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LOS QUE AMAN, ODIAN

Este texto fue escrito para publicar en otro medio, pero aprovechando el lanzamiento de la película en breve, lo agregamos aquí como «servicio a la comunidad»:

Los que aman, odian, de Silvina y Bioy

portada_los-que-aman-odian_Policial clásico, made in Argentina

 

“Otra vuelta de tuerca” prometía el narrador de Henry James en su libro homónimo, y la pareja más glamorosa de la historia literaria argentina la dio: Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares revisitan el género del policial clásico (el de Poe, Conan Doyle y Agatha Christie), pero con un estilo bien personal.

En Los que aman, odian (Emecé, 2005 [1946]) el doctor Humberto Huberman se pone en la piel de un investigador, y narra paso a paso los pormenores de lo que sucedió un verano en el hotel Bosque de Mar, donde una huésped amaneció envenenada. La novela cumple todos los requisitos del policial clásico o “inglés”: un espacio cerrado (una siniestra tormenta de arena azota al hotel), un crimen y muchos sospechosos. Todos tienen motivos para haberla matado, pero uno solo será el culpable. El investigador buscará develar el misterio.

Es justamente allí donde recae la originalidad: el personaje de Huberman es desopilante, oculto entre su falsa modestia y sus aires de grandeza. Sus narraciones obsesivas lo exhiben practicando un culto a la discreción, sólo digno de aquellos destinados a un eterno papel secundario.

Una novela breve y prolija —con introducción, desarrollo y final—, en la que pocas páginas alcanzan para reconocer la maestría de la pluma incisiva de Bioy y el mundo casi onírico que hace única a la narrativa de Silvina.

In the name of the father

Acerca del nombre propio

Casi todo lo que saben los que poco saben sobre ortografía es que los nombres propios se escriben con mayúscula. Entonces enseguida aprenden que su nombre es «Juan Pérez» y no «juan pérez», o que viven en «Argentina» y no en «argentina» (aunque esto traiga aparejado el error de incluir la mayúscula cuando la palabra está funcionando como adjetivo gentilicio, es decir, cuando se habla de «una chica argentina» o de que «las Malvinas son argentinas», que va así, en minúscula). Desde el primario se distingue el nombre propio del nombre común o, usando la terminología escolar, el sustantivo propio del sustantivo común, de «perro» a «Bobby», de «país» a «Colombia». Bueno, como asumimos que eso ya es sabido por todos, lo que haremos aquí será comentar una serie de reflexiones en torno a lo que conocemos por «nombre propio», empezando por el de uno mismo, claro.

Lo primero que todo niño aprende cuando se acerca a la escritura es su propio nombre. Uno pensaría que un «Juan» la tiene más fácil que un «Brian», por ejemplo, ya que su nombre suena igual que como se escribe, pero resulta mucho más probable que los niños comiencen escribiendo no por fonética sino por imitación: primero escriben su nombre tal como copiarían cualquier otro dibujo (es decir, hacen el dibujo letra a letra) y recién en un estadio posterior comprenden el significado de cada carácter. Lo central es que es lo primero que define a cualquier persona, incluso antes de nacer, es lo primero que aprenden a escribir, y es lo que todos, si la suerte nos acompaña, dejaremos en este mundo: un pedazo de piedra donde, sin muchos más datos, figuran esas letras que nos definen para toda la vida, una vez más, nuestro nombre.

La circulación del nombre propio, lo que nos significa a cada uno la inscripción, ese «tener un nombre», «el buen nombre», la importancia del legado familiar y del linaje, etcétera, son cuestiones esenciales en cualquier ámbito de la vida. Desde el Quijote hasta Sarmiento, en clave humorística o en clave seria, todos están intentando dotar a su nombre de cualidades que le permitan ser famoso, conocido; en definitiva, conseguir que su nombre propio los sobreviva a ellos, vulgares mortales.

Para alejarnos de la literatura y acercarnos al terreno de lo cotidiano, desde hace un par de meses se está dando un hecho curioso en la prensa: el portal de noticias Infobae ha tomado la extrañísima decisión de llamar «Cristina Elisabet Kirchner» a la ex Presidenta de la Nación comúnmente conocida como Cristina Fernández de Kirchner o simplemente «CFK» para ahorrar valiosos caracteres. No fuimos los primeros en notarlo, y en uno de esos foros que tanto circulan por Internet los foristas sospechan que el motivo por el que en Infobae empezaron a nombrar así a CFK está vinculado a que ella declaró en tribunales que no le gusta ser llamada de esa forma («Elisabet» es su segundo nombre, así, con esa grafía). Si este es el motivo, nos deberíamos retrotraer a aquellos momentos en los que comenzábamos a escribir, porque la polémica tendría el nivel intelectual digno de la salita azul. Más allá de eso, es interesante destacar que se busca el agravio a través del nombre propio, tal como se hizo antes al intentar llamarla «presidente» en vez de «presidenta» (esto ya lo hemos tratado aquí: el agravio no es porque «presidenta» sea la forma correcta, sino porque ella había elegido llamarse a sí misma de ese modo, y algunos —realmente los menos, incluso entre los opositores— optaban por la forma «presidente» supuestamente obsesionados por el cuidado de una impoluta gramática, pero en realidad buscando irritarla). Del mismo modo pero en veredas opuestas, Horacio Verbitsky y otros llaman al actual Presidente de la Nación, Mauricio Macri, «Maurizio Macrì», intentando vincularlo con el partido Nazi, algún mafioso italiano o vaya uno a saber qué otra cosa (la polémica también llegó al foro Reddit y también parece digna de la salita azul).

Cristina Elisabet Kirchner - InfoBae - 1-7-16

Maurizio Macrì - Verbitsky

Estos modos de opinar a través de la ortografía, de dar a entender ciertas cosas y de tomar posición sobre otras, cuando tocan lo vinculado al nombre propio resultan aún más significativos que cualquier otro tipo de opinión directa. En el nombre se juegan muchas cosas, desde la historia personal hasta la búsqueda por la identidad[1]. La emoción suscitada por el comienzo y el final de El Padrino II, por ejemplo, no tendrían mejor explicación que esa: (spoiler alert) al inicio, el niño Vito Andolini es anotado como «Vito Corleone» porque el oficial de migraciones que lo recibe en Nueva York lee el nombre del pueblo del que proviene cuando lo anota; al final, Vito Corleone regresa a su pueblo en Sicilia y le abre la panza con un puñal a quien había asesinado a toda su familia, no sin antes decirle el nombre de su padre, «Antonio Andolini». Así, una palabra (el nombre propio familiar, dejado de lado en su llegada a Estados Unidos) vale por un justificativo suficiente para asesinar, es un sintagma repleto de sentidos.

En línea con esto, y siguiendo también la noción de circulación del nombre, podemos decir que muchos nombres propios tienen una carga enorme, están asociados a miles de cosas, mientras que otros nos significan tan poco… En Letras, por ejemplo, hay un concepto que se usa para burlarse de alguien que gusta de aparentar grandes conocimientos mencionando distintos nombres: «name dropping», «dejar caer nombres». Si decimos «Borges», probablemente muchos puedan llenar ese significante con algunas características: el más destacado escritor argentino, autor de Ficciones y de El Aleph, amigo de Bioy Casares, escritor de cuentos, ensayos breves y poesías, etcétera. En cambio «César Aira» no es un nombre propio al que cualquiera le pueda asignar características, y mucho más «de nicho» es «Héctor Libertella», por ejemplo. No sucede sólo en Letras: en Medicina son montones las enfermedades que llevan un nombre propio en honor a quien la descubrió, describió o padeció por primera vez. Y en realidad el name dropping está presente en la más pura cotidianeidad: notemos que cuando se encuentra a alguien desconocido pero con algún vínculo en común, la primera charla obvia es: «Ah, ¿ibas al club Obras? ¿Conocés a Mauro Rodríguez y a Gonzalo Gómez?»

Los nombres propios encierran el misterio de definirnos desde el principio hasta el fin de nuestra existencia, y es mucho lo que se dice a través de ellos. Con una acción indebida uno puede «manchar el nombre familiar» para siempre y con una vida recta, enarbolarlo y colocarlo en lo más alto de la estima popular (siempre es más fácil y rápido romper que construir). Por eso también se vuelve esencial respetar la escritura de los nombres, su grafía, incluso su pronunciación. Muchos dirán que no existe tal cosa como «la ortografía para los nombres propios», algo que es absolutamente falso: todos los nombres traen su historia, y la grafía, tanto como su pronunciación, debería ser la que cada individuo utiliza como propia, porque en última instancia es a él a quien se designa.

Puesto que hablamos de nombre propio, es justo que abandone la primera persona plural y que pase a la singular, con una breve historia personal (en este momento el buen lector sabrá abandonar el texto; los curiosos podrán seguir con la lectura).

Mi nombre es Nicolás Scheines, y desde que nombro mi apellido, digo inmediatamente después de pronunciarlo: «Ese, ce, hache», para que lo puedan escribir. Lo pronuncio /ʝ̞éines/ («yeines») sin más motivación que la pronunciación heredada de mi familia. El origen no es claro, pero sería ruso o yiddish. En cualquier caso, judío de Europa del Este. Mi nombre, «Nicolás», desde que lo aprendí a escribir, lo pongo con tilde en la «a» final, de acuerdo a las reglas de acentuación del idioma español. Proviene del griego, de las palabras νικη (niké) = victoria y λαος (laos) = pueblo, es decir, «La victoria del pueblo». Tiene variaciones en los más diversos idiomas, pero sólo en español se escribe «Nicolás».

El hecho concreto es que durante la tramitación de mi título como Licenciado en Letras me enviaron un correo electrónico para corroborar que mis datos fuesen los correctos. De lo contrario, tendría que asistir a solicitar el cambio en la tan temida sede de trámites burocráticos de la UBA, en Uriburu 950. Reviso: apellido, ok; DNI, ok; fecha de nacimiento, ok; nombre del título, ok; fecha de última materia rendida, ok. Y «Nicolas», escrito así, sin tilde. Pienso: ¿debo perder mi hora de almuerzo en ir a hacer un trámite para incluir un manchoncito de tinta sobre la hoja? Pienso: ¿debo resignarme a ver mi nombre mal escrito cada vez que vea mi título por no hacer un trámite de un par de horas? Resuelvo ir. El trámite no era por una ventanilla luego de una enorme fila, sino en una oficina, donde yo era el primer y único interesado. El empleado público me atiende, me pide el número de turno que yo había solicitado por Internet, abre mi expediente guardado en un folio, adentro de una carpeta adentro de un fichero adentro de un mueble y me pregunta cuál es el cambio a realizar:

—Mi nombre está sin tilde, me gustaría agregarla. Me llamo Nicolás, y la «a» está sin tilde.

—A ver, ¿trajiste tu DNI?

—Sí, acá está —le digo mientras extiendo la tarjetita.

—Claro, lo pusimos bien: está sin tilde porque en tu DNI está sin tilde.

—Sí, ya sé que está sin tilde pero ningún DNI tiene tilde.

—¿De dónde sacaste eso? —me pregunta, curioso.

—Bah, tal vez algunos tengan, pero el mío no lo tiene…

—¿Y por qué no reclamaste cuando te hicieron el DNI sin la tilde?

—Es que no me importó tanto porque asumí que no la pusieron porque está todo el nombre escrito en mayúsculas.

—¿Y eso qué tiene que ver? Las mayúsculas llevan tilde —me interrumpió el culto empleado estatal.

—Sí, claro, yo lo sé eso, me dedico a enseñarlo, pero bueno, sé que hay mucha gente que no lo sabe, e históricamente los documentos públicos impresos no llevaron tildes en sus mayúsculas por problemas de moldería, como muchos carteles de calles por ejemplo.

—Sí, pero eso es un error: las mayúsculas llevan tilde.

—Coincido en un 100%, del mismo modo en que seguramente vas a coincidir vos conmigo en que «Nicolás» también lleva tilde, esté o no esté con mayúscula.

Se frena. Detiene el diálogo y al ratito me pregunta, como a punto de revelar una verdad:

—¿Partida de nacimiento trajiste?

—No.

—¿Y cuando empezaste el trámite?

—La verdad que no me acuerdo, lo empecé hace más de un año…

—¡Acá está! —dice victorioso, sacando una fotocopia de mi partido de nacimiento del folio, muy seguro de su inminente niké (victoria). Investiga un segundo, luego la da vuelta, señala con el dedo y completa:— ¿Ves? Acá está, «Nicolas» sin tilde. Tu nombre no lleva tilde.

Veo la hoja: en tinta de fotocopia se reproduce un documento completado a mano que dice «Nicolas Scheines». Analizo un momento en silencio la situación. Luego hablo.

—¿O sea que mi nombre no responde a mi voluntad y a las reglas de ortografía del español en un país hispanoparlante que en 1988 exigía usar nombres aceptados por el idioma castellano, sino a que el hombre o la mujer que me anotó en el registro civil sepa o no esas reglas ortográficas y las recuerde al momento de escribir en mi partida de nacimiento? ¿Me estás diciendo que me vine hasta acá para poner una manchita arriba de una letra en mi título y que no lo voy a poder hacer?

—Es que te tendrías que haber quejado cuando te hicieron el DNI, para que después modifiquen tu partida de nacimiento. Yo te tengo que hacer el título con el mismo nombre que figura en el DNI.

–¿Es decir que mi nombre nunca fue «Nicolás Scheines», sino «Nicolas Scheines», y recién ahora me vengo a enterar?

Sólo me quedaba firmar una declaración en la que aseguraba que los datos eran correctos, incluyendo el «Nicolas». No sólo eso: como al lado de mi firma aclaré, como siempre y a toda velocidad, «Nicolás Scheines», con tilde, el empleado me exigió hacer una llamada al lado de la aclaración de mi firma, diciendo «no corresponde la tilde» y firmando al lado. Tengo para mí que él gozó plenamente en ese momento.

De todos modos todo esto lo cuento sin rencor hacia él, con quien discutimos en los mejores términos, sino con el azoramiento de venir a enterarme de que mi nombre había cambiado. Mínimamente, pero había cambiado. Así y todo, yo me seguiré llamando Nicolás, con tilde, y seguiré firme en mi cruzada de dar a los nombres propios la relevancia que se merecen.

[1] En este artículo todo el tiempo resuena la lucha por la identidad de los hijos de desaparecidos durante la última dictadura argentina. En este caso elegimos eludir un tema tan sensible y apelamos a otros que no tengan una carga tan significativa.

 

El Canon Literario Argentino

EN LA CANCHA SE VEN LOS PINGOS: El canon literario argentino forma así

EL CANON LITERARIO ARGENTINO EN UN EQUIPO DE FÚTBOL

A veces explicar la literatura argentina para quien no la conoce tanto no es sencillo, y más allá de los primeros tres o cuatro nombres, el argentino de pecho inflado puede llegar a fallar cuando presenta su biblioteca ante un extranjero. Aquí proponemos un cuadro sinóptico que pretende resumirlo todo, pero armado sobre una cancha de fútbol fácil de recordar, para que se diga de memoria, al modo en que los viejos rememoran esos equipos de los años 60 en un parpadeo y sin respirar.

Dos advertencias antes de presentar la formación: el texto que aparecerá a continuación está destinado únicamente a quienes dominen la terminología del idioma universal del fútbol; quienes no conozcan ese lenguaje posiblemente entiendan lo mismo que aquel que desconoce las notas musicales y se dispone a leer una partitura. La otra advertencia: este artículo, presentado como juego, trae encubierta la conformación de un canon establecido y no necesariamente de preferencias personales (aunque, hay que decirlo, un poco sí); su validez de ningún modo es absoluta, y a la vez es ciertamente deseable que se vea modificado en el tiempo.

 

Ahora sí, el equipo:

Nos atendremos a una formación tradicional, con cuatro defensores, tres volantes, un enganche y dos delanteros. Todo buen equipo de fútbol debe contar con una “columna vertebral”, usualmente compuesta por el arquero, el 2, el 5, el 10 y el 9, es decir, los jugadores que ocupan el centro de la cancha. Este equipo, por supuesto, no será la excepción.

El arco entonces lo vigila Domingo Faustino Sarmiento, el único verdadero prócer del equipo, la Experiencia con mayúscula, el hombre de las batallas ganadas munido de una pluma (y a veces también de una espada). Casi el fundador del fútbol en el país, sobre sus palabras se definieron muchas de las bases de este equipo. Justamente, hablando de bases, Sarmiento es el veterano de otro equipo, aquel del siglo XIX que tenía a Alberdi, a Moreno, a Echeverría, a Mansilla, a

Domingo Faustino Sarmiento. Principales obras: Facundo o Civilización y Barbarie, Recuerdos de provincia
Domingo Faustino Sarmiento. Principales obras: Facundo o Civilización y Barbarie, Recuerdos de provincia

Mármol; muchos de ellos podrían jugar, pero este seleccionador piensa en el próximo mundial y decide dejar a este buen team para jugar en Veteranos.

 

 

El 2, al modo en que jugó Perfumo, elegante e imponente, se erige la figura del polémico y poco aclamado Leopoldo Lugones, quien con El payador instaló una forma de ser

Leopoldo Lugones - El payador, Lunario sentimental
Leopoldo Lugones – El payador, Lunario sentimental

nacional que perdura hasta hoy, dándole al gaucho una centralidad que no tenía. Il Capitano es potente declarando, y hasta marca diferencias con el arquero al pregonar que era momento de dejar de lado la pluma, pues ya era “la hora de la espada”. Poco querido por el resto del equipo, es sin embargo tomado como faro por muchos de sus integrantes.

 

 

José Hernández - Martín Fierro, Vida del Chacho
José Hernández – Martín Fierro, Vida del Chacho

Distribuyendo y metiendo, con toques sutiles y con cruces mordaces y alevosos, José Hernández se para de 5 y es amo y señor de la mitad de la cancha, que parece que va a ser suya por siempre. Lugones lo vio en Inferiores y le sugirió al técnico que lo ponga en Primera, que iba a comandar como nadie. Y ahí, gaucho cuatrero y guitarra en mano, no se hizo problema para cantar sus coplas y cruzar a quien haga falta, aunque sea ese arquero-símbolo al que todos admiran.

 

Más adelante se para con desenfado Julio Cortázar, portando la 10 en la espalda, la más vendida

Julio Cortázar - Rayuela, Bestiario
Julio Cortázar – Rayuela, Bestiario

de todas las camisetas. Con su estilo larguirucho y su camiseta XL, recuerda a Sócrates, el gran delantero-político brasileño en su forma de jugar, siempre con una sonrisa, siempre seguro de que esto es apenas un juego, pero que por ello mismo hay que jugarlo con la mayor seriedad y responsabilidad posible. Demuestra compromiso con el equipo, aunque a veces se le critique, como a todo enganche, por ser lagunero, desaparecer durante largas temporadas y preocuparse más por los chiches que por llevar el balón a destino.

 

Jorge Luis Borges - Ficciones, El Aleph
Jorge Luis Borges – Ficciones, El Aleph

El 9 es infalible, punzante, nunca da puntada sin hilo y le bastan apenas un par de movimientos sin pelota para dejar a toda la defensa fuera de lugar y mandarla a guardar: Jorge Luis Borges es el centrodelantero con el que cualquier equipo sueña, el jugador emblema de este equipo, aunque su discreción no lo quiera (ojo: por lo bajo, es el que más llegada tiene al DT a la hora de dar consejos).

 

 

Esta columna parece inapelable y autosuficiente, pero gracias a un equipo sólido, puede apoyarse en las bandas. De especial predilección para el DT, que los promocionó a más no poder, están el 3, Roberto Arlt, y el 11, Juan José Saer, que hacen la banda izquierda. A Arlt su puesto le cuesta especialmente, porque su pierna hábil es la derecha, y ni siquiera… Lo suyo es todo esfuerzo, llegar primero e irse último de los entrenamientos, es participación, pedir la pelota en las difíciles, no achicarse nunca. No hace buenas migas con los otros y mira torcido, pero tiene una serie de hitos en su espalda que avalan su titularidad indiscutida así como las habituales ovaciones de la hinchada. Saer, en cambio, es un joven poco coreado, pero los que ven los partidos de la Tercera desde siempre saben que está al nivel de los mejores, y que, pese al excesivo firulete y las pisadas constantes que le hacen difícil llegar hasta el fondo, él sabe lo que hace, tiene la habilidad de dominar al rival.

Roberto Arlt - Los siete locos, Los Lanzallamas
Roberto Arlt – Los siete locos, Los Lanzallamas
Juan José Saer - El limonero real, Glosa
Juan José Saer – El limonero real, Glosa

 

Rodolfo Walsh - «Operación Mascare», Variaciones en rojo
Rodolfo Walsh – «Operación Mascare», Variaciones en rojo

Por derecha el tándem es más desparejo, con dos jugadores que no se entenderían nunca: Rodolfo Walsh juega a pierna cambiada en el mediocampo, para poder encarar y definir de un fierrazo desde afuera del área. Antes jugaba por su banda natural, la izquierda, para llegar hasta el fondo y tirarle centros para que Borges cabecee, pero ya no más: sus puntos de vista irreconciliables hacen que nunca más le vaya a dar un pase al 9 (a quien, por otra parte, esto poco le importa). Walsh es obstinado en la marca, colaborador, y si le dan la opción de ganar un partido colgados del travesaño o de arriesgar el resultado a fuerza de no revolear la pelota, nunca va a dudar en elegir esta última. César Aira, en cambio, es apocado, rara vez pide la

César Aira - La liebre, Cumpleaños, cualquiera...
César Aira – La liebre, Cumpleaños, cualquiera…

pelota, nunca pasa al ataque y tal vez su defensa parezca endeble. Es cierto, son pésimas características para un 4, y de hecho muchos en la tribuna lo cuestionan. Su mérito está en que tiene muy claro lo que hace, es trabajador y constante y no quita nunca el ojo de la meta, a la que llega con voluntad de hormiga, aunque salir campeón le resulte de lo más trivial e irrelevante. Los que saben dicen que con el tiempo va a ser inamovible en este equipo, aunque no son pocos los murmullos que se escuchan cuando agarra la pelota.

 

Completando la defensa aparece un jugador de fuste, el que le enseñó a Borges a cabecear, pero que él apenas lo usa para rechazar pelotazos sin hacerse mayores problemas: el segundo marcador central es Macedonio Fernández, el más querido entre sus compañeros, el que más se burla de todo esto que llaman fútbol. La tiene dominada, pero elige ocultarse en la defensa, salir jugando con elegancia, mirar el partido desde el fondo. Total que no tiene que demostrarle nada a nadie, y así todos contentos…

Macedonio Fernández - Museo de la Novela Eterna
Macedonio Fernández – Museo de la Novela Eterna
Fogwill - Los Pichiciegos, Vivir afuera
Fogwill – Los Pichiciegos, Vivir afuera

El último titular se para de 7, al lado de Borges, y no le importa en lo más mínimo su figura inmaculada. Rodolfo «Quique» Fogwill es un «pendejo» en este equipo, que se metió de prepo en las grandes ligas y nunca cambió su actitud de rebelde, de chico malo que ni al emblema del equipo respeta. Algunos pusieron en duda que pueda estar a nivel, pero la camiseta no le pesó, ni se inmutó cuando se la colocaron, y siguió corriendo para todos lados y pateando en cada oportunidad. Es más, habla pestes del DT ante los medios, y éste lo sigue incluyendo en su equipo.

 

¿Quién es el DT? Ricardo Piglia, sin dudas, el estratega que mejor sabe manejar estas piezas, el que conoce todos los nombres y la mejor forma de ensamblarlos. Por supuesto, no está solo, sino que es la cabeza de un grupo mayor, donde los principales cargos del cuerpo técnico son ocupados por mujeres.

Ricardo Piglia - Respiración artificial, Plata quemada
Ricardo Piglia – Respiración artificial, Plata quemada

Ojo que Piglia no juega sólo con 11. Sabe de la importancia del recambio, y para eso armó con cuidado el banco de suplentes: si hay que mantener un linaje y la voz de la experiencia frente a alguna lesión del ya mayor Sarmiento, el arco va a estar bien cubierto por Ezequiel Martínez Estrada, conocedor de la geografía del área, y también delicioso ejecutor de penales (aunque fueron realmente pocos los que le tocó patear). El central suplente impone respeto con sus bigotazos y su presencia. David Viñas rechaza con izquierda, con derecha, con la cabeza y si hace falta también alecciona a algún delantero rival. Es un aguerrido en las áreas. Además, es de esos que le pueden soplar algún cambio al DT. Manuel Puig es todo lo contrario: entra en caso de lesión de alguno de los laterales, pero sus modos son tan delicados que es posible que lo pasen por encima en el primer contraataque. Su lugar, sin embargo, es esencial, ya que es versátil y puede ocupar casi cualquier puesto dentro de la cancha.

Osvaldo Lamborghini es el 5 suplente, reparte juego, es mordaz y va siempre a los tobillos. Ernesto Sabato aspira a la 10, pero no convence ni al DT ni a sus compañeros; sigue siendo convocado sólo porque el público lo aclama cada vez que pisa un estadio, pero es de esperar que en próximos mundiales ya no esté en la lista. Copi, en cambio, es nuevito, una apuesta del DT (aunque, hay que decirlo, no fue una ocurrencia del DT). Es enganche, vino de Francia y tiene experiencia como profesional también en handball. Nunca se sabe qué es lo que va a hacer con la pelota, por eso es ideal para hacerlo ingresar cuando el equipo está perdiendo y ya se quemaron todas las naves.

El último suplente es el delantero. Vendría a ser como un Crespo de Batistuta, un buen jugador que va a quedar eternamente marcado por la sombra de quien tuvo adelante. Adolfo Bioy Casares nunca aspiró a usar la 9, porque sabe que Borges la lleva mejor que él; sólo aparece cuando su amigo debe abandonar el campo de juego. De todas formas, los defensores rivales no se deben confiar, porque la precisión de Bioy en la definición es siempre exquisita.

Este es el plantel de hombres que juegan para el Canon de la Literatura Nacional Argentina. Ya se dijo que algunos de los viejitos quedaron afuera, y hay muchos otros que estaban en la lista de preseleccionados pero que no pudieron pasar el corte como Oliverio Girondo, Marco Denevi, Juan L. Ortiz, Roberto Mariani, Elías Castelnuovo, Héctor Libertella, Haroldo Conti, Raúl González Tuñón, los hermanos Discepolo, Leopoldo Marechal, Atahualpa Yupanqui, Abelardo Castillo, Miguel Briante, Manuel Mujica Láinez, Osvaldo Soriano, Tomás Eloy Martínez, Roberto Fontanarrosa, Leónidas Lamborghini, Martín Kohan (en él se expresan muchos otros de su generación, que tal vez figuren en próximos mundiales), Eduardo Mallea, Jorge Asís y Marcos Aguinis (estos tres últimos fueron a pedido del público; el seleccionador ni los consideró).

Y también debe haber algo que salte a la vista: así como en el fútbol de Primera, la selección de escritores tampoco es mixta. Por supuesto que no armaremos una “platea femenina”, porque sería de mal gusto, pero más allá de mencionar a las hermanas Ocampo, Alejandra Pizarnik y Alfonsina Storni, o las más nuevas como Hebe Uhart y Diana Bellesi, hay que reconocer que difícilmente alguna de ellas se haya hecho espacio para entrar a la selección del Canon (no olvidar: no se está midiendo calidad de juego, se está midiendo el prestigio obtenido, sea válido o no). Es probable que de acá a 30 años este equipo ya pueda ser, con toda justicia, uno mixto.

También se hace saber a los lectores que se les ofreció la nacionalización a Juan Carlos Onetti y a Witold Grombrowicz, pero ambos la declinaron gentilmente, eligiendo sus selecciones uruguaya y polaca respectivamente. Horacio Quiroga sí se nacionalizó, y estuvo a un pasito nomás de superar el corte en la última preselección…

 

El Canon Literario Argentino

 

Banco de suplentes del canon

Piglia (DT)

 

Equipo titular: 1. Domingo Faustino Sarmiento; 4. César Aira, 2. Leopoldo Lugones, 6. Macedonio Fernández, 3. Roberto Arlt; 8. Rodolfo Walsh, 5. José Hernández, 11. Juan José Saer; 10. Julio Cortázar; 7. Rodolfo Fogwill, 9. Jorge Luis Borges.

Suplentes: 12. Ezequiel Martínez Estrada; 13. David Viñas, 14. Manuel Puig; 15. Osvaldo Lamborghini, 16. Ernesto Sabato, 17. Copi; 18. Adolfo Bioy Casares.

DT: Ricardo Piglia

Romeo Santos

LOS LÍMITES DEL LENGUAJE: ¿Qué cosas se pueden decir según pasan los años?

Hay una conferencia ya demasiado conocida entre los argentinos, donde Roberto Fontanarrosa hace una espectacular diatriba en contra de la existencia de las llamadas «malas palabras», preguntándose por qué son malas si no le han hecho daño a nadie… La conferencia ya tiene más de 10 años, pero en su momento significó una pequeña revolución, porque si bien se usaban mucho, era raro escuchar en los medios a alguien defendiendo a las malas palabras, y más si era en un Congreso de la Lengua Española, espacio sacro de nuestro idioma. El encuentro se dio en su Rosario natal y tuvo el apoyo inmediato de la audiencia mediante la carcajada generalizada; el resto del país lo vio a través de los medios de comunicación en los días posteriores: todos levantaron la conferencia y la celebraron, volviéndola viral en tiempos prehistóricos donde todavía no existía ese concepto.

El evento nos sirve de puntapié para pensar en los límites del lenguaje y su relación con la sociedad. Antes, tendríamos que despejar una serie de dudas a más de 10 años de aquel evento: ¿Por qué Fontanarrosa pudo decir lo que dijo? ¿Por qué fue aceptado y reconocido por todos? ¿Qué hizo que esa conferencia se volviera tan comentada y festejada incluso en medios conservadores que aún hoy recomiendan a sus redactores escribir «m…» en lugar de «mierda»? Es claro: el lenguaje tiene sus reglas gramaticales y sintácticas, pero el lenguaje es social y se rige a partir de lo que la sociedad permite decir dentro de ciertos límites aceptables.

Para ver cómo funciona ese límite y hasta dónde se pueden tensar, la literatura tal vez sea el espacio ideal para forzarlo todo, desafiar lo políticamente correcto y lo socialmente aceptado. Sin ir demasiado profundo, vemos el éxito que está teniendo a nivel mundial la serie de libros del noruego Karl Ove Knausgård titulada «Mi lucha» (Min Kamp en el original). El título —idéntico al de la obra de Hitler— pudo ser publicado más allá de cierta controversia, y hoy es un bestseller mundial. Probablemente su publicación hubiese estado prohibida apenas finalizada la guerra; incluso lo más verosímil sería pensar que a nadie en el mundo se le hubiese ocurrido siquiera desafiar a la sociedad con un título tan violento como ése para los años inmediatamente posteriores a la guerra, así como a nadie se le ocurriría hacer un chiste sobre el cáncer en el velorio de un muerto que terminó sus días recibiendo quimioterapia (pero sí lo podría hacer 15 años después).

Y si la literatura suena siempre al mundo de lo extraño, pensemos cómo funcionan los límites al lenguaje y a la acción de acuerdo a la mirada de la comunidad. En un tiempo, por ejemplo, los niños eran educados con enormes restricciones, límites constantes e incluso violencia física. Sería ingenuo pensar que esos métodos de crianza no siguen existiendo, pero sí es un hecho que no son los métodos de crianza que circulan en los medios como «aceptables». Hoy, pegarle a un chico por desobediente sucede mucho más de lo que creemos, pero está mal visto; antes no. Lo mismo sucede con su vocabulario: antes se volvía necesario señalar cuáles eran «buenas» y cuáles eran «malas» palabras para así controlar el lenguaje adecuado de una persona dentro de la sociedad. Esto apuntaba sobre todo a ocultar lo que de ningún modo se puede señalar, esto es, el hecho que nos aleja de la cultura y nos recuerda que somos animales: sólo basta observar todo el repertorio de «malas palabras» de todos los idiomas para darnos cuenta de que siempre están asociadas con el sexo o con los excrementos, es decir, con aquellas cosas que hacemos (casi) siempre a escondidas, o dentro de un baño o tras la puerta de un dormitorio. Por definición nos ocultamos para realizar las acciones nombradas a través de las «malas palabras».

Los tiempos cambian y el lenguaje también. Las nuevas generaciones no nos asustamos tanto ante el «mal» lenguaje, probablemente porque nuestros padres tampoco lo hacían. La sociedad pequeñoburguesa en la que estamos inmersos abandona poco a poco ciertos pruritos aristocráticos, y la escandalización es menor frente a palabras como «mierda», «joder», «la puta madre» y demás, que incluso se las escuchamos decir a los niños (antes, lo recuerdo, las malas palabras eran propiedad de los adultos, sólo ellos podían decirlas). En la misma línea el tratamiento de respeto marcado por el «usted» poco a poco también cede su lugar al voseo y ya hemos visto las dificultades que esto genera al hablar con un médico, al que todavía le decimos «doctor» pero que ya rara vez tratamos de «usted», en especial si la conversación se da entre personas de una misma generación sub 40.

El lenguaje tiene su paralelo en lo socialmente aceptable. Cincuenta años atrás, tener padres divorciados era una rareza y la gente (todo el tiempo estamos hablando de la gente, que es equivalente al constructo lingüístico llamado «sentido común», es decir, lo socialmente aceptable que transmiten los medios masivos de comunicación, creadores y exhibidores de este pensamiento común) creía que los hijos de padres divorciados tendrían problemas en el colegio, serían víctimas del acoso escolar (hoy llamado bullying), etcétera. A 2015, con el divorcio tomado como algo más normal que la unión permanente, la gente se pregunta qué pasará con los hijos de parejas homosexuales. La serie Girls (HBO, Lena Dunham, 2012-?) resuelve estos preconceptos sociales de un modo magistral, valiéndose de la idea de generación que implícitamente estamos tejiendo en esta nota —y en todas nuestras notas en realidad—: mientras Hannah —chica progre neoyorquina, 26 años— cree un drama mayúsculo enterarse de que su padre es homosexual, una amiga suya de 16 años la saca de encima con el clásico Get over it! («¡supéralo!»), mientras le cuenta que un compañero suyo tiene tres mamás y dos papás y que no tiene problemas. Es decir, Hannah puede aceptar que su padre sea homosexual (no lo toma como algo natural), pero no le es fácil digerir la noticia, sigue teniendo —pese a todo lo bienpensante que es— sus pruritos con ver hombres besando hombres, y mucho más que uno de ellos sea su padre.

Los límites de lo aceptable en términos de lenguaje y en términos sociales se van modificando con el tiempo, van cediendo. No estamos aquí para hacer juicios de valor al respecto, pero daría la sensación de que, a los tumbos, esta sociedad es un poco más amena para todos de lo que era la sociedad del siglo XVIII. Por ejemplo, hace relativamente poco se instaló un tema entre la gente que antes no parecía tener suficiente prensa: la violencia de género, que ayer nomás la llamábamos «violencia doméstica» para dejar bien en claro que era algo para resolver dentro de la casa. Gracias a la circulación de este tema en los medios masivos, ya no se puede gritar en la calle con tanta soltura «¡andá a lavar los platos!» ni «¡qué buena que estás, mamita!» (obviamente, esto sigue pasando; tal vez dentro de 50 años nos parecerá tan ridículo como hoy nos parece ridículo que promediando el siglo XX las mujeres todavía no votaban…). Sin embargo, los cambios se dan muy paulatinamente, y por mucho tiempo pueden convivir dos formas igualmente aceptables. Por caso, la marcha #NiUnaMenos tuvo una adhesión masiva, pero también tiene una adhesión masiva Romeo Santos y sus letras sexistas, incluso por la misma gente que participa de manifestaciones en contra de la violencia de género. Romeo Santos, con tono pícaro, le dice a una mujer en su mundialmente conocida «Propuesta indecente»: «Si te falto el respeto / y luego culpo al alcohol / si levanto tu falda / ¿me darías el derecho / a medir tu sensatez?». No sólo eso: su canción «Eres mía» parece una confesión anticipada de un golpeador, que cree que por haberse cogido a una chica —haciendo uso de las tan mentadas malas palabras— puede disponer de ella para siempre (la letra figura transcripta al final; creo que ni hace falta análisis, se basta por sí sola).

Las tonadas pegadizas y el hecho de que la declaración de guerra a la violencia de género sea demasiado reciente hacen que Romeo Santos pueda seguir llenando estadios sin inconvenientes (sólo los dos videos aquí incluidos suman —el número es literal— mil millones de visitas). Con esto no queremos censurarlo, porque no es tarea de nadie en específico decir qué se puede y qué no se puede decir. La sociedad es la que marca esos límites. Sólo se puede aspirar a una toma de consciencia colectiva (a través de reflexiones como ésta, por ejemplo) para que la sociedad reconozca lo aberrante de afirmar que es apenas «un error» creerse el dueño de la vida de alguien y no un delito. Podríamos imaginar que en no tanto tiempo esta canción sonará ridícula no sólo a la sociedad entera, sino a los fans de Romeo Santos y al propio cantaautor, que seguramente no le desea ningún mal a las mujeres y que probablemente quiera permanecer dentro de lo que su comunidad considera pasible de ser dicho.

 

 

 

 

 

 

«Eres mía», Romeo Santos, 2014

Ya me han informado que tu novio es un insípido aburrido

Tú que eres fogata y él tan frío

Dice tu amiguita que es celoso no quiere que sea tu amigo

Sospecha que soy un pirata y robaré su oro

 

No te asombres

Si una noche

Entro a tu cuarto y nuevamente te hago mía

Bien conoces

Mis errores

El egoísmo de ser dueño de tu vida

Eres mía (mía mía)

No te hagas la loca eso muy bien ya lo sabías

 

Si tú te casas

El día de tu boda

Le digo a tu esposo con risas

Que sólo es prestada

La mujer que ama

Porque sigues siendo mía (mía)

 

You won’t forget Romeo

Ah ah

Gostoso

Dicen que un clavo saca un clavo pero eso es solo rima

No existe una herramienta que saque mi amor

 

No te asombres

Si una noche

Entro a tu cuarto y nuevamente te hago mía

Bien conoces

Mis errores

El egoísmo de ser dueño de tu vida

Eres mía (mía mía)

No te hagas la loca eso muy bien ya lo sabías

 

Si tú te casas

El día de tu boda

Le digo a tu esposo con risas

Que sólo es prestada

La mujer que ama

Porque sigues siendo mía (mía mía mía)

 

Te deseo lo mejor

Y el mejor soy yo

The King

 

You don´t you heart is mine

And you love me forever

You don´t you heart is mine

And you love me forever

Baby my heart is mine

And you love me forever

Baby my heart is mine

And you love me forever

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DOS PALABRITAS ALEMANAS PARA DARLE UNA MANO A LA COHERENCIA TEXTUAL

Nueve reinasCon un «gancho» hay que empezar los textos en periodismo (a menos que se trate meramente de una nota informativa, claro). Algo que atraiga al lector, que le llame la atención, que lo intrigue. Y si ese gancho puede durar, si ese gancho se puede extender por toda la nota, e incluso ser retomado en el cierre, mucho mejor. Porque ése será el hilo de la historia, la guía que llevará al relato por una serie de postas, donde el lector nunca se olvidará que lo que lee en el tercer párrafo está íntimamente ligado con lo que leyó en el primero.

El problema es cómo fabricamos esa guía, ese «cross a la mandíbula del lector» que tanto les gusta citar a los amantes de Roberto Arlt. Todo recurso literario es útil para crear una coherencia textual que permita entender la relación que existe entre uno y otro punto del texto. Luego, batimos las claras a punto nieve y reservamos. Por ejemplo, la oración previa a esta es perfectamente gramatical, no tiene ni un error ortográfico, ni una coma mal puesta, nada. Y sin embargo, allí está, fuera de contexto, alterando todo lo que decía sobre la coherencia, volviendo este texto incoherente, obligándome a narrar este par de líneas para justificarla. Ya sucedió: el lector se distrajo del tópico central. Pero claro, nadie usaría esa oración en un texto que no fuese una receta de cocina.

Las soluciones al problema de dar continuidad a un texto son infinitas, pero dependerán de la creatividad del escritor frente a cada caso en particular. Hay una serie de sugerencias, pero no existen fórmulas para lograr atrapar al lector. Un recurso muy usado para lograr la coherencia textual nos viene del alemán (o, al menos, así quedó establecido el término), y se trata del Leitmotiv, un tópico que atraviese el texto. Para variar un poco, tomaremos un par de casos del cine en lugar de la literatura:

«¿Por casualidad alguno se acuerda un tema de Rita Pavone, “Il ballo del mattone”…?»

La pregunta la hace «Juan», el personaje de Gastón Pauls en la película Nueve Reinas (Fabián Bielinsky, 2000), minutos después de conocer a Marcos (Ricardo Darín). Luego la repite unas cinco veces durante el film, hasta que por fin todo acaba con él abriendo los ojos y diciendo a la cámara: «Me acordé», y comienzan los créditos, al ritmo de la tan mentada «Il ballo del mattone».

¿La obra de Bielinsky trata de música popular italiana de los años 60? No, nada más alejado. Pero esta pregunta recurrente es uno de los guiños que ofrece el guión para dar a entender al espectador que todo está conectado, que una escena se vincula con la otra, y en ese pequeño guiño humorístico se establece una complicidad que involucra mucho más al espectador en el relato, al punto tal de que éste llegue a sentir una satisfacción enorme cuando oye el tema de Rita Pavone, tema que muy probablemente ni siquiera conocía una hora y media antes, cuando la película no había comenzado.

Por supuesto, Nueve Reinas no se sostiene por esta curiosidad. Se trata apenas de un detalle para dar aún mayor cohesión a una sucesión de escenas que están unidas por elementos mucho más pertinentes, obvios y estables, como pueden ser las locaciones, la linealidad del relato, las vestimentas de los personajes y hasta su forma de ser, que es siempre esperable (y por ende, inesperada cuando hacen algo fuera de lo normal) dentro del relato. Todos estos elementos —y muchos más— hacen que el relato sea cohesivo, pero el Leitmotiv de la canción le aporta un plus que despierta especialmente el interés del espectador.

Y si Leitmotiv era la primera palabrita alemana, ésta se suele ligar automáticamente a una segunda, Dingsymbol. Este término hace referencia a un objeto-símbolo que hace del Leitmotiv un material concreto y presente. Siguiendo con el cine, las naranjas —y también el color naranja— en El Padrino I, II y III (Francis Ford Coppola, 1972, 1974, 1990) son un símbolo constante de la muerte: Don Corleone las tira al piso cuando recibe los disparos en el atentado y también tiene un gajo en la boca cuando muere de un infarto; Johnny Ola, el mensajero de Hyman Roth en Miami, le entrega una naranja a Michael Corleone, quien luego recibirá un atentado; en la última escena de la trilogía, Michael muere sentado solo en una silla, y de su mano rueda una naranja… Estos son apenas algunos de los casos en los que una naranja juega un rol fundamental desde el segundo plano: sólo hay que saber verla y unir los puntos.

Si bien esta decisión pudo haber sido una mera elección estética, como justifican algunos («la paleta era muy oscura, así que agregábamos naranjas para darle color», decía algún productor), o incluso un obvio símbolo de la herencia siciliana, cuna de la «naranja sanguínea», la naranja juega un papel secundario pero importante a la hora de darle una cohesión a todas las películas, funciona como un subrayado sólo para los que están atentos a los detalles, o a los que vimos el film miles de veces…

Una vez conocido este dato, descubrir naranjas a lo largo de la película se vuelve emocionante, le da un encanto particular, tanto como oír la canción de Rita Pavone en Nueve Reinas, y nos ayuda a comprender algunas líneas de interpretación que los autores dan en sus textos. Funcionan como ganchos, que pueden ser útiles para colgar la ropa, para colgar a un lector desde la etiqueta de su sweater y no dejarlo salir hasta el final del texto, o, como en el boxeo, para darle vuelta la cara y dejarlo estupefacto, contando hasta 10 para poder levantarse y dar acuse del golpe recibido…

 

Mariano José de Larra

¡EN ESTE PAÍS!

Mariano José de Larra
Mariano José de Larra

A veces no tenemos mucho que escribir, porque ¿para qué decir lo mismo que se escribió hace casi 200 años? En este caso, reproducimos un artículo de costumbres de Mariano José de Larra, hallazgo para nosotros, propiciado por la cátedra de Literatura Española III de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

Se trata de un texto escrito en España en 1833. Cualquier similitud con la Argentina (¿o cualquier otro lugar del mundo?) de 2014 seguramente no es ninguna coincidencia, sino un fenómeno sociolingüístico que sería interesante estudiar.

 

En este país

Mariano José de Larra

[Nota preliminar: Reproducimos la edición digital del artículo ofreciendo la posibilidad de consultar la edición facsímil de La Revista Española, Periódico Dedicado a la Reina Ntra. Sra., n.º 51, 30 de abril de 1833, Madrid; paginación en color azul.]

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Hay en el lenguaje vulgar frases afortunadas que nacen en buena hora y que se derraman por toda una nación, así como se propagan hasta los términos de un estanque las ondas producidas por la caída de una piedra en medio del agua. Muchas de este género pudiéramos citar, en el vocabulario político sobre todo; de esta clase son aquellas que, halagando las pasiones de los partidos, han resonado tan funestamente en nuestros oídos en los años que van pasados de este siglo, tan fecundo en mutaciones de escena y en cambio de decoraciones. Cae una palabra de los labios de un perorador en un pequeño círculo, y un gran pueblo, ansioso de palabras, la recoge, la pasa de boca en boca, y con la rapidez del golpe eléctrico un crecido número de máquinas vivientes la repite y la consagra, las más veces sin entenderla, y siempre sin calcular que una palabra sola es a veces palanca suficiente a levantar la muchedumbre, inflamar los ánimos y causar en las cosas una revolución.

Estas voces favoritas han solido siempre desaparecer con las circunstancias que las produjeran. Su destino es, efectivamente, como sonido vago que son, perderse en la lontananza, conforme se apartan de la causa que las hizo nacer. Una frase, empero, sobrevive siempre entre nosotros, cuya existencia es tanto más difícil de concebir, cuanto que no es de la naturaleza de esas de que acabamos de hablar; éstas sirven en las revoluciones a lisonjear a los partidos y a humillar a los caídos, objeto que se entiende perfectamente, una vez conocida la generosa condición del hombre; pero la frase que forma el objeto de este artículo se perpetúa entre nosotros, siendo sólo un funesto padrón de ignominia para los que la oyen y para los mismos que la dicen; así la repiten los vencidos como los vencedores, los que no pueden como los que no quieren extirparla; los propios, en fin, como los extraños.

«En este país…», ésta es la frase que todos repetimos a porfía, frase que sirve de clave para toda clase de explicaciones, cualquiera que sea la cosa que a nuestros ojos choque en mal sentido. «¿Qué quiere usted?» -decimos-, «¡en este país!» Cualquier acontecimiento desagradable que nos suceda, creemos explicarle perfectamente con la frasecilla: «¡Cosas de este país!», que con vanidad pronunciamos y sin pudor alguno repetimos.

¿Nace esta frase de un atraso reconocido en toda la nación? No creo que pueda ser éste su origen, porque sólo puede conocer la carencia de una cosa el que la misma cosa conoce: de donde se infiere que si todos los individuos de un pueblo conociesen su atraso, no estarían realmente atrasados. ¿Es la pereza de imaginación o de raciocinio que nos impide investigar la verdadera razón de cuanto nos sucede, y que se goza en tener una muletilla siempre a mano con que responderse a sus propios argumentos, haciéndose cada uno la ilusión de no creerse cómplice de un mal, cuya responsabilidad descarga sobre el estado del país en general? Esto parece más ingenioso que cierto.

Creo entrever la causa verdadera de esta humillante expresión. Cuando se halla un país en aquel crítico momento en que se acerca a una transición, y en que, saliendo de las tinieblas, comienza a brillar a sus ojos un ligero resplandor, no conoce todavía el bien, empero ya conoce el mal, de donde pretende salir para probar cualquiera otra cosa que no sea lo que hasta entonces ha tenido. Sucédele lo que a una joven bella que sale de la adolescencia; no conoce el amor todavía ni sus goces; su corazón, sin embargo, o la naturaleza, por mejor decir, le empieza a revelar una necesidad que pronto será urgente para ella, y cuyo germen y cuyos medios de satisfacción tiene en sí misma, si bien los desconoce todavía; la vaga inquietud de su alma, que busca y ansía, sin saber qué, la atormenta y la disgusta de su estado actual y del anterior en que vivía; y vésela despreciar y romper aquellos mismos sencillos juguetes que formaban poco antes el encanto de su ignorante existencia.

Éste es acaso nuestro estado, y éste, a nuestro entender, el origen de la fatuidad que en nuestra juventud se observa: el medio saber reina entre nosotros; no conocemos el bien, pero sabemos que existe y que podemos llegar a poseerlo, si bien sin imaginar aún el cómo. Afectamos, pues, hacer ascos de lo que tenemos para dar a entender a los que nos oyeron que conocemos cosas mejores, y nos queremos engañar miserablemente unos a otros, estando todos en el mismo caso.

Este medio saber nos impide gozar de lo bueno que realmente tenemos, y aun nuestra ansia de obtenerlo todo de una vez nos ciega sobre los mismos progresos que vamos insensiblemente haciendo. Estamos en el caso del que, teniendo apetito, desprecia un sabroso almuerzo con la esperanza de un suntuoso convite incierto, que se verificará, o no se verificará, más tarde. Sustituyamos sabiamente a la esperanza de mañana el recuerdo de ayer, y veamos si tenemos razón en decir a propósito de todo: «¡Cosas de este país!»

Sólo con el auxilio de las anteriores reflexiones pude comprender el carácter de don Periquito, ese petulante joven, cuya instrucción está reducida al poco latín que le quisieron enseñar y que él no quiso aprender; cuyos viajes no han pasado de Carabanchel; que no lee sino en los ojos de sus queridas, los cuales no son ciertamente los libros más filosóficos; que no conoce, en fin, más ilustración que la suya, más hombres que sus amigos, cortados por la misma tijera que él, ni más mundo que el salón del Prado, ni más país que el suyo. Este fiel representante de gran parte de nuestra juventud desdeñosa de su país fue no ha mucho tiempo objeto de una de mis visitas.

Encontrele en una habitación mal amueblada y peor dispuesta, como de hombre solo; reinaba en sus muebles y sus ropas, tiradas aquí y allí, un espantoso desorden de que hubo de avergonzarse al verme entrar.

-Este cuarto está hecho una leonera -me dijo-. ¿Qué quiere usted? En este país… -y quedó muy satisfecho de la excusa que a su natural descuido había encontrado.

Empeñose en que había de almorzar con él, y no pude resistir a sus instancias: un mal almuerzo mal servido reclamaba indispensablemente algún nuevo achaque, y no tardó mucho en decirme:

-Amigo, en este país no se puede dar un almuerzo a nadie; hay que recurrir a los platos comunes y al chocolate.

«Vive Dios -dije yo para mí-, que cuando en este país se tiene un buen cocinero y un exquisito servicio y los criados necesarios, se puede almorzar un excelente beefsteak con todos los adherentes de un almuerzo à la fourchette; y que en París los que pagan ocho o diez reales por un appartement garni, o una mezquina habitación en una casa de huéspedes, como mi amigo don Periquito, no se desayunan con pavos trufados ni con champagne

Mi amigo Periquito es hombre pesado como los hay en todos los países, y me instó a que pasase el día con él; y yo, que había empezado ya a estudiar sobre aquella máquina como un anatómico sobre un cadáver, acepté inmediatamente.

Don Periquito es pretendiente, a pesar de su notoria inutilidad. Llevome, pues, de ministerio en ministerio: de dos empleos con los cuales contaba, habíase llevado el uno otro candidato que había tenido más empeños que él.

-¡Cosas de España! -me salió diciendo, al referirme su desgracia.

-Ciertamente -le respondí, sonriéndome de su injusticia-, porque en Francia y en Inglaterra no hay intrigas; puede usted estar seguro de que allá todos son unos santos varones, y los hombres no son hombres.

El segundo empleo que pretendía había sido dado a un hombre de más luces que él.

-¡Cosas de España! -me repitió.

«Sí, porque en otras partes colocan a los necios», dije yo para mí.

Llevome en seguida a una librería, después de haberme confesado que había publicado un folleto, llevado del mal ejemplo. Preguntó cuántos ejemplares se habían vendido de su peregrino folleto, y el librero respondió:

-Ni uno.

¿Lo ve usted, Fígaro? -me dijo-: ¿Lo ve usted? En este país no se puede escribir. En España nada se vende; vegetamos en la ignorancia. En París hubiera vendido diez ediciones.

-Ciertamente -le contesté yo-, porque los hombres como usted venden en París sus ediciones.

En París no habrá libros malos que no se lean, ni autores necios que se mueran de hambre.

-Desengáñese usted: en este país no se lee -prosiguió diciendo.

«Y usted que de eso se queja, señor don Periquito, usted, ¿qué lee? -le hubiera podido preguntar-. Todos nos quejamos de que no se lee, y ninguno leemos.»

-¿Lee usted los periódicos? -le pregunté, sin embargo.

-No, señor; en este país no se sabe escribir periódicos. ¡Lea usted ese Diario de los Debates, ese Times!

Es de advertir que don Periquito no sabe francés ni inglés, y que en cuanto a periódicos, buenos o malos, en fin, los hay, y muchos años no los ha habido.

Pasábamos al lado de una obra de esas que hermosean continuamente este país, y clamaba:

-¡Qué basura! En este país no hay policía.

En París las casas que se destruyen y reedifican no producen polvo.

Metió el pie torpemente en un charco.

-¡No hay limpieza en España! -exclamaba.

En el extranjero no hay lodo.

Se hablaba de un robo:

-¡Ah! ¡País de ladrones! -vociferaba indignado.

Porque en Londres no se roba; en Londres, donde en la calle acometen los malhechores a la mitad de un día de niebla a los transeúntes.

Nos pedía limosna un pobre:

-¡En este país no hay más que miseria! -exclamaba horripilado.

Porque en el extranjero no hay infeliz que no arrastre coche.

Íbamos al teatro, y:

-¡Oh qué horror!- decía mi don Periquito con compasión, sin haberlos visto mejores en su vida- ¡Aquí no hay teatros!

Pasábamos por un café.

-No entremos. ¡Qué cafés los de este país! -gritaba.

Se hablaba de viajes:

-¡Oh! Dios me libre; ¡en España no se puede viajar! ¡Qué posadas! ¡Qué caminos!

¡Oh infernal comezón de vilipendiar este país que adelanta y progresa de algunos años a esta parte más rápidamente que adelantaron esos países modelos, para llegar al punto de ventaja en que se han puesto!

¿Por qué los don Periquitos que todo lo desprecian en el año 33, no vuelven los ojos a mirar atrás, o no preguntan a sus papás acerca del tiempo, que no está tan distante de nosotros, en que no se conocía en la Corte más botillería que la de Canosa, ni más bebida que la leche helada; en que no había más caminos en España que el del cielo; en que no existían más posadas que las descritas por Moratín en El sí de las niñas, con las sillas desvencijadas y las estampas del Hijo Pródigo, o las malhadadas ventas para caminantes asendereados; en que no corrían más carruajes que las galeras y carromatos catalanes; en que los «chorizos» y «polacos» repartían a naranjazos los premios al talento dramático, y llevaba el público al teatro la bota y la merienda para pasar a tragos la representación de las comedias de figurón y dramas de Comella; en que no se conocía más ópera que el Marlborough (o «Mambruc», como dice el vulgo) cantado a la guitarra; en que no se leía más periódico que el Diario de Avisos, y en fin… en que…

Pero acabemos este artículo, demasiado largo para nuestro propósito: no vuelvan a mirar atrás porque habrían de poner un término a su maledicencia y llamar prodigiosa la casi repentina mudanza que en este país se ha verificado en tan breve espacio.

Concluyamos, sin embargo, de explicar nuestra   -[pág. 531]-   idea claramente, mas que a los don Periquitos que nos rodean pese y avergüence.

Cuando oímos a un extranjero que tiene la fortuna de pertenecer a un país donde las ventajas de la ilustración se han hecho conocer con mucha anterioridad que en el nuestro, por causas que no es de nuestra inspección examinar, nada extrañamos en su boca, si no es la falta de consideración y aun de gratitud que reclama la hospitalidad de todo hombre honrado que la recibe; pero cuando oímos la expresión despreciativa que hoy merece nuestra sátira en bocas de españoles, y de españoles, sobre todo, que no conocen más país que este mismo suyo, que tan injustamente dilaceran, apenas reconoce nuestra indignación límites en que contenerse.

Borremos, pues, de nuestro lenguaje la humillante expresión que no nombra a este país sino para denigrarle; volvamos los ojos atrás, comparemos y nos creeremos felices. Si alguna vez miramos adelante y nos comparamos con el extranjero, sea para prepararnos un porvenir mejor que el presente, y para rivalizar en nuestros adelantos con los de nuestros vecinos: sólo en este sentido opondremos nosotros en algunos de nuestros artículos el bien de fuera al mal de dentro.

Olvidemos, lo repetimos, esa funesta expresión que contribuye a aumentar la injusta desconfianza que de nuestras propias fuerzas tenemos. Hagamos más favor o justicia a nuestro país, y creámosle capaz de esfuerzos y felicidades. Cumpla cada español con sus deberes de buen patricio, y en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de desaliento: «¡Cosas de España!», contribuya cada cual a las mejoras posibles. Entonces este país dejará de ser tan mal tratado de los extranjeros, a cuyo desprecio nada podemos oponer, si de él les damos nosotros mismos el vergonzoso ejemplo.

Revista Española, n.º 51, 30 de abril de 1833. Firmado: Fígaro.

H amordazada

LA «H» AMORDAZADA

H amordazada

¿Quién dijo que existe una letra muda? ¿Cómo es posible que, si está ahí, no diga nada? De los mismos creadores de la «u» que sigue a la «q» o a la «g», llega la «h» para decirnos un montón de cosas… aunque sea no más que en textos escritos.

Este artículo no pretende ser erudito, ni recopilar todos los posibles orígenes y usos de la «h» en lengua castellana. Para eso, basta sólo con consultar el Manual de Ortografía de la RAE, que provee toda esa información. En cambio, sí buscamos despertar el interés por lo que una sola letra nos puede llegar a decir de una palabra y de su historia. Por ejemplo, un entretenimiento fácil de practicar es rastrear haches que fueron efes en español antiguo. Así, nos encontramos con fierro/hierro, Hernán/Fernán, Fernando/Hernando, e incluso nos pueden surgir dudas sobre un posible origen o un posible destino: ¿«fumar», por ejemplo, estará más cerca de «humar» de lo que nosotros pensamos?

Para traer a nuestra lengua palabras de otros idiomas, la «h» nos resulta de gran utilidad. Personas que no saben inglés saben decir «hot» o «Hollywood»[1], con el sonido de la «j». Sin la hache, esa marca en la pronunciación la tendríamos que inventar; si no, terminaríamos diciendo /ót/ para hablar de algo caliente, tal como decimos /monrróe/ para hablar de la calle que originalmente se llamó /mónrrou/ (es decir, la famosa «Monroe»).

Y este sonido de la hache como una aspiración, presente en el inglés, se remonta directamente al origen de la letra: en griego antiguo se colocaba un signo sobre las palabras que comenzaban con vocal para identificar si éstas tenían «espíritu áspero» o «espíritu suave». Si tenían espíritu áspero, esa vocal debía pronunciarse como si tuviese una jota delante, tal como se pronuncia la hache inglesa.

Al español nos llegó esa misma hache, pero fue perdiendo su simbólico espíritu áspero, mientras que el inglés lo mantuvo. Así,  «Ὅμηρος» es «Homero» en griego antiguo. Pese a no comprender los signos, podrán apreciar claramente que comienza con una «O» y no con una «H». Y, en realidad, comienza con una pequeña «c» elevada, que es el signo del espíritu áspero. De ahí proviene la hache de Homero y de muchísimas palabras más, desde «helénico» hasta «hipotenusa». Esa «h» que algunos llaman «muda», pero que, con su silencio, nos remonta hasta más de 25 siglos atrás.

Por otro lado, reveamos esta supuesta «mudez» de la hache. Las interjecciones suelen llevar «h». ¿Cómo podríamos simbolizar de otro modo esa «a» prolongada, que se va perdiendo en el aire, cuando ante una reflexión inesperada decimos «bah»? O ese acento especial que ponemos en «¿eh?», y ni hablar de la sorpresa que genera un «¡oh!», comparado con una simple vocal que funciona de nexo coordinante adversativo «o».

En tren de abrirle la boca a la hache amordazada, ¿qué decir del dígrafo «ch»? Éste nos permite escribir palabras tales como «estrecho» o la propia «hache», pero además, su sonoridad tiene un cariz afectivo que sirve para infinidad de apodos y nombres cariñosos: Eduardo «Chacho» Coudet, Sergio «Checho» Batista, Mauricio «Chicho» Serna, Juan Manuel «Chocho» Llop y Sergio «Chucho» Escudero son cinco futbolistas que confirman nuestra teoría. Y, si no, pregúntenle a cualquier novia que se sonroja enamorada ante el cariñoso «chanchita» y se enfurece ante el despectivo «cerdita».

Probablemente haya sido Cortázar quien nos despabiló de que la «h» todavía existía, a diferencia de García Márquez, quien la trató de una letra «rupestre». En Rayuela, el autor argentino juega con la ortografía, se burla de norma, e inserta en sus narraciones arrebatos irreprimibles de colocación de haches superfluas, que nos obligan a detenernos dos veces ante esas palabras, que le imprimen un halo de seriedad absurda, irónica: «Hespectador hactivo. Había que hanalizar despacio el hasunto […] La mayoría de sus empresas (de sus hempresas) culminaban not with a bag but a whimper […] Heste Holivera siempre con sus hejemplos»[2]. Una «hempresa» es algo distinto de una «empresa», y está en el lector comprenderlo. En su mudez total, la hache sigue viva, nos sigue hablando.

 

[1] Dos curiosidades mediterráneas con respecto a esto: en italiano nunca pronuncian la «h», ni siquiera en palabras inglesas: así, para «Hollywood» y «Harrison Ford» dicen /ólivud/ y /árrison ford/. Mientras tanto, en España, el famosísimo Homero Simpson se llama «Homer Simpson», y lo pronuncian /jómer/. Lo pueden ver aquí.

[2] CORTÁZAR, Julio. Rayuela. Alfaguara. Buenos Aires. 2006 [1963]. Pág. 436 (Cap.84)

 

Tute - Hugo y...

HUGO Y ESA MALDITA COSTUMBRE

Tute - Consecutio TemporumHugo es odioso. Es un imbécil, como bien dice la mujer. Hugo también es un pobre tipo. Hugo se queda siempre pensando que lo mejor es quedarse al lado de la norma, no despegarse de ella. Para él, los tiempos verbales son más importantes que los verbos. La metáfora cliché de la podredumbre no lo convence, prefiere usar la palabra adecuada, la que refleje justamente la sensación de la mujer: cansancio. Siente pena por ella, por su incapacidad de comprender que luego de la forma verbal «darse cuenta» debe ir un «de». Hugo, un típico corrector de Word, una máquina, un corrector callejero sin sentimiento. Un descorazonado.

Ya hemos hablado del queísmo y el dequeísmo. También hemos expuesto algunas ideas acerca de la sobrecorrección y de la necesidad de usar el sentido común y de tener tacto a la hora de corregir. Es decir que no venimos a exponer nada demasiado nuevo, pero sí a aunar conceptos y demostrar que estamos pensando siempre en una misma dirección, que es la contraria a la que lleva Hugo. Y lo hacemos, entre otras cosas, porque estamos cansados de los correctores desubicados (profesionales o amateurs) que no piensan en el texto, ni en el medio, ni en el autor ni en el lector. Son personas que sólo piensan en la norma, en un «escribir/hablar bien», en un mensaje puro, que no existe, porque las acciones de hablar, escribir y pensar son apasionadas, con mucho de desmedido e irracional. Aquel que piense sólo lo racional, lo esperado, no pensará nunca nada nuevo, no pensará nada en realidad. En la cabeza tienen lo que «debería ser», y se alejan de la pasión de la escritura, de la pasión del habla.

Hugo no es más que un manojo de reglas bien aprendidas. Ni se da cuenta que el amor se le va. Se concentra apenas en una parte mínima del discurso, pero no lo entiende. No entiende que es un discurso oral, que se da en un bar, que lo pronuncia su mujer, que se lo dice a él, y que transmite ni más ni menos que un estado de aburrimiento extremo, de cansancio. Hugo es un «asesino de los días de fiesta», «un corazón privado de amor», y, como los personajes de Denevi, ni se da cuenta. Un corrector que carece de este tipo de sensibilidad no hará más que estorbar, que poner palos en la rueda, porque, con todos sus prolijos conocimientos de la gramática, sigue sin entender absolutamente nada de la lengua y la comunicación.

Por suerte, Tute nos muestra a este Hugo en otra situación mucho más elocuente, más sintética. En este caso, Hugo expone todo su conocimiento sobre el romanticismo, pero no es más que una carcasa vacía, un hombre sin amor.

Tute - Hugo y...

Posdata

Este texto quizá necesite de algunos comentarios extra, porque escapa un poco de la coherencia que intentaban mantener todas las otras entradas. Sería justo indicar su motivación, que proviene de dos ramas principales: por un lado, un homenaje a Tute y su enorme, ecléctico, bizarro y brillante álter-ego Hugo; por otro, a un odio personal tal vez un tanto desmedido hacia la gente que va por la vida corrigiendo el habla de los demás, e incluso corrigiéndose a sí misma. Son personas que por cumplir con el mandato de evitar la repetición de palabras, no dicen lo que quieren decir; que leen un mensaje de texto como si fuese un mail laboral, o incluso quienes confunden un mail laboral con un simpático mensaje de texto. Personas que por desconocer a su público, envían mensajes equivocados, que no comprenden los distintos medios.

Este odio, por supuesto, no es hacia estas personas, sino hacia estas actitudes que no contribuyen en nada a las expresiones orales y escritas, y que no hacen más que poner en exhibición una erudición por demás inútil.

Por último, hemos esbozado una cita de Marco Denevi que ampliamos a continuación. Corresponde a las últimas líneas de la novela Los asesinos de los días de fiesta:

El otro día Patricio de la Escosura estaba leyendo un libro. Y de golpe exclamó:

—Oigan esto.

Después nos leyó en voz alta:

—Los corazones privados de amor se vuelven crueles, codiciosos y feroces como guerreros extranjeros en una ciudad vencida. Se entregan al pillaje y a la matanza de los demás corazones, y convierten los días de fiesta en noches de duelo.

—¿Y eso qué tiene que ver con nosotros? —gritó Iluminada.

DENEVI, Marco. Los asesinos de los días de fiesta. Emecé. Buenos Aires. 1972. Pág. 213.

 

Las imágenes de los chistes de Tute fueron obtenidas de «El blog de Tute».

 

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LAS ESCRITURAS DE LA SANTA FE

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¿Contagiados por el espíritu de estas Fiestas, nos hemos vuelto religiosos? Quizás. Pero en realidad, en esta oportunidad hablaremos de la provincia de Santa Fe, no desde el punto de vista religioso ni turístico, sino desde la lingüística y la gramática, en torno a dos cuestiones esenciales, dudas eternas de cualquier argentino que se interese por «la bota»: a) Santa Fe, ¿lleva acento?; b) ¿Cómo es: «santafecino» o «santafesino»?

Para los ansiosos, que sólo quieren conocer la solución y seguir adelante con sus vidas, respuestas breves: Santa Fe se escribe así, sin tilde (recordemos que todas las palabras tienen acento, pero que sólo algunas llevan acento gráfico o tilde), y es «santafesino» y no «santafecino», aunque en algunos ámbitos, esta forma con «c» también sea aceptada.

Perfecto, la nota ya está hecha. Si gustan, pueden marcharse con un conocimiento más bajo el brazo, algo para lucirse en su grupo de amigos. Pero a partir de ahora empieza lo interesante, ya que comenzaremos a pensar en estas formas lingüísticas, y a asociarlas con la importancia del lugar de pertenencia, del nombre propio, con un ser y una geografía textual: yo soy este que está aquí escrito, y soy de una forma, y no de cualquier otra.

Desde «De la ortografía y otros demonios» abogamos por un sentido de la identidad que también está en la palabra. Es por eso que sostenemos con firmeza que el único gentilicio admisible para las personas nacidas en Santa Fe es el de «santafesino», con «s», porque es el que sus habitantes eligen y usan. En América han conocido[1] de sobra la apropiación de lugares propios a partir del lenguaje; en Santa Fe se busca una nomenclatura propia, y no una impuesta por el afuera. Es por esto que uno no dice: «es “santafesino” porque en el DRAE se dice que es la forma preferida». Es con «s» porque así lo escriben los locales (a diferencia de algunos medios nacionales, como el diario La Nación, que se obstinan en escribirlo con «c»).

De idéntico modo se debe proceder, por ejemplo, con la pronunciación de apellidos. En un lugar como España, un tema así no implicaría mayores inconvenientes, porque la mayoría de los apellidos se pronuncian según la propia región de pertenencia (castellanos, vascos, catalanes, etc.). En Argentina, en cambio, tal como sucede en muchas otras regiones de América, la variada inmigración trajo como consecuencia apellidos españoles, pero también infinidad de italianos, rusos, polacos, alemanes, franceses, ingleses y un casi inagotable etcétera. Incluso, muchos orígenes no han quedado del todo claros. ¿Y entonces, cómo pronunciamos esos apellidos? ¿Como lo marca la norma de la lengua correspondiente a cada país? En mi caso particular[2], la historia europea y la herencia familiar han vuelto imposible dilucidar la proveniencia precisa de mi apellido, «Scheines». Puede ser tanto ruso, ucraniano, alemán, yiddish, o una lengua que aún desconozco. ¿A qué regla he de atenerme entonces? La gente que sabe alemán insiste en querer pronunciarlo como /sháines/. Sin embargo, el apellido se ha transferido oralmente dentro de la familia como /shéines/. Con una tradición de al menos unos 100 años, ¿quién se cree con derecho a venir a cambiar cómo me llamo, cómo se llama mi familia? ¿Qué reglas podrían permitir algo así?[3]

Precisamente, a partir de esto es que nos interesa retomar el tema de Santa Fe. Con la misma lógica que hablamos del gentilicio «santafesino», podemos entender el apego de mucha gente (especialmente, los mayores) de escribir ese monosílabo con tilde, y llamar a su provincia (su ciudad, o incluso su propia calle, en otras provincias) «Santa Fé». La tilde de los monosílabos que no distinguen significado fue eliminada en 1959, siguiendo una lógica que no carecía de coherencia. Sin embargo, cómo explicar que el nombre de tu lugar ya no es el que era, que su escritura cambió de un día para otro. Volviendo a lo personal, si la RAE decidiese que «Nicolás» deje de tildarse, quizás los próximos Nicolases escriban sin problemas «Nicolas», pero a mí me sería imposible, porque sería un cambio en mi identidad, impuesto por agentes externos.

De este modo, ¿cuándo un corrector está habilitado, con suma ligereza, a eliminar esa tilde final en «Santa Fé»? En «De la ortografía y otros demonios» podríamos sugerirlo, incluso mencionar la norma vigente desde 1959, pero de ningún modo tachar de plano algo de lo que un local puede saber (o sentir) más. Y para entender este proceso, tal vez podamos hacer un imaginario viaje a la «Buenos Ayres» de hace algunos siglos y ver cómo tomaron los porteños la pérdida de la «y», y cuánto tiempo llevó acostumbrar a un pueblo a escribir de otra forma el nombre de su ciudad. Si no es para sorprenderse encontrar ediciones del siglo pasado que hablan de «Buenos Ayres», tampoco debemos escandalizarnos que hoy, a más de 50 años de la nueva reglamentación, muchos santafesinos sigan llamando a su ciudad, y con todo derecho, «Santa Fé».


[1] Digo «han» y no «hemos» porque sería un barbarismo incluirme entre el grupo de los colonizados, cuando, como la mayoría de los argentinos, soy descendiente de inmigrantes europeos, es decir, de los colonizadores.

[2] Y a partir de este punto ya se vuelve imposible mantener el plural mayestático que usamos (uso) para incluir a todos los que participamos del sitio web.

[3] Tomé mi caso particular porque es el que más conozco, pero podemos registrar dos ejemplos del mundo futbolístico, para ampliar el concepto. Pensemos en dos jugadores de larga trayectoria en el seleccionado argentino. Uno, Javier Mascherano, con un apellido de claro origen italiano, se ha llamado a sí mismo (o, al menos, así ha aceptado que lo llamen) /mascheráno/, cuando el dígrafo «ch» en esa lengua se pronuncia como /k/ (sería, entonces, /maskeráno/). Otro, Gabriel Heinze, se llama a sí mismo (y esto es comprobable con sólo comparar un par de entrevistas televisivas al jugador) tanto /éinse/ como /xéinse/ (la «x» en fonética representa al sonido de la jota). Cualquiera de las dos pronunciaciones puede ser correcta, dependiendo si se aplique la norma de la lengua inglesa, alemana o francesa. ¿Él sabe cuál es el origen de su apellido? Es posible que no…

Lanata

EL CORRECTOR, EN TODO

Lanata - mayores de 5 años que no terminaron la primaria

La imagen de arriba se vio en el programa Periodismo Para Todos, que conduce Jorge Lanata (aparece en el minuto 32 del siguiente link al programa emitido el 12 de agosto de 2012). Fue un informe incisivo, que pretendía denunciar la corrupción del gobierno de Gildo Insfrán en Formosa y denostar su política educativa (y por ende, la del gobierno nacional) a partir de varias pruebas contundentes. El problema fue que una de ellas señala, tal como se ve, que «el 83% de los mayores de 5 años NO terminó la primaria», y, si recordamos que la primaria suele extenderse hasta los 12,  la estadística es, cuando menos, superflua.

 

No nos interesa aquí ni el programa de Lanata ni la eterna pelea del gobierno con los medios. Nos concentraremos en otra cosa: la función del corrector, y su importancia en todos los ámbitos. Porque el corrector de estilo no es solamente un experto en poner tildes, ubicar comas y distinguir palabras bien escritas de palabras mal escritas. El corrector es un lector, ni más ni menos que el primer lector ajeno al texto (el primer lector, propiamente dicho, es el autor, pero éste siempre se enfrenta con sus escritos por segunda vez, y nunca podrá hacer una primera lectura del mismo). Y se trata de un lector atento, un especialista —ahora sí— en interpretar sentidos, los intencionales y los que no, y en captar lo que el texto está diciendo, mucho más que lo que el autor quiso decir. Y los correctores no son sólo para los libros, sino que en todos los ámbitos se están produciendo textos (¡incluso en la tele!), y estos mensajes deben siempre revisarse. En publicidad, por ejemplo, los textos son siempre breves, brevísimos, pero cuanto más cortos son, más importante resulta que el texto sea efectivo, y que diga exactamente lo que uno quiere decir.

Hace poco, una bebida deportiva empapeló las calles con el siguiente aviso:

 

GATORADE- la evolución continúa

Imaginen qué hubiese pasado si hubiesen confiado en esa máxima popular (y completamente errónea) que indica que las mayúsculas no van con tilde. «LA EVOLUCION CONTINUA», sin tilde, pone el acento —justamente— en lo que Gatorade hizo en los últimos 40 años; marca un orgullo por esa evolución constante que se vino mostrando, pero no dice nada sobre el futuro. En cambio, el slogan que eligieron los publicistas quiere hacer hincapié precisamente en ese futuro, en que, pese a tener 40 años de evolución, ellos no se quedarán en ese orgullo y seguirán evolucionando.

 

Así como no teníamos intenciones de ir contra Jorge Lanata, tampoco es nuestro propósito hacer propaganda[1] de Gatorade, sino sólo señalar el rol clave que puede cumplir un corrector en su función de primer lector, lector de pruebas, lector crítico y atento a los mensajes que se quieren enviar y a los que efectivamente se envían.

 

Así como en Gatorade se hizo lo posible por evitar la ambigüedad, y se lo logró gracias a un correcto uso de las reglas de tildación, para las placas de Periodismo Para Todos es evidente que no fue contratado un corrector, quien sin dudas se hubiese detenido en esa frase que, si bien gramatical y sintácticamente correcta, presenta un error de coherencia con la realidad que debilita tanto esa estadística como todas las otras. Este error quita credibilidad a un informe, al periodista que lo presenta, al programa que lo emite, y a la idea política que intenta enviar. Es probable que a esa placa le haya faltado un «1» delante del «5», lo que hubiese ofrecido una estadística mucho más lógica, y a la vez más contundente: «el 83% de los mayores de 15 años NO terminó la primaria». No lo podemos saber, porque una vez que salió al aire, el error quedó expuesto. El corrector debe ser el primer lector, debe leer antes de que el texto llegue al público, y no en simultáneo. Y debe leer mucho más que tildes y comas. Un buen corrector de estilo lee y analiza todo. Y ese todo implica muchas veces salirse de lo meramente textual.

 

 


[1] Un pequeño excursus: para cualquier publicista —o persona que tiene un amigo publicista— que señala, con cierto aire de conocer más, que «propaganda» se usa exclusivamente para las campañas políticas, mientras que cuando se habla de productos comerciales, el término correcto es «publicidad», rebatiremos con dos argumentos: el primero, que los diccionarios dicen lo contrario: «Acción o efecto de dar a conocer algo con el fin de atraer adeptos o compradores» es la primer acepción de «propaganda» que ofrece la RAE (la cursiva es nuestra), mientras que el de María Moliner, también en su primera acepción, dice: «Actividad desarrollada para propagar unas ideas o un producto comercial» (cursiva nuestra). Pero como los diccionarios no siempre reflejan el uso, lo interesante es ver por qué los publicistas sostienen que «propaganda» es sólo para un mensaje político, y la razón la encontramos ni más ni menos que en la invasión del inglés que nosotros mismos proponemos en nuestra lengua. Efectivamente, en inglés se habla de «propaganda» únicamente en campañas políticas, mientras que «commercial» es el término usado para promover negocios o comercios. En castellano esta distinción nunca existió, pese a que las escuelas de publicidad (los creadores del Winter/Summer sale, light, free y demás anglicismos hoy incorporados) hagan todo lo posible por instalarla.