Las Islas – Carlos Gamerro – Edición «definitiva»: 2012 – Edhasa – 614 págs.

LAS ISLAS (2012 [1998]), de Carlos Gamerro

Las Islas – Carlos Gamerro – Edición «definitiva»: 2012 – Edhasa – 614 págs.
Las Islas – Carlos Gamerro – Edición «definitiva»: 2012 – Edhasa – 614 págs.

Una obra magistral, un tono precursor

Editado por primera vez en 1998, Las Islas, de Carlos Gamerro, no entraría en nuestro corte aleatorio que hicimos en el año 2000 para hablar de «Nueva Narrativa Argentina», pero vamos a hacer una excepción, con el vulgar argumento de que la novela fue reeditada con modificaciones en el año 2012, y es en realidad ésta la versión que leímos nosotros. Ésa sería la justificación desde lo numérico. Ahora, desde lo literario, hay sobrados motivos para pensar que Las Islas pertenece, como antecesor, a una nueva oleada narrativa, o al menos, que podría figurar como una precursora al modo que funcionan literaturas como las de Fogwill, de Aira, de Piglia y de Hebe Uhart, por señalar estilos literarios que fueron replicados con modificaciones durante estos últimos años, mucho más que los «pesados» clásicos argentinos como Borges, Sabato, Bioy y Cortázar. Gamerro está a caballo entre lo viejo y lo nuevo: es parte de esa famosa generación de «escritores jóvenes argentinos» que cuenta con medio centenar de velitas en su torta, pero que aún no es considerado «clásico», sino «joven». De hecho Las Islas es su primera novela, y la mayor parte de su producción literaria fue publicada en los últimos 15 años. Si bien no faltan las ganas, no vamos a engañar a nadie: no leímos (aún) todo lo posterior a Las Islas, pero sólo con este libro, es justo y merecido ubicar a Carlos Gamerro entre los grandes de la literatura argentina contemporánea.

La novela en cuestión es un libraco de 600 páginas, muy poco amigable con las nuevas generaciones de lo instantáneo y lo fugaz, pero que tiene en su tono la clave para comprender por qué puede resultar tan actual a casi 20 años de su publicación (a diferencia, por ejemplo, de lo que dijimos sobre el libro que Anne Kazumi Stahl publicó en el año 2002). Mordaz, irónico, cínico, hilarante, oscuro y a la vez, querible, el ex combatiente y actual hacker Felipe Félix narra con una prosa cargada sus peripecias por la ciudad de Buenos Aires de 1992, sin poder huir del pasado que lo acecha, cuando tiritaba de frío en las Malvinas 10 años atrás. Como en una buena novela negra, se mueve por el mundo como un ajedrecista, anticipando jugadas y siendo emboscado una y otra vez por distintos personajes que casi siempre son enviados por el malvado villano Tamerlán, rey de la corporación que lidera. Él es quien convoca a Félix en primera instancia para poder encontrar a los testigos de un asesinato que cometió su hijo. Félix visita al señor Tamerlán sin muchas opciones de decir que no, y con ese clásico puntapié la rueda empieza a girar.

Como decíamos, no es en las formas ni en la temática adonde se encuentra el cruce posible con otras obras de narrativa argentina contemporánea, pero sí en el tono. Los relatos intimistas característicos de esta nueva época muchas veces traen una buena dosis de sanguíneo enciclopedismo corrosivo, un «saberlo todo» que no sirve para nada, sin falsas ilusiones y sin eufemismos (sin el encanto cortazariano, podríamos decir, sin sueños de salvar el mundo). Este tono se puede identificar claramente en algunos de los autores que hemos leído aquí, como Patricio Pron, Gonzalo Unamuno o Marina Mariasch. Más parecido aun es un autor que leímos pero que no hemos comentado: Carlos Busqued y su Bajo este sol tremendo, con sus personajes abúlicos y drogo-dependientes, carentes de cualquier tipo de ética y moral. Las Islas podría ser tomado como un precursor de esta literatura dentro del canon argentina, con Vivir afuera (Fogwill, 1996) como el otro gran hito de la roadmovie porteña de baja estofa (y ambos, desde ya, herederos del mejor Roberto Arlt). Más aún, la maldad que exudan los personajes que circulan en Las Islas y que con tanta divertida malicia retrata Gamerro en la voz de Félix, tiene mucho del tonito irónico que inunda la red social Twitter y que se plasma en algunos relatos nuevos de la televisión local, como Historia de un Clan, El Marginal o hasta el más reciente Un gallo para Esculapio (todos, producidos por Sebastián Ortega). De hecho, los villanos de cada serie (el «Arquímedes Puccio» que compone Alejandro Awada, el «Mario Borges» de Claudio Rissi y el director del penal personificado por Gerardo Romano en El Marginal y el «Chelo Esculapio» de Luis Brandoni) producen la misma fascinación y el mismo rechazo que el que puede generar Fausto Tamerlán. Es un malvado casi impensado en nuestra literatura, porque es el «malo malo», y sin embargo tiene una profundidad y un nivel de detalle en su maldad —exhibida en constantes monólogos llenos de verdades, grandilocuencias y locuras— que supera con creces al Astrólogo de Los siete locos.

Las Islas es, en una palabra, un gran policial negro. Tiene todo para serlo: un buen misterio por resolver, un soberbio narrador, un investigador astuto y bien identificable, un malvado a quien vencer (aunque sea quien encarga la tarea); y además de eso, el libro tiene dinámica, tiene potencia, tiene un relato bien construido, lleno de complejidades bien resueltas y de personajes secundarios hilarantes, tiene muy buenas resoluciones técnicas en cuanto al uso de las palabras, los diálogos, la descripción de escenarios y la ejecución de los párrafos y los capítulos y cuenta con excelentes descripciones. Pero no es sólo un cúmulo de destrezas de un autor con sobradas capacidades para desarrollar una literatura de género a la perfección. Las Islas es, además de eso, un libro con un tema, y una serie de disparadores o reflexiones sobre ese tema que, a 35 años de la Guerra de las Malvinas, siguen teniendo vigencia. Cuando apenas habían pasado 15, Gamerro (clase 62, un dato no menor) ya esbozaba algunas de las ideas que se iban despejando sobre cómo afecta transversalmente a un ser humano la experiencia de la guerra, sobre cómo fue volver después de ello, sin miradas condescendientes, sin palabras vagas llenas de elogios para héroes que nadie reivindica, sin falsos tapujos. Lo que se ve en Las Islas —lo que se deja ver en Las Islas— es un montón de ex combatientes que 10 años después siguen encerrados en ese montoncito de tierra perdido en el mar, en un comienzo de los 90 que intenta borrar con el codo lo que había pasado ayer nomás, con represores y ex militantes de izquierda conviviendo en un mundo que hoy tiene que ser hermanado pero que ayer era irreconciliable. Se exhibe, en definitiva, la importancia de la historia, aun cuando no hay ningún tipo de interés en evocar esa historia. Una historia con rugosidades, con matices, sin verdades únicas, y donde en la mayoría de los casos, el maridaje entre los opuestos se da con más asiduidad de lo que uno pensaría. «El espíritu [del pasado] sigue subiendo en la lluvia», diría quizá algún narrador de la nueva generación.

Las Islas – Carlos Gamerro – 1ª edición: 1998 – Simurg.
Las Islas – Carlos Gamerro – 1ª edición: 1998 – Simurg.

 

Un pedacito de Las Islas:

 

En uno de [los] extremos [de la habitación] se desplegaba una pequeña ciudad de monitores y pantallas de video, terminales de computadoras, centrales telefónicas y de fax, impresoras que cada tanto consumían murallas de papel continuo con cantos de cigarra. La otra mitad del gran arco estaba destinada a objetos más personales: un rebenque exquisitamente incrustado en plata labrada al estilo criollo; una bandeja de piedra negra llena de arena blanca rastrillada en formas sinuosas y armónicas alrededor de tres pequeñas rocas grises; un bonsái de ombú muy bien logrado, excepto por las hojas, que eran casi de tamaño natural —todos los bonsáis de ombú fallan en eso—, asentado sobre una réplica asombrosamente fiel de la pampa sin alambrados. Lo que más me llamó la atención fue un prisma de acrílico del tamaño de un lingote de oro, con un objeto largo y opaco en su interior. Debía tener unos treinta centímetros de largo y el grosor de mi muñeca, era algo romo en un extremo —con un relieve de cantos rodados— y levemente puntiagudo, con una colita, por el otro; de color uniformemente café y aspecto rugoso. Lo levanté a la luz, rotándolo entre mis dedos para poder apreciar mejor su cambiante brillo irisado. Qué curioso, pensé, viéndolo así cualquiera diría que se trata de…

—Un sorete.

Me di vuelta sin sobresaltarme, todavía sosteniéndolo en la mano. Efectivamente, tenía razón. Lo contemplé admirado. Un trabajo realmente impecable. Ni una burbuja, ni una rebarba que interrumpiera el engarce perfecto entre el medio cristalino y el opaco. Se lo alcancé sonriente al señor Tamerlán.

—Una pieza admirable.

—Y útil —me contestó—. El que lo deja sobre el escritorio con asco cuando se da cuenta habrá hecho poco para merecer mi estima. Es un detector. Aunque lo sepan de antemano y vengan preparados, algo los traiciona. Yo leo el lenguaje del cuerpo, y la mano que sostiene el sorete nunca miente.

Págs. 21-22

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LOS QUE AMAN, ODIAN

Este texto fue escrito para publicar en otro medio, pero aprovechando el lanzamiento de la película en breve, lo agregamos aquí como «servicio a la comunidad»:

Los que aman, odian, de Silvina y Bioy

portada_los-que-aman-odian_Policial clásico, made in Argentina

 

“Otra vuelta de tuerca” prometía el narrador de Henry James en su libro homónimo, y la pareja más glamorosa de la historia literaria argentina la dio: Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares revisitan el género del policial clásico (el de Poe, Conan Doyle y Agatha Christie), pero con un estilo bien personal.

En Los que aman, odian (Emecé, 2005 [1946]) el doctor Humberto Huberman se pone en la piel de un investigador, y narra paso a paso los pormenores de lo que sucedió un verano en el hotel Bosque de Mar, donde una huésped amaneció envenenada. La novela cumple todos los requisitos del policial clásico o “inglés”: un espacio cerrado (una siniestra tormenta de arena azota al hotel), un crimen y muchos sospechosos. Todos tienen motivos para haberla matado, pero uno solo será el culpable. El investigador buscará develar el misterio.

Es justamente allí donde recae la originalidad: el personaje de Huberman es desopilante, oculto entre su falsa modestia y sus aires de grandeza. Sus narraciones obsesivas lo exhiben practicando un culto a la discreción, sólo digno de aquellos destinados a un eterno papel secundario.

Una novela breve y prolija —con introducción, desarrollo y final—, en la que pocas páginas alcanzan para reconocer la maestría de la pluma incisiva de Bioy y el mundo casi onírico que hace única a la narrativa de Silvina.

Agosto – Romina Paula – 2009 – Entropía – 167 págs.

Agosto (2009), de Romina Paula

Agosto – Romina Paula – 2009 – Entropía – 167 págs.
Agosto – Romina Paula – 2009 – Entropía – 167 págs.

Romina Paula, la primera Millenial 

 Puede que Romina Paula sea la mejor representante de lo que hemos venido leyendo en los últimos años en esta sección intitulada «Nueva Narrativa Argentina en 4 párrafos». No porque sea «la que mejor escribe» (¿cómo saberlo?), sino porque reúne la mayor cantidad de características que aúnan a los distintos textos de escritores argentinos jóvenes en la última época y, además, porque fue pionera. Desde la disruptiva novela ¿Vos me querés a mí? del año 2005 (¡ya cumplió 12 años!) hasta hoy, la literatura de Paula (escritora, dramaturga, directora de teatro, actriz) se nutre de las voces del habla cotidiana, de los lugares comunes y de los problemas de todos los días, con las dificultades del lenguaje propias de la oralidad que proponen taras y reformulaciones en forma constante. Sus tres novelas (en algún punto, bastante distintas de sus obras teatrales[1]) remiten constantemente a una oralidad que emula la de las señoras que se juntan a coser en el primer capítulo de La traición de Rita Hayworth, de Manuel Puig, aunque en otro tiempo y otro espacio. Y —también como en Puig— el trabajo del fluir de la consciencia es constante, los pensamientos llevan al narrador en primera persona tan propio de la joven literatura de un lugar a otro, al punto en que los diálogos más intensos presentes en la literatura de Paula suelen ser más los de la narradora con ella misma que con sus interlocutores, con quienes apenas comparte retazos de lo que se están diciendo realmente, una pantomima social que oculta todo lo que en el fondo no se dice, pero se sabe que está ahí (ver Un pedacito de… al final de la página). 

En Agosto, particularmente, la novela le habla a una segunda persona que desde la primera línea está invocada y, a la vez, desmaterializada: «Algo como que quieren esparcir tus cenizas; algo como que quieren esparcirte». El otro al que le habla Emilia (la narradora, nombrada por primera vez en la página 98) es el recuerdo de su mejor amiga de la infancia, Andrea, que murió por causas no referidas y que poco importan en el relato. Lo importante es que está y no está, que es la persona a la que está dirigida cada una de las palabras de la novela al mejor estilo de las viejas novelas epistolares, pero que también es esa inmaterialidad, esas cenizas que se van a esparcir hasta no ser nada («lo de las cenizas no duró más de tres segundos, eso quiere decir, el desvanecerse no duró más que eso. Uno dos tres y ya no se veía, ya no se podía reconocer ni una sola partícula de nada, de eso, la materia, vos»). En este sentido, Agosto es sin dudas una novela sobre la muerte, sobre el peso que la muerte tiene cuando se vuelve tan real que ya ni cuerpo queda de la difunta, ni una lápida, y entonces se hace necesario escribirle para escribirla, para devolverle algo de materia a ese recuerdo. Justo antes de esparcir las cenizas de Andrea, la narradora dedica un capítulo a una familia en Inglaterra que se come a una integrante de su familia. Allí, tal como en la historia de un hámster que no se anima a matar en su departamento de Buenos Aires, la carne está presente, vuelve sucio y hediondo el relato. Su amiga, en cambio, no es más que un montoncito de cenizas, su gata que sigue en su casa como si nada hubiese pasado, su cuarto de adolescente intacto, sus recuerdos. Podríamos reformular, entonces, y decir que Agosto es una novela sobre el duelo, sobre lo que pasa después de la muerte, igual que la tercera y última novela de Paula, Acá todavía (Entropía, 2016). Sobre el duelo por la muerte de su amiga y cómo se vive después de eso, pero sobre todo, por el fin de la infancia y el ingreso (tardío) en la adultez (esto lo veremos después). 

Emilia vive en Buenos Aires y emprende el regreso a Esquel, su ciudad natal, ante el llamado de los padres de Andrea, que la invitan para esparcir las cenizas de su hija. No hay grandes novedades en la trama de «novela de viaje»: se sube al micro en Retiro, pasa por Liniers y después de un viaje intentando mirar por la ventana, llega a Esquel (luego atravesará la estepa chubutense para llegar a Trelew y a Puerto Madryn, pero el paisaje patagónico está mejor descripto en la última novela que leímos, que nada tiene que ver con esta: Dónde enterré a Fabiana Orquera, de Cristian Perfumo). En Esquel se reencuentra con los padres y la hermana de Andrea, pero sobre todo, se reencuentra con su vida de antes de partir, como una pintura que se ha quedado detenida durante 10 años. Salvo que su novio de aquel entonces hoy es padre. Y eso le mueve el piso. No porque lo ame, no porque haya sido una «historia trunca», sino porque, como buena Millenial que es, Emilia lo quiere todo, no soporta la posibilidad de no haber hecho la mejor elección posible, no quiere pagar el costo de oportunidad. En el fragmento que incluimos al final de estas palabras se puede ver claramente cómo sufre por pensar en la posibilidad muerta de haber sido la madre de los hijos de su ex. Eso también es morir un poco, eso también requiere un proceso de duelo: el saber que hay opciones que ya se han descartado para siempre, como cuando en El juego de la vida se elige «estudiar» o «trabajar» y no se pueden volver atrás los casilleros una vez pasada esa etapa. Esto parece ser algo muy propio de la juventud, del paso de la adolescencia a la adultez, pero a decir verdad, es más propio de la juventud de cierta época (ésta) y de cierta clase social (media y alta); un tiempo y un caudal de dinero que permiten experimentar una adolescencia prolongada sin responsabilidades reales y que puede derivar en caminos múltiples, pero que siempre tiene un trasfondo de angustia por estar habitando un no-lugar, un sitio poco claro dentro del sistema, con una única misión que es la del «disfrute», algo que suena espectacular pero que no siempre se vive de forma tan sencilla (esto lo hemos desarrollado en forma más completa cuando hablamos de «la generación del disfrute» al analizar Que todo se detenga, de Gonzalo Unamuno). La narradora de Paula es neurótica, lo piensa todo, lo analiza todo, no se decide y posterga constantemente la toma de decisiones, incluso en el gesto más gráfico de colocar una barra (/) entre dos adjetivos o dos conectores, como si estuviese escribiendo un borrador. 

Tal como toda esta generación de narradores herederos de Fogwill, las marcas culturales proliferan en Agosto a cada página: consumo de películas hollywoodenses berretas de los años 80 y 90, música anglo mainstream propia de la alguna vez llamada «Generación MTV», rock nacional años 90 (más Babasónicos y Soda que Los Redondos y Divididos) y un consumo hoy demasiado común, pero en ese entonces no tan habitual: series. Six Feet Under a la cabeza, pero también figuran otras, y sobre todo, resuena todo el tiempo el «aroma a sitcom», con FriendsSeinfeld y Sex and the City como mayores estandartes (y, desde ya, Los Simpsons siempre de fondo). Como sello distintivo, Paula agrega, además de estos consumos culturales, expresiones de todos los tiempos (no por nada la entrevista que le hicieron en Infobae el año pasado comienza con la siguiente declaración: «colecciono palabras»): en un par de páginas seguidas podemos encontrar «me lo llevo puesto», «chupate esa mandarina», «mandarse a mudar», «dejar en banda» y «sin pena ni gloria», por ejemplo. En esta combinación entre oralidad tan propia de otros tiempos (pero que sigue absolutamente vigente hoy, y más aún en el interior del país) y los rasgos ya detallados de un consumo globalizado, en Agosto queda construido un texto armado de restos de discursos que oímos todos los días mezclado con un fluir de la consciencia que nos hace viajar por todas las opciones que un Millenial analiza antes de inclinarse por una u otra opción (que nunca será la mejor, pues de cualquier modo estará dejando a otra opción de lado, se habrá perdido la posibilidad de hacer eso otro que abandona para siempre, que deja morir). Sólo queda, entonces, «soltar», poder dejar ir aquello que se esfuma; o, en términos un poco más psicoanalíticos, hacer el duelo. Esa palabra, que hoy es tatuaje de muchos veinte-treintañeros, Romina Paula la usó en el 2009, en el inicio del viaje y en el final del mismo: «Quiero poder soltar Buenos Aires», dice Emilia cuando parte hacia Esquel, y «Sólo se trata de soltar» asegura hacia el final, cuando por fin logra llorar a la amiga difunta (y a su infancia enterrada; o, mejor, su infancia diluida en el aire). 

Un pedacito de Agosto: 

Asume, creo, que a mí me encanta mi vida de mujer independiente en la Capital, vida que no cambiaría por nada, y estimo que es lo que yo me encargué de transmitirle desde que llegó, que es lo que le hice creer. Y cualquiera, hasta yo en un buen día, diría que es así, que no cambiaría mi simple y simpática vida en Buenos Aires por nada. Sólo que ahora ya no estoy tan segura de eso. ¿Y qué si todas mis elecciones fueron siempre las equivocadas y yo tendría que haberme quedado con Julián? Entonces/En ese caso esos hijos, esos nenes, serían míos ahora. Qué horror. Hijos con otra. Está, entonces, eternamente ligado a otra persona, lo que nos lleva nuevamente a… ¿Con quién se casó? Ah, no, que no se casó, bah, que ahora sí, ahora sí que se había casado, pero después del nacimiento del hijo, de León. León parece que se llama, qué nombre bonito, qué nombre discreto. Muy Julián, lo debe haber elegido él. Ligado a otra persona, a otra mujer para siempre, qué espanto, qué horror. No, que la chica es una piba más chica, una pendeja de Trevelin, de familia de galeses, que estaba saliendo pero no hace mucho, y que la piba tenía dieciocho, que tenía dieciocho años cuando quedó embarazada y que decidieron tenerlo. Ella quería, ella acababa de salir del colegio, Mariela, Mariela se llama. Ahora tiene veintiuno. 

Págs 42-43

 [1] Para la diferenciación entre la oralidad en el teatro y la novela, es interesante la observación que hace la autora en una entrevista: «en teatro los diálogos no son tan coloquiales, incluso así fue la tendencia: al principio eran más coloquiales, ahora son más literarios y aparatosos. Está como cruzado.» (fuente: entrevista en Infobae, disponible aquí).

Dónde enterré a Fabiana Orquera – Cristian Perfumo – 2013 – Gata Pelusa (autogestión del autor) – 290 págs.

DÓNDE ENTERRÉ A FABIANA ORQUERA (2013), de Cristian Perfumo

Dónde enterré a Fabiana Orquera – Cristian Perfumo – 2013 – Gata Pelusa (autogestión del autor) – 290 págs.
Dónde enterré a Fabiana Orquera – Cristian Perfumo – 2013 – Gata Pelusa (autogestión del autor) – 290 págs.

Un patagónico que predica en el desierto

Antes de decir nada sobre la novela de Cristian Perfumo, Dónde enterré a Fabiana Orquera, nos resulta importante usar nuestro primer párrafo para decir tres palabras sobre la «autopublicación». Para los que ya conocen bien el paño, pueden pasar al siguiente. Si seguís leyendo, tal vez te estés preguntando qué es la «autopublicación»: se trata del medio por el cual la mayoría de los escritores (argentinos y del mundo) son publicados, pagando sus propias ediciones para producir 50, 100 ó 500 ejemplares, y ver a qué familiar o amigo se los pueden vender después. Es un mundo arduo, donde no hay editores ni editoriales o, en el mejor de los casos, intervienen lo mínimo indispensable (algunas como Dunken o De los cuatro vientos ofrecen un sello y un diseño de tapa, espacios para presentación, difusión, correctores externos, etcétera, pero nunca se meten con el contenido). A su vez, en el ámbito de la autopublicación tampoco existe una validación del autor a través de un proceso de selección que se realiza ya sea por nombre (un autor famoso, o un famoso que decide escribir un libro), por temática (una colección de serie negra, por ejemplo), por calidad de la obra (elegida a través de un concurso o por los lectores de cada editorial) o por un mix entre estos y otros factores. El autor que se autopublica está solo en el mundo, es el gestor de su propia obra, son ella y él y todo un planeta de lectores para convencer. Y es importante convencer a estos lectores no sólo para lograr la difusión de la obra, sino también para recuperar algo del dinero invertido, que suele ser bastante. Son la mayoría y son, a la vez, los que menos visibilidad tienen, porque pocos los reconocen como «escritores» (como casi todos en este ámbito, se dedican a otras cosas además de escribir) y no tienen lo que se llamaría una «voz autorizada» en el ámbito de la literatura. Sin embargo, muchos de ellos forman pequeñas comunidades, se leen entre sí, y ahora, con la difusión que la web 3.0 habilita, tienen una enorme circulación en sitios de lectura digital como Amazon y Kindle, blogs y booktubers, todo un mundo paralelo que funciona sin interesarse por la élite literaria, y que posiblemente tenga más seguidores que ésta (el libro que hoy nos convoca sería un caso paradigmático de esto, con un alto número de ventas en Amazon de México y España).

Podríamos escribir un artículo que hable únicamente de la autopublicación, pero mejor vamos a dejarlo ahí, para señalar que existe este mundo, que siempre existió —de hecho, muchas obras maestras de la literatura comenzaron su camino a través de la autopublicación— y que hoy tiene muchos seguidores, así como muchísimos más frustrados que no consiguen venderle un ejemplar de su libro recién editado ni a su tía (esto es literal: uno se sorprendería de lo poco predispuestas que están algunas personas en gastar dinero en libros…). A decir verdad, en la mayoría de los casos el fracaso en ventas es justificado por la calidad literaria que presentan muchos escritos: los hay con errores de ortografía, con problemas de estructura, con personajes esquemáticos, con historias trilladas y hasta existen los que directamente no se entienden nada (nosotros los conocemos bien, porque vivimos de corregirlos). Sin embargo, siempre impulsados por el azar que caracteriza las lecturas de esta sección denominada Nueva Narrativa Argentina en 4 párrafos, hace poco dimos con un libro autopublicado que, con una mínima pulida, bien podría ser incluido en las colecciones de Anagrama o de Tusquets o –para ser más realistas y locales— de Mardulce o de Entropía. Dónde enterré a Fabiana Orquera, de Cristian Perfumo, es un policial perfecto, en el sentido de aquellas historias a las que no les sobra ni una coma y todo tiene una justificación implacable, un motivo de estar allí, como en una prolija pieza de relojería. La novela tiene los condimentos del policial clásico inglés, con un misterio por resolver claramente delimitado desde la primera página: una mujer desapareció como por arte de magia de una casa en un campo de 20.000 hectáreas a 80 kilómetros de Puerto Deseado, en plena estepa patagónica. Su amante, candidato a intendente del pueblo, estaba en esa casa, pero jura no recordar nada: el casero lo encontró cubierto de sangre en el living de la casa principal, a donde nunca más se volvió a ver a Fabiana Orquera. Este relato es una historia del año 83, un caso que despertó el morbo, la curiosidad y los rumores de todo el pueblo durante décadas: Nahuel —narrador en primera persona, maestro de escuela, periodista del diario local— revive esta historia cuando se encuentra, en la misma casa en la que sucedió la desaparición, una confesión del asesino en clave de enigma para ir resolviendo. Con todos los condimentos del policial clásico, la aventura alla Dan Brown para ir desentrañando los enigmas se hace fluida y constante, casi como un juego que lleva al protagonista de uno a otro lado, viajando entre la casa de campo, el pueblo de Puerto Deseado y el pueblo salinero abandonado de Cabo Blanco.

Más allá del policial —insistimos: bien construido, con personajes sólidos y necesarios, con buenos diálogos, con interesantes resoluciones de los enigmas—, que a medida que avanza se torna más «negro» que «inglés» (incluye golpes, lesiones y nuevas muertes, abandonando por momentos la escuela de Conan Doyle para acercarse a las de Hammett y Chandler), la novela funciona sobre todo como una suerte de elogio al desierto. Es curioso pensar que en una hipotética encuesta entre argentinos (o, al menos, entre porteños), lo más probable es que la mayoría asocie la palabra «desierto» con arena, sol y camellos, como si fuésemos habitantes del Sahara o de Medio Oriente, cuando gran parte de nuestro territorio está despoblado, tanto al norte como al sur, al oeste como al centro (¡en el este sí que somos un montón!). Tal vez haya pregnado más de lo que podemos llegar a suponer la falacia de las expediciones de Rosas primero y de Roca después, que perduraron en el tiempo bajo el irrisorio nombre de «Conquista del Desierto», como si el desierto se pudiese «conquistar» (¿a quién? ¿no es que está desierto, es decir, sin gente?) y, más aún, como si efectivamente hubiésemos logrado poblar todo nuestro territorio, algo que bien sabemos, no fue así. Perfumo entonces nos desasna de esta mirada eurocentrista presentándonos un desierto bien argentino, donde la aislación es la norma y las matitas de vegetación intermitentes y el pedregullo reemplazan la arena de nuestras fantasías.

La sensación de soledad y vacío que alcanza a transmitir Perfumo en sus páginas bien valen todo el libro, de lectura ágil y llevadera, de esos «imposibles de dejar» que muy poco elogiamos acá, pero que existen y siempre se disfrutan como un buen pasatiempo y un más que válido entretenimiento. Es cierto, Dónde enterré a Fabiana Orquera probablemente no resulte revelador, una gema, un ejemplar para atesorar… pero tampoco pretende tal cosa, y eso es bueno entre tanto escritor de poca monta que deposita en su libro la confianza de que con su obra —equivalente a la de Borges— logrará salvar al mundo. Nada de eso: nuestro autor patagónico escribe, según nos cuenta aquí porque le gusta; tiene otros libros publicados que aún no hemos tenido la suerte de leer, y sus historias no traen una verdad revelada, sino el esfuerzo de alguien que se da mucha maña para las tramas ingeniosas y los personajes correctos, a quienes coloca en un marco majestuoso de pueblo y desierto que guarda en su retina de su infancia en Puerto Deseado. Sin dudas es muchísimo más de lo que uno puede pedir al preguntar por algún autor local en una tienda de souvenirs, diarios y revistas del aeropuerto de Comodoro Rivadavia…

 

Un pedacito de Dónde enterré a Fabiana Orquera:

Como cada año en esa época [las Fiestas], unos tablones apoyados sobre caballetes de madera duplicaban la longitud de la mesa de comedor. Los cuatro comensales se agrupaban en una punta. Carlucho Nievas estaba sentado en la cabecera, y a su derecha su esposa Dolores me hacía señas para que me apurara. Frente a ella, Valeria, la única hija del matrimonio, coqueteaba con su nuevo novio.

—Dale Nahuel, que se enfría —dijo Carlucho al verme aparecer en el comedor.

Me senté al lado de Dolores, justo enfrente del novio de Valeria.

—Perdón por darles de comer recalentado, pero esto no lo vamos a tirar —dijo Carlucho, señalando sobre la mesa una fuente en la que apenas cabía una paleta de cordero—. Sobró del asado que hicimos al mediodía para despedir a los últimos parientes.

—¿Qué dice, Carlos? Si me sirven esto en un restaurante y me cobran un ojo de la cara, dejo el otro de propina —dijo el novio de Valeria.

El comentario me pareció bastante pelotudo. Sin embargo, encontré normal que el pibe aprovechase cualquier oportunidad de anotarse un punto con sus futuros suegros. Después de todo, había manejado trescientos cincuenta kilómetros, sesenta de ellos de ripio, desde Comodoro Rivadavia para conocer a los padres de Valeria.

—Los piropos guardalos para mi hija —respondió Carlucho, hundiendo un cuchillo de hoja ancha en la pata de cordero.

[…]

La conversación transcurrió casi todo el tiempo en torno a las preguntas que Pablo hacía a Carlucho sobre el funcionamiento del campo. Cuántas ovejas por hectárea, cuánta lana por oveja y los silencios entre medio para las multiplicaciones pertinentes. A la hora del postre —sobras de tiramisú y lemon pie—, Pablo ya tenía suficiente información para saber que con Valeria había que estar por amor. El único interés que tendría cabida en esa relación era el que se llevaba el banco.

Capítulo 3, «Pablo». Págs. 13-14.

Estamos unidas – Marina Mariasch – Mansalva – 2015 – 75 págs

ESTAMOS UNIDAS (2015), de Marina Mariasch

Estamos unidas – Marina Mariasch – Mansalva – 2015 – 75 págs
Estamos unidas – Marina Mariasch – Mansalva – 2015 – 75 págs

Alt Lit noventosa y de la buena

«Estamos unidas» es un juego de palabras con «Estados Unidos», país al que la hermana de la narradora se va a pasar una temporada a fines de 1989. Estados Unidos es también el lugar-faro de Argentina en la década del 90 que atravesará el libro. Además, «estamos unidas» hace alusión al lazo que une a las dos hermanas. Y también hace alusión al resto de la familia, es decir, a su madre y a su abuela. El título es, entonces, un anticipo del estilo de Marina Mariasch: en dos palabras sencillas se condensan múltiples significaciones, y sobre todo, mucho cinismo e ironía. Porque Estados Unidos no es la panacea que aparece en las películas de New York y Los Ángeles («En esta casa el queso es naranja y en fetas, parece goma eva», escribe la hermana en una carta, y suena a síntesis de lo artificial que rodea su vida inmersa en el sueño americano). Y porque el «estar unidas» es estar solas, la hermana y ella, adolescentes, hijas de un padre que no ha desaparecido en los 70 pero que se ha borrado de la mano de su secretaria años después, y de una madre que funciona como eje de una tríada en la que la protección, el interés y el cuidado por sus hijas brilla por su ausencia, demasiado amargada por el abandono del marido, demasiado preocupada por sus novios jóvenes y estacionales, por sus pastillas, por su bronceado y, sobre todo, por simular cumplir con el «deber ser», esto es, «ser una buena madre» (a los ojos de quienes la miran, incluyendo a sus propias hijas). Todo esto y más es Estamos unidas, un libelo poético sobre la familia, sobre la maternidad y la fraternidad, sobre los 90 y la cultura de la apariencia, un cross de derecha a la mandíbula, como le gustaba decir a Roberto Arlt, aunque no exista prosa más diferente a la suya que la de Mariasch, narradora de oraciones cortas e inconexas entre sí, sin necesidad de usar conectores como «porque», «después» y «por lo tanto», tan segura de que el lector será capaz de unir las esquirlas que su literatura-bomba derrocha en brevísimas 75 páginas.

Mariasch es, ante todo, poeta, y eso se nota. Estamos unidas, mucho más que una novela parece más bien un extenso poema narrativo en prosa. Tiene todas las características de la «Alt Lit» que señalamos en nuestra última reseña y también cuando leímos puntualmente un compilado de Alt Lit, pero es mucho más que eso, porque en su apatía, su desorden, su brevedad, su incoherencia y su destajo siempre está diciendo algo, y lo hace con mucha (muchísima) fuerza. Cada capítulo toma un tema de su adolescencia y lo desarrolla en narraciones breves, con un tono mordaz que esquiva la grandilocuencia pero que dice mucho más con sutiles mensajes que va desperdigando en uno y otro párrafo como minas que explotan sin que uno las haya visto antes. Por ejemplo, cuando habla de Yesi, «la chica que ayuda en casa, como decían», dice que «era buena. Robaba, pero poco». La distancia que pone entre las clases se vuelve un abismo cuando menciona entre las cosas que robaba vestidos de fiesta usados una sola vez. Cuando Yesi vuelve arrepentida, la madre «le regaló todo, no quería la ropa usada, y la perdonó» (el subrayado es nuestro). No existe ningún tipo de atenuante ni condescendencia para esa madre que tenía libros de Marx y que después los quemó para cambiar por libros chinos, que salía con hombres sólo por sexo o por status, pero que tuvo que dejar a un novio cuando cuestionó el número de desaparecidos, que dice que se muere de miedo viendo a su hija en una moto «pero que no era verdad».

Sin embargo existe cierta madurez en el relato. No hay bronca hacia la madre, porque la engloba dentro de un «clima de época», es parte de ese magma de padres «progres» que luego de la lucha armada que protagonizaron sus pares —o ellos mismos— pocos años atrás quedaron en un limbo en el que no queda tan claro qué es o qué significa «ser de izquierda»: en ese mundo parece ser perfectamente compatible leer a Marx en viajes a Estados Unidos para abrir cuentas en el extranjero o tener como horizonte de expectativas en la educación de hijas mujeres tanto que lean a los autores rusos como que sean flacas y estén bronceadas. La narradora se rodea permanentemente de los hijos de estos padres, y todos parecen estar transitando el mismo camino difuso, a punto de ingresar en un «futuro negro», como dice la narradora, sin estar enterados aún de que esto está por suceder. En el capítulo 3 organizan una fiesta con su hermana en la casa, e invitan a sus amigos, también progres. Ellos protagonizan una emulación barata de películas que vieron cuando eran niños, como The Wall o La naranja mecánica, y rompen todo, en un gesto iconoclasta y revolucionario que confunde, porque son los ricos rebelándose en una casa de ricos, como una revolución de cotillón. «La noche de la fiesta en casa tardamos en reaccionar porque no sabíamos bien de qué lado estábamos», dice la narradora, en este magma de confusión al que a las naturales dudas propias de la adolescencia debe sumarles la de sus padres y la de un país convulsionado por el  cambio cultural que está viviendo («parece alguien de otra década, una desaparecida», menciona al pasar la narradora, siempre sugerente y provocativa).

Todo el libro habla de «un cambio de época», tanto a nivel personal como dentro de la sociedad en la que está inmersa. Brasil, por ejemplo, ahora es un destino para vacaciones en verano y «para disfrutar», cuando ayer nomás ir a Brasil significaba ir en invierno a ver a los amigos exiliados de los padres. En lo personal, el cambio se da en el paso del tren fantasma y de los juegos en el Ital Park a las noches de boliche, el autoconocimiento y el sexo, que aparece en los capítulos finales, quizá un poco más esquemáticos y «esperables» que los primeros. El cruce entre el entorno y el ser interior se puede rastrear en las múltiples referencias a los trastornos alimenticios que desperdiga la narradora en distintas partes de su relato —sin tematizarlos, sin dramatizarlos; sólo «están ahí»—, y el símbolo del fin de la niñez y del fin de los 80 es el cierre definitivo del Ital Park. «¿A dónde van los esqueletos de las montañas rusas cuando los parques de diversiones cierran?» es la pregunta que da inicio a la novela, y ésta estructura todo el relato en ese misterio por saber qué pasa con los restos de lo que fue ahora que el futuro ya llegó. No vacilamos en afirmar que Estamos unidas, de Marina Mariasch, está destinada a ser un hito fundamental para comprender los 90 (al mejor estilo Miami, el disco de Babasónicos de 1999) y una obra ineludible si se quiere apreciar todo lo bueno que la Alt Lit tiene para dar.

 

 

Un pedacito de Estamos unidas:

Ese día en lo de mamá festejábamos su cumpleaños, y nos reíamos como tontas y locas. Nos acordábamos del viaje a California, cuando yo tenía aparatos fijos y mi abuela todavía no era ese ser abiótico que fue después. Era una persona, con nombre, pasaporte, y cuentas en el exterior para las que se requería su propia firma.

La abuela hablaba de plata en una lengua milenaria de Europa central que había llegado por los judíos al continente americano. O en una especie de lunfardo de esa lengua. A los dólares les decía lokshen —la pasta—, o grines, para que la señora que trabajaba en su casa no entendiera. La señora que trabajaba en su casa era una especie de alter ego de ella pero santiagueña. Tenía los huesos finos y los modales delicados de cualquier señora de avenida Alvear, después de tantos años compartidos. La señora que trabajaba entendía perfecto cuando hablaban de dólares, en cualquier idioma, sabía dónde estaban, y sobrevivió a mi abuela en el piso regio que daba a la plaza.

No entendía bien para qué viajábamos, se trataba de algo así como una transferencia de dinero. El nombre banco Hapoalim, con base en Israel, me hacía pensar en el Sapolán, una crema que nos ponían cuando el sol calcinaba. Por su mal manejo del inglés llevó a mi madre. La abuela ya era viuda y siempre había dependido de su marido para los negocios. Mi mamá nos coló a nosotras. Necesitaba que conociéramos más mundo. Era parte del horizonte básico de aspiraciones de clase. Viajes y comidas exóticas. Lectura de los rusos y más de dos idiomas. Título universitario, sensibilidad artística, conocimiento intelectual. Era una falsa ecuación, el amor asegurado venía de todas esas cosas.

Págs. 37-38

La habitación alemana – Carla Maliandi – 2017 – mardulce – 187 págs.

LA HABITACIÓN ALEMANA (2017), de Carla Maliandi

La habitación alemana – Carla Maliandi – 2017 – mardulce – 187 págs.
La habitación alemana – Carla Maliandi – 2017 – mardulce – 187 págs.

Las narraciones del eterno escape hacia adelante

En esta sección somos fans del azar y de los caminos sinuosos por los que nuestras lecturas nos pueden llevar. Así fue cómo llegamos a leer a Carla Maliandi sin saber nada sobre ella, excepto lo que aseguraba la contratapa de La habitación alemana y alguna que otra reseña: que en realidad es dramaturga, que ésta es su primera novela, y sobre todo, que es de 1976, nacida en Venezuela, criada en Alemania y de nacionalidad argentina; es decir, hija de exiliados. El tema combinaba perfecto con la novela de Laura Alcoba que leímos hace unos meses, El azul de las abejas, porque también se estaba leyendo la literatura de una hija de exiliados que se crió en el exterior. La habitación alemana en principio explora ese tema —y esto también lo sabíamos antes de empezar a leer—, porque en el comienzo trata de una mujer yendo sin motivo aparente a Heidelberg, el pequeño pueblo alemán en el que vivió sus primeros 5 años. Desde la primera página habla de una casa llena de «filósofos latinoamericanos», de la ansiedad por aquel «viaje de vuelta a Argentina», en fin, de la vida de exiliados que se pudo ver en la novela de Alcoba o, en cine, en La culpa es de Fidel (La faute à Fidel!, Julie Gavras, 2006).

Sin embargo, al dar vuelta la página esa historia de exilio se ha olvidado, y todo lo domina la poderosa narrativa característica de la «Alt Lit», es decir: personajes que deambulan sin estar seguros de nada, completamente faltos de emoción; tramas que cambian en cada oración; encuentros fortuitos; casi nula consciencia o sentido moral… Es un estilo que ha cautivado a muchos a nivel internacional (tal como observamos aquí) y a tantos otros a nivel local, con la literatura y el cine de Martín Rejtman como mayor exponente, y sobre quien ya hemos escrito aquí. Para no quedarnos en la llaneza de decir simplemente que no nos gusta esta literatura —aunque es la pura verdad—, comentemos al menos qué es lo que sucede en la novela de Maliandi: una mujer de unos 35 años arriba al pueblo alemán donde vivió su más tierna infancia escapando de Buenos Aires y de su ex, aunque nunca queda del todo claro qué era lo que hacía en Buenos Aires ni por qué se separó de su ahora ex. Llega con poco dinero y sin ningún plan, y se va a vivir a una pensión para estudiantes, haciéndose pasar por uno de ellos (todos son más jóvenes que ella y estén anotados en algún curso de la universidad). La narradora (como no podía ser de otra manera por estos días, la historia está narrada en primera persona y la narradora no tiene nombre) sale a desayunar y cuando vuelve, ya hay alguien que la está esperando: Miguel Javier, un tucumano que quiere hablar con ella por el solo hecho de ser una compatriota. Luego conoce a otra chica de la residencia, una japonesa de nombre Shanice (sí, todos los nombres son inverosímiles) que parece muy extrovertida y alegre pero que no lo será tanto. Bien hacia el comienzo nos enteramos también —junto con la narradora—, que vino embarazada desde Argentina.

No queremos pecar de spoilers, como se suele decir ahora, pero la trama avanza en forma constante con nuevos personajes que van apareciendo y desapareciendo, con explicaciones que se repiten del tipo «los japoneses son misteriosos, no hay que entender» y con una extrañeza constante que, suponemos, causará gracia a alguna clase de lector (que no somos nosotros, claro está, pero sí lo son los fans de Rejtman y cía.). Lo único que permanece es la inexplicable voluntad de la narradora de quedarse en ese lugar, pese a que Miguel Javier —el miembro del CONICET que parece ser la única voz racional de la novela— le sugiere que lo más lógico sería regresar a Buenos Aires y a su vida, y acomodarse para tener a su hijo, tal vez yendo a buscar al padre. Más allá de que entendemos que no estamos ante una novela propia del «realismo», o sí, que estamos en lo que Graciela Speranza definió como «realismo idiota» (no es despectivo; llama así a un realismo desprovisto de emoción, que describe el mundo cotidiano y su banalidad), hay formas de narrar que tuvieron su valía al menos por su originalidad, pero a más de 20 años de la literatura de Rejtman —y con más de 100 libros publicados por César Aira, más allá de que creamos que él hace algo distinto—, repetir la fórmula no parece ser una salida muy eficiente para contar la banalidad del mundo.

Es por ello que forzaremos la lectura para atarnos al tema que nos interesó en un primer momento y ver qué nos cuenta Maliandi en La habitación alemana sobre la cuestión, aunque más no sea por omisión. La narradora viaja hacia el mundo que vivieron sus padres recién escapados de la Argentina, cuando su edad era menor incluso a la que hoy tiene la narradora y su madre estaba embarazada como ella. Luego aparece Mario, un ex compañero de exilio, que se convierte en personaje central. Es decir, el exilio no aparece «oculto», e incluso se habla explícitamente de él: «Luego, siempre, recordaría esos años en Alemania como uno de los más felices en su vida», dice sobre su madre Sin embargo, en el relato se evita dar demasiadas vueltas sobre eso, no hay reflexiones sobre el recuerdo o el olvido, sobre el tiempo pasado allí, sobre la vida de sus padres, sólo un puñado de comentarios aislados. La incertidumbre de su presencia allí, de su futuro, de su historia personal, la narradora lo escamotea. Nadie sabe que está en Alemania, en ese no-lugar, y ella se pregunta cuánto tiempo más puede pasar así, «desaparecida» de todo el resto. Vivir en la pensión es «como no estar en ningún lado, como estar sola pero con mucha gente» describe la narradora, y entendemos que lo que está haciendo va un poco más allá de la práctica Millenial de «dejarlo todo y viajar». Puede que su mirada sobre el mundo sea «idiota» en el sentido de que lo observa desde su más llana simplicidad, sin significaciones ulteriores, pero no deja de resonar en toda la novela ese escape hacia el pasado emulando la historia de sus padres, y en especial, de su madre, que también estuvo en ese pueblo al que no pertenecía, detenida en el tiempo y sin saber qué hacer, con la única certeza de que el tiempo avanzaba porque su panza crecía. La mirada que Maliandi ofrece sobre el conflicto es lateral, centrada sobre todo en lo no dicho, en lo insinuado permanentemente por el espacio que envuelve a la protagonista y esa sensación de amargura tras haber desaparecido de Buenos Aires sin más, de un día para el otro, con miedo a abrir sus correos para enterarse de cosas que no se quiere enterar. La habitación alemana lejos está de ser una fábula o una alegoría, pero entre tanto avance de trama sin destino, entre tanto supuesto humor amargo, a algunos más nos vale buscar algún tipo de raciocinio que le dé espesor a este relato que si no, sería apenas una copia de cualquier otra obra de Rejtman.

 

Un pedacito de La habitación alemana:

Cuando termina su clasificación la señora Takahashi está exhausta pero su rostro ha cambiado, se la ve más joven y vital. Hemos puesto todo en cajas y ahora se supone que debo llevar todo eso a mi habitación. Ella dice que irá a su hotel a descansar un rato y que me pasará a buscar a la tarde para tomar el té. No sé cómo agradecer este enorme regalo, me siento rara, un poco incómoda. La señora Takahashi sonríe y me dice que lo que no quiera guardar lo regale o lo tire y se va dando pasos cortitos y apurados. Golpeo la puerta del tucumano para pedirle que me ayude a cargar las cajas. Me abre con un libro en la mano y un lápiz en la boca, sigue vestido con el traje pero está descalzo. Me dice que lo espere, que ahora viene. Unos minutos después sale de la habitación con el pelo mojado peinado hacia atrás, se puso zapatillas y se lo ve contento. Corre por el pasillo delante de mí como un chico que va a buscar los regalos que dejaron los reyes magos cuando todos dormíamos.

Pág. 55

Flores de un solo día - Anna Kazumi Stahl - Seix Barral - 2002 - 335 págs.

FLORES DE UN SOLO DÍA (2002), de Anna Kazumi Stahl

Flores de un solo día - Anna Kazumi Stahl - Seix Barral - 2002 - 335 págs.
Flores de un solo día – Anna Kazumi Stahl – Seix Barral – 2002 – 335 págs.

Literatura importada

No hay nada más lindo que tomar un infinito, delimitarlo, y luego explorar esos límites, tensarlos, mirar un poco por encima para ver qué hay del otro lado. Lo hicimos en nuestra última entrada, leyendo a Laura Alcoba, argentina que vive en Francia desde que tiene 10 años y que escribe en francés (sobre tópicos argentinos); lo hacemos ahora, leyendo a la norteamericana hija de padre alemán y madre japonesa Anna Kazumi Stahl, considerando que su novela Flores de un solo día (2002) pertenece al corpus de literatura argentina, o al menos, a esa literatura de límites difusos, esos libros difíciles de guardar en las bibliotecas. La particularidad de Kazumi Stahl (de quien ya hemos hablado un poco aquí) es que un día de 1988 vino a la Argentina y se enamoró del país, y otro día de 1995 volvió para quedarse. Fue tan fuerte su arraigo que dos años después había publicado la colección de cuentos Catástrofes naturales para luego embarcarse en la escritura de la novela de largo aliento que nos ocupa, escritos ambos enteramente en un español rioplatense como el de cualquiera que haya nacido en Boedo, Castelar o Chivilcoy. En una proeza inimaginable para quienes no somos particularmente duchos con las lenguas extranjeras, esta mujer sin ningún tipo de vínculo ni con la cultura hispanoparlante ni con la Argentina en particular logró una escritura sin fisuras, donde sólo el nombre de la firma hace sospechar que la narración no es argentina, porque todo el resto del libro lo es (ella misma explica esta adopción del idioma aquí). O, al menos, lo es en apariencia: en su descripción de Buenos Aires, de sus casas, de sus edificios, de sus barrios y de sus calles; en sus expresiones indubitablemente porteñas; en su conocimiento de la cultura popular y de todos los sobreentendidos que subyacen… En fin, una novela argentina como cualquier otra. O no.

Desde la trama, Flores de un solo día se revela como una novela que usa la historia personal de la autora sólo en sus líneas más básicas: la protagonista es hija de una mujer japonesa, a mitad de camino entre diversas culturas, y los hechos tienen lugar primero en Buenos Aires y luego en Nueva Orleans, a la inversa del itinerario de Kazumi Stahl. La primera diferencia con las obras de la Nueva Narrativa Argentina que estamos analizando en esta sección es que la construcción de la trama ocupa un lugar preponderante, muy al estilo de la literatura norteamericana (y, sobre todo, del cine norteamericano). Flores de un solo día no se parece en nada al devenir y la reflexión permanente, a esa literatura del detalle y de los gestos que hemos mencionado en tantos libros leídos en esta sección, sino que apuesta a la complejidad de la historia, a los giros de un pasado que nunca se termina de ir y que modifica el presente tan calmo en el que todo comienza, donde Aimée está casada con el bonachón Fernando, y ambos viven en un departamento de Congreso junto a su madre japonesa, muda e híper calma, la estrella de la florería «Hanako», pues no sólo es su nombre el que está en la marquesina, sino que es ella la que hace los arreglos florales más codiciados, los ikebanas. Hasta este punto, todo es descripción pausada y minuciosa, plena de olores y colores, con una envidiable paciencia para narrar que hace que cada escena se pinte como un cuadro en la retina del lector (y con una variedad lingüística casi inverosímil para una persona que tiene al español como segunda lengua).

Luego llega una carta desde Nueva Orleans y todo se empieza a resquebrajar, incluyendo la novela. No es que la segunda parte sea peor que la primera o que tengan un tono distinto, pero Kazumi Stahl está tan pendiente de construir un relato sin fisuras, donde todo tenga una explicación racional y verosímil, que la obra muta de una novela libre de género a una suerte de thriller policial en el que hay buenos y malos y donde todo debe ser explicado con un giro en la historia, incluso cuando en algunos casos esos giros se ven venir desde 100 páginas atrás. Además, en medio de las teorías, flashbacks y explicaciones de la historia, los diálogos comienzan a tomar un rol central, y éstos no son el fuerte de la autora (siempre se dice, y es completa verdad: es mucho más difícil de lo que se piensa escribir un buen diálogo), sumado a que a medida que avanza el relato comienza a incomodar la omnisciencia y el ascetismo del narrador, capaz de meterse en la cabeza de todos los personajes al mejor estilo de la novela decimonónica del siglo XIX.

Es en este punto donde debemos hacer un alto y preguntarnos por qué Flores de un solo día no encaja con la Nueva Narrativa Argentina que venimos leyendo en este espacio; para ello, las hipótesis son dos, perfectamente combinables entre sí. Por un lado, su condición de extranjera tiene que pesar de algún modo al momento de querer inscribirla en una tradición nacional en la que ella tiene pocos años; esto se dice no en forma peyorativa, sino como un mero hecho de la realidad: Kazumi Stahl, a diferencia de los narradores actuales que estamos leyendo, no se formó a la sombra de Borges, Bioy, Cortázar, Manuel Puig, César Aira, Lugones, Sarmiento, José Hernández y otros (el canon está aquí), sino que sus lecturas principales tuvieron que haber estado en otros lares, y si aceptamos la premisa de que toda escritura es una consecuencia de todas las lecturas anteriores, la presencia de Kazumi como autora argentina es, al menos, forzada. Por otro lado, existe una realidad metodológica a estas alturas: cuando elegimos leer «Nueva» Narrativa Argentina marcamos un límite: el año 2000. Como dijimos en su momento, esta elección fue completamente azarosa. Hoy, leyendo material publicado hace unos meses y leyendo esta novela de 15 años atrás, podemos encontrar ciertas marcas que las diferencian largamente, y hasta sería lógico pensar que la literatura de Kazumi y la de, digamos, Patricio Pron o Agostina Luz López no forman parte del mismo período, y en un futuro probablemente vayan a ser estudiados como dos entidades distintas. Todavía no se habla de «los 2000» como una década (como sí decimos perfectamente «los 80» o «los 90»), como si ésta nunca hubiese terminado, como si no tuviese sus marcas específicas que la delimiten. Este tema excede lo que veníamos a decir de Flores de un solo día, pero lo dejamos planteado aquí para entender que esta novela ya es de otro tiempo, ya no podría ser llamada «Nueva», y que tan solo nos quedará encontrar dónde es que se produjo el corte entre «los 2000» y lo «Nuevo». Como todos los límites son difusos, también podríamos simplificar y decir que la novela fue publicada en 2002, pero que pertenece a «los 90», y hasta incluso, que es bien argentina, puesto que el eje temático principal circula en torno de qué es la identidad y cómo se vive con una identidad impostada, con una historia falsa. Ése es, sin dudas, el debate más rico que habilita Flores de un solo día, y ése es el camino que dejamos abierto, invitando al potencial lector a transitarlo y a explorarlo.

 

 

Un pedacito de Flores de un solo día:

La ventana del cuarto da a una vista sobre la ciudad: techos naranja y negros, cúpulas verdes, paredones revestidos de ladrillo. ya no es tan temprano, y el sol cristalino de invierno ilumina el ambiente con luz blanca. Hanako trabaja rodeada de colores. Contra las paredes y sobre la larga mesada, se resaltan los rojos y amarillos de las flores. Además el piso, en declive hacia la rejilla en el centro, es un mosaico de pequeñas cerámicas en tintes suaves, multicolor. Aimée las encontró en el mercado de pulgas años atrás. Son de las más chicas, dos por dos, y traslúcidas. Van intercaladas: las rosa, naranja, verde pistacho, celeste, lila, y limón cremoso, más las blancas y algunas que son transparentes y resultan como hielitos. Los distintos matices se mezclan con los más elementales y terrestres.

Págs. 19-20

El azul de las abejas – Laura Alcoba – Edhasa – 2014 – 125 págs

EL AZUL DE LAS ABEJAS (2014), de Laura Alcoba

El azul de las abejas – Laura Alcoba – Edhasa – 2014 – 125 págs
El azul de las abejas – Laura Alcoba – Edhasa – 2014 – 125 págs

Literatura argentina escrita en francés

Laura Alcoba es argentina y escribe en francés. Pese a la larga tradición de escritores argentinos que residieron y residen en otras partes del mundo, no tenemos registro de un argentino resignando su lengua; es más, en muchos casos la enfatizan, como Cortázar y su histórica Rayuela, escrito en París, donde el capítulo «Del lado de acá» hablaba de Buenos Aires, como si nunca se hubiese ido. Patricio Pron —a quien ya hemos leído en este espacio— es rosarino de nacimiento y europeo por adopción: él hace una operación similar a la de Alcoba al escribir en una lengua que no es la suya propia, sino una impostada; elige el «español neutro» en lugar de su variante rioplatense, al mejor estilo de la literatura «latinoamericana» de Roberto Bolaño, en el que es imposible encontrar su origen chileno o su vida entre España y México, sino más bien una mezcla de todo eso. Pero lo que hace Alcoba es diferente, porque no adapta su lengua, sino que la cambia por otra, por la de adopción, realizando así una operación literaria que se vincula en forma directa a su historia de vida. En sus libros es imposible rastrear una oposición literatura/vida (como sucede con los últimos libros de su también compatriota, el francés Emmanuel Carrère), porque en su escritura se ve un modo y una voluntad consciente de elaborar su pasado, de restablecerlo por medio de la palabra escrita. Cada historia que narra es por un lado una pieza literaria, y por otro, una confesión obtenida a regañadientes, una liberación de su ser, o, como ella dice en el prólogo de su exitosísimo libro debut, La casa de los conejos (2008), una forma de poder olvidar («si al fin hago este esfuerzo de memoria […] no es tanto por recordar como por ver si consigo, al cabo, de una vez, olvidar un poco»). Recién en su tercer libro (difícil llamarlo «novela»), El azul de las abejas, el uso del francés como lengua literaria se explica, se justifica.

El azul comienza narrando las dificultades de una niña para aprender una lengua de pronunciación compleja, que retiene sonidos y parece no querer liberarlos; es una lengua que le cuesta, que le genera un desgaste físico a esa nena de 10 años que practica nuevas vocales en la casa de sus abuelos en La Plata. Y sin embargo no claudica, no abandona los estudios porque la lengua francesa se muestra en El azul como un medio de ingreso a una nueva vida, un reencuentro con su mamá, a quien no ve desde hace años, y que la espera en París para comenzar a vivir la vida del manual de lectura de francés, en donde los perros se llaman «Médor» y los gatos, «Minet». Los lectores de La casa de los conejos podrán reconocer en un instante a la niña que estudia francés: es Laura, la misma que durante 1975 y 1976 vivió en la clandestinidad junto con su madre en un lugar desconocido de La Plata, en una casa que de fachada criaba conejos y que, detrás, tenía la imprenta clandestina de Montoneros. La masacre ya pasó, la madre huyó a París, el padre siguió en la cárcel, y la nena espera seguir los pasos de su progenitora, pero la salida de Argentina se demora y se demora. La lengua francesa aparece como anhelo de libertad, como el comienzo de su vida de acuerdo a lo que indican los manuales escolares, por primera vez en toda su historia.

El proceso de formación de la voz narradora es complejo, porque por un lado se muestra un punto de vista infantil —el de la niña Laura—, lleno de dudas sobre su viaje, relatando sus días en París con su mirada inocente y tierna en torno a las relaciones y el aprendizaje, con referencias a un «hoy» que es el de la niñez, mientras por otro, toda la narración está plagada de palabras propias de un adulto («voz meliflua», «órbita del ojo», «mollera», «timorato», «sollozo» e incluso «madre» en lugar de «mamá»), con más de una referencia a un «hoy» de la vida adulta («Todavía hoy lo recuerdo» es una expresión que se repite). Esta mixtura de puntos de vista puede aparecer como un error —de la autora, o hasta del traductor, Leopoldo Brizuela—, pero también puede ser interpretado como un encuentro permanente entre la niña que mira y la escritora que narra, y cómo esas dos figuras están atravesadas por un francés que dominan más por la escritura que por la oralidad infantil.

Además de la centralidad de la lengua francesa como refugio para reinterpretar un pasado tortuoso, es interesante ver la nueva vida de la niña parisina y de los ex revolucionarios devenidos en clases trabajadoras y/o en refugiados europeos: poco queda del ideal libertario, y el espíritu de lucha de los años 70 se diluye apenas comienzan los 80, preocupados por ser padres, por la ropa que se viste, por detalles de decoración en la casa burguesa de clase baja. Todo el tiempo queda un resabio, una risa amarga en la literatura de Alcoba, que narra con ternura y sutileza la epopeya de esos jóvenes revolucionarios que ella, hoy, ve con cierta condescendencia, como chicos rebeldes y un poco desubicados en su tiempo y su accionar. En las cartas que se cruza con su papá, aún encerrado en la misma prisión en la que estaba en el libro anterior, se habla de literatura, o más que de literatura, de libros: leen lo mismo, él en castellano y ella en francés. En ese diálogo sordo, donde es más importante la carta como material de comunicación entre padre e hija que como contenido, se cifra la diferencia y la aceptación de la niña a un desarraigo y a un nuevo arraigo. Con su propio padre ya no leen el mismo idioma, ya no comparten la lengua materna; para ella, la lengua de la literatura es ahora la lengua francesa, y así narra, desde un punto de vista infantil pero con un lenguaje adulto, un lenguaje natural pero a la vez extranjero, que ni siquiera traduce ella misma pese a ser traductora. En francés —y para un público francés, al que hay que explicarle qué es «Boca Juniors»— Alcoba puede recordar Argentina y cómo ella misma poco a poco se fue haciendo una mujer francesa.

 

 

Un pedacito de El azul de las abejas:

Una mañana Raquel y Fernando desembarcaron en el barrio de la Voie Verte, en un auto muy blanco y lleno de regalos. Son dos amigos de mamá que se refugiaron en Suecia, argentinos también, antiguos guerrilleros, como mis padres y Amalia, que también los conoce. Han debido hacer un largo viaje para llegar hasta aquí; si hasta parece que con su auto debieron subirse a un barco… salieron de Estocolmo dos semanas atrás. Antes de llegar aquí han hecho varias escalas en casas de otros argentinos, en Alemania, en Leverkusen, y también en el norte de Francia, por el lado de Amiens. Casi un tour del exilio.

Ya los había visto en la Argentina, hacía mucho tiempo, no recuerdo muy bien dónde ni cuándo exactamente. Pero lo que he olvidado por completo son los nombres con que los conocí. Porque en aquellos tiempos de clandestinidad deben de haberse llamado de otra manera, claro. Como todos los demás, habrán llevado nombres de guerra transitorios, Paco y Rita, Pepe y Mabel, Oscar y Jimena, vaya uno a saber. Habría podido preguntarle a mi mamá, que aún debe de acordarse, cómo no, pero qué importan ya los nombres del pasado. A veces llego a pensar que no quiero acordarme; estamos al otro lado del océano, y es lógico que los nombres antiguos hayan quedado allá. En todo caso sus caras son las de siempre, y las reconocí, y también la sonrisa con que Raquel gritó mientras abría la puerta de su auto reluciente: ¡Al fin llegamos!

Ellos tampoco me habían olvidado: no bien me vio, Raquel empezó a acariciarme el pelo y a exclamar: ¡Cómo creciste! Lo que se dice siempre a los chicos. Y sí, hace tres años ya, dijo mi madre. ¡Tres años! Sí, tres años, repitieron Fernando y Raquel a su turno. ¡Dios mío! Y nadie dijo nada más; eso era suficiente, todos teníamos de pronto un nudo en la garganta.

Ya lo sabemos y ellos también. Inútil decir más. Estocolmo, Amiens, Leverkusen y la Voie Verte: todo es consecuencia de lo que pasó allá lejos. Y eso mismo nos reunía también ahí, junto a ese arenero, en el Blanc-Mesnil. Todo parecía absurdo, de repente. ¿Dérisoire? (Nota del traductor: «irrisorio»). Ésa fue la palabra que me surgió de pronto, aunque no estaba segura de saber qué significaba. Y por un instante al menos el mundo quedó atrás, la escena se congeló… de golpe todos volvimos a estar un poco allá, un poco en aquella época, como suele decirse. Angustias, miedos, imágenes diferentes deben de haber surgido en nuestras mentes, pero ninguno los mencionó. Y nadie los nombrará, nunca, aunque los sepamos diferentes pero a la vez comunes, porque así es el exilio, no hay por qué decir más. Basta y sobra quedarse un momento en silencio, junto a un arenero en el cual, aquí y allí, brillan todavía unos charquitos de escarcha. Muy pequeños ya, sí: es temprano, hace frío, pero el invierno ya se ha alejado, los canteros muy blancos parecen fuera de estación.

Págs. 76-78

Un cementerio perfecto – Federico Falco – Eterna Cadencia – 2016 – 175 págs.

UN CEMENTERIO PERFECTO (2016), de Federico Falco

Un cementerio perfecto – Federico Falco – Eterna Cadencia – 2016 – 175 págs.
Un cementerio perfecto – Federico Falco – Eterna Cadencia – 2016 – 175 págs.

La inquietante calma del pueblo

Federico Falco fue seleccionado por la revista Granta como uno de los «22 mejores narradores jóvenes en español» en el año 2010.[1] Es conveniente sacarnos de encima rápido este comentario, porque parecería estar prohibido hablar de Falco sin mencionar este hito en su carrera, como si sus libros necesitasen de la consagración internacional para poder decir que son «buenos», como si no bastase con leerlos para descubrirlo por uno mismo. Y realmente es muy sencillo encontrar en pocas páginas una importante serie de razones para decir que Federico Falco es un buen escritor, que está haciendo un proyecto literario digno de ser reconocido y, sobre todo, leído. Oriundo de General Cabrera, Córdoba, tal vez su primer mérito dentro de la Nueva Narrativa Argentina sea ése, el haber nacido en un lugar distinto de Buenos Aires, el no haber circulado por las calles de Palermo en su juventud, el no escribir para un mundillo literario con epicentro en Puan. No es el único, claro: aquí, sin ir más lejos, hemos leído a la entrerriana Selva Almada y a los patagónicos Gonzalo Álvarez Guerrero y Florencia Werchowsky, por citar algunos ejemplos. Pero en este caso vamos a hablar de Falco como representante de un movimiento literario importante de la provincia mediterránea que funciona en paralelo al de Buenos Aires, sin sentirse «una literatura menor» y a la vez, sin medirse según la vara porteña. Entre sus representantes se cuentan el propio Falco, Luciano Lambertini, Eugenia Almeida, Natalia Ferreyra y Bob Chow, por ejemplo, y se podría incluir al chaqueño Carlos Busqued, que sitúa su ya famosa novela Bajo este sol tremendo a mitad de camino entre ambas provincias.

Un cementerio perfecto, en este caso, es un libro que reúne cinco cuentos «de provincia», y más que «de provincia», «de pueblo». Esto se descubre en la trama, con evidentes locaciones en pueblos de las sierras, pero sobre todo con el tono de la narración, a través de las voces de los personajes, de la pausa y la calma con que se describen los detalles, con las conversaciones de pocas palabras, los problemas que aquejan a quienes aparecen en cada una de las historias, que son distintos a los de las grandes ciudades. No hay costumbrismo en los relatos de Falco, ni tampoco condescendencia, sino más bien todo lo contrario: lo que sucede en las historias inquieta, estremece, aunque el tono nunca es grandilocuente, oscila entre la serenidad y la parsimonia y algunos mínimos destellos de sorpresa, como unos pequeños signos de exclamación que el lector debe ir descubriendo a medida que avanzan los relatos. Las temáticas son simples: un hombre que abandonó a su esposa y al pueblo y que vive solo, en la sierra; una púber enamorada de un mormón, a quien persigue por todo el pueblo; un ingeniero que llega a un pueblo convocado por el intendente local para construir un «cementerio perfecto» para su padre, de 104 años; un hombre que está por perder su casa y su bosque de pinos, lo que lo obliga a intentar casar a su hija; una historia japonesa con una viuda observando todo desde su casa. Lo que no es simple es la construcción de cada una de esas historias, donde proliferan los detalles, las imágenes elaboradas y pensadas, la terminología específica, el uso de sinónimos y, sobre todo, los silencios. Siempre que se habla de escribir, uno imagina un trabajo «artesanal», pero al leer a Falco uno puede comprender todas las dimensiones de ese término, se puede imaginar al autor yendo a consultar una enciclopedia de botánica para hablar del árbol o la flor correcta, se puede intuir su mirada evaluando un terreno yermo en el que podría elevarse el cementerio que dibuja con palabras.

En el medio de esa tranquilidad, de esos relatos que exudan belleza a través de la calma de la naturaleza, lo inquietante. Insistimos: estos no son relatos de provincia, esto no es costumbrismo alla Güiraldes y su Don Segundo Sombra. Ya había quedado demostrado en su nouvelle Cielos de Córdoba (ed. Nudista, 2011), donde un chico de 12 años comenzaba a experimentar su despertar sexual en todos los modos posibles, mientras su madre agonizaba y su padre perdía cualquier tipo de cordura. Casi como una continuación (¿o una perfección?) de ese relato, en Un cementerio, la nouvelle «Silvi y la noche oscura» se lleva todos los aplausos en el paso de una niña de mamá, devota de Dios, a una adolescente calenturienta, que avanza rauda y torpemente en busca de su amado Steve, otro jovencito con el que sueña realizar todo lo que el sexo promete, aunque no sepa muy bien de qué se trata, del mismo modo inocente y a la vez bestial en el que procedía el Tino de Cielos de Córdoba; dos personajes construidos con una delicadeza que los exhibe permanentemente mintiendo, buscando placeres ocultos que desconocen, intentando crecer a ciegas, sin entender muy bien cómo se hace, apañados ambos por narradores que no se meten en el relato, que felizmente no opinan y que ni siquiera introducen guiones de diálogo, no por «disruptivos», sino porque verdaderamente no hacen falta, porque las frases son siempre tan cortas y tan bien dichas que no es necesario incluir modalizadores ni comentarios acerca de la voz de los personajes.

Entre «Silvi y la noche oscura», «Un cementerio perfecto» y «La actividad forestal» hay material suficiente para elaborar un ensayo sobre lo no dicho, sobre la sutileza de la narración. Sin caer en simbolismos, Falco abre un mundo de significaciones casi sin proponérselo, porque nunca cierra las posibles lecturas, no define las situaciones ni a los personajes, sino que los deja actuar libremente, permitiendo al lector vivir la situación de lectura casi como si estuviese respirando el aire de pueblo que respiran los propios personajes. Entre tanto libro nuevo que se escribe con plena consciencia de los distintos niveles de lectura que podría tener lo narrado, Un cementerio perfecto no parece ocuparse de cuáles posibles lecturas habilita, lo que lo hace mucho más original y honesto en su relato.

 

 

Un pedacito de Un cementerio perfecto:

¿Te acordás todo lo que hacía yo allá en el pinar?, decía entonces el viejo Wutrich. Los repiques, el desramado, desmalezar en invierno, controlar los incendios en verano.

Mabel se miraba las uñas, con los dientes se mordía un pellejito.

¿Y te acordás la vez que se metieron esos cazadores cerca del arroyo y prendieron fuego?, decía el viejo Wutrich. Menos mal que vos viste el humo. Lo apagamos justo antes de que empezara a correr, sino yo no sé qué hubiera sido. ¿Y te acordás la vez que se nos perdió la cabrita morena y subimos a lo más alto a ver si la encontrábamos y nos agarró la noche cerca del filo?

Me acuerdo, yo era chica, decía Mabel.

¿Te acordás cuando íbamos a vender los zapallos al pueblo y se nos rompió la bolsa y los zapallos salieron a los saltos, justo en la bajada de Stucky, y vos corriste a juntarlos y yo te gritaba ¡atenta al precipicio, Mabel, atenta al precipicio!?

Mabel sonreía.

Mirá que hemos hecho cosas juntos nosotros dos, decía entonces el viejo Wutrich y con la mano palmeaba a Mabel en el hombro.

Mirá que hemos hecho cosas juntos, volvía a decir y se quedaba callado.

¿Fue con vos que plantamos los pinos?, preguntaba después de un rato.

No, papá.

Tirábamos un alambre y donde caía la marca, había que hacer el agujero y ahí iba un pino. Si tocaba piedra o pendiente muy pronunciada, se saltaba la marca y se seguía, siempre bien en hilera. ¿No fue con vos que lo hicimos?

No, papá. Eso fue mucho antes de que yo naciera.

El viejo Wutrich asentía y se quedaba mirando las vetas blancas en el linóleo del piso.

Cuatrocientos cincuenta mil pinos, decía. Los llevábamos de a caballo. Y después, todos estos años.

Está bien, papá, le respondía Mabel. No pienses en eso. ¿Usaste la pileta? ¿Fuiste al cine a ver alguna película por lo menos?

Fui una vez, pero no se escuchaba nada. Después fui de nuevo y habían suspendido la función.

¿Y a la pileta no te metiste?

No, todavía no.

¿Por qué?

El viejo Wutrich se encogía de hombros.

Todos esos pinos ahí arriba, decía, creciendo tan lentos que uno ni siquiera podía darse cuenta.

Págs. 140-141, «La actividad forestal»

[1] La lista incluye a otros argentinos, como Oliverio Coelho, Matías Néspolo, Andrés Neuman, Lucía Puenzo, Samantha Schweblin y los ya comentados en este espacio Patricio Pron y Pola Oloixarac. De más está decir que, como toda lista, es arbitraria, ecléctica y dispareja. Lo raro es que Falco parece ser el único que es mencionado siempre con el rótulo de ganador de este premio…

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A 3 AÑOS DE NNA4

Plan de lectura 2017

Algo que comenzó como una pequeñez hoy cumple 3 años. No nos engañemos: la acumulación de tiempo y trabajo no significan que no sigamos delante de una pequeñez, apenas más grande que medio lustro atrás. Treinta y tres comentarios de libros de Nueva Narrativa Argentina hemos realizado a la fecha. Un total de 132 párrafos, si es que respetamos nuestra premisa de 4 párrafos por artículo. No es una enormidad, pero tampoco está nada mal para un proyecto individual, sin fines de lucro ni otro interés que el de leer y el de comentar lo leído, con el fin último de tener una mínima noción de qué es lo que se está y se estuvo escribiendo últimamente en la Argentina.

Tenemos por costumbre hacer uso de esta efemérides anual para repasar lo que se vino escribiendo y para sacar conclusiones, tal como lo hemos hecho el 3 de febrero de 2015 y el 3 de febrero de 2014. En este caso, abocados durante el primer semestre a la realización de modificaciones estéticas en el sitio web, la lectura fue un poco más espaciada, comenzó recién en abril en lugar de hacerlo en febrero, y —digámoslo— reportó algo menos de entusiasmo que en años anteriores. Se hizo un repaso cinematográfico (nuestras lecturas del guión de Historias extraordinarias, de la literatura de Martín Rejtman y de la novela de El ciudadano ilustre dan cuenta de ello), se leyeron algunos «lobos solitarios» como Gustavo Ferreyra y Diego Muzzio y se encararon proyectos de la sutileza y el detalle (Forasteras y Weiwei, de las jóvenes Bárbara Duhau y Agostina Luz López) así como proyectos «totales» (cf. Cataratas, de Hernán Vanoli), sin obviar la (re)lectura de algunos consagrados, como Alan Pauls y el compendio de viejos escritores que narraron Buenos Aires en la colección Buenos Aires. La ciudad como un plano.

La tecnología al servicio del hombre: con el nuevo diseño de la web y las portadas de los libros dispuestas una al lado de la otra, este repaso resulta mucho más sencillo de hacer. Un libro al lado del otro conforma una biblioteca, con ese toque mágico que tiene toda biblioteca, que es mostrar en forma constante e insistente los lomos (en este caso, las portadas) de todo lo que se ha leído, obligándonos a repensar el paso de ese libro por nuestras manos aún sin que nos lo propongamos. Y para ser sinceros, no deja de llamarnos la atención un detalle, que se ve con un golpe de ojo: ¡cuántos hombres! La primera intuición nos obliga a contar: de las 33 obras leídas, 18 fueron escritas por hombres, 9 por mujeres y 6 por autores varios (que, en todos los casos, incluyen a personas de ambos sexos). Nunca tuvimos una política concreta de lecturas, siempre las cosas «se fueron dando» y un libro llevó a otro, sin hacer mayor hincapié en cuestiones de género. De hecho, si comparamos la cantidad de obras leídas aquí con las que publica el mercado editorial, tal vez los porcentajes de hombres y mujeres sean similares, y ciertamente estamos en un número mucho mayor al que históricamente le correspondió a las mujeres, aunque claro, tal vez su historia en el ámbito público se pueda fechar alrededor de 1960, salvando las excepciones. Es por ello que decidimos que, como si fuese una pequeña «reivindicación histórica» de este sitio, durante 2017 el plan es leer más mujeres que hombres. Empezamos mal, porque mañana se publicará una reseña sobre Federico Falco, pero prometemos cerrar el año con la balanza a favor del género femenino.

¿Es esto un cupo mínimo? ¿Afectará las lecturas? ¿Se deja de leer autores «mejores» en pos de respetar este número? ¿Serán condescendientes con las obras de las autoras? No, no, no y no. Es simplemente otra forma de elegir libros, respetando el azar de siempre, pero haciéndonos eco de la revalidación de los derechos de las mujeres que están siendo reivindicados una vez más por estos años. Y, desde el punto de vista literario, ver si podemos encontrar algún patrón común en la literatura escrita por mujeres en Argentina reciente. Ya veremos qué escribimos en este mismo espacio, exactamente dentro de un año.