, se entiende que esto no es «tan» crucial en la corrección de un texto, y que se trata de un error menor usar como externas a las comillas altas y luego, al interior, las angulares; lo que de ningún modo puede suceder es usar las simples antes que otras).

 

 

EPÍLOGO

 

A estas alturas seguramente más de uno se preguntará a dónde están estas comillas angulares en nuestros benditos teclados. Y es aquí donde recae el truco de esta entrada: ¡No están! Se trata, por supuesto, de otro caso de violencia cultural (aunque, nobleza obliga, bastante leve). Los teclados, producidos por Estados Unidos —incluso los que vienen con «ñ»—, favorecen el uso de las comillas inglesas, mientras que relegan a las comillas españolas a un mero código: «Alt [izquierdo] + 174 [del teclado numérico]» para las de apertura, y «Alt + 175» las de cierre (y este código no anda en cualquier ámbito; por ejemplo, funciona en el Word, pero no en el Google Chrome).

Este caso es muy similar a lo que ocurre con la raya (—), de la que ya hemos hablado en otra oportunidad. No es casualidad que en inglés ni las rayas ni las comillas angulares se usen (en lugar de las rayas, ellos usan dos guiones medios para los incisos y comillas altas dobles para la mayoría de los diálogos). A partir de esto es que en español se ven cada vez más y más escritos presentados con guiones en lugar de rayas, y con comillas inglesas en lugar de españolas, pese a que, como demostramos, éstas son más útiles y «estéticas» que aquéllas. Y es por esto entonces que en «De la ortografía y otros demonios» decidimos hacer el esfuerzo (a partir de ahora) de usar el doble de teclas cada vez que queremos insertar un texto entrecomillado: ¡por el respeto a nuestra lengua, por una difusión de nuestras comillas angulares y por textos visualmente más agraciados! Amén.

Sintaxis

NORMAS, LENGUAJE Y UN POCO DE SENTIDO COMÚN

Sintaxis

«En diez años desapareció la mitad de las estaciones de servicio»

(Copete de tapa de la nota «Cargar nafta en la Capital es cada vez más difícil», del diario La Nación del 5 de febrero de 2012)

 

«75% de las piezas de un auto fabricado en la Argentina es de origen extranjero»

(En infografía de la nota «Enredados en las importaciones» de la sección «Economía & Negocios» del diario La Nación del 5 de febrero de 2012)

 

 

¿Qué pasa con estas oraciones? ¿Suenan normales? ¿Qué problema tienen?

Si no estamos equivocados, a la gran mayoría de los hablantes del idioma castellano, estas dos expresiones les sonarán, como mínimo, extrañas. Y sin embargo, tenemos amplias sospechas de que no se trata de un error, pues ambas fueron tomadas del mismo diario (de los pocos diarios que aún se corrigen en Argentina), el mismo día, y no en los cuerpos de las notas, sino en espacios completamente visibles.

¿Cuál es el que nosotros consideramos un error, mientras que los correctores de La Nación consideraron una aplicación de la gramática? Se trata de la conjugación del verbo en singular. Nosotros (y no sólo en «De la ortografía y otros demonios», sino un «nosotros» que incluye a la mayoría de los hispanohablantes «comunes» —no correctores—) hubiésemos dicho: «En diez años desaparecieron la mitad de las estaciones de servicio» y «75% de las piezas de un auto fabricado en la Argentina son de origen extranjero». ¿Por qué? Sencillo: porque aplicamos el sentido común, y no las reglas sintácticas impuestas por la vieja escuela.

Según la sintaxis tradicional, el núcleo del sujeto «la mitad de las estaciones de servicio» es «mitad», así como el núcleo del sujeto «[el] 75% de las piezas de un auto fabricado en la Argentina» es «75%»; por ser ambos singulares (la mitad, el 75%), se respeta la concordancia de sujeto y verbo, y éste debe conjugarse, por ende, en su forma singular.

Sin embargo, existen nuevas corrientes de estudio que respetan la lógica de los hablantes y piensan primero en el habla, y basándose en ella es que intentan describir una sintaxis. Así, podemos ver que la tendencia en ambas oraciones hubiese sido la de conjugar los verbos en plural. ¿Por qué? Porque está absolutamente claro que el núcleo de los sujetos es el sustantivo principal, y no lo que, desde la gramática cognitiva se llama «basamento cuantificador». Así, lo lógico sería pensar que se está hablando de «estaciones de servicios» y no de «mitades», así como que se habla de «piezas de un auto»y no de porcentajes. De esta forma, «la mitad de» estaría funcionando como un simple modificador del núcleo del sujeto, como si dijese «tres estaciones de servicios», o el número exacto que corresponde a esa mitad, y lo mismo sucedería con las piezas del auto.

Con esta breve entrada pretendemos demostrar cuán importante es el análisis sintáctico en la escritura, pero, sobre todo, cuán importante es que este análisis sea pensado y razonado, y no simplemente aplicado mecánicamente; la idea es que el estudio de la lengua comprenda cómo ésta funciona dentro de una comunidad hablante, y no que pretenda que la comunidad se adapte a ella, formulando oraciones poco esperables, con el único fin de atenerse a la norma.

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LA SOBRECORRECCIÓN SIN ESTILO

El problema de los correctores de estilo empieza ni más ni menos que por nuestro nombre. «¿Cómo que corrigen el estilo? O sea, ¿yo tengo mi estilo y ustedes me lo van a cambiar?». No es fácil explicar ni por qué esto no es así, ni tampoco por qué es que nos llamamos correctores de estilo. Tal vez es para no llamarnos «correctores de textos» y que la gente piense que estamos dentro del Word, subrayando en verde y en rojo según nos parezca.

¿Cómo trabajamos, entonces, los correctores de estilo, sin modificar el estilo? Por poner un ejemplo vulgar y poco contrastable con la realidad, pero que resulta práctico, pensemos en un autor que nos entrega un texto con todas frases compuestas por sujeto + verbo + predicado, y en el medio aparece una que está conformada por un orden alterado. Entonces, nosotros nos preguntamos (y, eventualmente, le preguntamos) por qué está invertido el orden. Si, como es presumible, existe algo que lo justifique, lo mantendremos tal cual. Si no, encontraremos la forma de lograr que el texto mantenga su unidad y su cohesión en toda su extensión.

La idea es lograr un texto coherente, respetando el estilo del autor, pero sacándole el mayor jugo posible. La calidad de las obras dependerá siempre del escritor, pero el corrector tiene la responsabilidad de que cada autor alcance su mayor potencial. No es el mismo nivel de análisis el requerido por una obra de un autor literario consagrado, al de una monografía sobre biología. En uno se buscará hacer foco en el uso del lenguaje, desarrollo de personajes, manejo de la intriga, etcétera, mientras que en el otro se cuidarán las formas, se buscará una correcta jerarquización de títulos y temas, se comprobará que se plantee correctamente y se confirme la hipótesis, que el desarrollo justifique la conclusión, etcétera.

En base a estos lineamientos, el corrector pensará cuál será su nivel de intervención en el texto. Éste es imposible de medir, pero dependerá de una intuición que le permita discernir ante qué tipo de texto se enfrenta. Por ejemplo, si una persona escribe un cuento plagado de errores de sintaxis, ortografía y puntuación, el revisor deberá concentrarse en solucionar estos problemas, y lograr que la trama resulte eficaz. Sería una falta de tacto muy grave que, ante un texto como este, el corrector le señale al autor algo como: “Este cuento está bien, pero tiene demasiados puntos en común con ‘El Aleph’, de Borges, como para considerarlo original”.

Ahora, si el corrector recibe un cuento de un autor consagrado —seguramente con menos problemas formales—, sí será pertinente discutir sus similitudes con el cuento de Borges, y qué pretendía hacer con ello, si es recomendable modificarlo de algún modo o no, etcétera.

Las cuestiones de estilo no son sencillas de explicar, porque cada caso particular es una situación diferente, y se debe ver sobre la marcha. En cuanto a lo relativo a la ortotipografía, ámbito en el que uno esperaría más facilidades, tampoco existe unanimidad, y nunca un texto revisado por dos correctores distintos va a quedar igual. Ya vimos en este espacio la disparidad de criterios al momento de la puntuación. Pese a las normas, tampoco es sencillo determinar cierto uso de las mayúsculas, por lo general, mucho más extendido entre el público que lo que la RAE aconseja. Y, como hemos visto también, los nuevos consejos de la RAE sobre tildación y extranjerismos, especialmente, abren otro campo problemático a la hora de decidir qué hacer con ciertos términos.

Desde «De la ortografía y otros demonios» elegimos siempre respetar la elección del autor (o, eventualmente, de la editorial) ante los casos dudosos. Por ejemplo, nosotros preferimos la grafía «garage» a la recomendada por la RAE, «garaje», por el simple hecho de que en Argentina respetamos la pronunciación francesa, mientras que en España se dice literalmente «garaje», con el sonido «je» final. Sin embargo, si el texto a corregir dice «garaje», no lo cambiaríamos (a lo sumo podríamos llegar a comentarle al autor que lo tenga en cuenta, para que haga su propia elección, y no la que el Word le sugiere), pero tampoco modificaríamos (como efectivamente hacen muchos correctores que no disfrutarán leyendo estas líneas) la grafía «garage» si la encontramos en el original.

 

La sobrecorrección, tanto ortotipográfica como de estilo, es un tema que probablemente tengamos que seguir en otras entradas, porque evitarla es la piedra basal de la tarea del corrector; un revisor que se excede en la corrección de un texto es como un psicólogo diciéndole al paciente qué es lo que tiene que hacer en la vida. Se puede sugerir, discutir, pero nunca cambiar la esencia, ni de una persona ni de un texto. El cambio tiene que venir siempre desde el propio autor, apoyado en un corrector que sepa guiarlo en el camino de su propia escritura.

 

Para finalizar, un fragmento del cuento «Corrección», de Juan Villoro, en el que, con un dejo de humor ácido y corrosivo, este narrador —director de una revista— analiza los quehaceres de Germán, un brillante escritor en franco declive, devenido en corrector.

 

Estuve de acuerdo en cada cambio de Germán pero tuve que decirle que Barandal republicano ofrecía a sus colaboradores el derecho de equivocarse. No podíamos convertir a Julia [la autora del artículo corregido] en Virginia Woolf. […]

Julia llamó por teléfono hacia el fin de semana. Anticipé una nueva reprimenda, pero me saludó con voz desconocida, explicó que había estado muy nerviosa la tarde en que fue a verme («dejé de fumar y ando gruesa»), recordó que siempre la había apoyado y, como no queriendo, mencionó que había recibido muchas felicitaciones por su ensayo. […]

—No fui yo en ese ensayo. Gustó mucho pero no fui yo. Me convertiste en otra.

[…]

No soportaba los elogios inmerecidos, pero tampoco quería renunciar a ellos.

[…]

También Lola y Montse llegaron a mi oficina en estado de doble alteración: las versiones publicadas de sus textos las humillaban y les gustaban, querían ser otras y las mismas, insultarme y darme las gracias. De modo misterioso, yo disponía del picaporte de su identidad y ellas deseaban un remedio ambiguo, una puerta agradablemente mal cerrada.

Extraído del cuento «Corrección», páginas 283-286, en Villoro, Juan, La casa pierde, Alfaguara, Montevideo, 2011 [1999]

(Ver más sobre Villoro)

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DE RAYAS Y GUIONES

La computadora nos ha brindado miles de soluciones a quienes escribimos y a quienes corregimos. Sin embargo, no queda claro por qué es que tanto los inventores del Word como los del teclado nos han negado la posibilidad de disponer de la raya en un lugar más accesible.

Tal vez para sorpresa de muchos, el guión que aparece en la mayoría de los teclados entre el Shift derecho y el punto no es el famoso guión de diálogo que tanto vemos en las novelas, ni tampoco es el símbolo que se usa para introducir un inciso similar al paréntesis, pero con mayor grado de conexión con el resto del texto —un inciso como éste—. Estas rayas que acaban de aparecer se llaman así, “rayas”, y se escriben en el teclado en la compleja forma de “Ctrl” + “Alt” + “-”, que es el guión que aparece en el NumPad (a la derecha del teclado), y no el que está al lado del punto. También se pueden hacer con “Alt” + “0151” del NumPad, o, en Mac, con “Alt” + “Shift” + “-”. Y para las PC portátiles es aún más complicado, porque no hay NumPad, así que hay que combinar con la opción “Fn” (Función).

 

¿Cuál es la diferencia entre la raya y el guión?

 

Son dos: su grafía y su uso. La raya es mucho más larga que el guión (aunque depende también de qué tipografía se trate), y es incluso más larga que el guión bajo o el guión automático que a veces genera el Word. Y en cuanto al uso, como decíamos, sirve para introducir incisos que tienen una relación más estrecha con el texto que la que existe en el paréntesis, pero que sin embargo, puede funcionar con una sintaxis propia, además de funcionar como guiones de diálogo y para realizar listados. El guión, por su parte, sirve para unir palabras (como “teórico-práctico”, por ejemplo) y para separarlas al final de los renglones. Esta diferenciación es importante, pues le permite al lector distinguir qué es lo que sucede cuando aparece una línea media al final de un renglón: es decir, si es larga, se tratará de una aclaración, y si es corta, de una unión o división de palabras, de acuerdo con cada caso.

 

Sin embargo, al estar la raya tan escondida en el teclado, es sumamente común ver al guión siendo utilizado en el lugar de la raya sin mayores inconvenientes. Podría decirse que es una manía que existe entre correctores y editores, pero que es un error ampliamente aceptado entre otro tipo de comunidades.

 

 

Sobre la raya y los diálogos

 

En algunas editoriales se usa incluso un tercer símbolo, que es el guión de diálogo propiamente dicho, más corto que la raya y más largo que el guión. De todas formas, se puede usar la raya perfectamente para introducir diálogos. Lo interesante es tener en cuenta cómo funciona ésta al encontrarse frente a otros signos de puntuación.

 

—¿Querés verlo?

—Claro —dijo él.

—Tomá —le dijo—. Esto es para vos.

(Piglia, Ricardo, La ciudad ausente, Anagrama, Buenos Aires, 2008 [1992], p.92)

 

En este ejemplo podemos ver cómo funciona la raya en un diálogo: por un lado, sirve para marcar que es algo que dice alguien, sin necesidad de aclarar con un verbo declarativo, como en el primer caso. En esta situación, no se debe cerrar con otra raya. Además, es importante notar que el texto va inmediatamente después de la raya, sin espacio (más allá de que el Word lo marque como un error cuando se lo pone al lado de un signo interrogativo o exclamativo). En cambio, la raya que cierra, como se ve en las dos líneas siguientes, va pegada a la aclaración, y no a lo que se dice. Es decir, en realidad el único guión de diálogo es el primero. Lo que viene después son aclaraciones de quién dijo, cómo lo dijo, qué hizo al momento de decirlo o después, etcétera. Es por eso que la puntuación que se añade debe ir luego del inciso y no antes, tal como se ve en la tercera línea. El punto (lo mismo ocurriría si fuese una coma o cualquier otro símbolo) no va luego de “Tomá”, sino que sigue a “—le dijo—”, porque éste está aclarando a “Tomá”, por lo que sigue tratándose de la misma oración.

Mayúscula tilde

LAS MAYÚSCULAS, ¿LLEVAN TILDE?

4.10. Acentuación de letras mayúsculas

Las mayúsculas llevan tilde si les corresponde según las reglas dadas. Ejemplos: África, PERÚ, Órgiva, BOGOTÁ. La Academia nunca ha establecido una norma en sentido contrario.

En «Capítulo IV: Acentuación», Ortografía de la lengua española, Real Academia Española, s/d, 1999, página 31.

 

 

Nuestro ejemplificador título es elocuente para dar una respuesta a la misma pregunta que formula, y la Real Academia Española no deja dudas al respecto. Sin embargo, la tildación de mayúsculas es quizá una de las dudas más frecuentes de la «gente común» (léase, de aquella gente no tan obsesionada como nosotros por las letras), y lleva incluso muchas veces a cuestionar al propio corrector.

¿De dónde sale este mito tan arraigado que requiere de la aclaración de que la RAE «nunca ha establecido una norma en sentido contrario»? Mucho tiene que ver nuestro amigable hermano Gutenberg y su invención llamada imprenta. En épocas en que los procesos tipográficos eran manuales y mecánicos, y no digitales, la tildación de mayúsculas resultaba imposible por un problema de espacios: en los diarios y los libros, entonces, las mayúsculas no llevaban acento gráfico. Y si en los mayores promotores de la lengua escrita la regla no se cumple, ¿cómo explicar que esa regla existe? Así, el principal caballito de batalla de cualquier porteño para sostener que las mayúsculas no llevan tilde es presentar la tapa de uno de los diarios nacionales más respetables desde sus formas (esto no implica una posición sobre su contenido): el diario LA NACION, tal como figura en la tapa de cada matutino, se escribe en mayúsculas y sin tilde, pues tiene más de un siglo de antigüedad.

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Sin embargo, esto responde nada más que al suceso antes mencionado de la imposibilidad de imprimir los caracteres en letra capital con tilde. Para ponernos más frívolos, responderemos con otro ejemplo provisto por medios argentinos:

 

Tildes en mayúsculas

Para quienes no puedan ver la imagen, se trata de la tapa de la revista Caras del día 14 de junio de 2011, y dice: «FORLAN: “LE PEDI UN TIEMPO Y NO ME LO PERDONO”».

¿Qué dijo nuestro querido Diego Forlán? ¿Acaso su ex, Zaira Nara, no le perdonó el tiempo que él le pidió, o es tal vez que él mismo no se perdona (es decir, se arrepiente) el haberle pedido el tiempo? Parece un tema trivial, pero se trata ni más ni menos que de la tapa de una de las revistas más vendidas del país. Y por no usar tildes en las mayúsculas (como en «Forlán», «pedí» o en «perdonó») uno no puede dirimir cuál es la noticia que está presentando. Es decir, está fallando la comunicación, no están pudiendo entregar bien el mensaje. El error hubiese sido más leve incluso si cometían un furcio tal como poner «FORLAM» en lugar de «FORLAN», porque en ese caso el lector habría podido entender el mensaje a partir del contexto.

En base a este, y otros muchos casos de la vida diaria que no vale la pena repasar, podemos entonces asegurar que, si bien ha tenido su justificación práctica el uso de mayúsculas sin tildes, hoy en día no hay motivo alguno para no usarlas, y no sólo la normativa así lo indica, sino que también lo hacen los fines prácticos: no nos olvidemos que la más de las veces (al menos en la lengua), la normativa no está sólo para molestar, sino más bien para ayudar a que escribir (y leer) sea más fácil y sencillo para todos.

 

EPÍLOGO: ¿POR QUÉ HABLAMOS DE «TILDE» Y NO DE «ACENTO»?

Tal vez decir «la tilde» retrotraiga a muchos a sus aulas de escuela, donde «acento» era palabra prohibida. La única razón es que, para hablar de «acento», hay que distinguir entre el acento fónico y el acento gráfico. Todas las palabras tienen acento fónico, mientras que el acento gráfico (la famosa tilde) se coloca sólo en aquellas que así lo requieren según las reglas: palabras con acento fónico en la última sílaba finalizadas en «n», «s» o vocal; palabras con acento fónico en la penúltima sílaba que no terminen en «n», «s» o vocal, y todas las palabras en las que el acento recaiga en sílabas anteriores. A estas reglas básicas se les suman todas las excepciones, que en este caso no recordaremos, pero que siempre pueden consultar en el Manual de Ortografía de la RAE.

Diccionario

UNA APROXIMACIÓN AL DICCIONARIO

—Joder —dijo admirativamente Oliveira. Pensó que también joder podía servir como punto de arranque, pero lo decepcionó descubrir que no figuraba en el cementerio; en cambio en el jonuco estaban jonjobando dos jobs, ansiosos por joparse; lo malo era que el jorbín los había jomado, jitándolos como jocós apestados.

«Es realmente la necrópolis», pensó. «No entiendo cómo a esta porquería le dura la encuadernación.»

Cortázar, Julio, Rayuela, Alfaguara, Buenos Aires, 2006 [1963], capítulo 41, p.263

Lo que hace Oliveira en el epígrafe es “jugar en el cementerio”. O al menos, así lo llama él; es lo que hacen con la Maga cuando están aburridos en París, en la novela emblemática argentina, Rayuela, de Julio Cortázar. ¿En qué consisten los juegos en el cementerio? Se trata de ir al diccionario (el cementerio de palabras) y tomar términos que parecieran no ser parte del español, para formar oraciones con sentido.

La asociación de diccionario y cementerio no es inocente: allí es donde las palabras van a morir, porque dejan de tener significados y de ser articuladas en función de la comunicación, para pasar a ser una sucesión de definiciones. Cualquiera que haya tenido algún contacto con el campo científico entenderá la dificultad de definir un concepto y cómo se realizan innumerables debates en torno a una palabra, que seguramente acabará por no contentar a muchos. Entonces, ¿qué se le puede pedir a un libro que tiene que definir “revolución”, “literatura” o “política” en 10 palabras?

Esta entrada no persigue ir contra el mandato escolar de “chicos, consulten el diccionario”, pero sí tener en cuenta la relatividad de su uso y utilidad. Podría decirse que el diccionario es una herramienta de consulta básica y, sobre todo, una formalidad de la lengua. Porque toda lengua, para considerarse tal, debe tener un sistema legal que la ampare, y esto incluye una Academia y un diccionario.

Pero la lengua justamente no es la que encontramos en esos tomos inmensos de páginas finas y letra chica, sino lo que hablamos y escribimos regularmente, el material que usamos para comunicarnos. Por eso sería equivocado pensar que si escribimos una palabra y el Word o Internet la subrayan con rojo, debemos quitarla. No hay dudas que ante esa situación hay que revisar la palabra escrita (y, en especial, su ortografía) y ver también qué nos sugiere el corrector. Pero si estamos convencidos de que se trata de un término usado y aceptado por el marco de personas a las que les estamos escribiendo, entonces no debería haber inconvenientes en violar al diccionario y poner estas palabras en uso, como lo hacemos todos los días. Así, como hemos señalado en otros artículos, si estamos escribiendo un mail a un amigo y decidimos poner “q haces? tdo bn?”, mientras él nos entienda, no estaremos incurriendo en ningún error, tal como si estamos escribiendo un artículo sobre literatura y hablamos del “borramiento del autor”, pese a que “borramiento” no sea una palabra aceptada por el corrector.

Los correctores se basan en los diccionarios, y los diccionarios se actualizan al menos cada 10 años. Pero lo cierto es que no dan abasto y no pueden poner en juego todas las expresiones del lenguaje (y mucho menos en español, que implica muchos millones de hablantes de más de 30 países distintos), quitando las viejas y sumando las nuevas. En definitiva, sirven como fuente de consulta, pero no tienen “la verdad”, ni son necesariamente “mataburros”, como en algún momento se decía.

Por de pronto, tal vez Cortázar se ponga contento de saber que “joder” está actualmente en el Diccionario de la Real Academia Española con 3 acepciones del verbo y una como interjección.

 

NOTA: luego de publicada esta entrada tuvimos el agrado de cruzarnos con una excelente conferencia de Ricardo Soca, que ahonda mucho más seria y prolijamente en el tema del uso del diccionario en el español. Afortunadamente, la encontramos digitalizada gracias al siempre interesante sitio de ElCastellano.org. Para ver la conferencia hagan clic aquí.